La Alquimia en el Lapidario del Alfonso X El Sabio

Rosario Delgado Suárez

Universidad de Cádiz
rosariodelgado78@yahoo.es


 

   
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Resumen: En este estudio, hacemos un análisis sobre la influencia de la alquimia del Lapidario [1], de Alfonso X el Sabio, un escrito impregnado del saber astrológico, alquímico, mágico, teúrgico... mediante el cual, mostramos la perspectiva menos conocida y quizás las más fascinante, la del un Rey Sabio entusiasmado por la astrología, la alquimia y la magia. No existe una mejor apelación para denominar al Rey Alfonso X, pues es el rey docto entre los reyes de su época, representa la figura “humanista”, encajando en el perfil del hombre ilustrado, desafiando a su tiempo, a la Iglesia, y a la nobleza. El Rey Sabio supo impregnar a la literatura del medievo, con nuevos aires, unos aires venidos de la sabiduría de oriente, que hicieron posible que el rey se sumergiera en un universo fascinante, en el cual encontrara las llaves de la ciencia y de la magia, para abrirse hacia un nuevo plano del conocimiento y abrir las puertas de un reino cerrado a todas esas disciplinas científicas, que tantas veces fueron censuradas y condenadas. Sin duda, fue un espíritu inquieto, curioso, perspicaz, voraz, que va asumiendo nuevas nociones, nuevas disciplinas, nuevas teorías, y que, además, siendo conocedor de su posición privilegiada en el panorama cultural europeo, supo rodearse de un selecto círculo intelectual, que comprendía desde los mejores especialistas en los diversos temas científicos, como a los traductores más rigurosos. Y quizás sabedor de su importante labor, descuidó la que era su gran ambición, la política, ya que jamás frenó su progresiva cruzada intelectual, ni se conformó con los saberes tradicionalmente permitidos. Una gran parte de la crítica enfatizó su enorme ambición imperialista y su fracaso político, y aunque éstos mismos admitieran la grandiosidad de su corpus literario, y su inestimable y decisiva contribución, en el asentamiento del castellano, aún así, la figura del rey se nos muestra empañada en el espejo de la historia.
Palabras clave: Alquimia, Lapidario, Alfonso X

Résumé: Il s’agira, dans cet étude, d’analyser l’influence alchimique dans le Lapidaire d’Alphonse X, un écrit marqué par le savoir astrologique, alchimique, magique, théurgique, etc., à travers de lequel, nous découvrirons un des aspects les moins connus, peut-être un des plus fascinants, de ce Sage passionné d’astrologie et de magie orientale. Aucun nom ne convient mieux à Alphonse X, qui, parmi les monarques de son époque, fait figure de roi savant : une figure « illustrée », humaniste, et un esprit inquiet, curieux, pénétrant, avide de connaissances insolites, établissant des notions, des disciplines, et des doctrines nouvelles ; qui, conscient de sa situation privilégiée dans le paysage culturel européen, a accompli sans relâche une tâche intellectuelle régulière. La majeure partie des études qui lui sont consacrées insistent souvent sur sa grande ambition impérialiste et son échec politique, quoiqu’elles admettent aussi le caractère grandiose de sone corpus littéraire, et sa contribution inestimable et décisive dans la consolidation du castillan. Même ainsi, la figure royale nous apparaît ternie dans le miroir de l’histoire.

 

El Lapidario del Rey Sabio, es un tratado científico-mágico de astrología que ilustra y comenta las virtudes y propiedades de las piedras, sujetas éstas, a las influencias de los signos, conjunciones y planetas. Por lo tanto, esta especial obra, manifiesta por un lado, la perspectiva menos conocida y quizás las más fascinante, la del un Rey Sabio entusiasmado por la alquimia, la astrología, la nigromancia, y por otro lado, la ardua labor del Rey, por abrir las puertas de la España Cristiana a una series de obras inéditas, procedentes del saber judío y oriental, que abordan, lo que serían unas crípticas y controvertidas disciplinas como, eran, la astrología-astronomía, la magia, la teurgia, la alquimia etc., encargándose el propio Rey, de dirigir la compilación y edición de estos tratados, iluminado quizás, por el propósito de dar a conocer, asentando a su vez el castellano, estos nuevos escritos, que sobresalían del corpus de los textos científicos del momento. Alfonso X, criticado por su fervor imperialista, descuidó su gran ambición, cayendo rendido, hipnotizado, ante el influjo poderoso de unas obras fascinantes, sin desacelerar su vehemente cruzada intelectual, la defensa de estas obras, que estaban descartadas y rechazadas férreamente por una censura proveniente del clero, y de la nobleza. Quede por tanto en nuestra memoria, la figura de un Rey Sabio, docto, trasgresor, “humanista”, visionario, un adelantado a su época, quede restaurado su nombre, borrando los tiznes negros que a veces nos ofrece la propia Historia de España, quede encumbrado pues, la efigie de un Rey al que se le debe la existencia de unos marginados escritos, pues sin su valiente mano, quizás hoy no tendríamos estás páginas en las nuestras.

Siendo Alfonso X todavía infante, dispuso en 1250, la composición del primer lapidario, que asentaba sus raíces en un manuscrito encontrado en Toledo en 1243. El Rey Sabio ordenó traducir esta obra, Yhuda Mosca el Menor, y al clérigo Garci Pérez, sus colaboradores habituales en este tipo de tratados, consiguiendo que tanto el estilo como el vocabulario, continuaran la misma línea constructiva que marcaba el libro en su idioma precedente. El propio rey se encargó de repasar las traducciones, ejecutó las correcciones oportunas, y finalmente, pulió y vistió con los mejores ropajes, a un castellano incipiente, lo que muestra, el interés de Alfonso X, por asentar y expandir el castellano, y a su vez, hacer llegar a la mayor parte de público, la lectura de estos escritos, traduciéndolos del árabe al latín, y posteriormente a la nueva lengua.

El Lapidario está constituido por dos conjuntos, el primero albergaba cuatro tratados, de los cuales, sólo se conserva el índice, que marcaba a su vez, la existencia del segundo conjunto, que recogía éste, once tratados, todos perdidos. En definitiva, la obra que se conservada, contiene cuatro lapidarios, que coordinados perfectamente en cuanto a materia astrológica. Actualmente, se conservan tres manuscritos: el h-I-15, el h-I-16, y el Ms.1197 (anteriormente denominado L-3). Los dos primeros se atesoran en la Biblioteca del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial y el último en la Biblioteca Nacional de Madrid.

Realizado pues, una breve introducción sobre el Lapidario alfonsí, vayamos a su especial relación con la “obra mayor”, mostrando una selección de textos desconocidos por el gran público, pero no menos interesantes y reveladores, textos en los que se alude a la alquimia, y la defensa del Rey Sabio de esta disciplina, pues una parte de la crítica no ha querido ver reflejado en Alfonso X, la sombra dorada de la alquimia, uno de estos autores es Amador de los Ríos [2], ya que afirma que en Las siete partidas, aparece una condena hacia los alquimistas. A continuación, deseamos mostrar uno de los textos que sale de la mano de la pluma del Rey Sabio y que podría haberle servido a Amador, para fundamentar su teoría. Hacemos referencia a la ley novena, correspondiente al título VII de Las siete partidas, dedicada a las “falsedades”:

Otrosi dezimos que aquellos que cerenaren los dineros que el Rey manda correr por su tierra, que deuen auer pena porende, qual el Rey entienda que merecen. Eso mismo deue ser guardado en los que tinxeren moneda que tengan mucho cobre porque pareciese buena o que fiziesen alquimia engañando los omnes en fazerles creer lo que non puede ser según natura.[3]

J. García Font, piensa que el Rey no condena a los alquimistas, sino a los “embaidores”, aquellos falsos alquimistas que engañan a los hombres, y acude a una de las obras “serias” de Alfonso X, donde se expresa el rechazo a estos “embaidores”, y a su vez afirma, que en ningún momento el rey condena la práctica lícita de la alquimia ni la disciplina en sí:

[…] En las Partidas, que sin duda el monarca revisó, se condena a los embaidores, a los que engañan a “los omnes”. Y lo de « fazerle creer lo que no puede ser según natura”, por el contexto en el aparece, bien puede entenderse como referido exclusivamente a las artes del engaño que empleaban los falsos alquimistas, los embaidores; no los de superiores alcances […] [4]

En el caso de P.Sarmiento, sí aparece un rechazo a la alquimia, pues la considera engañosa, aunque admite que el rey sabio, fuera un seguidor de ésta, y concretiza cuál sería la gran mentira de los falsos alquimistas:

La mentira de que los griegos hacían oro aún estaba en auge en tiempo del Rey D. Alfonso el Sabio. Encaprichándose de querer hacer oro, y para eso trajo gitanos de Alejandría. Escribió dos libros con nombre de Tesoro. El primero no es suyo, sino que lo mandó traducir en castellano del Tesoro de Bruneto Latino, que he visto manuscrito y leído todo. El segundo es el Tesoro de alquimia, cuyo original o copia manuscrita está en la Real Biblioteca. [5]

García Font llega a la conclusión que si el rey condena a los falsos alquimistas, en cierta medida está protegiendo tanto a la alquimia como a otras disciplinas, tales como la astrología, la astronomía etc., de las falsas acusaciones, de los auténticos detractores, que sí condenan estas “oscuras artes”. Resulta difícil creer, que el Rey Sabio, tan fascinado por estas ciencias, que supo reunir saberes tan diversos y de varios mundos, sintetizándolos en un corpus genial, demostrando que su espíritu, es el de un hombre adelantado a su época, no admitiera, ni quedase rendido a la materia alquímica. García Font apunta al respecto:

Un monarca del siglo XIII en aprietos económicos, con aficiones por los más diversos saberes... ¿y despreciador de la alquimia?... Difícil cosa de creer es esa. [6]

Si aceptamos la opinión de García Font, la cual parece más razonable, no encontraríamos ninguna duda sobre el interés del rey por la compilación de obras de tema alquímico, pues ¿cómo explicarían aquellos que creen que Alfonso X condena estas obras, si el propio rey ordena traducir, pule su castellano y las compila en generosos volúmenes?..., no tendría sentido pues, abolir una disciplina, si uno mismo acude a ella para la formación de su corpus científico. Es más, encontramos estas obras, claramente atribuidas al Rey Sabio, como por ejemplo la anteriormente aludía por P. Sarmiento, y también cotejada por Lucano [7], especialista en la búsqueda de obras alquímicas en España, una de ellas era el Tesoro del Rey Don Alfonso llamado el sabio, cuyos códices de Madrid, Sevilla y Palomares, constituyen lo que sería la octava parte de una composición en verso, alcanzando un total de sesenta y siete, que describe los magisterios por las dos vías. También es cierto que otros autores consideran que el texto está redactado por Enrique de Villena (marqués de la corte de Aragón), aunque basándonos en la construcción y el ritmo compositivo de la parte versificada, que aún contiene formas arcaicas, nos hace pensar que la obra es posterior, incluso, el interés por la mitología hace advertir un pensamiento más próximo al Renacimiento, e incluso hay ciertas expresiones que nos recuerdan a las formas barrocas.

Otro de los textos que contiene aspectos de la Alquimia junto con las Astrología y la Astronomía, trinidad perfecta en la obra alfonsina, es una de nuestras obras de estudio, el Lapidario [8], de la que no hay ninguna duda de la intervención del Rey Sabio, ni de que se hace uso de la alquimia pues en los textos en los que hace su aparición o se menciona explícitamente la palabra “alquimia” o correlatos “obra mayor” o “maestría”, veamos algunos ejemplos:

30. De la piedra que es annoxatir.

[...] Y los que trabajan de la obra mayor disuelven esta piedra y congelan con ella los otros cuerpos sueltos y métenlas en sus obras y usan en ellas de muchas maneras aquellos que saben la maestría. [...] [9]

97. De la piedra que atrae el plomo.

[...] los que trabajan en alquimia métenla en sus obras, pues si después que es bien quemada, tomaren un peso de ella y de mercurio y lo metieren en fuego y lo soplaren así como los orífices, cuájese el mercurio de manera que sufre martillo y fuego. [...] [10]

216. De la piedra que dicen mehe.

[...] Si la muelen y la ponen sobre las postemas duras, así como escrófulas y otras que las semejan, hácelas madurar y abrir en poco tiempo. Y aún, sin todo esto usan mucho de ello los que se ocupan de la obra mayor. [...] [11]

228. De la piedra a que llaman anatron.

[...] En esta piedra hay gran saber y gran propiedad que hallaron los sabios para obrar en la obra mayor, pues entra mucho en ella y hace cosas muy hermosas y muy preciadas, y conviene a todas aquellas cosas para que sirve el baurac bermejo. [...] [12]

En esta obra, la Alquimia aparece no sólo como una ciencia eficaz, útil y beneficiosa para el hombre, sino como una disciplina mitificada, capaz de convertir ciertos objetos en oro, expulsar al demonio y sanar enfermedades, es por lo tanto una ciencia poderosa, veamos un texto donde podamos apreciar la magnitud de la alquimia, un fragmento, en el que se advierte cierto halo mágico sobre esta disciplina, como afirma Maria Brey Mariño, tras la lectura de “De la piedra del oro”. El texto nos parece sumamente interesante, y revelador, por lo que lo ofreceremos íntegro.

62. De la piedra de oro.

Del segundo grado del signo de Géminis es la piedra del oro.De naturaleza, es caliente y húmeda y es, de los metales, el más noble, por que la nobleza de la virtud del Sol aparece más manifiestamente en él. Piedra es que aman y aprecían mucho los hombres; es muy pesada, más que otra alguna que se halle en mina ni sobre la tierra, y no hallan de ella grandes pedazos, mas siempre menuda, en las arenas del mar o ded los ríos. En muchas partes del mundo es hallada, mas la mejor de todas es la que se halla en España en la parte de Occidednte. Dede color es amarillo, y cuando la limpian y la bruñen, crece más en su amarillor y hácese clara, mas no transparente. Y si mucho la bruñen, esclarece tanto que se pueden en ella mirar, como en espejo.

Tiene tal virtud que cuando la liman y mezclan las limaduras con alguna otra cosa que dan de comer o a beber al que tiene temblor de corazón o flaqueza, ayúdale; eso mismo hace al que tiene miedo por razón de melancolía. También sana o hace gran provecho al que es tiñosos o tiene una enfermedad que se mesan los cabellos, a que llaman alopecia. Y es buena también para hacer con ella quema, porque no hace ampolla y las hace curar más pronto.

La naturaleza de la piedra de este metal es que cuando la mezclan con arambre, tórnase como vidrio y quiebra, pero incorpórase con él. Y también si lo mezclan con estaño, tórnase negro y, si con plata lo mezclan, recibe la blancura de ella y así hace con cada metal. Por eso, los que se ocupan dee la laquimia, a que llaman la obra mayor, deeben parar mientes que no dañen el nombre del saber, pues alquimia tanto quiere decir como maestría para mejorar las cosas, que no empeorarlas. De donde, los que toman los metales nobles y los mezclan con los viles, no entendiendo el saber ni la maestría, hacen que no se mejore el vil y dáñase el noble, y así hacen gran yerro en dos maneras: la una, que van contra el saber de Dios, y la otra, que hacen daño al mundo.

Pero si el oro estuviere dañado con otrro cuerpo vil, deben con él meter, al fundir, azufre, y mezclar con él piedra que dicen marcasita; que esto le aparta de todos los otros metales y límpiale dee toda suciedad. Y esto es porque el azufre y, por eso, tiñen el cobre bermejo con ella en color de oro, y eso mismo hace a la plata, si la saben mezclar con ella, pero estas obras no son duraderas.¿Qué os diremos? Las noblezas y las virtudes del oro son tantas que sería largo cosa decir, pero hay algunas manifiestas, como (borrado por humedad) cuando ven los hombre el orodales gran alegría al corazón y tiénense con él por más ricos que con otra cosa que puedan tener y, además, todas las cosas que quieren hacer nobles y ricas, de ello las hacen, más que de otro metal; y ayuda para muchas cosas en el arte de la física, que no convienen a decir todas en este libro.

Tiene una propiedad sola, muy maravillosa: que si hicieren de él una sortija y que sea la piedra de lo mismo, y la calentaren y la quemaren con ella las alas a las palomas, cuando las meten en el palomar, nunca más irán a morar a otro lugar, aunque les crezcan las alas. Algunos dijeron, contra esta razón, que más pensaban que estaba esta propiedad en la figura de la sortija que no en el oro, pues, si en el oro estuviese, con cualquier forma lo haría.

Mas el que este libro compuso dijo que pensaba que venía la virtud de ambos, porque la sortija no podía esto hacer siendo de otro metal, sino de oro.

De algunos oros que hay son de mal color por sí, dijeron algunos de los sabios que se ocuparon de la obra mayor, que si tomasen la piedra amarilla, aquella que es muy conocida de los orífices (de que hablaremos más adelante en este libro, en su lugar), la molieren y echaren los polvos de ella sobre el oro mal coloreado cuando es fundido, lo torna de buen color, y es una de las obras de alquimia derecha y verdadera, pues hace lo malo bueno.

La estrella que está en el hombro derecho de la figura del Hombre sostenedor de las Riendas, tiene poder y señorío sobre esta piedra, que de ella recibe la virtud; y por ello, cuando ésta estuviere en el ascendente, muestra esta piedra más manifiestamente sus obras. [13]

Recordemos que el oro era un metal especialmente significativo, no sólo para los alquimistas, sino que repercutía y era adorado por la sociedad en general. En la Edad Media, se había disminuido el numerario, por lo que predominó el trueque o el uso de una moneda primitiva, por lo que se hizo muy difícil la posesión de monedas de oro, y aumentó el deseo y la fiebre por hacerse con el noble metal y poder fraccionarlo. Curiosamente su división en monedas llegó a tener un sentido religioso, pues parece que el acto de trocear puede ser considerado como un rito de carácter religioso, idea defendida por B. Laum en alguna de sus obras [14], e incluso se le atribuye a un santo la división del oro en monedas. Por otro lado, el propio metal tenía un carácter legendario, ya que se especulaba con la “receta” de convertir el vil metal en oro, objeto de investigación de los alquimistas, acogiéndose al principio básico de los alquimistas: convertir lo impuro en puro, lo vil en noble, en la eterna búsqueda de la piedra filosofal, la madre de todos los secretos.

Como no, un metal tan preciado tenía que incluirse en una obra como ésta, y la búsqueda de este metal si es un noble objetivo, pues el propio autor así lo afirma cuando dice: “y es una de las obras de la alquimia derecha y verdadera: pues hace lo malo bueno”. ¿ No sería acaso la transformación del vil metal en oro, un claro paradigma de la verdadera labor de la alquimia, (transmutar lo impuro y hallar la pureza), para poder justificar la práctica de la alquimia y la inclusión de esta disciplina en la obra?...a mi juicio, el autor aprovecha un ejemplo más que significativo y provechoso, para justificar la alusión de la práctica alquímica, dejando claro, la proclama del uso correcto de la alquimia, alejándola de aquella otra alquimia prostituida y maltrecha, llevada a cabo por los “embaidores”.

Por otro lado, en el texto, se comentan aspectos relacionados con el metal en cuanto a sus propiedades intrínsecamente físicas, pero también se le otorga propiedades curativas, que parece acercar el prestigioso metal, a la sabiduría popular, cuando es considerado como un remedio para los problemas de corazón o incluso de alopecia. También se alude a otras propiedades, que parecen escapar al mundo del esoterismo y a la magia simbólica, por ejemplo al referirse al anillo, objeto que por su forma circula ya arranca de un pasado profundamente mágico, fabricado en oro que ejerce un extraño poder sobre las palomas, impidiendo su vuelo.

Cuando valoramos todas estas ideas, advertimos cierta oscuridad que queda reflejada entre líneas: se ofrecen remedios curativos, se aluden propiedades maravillosas, se protege la práctica de la alquimia porque se hace con buenos fines etc., pero si domina y salvaguarda un mundo que se escapa de las meras leyes naturales, ¿ conoce el autor, un universo mágico, esotérico?, ¿nos ofrece todo lo que sabe, o simplemente varias pinceladas de una obra que no se atreve a mostrar?...nos preguntamos si ¿quiere realmente proteger la obra al no incluir material censurable o realmente quiere insinuarle al lector, que posee conocimientos sobre otros tipos de virtudes de las que no se atreve a decir dada su oscura naturaleza? ...Hay tanta simbología impregnada en estas páginas, tantas materias distintas, y tan diversas fuentes, que se nos hace complicado responder, pero de lo que es cierto, es que el autor de Lapidario, es consciente en todo momento de la trascendencia de sus palabras, por lo que no sería extraño pensar, que oculta más de lo que enseña y justifica lo que muestra.

Un caso curioso es el de la piedra “camorica”, la cual, la usan los “físicos”, los alquimistas, para cortar los “humores” y quitar la suciedad, incluso se advierte de las propiedades físicas del compuesto.

33. De la piedra que llaman camorica.

Del tercer grado del signo de Tauro es la piedra a que dicen camorica, que quiere decir tanto, en caldeo, como vinagrosa, en este romance; y esto es porque cuando la mezclan con algún líquido, lo que de ella sale tiene sabor como vinagre muy fuerte. Es, por su naturaleza, fría y seca, y de color bermeja y áspera de tacto porque es muy porosa, pero, con todo esto, es muy dura de quebrantar. Es hallada en la tierra de Meçaabor, en el monte que se tiene con aquella ciudad, en unas cuevas que allí hay. Hallan de ellas grandes y pequeñas.

Los hombres aquella tierra muélenlas y mézclanlas con agua, y al cabo de seis días, está hecha vinagre muy fuerte y usan de ella en sus comeres. Los físicos métenlas en sus jarabes y en las otras cosas para cortar los humores, porque los corta mejor y más pronto que el otro vinagre. Y si echan de ella sobre paños que sean de lino o de lana, córtalos y rómpelos. Y porque disuelve los cuerpos fuertes y los lava, quitando la suciedad de ellos, métenla en el arte de la alqumia los que trabajan de ella.

Las dos estrellas que son la una meridional y la otra septentrional y están en la línea delantera de Azoraya a que llaman las siete Cabrillas y están dentro del signo de Tauro, tienen poder sobre esta piedra y de ellas recibe la fuerza y la virtud. Y cuando ambas están en el ascendente, muestra esta piedra más manifiestamente sus obras. [15]

Lo primero que nos llama la atención, es la designación etimológica de la piedra, primeramente en caldeo y segundo en romance, hecho que considero significativo, ya que pone de manifiesto el interés del monarca, en la difusión de la lengua romance dejando constancia de ello, a través de la composición en romance de sus obras. Referente a temas más científicos, aparece una profusa descripción de la piedra, lo que presupone tener ciertas nociones de mineralogía, y es más, evidencia una de las condiciones indispensables de los alquimistas. Pero si aún no tuviéramos claro, que el firmante posee ciertos conocimientos que lo acercan a la “obra mayor”, se hace mención explícita de la propia disciplina, se alude primero a los “físicos” y a continuación al “arte de la alquimia”, siendo ésta última alusión bastante significativa, pues denominar a la alquimia como un arte, presupone atribuir a esta disciplina, importantes cualidades beneficiosas: un severo método de estudio, un rigor científico, unos brillantes resultados...por lo cual, podríamos equipararla como igual con otras denominadas “artes”, como por ejemplo, el “arte de la retórica”, siendo ambas igual de válidas. Esta idea, desmontaría de nuevo, las teorías de aquellos que creen que el Rey Sabio condenó la alquimia. Nuestro punto de vista, como se puede apreciar, se basa en las propias palabras del firmante, que considera a la susodicha disciplina tan lícita como otra, por lo que no hay una censura hacia ella, sólo al mal uso y al engaño de ésta.

Tras los remedios que ofrece el uso de la piedra, al final del texto, aparecen indudablemente, aspectos relacionados con la astrología y la astronomía, una prueba más de la simbiosis establecida entre estas tres ciencias y el afán del Rey Sabio por conjugarlas, poniendo de manifiesto el interés del rey tanto por la alquimia como por la astronomía y la astrología, y nos lo demuestra, haciendo uso de las fuerzas cósmicas para acrecentar las propiedades que la alquimia ha sabido transmutar en una gema.

El lapidario muestra otra piedra muy curiosa, “de la piedra que llaman zumberic”, se refiere primero a ella en arábigo y después en latín, ignoramos la razón de no incluir su designación en romance. Mostremos a continuación el texto.

39. De la piedra que llaman zumberic.

Del noveno grado del signo de Tauro es la piedra a que dicen en arábigo zumberic y en latín esmeril.Esta piedra semeja arena gruesa, y hay de ellas incorporadas unas con otras, menudas y grandes. Mediana es en peso y en dureza. De su color es parda que tira a oscuro. En muchas partes es hallada, pero la mejor de todas es la que hallan cerca de Çin. De naturaleza es fría en el segundo grado, y seca en el tercero.

Su propiedad es comer todos los cuerpos de las otras piedras, y los maestros adoban las que son preciosas con esta piedra molida, sobre la tabla de cobre o de plomo, o de algunas maderas señaladas que son para esta maestría, y hacénlas claras y hermosas frotándolas sobre aquellas tablas, y las cortan lo que quieren o las horadan, pues no hay piedra que se le pueda defender, sino el diamante solo; y el pulir que ésta hace en las otras piedras es mejor y más fuerte cuando son mojados los polvos de ella que cuando secos. Los que trabajan de alquimia métenla en su obra, porque es buena para limpiar los cuerpos, quitando la suciedad de ellos, porque después que fueren limpio, reciben mejor color y peso, como el hombre se lo quisiere dar. Y aún tiene otra virtud: que cuando echan los polvos de ella en las llagas que son viejas y podridas, come la carne mala y sanan, por ello, más deprisa.

La estrella meridional de las dos que están en la línea delantera del cuadrante que está en el pescuezo de la imagen de Tauro, tiene poder sobre esta piedra, que de ella recibe su virtud; y cuando fuere en el ascendente, muestra esta piedra más manifiestamente sus obras. [16]

Esta gema es capaz de limar la materia sucia de otra, y usada para pulir y abrillantar piedras preciosas, hecho que nos parecería normal, lo extraordinario comienza cuando la alquimia entra en escena, y transmuta las propiedades de una piedra, aparentemente, tan simple como una piedra “pómez” (lijadora), pero que gracias al buen hacer del alquimista tiene una mejor virtud, la de sanar heridas, llagas e incluso carne podrida, un remedio curativo, que otorga de nuevo un resultado beneficioso a través del correcto uso de la alquimia, pero es más, este hecho casi milagroso, o terapéutico, lo acerca a la propia medicina, demostrando aún más, que el Rey es transmisor y continuador, como un eslabón más de esa peculiar cadena, de esa tradición de antaño, que fundía tan diversas disciplinas como la alquimia, la medicina, la magia, las astrología, los milagros, etc. Por supuesto, se hace uso de la, ya mencionada, “melotesia”, ya que se aprovechan las fuerzas astrales para aumentar las propiedades curativas de la gema, una prueba más, de que la astrología y la alquimia entrecruzan sus sendas, para conseguir unos efectos curativos que cabalgan en el terreno de lo maravilloso, lo milagroso y lo estrictamente medicinal.

Como hemos podido observar, entre las funciones terapéuticas de las gemas, en las que se ha empleado la alquimia, es frecuente la mención, a la curación de postemas, llagas y dolencias varias de la piel, ignoro si será realmente arbitrario, pero, lo que sí es cierto, es que, haciendo uso de la alquimia en muchas de las piedras, se consiguen los mismos efectos curativos, veamos varios ejemplos:

172. De la piedra que dicen marcasita, (en general y particularmente su primera variedad: aurea).

[...] Cuando la queman, calcínase, y moliéndola hácese de ella polvo; y por esta razón pierde la humedad, crece en la calentura y recibe en sí fortaleza natural de azufre; entonces `pueden meterla los sabidores en la obra mayor. Si echan un poco de ella, a la hora de fundir, en oro que tenga mezclado en sí otro cuerpo alguno, apártalo de él y queda apurado y limpio. También es buena para limpiar la supuración de las llagas y para sanar las fístulas de cualquier lugar que sean, y quitar la de la que se hace en los ojos [...] [17]

248. De la piedra que tiene nombre almartac.

[...] de naturaleza es fría y seca, por lo que deseca mucho, retiene y limpia las cosas sobre que la ponen; su fuerza no es o es muy grade y su friura mucha, mas con todo eso, alivia mucho la comezón y las llagas que se hace de ella. Cuado la mezcla con cera, hácese de ella medicina muy buena que enfría templadamente,, amansa el dolor y quita la carne podrida de las llagas y júntalas; cuando la queman tiene mayor fuerza en estas cosas. Esta piedra aprieta mucho y deseca por lo que, cuando es quemada, si mezclan con ella un poco de sal gema, hácese muy blanca, y así la meten en la obra de la alquimia; mas como esto ha de ser no es puesto en este libro porque no le conviene. [...] [18]

267. De la piedra a que llaman queybez. (Azul arambreño).

[...] Entra en las medicinas que hacen para los ojos, sana las postemas calientes y también las llagas que se hacen en el cuerpo; emblanquece los dientes y sana las llagas que se hacen en las encías. Entra en la obra mayor de esta manera: que cuando la queman y meten de ella en el oro cuando lo funden, ablándalo de manera que se estira muy ligeramente, y le da buen color. También tiñe la plata de oro, pero no es cosa que dure mucho [...] [19]

Éstas y otras piedras más, bajo el uso de la alquimia, tienen la propiedad de sanar llagas y postemas, resultando curioso que distintas piedras consigan los mismos efectos médicos. Otra cuestión que debiéramos comentar, sería una afirmación un tanto enigmática que lanza el autor en la piedra “almartac”: y así la meten en la obra de la alquimia; mas como esto ha de ser no es puesto en este libro porque no le conviene. ¿Qué nos quiere decir realmente?...¿qué siendo la alquimia una disciplina controvertida y criticada, no es conveniente escribir sobre los usos beneficiosos de ella?, ¿es consciente el autor, que su obra podría ser vetada por la inclusión de la práctica de la alquimia?. A mi juicio, el autor es del todo conocedor de la controversia que despierta esta disciplina, parece dejar constancia, de que este hecho puede ocasionarle problemas, pero a pesar de ello, la incluye en este libro para ofrecer usos beneficiosos de ésta, como diferentes soluciones médicas o incluso cómo purificar metales en la búsqueda del oro, para “purificar” también de alguna manera, a la propia alquimia, y a su vez, buscando una justificación de su uso. Sabemos que el Rey Sabio en Las siete partidas, condena el mal uso y los engaños de los falsos alquimistas, pero no condena a la propia disciplina, sino que intenta diferenciar el buen uso del engañoso y vil, por lo tanto, esta afirmación junto con otras que han aparecido en el libro y que ya hemos comentado, no es más que un intento de hacer brillar el áureo nombre de la alquimia.

Encontramos otro caso que nos llama la atención, “de la piedra que llaman plomo”, aquí se puede observar ciertas nociones sobre los metales, aunque con un tono casi mágico: se les otorgan propiedades extraordinarias, en este caso negativas, ya que pueden proporcionar enfermedades. Lo que advertimos en el texto, son los principios que compartían la alquimia con la metalurgia y la magia.

103. De la piedra a que llaman plomo.

Del décimotercio grado del signo de Cáncer es la piedra a que dicen pumbo en latín, y plomo en romance, y arraçaz en arábigo. Es también metal como la plata o como los otros metales conocidos. En muchos luhares la hallan y es, de su naturaleza fría y húmeda en el segundo grado, y tiene en sí escondida una acuosidad humorosa y que nunca pierde sino cuando la meten en el fuego y la queman, pues entonces cambia a ser fría y my seca. Muy cerca está de la plata, mas por la maldad de la tierra y del aire que se mezcla a veces desigualmente en uno, recibe en sí tre enfermedades: la una que se ensucia pronto, la otra que huele mal, y la tercera que suena entre los dientes y a tal plomo como éste dicen estaño. Otro plomo hay que es por sí que llaman negro, y éste es más natural aún que aquel otro que dijimos de que hablará adelante este libro en su lugar. Mas este primero que es más noble, dijeron los sabio que quien lo obrase según pertenecía, con el zumo del mirto y con la marcasita y con la sal y con las cantáridas, que con esta cuatro cosas le haría perder las tres enfermedades que son dichas. Mas porque esto pertenece a la obra de alqimia, no quisimos metyerlo en este libro.

El plomo quemado, metiéndolo en los ojos, háceles muy gran provecho, pues enjuga la humedad de ellos y sana las llaga que allí se hacen tan bien a los animales como a los hombres, y enjuga tambien la humedad que se hace en las llagas y curan, por ello, más pronto [...] [20]

Desde tiempos remotos, la Metalurgia, era considerado un arte sagrado, encomendado por sacerdotes y oráculos, que establecían una clara transformación de la materia con los dioses y la astrología. Las fórmulas eran celosamente guardadas ya que contenían recetas artesanales, muy parecidas a la química actual, pero de origen divino. Se usaban para realizar bálsamos, perfumes, venenos, para imitar metales nobles y piedras preciosas etc. Con el tiempo, a medida que se iba extendiendo este “Arte Hermético”, se afianzaba, además, la relación entre la Metalurgia y la Astrología [21]:

Posiblemente fueran los caldeos -expertos en Astrología- los que asignaron una estrecha relación entre la Metalurgia y la Astrología y entre los metales entonces conocidos y los cuerpos celestes. Así, el oro representaba al Sol, la plata a la Luna, el cobre a Venus, el hierro a Marte, el estaño a Júpiter, el plomo a Saturno y el mercurio al planeta del mismo nombre.

Pero esta correlación no constituyó únicamente un mero simbolismo. Con el tiempo y a medida que el Arte hermético se iba difundiendo, y su filosofía de la Materia iba profundizando, estas relaciones se hicieron más estrechas e íntimas. Como señala Burckhardt: “No es del todo correcto decir que el oro representa al Sol o la plata a la Luna, sino que el oro tiene la misma esencia que el Sol o la plata a la Luna; tanto los dos metales preciosos como los dos astros son símbolos de dos realidades cósmicas o divinas. Por tanto, la magia del oro deriva de su esencia sagrada, de su perfección cualitativa, mientras que su valor material tiene sólo una importancia secundaria”

Alfonso X, gracias a su círculo de sabios árabes y judíos, recoge este legado, por lo que no es de extrañar que estemos ante un caso donde se combina la alquimia, con la metalurgia, la astrología, y la astronomía, para combinarla con la medicina, y hablar de sus maravillosas propiedades.

El fragmento del Lapidario dedicado al plomo, se recubre a su vez de un ambiente propio de lo fantástico, lo mágico y visto desde los ojos de la censura, de lo engañoso, por lo que el rey no duda en incluir en el texto la siguiente afirmación: Mas porque esto pertenece a la obra de la alquimia, no quisimos meterlo en este libro [22]. Parece que aquí, Alfonso X, reniega de la alquimia, o de la falsa alquimia, ¿acaso se excusa?...con todas las afirmaciones al favor del buen uso de la alquimia, parece contradictorio, quizás lo que intenta hacernos llegar, el recelo que siente al incluir la práctica de esta disciplina en esta obra, porque sabe perfectamente que será vetada y criticada, y que esta inclusión, aunque mostrando claros ejemplos de los usos benéficos de la alquimia, va a darle muchos problemas... Y así pasó. A pesar de las expresiones ambiguas, del tono oscuro y tangencial, el Rey Sabio se vistió con los ropajes de las ciencias negras que llegaban de Oriente, quedando fascinado, por todas ellas, y a nuestro parecer, también se vio seducido por el brillo áureo de la alquimia.

Es obvia la evolución que experimenta el corpus científico del Rey Sabio, partiendo de los primeros tratados, como el Lapidario, protagonista de nuestro estudio, donde predominaban las distintas disciplinas científicas, como la astrología, la astronomía, la alquimia, de la que hemos querido tratar especialmente, ofreciendo una selección de textos donde queda manifiesta la presencia de la “obra mayor” por encima de la magia, y finalmente, hasta llegar al Picatrix, donde la astrología está al servicio de la magia, siendo ésta la protagonista indiscutible del tratado. Este devenir, este proceso críptico, se observa incluso, en el propio desarrollo de sus obras mágicas, tal y como ocurre en el Lapidario, que va ensombreciendo sus páginas a medida que vamos avanzando, aunque no llegue a los tintes esotéricos del Picatrix. Podríamos sugerir quizás, que a su vez, el propio Rey Sabio, en el transcurso de su vida, descubre un nuevo universo, y quedando fascinado, se deja contagiar por ese mundo esotérico, mutable, alquímico y mágico que le abre las puertas de la sabiduría. En este pequeño estudio, no sólo he querido rehabilitar la figura del Rey Sabio, sino mostrar ese lado más desconocido, haciendo hincapié en la alusión directa de aquellos textos, (para dar a conocer mejor la obra), que se impregnan de la magia del mundo mutable, alquímico, aquel que perseguía obsesionado los secretos de la eternidad, de la piedra filosofal y de los saberes mayores de los grandes maestros, a través de la transmutación de lo puro en impuro, del vil metal en oro, siendo quizás este proceso alquímico, una metáfora filosófica o teológica, del mundo de lo material y tangible, de lo profano y terrenal, a la elevación al “mundo de las ideas” de Sócrates, de lo espiritual, de lo sagrado…

 

Notas:

[1] ALFONSO X, Lapidario, Madrid, Editorial Castilla, ed: Maria Brey Mariño, Ordes Nuevos, 1968.

[2] Cf. GARCÍA FONT, J., Historia de la Alquimia en España, ed. Nacional, Madrid, 1976, P. 72.

[3] Ver p.72, de la op.cit.p.4. Los códigos españoles concordados y anotados: Código de las Siete Partidas, Madrid, 1872, vol. IV, “La séptima pertida”, XXIIII, ley 1-3.

[4] P.72, de la op. cit. p.4.

[5] P.73, de la op. cit. p. 4.

[6] P.72, op. cit. p. 4.

[7] P.73, op. cit. p. 4.

[8] Ver también LUANCO R., Clavis Sapientiae Alphonsi, Regis Castellae, Madrid, 1989, p.2 (63).

[9] Op.cit p.1.

[10] P. 36 de la op.cit. p. 1.

[11] Idem. Texto pp. 92-93.

[12] Idem. Texto p. 174.

[13] Idem. Texto p. 182.

[14] PP. 63-65 op. cit. p. 1.

[15] GARCÍA FONT, J., p.45 de la op. cit. p. 4.

[16] Ver pp.40-41. op. cit p.1.

[17] PP. 44- 45 de la op. cit. p. 1.

[18] PP. 142-143, de la op. cit. p. 1.

[19] PP. 209-210 de la op. cit. p. 1

[20] PP. 44- 45 de la op. cit. p. 1

[21] Ver pp.96-97. op. cit p.1

[22] FEDERMANN, R., La Alquimia, ed. Bruguera, 1972, p. 31.

[23] Ver p.97. de la op. cit. p1.

 

Rosario Delgado Suárez. Licenciada en Filología Hispánica, y D.E.A de “Investigaciones Filológicas” en la Facultad de Filosofía y Letras de Cádiz. A su vez he obtenido el diploma de D.E.A “Etudes Romanes” de la Université Paris IV Sorbonne. Pertenece a la revista de Historia y Cultura “Ubi Sunt” de la Facultad de Cádiz, y ha colaborado en diversos congresos multidisciplinares y publicaciones.
Ha pertenecido también al grupo de investigación del área de Filología Románica de la Facultad de Filosofía y Letras de Cádiz, y actualmente al grupo de investigación que dirige la Profesora Doctora Doña Nieves Vázquez Recio.

 

© Rosario Delgado Suárez 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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