Cine y literatura:
adaptación cinematográfica de la novela La tía Tula de Miguel de Unamuno

Alicia Pascual Migueláñez

Universidad de Alcalá de Henares


 

   
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Resumen: el artículo analiza las características generales de la adaptación cinematográfica llevada a cabo por Miguel Picazo de la novela La Tía Tula, escrita cuarenta y tres años antes por Miguel de Unamuno. Nos fijaremos en las diferencias y similitudes entre ambas y señalaremos los cambios intencionados que lleva a cabo el director de cine para convertir a la película en un medio de denuncia social en pleno régimen franquista.
Palabras clave: cine y literatura, adaptación cinematográfica, Unamuno

 

1.- Una novela psicológica.

La novela La tía Tula fue publicada por Miguel de Unamuno en 1921 y junto con San Manuel Bueno, Mártir cierra la novelística más “humanizada” del autor.

El libro tiene un armazón básicamente realista, aunque carece de las técnicas tradicionales del realismo del XIX, tales como descripciones detalladas de ambientes y lugares para centrarse únicamente en la dimensión psicológica de los personajes y concretamente en la de una mujer con unos fortísimos impulsos maternales y una invencible aversión a los hombres por el contenido impuro que ello conlleva. El peso de la religión es una carga que arrastra Tula desde su juventud hasta los últimos días de su vida y así lo manifiesta en sus palabras finales de arrepentimiento:

…que nunca tengáis que arrepentiros de haber hecho algo y menos de no haberlo hecho. Y si veis que el que queréis se ha caído en una laguna de fango y aunque sea en un pozo negro, en un albañal, echaos a salvarle (…) servirle de remedio, sí de remedio..

Tula cree que tiene una “misión sagrada”en el mundo que es sentir y vivir la maternidad criando a sus sobrinos en un ambiente puro, en un hogar cristiano en el que el padre y la madre tienen un papel divino que cumplir. Por eso rechaza vivir el amor y el matrimonio que le propone, primero un pretendiente, y luego su cuñado Ramiro. Su carácter serio, directo y dominante hace que crea que solamente ella está en posesión de la verdad, y es precisamente esto lo que la sumirá en una soledad cada vez mayor que acabará transformándose en arrepentimiento en las páginas finales del libro. Tula crea a su alrededor una comunidad enclaustrada que Unamuno potencia a través de la metáfora de la colmena donde sólo hay huevos de reina y la identidad de las abejas no depende de la maternidad física, sino del trabajo de las abejas obreras:

… las hembras estériles o “tías” que dan de sí mismas mucho más que la madre fértil.

Unamuno refleja en La tía Tula tres temas de preocupación existencialista para la mujer: religión, maternidad y amor sin necesidad de una concreción espacial ni temporal, sin descripciones externas ni nada que desvíe la atención de éste propósito meramente psicológico y, sin embargo, el lector es capaz de imaginar un ambiente doméstico y de cotidianidad en el que Tula es el centro.

Junto con el desarrollo del tema de la religión hay una crítica implícita al machismo del hombre que somete a la mujer a dos únicas salidas en la vida: casarse y formar una familia o entrar en el noviciado. Esto lleva a la protagonista a considerar a los hombres “zánganos” a los que no comprende: su tío don Primitivo, su confesor y Ramiro son para ella “hombres al fin” y el cristianismo “al fin, y a pesar de la Magdalena, es religión de hombres, masculinos el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, pero ¿y la Madre? La religión de la Madre está en “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.

Aspectos narrativos:

El hilo argumental lo lleva un narrador en tercera persona, de carácter omnisciente a través del cual conocemos tanto los aspectos externos de las relaciones entre los personajes como los detalles más íntimos del pensamiento de cada uno de ellos. Junto con él, el peso psicológico recae en la fuerza del diálogo, de frases cortas tajantes y directas. Parece como si el autor quisiese prescindir de toda aquella trama que no aporte un contenido relevante y centrarse en momentos cumbre. Esto crea un ambiente de narración rápida en el devenir de los acontecimientos, hay que tener en cuenta que el desarrollo temporal abarca la vida de Tula desde su juventud hasta que muere ya mayor, pero lenta en la introspección psicológica. Unamuno es conciso en su manera de escribir y es capaz de evocar todo un universo íntimo con pocas palabras.

 

2.- Una película de denuncia.

Cuarenta y tres años después de su publicación y en plena dictadura franquista, 1964, Miguel Picazo rueda una película inspirada en la novela de Unamuno. Los años 60 son un momento de cambio importante para el cine nacional, es lo que se llamó “el nuevo cine español” cuyos predecesores fueron Bardem y Berlanga. Directores jóvenes, muchos de ellos formados en la recién creada Escuela de Cine, que se proponían contar con un nuevo lenguaje la realidad cotidiana que les tocaba vivir. Se fijan especialmente en la opresiva vida provinciana y en los marginados del régimen desafiando con ello a la dictadura y sumándose a la modernidad europea. En este ambiente de control total por medio de la censura desarrollaron una manera especial de hablar a través de la sutileza. No decir las cosas explícitamente sino evocarlas por medio de imágenes, música, miradas…. Y en este contexto se encuadra la ópera prima de Picazo, paradójicamente recomendada por el régimen pese a encerrar una crítica directa a su modo de educación y represión. La novela sirve de inspiración para denunciar la represión sexual a la que estaban sometidas las mujeres durante el franquismo sugiriendo como una de las causas principales la educación religiosa y dejando en un segundo plano, aunque no por ello carente de importancia, el fuerte sentimiento maternal que Tula manifiesta en la novela. Una concepción extrema de la religión y su inadecuación a los sentimientos naturales del ser humano son los temas que focaliza Picazo en su película. La Tula de Unamuno, ejemplo de maternidad y “sororidad”, da paso a la mujer enamorada y refrenada, reprimida y represora.

Picazo sitúa la película en una ciudad de provincia, sin precisar una concreta y en un momento temporal determinado, los años 60. Al contrario que en la novela, donde los hechos se extendían a lo largo de una vida, la película tiene la necesidad de acortarlos y se centra en la relación de Tula y Ramiro. Comienza “in medias res” en el momento del funeral de Rosa y se extiende a lo largo de unos pocos años durante los cuales Tula se dedica íntegramente al cuidado de su cuñado y sus sobrinos, y termina cuando éstos se marchan para iniciar una nueva vida al lado de Julita, prima de Tula y a quien Ramiro deja embarazada en un momento de deseo incontrolable. Queda pues abierta en una doble vertiente, por un lado una familia formada no por amor sino por exigencias sociales y por otro lado Tula, sola y alejada del hombre que quiere. Porque es precisamente esto el gran problema que plantea la película, el deseo y su represión por exigencias sociales y religiosas. Picazo focaliza esta cuestión por encima del tema de la maternidad. Para ser madre antes hay que casarse y formar un hogar puro donde no exista atracción, la sexualidad es un mero medio para la procreación. Por eso Tula intenta refrenar el deseo que sí siente hacia su cuñado y en esta lucha continua lo que vence siempre es la carga moral. La esencia unamuniana de crítica a la religión machista y represora se mantiene con la diferencia de la concreción espacio temporal.

La película se va construyendo a través de imágenes de la cotidianidad de la vida doméstica y, al contrario que en Unamuno, vemos a una Tula que limpia, cocina, hace camas y plancha. Lo que en la novela sin duda estaba evocado pero no narrado explícitamente toma una importancia fundamental en la película y es que ésta necesita un soporte visual donde apoyar el contenido psicológico. Desde el primer momento la tensión en la que viven los dos protagonistas entra a formar parte del ámbito doméstico como un elemento más del día a día. Los personajes están en continuo movimiento, siempre haciendo algo pero no por ello evadidos de esa atracción angustiosa que les impide incluso mirarse a la cara. Tula evita constantemente que sus ojos se encuentren con los de su cuñado como una manera de evitar dejarse llevar por la tentación.

Este transcurrir del mundo doméstico sin interrupciones (solamente hay una evocación del pasado con la lectura de las cartas de Ramiro a Rosa cuando eran novios) refleja también un mundo íntimo exteriorizado no a través de palabras sino de silencios elocuentes y sugerentes. En la mayor parte de las secuencias no hace falta que los personajes hablen para mostrar un deseo sexual incontrolable sino que el silencio, solamente interrumpido por el ruido de un reloj o el grito de los niños en la calle, es capaz de evocar los más íntimos impulsos humanos y cumple además esa función tan importante para salvar la censura que era la sutileza. Evidentemente el silencio no es posible en una novela pero sí que de alguna manera está evocado a través de los diálogos cortos, tajantes y cortantes de Tula que sin duda darían paso a momentos de silencio angustioso.

Para hacer más explícita la crítica a una religión represora con la mujer, Picazo crea una serie de personajes nuevos que no están en la novela, las amigas beatas del Círculo de mujeres. Bajo una aparente ridiculización se esconde una mirada piadosa a las víctimas de la sociedad en la que les ha tocado vivir. Mujeres sin otra función más que casarse o estar condenadas a ser unas “solteronas” para toda su vida lo que supone a los ojos de la sociedad un fracaso personal. Tula no se siente una de ellas porque tiene a su lado a Ramiro y los niños, realiza las funciones de una casada pero sin estarlo y esto es algo que la opinión pública y la religión no toleran. Es paradójico que una religión que proclama la pureza no consienta la actitud que ella misma ha enseñado. No es la solterona que no se casa por falta de pretendientes sino por cumplir una función que ella cree “sagrada”, la maternidad con sus sobrinos. Este aspecto está mucho más potenciado en la novela que en la película y así dice el narrador:

Una vez que oyó decir de una que se quedaba soltera, que quedaba para vestir santos agregó: ¡O para vestir almas de niños!

En un momento de la novela Tula afirma refiriéndose a los novios:

...yo no puedo buscarlos. No soy un hombre y la mujer tiene que esperar a ser elegida. Y yo, la verdad, me gusta elegir pero no ser elegida.

El problema es que ella sabe que sí ha elegido pero sus prejuicios y reservas morales y el respeto a la hermana muerta le impiden llevarlo a cabo. Por eso cuando en la película Ramiro le propone casarse ella solo dice una palabra ¡mi hermana! que expresa todo el peso moral con el que Tula carga.

En este mismo sentido la película mantiene una escena fundamental de la novela, la confesión de Tula. En ella se da una imagen de la religión como algo de hombres y que justifica los deseos de Ramiro. Lo que en la mujer es pecado en el hombre es una necesidad. Vivir juntos es pecado de escándalo y ella tiene la solución convirtiéndose en el remedio de su cuñado, Tula se niega a tolerar esto:

- yo no soy remedio de nadie.

- eso es soberbia.

- no lo crea Padre sino más bien respeto de mí misma

Y es que, aunque la mujer experimente el mismo deseo que el hombre, ella no puede exteriorizarlo.

El ambiente angustioso de la casa y la ciudad da paso a la visita al pueblo, como en la novela el viaje de vacaciones a la playa. En ésta, la naturaleza potenciaba el deseo en Ramiro y Tula opta por volver rápidamente a su “claustro” donde todo lo domina:

En la ciudad estaba su convento, su hogar y con él su celda.

La película aprovecha para mostrar las escenas más sensuales, el baño en el río y el cuerpo desnudo de Ramiro son la tentación extrema que Tula sabe controlar, pero no así Ramiro. La música cambia y una orquesta de fondo despierta en el hombre un deseo incontrolable que acaba descargado en la inocente Julita.

Mientras que en la novela Ramiro encuentra el camino de su represión en el ámbito doméstico, en la película es en el campo. Tula puede controlar sus impulsos pero no así los de Ramiro. Una vez enterado el embarazo es el propio Ramiro el que informa a Tula de su intención de casarse y no ésta, como en la novela, la que le incita a ello. Una Tula que grita e insulta descarga así su aversión a una sexualidad impura pero en el fondo deseada ya que es lo que le va a separar definitivamente de él. Una Tula reprimida pero también represora es lo que le conduce a su propia soledad, lo que ella no ha tolerado otra sí, aunque sea sin amor.

La imagen final de Tula despidiéndose en el tren y viendo como se alejan de ella para siempre es la imagen desgarradora de la soledad absoluta. El tren de su vida ha pasado y con él la posibilidad de ser feliz con Ramiro, es el momento en que el espectador siente que Tula sí va a ser una “solterona”más. El arrepentimiento de haber estado sometida a la religión que ella creía como única y verdadera expresado en el libro a través de la palabra se visualiza con la imagen de la estación. La muerte física de Tula en la novela arrepintiéndose de su vida pasada equivale a la desolación final de la película donde Tula no muere pero intuimos que va a estar sometida a una vida infeliz. En ambos casos la religión es la causante ya que ha reprimido el sentimiento humano universal, el amor.

 

3.- Bibliografía:

Picazo, M. (2005). La tía Tula: guión cinematográfico. Diputación Provincial de Jaén.

Unamuno, M. (1989) La Tía Tula. Colección Letras Hispánicas (3ª edición). Editorial Cátedra. Madrid.

Sánchez Noriega, J.L. (2004) Diccionario temático del cine. Ediciones Cátedra. Madrid

 

© Alicia Pascual Migueláñez 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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