La historia se cruza con la literatura:
transición política en el siglo XX español

Daniel Gier

University of Wisconsin Oshkosh
gier@uwosh.edu


 

   
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Resumen: Este ensayo se centra en la representación literaria, plasmada en la novela, de dos acontecimientos importantes del siglo XX español, la caída de la monarquía de Alfonso XIII en 1931, y la implantación por proceso democrático de la Segunda República en el mismo año. Las novelas analizadas son El cabo de las tormentas (1932) de Pío Baroja, Madrid de corte a checa (1938) de Agustín de Foxá, y Réquiem por un campesino español (1953) de Ramón Sender. Se pretende yuxtaponer la configuración literaria de los eventos mencionados con algunas percepciones de los mismos de historiadores profesionales. Se pretende también hacer hincapié en la perspectiva política de cada autor, ya que representan una parte importante del panorama político existente en los años 30.
Palabras clave: Guerra Civil Española, Segunda República, Pío Baroja, Agustín de Foxá, Ramón Sender

 

Los siete años que separaron la publicación en 1938 de la novela Madrid de corte a checa, de los primeros acontecimientos históricos que en ella describe Agustín de Foxá, le dieron al autor la seguridad de lo que él creería un pronóstico cumplido, el necesario derrocamiento de la Segunda República y el esfuerzo por instalar un régimen que encauzara a España en la senda de la tradición católico-monárquica. Aunque en ese año España se encontraba inmersa en una cruenta guerra civil, de Foxá proclama con una seguridad inamovible que su novela ha sido publicada "En el segundo año triunfal," avalando así que al menos una victoria se había alcanzado, o estaba en vías de alcanzarse, el soteramiento de la España liberal. Así Madrid de corte a checa ha venido a ser una declaración de principios del autor y de la España falangista, con la ventaja que tenía de Foxá de escudarse en la franja de tiempo, como se ha dicho, los siete años entre los primeros hechos y la redacción de la novela, la cual le permitió lamentar el abandono de Alfonso XIII en abril de 1931, experimentar y describir lo que percibía como el caos en que la República había sumido a España, hasta proclamar la inminente victoria de las fuerzas nacionales en el asedio de el Alcázar de Toledo que ,"…era una isla de Fe y de honor en medio de aquel mar de hoces y martillos." (316) La novela, además de reflejar la ideología falangista, aparentemente muestra el gran nivel de compromiso personal que de Foxá tenía al sacarla a la luz. Bertrand de Muñoz nos recuerda que, «…através de su protagonista le ha inyectado mucho o muchísimo de sí mismo.» (729)

De Foxá, aparentemente tan inmerso en los tiempos que describe, pero a la vez alejado e imbuido con la autoridad que da el contemplar algo desde otro marco temporal y opinar sobre ello, difiere notablemente con otra configuración literaria de algunos de los mismos acontecimientos históricos, la que nos proporciona Pío Baroja en su trilogía La selva oscura de 1932, de la que principalmente se hará hincapié en la segunda entrega de dicha trilogía, El cabo de las tormentas. A diferencia de la novela de de Foxá, Baroja no se permitió el lujo de contemplar a su sociedad, nisiquiera desde la relativa corta distancia temporal de siete años, sino desde dentro, y prácticamente en el momento en que transcurrieron los eventos que siguieron a las elecciones de 1931. En el prólogo a la trilogía asienta las bases de su representación literaria de la caída de Alfonso XIII y la dinámica política y social que el autor percibió que se había creado en España a raíz de ella. Baroja reconoce que hay dos tipos de libros, uno en que el autor "…pretende esterilizar de elementos de actualidad, desprender de ellos el olor y el sabor del tiempo…," y otro en que, "…no sólo no huye del color y del sabor de la época, sino, por el contrario, lo acentúa deliberadamente, impregnándolos lo más posible de la escencia del tiempo." (9) Baroja se sirvió de la segunda perspectiva desde la que la historia se puede ver, desde dentro, con, "…una gran curiosidad por los hechos y una cierta indiferencia por las palabras." (9) A diferencia de Madrid de corte a checa, la trilogía de Baroja no debe considerarse una pancarta política con clara predilección ni por uno ni por otro grupo. La falta de fidelidad política e ideológica de Baroja quizás se debiera en parte a la imposibilidad de comprender el alcance de eventos coetáneos con el momento en que los intentó describir, pero más probablemente se puede atribuir a la resistencia que al escritor vasco le gustaba poner para que nadie le encasillara política o culturalmente. En una entrevista que concedió al periódico El Sol en 1931, Baroja pone de manifiesto que la política realmente no llevaba a nada noble, «Ser Presidente de la República equivale en grande a ser conserje de un casino: saludos, galones, un protocolo para vestir... Reverencias hoy a los salchicheros, mañana a un pequeño diplomático... ¡Horrible!» (segundarepublica.com) Y en cuanto a la convicción que tenían los representantes políticos de uno y otro bando dice:

España, sobre poco más o menos, seguirá igual que ahora con la nueva Constitución. En España ha habido ya sus 13 Constituciones. ¡Pues no se experimentaron 13 adelantos ni tampoco 13 retrocesos! La escasez de hombres que tiene la República la achaco yo a la sorpresa de su llegada. Nadie la creía tan inminente porque nadie pensó que el Rey y sus monárquicos se irían sin lucha. ¡Aquello fue de una florera!” (segundarepublica.com)

Y finalmente de forma algo sarcástica indica su poca fe en las posibilidades de la Segunda República, a la vez mostrando una posible generalización que se había extendido en torno a los planes políticos del primer gobierno republicano en 1931, «Si se hace la experiencia de la dictadura socialista, que se haga bien. Ya que nos arruinemos, que sea con brillo.» (segundarepublica.com)

Se ha sugerido hasta ahora, que la principal diferencia narrativa entre las dos novelas mencionadas reside en en espacio temporal en que fueron escritas en relación a los hechos que en ellas se describen. De forma secundaria han de tenerse en cuenta el claro propósito publicitario de de Foxá y el afán más documentalista de Baroja. Añádase a estas consideraciones un tercer nivel de diferenciación, el marco físico en que se escribieron las obras. Tuvieran los fines literarios, políticos o sociales que tuvieran, Baroja y de Foxá escribieron Madrid de corte a checa y El cabo de las tormentas estando en Madrid, ciudad en 1932 y 1938 enaltecida y confusamente dividida. Pero otra novela conocida que abarca la caída de Alfonso XIII en 1931 y la llegada de la República, se escribió en condiciones totalmente distintas de las ya descritas. En 1953, 17 años después de que Alfonso XIII se diera cuenta que una gran parte de su pueblo se alzaba en contra de él, Ramón Sender escribió Requiem por un campesino español. En ese momento se encontraba en New México en los Estados Unidos, país al que había llegado 11 años antes. Pero no obstante la distancia temporal y físico, la absoluta fidelidad a la causa republicana caracteriza al autor, fortaleciendo la narración y dándole una convicción política que hace que tenga casi la misma inmediatez que las novelas de Baroja y de Foxá.

Las visiones dispares de Baroja, de Foxá y Sender, de acontecimientos similares, van a la par con el confuso panorama político y social de los años 30. Desbordada ya en esa década la calamitosa discordia entre grupos empeñados en evitar la reconciliación, tuvo lugar un golpe militar ilegítimo y a continuación, el consabido y desastroso conflicto armado en España. Entre la miríada de dilemas, por una parte se observan problemas agudos en muchos sectores de la sociedad española, desde una severa conmoción agrícola en el sur y agitación laboral en las ciudades, hasta un creciente movimiento anarcosindical y un anticlericalismo acérrimo, sobre todo en Extremadura y Andalucía y en Cataluña. Empujando desde el otro lado había potentes fuerzas sociales empeñadas en mantenerse en el poder. Entre ellas figuraban los grupos que creían llevar el estandarte de los llamados «valores» de la España «tradicional,» basado en una monarquía apuntalada por terratenientes e industrialistas poderosos, una aristocracia inamovible, una parte pequeña del campesinado castellano, un clero influyente dentro de una Iglesia relevante, todo ello apoyado por un ejército capaz de movilizarse a sus anchas. No debe olvidarse, tampoco, que la mezcolanza de grupúsculos de liberales y conservadores que se juntaron políticamente para formar la Segunda República, y los errores estratégicos de los distintos gobiernos de la República derivados de la discordia entre esas facciones, indudablemente también aceleraron el desmoronamiento de gobernación. [1]

En un estudio publicado en el 2006, Stanley Payne critica a los gobiernos de la República por lo que él percibe como sus fundamentales errores políticos. El historiador calcula que varias coyunturas antes de 1931 posiblemente hubieran sido más propicias para lograr una transición hacia una democracia estable, pero que fueron derrochadas por los políticos, “The alternatives of 1923, 1926 or 1930 would in each case have probably been preferable to a drastic change of regime in 1931, which proved too radical, a leap in the dark, eliminating the institutional continuity and moderating influence that might have made a democratic regime more viable.” [2] (340) [ ] Visto desde el otro lado, Lannon apunta que el eventual fracaso de la República no se debió a la brusquedad de un régimen democrático como pretendió ser la República, sino a un esfuerzo largo y reconcentrado de la Iglesia por salvarse y minar los intereses de la República en crear un estado laico, “The crusade had been waged for a long time by the Church for its own institutional interests, for survival. The cost of the survival was the destruction of the Republic.” [3] (54)

Maniobras políticas y problemas sociales puestos de un lado por un momento, la idea que abarca todo y produce la suma de las distintas partes, es la de dos Españas diametralmente opuestas que se enfrentan y se dan de bruces. Por supuesto, sugerir que España es bicéfala política y socialmente, no sorprende y tampoco corresponde, en todo caso, únicamente a la década de los treinta del siglo XX. Se puede decir que ha sido un dilema recurrente desde por lo menos principios del siglo XIX. Para rápidamente resumir la profunidad histórica de la cuestión, uno podría pensar en una obra de Goya de la serie negra de los años 20 del siglo XIX, Duelo a garrotazos, en la que dos españoles, clavados en la arena, se dan salvajamente con garrotes hasta que uno perece. También se podría tener en consideración el poema corto de Antonio Machado, Españolito, en que un recién nacido que ostensiblemente debería poderse sentir esperanzado con respecto al futuro, lamentablemente está náufrago en un país que bosteza cuando piensa en su pasado, carece de voluntad para extraerse del laberinto de males sociales, y por tanto, no guarda ninguna ilusión. Una de las dos Españas, se lamenta el poeta, «ha de helarte el corazón.» Estas obras no pretenden ser más que visiones subjetivas de las sociedades en las que vivían los artistas. No obstante, están claramente imbuidas con una conciencia de la problemática social, y sugieren que, independientemente de datos socio-históricos y hechos políticos que pudieran explicar específicamente por qué cayó una monarquía, por qué innumerables labradores sin tierra propia y millones de obreros se rebelaron , por qué el clero había sido desacreditado en grandes zonas del país, por qué se desmoronó una República, o por qué todo ello desembocó en Guerra Civil, hay una forma alternativa de comprender las confrontaciones y conflictos en España en ese período; y es a través de la observación de actitudes, formas de ser, carácter, opinión y otras nociones abstractas que nos proporcionan la literatura o el arte.

Un ejemplo de este tipo de acercamiento que podría conducir a una comprensión de un problema social, se sustrae de El cabo de las tormentas. En ella Michel, un observador vasco/francés de los primeros días de la República, comenta, «La verdad es que hablarle de la patria y del honor militar a un muchacho y tenerle cepillando botas en el pasillo de un hotel es una perfecta ridiculez.» (379) No obstante esta aparente conciencia social que tiene Michel, él mismo tiene el pensamiento partido y confuso, consecuencia común entre la gente que piensa y discurre sobre una problemática entreverada. Cuando él y unos amigos conducen a Madrid se les revienta un neumático y Michel está obligado a poner el repuesto. En ese momento pasan unos carreteros y se ríen al ver a un señorito trabajando bajo la lluvia. Al poner su coche en marcha Michel grita « ¡Adiós arrastraos! y su amigo le pregunta, « ¿Por qué los llama usted así?» a lo que contesta, «Así los llaman. Además se ve que son unos arrastraos. Tienen mala sangre.» (372) Baroja, en boca de Michel, no se apuesta por un escrutinio de las estadísticas para medir el descontento de un segmento importante de los obreros en los años 30, no obstante, acierta a dar la sensación de crisis proporcionando un sencillo ejemplo que elucida uno de los motivos por la guerra que estallaría en 1936; la brecha que se abría cada vez más entre grupos con ideologías opuestas. No es extraño por otra parte que en una novela de Baroja se perciba una mezcolanza de ideas políticas sin una clara declaración de principios. El escritor vasco no tomaba partido ni por la monarquía ni por la República, sino por el hombre sensato que usara la moderación y la razón dentro de un marco liberal de aceptación. Victor Quimette lo resume así, “ Baroja’s lack of enthusiasm for either the future or the efficacy of the republican experiment was due less to nihilism than to a constant disappointment in the ability of conventional politics to respond to the capabilities of Spain as he envisioned them.” [4] (22)

No es el objetivo de este ensayo resumir la problemática social de los años 30 que tan cuidadosamente han demostrado los historiadores, sino analizar una representación artística, como la de Goya o Machado, de un proceso histórico importante visto por novelistas, que es el derrumbamiento de la monarquía de Alfonos XIII en 1931, y de forma secundaria, el advenimiento de la Segunda República en el mismo año y eventualmente la llegada de la Guerra en 1936. Claro está que cualquier estudio, exento de gráficos y números, pero que pretenda centrarse en procesos socio-históricos, se beneficia de las garantías de rigor intelectual que puede dar la investigación científica. Por ello y a fin de yuxtaponer las representaciones literarias de aquellos escritores que han descrito en prosa narrativa los acontecimientos históricos ya mencionados, brevemente intercalaré la percepción de los mismos vistos por algunos historiadores profesionales. Este entrecruzamiento de la historia con las actitudes y opiniones plasmadas en obras literarias es útil en un esfuerzo por comprender lo que se ha visto como la imposibilidad de resolver los conflictos políticos y sociales en los años 30. La pretensión es la de entrar en el ámbito de la representación literaria, de tomar en consideración lo que nos cuentan tres escritores a su modo de ver las cosas, para así empezar a comprender mejor el «enigma» de aquella España que irrumpió en guerra en julio de 1936.

Se hace claro al leer la prosa narrativa que trata esa época, que el desdén que muchos monárquicos tenían por los obreros, campesinos, estudiantes y cualquier otro que apoyara la República, era de tal magnitud, que tiende a dominar el hilo narrativo y hace que una solución a los problemas entre ellos no parezca posible. Uno empieza a creer que independientemente de soluciones políticas, ni los terratenientes ni los industrialistas por un lado, ni los campesinos, obreros o estudiantes de izquierda por el otro, hubieran estado dispuestos a acceder a las exigencias del grupo contrario, tuviera razón o no, y que España estaba irremediablemente encaminada hacia la guerra. En la novela de Baroja, un seguidor del rey se lamenta que dos colectivos con una fuerza potencial grande se hubieran acogido a las oposición, «Los estudiantes y la prensa han tumbado a la Monarquía. El dictador había perdido la cabeza. Luchar contra los estudiantes es como querer acabar a garrotazos con una nube de mosquitos.» (431) En Requiem por un campesino español, la perspectiva de la implantación de la República después de las elecciones de abril le da alas a un labrador para que se despotrique en contra de los terratenientes, «Parece que a los duques les ha llegado su San Martín.» (76) La misma seguridad que el labrador emplea en matar el cerdo es la que emplearía en contra de la injusticia social, propagada por la aristocracia, para ajustar cuentas y hacer que la sociedad empezara a ser más justa. El comentario del labrador hace hincapié en esa certeza que sentían unos y otros por su causa y la improbabilidad que algo o alguien les hubiera hecho cambiar de opinión.

Por otra parte, Payne sugiere que la suerte de males sociales era tan grande y tan evidente para todos en ambos lados del espectro político, así la necesidad de reformas laborales, agrarias y educativas, atención a cuestiones regionales de autonomía, más empatía por el papel de la Iglesia católica en la sociedad española; que un consenso nacional habría sido posible si no hubiera sido por las tácticas de exclusión de la República y sus errores políticos tan garrafales. (347) Pero cuando uno empieza a intuir la profunda carga de sentimientos negativos que cada lado sentía por el contrario, las posibilidades de consenso no le resultan viables a lector. Obsérvese el acercamiento corrosivo que toma Agustín de Foxá en Madrid de corte a checa, cuando un gitano que desconoce los matices de la situación política, hace alardes de ser monárquico, y grita, «¡Viva el rey!», error que le conducirá arrastrado a la cárcel y, se da a entender, a una muerte segura a manos de «guardas cívicos» de facto, «protectores de la República nueva.» (68) El escritor repudia de forma burlona el concepto de justicia de la República, «El concepto de libertad de pensamiento empezaba a cuajar en la joven República española.» (68) Pero al mismo tiempo, hasta de Foxá reconoce que aún dentro de su querida Monarquía había injusticias que perjudicaban iremediablemente a ciertos colectivos dentro de la sociedad, como los gitanos, «Moría por don Alfonso aquel hombre que sólo conocía de la monarquía la rudeza de los tricornios.» (68) Este ejemplo revelador dentro de una novela escrita por un nacionalista a ultranza, da credibilidad a la causa de la República.

El tema alrededor del que giran todas las narraciones aquí presentes es el de la percepción que el lado nacionalista tenía, por una parte, que se había rupturado el orden natural de las cosas, iniciándose cuando Alfonso XIII, entendiendo el fluir de los acontecimientos que iban definitivamente en su contra, se marchó del país; y el que por el otro lado los Republicanos celebraron como un pequeño resquicio de justicia para las masas oprimidas y las corrientes democráticas. El argumento de la narrativa de uno y otro bando es que las dos Españas no iban a poder coexisitir. [5 ] Lógicamente cada lado tenía sus propagandistas y proponentes cuya meta era la de degradar a la oposición y por tanto, crear apoyo por su causa. Así más importante que la distincción formal entre los dos grupos que eventualmente chocarían en guerra, es la división menos precisa que se basa en la mencionada degradación de la imagen del contrario. Se puede decir al respecto, que el nacionalista de Foxá es, con diferencia, el que se excede en ese terreno. En un artículo que analiza cómo de Foxá emplea lenguaje de forma muy selectiva para explotar presuposiciones sociales y politicas que un lector pudiera tener, Leo Hickey dice que las categorías de separación de clase social era de lo más apremiante en el momento en que de Foxá redactó su novela:

…the solid belief [of the upper class, monarquists, nationalists, budding fascists] in class distinction, social stability, order and obedience to one’s superiors as essential to the survival of the civilized State, inequality of opportunity arising from inheritance, birth, wealth, physical beauty, ability...a contemptuous or patronizing attitude towards inferiors, including all workers, and indeed “an acceptance of the grinding poverty of the lower classes as part of the natural order of things” (432). [6]

El desdén que tenía de Foxá por los seguidores de la República, independientemente de su clase social, hace que el escritor meta a todos « en el mismo saco. » Se palpa este sentimiento cuando una muchedumbre se congrega en la Plaza de Oriente para aupar a la República después de las elecciones, «...el pueblo que no iba a ganar nada con todo aquello, que volvería pasadas veinticuatro horas al fogón nocturno y a la harina de madrugada, gritaba en la claridad…Viva la República.» (66) Claramente se manifiesta una negación de la realidad de la situación política y la posibilidad de cambio. Al contrario, el escritor deslegitima y discapacita a todo un colectivo, así reforzando en la mente del lector una percepción negativa que éste a lo mejor pudiera haber tenido antes de leer la novela, en contra de la República.

La «realidad» de la situación era que, en abril de 1931 las elecciones municipales mostraron una tendencia anti-monárquica en la práctica totalidad de España, con excepción de las áreas rurales controladas por los terratenientes. Los resultados fueron abrumadores. Ben-Ami afirma que «La República española fue el resultado de un pacífico plebiscito nacional, precedido por una sorprendente y sofisticada campaña electoral…Fue la fuerza de la oposición donde se hallaba la raiz de la pérdida del poder de la monarquía.» (23) Todos los novelistas representados en este ensayo reconocen esta realidad, aunque sea a regañadientes, independientemente de su estirpe política. Hasta de Foxá, quien se ha visto adoptó una actitud condescendiente hacia quienes asumieron el poder, no puede negar que el rey tenía que irse, «Los teléfonos de las cuarenta y nueve provincias españolas cantaban en semicírculo la derrota de la Monarquía.» (61) En Requiem por un campesino español Sender hace hincapié en lo mismo, cuando el zapatero del pueblo en el que tiene lugar la historia, le informa al cura, Mosén Millán, que en Madrid el rey se iba del país, y que si caía el monarca, « …muchas cosas iban a caer con él.» (60) Baroja, por su parte, informa al lector algunas de las razones por las que muchos se oponían a la monarquía. Un personaje central en la novela, Fermín, define al rey como representante del antiguo régimen, distanciado imposiblemente de la población en general, símbolo de la represión del obrero, y alienado de las necesidades del pueblo:

Uno de los motivos de antipatía que tengo por nuestro momificado Borbón es que ha dicho que el suplicio del garrote es un suplicio benigno, porque no hace sangre. ¡Qué miserable hipocresía ! ¡Qué espíritu de sacristán muestra esto ! …Se ve que nuestro Borbón, además de hipócrita, es tonto! (390)

Esto de un escritor que de ninguna manera mostraba un apoyo incondicional a la República. Se intuye que un cambio, más que vislumbrarse, se veía inminente y necesario, y se constata que en una medida u otra, todos lo reconocen.

El historiador Gabriel Jackson menciona que hasta dos de los asesores del rey más íntimos le habían recomendado que respetara la tendencia republicana en las elecciones. El ejército, «…made it clear [to him] that he could maintain his position only at the cost of a civil war.” [7] (28) Se sugiere que aunque el rey se fue sin abdicar, nunca llegó a entender cuán profunda era su impopularidad. Hasta un monárquico y nacionalista a ultranza como de Foxá comprende que el rey estaba muy alejado de los demás españoles. El escritor describe una cacería real al mismo tiempo que ocurren graves disturbios y manifestaciones en la capital. En el momento en que el rey erra cuando dispara al pájaro, «Todos miraban a aquel pichón irrespetuoso que no se rendía a la escopeta de su majestad.» (38) Esta actitud sicofántica de algunos seguidores del rey contrasta vivamente con las masas que congregaron en esos días en su contra. Más tarde, después de volver al Palacio Real, el rey, «…miró con tristeza su capital hostil. Sabía que allí lejos, en cafés, bares, Ateneos y tertulias, se consipraba contra él. Pero no se imaginaba que allí mismo entre sus amigos, algunos simpatizaban ya con la revolución.» (39) El abandono de Alfonso XIII es relativamente anecdótico en las narraciones aquí miradas, pero ciertamente es central en tanto representa los cambios monumentales que aceleró, y que serían favorables para unos y desastrosos para otros.

Lo que sigue en las novelas, conforme a la historia, es el advenimiento de la Segunda República, el esfuerzo mayormente admirable, pero algo tortuoso, de gobernar España. Los ocho años que duró la República revelan que gobernar acertadamente, y llevar a cabo reformas eficaces, fue enormemente complicado desde un sentido político, y práctico, y que la República quizás se viera destinada a fracasar debido a la enormidad de los males sociales imperantes en el país. Jackson sugiere, además, que la depresión mundial que heredó la República junto con los problemas económicos que le había dejado la monarquía en bancarrota, hicieron que ya empezando en 1931 Azaña y los demás gobernantes republicanos tuvieran que enfrentarse con problemas agudos. (289) El primer gobierno de Azaña estuvo maniatado desde dentro y fuera. Aparte de tener que emprender reformas en los sectores agrícola, militar, educativo y religioso, y engendrar enemistades con su política en esas áreas, se calcula que subestimó los sentimientos de la parte de la población española que se oponía a ellos. En el terreno de la Iglesia, por ejemplo, se ha postulado que el CEDA tomó control del gobierno en 1933 en parte por la alienación que muchos católicos sentían en base a la agresiva legislación anti-iglesia llevada a cabo en los dos primeros años de la República. Según Francis Lannon, la ley que reguló y limitó el papel de la Iglesia dentro del estado español, a pesar ser justificada fue, «...over-ambitious and ineffective…necessarily intolerable to Catholics of all political persuasions, including those prepared to accept as inevitable the general de-confesionalizing of the state. » (47) [8] El lector de la narrativa no aprecia necessariamente la complejidad de la situación política, que por ejemplo, la República pudiera haber sido culpable de implementar alguna mal aconsejada legislación, encarnada para muchos en la Constitución de 1931, y teñida de una inútil agresividad hacia sectores clave de la sociedad española. En cuanto a eso, Stanley Payne señala que el gobierno de Azaña en el primer bienio 1931-1933, « …dealt vigorously with any opposition, passing a draconian “Law for the Defense of the Republic” which included martial law, arrest without accusation, arbitrary closing of publications, and deportation to the colonies.” [9]

Pero si volvemos a la enajenación del católico de a pie que se oponía a la República, no hay ninguna mención en la novela de Sender de legislación anti-católica. No obstante, el lector se da cuenta rápidamente de ciertas indignidades que cada lado de la ecuación política sentía. El lector está casi obligado a entender por qué el clero había caído en descrédito. Mosén Millán, el cura del pueblo, eventualmente entrega a Paco el del molino, el héroe de la novela, a la Guardia Civil, de esta forma traicionando la confianza que los habitantes del pueblo tienen en él. Recuérdese que Sender configura al cura de forma bastante noble, salvo esta última y contundente traición. De hecho toda la nobleza de Mosén Millán pierden fuerza ante ella. A final de cuentas, un habitante de pueblo o un obrero urbano de esa época probablemente se hubiera sentido impulsado a resistirse a obedecer a una autoridad tradicional, ya fuera el cura, el administrador de unas fincas, el alcalde, o hasta la Guardia Civil, a causa de acciones palpables como la que se acaba de mencionar en que el cura no solamente se traiciona a sí mismo, sino también rompe la confianza, o si quiere llamarse acatamiento históricamente ciego, que el pueblo ha tenido en él. En los años que precedieron a la Guerra Civil ese respeto, miedo, confianza, o como quiera llamarse, frecuentemente estaba a punto de romperse, como la agitación en el campo ha mostrado en incidentes como el de Castilblanco en 1931 o Casas Viejas en 1933. El hecho que el cura en la narración de Sender entregue al que se opone a las fuerzas tradicionales de orden, es consecuente con la historia. Lannon afirma que la Iglesia nunca se puso firmemente de parte del labrador ya que la CNCA (Confederación Nacional Católico Agraria), y no fue capaz de imponer medidas verdaderamente correctivas en el campo, como hubieran sido apropiaciones, ya que defendía a ultranza conceptos de propiedad privada y al terrateniente todopoderoso. (44) Sender se vale de hechos cotidiananos para llevar al lector a su terreno, que es la oposición a las fuerzas tradicionales de las que se componía el lado nacional.

El objetivo de de Foxá, al contrario de Sender, era machacar el proyecto republicano en términos específicos, con todos los pelos y señales, y achacar todos los males de España a él. Mientras el lector de la novela de Sender intuye que el labrador ha sufrido injustamente a manos de los terratenientes, de los guardias, y de los matones llegados de Madrid al pueblo para «castigar» a los que se salen de su lugar correspondiente en el escalafón social, de Foxá mete a todos los que apoyan a la República en el mismo saco, «…toda la hez de los fracasados, los torpes, los enfermos, los feos, el mundo inferior y terrible.» (201) Aunque el labrador o el bracero no entra en la trama de Madrid de corte a checa, se puede tener la seguridad que éste hubiera formado parte de la letanía de de Foxá de lo socialmente inferior. Sender, por otra parte, intenta dignificar al humilde y darle una presencia y una razón de ser, mientras al mismo tiempo alude de forma soslayada a los privilegios en que tan injustamente se escudan los que ostentan el poder. Paco se encara con don Valeriano, el administrador de las fincas del duque, quien defiende sus tierras ya que son «Fuero de reyes.» (84) Pero Paco expresa su voluntad de defender las tierras para los labradores, dando la espalda a esta tradición y negándose a ser un sicofanta. El comportamiento noble de Paco sale a relucir, mientras la «nobleza» a la que representa don Valeriano carece de validez. Este espeta, «Paco, parece mentira. ¿Quién iba a pensar que un hombre con un jaral y un par de mulas tuviera aliento para hablar así? Después de esto no queda nada que ver en el mundo.» (84) Pero después de todo, el lector se entera a renglón seguido que las mejoras que quieren los labradores son modestas y totalmente justificadas, «canalizando el agua potable y llevándola a la plaza.» (88). A fin de cuentas la novela de de Foxá termina por ser una invectiva, y la de Sender mucho más eficaz por su mesura.

No hay duda que los constantes ataques vitriólicos de de Foxá en contra de la República sirven de pábulo para la causa nacionalista. No obstante, desde la distancia con la que miramos las novelas hoy, Madrid de corte a checa parece poco más que un panfleto propagandístico. A cambio, Requiem por un campesino español está diseñada de tal forma que su propia moderación, alejada del tono tan subido que tiene la novela de de Foxá, hace que convenza más. Se podría decir que uno debe tener en cuenta que las dos novelas fueron escritas en épocas distintas, y que la de Sender refleja el sosiego que unos años de separación de la contienda dieron. Pero también se podría decir que el encono que Sender tendría derecho a sentir en su calidad de exiliado alguna vez se dejaría ver en la novela, y no parece ser el caso. También el enorme apoyo que Sender siempre dio a la República avala ese mismo apoyo que seguía dando a la causa en 1953 cuando escribió la novela. El tono mesurado con el que escribe Sender caracteriza su obra, aun en los momentos más apremiantes. Si miramos una novela escrita por él durante 1935, en la última recta que llevaría a la Guerra Civil, podermos ver que no cae en el histerismo. En Mr. Witt en el cantón, él da a entender que siempre hay matices en los conflictos sociales que hay que mantener en cuenta. Se ve, por ejemplo, que la República federal que intentaba instalarse en 1873 (Boixados afirma que la novela es más bien una referencia a la Segunda República) no careceía de adeptos que tenían un abanico variopinto de ideas políticas. Desde Don Eladio, un médico que, «Era Republicano y ateo, pero jamás vería bien que la plebe gobernara el país,» (186) a Antonete o Paco, líderes de la insurrección, quienes representan al pueblo necesitado de reformas y el cumplimiento de las necesidades básicas. Hasta en los líderes populares en la obra de Sender hay grandes contrastes a la hora de implementar reformas y hacer que las masas desfavorecidas empiecen a disfrutar de algún derecho. Uno, Hozé, pide ajusticiamiento en la horca para los que van en contra de la revolución, mientras a cambio, Antonete proclama que, «Con la crueldad no se consigue nada…Nosotros no somos el odio sino el amor..Nos hemos sublevado en nombre de la Federal, que es fraternindad y humanidad.» (387) El entendimiento que tiene Sender de la política da cabida a la posibilidad de que en representación de una causa pueda haber distintas formas de ver las causas y las soluciones.

Si seguimos contrastando la visión más equilibrada de Sender con la de de Foxá, podemos fijarnos en los siguientes ejemplos. Inmediatamente después de las elecciones de abril 1931, según de Foxá, «Acudía a la casa de los vencedores una nube de parásitos y rencorosos, republicanos de «toda la vida»…médicos ensayistas y taciturnos escritores del ’98, y toda una turbamulta de fracasados, enfermizos, intelectuales de sexualidad mal definida.» (66) Refiriéndose a Rafael Alberti, de Foxá se lamenta, «Había perdido la gran vena fresca y folclórica de «Marinero en tierra »…y resultaba un mal poeta, cantando al cemento o el plan quinquenal.» (123) Más allá de sus ataques contra los integrantes de la República de Foxá se arremete contra su política. De Foxá se burla de las reformas en materia de educación que intentó poner en marcha la República. El profesor don Gumersindo, vegetariano porque destesta la sangre derramada de los animales (por otra parte una alusión no tan velada a muchos intelectuales que estaban en contra de la tauromaquia), adoctrina a «…niños buenos que no jugaban a la pelota, ni se arañaban, ni se pegaban entre ellos y que a los quince años discutían sobre los diálogos de Platón o la política de Aristóteles.» (136) En resumidas cuentas, de Foxá encasilla a los intelectuales como Azaña, a quien muestra una gran manía, como empollones afeminados lamentablemente distanciados de la tradición española. No obstante, es interesante notar que una parte de la intelectualidad republicana que eventualmente tuvo que exiliarse de España mantenía que ellos eran los repositarios de la verdadera tradición española. Algunos de los versos más emblemáticos de León Felipe lo ponen a prueba en su invectiva en contra de Franco, « Mía es la voz antigua de la tierra./ Tú te quedas con todo y me dejas desnudo y errante por el mundo.../ mas yo te dejo mudo... ¡Mudo!/¿Y cómo vas a recoger el trigo y a alimentar el fuego/ si yo me llevo la canción? » Más de Foxá se muestra inflexible en su afán por mostrar que la República y sus seguidores fueron los responsables de la contienda de 1936-1939, y que el intelectual fue el ideario del fracaso. Más allá de Alberti, otros intelectuales como Américo Castro o Claudio Sánchez Albornoz son el blanco de de Foxá, y como don Gumersindo, sólo «se apasionaba[n] por todo aquello que querían destruir.» (134)

Sender opta por conferir más dignidad al proceso político. En una escena en la que el zapatero discute con la cotilla del pueblo, el intercambio es representativo del descontento con el regimen monárquico y la esperanza puesta en la República. El zapatero dice, «Cállate, que te traigo una buena noticia: su majestad el rey va envidao y se lo lleva la trampa.» A lo que responde la otra, «¿Y a mí qué-que en la República no empluman a las brujas.» (68) Se pone de manifiesto aquí que la perspectiva tanto social como política es prometedora, y la justicia, por lo menos, debe hacerse de acuerdo a normas que no perjudican a unos sí y a otros no.

De particular importancia en esa época fue la cuestión agrícola. Aunque en Réquiem por un campesino español hay referencias directas a las injusticias cometidas en el campo, el desprecio que tienen los señoritos llegados de la ciudad para poner orden en el pueblo, hace que la importancia de las injusticias cometidas en el campo tenga importancia, directa o indirecta, en todas las narraciones. En la novela de de Foxá, don Niceto, clara alusión al primer presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, celebra los resultados de las elecciones en 1931. Lo notorio del comentario es la referencia a lo que él percibe como los dos problemas que provocaron el cambio de régimen político, y consecuentemente, la guerra, «Resumía gozoso-Es una República traída por el clero y los grandes terratenientes.» (64) Y aunque queda claro que de Foxá desprecia a todos los políticos de la República, y por consiguiente se podría suponer que pone en boca de ellos lo que también desprecia, la mera mención de los problemas religiosos y agrícolas acredita la importancia que indudablemente tuvieron en el deshilachamiento del tejido social.

El primer gobierno de la República tuvo como prioridad la reforma agraria aunque los resultados de su legislación generalmente se han considerado insuficientes. Gabriel Jackson escribe en un artículo sobre los gobiernos de Manuel Azaña, “Although the Azaña coalition demonstrated in its expenditures a broad concern for human welfare, it failed to meet energetically the gravest economic-social issue of the times, agrarian reform.” (291) [10] No obstante, el lector de la novela de Sender percibe las expectativas tan altas que el pueblo campesino guardaba para la República en la reforma del campo. En una anécdota reveladora, Paco el del molino, reflexiona sobre el resultado de las elecciones. Para él ha sido prometedor en el pueblo ya que los concejales elegidos son jóvenes. Esto a pesar de que don Valeriano piensa que con excepción de una persona, todos los concejales son «gente baja.» Paco piensa de forma contraria y, «…se sintió feliz, y creyó por vez primera que la política valía para algo.» (74) El tenor de la narración evidentemente está de parte de Paco, y lo que él opina cobra mayores dimensiones y hace relucir la postura política del autor. No por ello Sender desdeña en lo personal a don Valeriano.

Dada su ambientación en el entorno urbano, en El cabo de las tormentas Baroja apenas abarca los problemas en el campo español, pero sí demuestra su poca fe en el hombre de campo para decidir su futuro. Los protagonistas, al viajar por unos trozos de carretera en muy malas condiciones se sorprenden que pueda haber cambios tan drásticos en tan corta distancia. Fermín, uno de la comitiva responde, «Es la parte que está al cuidado de los Ayuntamientos…El aldeano español es, en algunas partes, tan individualista y de tan poco sentido social, que si le dejaran cerraría la carretera y sembraría en ella patatas.» (373) Esta poca fe que tiene Baroja en el hombre de campo para colaborar en un proyecto nacional, como podía calificarse la Segunda República, se conforma con la mínima confianza que él tiene en el hombre en general, provenga de la capa social que provenga. Los disturbios callejeros entre monárquicos, republicanos, anarquistas y demás que siguieron a las elecciones son pasto fecundo para desplegar delante del lector los puntos de vista de unos y otros, y demuestran cómo Baroja no tomó partido, como Sender o de Foxá, por ninguno de los grupos sociales opuestos, sino se siente pesimista acerca de todo y todos. Viendo a un grupo derribar una estatua de Felipe III, el marqués lamenta, «Esta gente no hace más que necedades. ¿Qué les podría importar Felipe III? Seguramente entre los que tiraron la estatua abajo no había ninguno que supiera, ni aproximadamente, lo que hizo de bueno y de malo este rey.» (432) Al poco tiempo, unos sacan a un hombre de un café donde se había guardado después de gritar, « ¡Viva el catolicismo! ¡Viva la monarquía!» (433) Hay grupos que discuten distintos puntos de vista, especialmente un joven que, «…habló con elocuencia de las ideas de Lenin y dijo en su peroración que, si se engañaba el pueblo, había que tratar de convencerle y de llevarle por el buen camino.» (433) A lo que contesta «…un viejo mal encarado» «El pueblo no se engaña nunca.» (433) Este vaivén de impresiones es característico de Baroja que, como no conformista, no se pone de lado ni de unos ni de otros.

Establecido el contraste en tono narrativo entre unos y otros, los polos son representados inexorablemente por de Foxá y Sender, siendo mas equilibrado, aunque sea despóticamente, Baroja. Se puede decir que el acervo tono vitriólico de de Foxá, con el que arremete contra todo aquel que estaba en contra del antiguo régimen, le resta mérito a Madrid de corte a checa. Por otra parte, el acercamiento más humano de Sender confiere dignidad a Réquiem por un campesino español. Hay necesidades básicas de las que carece la gente de campo, y Sender las quiere dar a conocer. Por otra parte, de Foxá despotrica contra todos los representantes de la Segunda República, sea quien sea, tenga razón o no. Pero para quien reserva la mayor medida de encono es para Manuel Azaña, quizás el político más emblemático del ala liberal de los gobiernos republicanos. De esta forma describe al tres veces presidente de la Segunda República :

Hablaba frío, despectivo, intenso…la carga enorme de rencor y desilusión, que era su motor y su fuerza. Era un lírico del odio, un polemista de la venganza…Era el símbolo de los mediocres en la hora gloriosa de la revancha. Era el vengador de los cocidos modestos y los pisos de cuarenta duros de los Gutiérrez y González anónimos, cargados de hijos y de envidia…de los opositores sin novia, de los fracasados. (108)

Es en esta coyuntura cuando el lector puede ver que los dos bandos que se oponían y que se enfrentarían en guerra, estaban distanciados con imposibilidad de reconciliarse, no tanto por cuestiones de ingresos per cápita, hectáreas en barbecho, derechos de regadío, horas laborables, o un sin fin de otros dilemas en el abanico social, sino porque un grupo, los que se sublevarían en julio del 36, tenían la percepción que la República no tenía el dercecho de disputar y alterar el orden natural de las cosas. No obstante, debía ser tan evidente que las masas oprimidas necesitaban de un benefactor, que hasta de Foxá, en un claro y resonante hueco en su diatriba en contra de todo lo republicano, abiertamente reconoce que las masas que participaban en la quema de iglesias, o cualquier otro ejercicio irregular de justicia, estaban en su derecho, «En efecto, eran la autoridad los limpiabotas, los que arreglan las letrinas, los mozos de estación y los carboneros. Siglos y siglos de esclavitud acumulada latían en ellos con una fuerza indomable.» (215)

En El cabo de las tormentas, el marqués, un representante débil y pusilánime de la aristocracia que siente profundamente el abandono de Alfonso XIII, observa a las masas que se apoderan de Madrid después de las elecciones, «¡Qué fenómeno extraño produce la disolución de una monarquía. Hemos sustituido el olor a perfume de la Monarquía con el olor a cuadra de la democracia.» (215) Baroja nos proporciona esta actitud desdeñosa del marqués, al mismo tiempo que rápidamente hace aún más hincapié en que las necesidades sociales tan apremiantes de la mayoría debían prevalecer. El hijo del marqués se compadece de la causa republicana, pero se ha desviado más a la izquierda hacia el comunismo, ya que percibe que en esencia los derivados de la implantación de la República serán demasiado burgueses, «El joven se hallaba plenamente convencido de que, tanto él como toda su familia, eran unos señores inútiles y perjudiciales, dignos de ser exterminados.» (424) A fin de cuentas, a pesar de que Baroja no se alia abiertamente con ninguno de los bandos y prefiere mantenerse en el limbo político arremetiendo contra unos y otros, creo que tiende a simpatizarse más con la causa republicana. Mientras el marqués se acobarda ante el furor de las masas, sugiere que, al menos, «..la Monarquía garantizaba el orden.» A lo que contesta otro, «Pero, ¿qué orden ? Machacando a todos los elementos vivos y trabajadores, haciendo una selección al revés.» (426) Baroja parece querer decirnos que por encima de todo, hay que ser justos.

Se puede afirmar que una comprensión del período volátil que desembocó en la Guerra Civil en 1936 claramente depende de una balanceada comprensión de una variedad de configuraciones históricas. Por otra parte, comprender la entreverada serie de acontecimientos sociales y políticos que llevó a la contienda que terminó hace casi 70 años, pero que todavía levanta pasiones entre partidos políticos y distintos colectivos de la sociedad española, parece pedir que la persona interesada haga una consulta de testimonios más subjetivos que un tratado histórico. En esa tesitura, la novela, tanto de uno como de otro lado, satisface esa necesidad. Al mismo tiempo, este género aporta cuantiosamente a nuestra comprensión porque permite que percibamos el abanico extenso de emociones y necesidades vitales de la gente, más allá de cifras y gráficos. Fueron esas emociones y necesidades vitales del pueblo las que se estrellaron con la tradición inamovible que parecía garantizar la Monarquía. Y a final de cuentas, el solapamiento de la historia con la literatura en el período de la Segunda República, nos permite opinar con claridad que tratar injustamente y herir la dignidad de un pueblo sólo puede llevar a un mal histórico como fue la Guerra Civil Española.

 

Notas (todas las traducciones son mías)

[1] Gabriel Jackson considera generalmente que la República bajo Manuel Azaña llevó a cabo mejoras considerables pero que fracasó en varias áreas, reforma militar y agraria, y en una inhabilidad de calcular certeramente la importancia de la Iglesia para muchos españoles, o cómo lo llama él, «…la atrición moral que se desarrolló de su guerra con la Iglesia.» (300)

[2] «Las alternatives de 1923, 1926 o 1930 hubieran sido, en cada caso, preferibles a un cambio abrupto de régimen, el cual demsotró ser demasiado radical, un salto en la oscuridad que eliminó la continuidad institucional y una influencia moderadora que pudiera haber hecho un régimen democrático más viable.» Payne sigue, “El régimen liberal de 1875-1923, a pesar de sus defectos, había sido un logro cívico principal. Hizo posible elecciones progresivamente más justas, un acceso creciente para la oposición, turnos en el poder, una reforma institucional extensa, todo lo cual no tenía que haber terminado en 1923…Por lo menos y como mínimo, el año 1926 debía haber traído elecciones nuevas y un retorno al gobierno parlamentario…tales sucesos no tenían que haber sido imposibles después de la dismisión de Primo de Rivera en enero de 1930 si se hubieran convocado elecciones dentro de 90 días.» (340)

[3] «Hacía mucho tiempo que la cruzada la llevaba a cabo la Iglesia por sus propios intereses institucionales, por su propia supervivencia. El coste de la supervivencia fue la destrucción de la República.»

[4] «La falta de entusiasmo de Baroja por el futuro y la eficacia del experimento republicano se debió menos al nihilismo que a una desilusión constante en la habilidad de la política convencional de responder a las capacidades de España, tales como él las concebía.»

[5] No es descabellado sugerir que la misma noción aún existe en España. En el 2006 el 75 aniversario de la instalación de la Segunda República aceleró la acritud entre el PP y el PSOE. La reciente propuesta de ley sobre la Recuperación de la Memoria Histórica ha sido fuente de discordia entre los principales partidos políticos. El objetivo de la ley es buscar una forma de reparar los daños provocados por la Guerra Civil y la dictadura que la siguió, y «En definitiva…dar satisfacción a los ciudadanos que sufrieron, directamente o en la persona de sus familiares, las consecuencias de la tragedia de la Guerra Civil o de la represión de la Dictadura.» Pero hasta este aparente objetivo noble ha encontrado mucha resistencia por parte del PP, vistos por muchos como los herederos del pensamiento nacionalista. Especificamente uno de los artículos contempla dar a los familiares de víctimas de la Guerra Civil la posibilidad de exhumar a éstas. Mariano Rajoy se ha manifestado abiertamente en contra de la ley alegando que hurgar en la historia no conduce a resultados favorables para nadie, «La inmensa mayoría de los españoles no quiere una revisión de la historia, ni quieren volver a hablar de la República ni de Franco» porque no sirve «absolutamente para nada». (El Mundo)

[6] « …la creencia sólida [de la aristocracia, los monárquicos, nacionlistas, fascistas incipientes] en distincción de clase, estabilidad social, orden y obediencia a los superiores de uno como lo más importante a la supervivencia del Estado civilizado, la desigualdad de oportunidad que surge a raiz de la herencia, el nacimiento, la riqueza, la hermosura física, la habilidad…una actitud desdeñosa o condescendente hacia los inferiores, incluyendo a todos los obreros, y por supuesto una aceptación de la pobreza demoledora de las clases sociales más bajas como parte del orden natural de las cosas.»

[7] «Le aclaró que sólo podía mantener su posición a costa de una guerra civil.»

[8] «…demasiado ambiciosa e ineficaz…a la fuerza intolerable de los católicos de todas las señas políticas, incluso aquellos que estuvieran preparados para aceptar como inevitable la aconfesionalización del estado. »

[9] « …se ocupó vigorosamente con cualquier oposición, pasó la draconiana «Ley por la defensa de la República» que incluía ley marcial, arresto arbitrario, el cierre indiscriminado de la prensa, y deportación a las colonias.»

[10] «Aunque la coalición Azaña demostró en sus presupuestos una preocupación amplia por el bienestar del pueblo, fracasó en su intento de paliar el más grave tema social de la época, el socio-agrario.»

 

Bibliografía

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Proyecto de Ley por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la Guerra Civil y la Dictadura. (10.10.07)
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«Un proyecto de ley que no satisface a nadie» El Mundo 28 julio 2007.
http://www.elmundo.es/elmundo/2006/07/28/espana/1154098812.html

 

© Daniel Gier 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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