Cuando las letras arden: Javier Munguía

Elena Méndez

(Entrevista realizada el 28 de octubre de 2007)


 

   
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Javier Munguía: intenso, apasionado, riguroso en su oficio: la literatura, donde sueña con llegar a ser tan grande como Mario Vargas Llosa, su modelo a seguir.

Javier Munguía nació en Hermosillo, Sonora, en 1983. Es Licenciado en Literaturas Hispánicas por la Universidad de Sonora. Actualmente estudia la Maestría en Literatura Hispanoamericana en dicha institución. Se desempeñó como editor de la revista literaria Manuel en el 2002; y, en el 2006, de la página cultural Letrarte del diario hermosillense Expreso. En el 2007 fue becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Sonora (FECAS) en la categoría Jóvenes creadores, disciplina Letras.

Textos suyos han sido publicados en El Imparcial, La línea del cosmonauta, Proemio, La Razón, Margen Cero, Ficticia, La Movida Literaria, Bestiario, Proyecto Sherezade, Andante26, Enfocarte y Homines. Ha publicado dos libros de cuentos: Gentario (Universidad de Sonora, 2006) y Mascarada (Instituto Sonorense de Cultura, 2007). Con este último obtuvo el primer lugar en el Concurso del Libro Sonorense, género cuento, en el 2006.

Entre sus temáticas destacan la identidad, la violencia, el autoengaño, el erotismo y las parafilias. Su estilo tiende a ser irónico, breve, oscilante entre lo tierno y lo mordaz.

Conocí a Javier por internet, al leer sus comentarios en el blog de un amigo mutuo. Me comuniqué con él tras leer su apasionada defensa de la literatura. Pronto simpatizamos e intercambiamos material narrativo. Tiempo después me compartió, emocionado, su primer libro, Gentario, y posteriormente Mascarada. Al leer ambos, me quedé pasmada ante la pasión que desbordan sus letras. Pasión oscura y a la vez sublime.

He aquí sus palabras que viajan a través de la luz, haciendo arder el espacio.

 

—¿Cómo influye la obra de Mario Vargas Llosa en lo que usted escribe?

—Mario Vargas Llosa ha signado definitivamente mi relación con la literatura. Quizá se escuche tremendista o exagerado, pero me parece que no lo es. No sólo la obra de Vargas Llosa me ha marcado, sino también su figura, su dimensión de intelectual comprometido con la honestidad y con su realidad circundante.

Desde que lo leí las primeras veces y hasta la fecha lo he visto como un modelo a seguir, como ‘el tipo de escritor que me gustaría ser’, en palabras suyas dedicadas a Flaubert. Estas impresiones han sobrevivido incluso a un encuentro no muy grato y francamente decepcionante con el peruano. Pero vamos, es una ingenuidad, lo reconozco, pensar que nuestro escritor favorito es tan simpático y buena gente como lo imaginamos al leer sus libros. Incluso a veces se espera que el autor pueda ver en el rostro de uno, como por arte de magia, tantas horas de lectura asombrada y enfebrecida. Pensando en todas estas ingenuidades de lector admirativo hasta la náusea es que escribí un relato llamado “La traición de Mario”, donde narro mi encuentro con el gran novelista y reflexiono veladamente sobre ese tipo de encuentros.

A Mario le admiro mucho su relación apasionada con la literatura. Es, antes que un gran escritor, un gran lector, y cree fervientemente en el poder de la literatura para transformar las vidas de sus lectores, aun no siendo esa transformación cuantificable. Cree, además, en el simple placer de leer un libro que no se deja abandonar, que lo coge a uno del cuello y no lo suelta hasta la última página.

Vargas Llosa, además, me descubrió a los 17 años las posibilidades de la forma en la narrativa y cómo un mismo argumento puede dar como resultado tanto una excelente como una pésima novela, por ejemplo; es decir, lo que vale no es tanto lo que se dice, sino cómo se dice. Quizá parezca una perogrullada, pero de veras que fue importante para mí en aquel momento asimilarlo.

No sólo es un novelista sofisticado Mario, audaz, un gran arquitecto de las estructuras literarias, sino que también tiene la suficiente sensibilidad como para saber cuándo y cómo golpear emocionalmente al lector. Estos dos elementos aunados, creo, que son los que me hacen su obra tan entrañable y atractiva.

No sé si en lo que llevo escrito sea tan clara la huella de Vargas Llosa, pero sin duda siempre está ahí en calidad de “demonio tutelar”.

—¿El final de un cuento se obtiene por knock-out, como establecía Julio Cortázar?

La idea de Cortázar, una analogía entre narrativa y box, es que la novela gana por puntos y el cuento por knock-out, ¿no?. No estoy muy seguro de la veracidad de esa afirmación. Sin duda, cada cuento excelente que he leído ha sido un knock out en mi vida de lector. Pero todas mis novelas favoritas están llenas de sucesivos knock-out, uno y otro y otro y otro.

De hecho, no creo en una distinción muy tajante entre cuento y novela. La extensión, probablemente, aunque hay textos a caballo entre los dos géneros, como Los cachorros, Aura, El perseguidor, tantos otros.

Pese a lo anterior, prefiero la novela al cuento. No es que una obra maestra del cuento como “Un sueño realizado”, de Onetti, me parezca inferior logro a una novela mayor como El obsceno pájaro de la noche, de Donoso; pero me entusiasma más leer novela, quizá debido a que por su misma extensión, generalmente más amplia que la del cuento, permite presentar un mundo particular, con sus reglas y limitaciones, de manera más prolongada, y por lo mismo deja una impresión más viva y duradera en el lector.

Para hacer más contradictorio el asunto, hasta el momento sólo he publicado cuento, a pesar de que me veo más como novelista que como cuentista.

—¿Qué aportó el boom latinoamericano a la literatura universal, según su perspectiva?

—Viéndolo a la distancia, creo que el famosísimo boom de la novela hispanoamericana aportó a la literatura universal sobre todo tres o cuatro nombres esenciales para entenderla. Para Latinoamérica significó que quizá por primera vez el mundo pusiera los ojos en sus novelistas, quienes no sólo estaban al nivel de los novelistas europeos, sino a la vanguardia de ellos, por lo que se convirtieron en modelo de novelistas de Europa y de otros lugares del mundo. Algo parecido a lo que ocurrió en el ámbito de la poesía en el siglo XIX con Rubén Darío y su modernismo.

Es muy importante tener claro que el boom no fue un movimiento literario (es frecuente que se dé esa confusión), ni una tendencia. Fue una promoción de escritores que coincidentemente publicaron algunas de sus grandes novelas en la década de los 60 y alcanzaron, en mayor o menor grado, reconocimiento universal.

El acierto más grande del boom en conjunto, si se puede hablar en conjunto de ese grupo heterogéneo de escritores, es que asimilan técnicas narrativas novedosas de las novelas norteamericana y europea, y la aplican a sus obras, sin perder por ello su preocupación por la realidad latinomericana. Dotada con estas características, la novela del boom fue capaz de dar cuenta de la experiencia universal del hombre.

—¿Hasta qué grado puede hablarse de originalidad en la literatura?

—Permíteme decir una perogrullada más: no hay originalidad total. El Ullyses de Joyce puede haber revolucionado de manera definitiva la novela del siglo XX, pero sus antecedentes están tanto en el psicoanálisis como en Dujardin, Dostoievski, Stendhal, otros. Es decir, la originalidad no nace de la nada. En ese sentido, tiene mayor oportunidad de ser original, de reelaborar de forma novedosa lo ya hecho, de combinar de otra manera los elementos conocidos, quien mejor conocer el ámbito del que se ocupa.

A pesar de esto, y acotado lo que me parece la originalidad, sí creo una aspiración válida el buscar nuevas formas de expresión. Es una aspiración mía, de hecho. Creo que si la novela tuvo su revolución en el siglo XX, es plausible pensar que lo tendrá en el XXI. Las novelas escritas en el siglo XXI que he leído son una continuación de las del siglo pasado, donde se les podría perfectamente ubicar. Pero seguramente conforme avance el siglo se nos irán revelando los nuevos caminos.

—Se han señalado en algunas reseñas a sus libros (pienso en la de Imanol Caneyada sobre Mascarada [1]) ciertas reminiscencias freudianas. ¿Estaría usted de acuerdo con dicha afirmación?

—La idea consignada por Imanol en su reseña de que en Mascarada hay una obsesión por las infancias rotas, lo cual relaciona con Freud, me ha resultado muy reveladora. Una amiga escritora, María Antonieta Mendívil [2] ya me había hablado de que encontraba en el libro varios cuentos sobre la pérdida de la inocencia. Es cierto: tanto en Gentario, mi primer libro de cuentos, como en Mascarada, el segundo, la infancia rota o pérdida de la inocencia es un tema clave. Pienso en cuentos como “Sospechas”, “El juego de Sarita”, “Cailleach”, “Recuento”. También en mis cuentos los personajes se engañan para recuperar la inocencia perdida, para hacerse creer que el mundo es menos triste: “Jackie”, “Rosas para Anita”, “José Luis”, “Mentiras de Glenda”.

Por tanto, el apunte de Imanol me parece un acierto.

—¿Por qué predomina la violencia dentro de sus cuentos?

—La violencia me interesa como tema literario en tanto situación límite. La violencia muchas veces nos lleva al borde de nosotros mismos y es en ese borde donde nos conocemos realmente, donde sabemos hasta dónde somos capaces de llegar como individuos.

También me interesa ese proceso -tan intrigante como retorcido- mediante el cual nos enamoramos de nuestros verdugos.

Sin embargo, la violencia sólo explica parte de mis cuentos. De la otra parte da cuenta el amor, que -mal que me pese- es un tema esencial en lo que llevo escrito. La búsqueda del amor, el encuentro del amor, la pérdida del amor, la ilusión de un amor repetidamente deseado y nunca conseguido, amor filial, amor carnal, amor platónico...

—¿Mediante el erotismo se está realmente desnudo como persona?

—Yo diría lo contrario. El erotismo es el vestido que mejor nos protege de las miserias cotidianas, de lo insustancial. Dice Vargas Llosa: “El erotismo es un enriquecimiento del acto sexual y de todo lo que lo rodea gracias a la cultura”. Me parece una estupenda definición. Sin nuestra imaginación, nos asemejaríamos más a los animales. El acto sexual no sería mucho más que la obediencia del instinto, la satisfacción del deseo carnal. Sin embargo, es, o puede ser, mucho más.

Lo que nos diferencia de los animales, además de la conciencia de nosotros mismos, es nuestra imaginación. Somos capaces, a través de esta poderosa arma, de transformar la realidad en algo más rico de lo que verdaderamente es.

La cultura en general y la literatura en particular enriquecen nuestra imaginación. Es por ello que Vargas Llosa aventura que un amante culto es mejor que uno inculto. Esta idea puede provocar escándalo y parecer disparatada a primera vista, pero pensándola bien tiene sentido, al menos teóricamente. Quien más ha estimulado su imaginación y sensibilidad con la belleza que la vida ofrece y el arte sintetiza, está, o debería estar, más capacitado para convertir sus encuentros sexuales en verdaderas celebraciones de los sentidos y de las transgresiones de la imaginación a los límites impuestos por la estricta realidad; o mejor, por el lenguaje convencional, ya que estoy convencido de que nuestra realidad de alguna manera es lenguaje y de que nuestro mundo es del tamaño de nuestra imaginación y de nuestro lenguaje.

—Encontramos en usted una tendencia a presentar personajes ancianos. ¿Qué simbolizaría esto dentro de su obra?

—Así como la violencia es una situación límite, la vejez es un estadio límite. Veo la vejez como un umbral, como una etapa de tránsito, quizá, entre la vida a la muerte, como un saberse cada vez más cercano a ese ineluctable misterio. Por ello me interesa. Además, me resulta absolutamente irresistible la imagen de dos viejitos fogosos y enamorados. O la del protagonista de La casa de las bellas durmientes: su cuerpo desastrado y nostálgico junto al palpitante cuerpo de la joven narcotizada. Esa nostalgia exagerada que yo imagino sentiré cuando sea viejo sería suficiente estímulo para elegir ancianos como protagonistas de algunas de mis narraciones.

—¿Tiene planeado escribir novela?

— Por supuesto. Ya adelantaba en una pregunta anterior que me veo más como novelista que como cuentista, aunque quiero frecuentar ambos géneros. ¿Por qué hasta el momento sólo he publicado cuento? Antes de escribir Gentario y Mascarada, escribí una novela que no creo vaya a publicar, pero que fue un muy buen ejercicio, pues me hizo sentirme capaz de abordar y concluir textos más extensos. Y es que escribir novela ha sido para mí hasta el momento una fuente inagotable de miedo. Escribir en general es una sensación de lanzarte al vacío sin red, pero particularmente la novela te exige arrostrar constantemente la sensación de que lo que escribes no lleva a ninguna parte. No me resignaba a esta sensación parecida a una condena hasta que supe que no es desconocida para grandes novelistas, aun en sus etapas de madurez. Esto me hace pensar que los escritores que llegan a escribir novelas que valen la pena no son sólo los talentosos, sino sobre todo persistentes. Soy un convencido de que el talento literario no es algo innato, sino construido por uno mismo. Claro, hay cierta sensibilidad y disposición propicias, pero me parece una tontería pensar que uno nunca va a ser García Márquez. Basta echarle una ojeada a los primeros cuentos o a la primera novela del Nobel colombiano para saber que incluso él no fue siempre García Márquez’. De modo que hay que persistir. Y eso es lo que pienso hacer.

—¿A qué atribuye su interés por la narrativa y no por otros géneros? Tenemos entendido, por ejemplo, que se declara poco asiduo de la poesía.

—Desde muy pequeño, desde antes de empezar a leer, cuando era mi madre quien me leía los cuentos de una colección de libros llamada Mi primera enciclopedia, sentí una muy fuerte atracción por las historias. A fin de cuentas, es una necesidad milenaria del hombre la de explicarse el mundo a través de historias, ya sean reales o inventadas. Pero yo fui un niño especialmente atraído por los cuentos. Recuerdo que cuando fui capaz de leer por mí mismo la mencionada colección me podía saltar los datos históricos, los poemas, lo que fuera, pero jamás los cuentos. Estos atraían mi atención de manera natural y espontánea.

Creo que de ahí resultó el que ahora yo sea un narrador y no un poeta, aunque también escribí poesía de niño y unos cuantos poemas no hace muchos años; poemas que, por fortuna, nunca intenté publicar.

Siento que lo mío es la narrativa. La poesía me gusta, pero en pequeñas dosis. Me puedo conmover hasta las lágrimas con un poema de Blanca Varela, por ejemplo, o de Kavafis, pero difícilmente resistiré leer un poemario completo de cualquier de los dos. Me gusta más bien leer y releer varias veces los poemas que me conmueven, paladear su lenguaje y las sensaciones que me provocan.

Mi relación con la narrativa, en cambio, es voraz y pasional. Puedo pasar sin problemas jornadas de 12 o 14 horas leyendo cuando me gusta un libro de relatos o una novela, como si en ello se me fuera la vida. Eso sí: estoy muy lejos de esa idea borgesiana de que el paraíso es una biblioteca. De hecho, la idea en sí me parece monstruosa, ya que los libros nos hablan de la vida, de las relaciones entre personas, de nuestros sueños más admirables y disparatados. Y pues hay que cumplirle a esa otra amante, además de la literatura, que es la vida, para poder escribir libros que valgan la pena.

 

Notas:

[1] Dicha reseña puede consultarse en:
http://www.elimparcial.com/EdicionImpresa/EjemplaresAnteriores/BusquedaEjemplares.asp?numnota=656789&fecha=14/10/2007

[2] Autora nacida en Cajeme, Sonora, en 1971. Escribe poesía y novela. Poemas suyos se han publicado en revistas y antologías de México y España. Por más de quince años se ha desempeñado como articulista y editora de revistas culturales y de pensamiento en México y España. Como colaboradora del portal español Sistema Observatorio de Internet (www.observatoriodigital.net ), sus artículos son reproducidos en medios virtuales de Latinoamérica y Europa. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en dos ocasiones y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Tiene tres libros publicados: en poesía, Cuenta Regresiva (Instituto Sonorense de Cultura); y en novela, Otros Tiempos (Equilibrio Editores) y más recientemente Duelo de noche (Almuzara).

Más de Javier Munguía:

www.javiermunguia.blogspot.com

 

© Elena Méndez foto: Jesús Ballesteros 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero38/jmunguia.html