La vida malgastada:
Variaciones y reincidencias en la poesía de Javier Salvago

Norberto Pérez García

I.E.S. La Poveda de Arganda del Rey
npg642001@yahoo.es


 

   
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Resumen: Javier Salvago, uno de los autores del 70 que anticipan más claramente la llamada “poesía de la experiencia”, articula la mayor parte de sus poemas en torno a un puñado de motivos. En esta nota se estudia el más significativo de sus temas, la derrota vital.
Palabras clave: Salvago, poesía de la experiencia, intertextualidad.

 

En 1997 reunió Javier Salvago la mayor parte de su obra lírica con el significativo título de Variaciones y reincidencias [1]. Como él mismo confiesa en la nota introductoria a este volumen, sus libros tienen una continuidad temática y estilística tan acusada que garantiza la unidad de su labor poética. Poemas que recuerdan a ratos a Bécquer o a Manuel Machado si no a Cernuda o Gil de Biedma; usos métricos que apuntan a las coplas populares, a la vieja sextina provenzal o a un verso libre que lleva implícito el ritmo endecasílabo o alejandrino; o una constante utilización de alguno de los procedimientos característicos de la poesía de la experiencia (la cotidianeidad, la máscara, el tono narrativo, el lenguaje conversacional, la retórica de la ironía…) aparecen a lo largo de todas su producción.

Pero lo que identifica claramente la poesía de Salvago y la dota de una evidente cohesión unitaria es, sobre todo, la presencia de un puñado de motivos constantemente reiterados y que se aglutinan en torno a la derrota vital, en torno al “tema de la vida malgastada” (p. 218). El poema “Ulises”, incluido en su libro homónimo, es una buena síntesis de todos estos temas [2].

Articulado como una pequeña narración de la vida cotidiana de un personaje aniquilado por la existencia, la sucesión de los acontecimientos diarios da pie a una meditación salobre y desesperanzada sobre la vida de este Ulises moderno, modelado sobre Joyce y presentado con una tercera persona como procedimiento distanciador semejante al correlato objetivo de la mejor tradición inglesa.

El protagonista se levanta cansado y de mal humor, realiza sin entusiasmo las tareas cotidianas y laborales y se siente desencantado y estafado por una existencia marcada por la monotonía y por las miserias de una sociedad superficial a la que no es capaz de enfrentarse. Sabedor de la inanidad de una vida malograda, no tiene fuerzas para rebelarse contra el fracaso ni para aceptar algunas tentaciones que acentúan la sensación de pérdida del vigor y las ilusiones juveniles. Y el día concluye, tras una inevitable y absurda discusión matrimonial, con la misma sensación de abatimiento y desesperación con el que comenzó su enredo rutinario.

La monotonía, el desengaño, el sentimiento de fracaso, las pérdidas que acarrea el tiempo, la sensación de orfandad acentuada por los recuerdos, la realidad que no se sabe acoplar a los deseos personales, la vida malgastada de este poema, aparecen aquí y allá a lo largo de todos sus libros.

Ya en La destrucción y el humor se apreciaba la losa profunda de la cotidianeidad, en poemas como el titulado “Con los brazos abiertos” (p. 21) así como el sentimiento de pérdida de la niñez, de las pérdidas inevitables que ocasiona el paso del tiempo, la erosión del amor, la rigidez de la soledad o la amargura de los recuerdos, pero, sobre todo, empezaba a dominarlo todo la acidez de una vida que asume la monotonía existencial (“Hoy como ayer”, p. 17) y el desencanto absoluto (“En ceniza terminan/ todos los fuegos”, p. 24) ya que nuestro propio transcurso nos va enseñando “que no está en ninguna parte/ ese mundo ideal con el que el hombre/ sueña en su juventud” (p.35) [3].

El tema se enriquece y diversifica en las siguientes entregas. Con el paso de los años el hombre descubre “La ley de la vida” (p. 63), ese “reino de previstas sorpresas” (p. 63) en el que cada día es como otro día “que se vierte en el vacío” (p. 107) y en el que “el único asunto/ es cubrir la jornada” (p. 217). Puede parecer que esta existencia rutinaria conlleva la paz de espíritu, pero en el fondo vivir “sin ganas ni ilusión” (p. 217) nos convierte en seres desorientados, sin horizontes futuros y con la rémora de las pérdidas pasadas: languidece el amor, se debilita la pasión por la poesía, convertida en un juego vacío, la juventud y los sentimientos adolescentes son a menudo un recuerdo desagradable, y la niñez no es sino una fábula lejana…

La actitud personal de la voz poemática no puede ser otra, por lo tanto, que el desengaño: las calles que sugerían el mito de la Arcadia se convierten en la antesala del Infierno en el poema “Invocación”, de En la perfecta edad, y en la “Glosa” de un célebre verso de Garcilaso la vida se nos presenta como “un vano experimento” (p. 83). Todo es mentira, “el mundo y sus pompas son un fraude/ y una trampa la vida” (p. 128). Los libros y la poesía son, pese a las pretensiones del autor, poco más que un espejo de este desencanto, que solo puede endulzarse con la ironía, y que es proyectado en imágenes diversas (una cosecha desventurada que malogra las semillas, unos hombres que han adulterado los sueños infantiles, la madurez como una trampa o una estafa, el año nuevo que anuncia desgracias por venir) y descrito en unos pocos versos de Los mejores años:

        Con el dinero justo siempre,
        sin poder y sin gloria, mas bien harto
        del poder y la gloria, de versitos
        bonitos, de la vida y sus trabajos
- de contarle a un papel lo que ha vivido
en lugar de olvidarlo-.
de ser hombre, de ser poeta lírico,
de vivir, de saber que el arte es largo. (156)

Con múltiples guiños a Gil de Biedma, esta ácida visión de la existencia aparece condensada en uno de los últimos poemas escritos por Salvago, “Nada importa nada”, un recuento de desengaños: el amor, la juventud, la belleza, la esperanza, las ilusiones, las ambiciones, nada significa nada.

Y es que una cosa es la realidad y otra nuestros deseos. Rodeado, como Tántalo, de anuncios y promesas de paraísos, el hombre aspira a lo imposible y malgasta su existencia en un rosario de fracasos, porque jamás, como diría Cernuda, casan el sueño y la vida.

Tan desolada visión del mundo sólo presenta pequeños respiraderos en la resignación final de la supervivencia. Todas nuestras identidades fracasadas, aunque nos parezcan, platónicamente, superiores a nuestro ser diario, están basadas en unos sueños engañosos que conviene reconocer:

No soy el mejor yo.
Pero, al menos, aguanto y sobrevivo.
Los demás, con sus sueños
-cansados, derrotados, aburridos-
fueron cayendo
uno tras otro en el camino. (p. 133)

La vida es así una lucha a menudo equivocada y en la que se malgastan casi todas las energías vitales. Pero tiene sus momentos de encanto y un aliado defensivo, ese humor o esa ironía que encauza nuestras fuerzas e impide nuestra destrucción.

¿Comprende usted por que sonrío?
Sólo el humor me salva. (p. 25)

había escrito a propósito de la falta de amor Salvago en un poema de juventud. Y con un tono más amargo lo volverá a repetir muchos años después en Ulises:

Era la destrucción
o el humor. La ironía,
al quite, vino a echarme un capotazo. (p. 210)

Es por aquí por donde la voz de Salvago se humaniza y se hace cordial e inolvidable para el lector. Al disolver a menudo la trascendencia de esa metafísica de la negación que es su obra, el personaje poemático puede aceptarse humanamente y transmitir una sensación de humildad en la que el receptor puede reconocerse como un igual que comparte concepciones y valores con esa propuesta individualista con la que el autor ocupa Un lugar en el mundo.[4]

 

NOTAS

[1] Cfr. SALVAGO, J.: Variaciones y reincidencias (Poesía 1977-1997), Sevilla, Renacimiento, 1997. Las citas se harán dentro del texto entre paréntesis y por esta edición.

[2] Aunque la escasa crítica sobre Salvago oscila entre las observaciones sueltas en antologías colectivas y las hojas volanderas de periódicos, este poema ha sido bien estudiado por, entre otros, MOLERO DE LA IGLESIA, A: “Ulises”, en AA.VV.: Cien años de poesía. 72 poemas españoles del siglo XX. Estructuras poéticas y pautas críticas, Bern, Peter Lang, 2001, pp. 726-733; BARÓN, E. : “Javier Salvago: Ulises urbano”, Literatura comparada. Relaciones literarias hispano-inglesas (siglo XX), Almería, Universidad, 1999, pp. 129-138; ARCAZ POZO, J.L.: “Mito clásico y poesía española actual: el tema de Ulises en un poema de Javier Salvago”, Exemplaria, III (1999), pp. 177-184.

[3] En su primerizo y fallido libro, no recogido en la edición de Renacimiento, Canciones del amor amargo y otros poemas, Sevilla, Angaro, 1977, están ya apuntados, aunque sin ironía, el fracaso, la monotonía y esa resignación de “vivir un nuevo día/ sabiendo que la suerte está echada” (p. 24).

[4] Basado en un verso del autor, así se titula una reciente antología de su obra recopilada por José Cenizo Jiménez y publicada en Sevilla en 2006.

 

© Norberto Pérez García 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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