La desaparición del rostro:
la poética de la máscara en Fernando Pessoa y René Magritte

José Alberto Sánchez Martínez

Universidad Autónoma Metropolitana
UAM-X (México)
palabrapajaro@hotmail.com


 

   
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Resumen: El siguiente artículo ensayístico explora el papel de la máscara y la desaparición del rostro como medio de identidad en el poeta Fernando Pessoa y el artista plástico René Magritte. Lo que se intenta estudiar es la diferencia en cuanto a la concepción de la máscara. Sabemos que la máscara tiene múltiples dimensiones de lectura y Pessoa se ocupó de mirar la máscara como una imposición del sistema, para él la desaparición del rostro está ligada a la desaparición de la persona; en Magritte la máscara adquiere la tonalidad de juego, es decir permite a la persona aparecerse de otra manera.
Palabras clave: Fernando Pessoa, Magritte

 

Ella es tan clara que ya no es ninguna.
Luis Alberto Spineta

 

Desaparecer es irse, deshacerse como una bola de estambre hasta ser una línea que el viento va borrando, es abandonar el extremo último del dibujo, pisar del otro lado. Desaparecer es ser externo/extremo, habitar la exterioridad de la interioridad. Es estar de otro modo, con alas suspendido sobre las estatuas de concreto.

Desaparecer para cruzar los muros, las palabras, los cuerpos. Desaparecer para ser visto por otra mirada, la que aprendió a no-mirar la superficie. Todo el juego de la ausencia descansa sobre estos dilemas. Tema muy recurrente cuando revisamos los diferentes pliegues del pensamiento. Su presencia rebasa con mucho las intenciones de este breve ensayo. Pero, lo que si podemos aseverar es que a pesar de sus diversas interpretaciones, la desaparición, el acto de desaparecer como fenómeno visual está ligado a un ocultamiento más que a una anulación, es decir, pertenece a una forma de magia más que a un acto de muerte. El viaje zarpa del Dios muerto de Nietzsche como perdida de visibilidad, hacía la deconstrucción de Derrida como búsqueda de aparición.

La filosofía, por ejemplo, ve la desaparición no como un despojo presencial del hombre, como una fuga, sino como un descubrimiento, encuentro de aquello que en apariencia no está visible en el hombre, el alma, la parte invisible de lo visible. A través del ejercicio de conjugar lo visible y lo no visible el filosofo aparece un conocimiento que tiende hacía la visibilidad del hombre.

En la Ciencia Social, bajo el mismo sentido ejemplificador, la recurrencia ha consistido, sobre todo desde lo que se ha tendido en llamar Modernidad, en pensar al hombre más que en sus formas de desaparición, en sus formas de presentación: la identidad. Siempre de manera paradójica, la crítica ha visto al hombre moderno como un ser cada vez más escindido de sí mismo. Esa alteridad demediada ha arrojado funcionalidades, estructuras, formas y conductas sociales, que vienen a velar, a poner un velo en el conocimiento que el humano tenía de sí, había conquistado de sí. La desaparición, visibilidad ausente, es siempre, y sobre todo a partir de la modernidad, simbólica. Así viene a ser una flecha que señala cómo el hombre va perdiendo visibilidad, cómo se va difuminando en la espesura de una neblina lógica, positivista y racionalista.

En esta misma línea, al concebirse la sociedad como teatro, la presentación (visibilidad) también es transferida a una teatralidad, el actor viene a convertirse en lo único visible. Dotado de un papel que representar, el actor porta disfraz y máscara: la visibilidad como atuendo, como segundo rostro: invisibilidad como primer rostro, como rastro olvidado [1].

En ese sentido, la desaparición viene a dar un trastrocamiento a todas las formas de búsqueda, presentación y representación identitaria. Rostro y máscara plantean un juego de encuentro y de perdida, de presentación y de encubrimiento. Sumida en una paradoja, la máscara, símbolo mítico y arquetípico de la representación del hombre en su búsqueda por un conocimiento silencioso de sí, viene a ser cubierta por un rostro desfigurado, es sepultada por un rostro transparente, es decir una nueva máscara que pierde de vista toda la ludicidad cultural del hombre arcaico.

En ese sentido la desaparición, no es exclusiva del orden filosófico ni social. El arte a través de sus diferentes artificios, impone el ejercicio de hacer más visible al hombre. Se ha percatado que aquello que la Ciencia Social llama desaparición no es sino algo velado, ven un hombre y una realidad cortinados. El arte explora las metáforas de su velación, se concentra en la desaparición de manera directa, de ahí el hablar del silencio, de ahí la otredad; la desaparición no es el esqueleto, los restos, la nada, sino el gesto, la seña, la forma que aún emana de lo transparente.

Mientras aquéllas lo señalan, ven al hombre en la forma en que se presenta, forma en que está aparecido, o aparenta ser visible, ésta (el arte, la creación), lo señala en su desaparición, en una poética lúdica.

 

Del rostro-máscara a la máscara-rostro

Máscara y rostro han estado ahí luchando por una superposición de visibilidades, aunque no siempre uno desaparecido y la otra visible. Siempre, quiere decir que el rostro es en un sentido de desnudez una máscara, careta dibujada sobre el papel de la carne. Y cada papel-carne contiene un dibujo distinto: el papel-carne se distingue, en la individualidad, por las figuras de los distintos dibujos. Reforzados por las palabras a través del nombre, forman el contorno de identidad, la frontera de la identidad.

Detrás del rostro o máscara-cara, está la máscara, una plus fisonomía. Ésta posee dos dimensiones: de búsqueda y de presentación. En la primera, sobre la careta pintada se pinta, se raya, se cubre, se representa; el humano se enmascara para buscarse, la máscara viene a propiciar la desaparición de la identidad individual para localizar una identidad comunitaria; a través de ella crea un parentesco común que intenta relacionarse con la realidad, el mundo y el universo; se sabe por tanto cubierto de un rostro individual y de un rostro artificial. Basta revisar todas las grandes culturas para comprobar la presencia de las máscaras, así como sus funciones [2].

La segunda forma pertenece a una situación semi-parecida. En primer lugar la máscara deja de tener un aspecto material, no se raya el rostro ni se cubre, aunque su connotación continua siendo la de cubrimiento. Sobra decir que ésta máscara se amolda, se amalgama al rostro casi inconscientemente, básicamente determinada por las estructuras y las funciones sociales en las que el actor tiene que actuar, no jugar, como ocurría en el primer caso. En segundo lugar, la frontera entre lo individual y lo colectivo, con la presencia de esta máscara insustancial, se va difuminando, por un pase de magia semiótico el rostro se va volviendo la máscara, sólo vemos a quien se parece a nosotros, nos vemos sólo en la colectividad, el rostro individual queda nada más para ciertos espacios, espacios muy íntimos. Del rostro-máscara a la máscara-rostro es el viaje. Un viaje por cierto paradójico. La individualidad desde esta perspectiva puede ser entendida como es el aislamiento visual que el hombre hace de sí en el conjunto de una colectividad enmascarada. Aunque las acciones de su presencia son medibles a través de formas como el consumo o los atavíos materiales, éstos no son sino el ejercicio por despojarse la máscara que lo transparenta. Sin máscara podría ser visible, pero también corre el riesgo de convertirse en monstruo. Sobran ejemplos de personajes que han intentado vivir desenmascarados: Rimbaud, Artaud, o el caso que nos compete Pessoa [3].

En todos los lugares de la vida, en todas las situaciones y convivencias, yo fui siempre, para todos un intruso, por lo menos fui siempre un extraño. Rodeado de parientes o simples conocidos, siempre fui sentido como alguien de fuera [4].

La ambigüedad de la máscara consiste en que el hombre arcaico veía en ella la revelación de un secreto, un secreto de su propio rostro, de su rostro que guardaba una estrecha comunicación con todos los ordenes cósmicos de su vida, tanto metafísica, como social. Al ser la máscara revelación de un secreto, lo mostraba, lo descubría, lo mantenía visible en su distancia con el otro.

Para el humano moderno, la máscara, desde el punto de vista metafísico y mítico es un objeto disfuncional. Su única función consiste en volver el rostro un secreto, secreto por cierto sin ninguna connotación, sin ninguna profundidad comunicativa, es un objeto individual que sirve para presentarse socialmente. Desposeída de su abismo metafísico, la máscara apresa el rostro, lo esconde hasta encarnarlo. El rostro, en este proceso, siente que ya no es de ese cuerpo, al perder exterioridad pierde también el sentido de ver y ser visto.

El rostro por su lado también participa de una ambigüedad. Para el hombre contemporáneo, el rostro es esencialmente presentación, una forma de verse. La visibilidad del rostro contemporáneo descansa más allá del mito de Narciso, un espejo donde lo que se ve no es el otro ni a sí mismo, sino algo que no tiene forma, o que tiene una forma ajena. Vaciado de alteridad, de secreto, el rostro es condenado a una envoltura que lo apresa, que lo hostiga si cesar.

 

La máscara no mirada

Fernando Pessoa ha retratado muy bien esa disparidad entre rostro y máscara, ha atisbado el paso del rostro a la máscara. Dice en su poema de Tabaquería:

(…)
creyeron que yo era el que no era, no los desmentí y me perdí
cuando quise arrancarme la máscara,
la tenía pegada a la cara
cuando la arranqué y me vi en el espejo
estaba desfigurado [5]

El peligro de quitarse la máscara es que detrás de ella no hay nada, nadie, el que no es. La máscara de la identidad social sepulta a la persona hasta desfigurarlo. La pregunta sería, ¿puede una máscara vivir sin máscara?, la respuesta no tiene pregunta, porque para contestarla habría que quitarse la máscara. Toda máscara surge en el uso del rostro, al frotar el rostro con otro rostro, en un juego de presentación, en la creación de un fuego. La crítica de Pessoa sobre la máscara recae sobre la mentira que el individuo construye para poder vivir, se remite al funcionamiento de una necesidad social de supervivencia.

Esa máscara obstruye el paso de la mirada, choca como en un vidrio y se dispersa a otros lados. Puede ser también que la mirada entrevea un hombre sin trasfondo y evite la mirada del enmascarado: la mirada cierra los ojos para que el vacío no llegue a mirarla. Este acto crea la especularidad en la cual Pessoa se arranca la máscara, al no ver nada que lo vea trata de desvestirse para poder por lo menos mirarse. “Basta con que quiera una cosa para que esa cosa muera” - dice Pessoa - y de acuerdo con George Didi-Huberman, lo que vemos y no nos mira crea un efecto de muerte para lo que no nos mira, ya que pierde su profundidad, se entierra. La ausencia de mirada sepulta al objeto no mirado:

El hombre de la tautología - como en lo sucesivo nuestra construcción hipotética nos autoriza a denominarlo - habrá fundado pues su ejercicio de la visión en toda una serie de obligaciones con la forma de (falsas) victorias sobre los poderes inquietantes de la escisión. Lo habrá hecho todo, ese hombre de la tautología, para recusar las lactancias del objeto, afirmando como un triunfo la identidad manifiesta - mínima, tautológica - de ese objeto mismo: (…) Lo habrá hecho todo en consecuencia, para impugnar la temporalidad del objeto, el trabajo del tiempo o de la metamorfosis del objeto, el trabajo de la memoria - o del asedio - en la mirada [6].

En efecto, cuando Pessoa dice: “Nadie me conoció bajo la máscara (…) Me acogieron en sus casas, sus manos apretaron las mías, me vieron pasar por la calle como si yo estuviera allí; pero quien yo soy nunca estuvo en aquellas salas, quien yo me vivo, no tiene manos que otros puedan apretar, quien yo me sé no tiene calles por donde pasar, a no ser que sean todas las calles, ni posibilidad de ser visto por ellas, a no ser que él mismo sea todos los demás”, reconoce que hay espacios donde la mirada abre los ojos para mirarlo, una mirada que viene desde el fondo del otro.

 

René Magritte o el desenmascaramiento del secreto

En ese sentido Magritte es importante porque aporta una dimensión al discurso. Mientras Pessoa intenta desgarrar la máscara, René Magritte parece incitarnos a cubrirla para inventar el rostro. Ya no le interesa ver el rostro que en apariencia no esta, sino vestirlo de nuevas máscaras, de ficciones. Magritte es en ese sentido arcaico.

Mientras Pessoa rasca hacia el interior, Magritte parte hacia la exterioridad, ambos buscan esa exterioridad, sólo que aquél se interna en un túnel para hallar y éste se abisma en el espacio para encontrar lo mismo: el desenmascaramiento del rostro, del secreto.

Nos interesa especialmente de él la sección de obras tituladas Los amantes. En esos cuadros la desaparición es intencional. Los rostros son cubiertos por unos pañuelos blancos, en ambos cuadros las figuras aparecen mediadas por la unión amorosa: el beso y la caricia.

Tanto beso y caricia son accesos al otro y a lo otro. Se besan sin rostro, como dos luces que chocan para crear sombra, la sombra sería el rostro que desaparecido, o desposeído de secreto, el secreto de la máscara ficticia, le da cuerpo al encuentro.

En Magritte la máscara besa la máscara. El rostro viene de muy lejos, tal vez del dejar de ser, desde una era imaginaria diría José Lezama Lima. La mirada encuentra y se topa ya no una desaparición, es decir, una zona prohibida, sino transparencia, una zona límite que coincide con la presencia, con esa dimensión de la que hablábamos anteriormente. Mientras la desaparición crea un espacio de invisibilidad para la mirada, un laberinto visual, la transparencia permite ver a través del otro, permite cruzarlo. Ya André Bretón había señalado que los encuentros al azar tendían a hacer más visible al otro. Él soñaba con encontrar al desconocido en un encuentro de azar predeterminado.

Podríamos concluir diciendo que el rostro se va perdiendo a medida que lo cubrimos, pero hay ciertas formas de cubrirlo que lo des-cubren. Yo en este momento, mientras escribo soy transparente, porque he cubierto mi rostro con un descubrimiento: la máscara de las palabras.

 

Notas

[1] Véase Erving Goffman. La presentación de la persona en la vida cotidiana. Amorrortu Editores. Argentina. 2006.

[2] Véase Claude Lévy-Strauss. La vía de las máscaras. Siglo XXI editores. México. 1981.

[3] Véase José Miguel G. Cortés. Orden y caos. Un estudio sobre lo monstruoso en el arte. Anagrama. España. 1997.

[4] Fernando Pessoa. Libro del desasosiego. El acantilado. España. 2002. p. 436.

[5] Fernando Pessoa. Antología. UNAM, México. 1962. Tomado del poema Tabaquería.

[6] Fernando Pessoa. Op, cit., España. 2002. p. 438.

 

© José Alberto Sánchez Martínez 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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