20 años sin Luciano Castañón Fernández

José Luis Campal Fernández

Real Instituto de Estudios Asturianos
joseluiscampal@hotmail.com


 

   
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Resumen: Evocación de la figura del escritor asturiano Luciano Castañón Fernández y de su influencia en el ámbito cultural asturiano a los 20 años de su fallecimiento.
Palabras clave: Luciano Castañón Fernández, literatura asturiana

 

I. Veinte años se cumplen en 2007 desde que la cultura asturiana ha de apañárselas sin las enseñanzas y orientaciones, y sin las aportaciones monumentales, de una figura que dejó un hueco que, a día de hoy, aún no ha encontrado sustituto, y si éste apareciera algún día deberá esforzarse mucho para rozar con los dedos un listón tan alto como el que dejó Luciano Castañón Fernández (1926-1987).

Aquella mañana invernal del lunes 5 de enero de 1987 no falleció sólo uno de los mayores eruditos que en el último siglo dio nuestra región, el alma y capitán de proyectos decisivos como la Gran Enciclopedia Asturiana, de la que fue codirector, o la Enciclopedia Temática de Asturias, de cuyos 7 primeros tomos fue coordinador; no se fue sólo aquel que, a los ojos de los demás, reunía en su persona los más curiosos y profundos saberes acerca de todo lo relacionado con Asturias y lo asturiano. No perdimos sólo al experto en artes plásticas que parecía abarcarlo todo y hacerlo sin lagunas, o al experto bibliógrafo que, ficha a ficha, iba supliendo carencias. Aquel 5 de enero de hace dos décadas se esfumó un divulgador incansable del periodismo ilustrado y de la crítica literaria, desapareció un novelista, un poeta y un dramaturgo, y el futbolista que no pudo ser, que no cuajó en los terrenos de juego, también hizo mutis. De todo ello, que es mucho, trataré de bosquejar una semblanza que no resulte en exceso borrosa ni con añadidos superfluos.

 

II. Luciano Castañón Fernández nació el 6 de abril de 1926 en La Arena, y desde este barrio gijonés, donde viviría siempre, emprendería su carrera profesional, primero, como jugador de fútbol, y después, cuando una dolencia renal lo apartó de los estadios deportivos, como literato, en sus dos vertientes de creador e investigador autodidacta que, a pesar de haber pasado por las aulas de la Facultad ovetense de Filosofía y Letras, todo lo fue aprendiendo gracias al tesón de su propia voluntad y animosa vocación, tan silenciosa, tímida y honesta como lo fue Luciano Castañón, según dicta el consenso general de cuantos le trataron y se vieron beneficiados de su carácter desprendido y de sus indicaciones. De Castañón dijo el escritor e historiador Jesús Evaristo Casariego que era «el prototipo de antipedante, que rehuía el aplauso y los honores para realizar una obra auténticamente efectiva». Y sobre su humanidad, Antonio Gala expresó abiertamente que Castañón «fue un hombre en el más noble y esperanzador sentido de esa palabra». Para añadir un retrato más a los muchos que se pudieran rastrear, he aquí el fotomatón que, el mismo día de su muerte, compuso el escritor avilesino Daniel Arbesú: «Siempre fue un hombre serio, formal (...), cariñoso siempre con sus amigos y modélico padre de familia». El propio Luciano Castañón nos dio, a la altura de 1964, una radiografía de sí mismo más que significativa. Escuchémosle: «Dada mi sencillez, me abruma lo profuso y lo confuso. Como buen asturiano, me siento liberal. Tengo hambre de vida. Odio la subordinación. Me engaña fácilmente la gente pícara; siento una soterrada y permanente angustia».

 

III. Bajo el nombre de Chano, desarrolló sus pinitos balompédicos en dos clubes modestos de la categoría regional: el Ezcurdino, que no estaba federado, y el Olimpia Sport, filial del Sporting, formación a la que daría luego el salto y en cuyas filas militó durante cinco temporadas, de 1944 a 1949. El Sporting no lo olvidó y el domingo siguiente a su muerte, en el encuentro ante el Murcia, sus jugadores llevaron brazalete negro en señal de duelo. Con el equipo gijonés Chano actuó como delantero interior en la posición izquierda del campo, un ariete que, al decir de quienes le conocieron vistiendo la camisola rojiblanca, remataba el balón con acierto y se manejaba entre los contrarios con agilidad y deportividad, de forma que si el juego se volvía arisco en el cuerpo a cuerpo, Chano decía: «¿Vinimos a jugar al fútbol o a matanos?». Debutó en El Molinón el 12 de noviembre de 1944 ante el Granada CF, con victoria por 3-1 de los locales, siendo de Castañón uno de los tantos. En las dos campañas siguientes, de 1949 a 1951, Chano vestirá los colores del Real Avilés, y de 1951 a 1953 ficha por el Cádiz CF. En tierras andaluzas se retira y regresa a su ciudad natal, donde logra plaza estable como funcionario en el futuro Insalud (entonces Instituto Nacional de Previsión), al tiempo que inicia una copiosa actividad intelectual de la que no se apeará hasta el último día de su existencia.

El ejercicio físico que profesionalmente le había procurado el terreno de juego lo suplirá el montañismo, que Castañón aprovechará para su rastreo del rico e ingente refranero conservado en la memoria de los lugareños de las zonas rurales: «Las excursiones de montaña durante los años 50, 60 y 70 fueron fundamentales para sus trabajos etnográficos», ha escrito su hijo José María Castañón Loché, porque gracias a ellas «indagaba entre los pastores en busca de dichos, cantares o refranes que más tarde pasarían a engrosar [sus] libros».

 

IV. El despegue como creador lo hará Luciano Castañón por todo lo alto, publicando entre 1958 y 1973 cuatro novelas, a las que habría que sumar otra titulada Del cielo, una mirada, ambientada en un parque y basada en las conversaciones que tenían lugar sobre uno de sus bancos, y con la que ganó en 1953 el premio de novela corta «Club Universitario de Tortosa», pero que no llegaría a editarse. La primera de Luciano Castañón que sí lo lograría fue El viento dobló la esquina, aparecida en la entonces naciente editorial Planeta después de haber quedado, dos años antes, finalista del acreditado premio de novela «Sésamo». La segunda y la tercera novelas (tituladas, respectivamente, Los días como pájaros y Vivimos de noche) ven la luz con la editorial barcelonesa de Luis de Caralt y de la última de ellas (Los huidos) se hará cargo una editorial bilbaína al haberse alzado en 1973 con el premio «Puente Colgante». Junto a estas novelas dejó a su muerte otras en el anonimato, manuscritos cuyos títulos eran La caracola rota, El faro y las gaviotas (primero rotulada Cementerio de gaviotas), Nando, el boxe y Saldo humano, y que permanecen inéditas, salvo la última mencionada, que publicó póstumamente, por entregas, el diario asturiano El Comercio; Luciano Castañón estuvo a punto de verla en letras de molde en 1965, pero la censura dio al traste con las intenciones de la colección que iba a sacarla («La novela popular»). A pesar de que, cuando murió, Luciano Castañón llevaba casi tres lustros sin publicar una novela, debió de quedarle clavada esa espina de no haberse visto reconocido como autor de ficción, pues tres semanas antes de su muerte declaró en una entrevista radiofónica que «están los cajones de mi mesa de trabajo llenos de novelas, cuentos y otras historias que nadie, absolutamente nadie, sabe», y apostillaba: «Si todo este material saliera a la luz quizás la gente me lo reconociera, o por lo menos reconociera en mí las posibilidades que tengo como escritor de creación».

En su obra novelística, aunó Luciano Castañón su inclinación por un realismo concreto, nada difuso y cargado de referencias españolas, y una mirada entre desesperanzada y acusatoria contra las desigualdades y la pobreza de las clases bajas. Por sus páginas desfilan con frecuencia los perdedores o antihéroes, gentes de ambientes suburbiales, como ocurre en Vivimos de noche, donde, como indica el editor en la solapa de portada de la novela, el autor se sumerge entre quienes «trafican con sus propios cuerpos, hacen mercancía corriente de los vicios y se envilecen hasta niveles animales». Pero a Castañón le interesa de este arrabal no sólo el aspecto naturalista de degradación, sino también la peripecia desconsoladoramente humana de unos personajes llevados a situaciones límite.

El autor no rechaza en sus narraciones el empleo de material autobiográfico, tal y como ha subrayado Óscar Muñiz: «Castañón escribe sobre lo que ve, sobre lo que conoce de primera mano y sin intermediarios. Son las calles por las que transita y los barrios bien sabidos los escenarios en los que transcurre la acción». Sólo hay que fijarse en una novela como Los días como pájaros, que trata de un jugador de fútbol cuya infancia ubica en el barrio de La Arena, para rubricar semejante certeza. En ella hay una disección de los entresijos poco ejemplares de quienes manejan la trastienda futbolera, y la galería de sensaciones amargas e ilusionantes, a partes iguales, que experimentan los jugadores tal vez fueron las mismas que Chano y sus compañeros de calzón corto padecieron. Del conocimiento del medio futbolístico que asistía a Castañón, y de su capacidad casi cinematográfica para hacérselo llegar a los lectores, da prueba este pasaje de Los días como pájaros:

«Cerca ya de terminar el partido, le pasaron el balón a Ladis. Éste dribló al medio que tenía cerca; siguió con el balón; cuando vio la dirección que traía el defensa, tiró el balón por su derecha y corrió él por la izquierda, el defensa quedó parado, indeciso, impotente; Ladis se apropió de nuevo del balón; apenas levantada la vista, vio en diagonal la portería y una posibilidad de chutar, pero el otro defensa ya se le acercaba veloz; entonces, Ladis hizo con el cuerpo un quiebro y engañó al contrario, que siguió corriendo sobre nadie; desbordado éste, avanzó de prisa, pero sereno, hacia la portería; el guardameta, titubeante, salió; Ladis lo vio venir hacia él, entonces tiró el balón dirigiéndolo a un poste; él siguió corriendo por el otro lado del portero; el balón entró en la portería.»

La recurrencia al universo futbolístico no desaparecerá ni en una novela tan poco deportiva como Los huidos, donde la miseria proletaria de la mina, la guerra civil y los fugaos (los combatientes de la causa de la II República que se resistieron a aceptar la derrota de las filas gubernamentales al final de la contienda bélica, organizándose en guerrillas) capitalizan el interés del narrador, quien, como reconocería mucho tiempo después de escribirla, estaba muy satisfecho con esta obra «porque en ella está Asturias reflejada con una gran tensión». Las marcas deportivas de este libro quedan patentizadas en fragmentos como el que se reproduce a continuación:

«Entonces Manolo comenzó a despotricar de fútbol (...) levantando su voz y criticando a los directivos que iban a buscar futbolistas a otras provincias, despreciando a los de la cantera; continuó asegurando luego que todos esos forasteros eran de pacotilla, para terminar desafiando él, él mismo, a cualquiera de los porteros que el equipo local tenía fichados, porque él, él se creía tan bueno como el que más, pudiendo demostrarlo ante quien fuera, evidenciando que era uno de los relegados, de aquellos a quienes no se les había dado oportunidades»

 

V. Produjo novelas Castañón, pero también abundantes cuentos, y alguno de ellos, como el titulado «Las tres hermanas», fue premiado en 1958 en el concurso de cuentos «La Felguera». En menos ocasiones de las que se merecía pudo verlos Castañón reunidos en volumen, como sí fue el caso de Siete cuentos asturianos (1983), pero la mayoría de las veces hubo de conformarse con que los acogieran en sus páginas solventes revistas de ámbito nacional como Cuadernos Hispanoamericanos o La Estafeta Literaria.

VI. No resultó menos intensa su vocación poética, si bien de cara al público fueron de inferior cantidad las ediciones líricas en contraste con sus incursiones narrativas, apenas tres delgados cuadernos con un total de 78 poemas: Barrio de Cimadevilla, De la mina y lo minero y Poemario asturiano (I). En ellos, el mar, la mina y el paisaje montañoso astur dan cobertura, como motivos principales, a las intenciones de protesta e inconformismo social. En Barrio de Cimadevilla (Barcelona, colección El Bardo, n.º 32, 1967) se revuelve contra los trabajadores mal pagados, como expone en el poema «Mi padre no era marinero»:

Recuerdo con amoroso dolor
la dilapidación tonta
del obrero sonriendo
-sábado y domingo-
la miseria de su sueldo.

Me apenan los nueve duros
semanales
--por el año treinta-
de mi padre.

Si unos quisieran
ver su desvergüenza
y otros comprender
el sentido de su miseria...

El tono de denuncia ante la injusticia no desaparece, todo lo contrario, crece, en De la mina y lo minero (Oviedo, Gráficas Summa, 1968), donde habla de cuanto rodea a la faena de los mineros, con predominio del elemento descriptivo y las comparaciones animales, tal cual es lo que sucede al retratar al picador:

Trapecista intrépido eres,
flexible, dúctil alambre, olímpico,
araña que vas y vienes
con ligereza de ardilla,
sinuosidad de serpiente,
deslizamientos de mono
a su costumbre obediente
.

Aunque en ocasiones prevalezca el «arrebato ideológico», que le imputará algún crítico, no se escamotea la nota humanizadora del mineral, como pasa en el poema que abre el conjunto y que recoge una escena muy familiar:

Humildemente el carbón en casa
reposa en un rincón de la cocina.
Espera la mano que lo encamina
al fogón para convertirse en brasa.

De la buena mano que Castañón tenía para moldear estructuras clásicas como las del soneto hay otra prueba interesante en el poema dedicado al tejo en Poemario asturiano (I) (Bilbao, Cuadernos literarios Alazán, n.º 4, 1979):

Asombra la fidelidad perenne
de tu vivo verdor inusitado.
Ya Estrabón te cantó, e indemne
permaneces, mástil enarbolado.

Tu viejo rugoso tronco, solemne
por su anchura, ha ofrecido, dado
cobijo a la cúpula que mantiene
vigor constante, vegetal cuajado.

 

VII. Y para tener la certeza de que había pulsado todos los géneros, en 1964 Luciano Castañón llevó a cabo su ensayo teatral con una pieza en un acto titulada El detenido, que ganó el premio de teatro «Guipúzcoa», y que se desarrolla en una comisaría en torno a cinco personajes. Su publicación en Primer Acto, la más destacada y rigurosa revista de teatro española del momento, sorprendió al propio escritor porque, explica éste, la obra «era una mofa sobre Franco, una visión risible de la actividad del dictador». El hecho de que eligiera el formato del teatro del absurdo fue, probablemente, un atenuante, más que un agravante, que facilitó que pasara la censura o que ésta no se enterase de las secretas intenciones que aleteaban en el texto de Castañón.

Narrativa, poesía y teatro no constituyeron para Luciano Castañón parcelas en lucha o en oposición unas a las otras, puesto que pensaba que «quien se dedica con preferencia a un género literario frecuenta también otros porque no hay exclusividad en el empleo de las distintas técnicas», dado que «lo que el escritor desea es manifestarse».

 

VIII. Al lado de la atención depositada en su obra propia, no pueden olvidarse los esfuerzos realizados por Luciano Castañón para ofrecer, en lectura esclarecida y limpia de polvo y paja, la obra ajena, y no sólo la de sus contemporáneos, también la de los clásicos. Ahí están, por ejemplo, los prólogos que escribió para los poemarios Desnudo (Gijón, 1978), de Javier Vallín, y Poemas de adolescencia (Gijón, 1979), de José María González Fernández, Chemag. O la nota preliminar suya que se incluyó, junto con otros juicios críticos, en la edición de 1962 del popular sainete gijonés ¡Lenguateres! (o Dios nos libre d’un levantu), de Emilio Palacios. Y ahí quedan las introducciones de experimentado asturianista, como la que elaboró para la reedición del Quixote de La Cantabria, de Alonso Bernardo Ribero y Larrea (Gijón, Silverio Cañada, 1979); o las notas de lectura que hilvanó a propósito de la obra teatral de más sabor asturiano de Alejandro Casona: La dama del alba; o la introducción que firmó cuando reunió en Poesías asturianas (Oviedo, IDEA, 1987) la mayor parte de las composiciones en bable de Fabriciano González García, Fabricio, quien fuera secretario del Ayuntamiento de Gijón y cronista oficial de dicha villa.

El interés afectuoso que siempre suscitó en él la actividad cultural le empujó a hacerse cargo, durante más de veinte años, de una página semanal dedicada al mundo de la literatura y de las artes plásticas, donde fue cimentando duraderos lazos de amistad con escritores y artistas al calor de sus opiniones, siempre tendentes más al diálogo y a la comprensión que al ataque o a marcar las diferencias con acritud, como es hoy día la nota descollante. En el diario ovetense Región coordinó una entre febrero de 1966 y octubre de 1979; y en El Comercio se hizo cargo desde 1980 hasta su muerte de otra denominada «Arte y literatura». Da testimonio de su querencia periodística un trabajo realizado en colaboración con Gabriel Santullano, titulado Catálogo de publicaciones periódicas de Asturias (título citado en otras partes como Estudio histórico de los periódicos y revistas de Asturias), que les premió la Cámara Oficial de Comercio de Gijón en 1973 y que, a día de hoy, inexplicablemente, sigue sin publicar.

 

IX. Capítulo aparte merece su pasión asturianista, que le absorbió completamente durante casi tres décadas y que le llevará, desde que a finales de los años 50 publique sus primeros trabajos eruditos sobre refranero, a volcar sus conocimientos en densas y documentadas contribuciones de aliento académico que se materializaron en consistentes libros y artículos de buenos mimbres bibliográficos que acogieron prestigiosas revistas del ámbito del folclorismo y la etnografía, como la Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, el Boletín del Instituto de Estudios Asturianos, los Cuadernos de Bibliofilia o la inolvidable Los Cuadernos del Norte. El infatigable coleccionista de toda clase de publicaciones referidas a Asturias que fue Castañón no dejó fuera de su órbita lo que escritores ajenos a nuestra región escribieron sobre ella, y de ahí surgió un libro muy consultado y no siempre citado por cuantos hacen uso de él: Asturias vista por los no asturianos (Salinas, Ayalga, 1977).

En su tarea indagatoria, Castañón aunó el trabajo de campo, a pie de obra, con el de gabinete, el que se hace puertas adentro. Por eso, la catedrática de Literatura Española María Elvira Muñiz ve en Castañón una conjunción de dos imágenes convivientes y perfectamente compatibles: «La del hombre andariego por caminos de Asturias en busca de un paisaje para archivar en su retina o de un dato para registrar en su carpeta» y la del «bibliófilo que se recrea en el goce del libro como objeto». El meticuloso y efectivo sistema de trabajo puesto en práctica lo recordaba en 2001 su hijo José María Castañón Loché, en un ecuánime prólogo que antecede a la reunión en libro de algunos de los Escritos gijoneses, ése era el título del volumen, de su padre: «Fueron elaborados poco a poco, por el viejo sistema de búsqueda y ordenación de datos, en una época en la que los archivos existentes dejaban bastante que desear. Sólo el rastreo de libro en libro, la visita al lugar pertinente y la charla con algún vecino podían dar el resultado apetecido, aunque en pocas ocasiones. Luego llegaba el cotejo de los datos con la fuente original, que había dado lugar a la pesquisa y, por fin, las conclusiones, a veces escasas». Con el paso de los años, y el trabajo acumulado, iría Castañón configurando una cumplida y especializada biblioteca de fondo asturiano donde reunió una cantidad envidiable de toda suerte de publicaciones de diversa naturaleza, desde los ejemplares de fácil acceso hasta esas otras piezas de rara circulación, tirada limitada, divulgación menor y que resultan casi imposibles de encontrar. El bien nutrido depósito de su biblioteca tuvo que serle de gran ayuda a la hora de confeccionar sus bibliografías sobre el carbón, la emigración, las novelas asturianas o Llanes, o para ofrecer, en los años 70, desde las páginas de Asturias Semanal, unas selecciones de textos ajenos bajo el significativo encabezamiento de «Antología asturiana», y en donde su cometido, aparte de la recopilación, consistía en ofrecer sintéticas e informativas orientaciones sobre los autores de los fragmentos escogidos.

Luciano Castañón, en este apartado erudito, publicó trabajos de lo más variopinto. Abordó aspectos relacionados con las supersticiones populares, la mitología, la onomástica, las tradiciones de la noche de San Juan, la publicidad, la presencia de sapos y culebras en el folclore asturiano, la manzana, el papel de la vaca en la literatura, el cancionero de asunto minero o, mismamente, las particularidades de la sestaferia, por no hacer mención, en este apretado recorrido, a un ensayo que le reportaría no pocas alabanzas entre los especialistas, cual fue su discurso de ingreso el 21 de mayo de 1979 en el Instituto de Estudios Asturianos, y que versó sobre la prostitución en Asturias, a la cual Castañón llama «vida airada». De temática asturiana dejó también a su muerte sin publicar obras que trataban sobre la brujería en nuestra región o la meteorología y el folclore, entre otras varias, a buen seguro, que estarían en proceso de preparación o estudio.

Fueron de tal calibre y solvencia sus innumerables contribuciones en las áreas que Luciano Castañón frecuentó que notables instituciones lo acogieron con todo merecimiento entre sus miembros, como así sucedió, por ejemplo, con el Instituto de Estudios Asturianos, la Asociación Española de Etnología y Folclore, el Centro de Estudios del Siglo XVIII, la Asociación Española de Críticos de Arte o el patronato de la Fundación Dolores Medio.

Pero no se atrincheró sólo Castañón en fornidas publicaciones de indudable peso científico como las citadas, y cuya circulación entre el lector medio-bajo quedaba considerablemente mermada por su signo docto, sino que colaboró con idéntico entusiasmo en publicaciones más populares: eso hizo en porfolios de fiestas de diferentes partes de Asturias, en boletines de asociaciones de vecinos o de entidades culturales, en revistas de empresa como Ensidesa o en periódicos locales como el llanisco El Oriente de Asturias o el gijonés Voluntad. Esta misma eliminación de barreras le ayudó a sobreponerse a su carácter retraído y, cómodo en su territorio del dato y en la seguridad que le da lo que expone y defiende, le llevó a impartir conferencias en foros e instituciones de elevada enjundia y, al mismo tiempo, a pregonar fiestas como las de las localidades asturianas de Candás, Villaviciosa, Pola de Lena o La Felguera, o mismamente las del «Día de la Cultura» en 1975 o las del Centro Asturiano de Valladolid en 1984.

 

X. Si cuanto rezumaba Asturias sedujo a Luciano Castañón, de entre tales incentivos el artístico fue de mucha graduación, y de ello dan prueba sus monografías pioneras sobre Carreño de Miranda, Manuel Medina, Ángel García Carrió, Miguel Ángel Lombardía o Nicanor Piñole, al que le dedicó el último ensayo que compuso y entregó a los editores: «Piñole, pintor de Asturias». Fueron pintores de diversas épocas los que captaron su atención, como también serían artistas de ayer y hoy a quienes Castañón redactó infinidad de reseñas en prensa o para los que escribió textos de presentación y análisis en los catálogos de sus exposiciones. Hasta formó parte del jurado en bastantes certámenes de artes plásticas, como en la bienal de La Carbonera, en Sama de Langreo, donde puso de manifiesto la ponderación que le asistía en la emisión de juicios; de ello dio fe el desaparecido crítico de arte Jesús Villa Pastur (1911-2001) cuando anotó que Castañón poseía un «sólido y bien fundado criterio».

XI. Pienso que Gijón, que tuvo el acierto de conceder en mayo de 1990 su nombre a una calle tras habérselo solicitado más de cuatro mil particulares y entidades de distinto signo, le debe a Luciano Castañón la edición de sus Obras Completas, puesto que, en el conjunto de las mismas, no fueron pocas ni circunstanciales las temáticas gijonesas, como evidencia la Bibliografía de Gijón, que editó su Ayuntamiento en 1976, o la guía que sobre la ciudad le encargó la editorial Everest y que apareció en 1980. Escribió Castañón sobre múltiples asuntos gijoneses: desde olvidadas revistas de arte, sociología y ciencia de la segunda mitad de los años 20 del siglo pasado como Verba, o de personalidades como Rosario de Acuña, Piñole o Ceán Bermúdez, hasta del Ateneo Obrero de La Pedrera, de los motes y apodos de Gijón, del gremio de marineros, de la leprosería que existió en la parroquia de Ruedes o del particular vocabulario empleado por los gijoneses. Y fiel a su sportinguismo, fue el pregonero, el 5 de agosto de 1980, en el campo de El Molinón, de los actos conmemorativos del 75.º aniversario de la creación de «su» club de fútbol.

XII. Con esta semblanza hemos pretendido acercarnos a un perfil de intelectual completo que se da muy de tarde en tarde, y de cuya importancia y necesidad no nos percatamos hasta que notamos su ausencia. Fue la de Luciano Castañón una vida muy fructífera pero breve para tanta simiente sembrada, a causa de un cáncer de colon que lo arrebató de los suyos cuando tenía 60 años.

 

© José Luis Campal Fernández 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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