Espéculo

  Reseñas, críticas y novedades

 

 

José Luis Garcés González

Literatura en el Caribe colombiano: Señales de un proceso vols. I-II

 


 

Literatura en el Caribe colombiano o las intrusiones del margen
Guillermo Tedio*
Universidad del Atlántico
manuel.ortegah@telecom.com.co

 

En un trabajo sobre la identidad sociocultural de los colombianos habitantes de la región Caribe (con ocho departamentos), expresada en su rica cuentística regional, planteaba cómo a partir de la estandarización o macdonalización del mundo -aldea global-, se impone, casi que como imperativo categórico ético, la defensa y promoción de lo marginal, la periferia, las orillas -lo montuno, como diría José Luis Garcés González-, frente a todas las avasallantes formas de alienación que imponen los discursos hegemónicos producidos desde el centro y que intentan acallar las voces otras. Está visto que la globalización busca estandarizar las culturas, ponerle el uniforme de la monotonía a todo lo que resulte diferente, enajenar al otro para que deje de ser él y se convierta en parte del conjunto homogéneo consumista de los productos fabricados y distribuidos por los centros de poder económico. Frente a este asalto de tipo cultural, corresponde al arrabal, al suburbio, a la provincia defender su identidad, esencia de lo que somos y que puede hacernos únicos frente al hombre masa de hoy.

Ya se ha planteado que Colombia es país de un centro -región andina- y cuatro esquinas -regiones caribe, pacífica, amazónica y orinocense- que siempre han sido agredidas con intentos de acallamiento, silencio y marginalidad por la voz autoritaria del centro, principalmente por las producciones simbólicas y discursivas que genera la Atenas suramericana, Bogotá, aunque hoy surgen voces autoritarias de otros centros hegemónicos de poder como Antioquia.

Frente a lo anterior, el trabajo en dos gruesos volúmenes que suman 998 páginas, titulado Literatura en el Caribe colombiano: Señales de un proceso, publicado en Ediciones Universidad de Córdoba (2007), por José Luis Garcés González, busca hacer un reconocimiento a los autores que desde la escritura regional han venido mostrando y afirmando una identidad que sin negarse a los influjos de la cultura universal, define lo que somos, pela el cobre, sin rubores ni vergüenzas, de nuestros particulares modos de ser, hacer, pensar y sentir. Todos sabemos que la marginación de nuestros departamentos, expresada en altos índices de pobreza, analfabetismo, violaciones a los derechos humanos, desempleo, delincuencia, drogadicción, deserción escolar, desplazamientos forzados y trapisondas de nuestros propios representantes y gobernantes, ha traído a la región un desarrollo lento y desigual que se observa en la confluencia o convivencia de distintos niveles temporales en nuestras comunidades formadas por los ocho tipos ecoculturales definidos por el Mapa cultural del Caribe colombiano: costeros, sabaneros, montañeros, anfibios, cachacos costeños, guajiros, isleños e indígenas. En el ámbito caribe colombiano confluyen varios tiempos históricos que nuestros escritores se han encargado de contar y poetizar, con una minuciosidad de orfebrería momposina. Y aunque hay escritores que pueden parecernos refinados en el uso del lenguaje, una mirada cuidadosa nos mostrará, al avanzar en su narrativa, poesía o ensayística, que la oralidad de las calles y caminos y la tradición oral con su riqueza de sentidos míticos, legendarios y cotidianos, están ahí, transcribiendo los avatares de la vida y el pensamiento. Privados durante mucho tiempo de la letra escrita, por el poder central, los pueblos caribeños colombianos resolvieron su problema de comunicación con la palabra hablada. A falta de instrucción y de una educación formal que los pusieran en contacto con la escritura, nuestras aldeas contaron sus historias y poetizaron sus angustias y sentimientos con el lenguaje oral que se abría por los caminos y veredas, plazas y mercados, patios y cocinas, a veces acompañado el juglar de música, como en el caso de los acordeoneros caminantes que derrotaban hasta al mismo Diablo con la melodía del credo al revés. Esa frescura lingüística de la oralidad trotamundos se va a dejar sentir en las creaciones de nuestros escritores.

Si antes, muchas de las manifestaciones literarias, artísticas y culturales cultivadas por la región podían ser tildadas despreciativamente de costumbrismo, de regionalismo o de folclor, ello hoy no tiene el mismo modo de percepción pues una de las ventajas de la globalización, la comunicación múltiple y acelerada del ciberespacio, las ha puesto a circular por los cuatro rumbos de la tierra. El hombre y la mujer caribeños, abiertos siempre a los vientos de la cultura universal, expresan hoy en día sus materias propias y típicas alojadas en formas, estilos, lenguajes y técnicas universales. Es lo que Ángel Rama, apoyado en el cubano don Fernando Ortiz, llamó transculturación, proceso que se puede ver, por ejemplo, en Álvaro Cepeda Samudio, cuando en su novela La casa grande, narra unos hechos propios de la historia colombiana -la represión bananera de 1928 y la descomposición moral y socioeconómica de una familia latifundista-, con técnicas de la más avanzada literatura norteamericana y europea, inaugurando nuestra modernidad narrativa.

Del mismo modo, escuchando hace poco un trabajo discográfico con mis amigos Albio Martínez Simanca, Roberto Montes Mathieu y Ariel Castillo, titulado Juglares de la tradición oral, nos emocionábamos con esos hermosos cantos repentistas en la voz de los arrieros o reseros del Sinú llevando sus manadas de ganado. Está ahí la melódica voz de los decimeros de la sabana cantándole a la naturaleza, relatando sus faenas de trabajo. Yo, particularmente, siento que en esos cantos de vaquería hay un sentir profundo y único, solo nuestro, que nos habla del amor del hombre rústico por el paisaje, el suelo, el agua, el polvo de los caminos, el viento, la vida. Son voces que nos transmiten la entrañable unión del hombre con la tierra caribeña y, ¡carajo!, uno siente que un sentimiento innominado le arruga el alma. Eso me llevó a recordar a Guillermo Valencia Salgado, el compae Goyo, diciéndome, alguna tarde de farra, bajo el campechano cielo de Montería, que las corralejas no deberían ser solamente un escenario para mostrar el coraje del hombre sinuano y sabanero al retar a la muerte frente a las astas de la bestia sino que allí, en ese ruedo, debían realizarse también concursos de vida, es decir, de guapirreo y décima, de copla y cuentería, de cantaleta y planto de velorio, de lazo y vaquero, de tamboreros y gaitas, de fandangos y ferias, de porros y cumbias. Como explica Nina S. de Friedemann, las clases detentadoras del poder económico, en su afán por depreciar la cultura de los grupos étnicos, llámense indígenas o afrodescendientes, y de las colectividades populares, han tildado despreciativamente de folclor sus manifestaciones culturales y artísticas. Dice de Friedemann, en su texto “De la tradición oral a la Etnoliteratura”: “Costumbres, creencias y tradiciones de gentes desposeídas de bienes y poderes terrenales como las etnias, hasta hace poco apenas, fueron entendidas como folclor, en oposición a la «cultura» de las sociedades dominantes donde las diversas etnias han estado insertas. De esta suerte, tradiciones orales representadas en cuentos, leyendas, mitos, curaciones, también han sido señaladas como folclor. Pero en realidad, desde una visión antropológica, estamos hablando de la cultura de los seres humanos y en este marco, de diversas expresiones y variados géneros de expresión”.

Garcés González era el autor indicado para escribir este prontuario de la literatura del Caribe colombiano. Seguramente -y está bien que así sea- otros investigadores, “de ceño fruncido”, más cercanos a la historiografía, propondrán periodizaciones y clasificarán estilos, momentos, escuelas, tendencias y generaciones. Estoy convencido de que otros podían emprenderlo pero quiero señalar que en José Luis se reúnen, por lo menos, cinco requisitos que lo hacían competente para ello: la práctica, el talento y el olfato artísticos y estéticos del narrador de historias en los géneros de novela y relato, prosa premiada en muchos concursos literarios y analizada por críticos de la exigente academia anglosajona; la pedagogía y el método del profesor universitario; la disciplina y el trabajo del gestor y organizador cultural; la mesurada mirada descriptiva, analítica y valorativa del investigador, y las vivencias del hombre sembrado en la tierra caribeña, convencido de que la cultura regional se abre camino en estos tiempos como un discurso antihegemónico y heterodoxo, necesario para que el Caribe colombiano se afirme y proclame su existencia poliétnica indígena, afrodescendiente, blanca y árabe.

José Luis Garcés González es un hombre con un profundo conocimiento y pasión por la cultura caribeña pero también por el paisaje, por la variada teluria de nuestra geografía de trópico, hasta el punto de que ha venido dándole al Grupo Cultural El Túnel una tonalidad ecológica, convencido de que la cultura y la literatura no se justifican si no logran convencer al hombre y a la mujer de que la armonía con la naturaleza es uno de los mandatos primarios para ser felices en este mundo y en el otro, fin último del ser humano.

Ya antes, Garcés González nos había mostrado sus dotes y competencias de investigador acucioso en trabajos -para señalar tres casos- como Cultura y sinuanología y Literatura en el Sinú: Siglos XIX y XX (dos volúmenes), y este mismo año, ha editado, con excelente prólogo de Cristo Figueroa, El río de la noche: Antología del cuento en Córdoba, donde incluye diecisiete nombres. José Luis ha tenido el coraje y la convicción de permanecer en su región, pudiendo emigrar a otros patios, dada la proverbial inclinación de nuestros escritores a autoexiliarse o fugarse del país, buscando ámbitos más amables para la escritura y espacios más propicios de promoción de su literatura. Él ha decidido quedarse en su ámbito, en su Granja, donde se mueve como pez en el agua y oficia cotidianamente, con un hacer de hormiga arriera, como un brujo, sacerdote o sabio, sus ritos literarios que se concretan en libros, oliendo el olor de la boñiga y el vaho nocturno de la comarca con su río lleno de magias y rumores zenúes.

Es José Luis un escritor en sintonía con temas y tratamientos técnicos universales. En sus textos narrativos prima el tema de la soledad, el aislamiento en sí mismos de hombres y mujeres que padecen de oxidación y deterioro físico y espiritual, que se van decrepitando en el calor del trópico, como esos seres que describe Álvaro Mutis en su lúcido ensayo sobre la desesperanza. Son personajes, los de José Luis, que buscan y propician el erotismo como una tabla de salvación momentánea porque, a ciencia cierta, saben que terminarán aniquilados por el paso irreversible del tiempo y de las circunstancias que les resquebraja la existencia, dejándoles el sabor a cobre de la nada. Se trata, a mi modo de ver, de un erotismo trágico, como si el fuego de la carne que cruje en el contacto pasional fuera un relámpago que ilumina una noche sin redención de madrugada. Todo ello expresado con un lenguaje narrativo que se abre a la iluminación poética como se observa en su cuento “Fernández o las ferocidades del vino”, recientemente incluido por la escritora argentina Graciela Gliemmo, en la antología Vino para contarnos, publicada por Editorial Planeta, de Buenos Aires.

Volviendo a la obra que hoy nos convoca: Literatura del Caribe colombiano: Señales de un proceso, es amplia la perspectiva desde la cual se realiza la selección de autores y obras propuesta por Garcés González. Por supuesto, en acuerdo con el espíritu crítico y valorativo que lo anima, no llega a la laxitud o desgreño permisivo a que se entrega el texto Visión caribe de la literatura colombiana, de Abel Ávila, quien incorpora desde vademécumes y herbolarios hasta tratados de gastronomía, desde discursos políticos y panegíricos hasta compendios de etiqueta y urbanidad, olvidándose del sentido crítico que debe guiar una selección de textos y autores tanto a nivel de los géneros escriturales y los aportes de contenido, como a nivel lingüístico, formal y estético.

Haciendo un sondeo sobre los géneros tenidos en cuenta por Garcés González, encontramos la poesía, la novela, el cuento y el teatro, dentro de la literatura propiamente de ficción, pero incorpora también otros géneros como el ensayo histórico, el sociológico y el género periodístico a través de la crónica, el reportaje y la columna breve de temas culturales, como los textos del hispano-colombiano nacido en Bilbao, Jesús Sáez de Ibarra Ruiz de Azúa, quien ha recopilado sus excelentes columnas publicadas en El Heraldo de Barranquilla, en los libros Reloj de sol y El color de la vida. Esta inclusión de géneros propiamente literarios y géneros ensayísticos de corte histórico, como la imprescindible Historia doble de la Costa, de Orlando Fals Borda, o filosófico, como Diálogos con Savater, de Numas Armando Gil, o periodístico cronicial, como Los golpes de la esperanza, de Alberto Salcedo Ramos, va muy de acuerdo con la tendencia hermenéutica actual de entender el texto literario de ficción y el texto histórico como caras de una misma moneda, como discursos de interpretación de la realidad, sin que ninguno sea más verdadero o más mentiroso que el otro pues la verdad es una construcción retórica que depende de los intereses en juego de los sujetos entre quienes circula. Así, tanto el cuentista o el novelista como el historiador y el periodista expresarán entonces siempre una verdad relativa.

Destacado lugar ocupan en este estudio, las crónicas literarias como las de Heriberto Fiorillo, Alfonso Fuenmayor y Germán Vargas Cantillo, y la crítica literaria o historiográfica de Carlos J. María, Ariel Castillo, Eduardo Pachón Padilla, Antonio Curcio Altamar, Otto Ricardo Torres y Carlos Arturo Caparroso. ¿Mujeres escritoras? Sí, las hay. De los 176 escogidos, resultan veinte nominaciones femeninas, casi todas poetas si sacamos los nombres de las narradoras Fanny Buitrago, Marvel Moreno, Mary Daza Orozco, Judith Porto de González (narrativa y teatro) y Soad Louis Lakah, o las que cultivan narrativa y poesía como Lya Sierra y Nora Carbonell.

Están allí representados los ocho departamentos que conforman la región Caribe, baste saber que el departamento de San Andrés, Providencia y Santa Catalina aparece con los escritores Hazel Robinson Abrahams y Lenito Robinson-Bent. Hay extranjeros que se aclimataron a la región Caribe, como -además del bilbaíno Jesús Sáez de Ibarra-, el curazaleño Abraham Zacarías López-Penha y el catalán Ramón Vinyes, este último, pieza clave en la formación de García Márquez en Barranquilla. Las literaturas populares encuentran sus expresiones en los trabajos de Guillermo Valencia Salgado y Benjamín Puche Villadiego. Igual están los que nacieron en Colombia pero no en la región Caribe, como Harold Ballesteros Valencia, Henry Stein y Hernán Vargascarreño, los dos primeros, vallunos, y el tercero, santandereano. La escritura teatral caribeña colombiana tiene poca representación, con apenas los nombres de José Fernández Madrid y Judith Porto de González. Los dos principales géneros cultivados son la narrativa, con un 45% de autores escogidos, y la poesía, con un 40%. Hay entonces apenas un 15% para el grupo de los ensayistas, ya sean historiadores, críticos o periodistas, lo que prueba que el ensayo como género, en su ética y estética, es la escritura más exigente. Más que vocación por el género poético, la región Caribe parece tenerla por la narrativa, por el arte de relatar historias, hecho que se demuestra con solo salir a la calle y encontrarse con corrillos de gente alrededor de cualquier camaján de esquina que cuenta una historia con el mayor desparpajo y un lenguaje rico en entonaciones y sentidos. Tampoco descuida Garcés González las épocas en su investigación, al irse al siglo XIX y escudriñar qué caribeños colombianos nacieron en ese siglo y representaron una escritura de avanzada. Así, aparecen, además del poeta y dramaturgo José Fernández Madrid ya citado, los nombres de Juan José Nieto -nuestro primer novelista-, Manuel María Madiedo, Luis Capella Toledo, Diógenes Arrieta, Candelario Obeso, Abraham Zacarías López-Penha, Luis Carlos López, Ramón Vinyes, Gregorio Castañeda Aragón, José Félix Fuenmayor, Miguel Rasch Isla, Leopoldo de la Rosa, Fernando de la Vega, Víctor Manuel García Herreros, Antolín Díaz, Carlos H. Pareja -más conocido como Simón Latino y de quien hay un estudio interesante de rescate realizado por el investigador monteriano Albio Martínez Simanca- y finalmente Fernando de Andreis, nacido en 1900.

La cifra de 176 autores escogidos nos da, a nivel cuantitativo, un índice de la inclinación de los caribeños colombianos por la escritura estética, sea a nivel de narrativa, poesía, teatro, periodismo o ensayística literaria e investigación histórica o social. La propuesta de selección de José Luis no es permisiva ni carece de perspectiva o puntos de vista desde los cuales se nominen los autores y textos. Observa uno que el principal elemento para hacer sus inclusiones y exclusiones es el punto de vista estético, como se puede comprobar cuando sitúa los nombres de Giovanni Quessep, Jorge García Usta, Ricardo Vergara y José Manuel Vergara, o narradores como Manuel Zapata Olivella, un clásico, pero también al cordobés Nelson Castillo, o a los barranquilleros Julio Olaciregui y Jorge Manrique Ardila, en fin, autores cuyas poéticas y narrativas están fuera de toda sospecha. Ahora, hay que dejar sentado que no por incluido, el texto tiene la categoría del mérito, la excelencia o la vanguardia. Varios autores y obras, a pesar de estar ahí, llevan rejo, manduco y mapola, y su escogencia responde al compromiso crítico y valorativo que el autor ha ido teniendo, en su atento oficio de lector, con las obras -excelentes, medianas y mediocres- de la literatura caribeña. También se aprende, señalando lo negativo.

Se cuida muy bien José Luis de usar perspectivas dogmáticas para concretar su selección de autores y textos. El subtítulo del trabajo habla de esa orientación: Señales de un proceso. La idea de proceso de nuestra literatura se evidencia en una frase del prólogo: “Pues, además de no ser una carrera de competencia, una literatura no se forma con una obra sino con una tradición, con una divulgación y con el enfoque crítico que de ella se deriva” (I, 16). Y en relación con las señales dice que “la intención de este trabajo, que se ha estado haciendo por más de una década, es señalar, no agotar, nombres y obras de la literatura que se ha dado en el Caribe colombiano” (I, 17). Del mismo modo, en otro aparte, afirma: “Sin mayores pretensiones, este texto bucea en el corpus de esa literatura. Intenta dejar señales, orientaciones de camino, es decir, obras y nombres, para que desafiando la mala memoria y la indiferencia estatal y humana que nos agobia por doquier, puedan ser asumidos y profundizados por especialistas de otro tenor y mejor fortuna” (I, 18). No obstante esta prudencia de decir que se trata de un simple rastreo de señales de autores y obras para que otros investigadores asuman la crítica, uno encuentra que, en ese modesto nadadito de perro de la prosa garcesiana, el autor, a partir de su saber investigativo, por un lado, y su conocimiento del lenguaje estético, por otro, va haciendo crítica y estableciendo valoraciones de los textos propuestos, como cuando, del libro de cuentos La cachucha bacana, de Amaury Díaz Romero, dice: “El libro no tiene unidad. Lo cual no sería pecado grave, pues eso de la unidad temática es planteamiento discutible. La cachucha bacana mezcla experiencias juveniles con momentos vividos en Europa. Los dos textos iniciales, «La cachucha bacana» e «Interludio», expresan simpatía por Alejo Durán pero no tienen estructura de cuento: son crónicas que saltan de un tópico a otro, de un tiempo a otro, de una circunstancia a otra, en un desorden sin fin que alarma y entristece. Se les puede abonar el entusiasmo de Amaury por el cantor vallenato, expresión nítida de la cultura popular caribeña” (II, 690). O también cuando critica la incursión en la narrativa de José Consuegra Higgins, quien erróneamente deja su acertada ensayística sobre economía, para publicar el desafortunado libro de relatos Del recuerdo a la semblanza: “De este libro podemos afirmar que está correctamente escrito (o lo que es igual, es gramaticalmente correcto). Dice las cosas y las dice bien, que ya es bastante. Sin embargo, desde las primeras páginas, nos damos cuenta de que Consuegra Higgins se aproxima al arte de la palabra, pero no penetra sus umbrales; le falta literatura. ¿Qué es literatura? Magia, metáfora, transgresión, búsqueda de lo inasible, portento...” (I, 346).

Una cosa es cierta. A partir de este momento, la obra Literatura en el Caribe colombiano: Señales de un proceso, de José Luis Garcés González, será lectura, cita y referencia obligada de toda historiografía, descripción, análisis, crítica o valoración de la literatura caribeña colombiana. Sin duda, es la mejor. Hay atrás trabajos interesantes pero ninguno como este que intente globalizar en forma crítica la producción escrita del Caribe colombiano. Hay estudios respetables como el pionero de Antonio Curcio Altamar, Evolución de la novela en Colombia, o la Antología del cuento caribeño, con su excelente estudio previo, de Jairo Mercado Romero y Roberto Montes Mathieu, o la antología Veinticinco cuentos barranquilleros, de Ramón Illán Bacca, o a nivel de las ciencias sociales, la Historia doble de la Costa, de Orlando Fals Borda, pero como sus mismos nombres lo indican, son trabajos parciales de género o de territorio, válidos y necesarios.

De cualquier forma, Garcés González deja la puerta abierta para un tercer volumen -o para una corrección de los dos tomos editados- en que se enmienden las injusticias y omisiones involuntarias o se reconsideren los juicios, ingresando otros nombres -que seguramente los hay como ya he podido comprobar-, cuando en el “Prólogo” a su estudio, parodiando con humor el final de Cien años de soledad, expresa: “Es cierto. No están todos. Y ofrezco excusas por las ausencias. Esperemos que, más temprano que tarde, para los omitidos y los ausentes haya una segunda oportunidad sobre la tierra”.

Barranquilla, diciembre 1 de 2007.

 

* Guillermo Tedio es el seudónimo literario de Manuel Guillermo Ortega. El autor es cuentista, ensayista y profesor de la Universidad del Atlántico (Barranquilla, Colombia), donde coordina el área de Literatura. Par académico inscrito en COLCIENCIAS y Director de GILKARÍ, Grupo de Investigación Literaria del Caribe, categorizado en A. Su cuento “Tierra de iguanas” fue premiado por el periódico El Espectador en el Concurso Nacional de Cuentos, 1975. Licenciado en Filología e Idiomas. Estudió Derecho, graduándose con una tesis meritoria sobre Derecho de autor o propiedad intelectual. Magíster en Literatura hispanoamericana, del Instituto Caro y Cuervo de Bogotá. Ha ganado concursos nacionales e internacionales de Cuento y sus trabajos críticos han sido publicados en revistas, periódicos y magazines de Colombia y el extranjero. Sus cuentos “Lucero de mi noche”, “Historia de un hombre pequeño”, “Ritual de las alas del gusano” y “No han visto el mar mis ojos” aparecen publicados en antologías de cuento colombiano, la última realizada por el cuentista Jairo Mercado Romero y editada por la Universidad del Magdalena. Sus cuentos “Flores para la tía sabina” y “El rapto” han sido traducidos y publicados en italiano y francés. Ha publicado dos libros de relatos: La noche con ojos y También la oscuridad tiene su sombra. Ha realizado investigaciones críticas sobre Pablo Neruda, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Juan Rulfo, Denzil Romero, Augusto Roa Bastos, Gabriel García Márquez, Jorge Artel, Marvel Moreno, Héctor Rojas Herazo, autores que ha estudiado con sus alumnos en los cursos de Literatura latinoamericana, colombiana y del Caribe, en la Universidad del Atlántico. Edita y dirige en Internet las publicaciones: LA CASA DE ASTERIÓN [http://lacasadeasterion.homestead.com], donde se publican ensayos sobre literatura, arte y cultura; SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA, para narrativa y poesía; y EL BAÚL DE LOS DISFRACES, literatura infantil y juvenil. Adelantó, en Convenio Universidad del Atlántico-COLCIENCIAS, una investigación sobre valores identitarios en el cuento caribe colombiano, en los años 2002-2003. manuel.ortegah@telecom.com.co

16/05/2008

 

© Guillermo Tedio 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2008