Interrelaciones temáticas en la literatura épica oriental:
la India arcaica, el Japón imperial y la epopeya del rey Gesar de Ling

Miquel Aguilar Montero

Universitat de Lleida (UdL)
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Resumen: La literatura épica universal muestra múltiples conexiones que nos permiten observar cómo este género, el primero en la historia literaria de la humanidad, ha perdurado de forma homogénea a lo largo de los siglos y a lo ancho de todas las culturas que lo han cultivado. La literatura épica universal, en este sentido, mantiene evidentes interrelaciones temáticas y estilísticas desde la antigua Sumeria hasta nuestro siglo xxi. El presente artículo, derivado de un trabajo de investigación mucho más amplio titulado Fundamentos teóricos de la literatura épica universal, se centra en la épica del lejano Oriente arcaico y medieval, especialmente en las similitudes que el lector puede encontrar en obras como el Mahabharata y el Ramayana (siglos viii-i y v a. C., respectivamente), el Kojiki (s. viii d. C.) y la epopeya de Gesar, que aún hoy en día se sigue cantando en territorios de Asia.
    El trabajo de investigación Fundamentos teóricos de la literatura épica universal partía de dos hipótesis: a) que la épica de todos los tiempos y lugares ha sido y sigue siendo un género homogéneo, incluso en nuestros días, y b) que a comienzos de nuestro siglo continúa ejerciendo una importante función social basada en la pedagogía mediante el entretenimiento. En las conclusiones del presente artículo, a pesar de todo, tan sólo procuraremos sintetizar en diez puntos en qué nos basamos para demostrar la presunta homogeneidad de la literatura épica, tanto la oriental arcaica y medieval como la cultivada en otras culturas y épocas. La función de la épica (literaria o mediante otros formatos) en nuestro siglo a partir de estas conclusiones, por ahora, es una línea de estudio aún abierta.
Palabras clave: literatura épica, literatura comparada, India, China, Japón.

 

La India arcaica: el Mahabharata y el Ramayana

El valle de los ríos Indo (o Sindhu) y Ghaggar-Hakra (o Saraswati) vieron nacer, en algún momento del viii milenio a. C., las primeras formas conocidas de cultura plenamente neolítica en el sureste asiático. Es el caso de la zona de Mehgarh, donde se han sido encontradas numerosas construcciones de ladrillo y piedra, herramientas agrícolas y utensilios varios. Entre los años 6000 y 3000 a. C., el valle del río Indo fue definitivamente ocupado por aquellos primeros productores y se fue tejiendo una sociedad que, a finales del iv milenio a. C., ya poseía ciudades fortificadas y una cultura progresivamente homogeneizada. Este proceso evolutivo generó la «civilización del Indo», fechada entre los años 3300 y 1600 a. C., que destacaba especialmente por las primeras formas de escritura [1] que produjo y que, cronológicamente, podemos considerar casi coetáneas a las de Sumeria o el antiguo Egipto; por la creciente urbanización y centralización de los poderes político, económico y religioso en ciudadelas más elevadas que las viviendas ordinarias de las ciudades, [2] y por el desarrollo de la agricultura (maíz, cebada, sésamo, legumbres, dátiles, melones, algodón y arroz), de la ganadería (domesticación de asnos y bueyes, búfalos, elefantes y animales de granja) y del comercio (metales y piedras preciosas, joyas, herramientas y cerámica). Algunos registros administrativos de la antigua Sumeria también plasman la existencia de tal civilización, que conocían como meluhha y con quien seguramente establecieron contacto mediante el tráfico comercial de lapislázuli, oro y plata. Esta civilización, del mismo modo que la egipcia, fue posible gracias a las puntuales crecidas fluviales que depositaban sedimentos muy fértiles y ricos para el cultivo. Por este mismo motivo, hacia el 1600 a. C. y a causa de un cambio climático que desfavoreció la productividad de la tierra, las ciudades del Indo fueron progresivamente abandonadas por sus habitantes. La civilización del Indo, pese a todo, no despareció totalmente, sino que aún perduró y fue conquistada tras las invasiones de las tribus arias indoeuropeas provenientes de Pakistán, que, a partir del 1500 a. C., se asentaron permanentemente alrededor de varios cursos fluviales menores próximos al Indo, mezclándose así con la población autóctona y generando una nueva cultura indoaria.

A partir de las invasiones y el establecimiento de esta cultura indoaria en el sureste asiático comienza un nuevo período en la India arcaica conocido como védico, que perdurará durante todo el ii milenio a. C. y la primera mitad del i milenio a. C. La nueva era dividirá el actual territorio de la India en más de un centenar de reinos independientes que, entre los años 1500 y 700 a. C., se aglutinarán paulatinamente hasta llegar al período de los mahajanapadas (700-300 a. C.), un total de dieciséis monarquías hereditarias ubicadas entre el norte y el noroeste de la península [3] que acabarán por convertirse en el Imperio Maurya (321-184 a. C.).

El período védico de la India recibe su nombre de los textos clásicos del hinduismo, los Vedas (o Sanatana Dharma), una inmensa compilación de literatura oral mística y religiosa que tomó forma escrita entre los años 1500 y 500 a. C., tradicionalmente dividida en el Rig-Veda, [4] el Sama-Veda, [5] el Yajur-Veda [6] (canónicos) y el Atharva-Veda [7] (apócrifo). Para los hinduistas, los Vedas (término que significa conocimientos o libros sagrados) son los libros fundacionales y más venerados de su religión; además, la filosofía hinduista proclama que no fueron creados por el hombre ni transmitidos por divinidad alguna, sino que han formado y formaran parte de la naturaleza eternamente. Este crucial período de la historia de la India arcaica también destaca por el hecho de que, hacia el año 537 a. C., Siddhartha Gautama Buddha (563-483 a. C.) fundó la religión budista y Mahavira Jayanti (599-527 a. C.), el jainismo.

La historiografía de la India arcaica es extremadamente compleja y cambiante, con reinos e interregnos que se superponen en la línea cronológica del tiempo y fuertes influencias provenientes del terreno poco verosímil del mito. La organización política del primer período védico, correspondiente al centenar de reinos llamados de la Edad del Hierro, dividía el territorio en rashtras (reinos), que a su vez se dividían en janas, subdivididas en vishs, que contenían las gramas (poblaciones). Al frente de un rashtra había un rajan (rey), elegido por el pueblo para desempeñar funciones militares y legislativas; el rashtra contaba con dos consejos, el sabha y el samiti, de los cuales se desconocen las competencias específicas. Respecto a la subdivisión del país, las janas estaban encabezadas por un jyeshta; los vishs, por un vishpati, y las gramas, por un gramari. Los altos funcionarios más importantes de la época eran el purohita (sacerdote supremo) y el senani (comandante jefe del ejército, con soldados a pie y carros de combate). La estructuración social de la India védica dividía a la población en cuatro castas o varnas: los brahmin (sacerdotes y sabios, incluido el purohita), los kshatiya (guerreros, incluido el rajan y el senani), los vaishya (comerciantes) y los shudra (trabajadores no cualificados).

Aún durante el período védico, los múltiples reinos surgidos en la India a raíz de las invasiones arias de hacia el 1500 a. C. se fueron unificando hasta constituirse en dieciséis mahajanapadas, entre los años 700 y 300 a. C. Estas mahajanapadas fueron grandes monarquías hereditarias con un creciente poder por parte del rey, que ya no lo elegía el pueblo y que tenía cada vez más competencias militares y legislativas; en esta etapa, el cuerpo de funcionarios se amplió notoriamente y los vaishyas y los shudras dejaron de participar activamente en los asuntos del reino.

La mahajanapada más importante fue la de Magadha, que en el año 684 a. C. se convirtió en un imperio, cuando la dinastía Shishunaga conquistó dos mahajanapadas anexas; en el año 424 a. C., un hijo ilegítimo del rajan Mahanandin se proclamó soberano de este imperio e inició una nueva dinastía, la de los Nanda. La dinastía Nanda cayó cuando, en el 321 a. C., el senani exiliado Chandragupta Maurya se hizo con el poder y fundó el Imperio Maurya, que se extendió por prácticamente toda la India actual. De este nuevo imperio surgido de las cenizas de Magadha destaca la figura del rajan Ashoka, que adoptó el budismo como religión propia y no sólo lo difundió en su reino, sino que también lo introdujo en el sur de China. El Imperio Maurya se disolvió cincuenta años después de la muerte de Ashoka, en el año 185 a. C., cuando Pusyamitra Shunga se estableció como fundador de una nueva dinastía gobernante. En este punto, con el interregno de los Shunga y la creación de los llamados reinos medios de la India, fundados por invasores de Asia Central, finaliza el período védico, durante el cual se redactaron los Vedas y también las dos extensas obras que nos interesan en este primer apartado del presente artículo: el Mahabharata y el Ramayana.

 

El Mahabharata: la guerra entre kauravas y pandavas

Una leyenda hindú cuenta que los dioses pusieron los Vedas y el Mahabharata en unas balanzas para comprobar qué obra pesaba más; las balanzas se inclinaron a favor del último y por ese motivo lo bautizaron con aquel nombre: maha (grande) bhara (peso). Otra versión de la etimología del título lo relaciona con la dinastía de Bharat, el rey mitológico que alguna vez fundó la India, de modo que Mahabharata significaría ‘lo relacionado con Bharat’ o ‘la gran India’, ya que con el nombre de Bharat también se conoce a esta nación en lengua hindi, por supuesto en honor a aquel primer rey. Pero, lejos de especulaciones, lo cierto es que el Mahabharata, aún estando atribuido a Bhagavan Vyasa, [8] fue recopilado, redactado y reescrito en sánscrito entre los siglos viii y i a. C. En el ámbito de la literatura hindú, este primer poema épico de la India pertenece a los llamados ithihasas, relatos que, como el Ramayana (que veremos en el siguiente apartado) o los Puranas, presuntamente ocurrieron en épocas muy remotas de la historia. De hecho, los hindúes de hoy aún creen que los hechos narrados en el Mahabharata, cuatro veces más extenso que la Biblia, sucedieron realmente entre los años 3200 y 3100 a. C.

El objetivo del Mahabharata es la divulgación mediante una historia de interés popular de los cuatro conceptos básicos u objetivos vitales del hinduismo: el kama (placer), el artha (riqueza), el dharma (deber) y el moksha (liberación). La comprensión global del Mahabharata es más compleja de lo que aparentemente podría parecer, ya que la obra, a parte de la historia épica de la guerra entre kauravas [9] y pandavas, [10] contiene un conjunto de leyendas y tratados filosóficos, cosmológicos y religiosos independientes intercalados en el texto, de modo que, según los principales hinduistas actuales, podrían ser extrapolados del conjunto de la narración para servir de manuales educativos al servicio de la enseñanza de la doctrina a nivel individual. Los tratados del Mahabharata son el Baghavad Gita (las lecciones filosóficas que, como los Diálogos platónicos, Krishna impartió a su discípulo, Arjuna, y que constituyen la esencia de los Upanishad), [11] el Damayanti (historia de amor entre Damayanti y Nara), el Krishnavatara (historia mítica del dios-héroe Krishna, que sobrevivió al intento de asesinato por parte de su tío Kamsa y acabó matando a éste para convertirse en una de las divinidades más veneradas de la India), [12] el Rama (versión breve del Ramayana, el otro gran poema épico del hinduismo, que se comentará más adelante), el Rishyasringa (leyenda de temática moral del santo homónimo hindú, que también se encuentra intercalada en el Ramayana) y el Vishnu Sahasnarama (himno que recita los mil nombres de Vishnu, el mantenedor, miembro de la trinidad hindú junto a Brahma, el creador, y Shiva, el destructor).

El Mahabharata, dejando de lado las historias y tratados interpolados que se han detallado en el párrafo anterior, se divide en dieciocho parvas o capítulos, que son los siguientes: el Adi-parva (introducción que explica el nacimiento y la educación de los cinco príncipes pandavas, pertenecientes a la rama joven de la dinastía Kuru, soberana del reino de Hastinapura y descendiente directa de Krishna), el Sabba-parva (se condena a los hermanos pandavas a exilio debido a un engaño perpetrado por Duriodhana, un primo de otra rama, los kauravas, de su misma dinastía, ya que ésta pretende hacerse con el poder del reino; el dios Indra, [13] valorando la injusticia cometida, construye un palacio para los príncipes exiliados en la ciudad de Indraprastha), [14] el Aranyaka-parva (crónica de los doce años de exilio de los pandavas), el Virata-parva (crónica del único año de exilio de los pandavas en el reino de Virata), el Udyoga-parva (narración de los preparativos para la guerra entre los primos enfrentados de las ramas pandava y kaurava), el Bhishma-parva, el Drona-parva, el Karna-parva y el Salya-parva (que narran el conflicto bélico), el Sauptika-parva (el ejército kaurava destruye el contingente de los príncipes pandavas durante un sueño, por lo que todo nada altera la realidad), el Stri-parva (lamento en memoria de los difuntos por parte de sus afligidas esposas), el Shanti-parva, el Anushasana-parva y el Ashvamedhika-parva (que narran la auténtica victoria de los príncipes pandavas, la coronación de Yudhishtira el virtuoso, [15] los consejos recibidos del sabio Brishma y la celebración de varias ceremonias tradicionales), el Ashrama-vasika-parva (la reina Kunti, madre de los príncipes pandavas, se exilia al bosque para morir allí), el Mausala-parva (matanza multitudinaria de los dieciséis mil hijos de Krishna durante la celebración de una fiesta), el Maha-prasthanika-parva (el rey Yudhistira y sus cuatro hermanos renuncian al gobierno y se dirigen al Himalaya para morir, episodio que simboliza el fin de la descendencia del dios Krishna) y, finalmente, el Svarga-arohana-parva (que cierra el gran poema épico explicando cómo los cinco príncipes pandavas, ya en el Himalaya, ascienden al svarga, o sea, el cielo).

Según Maynadé y Sellarés (1974), el Mahabharata «no se limita a narrar hechos, sino que extrae, de todo acontecimiento importante, la lección que incluye una enseñanza, tanto de modo concreto para los que lo vivieron como para la posteridad en forma de ley universal». [16] Ciertamente, debe interpretarse todo este primer poema épico de la India arcaica en clave simbólica, desde los personajes, que representan cualidades o defectos tipificados del ser humano, hasta la trama, que tiene por objetivo la divulgación de aquellos cuatro objetivos vitales del hinduismo comentados más arriba: el kama, el artha, el dharma y el moksha. Acerca de los personajes, sólo observando a los protagonistas del poema, el pandava Yudhishtira y el kaurava Duriodhana, se verá que ejercen el papel de polos opuestos (el bien y el mal, la virtud y el defecto, la justicia y la envidia, etc.), del mismo modo que sucede con otros personajes del género como Héctor y Aquiles, en la Ilíada homérica, o Gilgamesh y Enkidu, en la epopeya homónima sumeria (y en tantísimas otras composiciones épicas de la literatura universal). Debe tenerse en cuenta que la dualidad maniquea entre bien y mal es una constante en este género literario, una de sus características más consolidadas a lo largo de toda la historia. Lo mismo sucede con el destacable papel que la mitología juega en este tipo de relatos, especialmente la personificación de las divinidades de cada cultura: como en el resto de la producción épica clásica, desde Mesopotamia hasta Roma, pasando por el Egipto faraónico, los dioses hindúes toman parte en la vida cotidiana de los seres humanos e intervienen directamente en los episodios bélicos para favorecer a sus pupilos y perjudicar a los enemigos de éstos. En el Mahabharata, el dios Krishna no sólo facilita el conflicto entre los primos rivales, sino que lo justifica argumentando que la rama de los kauravas es una estirpe de pecadores que no ha observado sus consejos, mientras que la de los pandavas merecen una victoria por ser obedientes y virtuosos (causa-efecto entre dharma y karma); el dios Indra también ayuda a los príncipes pandavas por este mismo motivo.

Toda la inmensa narración que contienen los noventa mil versos del Mahabharata se podría condensar en una idea principal: el pecado irremediablemente conduce a la destrucción, así como el dharma conduce al moksha. Ya que Duriodhana, el mayor de los hermanos kauravas, peca gravemente para hacerse con el poder del legítimo reino de sus primos, incumpliendo de este modo el dharma pacífico y conciliador de todo hindú, se le castiga con la aniquilación total de su estirpe. Contrariamente, Yudhishtira, el pandava que acaba matando a los traidores y convirtiéndose en rey, en un pasaje del poema, reflexiona acerca de la guerra y concluye que es perjudicial bajo cualquier circunstancia, porque la victoria o la derrota son indiferentes para quienes han muerto durante la batalla. El Mahabharata, a raíz de esta importante lección, podría considerarse el primer alegato literario antibelicista de la humanidad.

 

El Ramayana: el viaje de Rama

El Ramayana es la segunda gran epopeya de la India arcaica junto con el Mahabharata, aunque de menor extensión. Etimológicamente, el título del poema épico se compone del nombre propio de su protagonista y la voz sánscrita ayana (marcha), pese a que su traducción más habitual es ‘el viaje de Rama’. El texto y la estructura actuales del Ramayana se atribuyen al poeta Valmiki, [17] pero, como en el caso del Mahabharata, el proceso definitivo de redacción de la obra se prolonga entre los siglos vi y i a. C. Aún hoy en día los hindúes más devotos pelegrinan a lo largo de las localizaciones descritas en el poema y creen que, por el mero hecho de leerlo o escucharlo recitado por un rapsoda, algunos deseos les serán concedidos y se les librará de todo mal.

El Ramayana de Valmiki se divide en siete libros que explican la historia de Rama desde su milagroso nacimiento hasta su muerte: el Balakanda, que explica la infancia y juventud de Rama en el reino de Kosala y su desposorio con la princesa Sita, hija del rey Janaka; el Ayodhyakanda, donde se obliga al rey Dasharatha a expulsar a su hijo Rama del país junto a su esposa Sita y Lakshmana, uno de sus dos hermanos; el Aranyakanda, que describe el exilio en el bosque de Rama, Sita y Lakshmana, además del rapto de Sita por parte del demonio Ravana, rey de Lanka (actual Sri Lanka); el Kishkindyakanda, a partir del cual Rama y Sugriva, el rey de una tribu de simios, inician la búsqueda de la princesa; el Sundarakanda, en el cual el simio Sundara (o Hanuman), general de la tribu de Sugriva, localiza a la princesa encarcelada en la isla de Lanka; el Yuddhakanda, que describe la guerra entre Rama y Ravana, la derrota de éste y la coronación de Rama y Sita en Ayodhya, capital del reino de Kosala, y el Uttarakanda, que narra la vida de Rama y Sita como soberanos de Kosala hasta la muerte de ambos.

La historia de la vida y las gestas de Rama comienza con el nacimiento del héroe, cuando el dios Brahma, creador del universo en la mitología hindú, establece un pacto con el demonio Ravana, rey de Lanka, según el cual éste jamás morirá a manos de un inmortal. El demonio, habiendo sellado el pacto, se alía con el resto de rakshasas (diablos) para propagar el mal e interferir en los sacrificios que los humanos ofrecen a los dioses; ante la situación, los hombres piden a Brahma una solución para asesinar a Ravana. Viendo las súplicas de sus fieles, el creador solicita a Vishnu, una de las divinidades de la trinidad hindú, que se encarne en un ser humano y mate al líder de los rakshasas, ya que el pacto establecido entre ambos no le protege ni de los hombres ni de las bestias. [18] Mientras tanto, en el reino de Kosala, el rey Dasharatha organiza un sacrificio para pedir a los dioses un sucesor, ya que ninguna de sus tres esposas ha conseguido concebir un hijo. Brahma, respondiendo a la petición del rey, le concede el nacimiento de hasta cuatro hijos: de la reina Kausalya nace Rama, el primogénito, en quien se encarna Vishnu; de la reina Kaikeyi nace Bharata, el segundo en la línea sucesoria, y de la reina Sumitra nacen los gemelos Shatrughna y Lakshmana.

La primera gesta de Rama sucede cuando aún es muy joven. El brahmin (sacerdote) Vishvamitra solicita al rey Dasharatha que le envíe a su hijo Rama para combatir contra unos rakshasas que irrumpen en sus ceremonias; el joven, que había sido entrenado en el tiro con arco, consigue matar a los demonios, por lo cual es recompensado con una serie de armas divinas que le harán invencible. [19] Por otra parte, Rama, durante su convivencia con Vishvamitra, se entera de que el rey Janaka, soberano de Mithila, ha organizado un torneo para designar quién será el esposo de su hija, la princesa Sita, cuya belleza es conocida y admirada en el mundo entero. La difícil prueba establecida por Janaka, consistente en tensar el mítico arco del dios Shiva, [20] resulta muy fácil para Rama, que no sólo lo tensa, sino que hasta llega a partirlo por la mitad, consiguiendo, además de la mano de Sita, la admiración de todo el reino de Mithila.

Habiendo vuelto a su hogar victorioso y desposado con Sita, el rey Dasharatha designa a Rama como yuvaraja (corregente) para preparar su sucesión. La reina Kaikeyi, pese a todo, envidiosa de la suerte del primogénito, reclama a Dasharatha que le conceda dos deseos prometidos años atrás, en una ocasión en que le salvó la vida: el primero será el exilio de Rama al bosque por un período de catorce años; el segundo, la designación de su propio hijo, Bharata, como yuvaraja de Kosala. El monarca, no pudiéndose negar, le concede los deseos y, muy a su pesar, expulsa a su primogénito del país. Pocos días después, Dasharatha muere y deja el reino en manos de Bharata, que ruega a su hermano que vuelva y tome posesión de todo cuanto le pertenece; ante la negativa de Rama, que decide cumplir el castigo como signo de obediencia, Bharata coloca simbólicamente en el trono las sandalias de su hermano mayor, que deberán permanecer allí hasta que el legítimo sucesor del difunto Dasharatha regrese de su exilio de catorce años. [21] Mientras tanto, Rama, Sita y Lakshmana, el hermano benjamín, cruzan el río Ganges y se encaminan a la montaña de Chitrakuta, donde encuentran lo que será su particular paraíso terrenal: «Esta bella montaña, amigo, de árboles y arbustos variados, abundante en raíces y frutas, encantadora, se asemeja a una mansión preciosa. Ascetas magnánimos habitan aquí. Este montón de rocas será para nosotros asilo seguro, amigo; quedémonos». [22] La armonía del exilio en Chitrakuta se rompe cuando Surpanakha, hermana del demonio Ravana, se enamora de Rama y convence a su malvado hermano para que secuestre a su bella esposa, dando inicio al gran eje argumental del poema épico.

Dándose cuenta del incidente, Rama y Lakshmana inician la búsqueda de Sita. Muy pronto, los hermanos encuentran a Sugriva, el rey simio de Kishkindha, depuesto por su hermano Vali, que también ha secuestrado a su esposa, Roma; ante esta situación tan similar, Rama y Lakshmana prometen a Sugriva recuperar su reino y su esposa si, a cambio, pone el ejército de Kishkindha a su disposición para encontrar a Sita. Habiendo acordado el pacto, Rama y Lakshmana cumplen su promesa y el rey simio, otra vez soberano de su país, ordena a todos sus soldados que busquen a la esposa de Rama por todas direcciones. Tras muchos esfuerzos, localizan a Sita en una prisión situada en la ciudad de Ashoka, en la isla de Lanka, bajo el poder del rakshasa Ravana.

Sugriva, entonces, envía a todo su ejército comandado por Sundara, el mejor de sus generales, de fuerza descomunal y poderes divinos. [23] El general Sundara atraviesa el océano Índico hasta la isla de Lanka, donde consigue hablar con Sita tras entregarle un anillo de su esposo que le identifica como amigo y aliado. [24] Sundara, pese a todo, es capturado por los soldados de Ravana, que le queman la cola y lo devuelven al continente. Nuevamente al lado de Rama y Sugriva, el general explica todo lo observado en el palacio de Lanka, con lo que el ejército simio comienza los preparativos de la campaña militar que deberá liberar a Sita del poder de los rakshasas.

Con todos los preparativos a punto, el único inconveniente surge del modo de atravesar el mar, ya que el general Sundara es el único capaz de hacerlo de un salto. De este modo, Rama suplica a Sagara, dios de los océanos, que permita a las tropas de Kishkindha llegar hasta las costas de la isla de Lanka. No obteniendo respuesta, Rama bombardea el océano Índico con potentes dardos hasta que, temeroso por el daño que pueda causarle, Sagara accede a facilitar la travesía prohibiendo a los monstruos marinos que ataquen a los simios: «Ni por deseo, ni por ambición, ni por temor, ¡oh príncipe!, del mismo modo que tampoco por afecto, podría solidificar mis olas pobladas de tiburones. No obstante, haré que puedas pasar; he aquí hasta dónde llegaré: los tiburones permanecerán tranquilos mientras el ejército efectúe la travesía. Para que crucen los haris [o simios], ¡oh Rama!, seré como tierra firme». [25] Del mismo modo, Sagara promete a Rama que, si consigue construir un puente entre la India y Lanka sin tocar la superficie del océano, las olas no lo destruirán y la travesía será plácida. Escuchando esta promesa, Nala, uno del los príncipes simios, dice: «Yo construiré un puente sobre los inmensos dominios de los makaras recurriendo a la industria que he heredado de mi padre. El Océano ha dicho verdad. La rama es para el hombre lo mejor del mundo, según mi parecer». [26] Así, el ejército se pone a trabajar bajo las órdenes de Nala y, cargando enormes piedras y árboles de todas las medidas, consigue construir un puente, según Valmiki, de cien joyanas de longitud. [27]

Una vez hecho y cruzado el puente de Nala, el ejército de los simios establece un campamento base en Lanka. Entre la población de la isla, al conocer la noticia, cunde el pánico, y Vibishana, [28] hermano del malvado Ravana, suplica que la princesa sea devuelta a su esposo sin derramamiento de sangre. Ravana, ante la posición contraria de su propio hermano, le expulsa del país, por lo que debe solicitar asilo político en el campamento del rey Sugriva. Habiéndose iniciado los primeros movimientos de ambos ejércitos, los rakshasas parten como favoritos al ser más numerosos que el ejército de los simios, pero un acontecimiento cambia la situación repentinamente: Vibishana, que ha enviado espías al palacio de su hermano, explica a los generales simios los detalles de la estrategia defensiva ideada por Ravana: «Las disposiciones tomadas por Ravana, que han estudiado de cerca [sus hombres]; la defensa organizada por aquel perverso, me han hecho relación de todo, ¡oh Rama!, te lo referiré exacta y completamente». [29] En cierto modo, Vibishana encarna al personaje del traidor o colaboracionista, que, en múltiples guerras históricas y literarias de todos los tiempos, ha sido capaz de variar el curso de un conflicto y decidir su final. [30] Tomando buena nota de las explicaciones de Vibishana, el héroe Rama establece el plan de ataque y se reserva la muerte del demonio Ravana para sí (ya que es su destino, tal como se ha explicado más arriba): «El miserable rey de los rakshasas, que se complace perjudicando a las tropas daitias y de los danavas [tribus de simios], del mismo modo que los rishis magnánimos, sirviéndose de su preciado privilegio, que recorre todos los mundos dañando a los seres, me reservo matarlo yo mismo». [31] Sugriva, pese a la petición de Rama, proclama su condición de líder militar del ejército simio y decide ser el primero en combatir contra el poderoso Ravana en un combate literariamente curioso, teniendo en cuenta el género que estudiamos, más propenso al belicismo crudo y sin concesiones que a la serie de ejercicios gimnásticos y sin armas descritos en el Ramayana. El final del combate no es menos glorioso, teniendo en cuenta que el rey Sugriva se retira voluntariamente y muy satisfecho pese a haberse rendido, ya que se considera afortunado de haber entablado «combate» contra el soberano de los rakshasas sin haber perdido la vida. Durante la guerra, en la cual no falta la participación de deidades de la mitología hindú, [32] mueren muchos soldados de ambos bandos. El joven Indrajit, hijo de Ravana, es una de las bajas más destacadas entre las filas de rakshasas, a la vez que el principal motivo de enfrentamiento entre el rey de Lanka y el protagonista del poema épico.

El detallismo de las escenas bélicas del Ramayana es bastante menor que el de la mayoría de obras arcaicas del género épico, especialmente si comparamos el poema hindú con las producciones griegas y romanas, como las composiciones atribuidas a Homero o la Eneida de Virgilio. Pese a todo, cuando el autor de la epopeya hindú describe una batalla multitudinaria, enumera las armas y los vehículos de combate usados por los soldados: «Masas de relucientes jabalinas, espadas, hachas, vanaras y rakshasas se herían mutuamente en la contienda, mientras la poderosa nube de humo que se había alzado en el momento más fuerte de la lucha se abatía sobre los diluvios de sangre de rakshasas y vanaras. Con elefantes matangas y carros por orillas, jabalinas por peces, estandartes por árboles, cadáveres por madera flotante, corrían ríos de sangre». [33] Cuando describe un combate individual, el autor se entretiene construyendo epítetos referentes a los protagonistas, asociados a animales feroces o a elementos de la naturaleza, en función de la clasificación moral del personaje; así, el joven Rama es el de los ojos de loto, en referencia a su belleza física, mientras que Ravana es el tigre de los rakshasas, por razones obvias. En la lucha entre ambos héroes, que ocupa todo el capítulo nonagésimo noveno del Yuddhakanda, interviene un condicionante único en todo el conjunto de la obra: las armas mágicas o divinas, no utilizadas hasta este momento. [34] La épica batalla entre los titanes Rama y Ravana finaliza con la muerte de éste, tal y como marcaba el dharma establecido por Brahma, y el retorno de aquél con Sita al reino de Kosala.

 

Épica en el Japón imperial: el Kojiki

Se tiene constancia de una primera forma de gobierno totalitario en el archipiélago japonés, concretamente en la región de Yamatö, durante el período Kofun, entre los siglos iii y vi. Esta primera dinastía imperial derivaba del reino de Yamataikoku, que ya aparece en el Libro de los tres reinos de la antigua China [35] como el más poderoso de Wa (antigua denominación china y coreana de las islas situadas más allá de sus dominios), ya que lideraba una alianza de hasta treinta reinos. Antes de la hegemonía política de Yamataikoku, durante el período Yayoi (siglos iv a. C.-iii d. C.), las fuentes oficiales chinas describen Wa como un territorio dividido en múltiples tribus enfrentadas en una constante guerra civil. La importancia del período Kofun se debe a que es la primera etapa documentada de la historia de Japón, aunque esta tarea se materializara en escritura china. De hecho, la inmigración china y coreana fueron cruciales para el Japón de los siglos iv y v, tanto demográfica como socioculturalmente: los primeros introdujeron la escritura y mejoras agrícolas, mientras que los segundos aportaron el uso del caballo como animal de tiro y de guerra.

El primer rey de Yamatö a la vez que emperador de Japón recogido en la cronística antigua, [36] aunque de dudosa verosimilitud histórica, fue Ojin, [37] el decimoquinto de su línea sucesoria al frente del reino; [38] los documentos antiguos le atribuyen un mandato de cuarenta años, entre el 270 y el 310, y su capital imperial en Osaka. Aún en el terreno de la leyenda, el hijo de Ojin fue Nintoku (311-399); [39] Richu (400-405), hijo de Nintoku, reinó sólo seis años, lo que motivó el ascenso al trono de su hermano menor, Hanzei (406-410). [40] Otro hijo de Nintoku fue emperador después de la prematura muerte de su hermano: Ingyo (411 y 453), que fue sucedido por su primogénito, Anko (453-456). El vigesimoprimer gobernante del Imperio de Japón fue el hermano de Anko, llamado Yuryaku (456-479). [41] Al morir éste, subió al trono su hijo Sinei (480-484), el emperador de la blanca cabellera, [42] que murió sin descendencia. Habiendo adoptado a dos parientes lejanos, pudo heredar el trono de Japón el emperador Kenzo (485-487). Su hermano Ninken (488-498), también adoptado por Sinei, fue el siguiente gobernante japonés y fue sucedido por su hijo Buretsu (498-506), [43] el vigesimoquinto emperador, que murió sin haber dejado descendencia.

Las fuentes antiguas se contradicen al hablar del sucesor de Buretsu, el emperador Keitai, ya que alguna lo identifica como un soberano de Koshi (pequeño reino ajeno a la alianza de Yamatö) que accedió al trono imperial tras un matrimonio tardío con una hermana de Buretsu, mientras que otras lo consideran un descendiente muy lejano del mítico Ojin, el primer rey-emperador japonés; dejando a un lado las especulaciones, el hecho es que Keitai reinó entre los años 507 y 531, durante los cuales amplió considerablemente las fronteras de Yamatö. Su sucesor fue su hijo Ankan (531-536), coronado a una edad muy avanzada, por lo que sólo gobernó cinco años, cediendo el poder a su hermano Senka (536-539), que se encontró en una situación muy similar. A éste le sucedió su también hermano Kimmei (539-571), el primer soberano de Japón a quien la historiografía le concede una cierta credibilidad; el emperador Kimmei instauró el budismo como religión oficial de Japón [44] e inauguró una nueva etapa histórica, el período Asuka (siglos vi-viii). [45]

El trigésimo emperador de Japón fue Bidatsu, hijo de Kimmei, de quien, además del trono, heredó los conflictos entre los clanes Mononobe y Soga por la aceptación del budismo como religión nacional. La sucesión de Bidatsu, pese a tener veinticuatro hijos, se complicó: primero le sucedió su hermano Yomei (585-587); después, su otro hermano Sushun (587-592), [46] y finalmente, su esposa, Suiko (593-628). [47] A la emperatriz Suiko, que murió sin haber designado heredero, le sucedió su sobrino Jomei (629-641); después de éste, reinaron su esposa Kogyoku (642-645), [48] su primo Kotoku (645-654) y nuevamente la emperatriz Kogyoku (655-661). Cuando murió esta emperatriz, su hijo Tenji (661-671) heredó el imperio y, en el año 662, recopiló el primer código legal puramente japonés conocido por la historiografía actual. A Tenji le sucedió su hijo Kobun (671-672), que sólo gobernó un año, por lo que tuvo que ser relevado por su tío Temmu (672-686), [49] que devolvió la capital imperial a la región de Yamatö. Habiendo muerto, ascendió al trono su esposa Jito (686-697), [50] que acabó abdicando a favor de su sobrino Mommu (697-707), que fue sucedido por su madre, la emperatriz Gemmei (707-715), cuyo reinado vio la conclusión del Kojiki.

El Kojiki: proceso de redacción e intencionalidad

El Kojiki o Furukotofumi es la crónica historiográfica más antigua escrita en lengua japonesa. Su título puede ser traducido como ‘crónica de materia antigua’ y tomó su forma definitiva, la que nos ha llegado hasta hoy, en el año 712. Según el orientalista Donald L. Philippi, el Kojiki o Furukotofumi «es el tratado cortesano acerca del clan imperial, las familias predominantes y los inicios de Japón como nación; también es, a la vez, una compilación de mitos, narraciones y leyendas históricas y pseudo-históricas, canciones, anécdotas, etimologías populares y genealogías». [51]

Tal y como sucede con todos los textos épicos antiguos, el Kojiki es fruto de una literatura oral que, durante un período indeterminado de tiempo, pasó de generación en generación e incorporó, de modo lento pero natural, historias y leyendas foráneas a través de la inmigración de pueblos ajenos a la cultura autóctona (en el caso de Japón, de los pueblos chino y coreano). Teniendo en cuenta varios rasgos estilísticos y argumentales, los estudiosos han llegado a la conclusión de que las tareas de recopilación históricas para la redacción del Kojiki se llevaron a cabo durante el reinado de los emperadores Keitai, Ankan, Seika y Kimmei, entre los años 507 y 571, a finales del período Kofun. La primera dinastía de emperadores japoneses, desde Ojin hasta Buretsu, eran para los primeros historiadores de Japón parte inequívoca de la historia de su nación.

Respecto a la intencionalidad del texto, parece probable que, por el hecho de que el ascenso al trono del emperador Keitai se pusiera en duda por no pertenecer a la dinastía de su antecesor, Buretsu, [52] el Kojiki podría haber sido diseñado por los escribas de Keitai como justificación de la legitimidad de su mandato, ya que el Kojiki le emparienta con el mítico Ojin, primer emperador y descendiente directo de los soberanos de Yamatö. Así, aparte de recopilar los mitos fundacionales de Japón, el Kojiki podría entenderse como una manipulación de la historia y la genealogía de los gobernantes al servicio de los intereses de una nueva dinastía mal recibida por sus súbditos.

El primer intento firme de compleción de una crónica historiográfica [53] se llevó a cabo durante el gobierno de la emperatriz Suiko, en el año 620, y fue dirigido por Shotoku Taishi, hijo de Yomei, que había sido emperador. En aquella primera mitad del siglo vii, la tarea compiladora de Shotoku se dividió en tres libros: el Tenno-ki (‘crónica de los emperadores’), el Kokki (‘crónica nacional’) y el Hongi (‘crónica fundamental’). El primer y el últimos de estos tres libros fueron destruidos durante el golpe de estado que acabó con el primer reinado de la emperatriz Kogyoku, en el año 645, pero un escriba de la corte pudo salvar el Kokki, que se encontraba resguardado en el palacio del futuro emperador Tenji. Según Philippi, «al no haber ninguna mención posterior del libro [del Kokki], podría haberse perdido al morir Tenji durante la revuelta de Jinshin del año 672». [54]

Temmu, hermano de Tenji que gobernó entre los años 672 y 686, fue el promotor del segundo intento de compilación de la historia y las tradiciones japonesas y, sobre todo, de la genealogía de las familias predominantes. El principal interés de Temmu para la elaboración del Kojiki fue «la corrección de erratas y manipulaciones» [55] que muchas familias aristocráticas habían cometido a lo largo de la historia, aprovechando la ausencia de archivos imperiales, sobre los derechos feudales adquiridos y los privilegios de que gozaban por concesión real. [56] El compilador, en esta ocasión, fue el escriba Opo nö Yasumarö, que exponía en el prólogo de esta primeriza versión del Kojiki las intenciones de su soberano acerca de la verificación y, en su caso, modificación de las informaciones históricas y genealógicas en relación con los títulos que ostentaban las familias nobles.

Las tareas de compilación y redacción definitivas de la obra, que se interrumpieron al morir el emperador Temmu por un período exacto de veinticinco años (durante los cuales reinaron Jito y Mommu), se retomaron durante el mandato de la emperatriz Gemmei, en el año 711, con la misma intencionalidad que había motivado a Temmu. Nuevamente, Opo nö Yasumarö fue el encargado de poner por escrito todo lo que había recopilado la oralidad japonesa arcaica, aunque, como ya se ha dicho y era costumbre en la época, lo hizo con ideogramas chinos clásicos, en un estilo, según D. L. Philippi, «muy pasado de moda, que requería un considerable esfuerzo nemónico para reconvertirlo para la recitación oral». [57] Tal y como indica el propio prefacio del Kojiki, una vez completada la magna obra, Opo nö Yasumarö la entregó dividida en tres tomos a la emperatriz Gemmei: «Estos tres volúmenes han sido compilados juntos y son reverentemente presentados. Así lo hago yo, Yasumarö, lleno de respeto, lleno de temor, que reverentemente agacho la cabeza una y otra vez. El vigesimoctavo día del primer mes del primer año de Wado [712]». [58]

 

El Kojiki como crónica del Japón arcaico

El comienzo del Kojiki ofrece una explicación acerca de la creación del universo y del mundo conocido por el hombre. Los episodios mitológicos referentes a esta temática y que ocupan la totalidad del primer libro han sido obviados a favor de los épicos, con una muestra excepcional al principio de la obra.

Así pues, esta primera muestra de épica que recoge el Kojiki explica la leyenda de Susa-no-wö, dios del viento, de las tormentas y creador de los océanos, y el dragón de ocho colas de Kosi. [59] Según la narración de Opo nö Yasumarö, Susa-no-wö visitó la región de Törikami, donde se encontró con dos ancianos y su hija llorando. Al preguntarles por el motivo de su aflicción, el anciano respondió que el dragón de ocho colas de Kosi se había comido ya a siete de sus hijas y, como sólo les quedaba una, había llegado el momento de despedirse de la última de ellas. El anciano también describió a Susa-no-wö el aspecto del monstruo: «Sus ojos son como enormes y rojas cerezas; su cuerpo tiene ocho cabezas y ocho colas. Por encima de él crecen musgo, cipreses y varios árboles. Su longitud es la de ocho valles y ocho picos montañosos. Si te fijas en su vientre, verás como la sangre mana por todas partes». [60] Al presentarse como la divinidad que en realidad era, los ancianos cedieron a Susa-no-wö la guarda y custodia de su última hija, a quien transformó en un peine y escondió entre sus cabellos. Hecho esto, el dios ordenó lo siguiente a la pareja de ancianos: «Destilad vino ceremonial procedente de ocho viñas; construid una verja y ponedle ocho puertas. Detrás de cada puerta, poned bien atadas ocho plataformas y, sobre cada una de ellas, colocad una bota de vino. Llenad cada bota con el vino procedente de las ocho viñas y esperad». [61] Cuando el dragón de ocho colas de Kosi vio la verja construida por el anciano, introdujo sus ocho cabezas por cada una de las ocho puertas que en ella había y, habiéndose bebido las ocho botas de vino, se durmió plácidamente. Aprovechando el estado de embriaguez del monstruo, [62] Susa-no-wö sacó «una espada de diez palmos de longitud» [63] y descuartizó al dragón, pero la hoja de la espada se quebró cuando intentaba cortarle la última cola. Por este motivo, esta última cola de entre las ocho que poesía el monstruo quedó convertida en la mítica espada Kusa-nagi. [64]

Los últimos libros del Kojiki, como presunta crónica histórica que pretenden ser, tampoco muestran episodios especialmente ricos en contenido épico. [65] En estos dos tomos se recogen canciones y genealogías mezcladas con la crónica, explicativa y bastante telegráfica, de los diversos reinados imperiales. Los únicos episodios bélicos, que no épicos, de estas últimas partes del Kojiki se encuentran entre los capítulos cuadragésimo sexto y quincuagésimo segundo (conquistas orientales de Jimmu) y nonagésimo cuarto y nonagésimo sexto (guerra entre Jingu y el reino coreano).

 

La epopeya del rey Gesar y la épica de tradición oral china

Del mismo modo que sucedió con el archipiélago japonés, la China previa a la unificación del siglo iii a. C. era un amplio territorio dividido en múltiples reinos en permanente conflicto. El período inmediatamente anterior a la dinastía Qin, que se situó a la cabeza del imperio naciente, vio cómo, entre los siglos v y iii a. C., estas pequeñas y medianas monarquías independientes se agrupaban en entidades cada vez mayores, con un sistema de gobierno más centralizado y una administración más compleja. En el último episodio del proceso, Ying Zheng, rey de Qin y primer emperador de China, conquistó, en el 214 a. C., las regiones de Zhejiang, Fujian, Guangdong y Guangxi. Comenzaba así la historia de un imperio milenario.

La dinastía Qin gobernó aquella nueva China durante sólo una docena de años. La política de Ying Zheng (como emperador, llamado Qin Shi Huang) sólo fue efectiva en el terreno militar y expansionista de la nación, pero de ningún modo consiguió gobernarla unitariamente y en paz. Pese a todo, entre los años 214 y 202 a. C., esta primera dinastía imperial asentó las bases de lo que en principio sería una embrionaria nueva nación centralizando los poderes político y administrativo en la ciudad de Xianyang (actual Xi’an), estableciendo un marco legal común para todos los territorios conquistados, favoreciendo el comercio interior y exterior, estandarizando el sistema de escritura e iniciando la construcción de una gran muralla para defenderse de los invasores foráneos (especialmente, de las tribus de las estepas mongolas).

A la dinastía Qin la sucedió la Han a partir del año 202 a. C. y hasta el 220 d. C. Durante este período, el Imperio de China gozó de una prosperidad creciente sólo truncada por el establecimiento de una efímera dinastía paralela entre los años 9 y 23: la dinastía Xin, encabezada por el usurpador Wang Mang. [66] La dinastía Han destacó políticamente por la adhesión a China de las regiones de Gansu, Ningxia y Qinghai, donde habitaban los xiongnu, actualmente identificados con los temibles hunos. [67] Los avances de la dinastía Han, pese a todo, no fueron sólo militares, sino que también se progresó en las artes, las ciencias y, muy especialmente, el comercio, ya que, durante este período, China estableció los primeros contactos comerciales con Occidente mediante la ruta de la seda. En el año 184, a raíz de una rebelión motivada por disputas territoriales, el mandato de los Han fue disminuyendo en beneficio de varios centros de poder dispersos, independientes, que se enfrentaron en una larga guerra civil que desembocó en el período de los Tres Reinos. [68]

Pese a la presunta reunificación de la dinastía Jin, en el año 280, muchos territorios adquiridos por las dinastías Qin y Han continuaron bajo el control de pueblos foráneos, como los tibetanos, los xiongnu o los mongoles, durante parte de los siglos iii y iv. A medida que disminuían las fronteras debido a las conquistas bárbaras, la población china autóctona padeció un largo período de migraciones, especialmente hacia el sur de Chang Jian. Hacia el final de la dinastía Jin, entre los años 372 y 589, la China imperial estuvo dividida en dieciséis reinos enfrentados constantemente: dos de denominación Zhao, uno Cheng, cinco Liang, cuatro Yan, tres Qin y uno Xia.

La tercera reunificación china llegó con la dinastía Sui, comparada por la historiografía contemporánea con los Qin. Las bases de esta asociación fueron el mismo proceso unificador de después de un largo período de guerras intestinas [69] y la creación de nuevas instituciones administrativas de tipo centralizador que servirían de modelo a generaciones posteriores. La dinastía Sui, pese a todo, fue tan crucial para China como efímera, ya que sólo gobernó durante tres décadas, entre los años 589 y 618, cuando Gaozu fundó la dinastía Tang, inaugurando un nuevo período de prosperidad no faltado de rebeliones y dificultades políticas.

Si la dinastía Sui fue comparable a la Qin, la Tang lo fue a la Han. [70] La innovaciones artísticas, científicas y económicas (sobre todo, comerciales) de rigor estuvieron acompañadas de la adopción del budismo [71] como religión oficial del imperio, aunque esta fe ya había traspasado el Himalaya mucho antes, durante el siglo i. Otros credos, pese a todo, también estuvieron en contacto con el Imperio de China a raíz del refuerzo de las rutas comerciales (especialmente de especias y seda) entre Oriente y Occidente: a mediados del siglo vii, los primeros misioneros cristianos se asentaron en el país, mientras Saad ibn Abi Waqqas, discípulo del profeta Mahoma, visitaba la corte imperial. La dinastía Sui empezó a debilitarse a partir del año 860, a la vez que comenzaba un largo intervalo de revueltas encabezadas por poderosos señores de la guerra, entre quienes destacó Huang Chao, que arrasó la ciudad de Guangzhou en el año 879 y conquistó Changan en el 881. El caos volvió a apoderarse de China durante medio siglo, entre los años 907 y 960, durante el período de las Cinco Dinastías y los Diez Reinos: el territorio nacional se dividió en una mitad septentrional, gobernada por cinco efímeras dinastías que se sucedieron precipitadamente, y una mitad meridional, donde diez monarquías relativamente más estables se repartieron las tierras.

En el año 960, en un nuevo intento de reunificación del país, la dinastía Song se estableció en el sur, en la ciudad de Kaifeng, para enfrentarse a las demás pretendidas familias gobernantes, como la Liao, de Mongolia; la Jin, que pronto aniquiló a la anterior, y el reino de Xia. Entre los años 960 y 1368, durante los cuales asumió el poder la dinastía Ming, el imperio sufrió, además de múltiples guerras civiles, la invasión constante de las hordas mongolas de Kublai Kan y su nieto, Gengis Kan, que finalmente se sentó en el trono imperial fundando la dinastía Yuan. En esta época, la ciudad de Pequín se convirtió en capital imperial y, en algún momento indeterminado del siglo xi, una comunidad de monjes budistas puso por escrito por primera vez en la historia la magna epopeya del rey Gesar de Ling.

 

Una epopeya de inspiración budista

La epopeya de Gesar, el mítico rey de Ling, aún hoy en día se mantiene viva y se calcula que continúan cantándola cerca de ciento cincuenta rapsodas de nacionalidades tibetana, china y mongola. Esto diferencia la epopeya del rey Gesar del resto de la literatura épica antigua y medieval, también oral pero relegada a sus respectivas versiones escritas y estandarizadas hace siglos o milenios, como la Ilíada y la Odisea homéricas, la epopeya sumeria de Gilgamesh, las narraciones bíblicas del Antiguo Testamento o la épica india arcaica referida más arriba, además de la literatura épica europea medieval (La canción de Roldán, el Cantar de Mio Cid, el Cantar de los Nibelungos, la materia de Bretaña, etc.) o el Kojiki japonés. Los procesos de difusión, variación, reinvención, reinterpretación y reescritura de la epopeya del rey Gesar, pues, se mantienen aún vigentes y modifican el extenso poema (sin duda el más largo de la historia de la humanidad) según parámetros geopolíticos, étnicos y socioculturales.

Lo que sí han detectado los estudiosos de la epopeya del rey Gesar es una estructura argumental muy sólida, un esqueleto común en sus varias versiones, especialmente respecto a la introducción y los capítulos preliminares de la obra. Así pues, la epopeya comienza mucho antes del reinado de Gesar, con la creación del universo, los primeros tiempos del Tíbet y la conversión de este territorio pagano al budismo. El poema atribuye la entrada de este credo al Himalaya a un brujo llamado Padmasambhava, que, durante la época imperial de entre los siglos vii y ix, [72] instituyó el budismo en el Tíbet gracias al apoyo de los chos rgyal, los tres rajás Dharma que gobernaban la región. Padmasambhava, además de hacer accesible la religión de Buda a todos los tibetanos, expulsó del país a los antiguos espíritus nativos, que se repartieron por el resto del mundo iniciando un período de caos y destrucción. [73] Ante esta situación, los dioses hindús Brahma e Indra, en coalición con varias divinidades budistas, decidieron enviar un héroe al mundo de los hombres para restablecer la paz. Esta introducción de la epopeya de Gesar muestra estrechas similitudes con el Ramayana, un hecho nada extraño si tenemos en cuenta los contactos sociales y culturales entre el Tíbet y la India, pero también se asemeja, en el papel del héroe y su razón de ser, a otras epopeyas antiguas o mitos de la Grecia clásica, lo que conllevaría un estudio más profundo de cada caso particular, tal y como hizo en su día el estudioso francés Georges Dumézil.

Siguiendo con los paralelismos entre la epopeya tibetana y el Ramayana hindú, otro de sus episodios comunes es la muerte de rGya tsha, hermano mayor de Gesar, a manos del malvado rey Hor, el principal enemigo del reino de Ling. Mientras el joven príncipe Gesar se muestra, en principio, poco dispuesto a combatir a los enemigos del reino, su hermano, como primogénito y heredero, es el ideal del guerrero-caballero (una diferenciación similar a la que se establece en la Ilíada entre Héctor y Paris). Hor, por su parte, ha sido identificado desde los inicios de la difusión escrita de la epopeya con algún pueblo extranjero, probablemente un invasor, como por ejemplo los mongoles de Kublai Kan y Gengis Kan, una hipótesis que reforzaría lo expuesto en la nota 72.

También como en el Ramayana, el héroe tibetano se ve forzado a exiliarse de su país. Si bien Rama debía exiliarse al bosque con su esposa y su hermano menor, Gesar se marcha con su madre al desierto de rMa, [74] donde vivirán como seres salvajes, cubriéndose el cuerpo con pieles y llevando un casco con cuernos de antílope. Esta escena inevitablemente recuerda a la primera aparición de Enkidu en la epopeya sumeria de Gilgamesh, cuando se le presenta como a un ser salvaje previo a su socialización, aunque las conexiones de cualquier índole entre las literaturas sumeria y tibetana sean muy difíciles de establecer con fiabilidad, si no imposibles.

Pese a todo, la epopeya del rey Gesar sigue nuevamente la pauta del Ramayana cuando, en el episodio común siguiente, el héroe debe superar una prueba de habilidad para conseguir esposa. En el caso de Rama, la prueba consistía en tensar un arco con poderes divinos, mientras que, en el de Gesar, la prueba no podía ser otra que una carrera de caballos (una práctica social y deportiva antropológicamente común en todos los pueblos de las estepas euroasiáticas). En la epopeya del rey Gesar, dicha carrera tiene una doble finalidad: su matrimonio con la hija de un importante caudillo y su ascenso al trono de Ling, que legalmente le correspondía tras la muerte de su hermano mayor. [75] A partir de este momento, con el joven príncipe como soberano de su reino, comienza la auténtica epopeya, las cuatro grandes gestas que le llevarán a luchar contra Klu bTsan, un demonio devorador de hombres que habita en el norte del Himalaya; contra Gur dKar, el malvado rey de Hor, que había secuestrado a la esposa de Gesar; [76] contra el rey Sa dam de ‘Jang (en Yunnan), y contra el rey Shir khir de Mon (al sur del Himalaya). La última aventura de Gesar consiste en combatir y vencer a los últimos dieciocho enemigos de Ling, que varían en función de la versión de la epopeya que se cante, aunque hay dos que son comunes en todas las versiones conocidas: sTag gZig y Kha Che. Habiendo superado estas últimas batallas, al rey Gesar sólo le falta descender a las regiones infernales para pacificarlas (de modo similar a Gilgamesh) y, finalmente, ascender al Paraíso para reposar eternamente como mítico héroe de los pueblos tibetano y chino (nuevamente como los protagonistas de los poemas hindús Ramayana y Mahabharata).

 

Conclusión

Los fundamentos teóricos de la épica occidental o mesopotámica no son muy diferentes de la literatura épica producida en el Oriente lejano: India, China y Japón. Pese a que los contactos entre las diversas civilizaciones de ambos extremos de los continentes europeo y asiático no fueron nulas, las coincidencias entre las producciones épicas de griegos e hindús, por ejemplo, nos hacen sospechar que las bases teóricas del género provienen de un tiempo muy anterior a la conformación de civilizaciones sedentarias y nacionalmente diferenciadas. Los fundamentos teóricos de esta literatura probablemente provienen de tiempos muy remotos, indudablemente de la literatura oral, pero posiblemente de una literatura oral que circuló con los movimientos migratorios y dejó su huella en el inconsciente popular de tribus, asentamientos y comunidades que, con el transcurso de los siglos, se fueron agrupando y evolucionando hacia la civilización y la cultura escrita.

Dos de los textos más sagrados del hinduismo, el Mahabharata y el Ramayana, muestran paralelismos temáticos y retóricos muy estrechos respecto a las literaturas occidentales, pese a pertenecer a épocas históricas prácticamente coetáneas y a lugares muy distantes. Una de las diferencias clave entre ambas literaturas, la hindú y la occidental, es que ésta sobrepone los valores nacionales (económicos, políticos, etc.) a los religiosos, mientras que aquélla hace lo contrario. La única coincidencia se encuentra en la literatura hebrea, que centra la unidad nacional en la fe en un único dios. La espiritualidad de la India arcaica es mayor que sus aspiraciones de unidad nacional, algo que no encontramos en la literatura del antiguo Egipto, en la de Grecia, Roma o la Sumeria de la epopeya de Gilgamesh. Pese a todo, la épica hindú, un género literario más al servicio de la religión que de la nación, cumple fielmente lo que llamaremos «fundamentos teóricos de la literatura épica universal», esto es, los preceptos básicos y comunes que en mayor o menor grado se encuentran en las principales obras literarias de género épico que la humanidad ha realizado a lo largo de la historia. Dichos fundamentos teóricos podrían resumirse en la siguiente enumeración: 1) la gesta como finalidad; 2) el héroe como protagonista; 3) la dualidad héroe-antihéroe; 4) el fracaso del héroe; 5) las pruebas iniciáticas y/o de auto-superación; 6) la intervención divina en la gesta; 7) el cumplimiento de sueños y/o profecías; 8) el lenguaje grandilocuente; 9) la exaltación nacionalista y/o religiosa; 10) la literatura al servicio del poder. Así, comprobamos cómo la gesta como finalidad es inequívoca tanto en el Mahabharata (la victoria contra los kauravas) como en el Ramayana (la liberación de la reina Sita), lo mismo que el héroe como protagonista, que era Yudhishtira en el Mahabharata y Rama en el Ramayana; respecto a la dualidad héroe-antihéroe, de la cual tenemos múltiples ejemplos en la épica de todos los tiempos (Gilgamesh-Enkidu, David-Goliat, Beowulf-Gréndel, Arturo-Mordred, Ahab-Moby Dick, etc.), también se ejemplifica en Yudishthira-Duriodhana (Mahabharata) y Rama-Ravana (Ramayana); las pruebas iniciáticas y/o de auto-superación de la literatura épica hindú, comentadas anteriormente, no difieren en demasía de las que podemos encontrar en la literatura griega (Ulises usando su arco al llegar a Ítaca para darse a conocer entre los pretendientes de Penélope) o europea medieval (Arturo extrayendo Excalibur de la roca), por ejemplo; también la intervención divina en el Mahabharata y el Ramayana es similar a la de la Ilíada o la Odisea homéricas, en cuyos versos se mezclan héroes y dioses librando batallas codo con codo y, a menudo, recibiendo favores los unos de los otros; respecto al uso de un lenguaje grandilocuente, el sello de identidad más reconocible de la literatura épica, pocas diferencias encontramos entre un texto de la India arcaica, otro de la Francia altomedieval y otro más del Egipto de Ramsés el Grande (si no son variaciones semánticas o estilísticas propias de la época y el entorno sociopolítico, la forma entre la redacción épica antigua, medieval y moderna es de lo más cercanas).

Lo mismo que se dice de la Ilíada como narración pretendidamente histórica podría aplicarse a la épica hindú o, más adelante, a las muestras de épica japonesa y tibetana presentes en este artículo. El Kojiki y la epopeya de Gesar, del mismo modo que las obras anteriormente citadas, pretenden ser una historia de sus respectivos pueblos. En el caso del Kojiki, vemos una literatura absolutamente al servicio del poder: finalizado en el año 712, sirvió para justificar el gobierno del emperador Keitai al frente del Imperio de Japón. El carácter nacionalista del texto y este rasgo servicial tan extendido en la Antigüedad y la Edad Media hacen del Kojiki una obra emparentada, aunque sea meta-literariamente, con muchas otras producciones épicas analizadas. Por otra parte, este emblema de la literatura japonesa no coincide con todos los tópicos literarios del decálogo enumerado más arriba: por ser una obra coral, no existen ni un héroe ni una gesta principales, tampoco una dualidad héroe-antihéroe. Estructuralmente, el Kojiki se acerca más a la Biblia hebrea que a los poemas épicos hindúes, ya que narra la historia de todo un pueblo prescindiendo de un protagonista (aunque, en cierto modo, Iahvé era el «protagonista» bíblico); en este sentido, una de las características más destacables del Kojiki es el uso político que se hizo de él para servir a los intereses del emperador japonés, de modo que puede considerarse una obra fabricada casi exclusivamente con este objetivo. Pero la crónica nacional japonesa por excelencia, politizada o no, comparte algunos de los fundamentos teóricos de la literatura épica ya mencionados, como, por ejemplo, la intervención divina en las pequeñas gestas de los héroes varios que van apareciendo en la obra, el uso de lenguaje grandilocuente en algunos de sus episodios y, desde luego, la intencionalidad nacionalista y la sumisión al poder vigente.

Si analizamos bajo esta perspectiva la epopeya de Gesar de Ling, un texto tibetano que aún hoy se recite en una amplia zona del continente asiático (entre China, Mongolia y el Tíbet), vemos que las interrelaciones temáticas entre este poema y otras de las obras anteriormente citadas, orientales y occidentales, no son menores. En el poema de Gesar, soberano del reino de Ling, el héroe es el protagonista de la historia y debe cumplir una gesta (en este caso, vencer a todos los enemigos de Ling); existe también una dualidad héroe-antihéroe, aunque no se reduce a un solo villano, como suele suceder, sino que las antítesis del héroe son Klu bTsan, Gur dKar, Sa dam y Shir khir, entre otros; el héroe debe superar una prueba iniciática (concretamente, una carrera de caballos) y varias pruebas de auto-superación que le permiten avanzar en la consecución de la gesta (las batallas contra sus múltiples reyes enemigos); se usa un lenguaje grandilocuente que refuerza la figura del héroe y el carácter nacionalista (referente a Ling) del poema, etc. Como vemos, la cercanía entre esta epopeya tibetana y la literatura hindú arcaica (por extensión, también la occidental antigua) es mayor que si fijamos nuestra atención en la japonesa: es lógico, ya que los lazos comerciales y religiosos entre el Tíbet, China y la India también son mayores que entre cualquiera de estos territorios y Japón, especialmente en la Antigüedad o durante el Medioevo. Otra hipótesis ya apuntada al comienzo de las conclusiones acerca de esta mayor semejanza es que la epopeya de Gesar y la literatura épica antigua provienen de un origen común (la literatura oral) y que fueron fijadas por escrito después de haber evolucionado bajo unas mismas circunstancias (la recitación pública de rapsodas a lo largo de siglos). El Kojiki, en cambio, fue un «producto de palacio al servicio del palacio» aunque maquillado de «texto proveniente del pueblo y para el pueblo».

 

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Notas

[1] El estudioso Yuri V. Knorosov considera aquellos primeros símbolos como una forma de escritura logosilábica de origen dravidiano, muy próxima a las lenguas protojaponesa, coreana, vasca, sumeria y aborigen australiana. La escritura del Indo, del mismo modo que la Sumeria, también fue encontrada inscrita sobre tablillas.

[2] En estas ciudadelas, sobre todo en Harappa y Mohenjo-Daro, se han encontrado restos arquitectónicos de edificaciones para usos religiosos, ceremoniales y administrativos, pero en ningún caso de palacios o residencias soberanas. Otras ciudades fortificadas importantes de la zona fueron Dholavira, Ganweriwala, Kot-Diji, Amri, Surkotada, Lothal y Rakhigarthi.

[3] Los dieciséis mahajanapadas que constan en los primeros textos budistas son los siguientes: Kasi, Kosala, Anga, Magadha, Vajji, Malla, Chedi, Vatsa, Kuru, Panchala, Machcha, Surasena, Assaka, Avanti, Gandhara y Kamboja, aunque, en alguna ocasión, se omiten los cuatro últimos.

[4] De los versos. El más antiguo e importante de los cuatro, dividido en diez mandalas (libros) que compilan mil veintiocho himnos y cantos religiosos.

[5] De los cantos. Derivado del anterior, pero con una finalidad más práctica: poner al servicio de los udgatar (sacerdotes) los himnos del Rig-Veda para facilitar sus prácticas rituales.

[6] De los sacerdotes de los sacrificios. Idéntico al Sama-Veda, pero con finalidades específicamente pensadas para los rituales con sacrificios.

[7] De los sacerdotes del fuego. Conjunto de hechizos contra enemigos, demonios, magos, animales peligrosos, enfermedades, etc. Aunque actualmente se considera un texto apócrifo, ya que no está basado en el Rig-Veda, en el Mahabharata se le da la categoría de canónico.

[8] Del mismo modo que el poeta griego Homero, el hindú Bhagavan Vyasa personifica la inmensa tarea de recopilación y redacción de la riquísima literatura oral hindú, ya que dio una forma más o menos definitiva al Mahabharata durante un proceso de más de medio siglo. A Vyasa también se le atribuye la división en cuatro de los Vedas.

[9] Los hijos de Dritharastra, hermano de Pandu, que eran Duriodhana (el envidioso), Dushasana, Dussala, Jalagandha y Sama.

[10] Los hijos de Pandu, rey de Hastinapura, que eran Yudhishtira (el virtuoso), Bhima (el fuerte), Arjuna (el arquero), Nakula (el jinete) y Sahadeva (el espadachín).

[11] A diferencia de los reconocidos Vedas, de tipo marcadamente politeísta, los Upanishad son un conjunto de ciento ocho libros doctrinales del hinduismo, redactados entre los siglos vi y iii a. C., que defienden la existencia de un único Brahman en el sentido de divinidad creadora y destructora.

[12] La historia de Krishna muestra paralelismos con una de las divinidades de la antigua cultura helénica: Zeus. El tío de Krishna mató a todos sus hermanos excepto a él para evitar el cumplimiento de una profecía que decía que moriría a manos de uno de sus sobrinos; Krishna, años más tarde, asesinó a su tío para vengar el crimen. Por otra parte, en la antigua Grecia, Cronos devoró a todos sus hermanos e hijos excepto a Zeus, ya que su madre lo sustituyó por una piedra para evitar su muerte; también según una profecía, uno de los hijos de Cronos le destronaría y le suplantaría como dios supremo, cosa que en efecto sucedió cuando Zeus, el único que se salvó, le obligó a liberar a todos sus hermanos y tíos que había engullido y, entre todos, le desterraron al Tártaro.

[13] Figura principal de los Vedas y rey de los semidioses de la mitología hindú.

[14] Según los primeros textos budistas, esta era la capital del antiguo reino de Kuru, el más importante de los dieciséis mahajanapadas de la India arcaica. En este punto, el Mahabharata introduce una localización probablemente histórica en la sucesión de hechos del relato mitológico.

[15] Principal protagonista de la épica batalla entre pandavas y kauravas, durante la cual demostró su inmensa piedad y grandes aptitudes religiosas y militares. Después de la guerra contra sus primos usurpadores, fue coronado rey de Hastinapura, la ciudad que el dios Indra construyó para él y sus hermanos durante el exilio forzado que sufrieron.

[16] J. Maynadé y M. Sellarés (1974, p. 13).

[17] También se considera que Valmiki redactó el Yoga Vasistha, una obra clave para la filosofía hindú, aunque la datación de este texto es aún más dudosa que la del Ramayana. La figura mítica de Valmiki sugiere connotaciones muy similares a la de Bhagavan Vyasa (ver nota 8).

[18] Este motivo literario irá surgiendo a menudo a lo largo de la literatura épica posterior. Quizá el último caso lo encontremos en pleno siglo xx, en la trilogía El Señor de los Anillos, del británico J. R. R. Tolkien, en la cual el general del malvado Sauron no puede morir a manos de ningún hombre, pero acaba siendo asesinado por Éowyn, que no es más que una mujer disfrazada de varón (como la mítica Juana de Arco francesa). Estos juegos lingüísticos, además del motivo del disfraz para confundir el sexo, serán de gran importancia en la literatura europea medieval.

[19] Valmiki (1970, vol. i, p. 143-146). El motivo de las armas divinas, en una época muy anterior al Ramayana, ya aparecía en la epopeya sumeria de Gilgamesh de Uruk, cuyos orígenes se remontan más allá del siglo xx a. C.

[20] En plena Edad Media, otro héroe deberá superar una prueba similar, aunque con el objetivo de convertirse en el soberano de su propio reino: Arturo, hijo y legítimo sucesor de Uther Pendragon, deberá extraer la espada de su padre de una roca para dar a conocer sus derechos sobre Britania. Por otra parte, siglos atrás y en un escenario mediterráneo, Ulises, rey de Ítaca, tuvo que superar una última prueba con un arco en la Odisea para tomar posesión nuevamente de su isla y restablecer la obediencia de sus súbditos.

[21] Nuevamente una similitud con la leyenda de Arturo, cuya «muerte» se interpreta como un período indefinido de exilio antes de volver para servir a su reino.

[22] Valmiki (1970, vol. i, p. 357). En esta ocasión, cabe destacar la similitud entre el motivo literario del exilio de Rama, Sita y Lakshmana con el de Tristán, Iseo y el ermitaño que les aconseja y ayuda.

[23] Sundara, entre otros, tiene el poder de modificar su tamaño, de modo que puede convertirse en un simio gigante o microscópico. Gracias a esta facultad, el general consigue introducirse en el palacio de Ravana para entrevistarse con la princesa Sita.

[24] El motivo de las joyas identificativas, especialmente los anillos, es muy frecuente en la literatura épica. Tenemos ejemplos también en la literatura hispánica, como es el caso del Amadís de Gaula.

[25] Valmiki (1970, vol. ii, p. 220-221).

[26] Valmiki (1970, vol. ii, p. 221-222).

[27] Según Juan B. Bergua, esta distancia equivale a casi mil cuatrocientos quilómetros, aunque la distancia entre la India y Sri Lanka no llega a los sesenta. Pese a la diferencia, el dato no nos debe extrañar, teniendo en cuenta que la hipérbole es uno de los principales recursos literarios del género épico. En el caso del puente de Nala, sin ir más lejos, tenemos un buen ejemplo de ello.

[28] El personaje de Vibishana actúa como polo opuesto a su hermano Ravana: éste es iracundo y malvado, mientras que aquél es bondadoso y razonable.

[29] Valmiki (1970, vol. ii, p. 253).

[30] Un episodio clave de la Biblia también está protagonizado por un personaje de características similares; en este caso, a diferencia de Vibishana, no en el texto literario sino en la base histórica que lo sostiene. Pese al milagro literario que se atribuye a la caída de la ciudad de Jericó ante el ejército de Josué (según el cual los muros se derribaron por el sonido de las trompetas de los sacerdotes de Iahvé), parece ser que fue una prostituta, Rajab, quien traicionó a sus conciudadanos permitiendo que algunos soldados hebreos entraran de noche en la ciudad a través de su casa y abrieran las puertas de la fortificación a sus compañeros.

[31] Valmiki (1970, vol. ii, p. 254).

[32] Algo habitual en la épica arcaica, desde Mesopotamia hasta Egipto, sin olvidar Grecia, Roma e Israel.

[33] Valmiki (1970, vol. ii, p. 419).

[34] Ver nota 19.

[35] El Libro de los tres reinos es un registro redactado por Chen Shou en el año 297 que describe los hechos acontecidos entre los años 189 y 280 en los dominios de Wei, Shu y Wu. Junto con el Libro de Han (siglos iii a. C.-i d. C.), el Libro del gran historiador (siglo i a. C.) y el Libro de Han tardío (siglo v d. C.), forma parte de las cuatro primeras historias oficiales de China.

[36] Los títulos de rey de Yamatö y emperador de Japón son equivalentes sólo a partir de Ojin.

[37] Deificado como Hachiman Daimyojin, protector de guerreros y soldados.

[38] En el Kojiki, el reinado de Ojin no aparece hasta el capítulo nonagésimo noveno.

[39] A este dieciseisavo emperador se le atribuye la tumba de Daisen-Kofun, situada en Osaka y considerada uno de los monumentos mortuorios de mayores proporciones del mundo.

[40] El imaginario popular describe a este decimoctavo emperador como un gigante con enormes dientes, pero se le atribuye un período de mandato tan breve como pacífico.

[41] Según la documentación japonesa antigua, uno de los títulos que ostentaba era el de gran rey que domina todo lo que se encuentra bajo el cielo. Algunos estudiosos creen que este emperador coincide con el rey Bu recogido en las crónicas chinas de la época, que narran cómo Bu envió emisarios al gobierno chino entre los años 477 y 478.

[42] La historiografía actual cree que, probablemente, el apelativo sugiere que el emperador padecía albinismo.

[43] Éste es uno de los monarcas más polémicos del antiguo Japón: la propia historiografía japonesa lo ha obviado reiteradamente o, por lo menos, lo ha tratado con mayor indiferencia que a sus homólogos. Es probable que esta actitud se deba al hecho de que Buretsu significó un antes y un después en la historia de la nación, ya que, a partir de él, Japón sufrió un cambio de dinastía con el consiguiente fin de los descendientes de Ojin.

[44] Esta imposición promovió una profunda división religiosa en la nación: por un lado, el clan Mononobe se resistió al cambio manteniendo las deidades japonesas tradicionales; por el otro, el clan Soga adoptó el budismo siguiendo el ejemplo de su soberano.

[45] La denominación del período viene del traslado de la capital imperial de la ciudad de Osaka a la ciudad de Asuka, en la llanuras de Nara. Este período también destaca por la variación del nombre del país: de Wa a Nippon, la actual denominación de Japón en lengua autóctona.

[46] Este emperador estuvo a punto de ser derrocado por el clan Mononobe debido a los profundos conflictos religiosos comentados en la nota 44.

[47] La emperatriz Suiko promovió el Edicto de los Tres Prósperos Tesoros en el año 594, que oficializaba definitivamente el budismo como religión imperial. Esta gobernanta, además, comenzó relaciones diplomáticas con la China de la dinastía Sui y, en 604, aprobó la Constitución de los Diecisiete Artículos, un texto legal de influencia china y fuertes raíces confucianas.

[48] También conocida como Saimei, sobre todo durante su segunda etapa de gobierno, entre los años 655 y 661, cuando declaró la guerra a la dinastía china de los Tang, sucesores de la dinastía Sui, que había sido aliada de Japón en la época de la emperatriz Suiko (ver nota 47).

[49] Se conoce bien la biografía del emperador Temmu gracias al Nihon Shoki, el segundo documento histórico más antiguo de Japón después del Kojiki (aquél se completó en el año 720, mientras que éste lo hizo en el 712). Las fuentes aseguran que Temmu fue un gran innovador que incrementó el poder de la figura imperial y consolidó a sus hijos en los más altos cargos de la Administración. Temmu, además, renovó los tradicionales títulos nobiliarios feudales (aboliendo los que consideraba injustificados), estableció relaciones diplomáticas con Corea, continuó la guerra contra China (tal y como hizo la emperatriz Kogyoku/Saimei dos décadas antes) y estrechó los lazos entre estado y religión.

[50] Emperatriz que también destacó por sus habilidades poéticas.

[51] Phillipi (1968, p. 3).

[52] Ver nota 43.

[53] Algunos estudiosos consideran que el conjunto de este primer proyecto cronístico es lo que en el Kojiki se llama «Kujiki», una versión prematura de la obra o, probablemente, un referente que se tuvo en cuenta al finalizar el Kojiki a principios del siglo viii.

[54] Phillipi (1968, p. 5).

[55] Phillipi (1968, p. 5).

[56] Ver nota 47.

[57] Phillipi (1968, p. 8).

[58] Kojiki (2002, p. 44).

[59] Narración correspondiente al decimonoveno capítulo del primer libro del Kojiki. Este cuento folklórico japonés muestra similitudes con la leyenda de san Jorge y el dragón, presente en varias tradiciones literarias europeas.

[60] Kojiki (2002, p. 89).

[61] Kojiki (2002, p. 89-90).

[62] Como en el episodio de la Odisea en que Ulises embriaga a Polifemo para debilitarlo.

[63] Kojiki (2002, p. 90).

[64] Arma mítica de importancia equivalente a la Excalibur del rey Arturo. Hoy en día, aún aparece como referente de primer orden de la mitología japonesa en nuevas plataformas de difusión de la tradición épica como los cómics manga, las peliculas anime o algunos videojuegos procedentes del país nipón.

[65] El segundo y el tercer libro del Kojiki han recibido el nombre de La era de los hombres, ya que, a diferencia del primero, tienen como protagonistas a las familias imperiales de la corte japonesa.

[66] Wang Mang fundó la dinastía Xin (‘nueva’, en chino) con la intención de emprender reformas fiscales y territoriales que nunca fueron aceptadas por las familias dominantes del imperio. Ésta fue la razón por la que, doce años después de imponerse como jefe de estado, Wang Mang fue derrocado en beneficio de los Han, los legítimos gobernantes de China.

[67] Siglos después, este pueblo de las estepas asiáticas arrasaría todos los territorios hasta llegar a Europa bajo el mando de un general que, aparte de los méritos militares conseguidos en vida, ha pasado a la historia como un héroe legendario: Atila.

[68] Ver nota 35.

[69] La dinastía Qin unificó China después del período de los Estados en Guerra (siglos v-iii a. C.).

[70] De hecho, los períodos Han y Tang han sido a menudo considerados los más prósperos de la historia de China.

[71] Fundado por Siddhartha Gautama Buddha, en la India, hacia el año 537 a. C.

[72] El primer rey conocido del Tíbet fue Sron-tsan-gam-po, que gobernó entre los años 604 y 650 e introdujo el budismo en el país. Las fuentes historiográficas establecen que, antes de este primer monarca, veintisiete reyes gobernaron el país del Himalaya, aunque su existencia no es enteramente verosímil. Sron-tsan-gam-po también inició las relaciones diplomáticas, nunca faltadas de tensión, entre el Tíbet y China, a raíz de su matrimonio, en el año 641, con una princesa de la dinastía Tang, Wen-Cheng. Las diferencias entre tibetanos y chinos debido a intereses territoriales y comerciales continuaron durante el reinado de la dinastía Song (960-1260); a partir de mediados del siglo xiii, el Tíbet sufrió las constantes invasiones de las hordas mongoles y del nuevo imperio instituido por la dinastía Yuan (1260-1368).

[73] El poema habla de muerte y anarquía, de demonios devoradores de hombres y de espíritus malignos comandados por malvados monarcas de reinos desconocidos. Quizá este apocalíptico comienzo es una reminiscencia de los años oscuros del Imperio de China, cuando la desunión hundía la nación en largos períodos de guerras civiles, como en el caso de los Estados Guerreros (siglos v-iii a. C.) o de la primera dinastía Jin (siglos iv-vi a. C.).

[74] En el nacimiento del río Amarillo.

[75] El episodio nos remite a la leyenda del rey Arturo. Tanto el hijo de Uther Pendragon como Gesar son personajes anónimos hasta que, habiendo superado una prueba sólo al alcance del hijo de un rey, se dan a conocer como legítimos descendientes de sus padres y coronados como soberanos de sus respectivos países.

[76] También como en el Ramayana de Valmiki.

 

© Miquel Aguilar Montero 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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