"Un periodista tiene que saber muchas cosas para luego escribir muy poco"
Entrevista a José Julio Perlado

Joaquín Mª Aguirre Romero

Universidad Complutense de Madrid


 

   
Localice en este documento

 

La última vez que coincidimos fue en la presentación, en la Casa de Galicia de Madrid, del libro de Montse Mera sobre el periodismo del Álvaro Cunqueiro. Como ocurre últimamente bastante a menudo, José Julio me avisó de la salida de un nuevo libro: “Es sobre mayo del 68. He reunido mis crónicas de entonces.” Hay autores que una vez que el libro está en la calle se desentienden de él; no es éste el caso. José Julio Perlado sigue la vida de sus libros con interés, más bien con entusiasmo. “Quiero que lo veas. Todavía no ha salido, pero te hago llegar una fotocopia del texto”. Y así fue. La semana siguiente me hizo entrega de unos cientos de folios unidos por una espiral de alambre mientras nos tomamos un café y charlábamos un rato entre sus líos y los míos. “Cuando termine lo que tengo pendiente, te llamo y hablamos sobre el libro”, me comprometí.

Charlar con Perlado es siempre una experiencia gratificante. Nos conocimos en el año 91 en una situación en la que es casi obligado entablar amistad, como miembros de una mesa de votación en una eternamente larga jornada electoral. Puedes hablar de cualquier cosa con él, aunque casi siempre se acaba hablando, para gusto de ambos, de Literatura. Periodista, escritor y profesor es un vocacional de la escritura, vivir para contar. Ha tenido la fortuna de ser corresponsal en Roma y París, dos centros neurálgicos de la cultura en unos años decisivos, la década de los sesenta. José Julio ha practicado casi todas las formas del periodismo y si le falta alguna, seguro que lo hará en los próximos años. Ahora se encuentra volcado en Internet, colaborando con publicaciones que le piden artículos y con su propio blog, un descubrimiento de una nueva forma de aproximarse al público.

Hace un par de años ya le escuché hablar sobre el 68 francés. Fue también en una mesa, pero esta vez no electoral, sino redonda, en la que coincidimos, una discusión sobre los violentos sucesos de Francia en el 2005, que tuvieron como consecuencia finalmente (aunque en los hechos sociales puede no estar clara la dirección de la causa y el efecto) la llegada de Sarkozy al poder. A José Julio Perlado le habían invitado precisamente por su conocimiento de primera mano del 68 francés, una revuelta considerada juvenil, como la más reciente en los suburbios galos. Como era de esperar, los de más edad (nosotros) fuimos más indulgentes con los jóvenes, mientras que los más jóvenes de la mesa se mostraron más duros con ellos. Debe ser alguna especie de ley generacional.

Comimos juntos y nos pusimos al día sobre nuestros asuntos. Después buscamos algo complicado, un lugar tranquilo en el que no hubiese demasiado ruido. Madrid es una de las ciudades más ruidosas y los madrileños tienen mucho que ver en esto. Finalmente encontramos un lugar que podría considerarse medianamente tranquilo y, entre cafés y zumos, fuimos desbrozando los temas que el nuevo libro de José Julio Perlado nos traía a la mente.

 

—Esta nueva obra, París, mayo 1968. Crónica de un corresponsal (Ediciones Internacionales Universitarias, Madrid 2008), forma parte de la recuperación que estás haciendo de artículos publicados a lo largo de toda tu vida periodística. Has recuperado anteriormente la entrevista cultural [1], los artículos literarios [2] y ahora llega la hora de la crónica, de tu tarea como corresponsal. De nuevo tratas de aunar lo práctico con la teoría.

—Mientras que en otros libros míos hay una introducción teórica para los alumnos, aquí hay una parte teórica final, de unas cuarenta y cinco páginas, en las que hablo de cómo es un corresponsal, las diferencias entre los corresponsales del XIX y el XX, de Azorín como corresponsal en París, de un libro, que me parece interesante, de Pilar Diezhandino sobre cómo son los periodistas actuales… Esto es como el colofón de una recuperación histórica de un mes en París.

Yo venía de Roma, donde había estado tres años. Roma era distinto. No hubo tanta agitación desde el punto de vista histórico. Me pareció interesante entregar al lector las crónicas tal como se publicaron en su momento. Hay que tener en cuenta que ABC era el periódico más importante en ese momento junto con La Vanguardia; el periódico El País no existía. Siempre digo que como periodista se tiene siempre una enorme fortuna cuando se encuentra uno con estas cosas. Yo la he tenido como profesional porque cuando llegue a Roma me encontré con el Concilio por un lado y con el Centro izquierda italiano, que no era una balsa de aceite precisamente, y luego, tres años después, cuando llegué a París me encuentro, al mes de llegar, esto.

Me ha parecido que era interesante, desde el punto de vista histórico, recoger en un libro las crónicas tal como se publicaron. Lo que he hecho ha sido construir un libro con tres partes: una introducción, podemos decir, sociohistórica, con lo que alguna gente ha opinado como, por ejemplo, Barzun, o con declaraciones de Malraux, observaciones del historiador LeGoff, que me parecen muy interesantes sobre la diferencia entre revuelta y revolución… Después aparece lo que yo no vi en aquel momento, del día a día, en las crónicas, es decir, lo que he visto más tarde, lo que he investigado después y que sirve como complemento de lo que viví. Con ello el lector puede ver tres cosas: cómo otros han visto después, con perspectiva, aquellos días; lo que escribí yo, que era cierto, pero era parcial porque no se sabía todo, como no se sabe nunca en la Historia, la crónica como se escribió en el momento; y lo que he sabido después. Eso es lo que he intentado.

—¿Cuál es el valor didáctico del periodismo vivo, de esta recuperación de las crónicas?

—Muchos valores. En primer lugar, la gente joven del periodismo en el mundo entero cree que con el móvil, con Internet, con los ordenadores portátiles… se ha inventado el periodismo. Hay que hacerles recordar que yo hace cuarenta años (sin móvil, porque no existía), con un télex, con un teléfono fijo en un bar, escribiendo a mano casi todas las crónicas, escribiendo con una máquina de escribir sobre el techo de un coche al lado del periódico Le Monde, hacía unas crónicas como las hemos hecho todos. El valor didáctico es decir que el periodismo no ha cambiado. Han cambiado los mecanismos y la tecnología del periodismo, pero no ha cambiado, por ejemplo, la sorpresa; no ha cambiado la curiosidad, no ha cambiado el transmitir… Yo siempre digo que lo primero que tiene que hacer el periodista es transmitir, transmitir el mundo, me da igual que sea en un desierto o que sea en un bar. Si no logra transmitir a su medio, a su centro de información, el mundo, no tiene nada que hacer. Antes de transmitir tiene que escribir, tiene que corregir, tiene que observar, tiene que seleccionar. Todo eso ha sido el periodismo siempre; lo que se ha añadido ha sido el móvil, los ordenadores portátiles que pueda uno llevar, pero todo eso son medios. Por eso yo, cuando he hablado con periodistas jóvenes, siempre digo que hay que olvidarse de los medios, de los medios materiales. Uno tiene que ser un ojo vivo que mira la historia sin el móvil, sin el ordenador. Si a uno le quitan el ordenador o le quitan el móvil, uno tiene que ser periodista con las manos en los bolsillos. Siempre digo del magnetofón, hablando de las entrevistas, que no recoge las miradas, no recoge el peinado, ni la vestimenta; no recoge nada más que la voz, con lo cual el periodista tiene que complementar todo eso que no recoge el magnetofón. Y, luego, la gente habla para el magnetofón o habla para la cámara.

Lo que sí recoge el magnetofón, en este caso, es cómo la voz de José Julio Perlado se acelera, se intensifica porque le sale su vocación por la enseñanza y uno se lo imagina explicando a sus alumnos esa idea del "periodista con las manos en los bolsillos”, proponiéndoles situaciones inverosímiles y preguntándoles cómo se las apañarían para hacer llegar sus artículos al periódico. Los libros de estos últimos años dejan claro ese interés en las tres pasiones que nunca dejan de rondarle: el periodismo, la enseñanza y la literatura.

—¿Cómo afecta a la figura del corresponsal un mundo globalizado e intercomunicado?

—En un momento del libro digo algo que señala un periodista muy importante de La Vanguardia, Batalla, antiguo corresponsal en París, decía que “ahora, en estos momentos, el corresponsal tiene en el cogote el aliento de la CNN”. Yo no tenía el aliento de la CNN, yo no estaba presionado. Lo importante es lo que decía antes de la curiosidad, de la observación, de saber estar en el momento oportuno. Yo he tenido momentos muy interesantes en París, no los cito aquí porque son posteriores a mayo, pero, por ejemplo, he visto cómo cambiaba la cara de un candidato a la Presidencia de la República en un minuto. Yo estaba con Georges Pompidou, un año después de mayo del 68, un minuto antes de que ganara las elecciones. A las siete menos cinco era Georges Pompidou, que sabía que iba a ganar, y a las siete en punto era “viva la Francia” y dijo “je suis la France”. Ver cómo se transforma el rostro de un señor y se transforma en una nación.

Sí, el mundo está globalizado, pero hay una obsesión por estar supercomunicado. Eso está muy bien. Pero creo que falta la hondura, la percepción de un periodista o de un humanista o de quien sea que sienta que hay que profundizar más. Porque entonces con Google y con otras herramientas podemos estar todo el día informados y comunicados, pero es una superficialidad de conexión. Hay que adentrarse mucho más, entrar en la cultura para entender. Yo me acuerdo que, cuando llegué a París, llevaba desde Madrid un coche lleno de libros, pero es que cuando llegué me compré otro montón de libros de la Vª República y de los que estaban contra la Vª República, para saber la vida de Pompidou, la vida de De Gaulle, cómo había ganado, cómo había entrado en Francia como liberador, qué había pasado con los nazis y con Petain… Todo eso tenía que estudiarlo para luego poder escribir una crónica aparentemente insulsa, pero tenía que estudiarlo. No se puede ser superficial, aunque la profesión de periodista lleva a saltar de una cosa a otra; pero los que triunfan son los que profundizan en un tema. Lo que el periodista enseña en la crónica es un poquito, pero ese poquito está sustentado en todo lo que sabe. Un periodista tiene que saber muchas cosas para luego escribir muy poco. Yo tuve que estudiar muchas noches; no había estado en París y no sabía lo que era Francia. ¿Un mundo globalizado? Sí, pero creo en la profundización.

—Ya están apareciendo (y aparecerán más) revisiones de Mayo del 68, un hecho cultural, político, con cierta trascendencia. ¿Fue solo un acontecimiento francés o fue un acontecimiento mundial?

—Fue un acontecimiento francés, aunque comienza —como se ha dicho ya— en Norteamérica, en Berkeley, un año antes. El sesenta y ocho fue un año muy confuso en el mundo: hubo problemas en Japón, hubo problemas en México, en Alemania… Podemos decir que fue un acontecimiento mundial, vamos a llamarlo así, de carambola,. Aquí en España había también movimientos antifranquistas, anti—régimen, muy acusados… Yo creo que fue un movimiento francés, una gran explosión francesa, que venía de otros sitios, que tuvo mucho eco por ser Francia quien era y porque hubo enfrente una persona como De Gaulle quien dijo, ya desde el primer día, una famosa frase: “que se pudra la situación”. Pudriéndose la situación pasó un día y otro día, y además ocurrió una cosa muy chocante, a la que dediqué una crónica, y es que, estando casi en llamas la Sorbona, él se fue a inaugurar el curso a la universidad de Rumanía [N.A.: viaje oficial del general De Gaulle a Rumanía del 14 al 19 de mayo de 1968]

—Es una broma común en España hablar del número de españoles que dicen haber estado en mayo del 68 en París. ¿Cuántos había, grosso modo…?

—¡No sé cuantos había! —dice entre carcajadas—. Sé que conocí a algunos por allí… ¡Hombre! Yo puedo decir, con orgullo y satisfacción, que como yo tenía un carnet de corresponsal, yo sí que estuve allí, no estaba de paso —vuelve a reírse probablemente pensando en más de un caso—. Y, además, en el libro están los testimonios diarios de mi profesión, o sea que no iba corriendo porque me apeteciera… Yo creo que, voy a bromear, como se va a un festival de cine o de baile, de repente, a partir del día 9 o 10 de mayo, aquello se ponía muy interesante, muy convulso, y entonces todos los que corrían por aquí se fueron a correr por allá… y, claro, entonces apareció mucha gente. Después del día 11 llegaron muchos españoles de visita de turismo o de lo que fuera.

—¿Se tenía entonces la sensación de que era un acontecimiento trascendente, que pudiera tener repercusiones?

—Yo creo que sí, porque a mí una pregunta que me hacían en ABC por teléfono era “entonces, ¿esto puede acabar como la Comuna de París?”. Yo les dije “no creo que vaya a acabar como la Comuna de París”, pero estaban muy preocupados, porque estas cosas se sabe cómo empiezan y no se sabe cómo acaban. No había ocurrido nunca en París en el siglo XX una cosa parecida. Habían ocurrido otras cosas a lo largo de la historia de Francia, la Revolución, la Comuna, etc. Esto no se sabía cómo iba a acabar y, sobre todo, había una impasibilidad por parte del Estado, por parte del Gobierno, que dejaba perplejo. También hay que señalar una cosa, no hubo más que un solo muerto en todo el mes de mayo, y además no fue en París, fue en el sur de Francia. Hubo bastantes heridos en París, de bombas lacrimógenas, de golpeos de la policía… No quiere decir eso nada. Había una preocupación, sobre todo en Madrid, de que esto se traspasara, como contagio, que si esto pasa en Paris puede pasar en Madrid o en otras capitales. Había una gran preocupación, sobre todo porque París había sido la capital del mundo en el siglo XIX, la capital cultural, intelectual.

—¿Qué papel jugaron realmente los intelectuales?

—Estaban muy divididos. Yo conocí en las conferencias de prensa, sentado en la segunda o tercera fila, a André Malraux, ministro de De Gaulle, el viejo revolucionario de L’espoir, de La condición humana, muy asentado en el sillón, muy devoto del G eneral, y como recojo en el principio del libro… —busca entre las página hasta encontrar la cita—, sí, dice…”mayo no fue sino inmensa una ilusión lírica” (p. 15) Y dice: “… la imaginación al poder no quiere decir nada. Porque no es la imaginación la que toma el poder, sino las fuerzas organizadas…” Creo que esto lo vio muy bien él, que había combatido en la guerra civil española; lo calificó como una ilusión lírica. No se puede ir por las calles diciendo solamente “la imaginación al poder”, “viva la libertad”… Lo que decía André Malraux es que le faltaron a mayo los mimbres prácticos, vamos a decirlo así, para tomar el poder. Los estudiantes, en cualquier país, pueden gritar lo que quieran, que si no tienen una ayuda material… Estuve también con Gabriel Marcel en su casa hablando de la revolución de mayo; le hice una entrevista en aquellos días. Me habla de la crisis de la educación en Francia y, al mismo tiempo, me habla de la revolución de mayo. Luego estaba la posición de los intelectuales marxistas, que fue una posición muy pegada al Partido Comunista, que estaba mirando a ver qué decía Moscú. Fue al principio una posición cercana, a favor de los estudiantes, y luego crítica.

También hay que decir que el mayo francés no ha segregado ninguna película buena, importante, ni ninguna literatura buena. No ha segregado tampoco nada pictórico. Y ese fenómeno también hay que verlo. Otra cosa es lo que segregó desde el punto de vista de las costumbres, esa falta de respeto al docente, ese aquí todo vale, que luego Sarkozy lo ha recogido como un guante diciendo ‘aquí se ha acabado esto’. Ese ‘aquí nadie manda’, ‘aquí no hay autoridad’…, eso sí es el mayo francés, eso sí ha seguido durante mucho tiempo.

—Jean Baudrillard reprochaba a los estudiantes no haber entendido el papel de los medios de comunicación y haberse contentado con las pintadas en vez de haber asaltado la ORTF, que hubiese sido estratégicamente más efectivo.

—Estoy de acuerdo. No recuerdo exactamente qué día, en una de las cincuenta mil movilizaciones, pudieron coger la ORTF. Si digo que el palacio del Eliseo estaba vacío, la ORTF también. También hubo una gran censura en los medios de comunicación. Le monde se puso inicialmente a favor de los estudiantes y luego no. L’Humanité, que era el Partido Comunista, tampoco se puso radicalmente a favor de los estudiantes. Los intelectuales se encogieron de hombros. Bueno, Sartre fue el ejemplo; fue abucheado por los mismos estudiantes, no le dejaron hablar, intento unirse, pero no estaba ya para muchos trotes.

—Hay un texto tuyo, escrito entonces, que me ha llamado la atención y que creo que es muy interesante sobre el final de aquellos sucesos, sobre el primer día de calma. Te lo leo:

[París, 31 de mayo…] El millón de franceses —según las noticias del propio partido gaullista— que anoche desfilaron eufóricamente por los Campos Elíseos, declaraban que apoyaban a De Gaulle; hay que pensar que si realmente eso es cierto, y si no desfilaban porque De Gaulle los estaba apoyando. Durante un mes de una larga y gravísima crisis, todos estos hombres que ayer han desfilado han guardado silencio; incluidos algunos ministros. No se ha visto ni una sola manifestación en los días pasados a favor de De Gaulle; solamente ayer, en el momento en el que el general se ha pronunciado, después de saber cómo iba a pronunciarse el ejército, esos hombres se han echado a la calle declarando que apoyaban a De Gaulle.

Me parece un ejercicio de observación política del comportamiento de las masas verdaderamente stendhaliano. ¿Fue realmente así?

—Yo creo que sí. De Gaulle, que se ha ido a Rumanía, vuelve a París y ve que no avanza nada y sigue con la idea de pudrir la situación y la sociedad, que al principio, hasta en las ventanas y en las calles, había apoyado a los estudiantes —el primer día, el segundo día— diciendo que estaba muy mal la educación en Francia, y en eso tenían toda la razón, se fueron callando, esperando… Como el General no decía nada. Lo que el General hizo fue pararse, coger un helicóptero e irse a ver si el Ejército le apoyaba a él, por si pasaba algo, volver, decir “esta noche voy a hablar a la nación”. Habló y volvieron a haber barricadas esa noche. Al ver ese movimiento, al ver que decía “hay que volver a abrir la Sorbona, la sociedad, la sociedad gaullista, se unió con el General. Todo este movimiento fue como encadenado: vamos a esperar a ver qué hace el General y el General no hacía nada hasta que ve al ejército, y luego se unió al General… Fue así. Si el General no vuelve a Francia de su paseo en helicóptero, si toman la ORTF…, hubiera habido otro cambio distinto. Cuando vieron que De Gaulle aun seguía vivo, desde el punto de vista intelectual y del Estado, se lanzaron a la calle, todos por los Campos Elíseos, y se acabó la revolución, la “revolución” muy entre comillas. Hay una frase al principio del libro, que recojo de LeGoff, sobre la diferencia entre “revuelta” y “revolución” que me pareció interesante. La “revuelta” se sabe de dónde viene y no se sabe adónde va, y la revolución sí se sabe adónde va.

—Suele ser un ejercicio periodístico, en las conmemoraciones cada diez años del 68, seguir el rastro a los principales participantes y ver su progresivo aburguesamiento, cómo aquello se fue quedando en el olvido. ¿Qué queda del 68 hoy?

—Creo que lo que queda del 68 es una débil actitud general del “todo vale”, una falta de autoridad unida a otras cosas en el mundo actual. Un desconcierto intelectual, el no saber hacia dónde se va, una especie de relativismo general… También una frustración en la gente que quería cambiar el mundo y no lo pudo cambiar, y que luego no quiso seguir cambiándolo. La única figura —o figurilla— que ha quedado es Cohn-Bendit que enseguida se incorporó al establishment, eurodiputado de los Verdes, y que ha vivido un poco del cuento, agarrado a la vaca famosa del 68, que este año ha dicho que reniega de ella. Excepto éste, no ha quedado nadie. Los trostkistas, por ejemplo, que estaban con Cohn-Bendit, ni se ha oído hablar de ellos… No ha quedado nada, no ha quedado una obra literaria, no ha quedado una obra cinematográfica… Yo creo que ha quedado ese relativismo general de esos años en el mundo.

—Visto con perspectiva, me da la impresión que aquello fue el final de algo, más que el principio de algo, como algunos querían. Cuando ocurren acontecimientos históricos no sabemos si son el final o el principio. Lo que trajo fue más autoridad, que ha sido también el efecto de las últimas revueltas en Francia, hacer que la propia sociedad demande más autoridad.

—Estoy de acuerdo, pero los fenómenos ahora en Francia son distintos porque intervienen el tema de los inmigrantes, de la globalización… Cuarenta años después es otra cosa distinta, pero indudablemente se ha reforzado el grado de autoridad. Estoy de acuerdo en que puede ser el final de algo.

—Curiosamente, en donde han quedado este tipo de revueltas, de golpes para desestabilizar una forma de poder, ha sido en los antiguos países satélites de la Unión Soviética. Lo que sí parece que ha quedado disuelto es la idea de vincular “juventud” con la “revolución”, si entendemos que la revolución se hace para tomar el poder y creo que quizá esté ahí la clave. Creo que existe un fenómeno de incomprensión de lo que es el poder y, por tanto, de rechazo en sí. La idea de revolución pasa a ser un tanto absurda para muchos de ellos…

—Sí, estoy de acuerdo. Y además de eso, si pensamos en los países satélites de la URSS, lo que han hecho ha sido irse empapando del consumismo y del capitalismo, que es lo que desea mucha gente joven. Tienen las mejores tiendas en Moscú, hacer desfiles de moda a la última, como si fuera Nueva York… Luego hay una apatía general del poder. Creo que, en general, los políticos en el mundo han bajado muchos peldaños en su categoría individual…

—El poder es aburrido…

—Claro… Eso lo dijo, en una frase parecida, Pierre Viansson-Ponté: “Francia se aburre” [3], en Le Monde tituló un artículo así. En este momento, millones de personas se conforman con el poder, para qué vamos a cambiarlo... No hay ningún sentido de revolución… Quizá problemas ecológicos, que son los que están llamando la atención, puedan suscitar un poco, entre comillas, la llamada revolucionaria. Pero los problemas sociales…

—Y después no abandona nadie el poder. Se están formando una especie de monarquías, en el sentido de ser hereditarias, en las que los padres delegan el poder en sus hijos y los maridos en sus esposas. Se están formando unas burocracias políticas profesionales. Esos políticos profesionales que hacen más aburrida la labor del periodista…

—Indudablemente, más aburrida. Pero, como decíamos antes sobre la profundización, hay que contarlo. El mundo es una novela perpetua, una novela total. A lo mejor no es novela la política. Al principio del libro sitúo dos crónicas de costumbres, sin grandes temas; el periodista tiene que interesar al lector permanentemente y si la política es aburrida tendrá que encontrar cosas paralelamente a la política. Lo que yo defiendo es que un corresponsal tiene que contar la sociedad en la que vive, el país en el que se encuentra, con un ojo distinto y nuevo. Eso es el periodismo. Si la política es aburrida busque y cuente cosas apasionantes. En estos momentos hay en España un debate enorme sobre el que los periodistas se estén plegando al poder constantemente. Nadie levanta la voz; se ha visto en los debates de las últimas elecciones.

Siempre digo a los alumnos que un periodista de calidad siempre tiene trabajo; un periodista observador, con buena pluma, con buena formación…, ése siempre tiene trabajo. Hay muchas cosas que hay que observar, no solo la política. La sociedad es un teatro general, una novela perpetua. Hasta el fenómeno más gris de las sociedades tiene su novela particular, que hay que descubrirla y contarla.

—¿Qué estás preparando? —José Julio Perlado se ríe. Sé que siempre está preparando algo, que en cualquier momento puede abrir un maletín y sacar de él un puñado de folios conteniendo un ensayo, una novela, un libro periodístico.

—¡Es un drama esto! Tengo dos novelas acabadas. Una sobre Velázquez, sobre las Meninas, escrita hace ya tiempo y para la que no he encontrado todavía editor. Otra novela, más reciente, que me gusta mucho, sobre un escritor que no puede escribir. También he escrito una serie de cuentos estos últimos meses… Tengo el blog (Mi siglo), que me incita a escribir, que me permite la unión con los lectores; comentar cosas de libros, muchas citas de obras, entrevistas imaginarias, como las que hizo Calvino o Papini con su libro Gog, que me permiten charlar con Magris o con Pirandello, y a las que ya se ha acostumbrado el lector. Me lleva a hacer también creación, literatura… Estoy un poco cansado del ensayo. Han sido tres libros seguidos de tipo ensayo: El ojo y la palabra, sobre la imagen; el libro sobre los artículos literarios y ahora sobre la revolución de mayo… Ahora me gustaría dar salida a cosas de creación.

Creo que José Julio Perlado es incapaz de estar haciendo una sola cosa al mismo tiempo. Cerramos la entrevista y seguimos charlando un buen rato. Durante nuestro encuentro me lo he imaginado por las calles de París, con sus notas en el bolsillo de su gabardina, corriendo al encuentro de un teléfono para transmitir su crónica antes de la hora de cierre. Me lo he imaginado, veinte, treinta años después, contándoselo a sus alumnos en un aula, convenciéndoles de que las cosas solo pasan una vez y que tienes que estar allí para contarlo.

 

Notas:

[1] Diálogos con la cultura. La entrevista periodística. Ediciones Internacionales Universitarias, 2002.

[2] El artículo literario y periodístico. Paisajes y personajes. Ediciones Internacionales Universitarias, 2007.

[3] Pierre Viansson-Ponté, periodista francés, escribió un artículo el 15 de marzo de 1968 que se hizo muy famoso: «Quand la France s'ennuie» [“Cuando Francia se aburre”] anticipando lo que se iba a vivir en mayo.

 

© Joaquín Mª Aguirre 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero38/perlado.html