Imagen y símbolo del padre en la narrativa paraguaya [1]

Boujemâa EL ABKARI

Universidad Hassan II
Facultad de Letras
Mohammedia (Marruecos)
Elabkari@gmail.com


 

   
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Resumen: En este trabajo, analizo la representación del padre y su simbología en la novela paraguaya contemporánea, tomando como corpus: La llaga y La Babosa de Gabriel Casaccia e Hijo de hombre y Yo el Supremo de Augusto Roa Bastos. Así, se estudian algunos significados y significaciones de este personaje recurrente en unos textos narrativos paraguayos para subrayar su trascendencia simbólico-literaria.
Palabras clave: Casaccia, Roa Bastos, novela paraguaya, padre, símbolo, mito

 

La figura del padre se ha convertido en un tema central para muchos narradores en lengua española durante estos últimos años []. El padre como personaje literario cobra una trascendental importancia en la narrativa paraguaya, debido a que es multifacético, plural y polémico. De hecho, la figura del padre puede ser tratada desde varias perspectivas: la familiar, con su papel céntrico y decisivo en varios niveles, la sociológica, en que el padre podría encarnar el pasado histórico, o sea, el origen identitario y la sicológica poniendo de relieve la complicación humana que encierra, muchas veces, la relación entre padre-hijo e hijo-padre y, evidentemente, los complejos resultados de ella.

En esta ponencia, intentaré analizar algunas de estas dimensiones que frecuentemente se superponen, se entrecruzan y se compenetran en varios textos de la narrativa paraguaya contemporánea, particularmente en los de Gabriel Casaccia y Roa Bastos.

Los primeros capítulos de Hijo de hombre, novela de Roa Bastos, presentan a los principales personajes y lo que atrae la atención del lector es, seguramente, el encuentro y el “casamiento” de Casiano y Natividad después de huir de las autoridades gubernamentales, a raíz del fracaso del levantamiento agrario de 1912 en Sapukai -su pueblo natal- en el que toma parte Casiano. Su fuga les conduce a Tururú-Pukú, pueblo yerbatero perdido en el corazón de la selva [3]. La decisión de ir a trabajar en un yerbal y el nacimiento de su hijo, a quien llaman Cristóbal como su abuelo paterno [4], significan la fundación de la familia de los Jara.

Al principio de su llegada a Tururú-Pukú, Casiano Jara soporta las inhumanas condiciones de trabajo en el yerbal porque necesita mantener a su familia. Sin embargo, no admite que su hijo nazca y viva en ese espacio carcelario y cruel. Así que decide con Nati escaparse para salvar a su hijo de la explotación y la miseria, sabiendo de antemano que es una empresa casi imposible, porque, según la leyenda, nadie pudo hacerlo, debido a la crueldad de los salvajes capataces del yerbal. En este caso, Casiano se revela como padre caracterizado por un gran espíritu de responsabilidad y sacrificio para salvar a los suyos y pensar en ofrecerles una vida digna y mejor.

De esta manera, la imagen del padre, representada por Casiano Jara, cobra una dimensión simbólica al escapar heroicamente del yerbal y al arrastrar sobrehumanamente el vagón -que sirvió para abortar brutal y bárbaramente la “revolución” de Sapukai- hasta la selva, en los bordes del pueblo. Allí, el ex-“cabecilla de la rebelión en las solerías de Costa Dulce” [5] y el partidario de la sublevación agraria, decide vivir con su familia para nunca olvidar la tragedia sapuqueña e iniciar, de este modo, a su hijo a defender la justicia y la causa de su grupo social desfavorecido. En efecto, Cristóbal Jara crece y madura en el vagón-hogar paterno.

En medio de la miseria y la violencia, el peón-padre se arma sólo de voluntad. La férrea voluntad del mensú la encarnan Casiano Jara -y, más tarde, su hijo Cristóbal con gran brío. Casiano Jara llega a vencer -en sí, primero- el temor, la muerte y, luego, los riesgos de la selva, las armas, los caballos y los perros de los capangas, de hecho, reafirma la gran capacidad del peón por soportar las adversidades, el fervor patriótico, el gran apego a la familia y a los valores guaraníes ancestrales como la solidaridad, el amor al prójimo, el sacrificio… Jara es un padre tradicional en la coyuntura rural donde vive, donde “vivió para su familia y murió en la dignidad” [6] . Casiano Jara es modélico no sólo para su hijo, sino también para su pueblo. La relación padre-hijo, dentro de los lazos de la familia, es sólida y bien fundada, asentada en el amor, la confianza, la admiración y el respeto mutuo.

Años más tarde, Cristóbal Jara participará en otra sublevación que se preparará en el mismo pueblo. De hecho, la historia parece repetirse: “Tierra y libertad” se convierte en grito y consigna de la lucha fraticida del pueblo de Sapukai. Así Cristóbal, reanuda con los ideales de sus padres y de nuevo comienza el ciclo de la protesta y rebeldía. Los sapukeños lo apodan “Kiritó” (deformación de Cristo), lo que es muy elocuente. El narrador lo presenta como “un muchacho de veinte años. O de cien” [7], o sea, Cristóbal no parece tener edad, porque es una especie de puente que asegura la unión entre las generaciones de luchadores y combatientes incansables como su padre.

En la sociedad rural, el padre es determinante en una familia campesina. Sin embargo, para muchos jóvenes rurales, este personaje no parece tan necesario, está muy desvalorizado. Su olvido está bien perceptible en oposición a la madre. La ausencia del padre con sus distintas consecuencias es ampliamente representada por los novelistas paraguayos como aparece, por ejemplo, en La Babosa y La llaga de Casaccia y que alcanza dimensiones míticas en Yo El Supremo de Roa Bastos.

La mayoría de los jóvenes personajes oriundos del campo y que viven en la ciudad, particularmente en Asunción, evitan hablar de sus padres o intentan olvidarlo completamente. Entre los más representativos, podemos citar a Miguel Vera, protagonista de Hijo de hombre y, sobre todo, a Ramón Fleitas, uno de los principales personajes rurales de La Babosa. Para ellos, el padre les recuerda el origen socio-geográfico indeseable, que remite a un perdido pueblo de donde quieren escaparse definitivamente mediante los estudios o la carrera militar o el trabajo en cualquier sitio urbano. Estos jóvenes rurales pretenden que la ausencia del padre en su vida, no les causa grandes perturbaciones sicológicas, al contrario, lejos del territorio paterno -el pueblo natal, como se ha dicho- se creen “otros”, plenamente “realizados” y decididos a ascender socialmente. Sin embargo, su naturaleza rural inherente perturba frecuentemente su presunta integración ciudadana, de hecho, la falta de referencia paterna en su vida deja un gran vacío, lo que los sumerge en una enfermiza aculturación.

En cambio, La llaga presenta un caso verdaderamente patológico causado por la ausencia del padre. Después del suicidio de Francisco Cantero, el padre de Atilio, adolescente de dieciocho años, el comportamiento de este último cambia totalmente con su madre, Constancia. La desaparición del padre condena a Atilio a la soledad absoluta, no comprende el porqué del suicidio de su padre:

-¿No será que papá se mató porque se sentía solo, aislado? (…) Yo también suelo sentirme solo, aislado, y eso me angustia como si viese el vacío bajo los pies [8].

Atilio pierde a su padre, lo que lo conduce a sentirse solo y aislado y, en otras palabras, huérfano y desamparado. Su madre lo decepciona mucho, no le conforta en nada, porque no aporta explicaciones convincentes a las preguntas relativas al suicidio de su padre y no le ayuda a independizarse económicamente, a pesar de tener un buen proyecto para eso. Se lo reprocha explícitamente:

Me tratas como a un chico. Me haces pasar por enfermo delante de Rosalía para explicar nuestra estadía aquí… No quieres que me libere de tu tutela. Le pones trabas e inconvenientes a este negocio de la ladrillaría porque temes que me independice de vos y pueda hacer mi voluntad [9].

El negocio que se propone realizar Atilio, favorece evidentemente una maduración autónoma del adolescente, menos marcada por la presencia de su madre, pero que solicita su contribución económica o, por lo menos, necesita que su madre le devuelva lo que le toca de la herencia de su padre. El comportamiento raro de su madre lo empuja a responsabilizarla acusándola directamente, sobre todo, al descubrir que tiene una relación íntima con Gilberto Torres, pintor y amigo de la familia. Atilio la interpela de esta manera:

-¿No te sentís en nada responsable de la muerte de papá? ¿No has dudado nunca de ti misma? Responsable…, aunque sea una parte pequeñísima [10].

Al principio, Atilio no está seguro de que el suicidio de su padre se debe a que éste comprendió que su mujer lo traicionaba, por eso prefirió quitarse la vida. Atilio presiente que su madre le disimula la verdad:

Atilio levantó la frente y miró larga y profundamente a su madre. Algo le ocultaba. No era posible que dos cuerpos que han dormido durante años todas las noches juntos, y cuyas carnes y sudores se han mezclado, al darse la muerte uno de ellos el que queda no siente en los labios, en la punta de los dedos, en la piel, el secreto de la muerte del otro [11].

Atilio aspira a desempeñar un papel positivo, quisiera que su madre lo considerara adulto, un hombre; por otra parte, el joven reivindica el derecho de reemplazar a su padre y de asumir su responsabilidad en el seno de la familia:

Yo quiero intervenir en los asuntos de mamá. Ahora que soy más grande -y pronunció esta palabra un tanto cohibido- tomaré el lugar de mi padre [12].

En efecto, el hijo desea apropiarse de los atributos paternos, creyendo que eso le permite alzarse a la altura de su padre bajo la mirada admirativa de la madre, pero ésta rechaza su proyecto temiendo perder su libertad. Así, Constancia lo margina en las decisiones relativas a los bienes de la familia y a su vida personal. De hecho, Atilio se siente paulatinamente abandonado y su integración familiar se hace cada vez más problemática. Ese rechazo se confirma, sobre todo, cuando descubre que su madre le miente y lo engaña -“lo traiciona”- como lo hizo con su padre. Entonces, el hijo se identifica con el padre, ambos son víctimas de Constancia. De ahí, el destino del hijo se enmarca en el del padre. Atilio concluye sus reflexiones diciendo:

Pero entonces a mi padre le sucedió lo mismo que me está pasando a mí. Se repite en mí ahora punto por punto el mismo drama que lo llevó a matarse que también me llevara a mí si no dejo de pensar [13].

Para apaciguar la inquietud de su hijo, Constancia intenta proponerle o, mejor dicho, imponerle a Gilberto como un sustituto del padre desaparecido, pero en vano, el joven no encuentra ningún punto común entre su padre y el amante de su madre. Atilio les rechaza a ambos, lo que fragiliza todavía más la complicada personalidad del adolescente incomprendido, solitario y triste.

La tensa relación que mantiene con su madre aumenta sus interrogantes y preocupaciones. Entonces, la “viuda de Cantero” adopta una estrategia maquiavélica para avasallar y debilitar al vulnerable joven adolescente: Constancia trata de seducir a su propio hijo excitando sus sentimientos sexuales, Atilio resiste difícilmente a la tentación incestuosa, lo que compromete profundamente su frágil sicología de “niño” sin padre frente a una madre coqueta y caprichosa que no admite su envejecimiento. Así, cree demostrar que sigue siendo todavía una mujer deseable.

Frente a esta situación adversa, Atilio se ata casi frenéticamente a la imagen de su padre intentado suavizar así su angustiosa crisis edipiana. El joven evoca siempre los momentos felices pasados a su lado [14]. Las pocas cosas que le quedan de su padre -sobre todo el revólver- lo torturan y, al mismo tiempo, avivan en él un fuerte deseo de encontrar una explicación a su muerte.

Al final de la novela, sin padre, rechazado por la madre, frustrado y decepcionado, Atilio se venga de su madre y de su amante revelando a la policía el proyecto revolucionario que preparan el coronel Matías Balbuena y su cómplice Gilberto Torres; el militar logra escaparse, pero el oportunista pintor ha sido detenido y luego exiliado a Argentina [15]. De hecho, consigue separarlos definitivamente, sin embargo, su madre pierde todo el dinero que dejó Francisco Cantero a su familia y que Constancia viene negando a su hijo.

Inestable, decaído, incapaz de descubrir las razones de la muerte del padre “vengado” y de sobrepasar sus propios complejos, Atilio cede a esa idea que le obsesiona profundamente:

-Hay instantes (…) que creo que si me pegase un tiro en ese mismo instante, como en un relámpago, se me revelaría ese secreto que busco [16].

Sin ningún punto concreto de apoyo estabilizador, Atilio fracasa en su penosa y desesperada búsqueda del “secreto”, la ausencia del padre significa, además de la orfandad efectiva, la pérdida de referencias y del equilibrio sicológico, lo que lo conduce irremediablemente a la desesperación absoluta y, por lo tanto, al suicidio siguiendo el modelo de su padre. De hecho, sus destinos están así intrínsecamente unidos en la frustración y en el fracaso.

El protagonista de Yo el Supremo de Roa Bastos presenta otro caso todavía más complejo. Se trata de un dictador, personaje característico de la novela hispanoamericana contemporánea en particular. En general, muchos novelistas prefieren presentar a este personaje con rasgos definitorios generales, inspirados de distintos dictadores del continente hispanoamericano con el objetivo de darle una especial dimensión connotativa y simbólica [17].

En cambio, el dictador de Roa Bastos corresponde, en su esencia, a un personaje histórico concreto: José Gaspar Rodríguez de Francia [18], producto de unas circunstancias socio-históricas y políticas acarreadas por el movimiento de la independencia del país de la Colonia Española. De hecho, Yo el Supremo se apoya en muchos acontecimientos históricos verídicos que el novelista paraguaya desentraña e invierte novelescamente con gran maestría.

A lo largo de la novela, no aparecen frecuentes referencias a sus padres ni a su genealogía. Incluso, el Dictador intenta disimular sus orígenes y su relación con su familia. Sin embargo, en las pocas veces en que sus detractores aluden a sus padres biológicos lo califican de “hijo de inmigrante” o “de extranjero” [19], debido a que el origen de su padre parece muy confuso. Algunas versiones consideran al niño José Gaspar como fruto del curioso matrimonio de doña María Josefa Fabiana Velasco, dama patricia, con el “advenedizo y plebeyo portugués José Engracia, o Graciano, o García Rodrígues”, nacido el 6 de enero de 1756 o diez años más tarde, es decir en 1766 [20]. Otras versiones, al contrario, afirman que José Engracia tuvo al niño con su “barragana o concubina” que, al parecer, lo acompañaba al venir al Paraguay, “entre el grupo de portugueses-brasileros contratados por el gobernador Jaime Sanjust a solicitud de los jesuitas, en 1750”, para trabajar en los campos de tabaco [21]. Otras versiones precisan que el padre del futuro dictador era oriundo del “distrito de Mariana en el Virreynato del Janeiro”, según la confesión del propio carioca ante el gobernador Lázaro de Ribera [22]. Por otra parte, el Dr. Francia reitera casi obsesivamente que su padre era francés, mientras que algunos de sus partidarios afirman que era español de las “Sierras de Francia, región enclavada entre Salamanca, Cáceres y Portugal” [23]. Así que el dictador es hijo de extranjero y de dos madres, una patricia y otra plebeya como su padre. Lo cierto es que don José Engracia vivió más de 60 años en Paraguay y pudo medrar socialmente ejerciendo varios oficios: peón, comerciante, militar y, por fin, “regidor administrador de Temporalidades en los pueblos de Indios” [24], a pesar de ello, “nadie sabe quién es ni de dónde ha venido” [25]. Así, el dictador presenta a su padre como extranjero con mucha confusión, ya que no se sabe exactamente si es brasileño, portugués, francés o español y, sobre todo, no se explica cómo pudo contraer matrimonio con una mujer patricia de estirpe noble.

A lo largo de la narración, el dictador -ya viejo- recuerda muy pocos sucesos de su niñez [26]. La relación padre-hijo, en este caso, no fue siempre positiva ni agradable debido en gran parte, precisamente, a la ambigua genealogía del padre. La mala convivencia de ambos se revela a través de los viajes “iniciáticos” que emprendió el hijo en compañía de su padre [27]. La presencia del hijo a bordo del barco del padre, lo justifica por la enfermedad de la madre que perdió el habla. Al referirse a su madre, el niño la califica de “muda”, de mujer “sin voz humana” [28], incapaz de comunicarse directamente con él. La desprecia profundamente, no sólo la deshumaniza a causa de su enfermedad sino también la condena por su supuesta infidelidad y vileza, ya que insinúa que tuvo una relación con otro hombre, el coronel Espínola y Peña “de quien también se murmuraba que era mi verdadero padre” [29].

Aunque el padre del dictador ha sido calificado varias veces como extranjero aventurero, evidencia una preocupación por la educación y el porvenir de su hijo, lo que subraya el compromiso paterno para con su familia y el deseo de una vida mejor para su niño. Éste deja constancia de ello aunque con cierto escepticismo:

Mi supuesto padre ha decidido enviarme a la Universidad de Córdoba. Quiere que me haga cura [30].

La Universidad de Córdoba es la más antigua de Argentina y una de las primeras del continente, donde estudiaron los hijos de los notables patricios y ricos mestizos y donde se formaron las elites de los futuros dirigentes de las jóvenes naciones del Río de la Plata. Pero el niño parece no creer mucho en el amor de su padre, no valoriza positivamente su decisión, la interpreta más bien como un motivo para abandonarlo y liberarse de su “fastidiosa presencia” [31] que el producto de una voluntad firme para proporcionarle una buena educación.

En el fondo, el niño nunca tuvo confianza en sus padres; de los propósitos relativos a los suyos se desprende casi siempre un rechazo implícito a sus padres. Se refiere a sus padres en estos términos:

“el que dice ser mi padre” (…) “mi presunto padre” (…) “la dama patricia que pasa por ser su esposa, que pasa ser mi madre” [32].

El futuro dictador parece tener una curiosa inclinación a ser ingrato, rebelde y condenatorio de sus padres.

En efecto, el adolescente ingresa a dicha Universidad y pasa largos años en su seno estudiando teología; se gradúa de doctor, ejerce el cargo de Clérigo y, luego, el de abogado en Córdoba hasta que un día se entera de los abusos que cometen los miembros de su familia en Juguarón, el pueblo indio que administra su padre [33]. Uno de los narradores de la novela alude en estas palabras a la sorprendente reacción y curioso comportamiento adoptados por Dr. Francia:

Cambia radicalmente. Así, mientras los oprimidos naturales abandonan su ancestral heredad, el ex Clérigo en Órdenes Menores de Córdoba, se lanza de la noche a la mañana a los excesos de un desenfrenado libertinage.

Se convierte en loco adorador de Venus. Busca amoríos fáciles, aventuras sin pena, mugeres alegres. Las noches las consagra a juergas interminables. Recorre en grupo los arrabales de la ciudad dando serenatas, interviniendo en bailes orilleros [34].

Frente a los abusos y a la injusticia cometida por su padre y sus hermanos contra los indios, la actitud del rechazo de la familia del Dr. Francia-niño se incrementa y madura en él. De ahí, surge la mala conciencia de la indignación moral que pretende experimentar el futuro dictador. El cambio en los modos de vida y conducta del Dr. Francia lo justifica como una especie de reacción contra la irresponsabilidad de su padre en ejercer el poder y de caer en la depravación absoluta.

En una nota a cargo del Compilador -uno de los narradores de la novela que suele intrometerse en la conciencia del Supremo Dictador para elucidar los motivos de los “actos supremos”- justifica, precisamente el cambio radical en el comportamiento del ex clérigo en estas palabras:

¿Hacer tanto sacrificio por el decoro de un nombre, blanco de terribles ataques, cuando allá en Jaguarón su padre y sus hermanos Pedro y Juan Ignacio enlodaban no sólo el nombre sino la tradición de toda la familia en vacanales con indias y mulatas? [35]

De este modo, se subraya que, a pesar del desamor, desconfianza y rechazo que caracterizan la postura del hijo para con su(s) padre(s), en el fondo, trata siempre de honorar el dudoso nombre de la familia y obrar a su favor [36]. Sin embargo, la permanente tensión implícita existente entre padre-hijo les aleja uno del otro durante muchos años y que les conduce a la inevitable ruptura definitiva [37].

Empujado por el sentimiento y el deber paternos, don Engracia, viejo y agonizando, quisiera ver a su hijo y reconciliarse con él antes de morir, pero el Dr. Francia no respeta la última voluntad de su padre, al contrario, se opone a toda normalización de la relación y rechaza categóricamente sus reiteradas imploraciones y súplicas. Incluso, se comporta con él sin ninguna piedad, rechazándolo rotundamente, como se ve en estos pasajes:

Ya le he dicho que no me liga a ese hombre vivo o muerto ningún parentesco (…) díganle que se vaya al diablo [38].

Muchos años más tarde, el Dr. Francia se confirmará como un gran hombre de Estado; sin embargo, la problemática de sus orígenes seguirá vigente en sus preocupaciones existenciales. El ejercicio del poder político durante largo tiempo lo convertirá en otro. En uno de sus muchos delirios, se vislumbra la dimensión que toma para él dicha problemática de los orígenes:

¡Señor… el padre de S. Md. lo manda llamar!…Déjese de tales zonceras, contramaestre. En primer lugar, no tengo padre. En segundo, si se trata del que usted llama mi padre, ¿no lo están velando allá arriba? Sí, Señor; don Engracia acaba de morir. Pues bien, yo acabo de nacer [39].

Precisamente, a partir de ese momento, la narración conoce el segundo nacimiento del Dictador Supremo. Para afirmar su soberanía absoluta -al darse cuenta de que está desviando de su primer proyecto socio-económico y político que pretende obrar a favor del pueblo y de la nación-, el Supremo insiste incansablemente en que no fue concebido por ningunos padres humanos y mucho menos por una mujer [40]. Estas fantasías corresponden, efectivamente, a que nunca se pudo aclarar completamente su origen [41]. El Supremo pretende sustituir la idea de una procreación sexual -idea que evoca la dependencia existencial- por la fantasía de su autocreación. De este modo, la dualidad original hombre-mujer es reemplazada por la unidad de una conciencia muy particular y netamente masculina [42]. De hecho, el Supremo elimina totalmente la huella del otro sexo -el femenino- dentro de sí. La idea de auto-engendramiento constituye una de las mayores obsesiones del Supremo que se reitera en sus escritos en el llamado “Cuaderno de bitácora” y “La voz tutorial” [43]. A través de sus meditaciones y pensamiento, el Supremo llega a la conclusión siguiente: no fue UNO que nació de Dos, al contrario, fue DOS que nació de UNO. El Supremo no fue concebido sexualmente sino nació gracias a la fuerza de su pensamiento [44]. En realidad, la idea del desdoblamiento estructura casi toda la obra. El Supremo se hizo doble de sí mismo, lo que explica en parte el título de la novela (Yo+EL = Supremo). De este modo, el Dictador absoluto entra en un proceso esquizofrénico evidente: “Yo he nacido de mí y Yo solo me he hecho Doble[45].

Todas estas pretensiones supremas del Dictador abren las puertas a su origen mítico. El DICTADOR nace como un héroe mítico, de origen desconocido y en circunstancias misteriosas [46]. El SUPREMO DICTADOR no reconoce a sus padres naturales, ya que los héroes míticos no necesitan ascendencia ni genealogía alguna, porque son fruto de sus propias obras. Éste es el objetivo a que quiere llegar el Supremo.

Hay que recordar que el Doctor Francia fue elegido democráticamente por el pueblo paraguayo, primero, dictador y, luego, Dictador Perpetuo. Así, Francia es, quizás, el único dictador latinoamericano en el sentido de la legislación romana [47]. El Dr. Francia no fue un militar, al contrario, se opuso violentamente a todas las ambiciones desmedidas de poder y grandeza de los militares. Fue un político intelectual que pudo llevar su país a la autoderminación y a la autonomía total en unas circunstancias muy adversas. Es el fundador político de la nación y del Estado paraguayos. En el seno de la sociedad encarna la figura del Gran Padre de la Nación. El propio Roa Bastos pone de relieve la importancia histórica de este personaje:

Esta figura histórica de Gaspar de Francia, unida y confundida con su figura mítica, forma un personaje que domina inescrutable y severo el trasfondo de la sensibilidad de la nación paraguay que tiene en él su prócer fundacional [48].

Evidentemente, como todo hombre político que permaneció mucho tiempo en el ejercicio del poder (26 años), Francia cayó en el Poder Absoluto, en el despotismo totalitario. Con el tiempo, el Supremo consideró el poder como un ejercicio natural, único e indivisible; así define su identidad y función:

El Supremo es aquel que lo es por naturaleza. Nunca nos recuerda a otros salvo a la imagen del Estado, de la Nación, del pueblo de la Patria [49].

El Supremo se identifica con la Nación y todo lo que simboliza; su poder es una emanación del pueblo -y no de orden divino. De esta manera, el Supremo legaliza y legitima su poder absoluto:

El Supremo Dictador no tiene viejos amigos. Sólo tiene nuevos enemigos. Su sangre no es agua de ciénaga ni reconoce descendencia dinástica. Esta (sic) no existe sino como voluntad soberana del pueblo, fuente del Poder Absoluto, del absolutamente poder [50] .

El paternalismo ideológico del dictador lo lleva a considerar el poder como práctica indivisible, no puede descansar en delegados, por eso, los intermediarios entre él y el pueblo, entre el padre y el hijo, son innecesarios, porque lo debilitan, lo aflojan [51]. Así, el Supremo monopoliza paulatinamente la autoridad suprema, va acumulando los poderes y, como lo señala él mismo, “el Poder Absoluto está hecho de pequeños poderes” [52], de hecho, el Karaí-guasú llega a extender su poder e imponer una verdadera tiranía en el país.

A modo de conclusión, se puede afirmar que en esta breve aproximación, el padre se revela como una figura clave en muchos textos narrativos paraguayos contemporáneos. La compleja relación paterna actúa, tanto en la narrativa de Casaccia como en la de Roa Bastos, como un verdadero motor dramático y desencadenante de la acción. Su simbología contribuye a enriquecer visiblemente la dimensión ficticia de las obras estudiadas y de muchas otras.

 

José Gaspar Rodríguez de Francia,
"El Supremo" 1677-1840

 

Notas:

[1] Ponencia presentada en el Coloquio Nacional sobre el tema: “La figure du père dans la littérature” que tuvo lugar en la Facultad de Letras de Mohammedia los días 21 y 22 de marzo de 2007.

[2] La figura del padre en la literatura española e hispanoamericana ha suscitado un gran interés particularmente en Francia, basta recordar algunos estudios de los profesores Amadeo López, Sadi LAKHDARI, María A. Semilla Durán, entre otros, para darse cuenta de la importancia de este personaje literario. Cf. López, Amadeo (Ed.), L’image parentale dans la littérature de langue espagnole, Paris, Publication du Centre de Recherches Ibériques et Ibéro-américaines, Université de Paris X-Nanterre, 2 tomes, 2000 et 2001.

[3] Roa Bastos, Augusto, Hijo de hombre, Buenos Aires, Ed. Losada, 7ª ed., 1976, p. 82.

[4] Ibíd., p. 90.

[5] Ibid. p. 96.

[6] Ibid. p. 131

[7] Ibid. p. 134.

[8] Casaccia, Gabriel, La llaga, Asunción, Ed. El Lector, 1987, p. 71.

[9] Ibíd. p. 74.

[10] Ibíd. p. 70.

[11] Ibíd. p. 69.

[12] Ibíd. p. 98.

[13] Ibíd. p. 103.

[14] Ibíd. p. 40.

[15] Ibíd. pp. 67, 116-117, 130-162.

[16] Ibíd. p. 69.

[17] Cf. por ejemplo: El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez y El recurso del método de Alejo Carpentier,

[18] Conocido también por varias denominaciones como el Dr. Francia, el Supremo o, cariñosamente, el Karai Guasú (gran jefe, patrón…)

[19] Roa Bastos, Augusto, Yo el Supremo, Madrid, Ed. Cátedra, ed. De Milagros Ezquerro, 1983, p. 423.

[20] Ibíd.

[21] Ibíd. p. 24.

[22] Ibíd. p. 423.

[23] Ibíd. p. 423.

[24] Ibíd. pp. 423-425.

[25] Ibíd. p. 424.

[26] Ibíd. p. 312.

[27] Ibíd. p. 425.

[28] Ibíd. p. 426.

[29] Ibíd. p. 426.

[30] Ibíd. p. 425.

[31] Ibíd.

[32] Ibíd. pp. 425-426.

[33] Ibíd. p. 443.

[34] Ibíd.

[35] Ibíd.

[36] Tener nombre es fundamental para ser hombre público en la sociedad de aquel entonces, es señal de identidad familiar, sobre todo, para un dictador. Precisamente, cuando éste manda fusilar al negro Pilar, éste dice a Sultán, perro del Supremo, hablando del Karaí-guasú: “Y al viejo de mierda ése, que no tiene nombre, decile que yo le hago decir que no sepa por dónde anda ni tenga qué decir, que se le haga noche por dentro y se duerme de una vez sin que sepa jamás que se ha muerto”, Ibíd. pp. 541-542. A finales de la obra, el Supremo hablar frecuentemente con sus perros.

[37] Ibíd. pp. 439-444.

[38] Ibíd. pp. 438-439.

[39] Ibíd. p. 438.

[40] Ibíd. p. 250. “Yo he podido ser concebido sin mujer por la sola fuerza de mi pensamiento”.

[41] Ibíd. pp. 250, 423, 438.

[42] Ibid. p. 250.

[43] Ibid. pp. 420-444.

[44] Ibid. p. 438. “Bebí de un sorbo mis preguntas. Mamé mi propia leche, ordeñada de mis senos frontales”.

[45] Ibid. p. 250.

[46] Ibid. pp. 423, 438. Un tigre mata a su padre, don Engracia. De esta muerte nace el personaje, según sus propias palabras: “Cerré los ojos y sentía que nacía”, p. 438.

[47] Después del establecimiento de la República en Roma, se promulgó un nuevo orden político totalmente opuesto al monárquico anterior. El Estado no debía ser de “uno solo”, como decía el Supremo, sino de todo el pueblo; debía ser “res publica”, término que en latín significa “cosa pública”. El ejercicio del poder constituyó uno de los fundamentos esenciales de la legislación romana republicana. Así, en tiempos de guerra o amenaza grave al pueblo, se podía nombrar a un dictador en lugar de los cónsules (había dos que duraban un año en el cargo, dos para evitar, precisamente, toda tentativa de monopolizar y abusar del poder. Elegido el dictador, todos debían sometrerse a sus órdenes, pero pasado el peligro debía renunciar y de ningún modo podía permanecer en su cargo más de seis meses. Cf. Lazarinni, Paul: “Roma: ética”, in: http://lauca.usach.cl/rlazzari/pueblos/romanos.doc <

[48] Roa Bastos, Augusto: “El antecedente de Yo el Supremo”, Papel Literario de El Nacional, (Caracas), del 21 de mayo de 1978.

[49] Ibid. p. 163. (El subrayado es nuestro).

[50] Ibid. p. 137.

[51] Ibid. p. 503.

[52] Ibid. p. 163. Incluso, intenta someter a su autoridad fuerzas naturales y cósmicas para poder ejercer libremente su voluntad suprema y, así, regir el devenir del país y adueñarse de su destino histórico. Pero, este intento desmesurado subraya también que todo Poder Absoluto tiene sus factores limitantes que coartan la voluntad de todo dictador. Cf. pp. 190, 206, 207, 208.

 

© Boujemâa EL ABKARI 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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