Escenarios conflictivos en la conformación de una página literaria

Lic. Ana María Risco

Becaria doctoral (CONICET)
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas
Universidad Nacional de Tucumán - Argentina
anamrisco@yahoo.com.ar


 

   
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Resumen: En el presente artículo se caracteriza el estado del campo intelectual argentino y los escenarios culturales de las décadas del cuarenta y del cincuenta entre los cuales surge una de las secciones literarias centrales dentro del periodismo cultural de la región noroeste de Argentina, la sección literaria del diario La Gaceta de Tucumán, dirigida por el Sr. Daniel Alberto Dessein, cuyo primer intento de publicación se enmarca en el período 1949-1951.
La inquietud principal del artículo consiste en focalizar el estado de un sector cultural tanto nacional como provincial durante las primeras presidencias del general Juan Domingo Perón.
Palabras clave: campo intelectual, página literaria, peronismo, censura, diarios “independientes” vs. “oficialismo”

Abstract: This article describes the state of the argentine intellectual field and the cultural scenarios of the 1940’s and the 1950’s among which emerge one of the main literary sections within the cultural journalism of the Northwestern region of Argentina: the literary section of the newspaper La Gaceta from Tucumán, directed by Mr. Daniel Alberto Dessein, whose first intent of publication is situated within the year-period of 1949-1951. The main concern of the article consists on focusing the state of a cultural section at a national as well as a provincial level during the first presidencies of General Juan Domingo Perón.
Key words: intellectual field - literary page - "Peronism" - censorship - "independent" vs. "Party-liners" newspapers

 

Escenarios en los que emerge una sección literaria [1]

1. Campo político: el peronismo. Control, papel y censura

Durante los dos primeros gobiernos del general Juan Domingo Perón en Argentina, la prensa no oficialista se constituye en el portavoz de la clase opositora. Su actitud de crítica constante contra el gobierno y contra sus partidarios políticos genera cierto malestar en las esferas oficiales.

Para resolver este conflicto, desde diferentes sectores del Estado se busca silenciar esas voces opositoras. Como primera medida, dentro de cierto marco de legalidad, se sancionan el cuestionado “Estatuto del Periodista” [2] , leyes, decretos, ordenanzas municipales, y se realizan juicios por desacato a directores de diarios y a periodistas. Por medio de este estatuto se regula la labor de prensa como las condiciones de ingreso y el régimen de trabajo, entre otras cosas.

Posteriormente, se acude a la estrategia de la promoción de conflictos gremiales, de la restricción del material de trabajo, hasta llegar a los casos extremos de la compra o la expropiación por parte del Estado de periódicos, revistas y radios pertenecientes a empresas autodenominadas independientes. Se constituye con estas adquisiciones la gran empresa estatal ALEA S.A. (Sirvé 1984: 11)

En efecto, a mediados de 1947 comienzan las compras de acciones de diarios como Democracia, Noticias Gráficas, Crítica (luego de abrumadoras presiones para que los dueños vendieran sus partes). Además se consigue a través de terceros y gracias a la intervención de Eva Duarte de Perón, la mayoría de las acciones de Haynes -una poderosa editorial de capitales angloamericanos-, numerosas revistas (Mundo Argentino, Selecta, El Hogar, Mundo Deportivo, Mundo Agrario, Mundo Atómico, Mundo Infantil, Mundo Radial, Caras y Caretas y P.B.T), y el diario La Razón (de los Peralta Ramos) (Sirvén 1984: 67).

Por ley se dispuso la expropiación del diario La Prensa, precipitada por los graves conflictos entre canillitas y directivos del diario. Según Sirvén, más que una expropiación fue una confiscación de bienes periodísticos, ya que al poco tiempo (19 de noviembre de 1951) volvió a aparecer pero con tono marcadamente oficialista. Estos hechos repercuten en diarios importantes del exterior, en donde se repudia y critica severamente la acción del gobierno argentino (Sirvén 1984: 99-115).

De este modo comienza a sistematizarse un tipo de censura [3] que actúa desde los organismos oficiales creados para tal objetivo.

La reglamentación de la libertad de prensa no es una novedad del período peronista. Un antecedente inmediato se encuentra durante la presidencia de Ramírez, responsable de un decreto por el cual se normativiza la actividad periodística. En dicho decreto se habla de la creación de un registro de publicaciones que incluye los datos personales de los directores y la información correspondiente al origen de los recursos financieros del medio. La responsabilidad de los artículos recae directamente sobre el autor, el director y el propietario del diario. Se ordena, además, la publicación obligatoria de los comunicados oficiales provenientes de la Subsecretaría de Informaciones. Los corresponsales extranjeros debían remitir una copia de sus artículos al mismo organismo (Sirvén 1984: 23-25).

El argumento principal del gobierno de Perón para justificar su proceder contra la libertad de prensa se focaliza en la necesidad de “manejar” la información para evitar su manipulación indiscriminada efectuada por los grandes monopolios comerciales y los intereses políticos partidistas.

Los organismos oficiales que cumplen con tareas de censura son la Subsecretaría de Informaciones y la Secretaría de Prensa y Difusión, encargadas de organizar la propaganda política gubernamental [4] .

Además de las instituciones y organismos dedicados al control de la prensa, algunas figuras políticas tienen una estrecha vinculación con las gestiones de compra y adquisiciones de las empresas periodísticas y radiales como la esposa del presidente, Eva Duarte de Perón [5] ; el señor Raúl Apold [6] , encargado de la Dirección General de Difusión; y José Emilio Visca, presidente de la Comisión Bicameral Investigadora de Actividades Antiargentinas [7] o “Comisión Visca”. Esta última Comisión desempeña el papel de un inquisidor más para los diarios, junto a los controles constantes de la Policía Federal.

Visca promueve además una ley para reducir el número de páginas de los diarios como solución al problema del desabastecimiento de papel prensa, ya profundamente agudizado a fines de los años cuarenta. Su propuesta es mal vista por los diarios independientes del gobierno. Sin embargo, en 1948, ante la situación cada vez más crítica de desabastecimiento, el gobierno determina la reducción obligatoria del número de páginas de los diarios. Los números de páginas de los grandes diarios, como La Nación, se ven gravemente reducidos: de 30 a 16 al principio, luego a 12, hasta llegar a 6 páginas. Ante estas medidas muchos diarios del interior desaparecen (Cfr. Sirvén 1984: 89).

La crisis de papel destinado a los periódicos es un problema que se viene gestando desde años anteriores en toda América Latina. La materia prima importada desde los Estados Unidos ya no se consigue con facilidad en Argentina. La participación del país del norte en la recién finalizada guerra mundial tuvo una significativa implicancia en dicha situación.

Antes de la asunción de la presidencia por parte de Perón, el entonces presidente Edelmiro Farrell adopta algunas medidas importantes para paliar esta falta. Entre dichas medidas se encuentra la inclusión del papel prensa dentro de la ley de represión del agio, lo que afecta directamente a la prensa opositora. Por esta ley las empresas con excedentes de papel debían entregarlo al gobierno para que éste, por medio del prorrateo a cargo de la Subsecretaría de Informaciones, se encargara de su distribución “equitativa” entre las empresas periodísticas con dificultades económicas. La medida se aplica con especial severidad a los diarios que vienen ejerciendo desde tiempo atrás una dura crítica hacia el gobierno (Ibídem: 55).

 

2. Campo literario argentino

2. 1. El campo literario porteño

Entre los diarios que otorgan un espacio significativo a la literatura en las primeras décadas del siglo XX se destacan La Nación y el diario El Mundo. El primero de ellos ya desde fines del siglo XIX ensaya las publicaciones por entregas [8] . El segundo introduce como novedad “colaboraciones literarias”, próximas en sus características a lo que se conoce actualmente como ensayo breve [9] .

Hacia la década del cuarenta, el panorama cultural argentino muestra una proliferación de pequeñas revistas de poesía, portadoras de una perspectiva neorromántica. Entre las características de estas revistas puede mencionarse su fugacidad. Además, se constituyen en órganos representativos del punto de vista de distintos grupos de escritores. De las revistas de las décadas del cuarenta y del cincuenta que se identifican con algún grupo o movimiento literario se destacan: Canto (1940, que sólo publica dos números), Huella (1941), dirigida por José María Castiñeira de Dios; Verde Memoria (1942-1944), bajo el cuidado de Ana María Chouhy Aguirre y Juan Rodolfo Wilcock, y Ángel como órganos de expresión de los escritores de la “generación del cuarenta”; Arturo (1944), dirigida por Carmelo Arden Quin, Rhod Rothfus, Gyula Kósice y Edgar Bayley, y los cuadernos Invención (1945), con textos de Bayley, Kósice y Tomás Maldonado, representativas del invencionismo; Poesía Buenos Aires (1950), a cargo de Raúl Gustavo Aguirre y Jorge Enrique Móbili, que marca el cierre del período iniciado por los jóvenes del cuarenta (Lafleur, Provenzano y Alonso, 1968).

El grupo de la llamada “generación del cuarenta” [10] presenta en su escritura rasgos propios del neorromanticismo, como el tono elegíaco y nostálgico, la elección y el abordaje de determinados temas (el recuerdo o la ausencia del amor, la infancia, la tierra natal), el desinterés por la innovación formal [11] y una actitud de revalorización de lo nacional.

La crítica al tono neorromántico surge en el seno mismo del grupo, lo que provoca la disidencia y el alejamiento de muchos poetas. Los escritores que se identifican al poco tiempo como los cultores del invencionismo [12] y del surrealismo en Argentina encarnan esta actitud crítica.

En el terreno de la narrativa se observan distintas tendencias. Por un lado se encuentra la línea realista, con un nuevo punto de apoyo en la obra de Jean-Paul Sartre. El núcleo de redactores de las revistas Contorno y Centro es el responsable de introducir y polemizar acerca de la problemática del existencialismo sartreano, pero pensado desde una perspectiva latinoamericana y nacional. Para este nuevo grupo la problemática gira en torno a temas tales como el peronismo, las luchas de clases, el rechazo a los martinfierristas, las figuras de los escritores Roberto Arlt y Eduardo Mallea, la revalorización del tango y sus representantes (Mangone y Warley 1982).

La disputa en torno al realismo en el campo literario cobra, entonces, mayor importancia. Se torna imperiosa la necesidad de denunciar una literatura descomprometida y formalista, considerada gratuita (Rubione 1982: 482), difundida principalmente por el grupo de escritores de la revista Sur a cargo de Victoria Ocampo.

La narrativa fantástica constituye otra de las tendencias del campo literario de la época, difundida principalmente por Sur. En su selección de textos publicados no se prioriza la tendencia realista (Rocco-Cuzzi y Stratta 1982: 507), actitud acorde con el concepto de “literatura pura” defendido por la revista.

Una tercera línea narrativa, también ampliamente promovida por Sur, es la llamada “literatura de ideas”, a la que pertenece el ensayo especulativo (Ibídem). Lo característico de este tipo de narrativa consiste en que la ficción aparece en función de la argumentación, reflexión e interpretación, tanto literaria como filosófica.

Por otra parte, el género policial tendrá un amplio desarrollo en este período, con colecciones a cargo de destacados escritores de la “alta cultura”. Es el caso de la colección “Séptimo Círculo”, en la que colaboran escritores argentinos como Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo, Adolfo Bioy Casares, Manuel Peyrou, etc. (Rivera 1982: 584)

En cuanto a la producción ensayística, Jaime Rest destaca la importancia del género en Hispanoamérica y en Argentina como uno de los más cultivados. En determinadas ocasiones, su producción llega a prevalecer por encima de los grandes géneros literarios tradicionales (poesía, novela, drama). A través de este género se expresan las tensiones, frustraciones e ilusiones, producto del difícil momento de enunciación (Rest 1982: 37-38).

En la primera mitad del siglo XX predominan los ensayos de interpretación nacional. Su propuesta consiste en el empleo de categorías ontológicas, de existencia puramente ideal e “inmodificable” (Ibídem: 39). Estos ensayos presentan un esquema maniqueo, basado en la idea de que el destino del país oscila entre un gran porvenir que se daría sin mayores esfuerzos, y la resignación ante la imposibilidad de lograr la estabilidad y el progreso tan ansiados por falta de raíces y tradiciones (Ibídem: 40). Rest sostiene que hay excepciones, como el caso de Jorge Luis Borges y Paul Groussac, que no recurren a este tipo de perspectivas maniqueas (Ibídem: 41).

Por otra parte, Rodolfo Borello señala dos tendencias en el ensayo de la época. En primer lugar, una línea irracional e intuicionista, que promueve la creencia en un determinismo existencial, individual y colectivo, dirigido por “fuerzas irracionales, indefinibles y no analizables” (Borello 1981: 483). De esta corriente se derivan dos actitudes opuestas: una pesimista y otra optimista. El pesimismo se fundamenta en la existencia de un “pecado original” -en términos de H. A. Murena- que recae en los miembros de la comunidad latinoamericana, y sobre todo en la argentina, la cual está condenada al fracaso, a la frustración de todo intento de realización y de éxito. Por otra parte, el optimismo se basa en una suerte de creencia en el inevitable “esplendor que aguarda a la Argentina, nutrido en virtudes innatas que no requieren esfuerzo alguno” (Rest 1982: 39-40). Un esplendor al cual estaría destinada América Latina. Ambas actitudes son representativas de un “sector intelectual argentino que transfiere a planos metafísicos la comprensión y asunción de su realidad” (Borello 1981: 486), sector al que pertenecen, entre otros, los escritores Alberto Caturelli, Ernesto Sábato y Víctor Massuh (Ibídem: 486-488).

En segundo lugar, Borello distingue, a partir de 1945, una línea de interpretación racional de la realidad nacional, cuyo principal representante es Bernardo Canal Feijóo [13] . Esta tendencia se caracteriza por utilizar datos provenientes de las ciencias sociales, en directa vinculación con el recién nacido revisionismo histórico, dentro de las nuevas tendencias historiográficas (Ibídem: 484). Dicho “revisionismo histórico” se encarga de demostrar las falencias de la historiografía de corte liberal y denuncia las graves omisiones, la deformación de los acontecimientos históricos según intereses sectoriales y el ocultamiento de importantes documentos. Interesada por “corregir” estas cuestiones de método, esta nueva corriente historiográfica caerá, según Borello, en lo mismo que denuncia. Entre los escritores que se vinculan a ella se encuentran José A. Saldías, Ernesto Quesada, David Peña, Carlos Ibarguren, Ernesto Palacio, José María Rosa y los hermanos Irazusta, entre otros (Ibídem: 498-499).

Por su parte, Emir Rodríguez Monegal (1956) percibe la existencia de una “generación” de ensayistas signada por el surgimiento del régimen peronista, que se nuclea en las revistas Verbum, Centro y, posteriormente, en Contorno y Ciudad. Estos escritores, que manifiestan un rechazo absoluto a “los puros”, “los incontaminados” (E. Mallea, Ezequiel Martínez Estrada, en parte), buscan abordar la realidad desde un análisis filosófico, sociológico, alejados de la estilística e influenciados por el existencialismo francés y alemán. Son “Críticos de la realidad, del contorno” (Rodríguez Monegal 1956: 30). Sus textos se refieren fundamentalmente al ámbito de la teoría y la crítica literaria argentinas.

2. 2. Incidencia del campo político sobre el campo literario e intelectual porteño

Hacia fines de la década del cuarenta y principios del cincuenta se instaura en el interior del campo cultural una antinomia que ocupará una posición central: “lo popular” frente a “lo culto”, a “lo ilustrado”, identificado tradicionalmente con el grupo de intelectuales liberales.

En el campo literario, “lo popular” se manifiesta a través del auge que experimentan en esos años el teatro costumbrista y la canción popular (ya sea folclore o tango). Se promueve esta vertiente desde los sectores próximos al gobierno, de acuerdo a la propuesta gubernamental de hacer llegar la cultura al pueblo y de hacer partícipe al pueblo de las manifestaciones culturales. Al mismo tiempo se ignora a los grupos de escritores liberales, dominantes en el campo literario e intelectual de la época desde década atrás. Estos escritores inician por aquellos años una especie de “resistencia en defensa de la cultura” (Freidemberg 1982: 556).

Sin embargo, el campo intelectual de la época no se muestra homogéneo. Un grupo de escritores se acerca cada vez más a las propuestas del nuevo gobierno. Estos intelectuales observan con benevolencia e incluso comparten muchos de los postulados oficiales. Entre ellos se encuentran: Leopoldo Marechal, Horacio Rega Molina, José María Castiñeira de Dios, María Granata, Oscar Ponferrada, quienes apoyan al peronismo o adhieren a él políticamente (Borello 1929: 39). Esta situación cual genera conflictos en el seno mismo del campo.

En 1948 se crea la Junta Nacional de Intelectuales, fruto del contacto entre artistas y escritores vinculados sobre todo a la esfera oficial. La función de esta Junta, dependiente de la Subsecretaría de Cultura, es promover la investigación y la creación literaria, artística, científica y técnica, así como también difundirla y preservar los distintos patrimonios y manifestaciones culturales [14] . Producto de esta Junta es el “Proyecto de Estatuto del Trabajador Intelectual”, que fracasa dado su carácter ambicioso. El presidente de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) en ese momento, Carlos Alberto Erro, denuncia en contra del “Proyecto” que su propuesta coarta la libertad por medio de la creación de una Confederación de Trabajadores Intelectuales a la que sería necesario pertenecer para poder acogerse a los beneficios del nuevo sistema. Además observa que existe un régimen de censura, ya que no serían beneficiarios de la protección del Estado aquellos que ofendieran a la religión del país, a la nacionalidad o al orden moral (Rivera 1984: 597-599).

Durante la primera presidencia de Perón, los cuestionamientos al elitismo liberal desde sectores próximos al oficialismo se centran en críticas a la política cultural del diario La Nación y de la revista Sur, publicaciones que, junto a otras importantes empresas como La Prensa, hegemonizan los campos literario y periodístico de la época.

Desde el gobierno se atacan directamente los valores aristocráticos de la clase que representa Victoria Ocampo. Su persona pasa a convertirse en símbolo del predominio del liberalismo en materia política y cultural desde fines del siglo XIX. Sin embargo, el gobierno no interviene violentamente a Sur como lo hace con la prensa opositora en general, pues la revista no constituye un peligro directo. El peronismo no logra articular una alternativa cultural a la hegemonía de Sur dentro del campo literario de la época, aunque lo intenta a través de publicaciones como Sexto Continente [15] .

2. 3. La “Universidad de las sombras” [16]

La intervención del gobierno peronista alcanza también el ámbito académico. Reglamenta el funcionamiento de las universidades estatales, reorganiza las academias privadas de Bellas Artes e Historia, promulga la ley 13.031, por la cual los intelectuales en desacuerdo con la política y la ideología del gobierno son suspendidos, cesanteados o expulsados de la institución a la que pertenecen.

Con esta ley se legaliza el control policial que se ejerce durante el gobierno peronista en el ámbito universitario. La intervención de las universidades tampoco es un tema nuevo en esta época. Ya había sido decretada tiempo antes de asumir Perón como presidente, con el objeto de apaciguar la violencia política que reinaba en los claustros universitarios. Perón continúa con esta política durante todo el período que dura su primer mandato (1946-1951), pero trata de revertir la situación en su segundo gobierno (1952-1955) con la creación de un movimiento de ideología oficial y la organización de los universitarios en las filas del peronismo. Como ejemplo basta recordar que se estimula la creación de una entidad estudiantil oficial en contraposición a la Federación Universitaria Argentina (Mangone y Warley 1984: 27). Dicha ley también incluye restricciones en cuanto al comportamiento y las actitudes de los académicos, los cuales no deben participar directa ni indirectamente en actividades políticas, ni formular declaraciones que impliquen militancia en sectores de oposición al gobierno (Ciria 1983: 233).

El cuerpo de profesores universitarios está constituido de manera muy heterogénea. Por un lado se encuentran aquellos cuya legitimidad proviene de su fidelidad hacia el gobierno -los llamados “flor de ceibo”-; por otro lado, los profesores de corte nacionalista y católico; y por útlimo, aquellos profesores de corte liberal, divididos a su vez entre los que se oponen abiertamente al gobierno y a sus partidarios, y aquellos que adoptan una forma de oposición indirecta y sutil por medio de una actitud política neutral.

Oscar Terán señala que durante las primeras presidencias de Perón el ámbito académico dependía “de quienes estaban en general mal dispuestos a permitir la circulación de saberes” (Terán 1993: 30). Para contrarrestar tal situación, los intelectuales situados en los márgenes del sistema universitario proporcionan un espacio alternativo propicio para la circulación de conocimientos. Este espacio se constituye en un campo cultural con reglas de legitimidad propias frente a la exclusión institucional y a la denunciada mediocridad instalada en las aulas. En este sentido, la revista Imago Mundi (1953-1956), dirigida por José Luis Romero, perfila el rostro de una universidad alternativa que, debido a la política del peronismo, se ve obligada a funcionar “en las sombras” (Ibídem). Conforma, junto a docentes cesanteados y estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, un frente de resistencia a la política peronista universitaria (Mangone y Warley 1984: 43). Al respecto, se destaca la labor llevada a cabo por la revista Centro, portavoz del Centro de Estudiantes de Filosofía y Letras [17] .

Terán reconoce en el campo intelectual una franja o sector “denuncialista”, integrado por aquellos intelectuales que intentan construir un proyecto cultural propio: “este sector crítico buscó de hecho la creación de un espacio independiente entre el campo liberal y la ortodoxia peronista” (1993: 29). Durante el primer gobierno de Perón, este sector muestra una marcada oposición al régimen y se encuentra más cerca del sector liberal. Será necesaria la “exclusión del peronismo del Estado” para que la franja denuncialista se distanciara definitivamente del sector liberal y emprendiera un proceso de relectura del fenómeno peronista (Ibídem).

Esta franja de intelectuales críticos se manifiesta a través de las revistas Verbum, Contorno, Las ciento y una, Imago Mundi y Gaceta Literaria -que funcionan como sus portavoces-, y de instituciones alternativas como el Colegio Libre de Estudios Superiores y la Sociedad Científica Argentina.

 

3. El campo literario del noroeste argentino

El periodismo tiene una importancia crucial para el desarrollo de la literatura del noroeste, dado que por mucho tiempo no hubo en la región una industria editorial sólida que respalde la producción local. Por este motivo, sostiene David Lagmanovich, podría explicarse la preferencia de los escritores por las formas literarias breves (1974: 17-18).

De las empresas periodísticas que se interesan por dar un espacio significativo a la literatura se encuentran a La Unión de Catamarca; El Liberal de Santiago del Estero; El Intransigente y El Tribuno de Salta; El Orden, La Razón y La Gaceta de Tucumán (Ibídem: 212). Se puede agregar a este panorama el diario Trópico, que publica un suplemento dominical, Cultura (1948), dedicado a la actividad y producción cultural de la provincia de Tucumán.

Hacia la década del cuarenta hay una proliferación de revistas en consonancia con el mismo fenómeno a nivel nacional. La revista, entonces, se constituye en uno de los medios más asequibles para difundir la actividad literaria. Este fenómeno se explica, en parte, por la ampliación del sistema de producción y circulación de los bienes simbólicos del noroeste gracias a la inquietud de grupos de jóvenes escritores, preocupados por crear nuevos medios y centros de difusión prácticamente autónomos (Baumgart, Crespo de Arnaud y Luzzani Bystrowicz 1982: 241).

Entre dichas publicaciones se encuentran Sustancia (1939-1946), a cargo de Alfredo Coviello y editada por la Sociedad Sarmiento con el auspicio del grupo Septentrión; Cántico (1940), dirigida por el profesor Marcos Morínigo; los boletines que acompañan los primeros libros del grupo La Carpa; Círculo y Pirca (ambas de Salta); Norte (1951-1955), revista cultural que manifiesta una explícita aproximación al peronismo, editada por la Comisión Provincial de Bellas Artes, y dirigida por Manuel Gonzalo Casas, Manuel García Soriano y Miguel Herrera Figueroa; Humanitas (1953-1977, y una segunda época a partir de 1994 hasta la actualidad) revista de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán, de carácter más bien académico; Notas y estudios de filosofía (1950-1955), dirigida por Juan Adolfo Vázquez, publicación no literaria pero que influye en el desarrollo cultural de la región; y Tarja (1955, Jujuy), dirigida por Mario Busignani, Jorge Calvetti, Andrés Fidalgo y Néstor Groppa junto al pintor Medardo Pantoja.

Entre las publicaciones literarias de gran relevancia para el quehacer cultural también figuran: en Tucumán Ritmo (1941-1942), dirigida por Tomás García Giménez junto con L. Bustos Avellaneda, Alfredo Roque Dall' Ara y José A. Olmos Ibazeta; El mar y la pirámide (1941), conducida por Nora Bohorques y Eduardo Joubin Colombres y auspiciada por el Ateneo de estudiantes de Filosofía y Letras; Perseverar (1942-1943), dirigida por Humberto Aguilar; Norte Argentino (1942), dirigida por Juan B. Terán (h.); Tuco (1943), a cargo de Nicandro Pereyra, anticesora de La Carpa; Víspera (1944-1945), dirigida por Julio Víctor Posse; Runa (1949-1951), a cargo de Alberto Budeguer, órgano de expresión de la Sociedad Cultural Runa creada en 1949; reaparece Sarmiento (1949-1958), órgano de la Sociedad del mismo nombre que difunde sus actividades culturales; Panorama (1952-1957), dirigida por Ricardo Casterán; Trazos (1954), dirigida por Félix Lucio Díaz, entre muchas otras; en Salta: Ángulo; en Santiago del Estero, Vertical (1937) y Zizayán, dirigida esta última por María Adela Agudo (Billone y Marrochi s/f: 30; cfr. Lagmanovich 1966).

Dentro del circuito de los medios masivos de comunicación, Lagmanovich reconoce que la página literaria de La Gaceta es uno de los instrumentos más eficaces para la difusión y el desarrollo literario de la región, ya que logra establecer un contacto casi directo entre escritores y lectores (1974: 199-204).

Un rasgo de la literatura del noroeste es la preferencia por la poesía sobre los demás géneros literarios. En este sentido, “la producción poética supera en esa parte del país a la novelística, la ensayística o la literatura teatral, tanto en volumen como en importancia” (Ibídem: 17).

Este fenómeno se puede percibir, según Lagmanovich, en nudos o momentos de concentración e irradiación de la poesía. El primero está vinculado al ideario modernista durante los años veinte, que se asocia al grupo conocido como la “generación del Centenario”. En dicho grupo sobresale la figura del boliviano Ricardo Jaimes Freyre. Entre las décadas del veinte y del cuarenta se produce un momento de transición cuya característica principal es una especie de “lentitud cultural”, ya que sólo se destacan casos aislados de poetas todavía relacionados a las huellas modernistas. En estos años es significativa la labor llevada a cabo por Bernardo Canal Feijóo (Santiago del Estero), Luis Franco (Catamarca) y Alfredo Coviello (Tucumán) para reactivar la producción cultural de la región.

Canal Feijóo dirige el grupo La Brasa (desde 1925) de Santiago del Estero, que se constituye en un importante centro de relaciones con figuras internacionales consagradas provenientes de Buenos Aires y de otros ámbitos culturales del país. Gracias a su esfuerzo la provincia de Santiago del Estero alcanza una posición destacada en la cultura del noroeste. Según Octavio Corvalán, La Brasa tiene las características de los grupos de vanguardia: sus miembros rechazan el formalismo que implica toda organización; eluden estatutos, no respetan la convención de las tradicionales comisiones directivas propias de las instituciones estrictamente formalizadas, es decir, evitan caer en la burocracia institucional. Buscan promover las actividades culturales y artísticas a través de exposiciones, conferencias, literatura, teatro, etc. Corvalán también destaca que La Carpa comparte con La Brasa la característica de una organización interna bastante flexible (Corvalán, inédito: 23). La Brasa también se convierte en sello editorial (como La Carpa) y difunde la obra de gran cantidad de poetas y escritores nuevos [18] .

En la década del cuarenta se distingue un segundo momento en el cual se produce una eclosión poética en concordancia con el fenómeno correspondiente a nivel nacional [19] . En esa misma época se comienza a sentir la repercusión en el ámbito cultural de la recién creada Facultad de Filosofía y Letras de Tucumán, institución que marca un cambio significativo para el desarrollo cultural del noroeste argentino.

Por estos años, como afirma Lagmanovich, se destaca la presencia de un grupo de escritores que define posturas poéticas: La Carpa, de carácter regional, cuyo centro de reuniones y actividades es Tucumán. Se encuentra animado por personalidades provenientes de las distintas provincias que conforman el NOA cultural. Este grupo se presenta con una postura inicial polémica, cercana a las primeras manifestaciones de la vanguardia de principios del siglo XX [20] .

Otro núcleo de escritores que se destaca en la década del cuarenta es el de poetas no pertenecientes a La Carpa, pero que inician su trayectoria literaria en la misma época. Entre ellos se puede mencionar a Guillermo Orce Remis y Leda Valladares de Tucumán; Mario Busignani, Jorge Calvetti, Néstor Groppa, Andrés Fidalgo de Jujuy; Jaime Dávalos de Salta y Ariel Ferraro de La Rioja, entre otros. Algunos de ellos se vinculan aisladamente con los poetas de La Carpa, con quienes comparten una postura estética similar (Ibídem: 24).

Por último, según el “esquema cronológico” de la poesía del noroeste argentino propuesto por Lagmanovich, puede mencionarse un núcleo de escritores más jóvenes que inicia su producción literaria diez años más tarde que los integrantes de La Carpa. Entre ellos se encuentran Ariadna Chaves, Arturo Álvarez Sosa, Juan José Hernández, Dora Fornaciari, Tiburcio López Guzmán, Carola Briones, Walter Adet, Alba Omil y Hugo Fouguet, entre otros.

Entre las décadas del cuarenta y del cincuenta, se produce en Tucumán una “auténtica revisión de sus valores culturales” (Lafleur, Provenzano, Alonso 1968: 217), sobre todo en el terreno de la poesía.

El principal agente que define posiciones en el campo literario regional de la época es el ya mencionado grupo de La Carpa. La labor desarrollada por dicho grupo a partir de 1944 coloca a Tucumán como epicentro de la actividad poética de la zona. La Carpa muestra interés por la búsqueda de una poesía que se distinga de la cultivada en las grandes urbes, a pesar de recibir en cierta medida su influencia. Los poetas construyen una poesía con matices telúricos acentuados, que les otorga una especie de “marca” distintiva, opuesta a sus comprovincianos, a quienes consideran como “falsos folcloristas” (Galán 1966: 312).

El grupo busca integrar una poesía de corte “universal” con elementos “regionales”. Su idea principal es reivindicar la poesía regional, elevarla a niveles que trasciendan los límites geográficos. En este acto pretende ir más allá de una respuesta “regional” a la situación de marginación en la que se encuentra sumergida la literatura del interior frente al cosmopolitismo de la gran urbe representada por Buenos Aires. Esta actitud se manifiesta a través de la temática y de las formas líricas populares adoptadas por los escritores norteños.

Entre dichas formas se privilegia la copla como la más cercana a la tradición oral anónima [21] . Está implícita la intención de restablecer el contacto entre el poeta y el pueblo. El “canto” tiene una importancia crucial para estos poetas en tanto instrumento de rescate, de recuperación, de revalorización e incorporación de las tradiciones, costumbres, mitos y leyendas del noroeste (Baumgart, Crespo de Arnaud y Luzzani Bystrowicz 1982: 243-244).

Posteriormente, a partir de 1955, la mayoría de los integrantes de La Carpa pasan a integrar el staff de colaboradores de la revista Tarja (1955-1960). El nuevo grupo manifiesta inquietudes similares logrando consolidar gran parte de los postulados iniciales de La Carpa. Sin embargo, la postura de los poetas de Tarja se inclina de un modo más pronunciado hacia la problemática social. La mayoría de los escritores que colaboran con esta revista alcanza hacia fines de la década una relevancia significativa en el campo literario argentino. Entre ellos figuran Héctor Tizón, Jaime Dávalos, Manuel J. Castilla, Raúl Galán, Raúl Aráoz Anzoátegui, Álvaro Yunque, Carlos Mastronardi, León Benarós (Ibídem: 245).

La actividad folclórica vive su momento de auge en plena década del cincuenta, sobre todo en Salta, provincia que cuenta con la destacada y ya por entonces consagrada figura de Juan Carlos Dávalos. Es el momento en que, debido a la constante movilización poblacional que sufre el país producto de las migraciones internas, comienza a difundirse con mayor intensidad el gusto por los productos folclóricos. Las grandes urbes vuelven su mirada con creciente interés hacia la producción del noroeste y se desarrolla un “mercado folclórico” para un público bastante amplio. Dicho público está constituido tanto por aquellos que buscan en los nuevos productos una conexión con los sentimientos nostálgicos por su tierra natal, por sus tradiciones, costumbres e historia, como por aquellos con costumbres marcadamente metropolitanas pero interesados por el contacto con esa parte de “lo nacional” hasta entonces despreciada, sin llegar a identificarse totalmente con ella (Ibídem: 246).

Tanto La Brasa como La Carpa son grupos de referencia a la hora de hablar de la literatura del noroeste (Corvalán, inédito: 17-18). El aporte de La Carpa al desarrollo literario de la poesía regional es considerablemente significativo. Corvalán considera que “La Carpa fue el despertar” de una nueva conciencia y confianza en la escritura de los poetas del interior. El grupo logra una cohesión importante entre los poetas del noroeste (Ibídem: 22-23).

En cuanto a la narrativa, se observa que en la primera mitad del siglo XX el género no tiene muchos cultores en el noroeste. Los escritores muestran poco interés por la narrativa. Cuando lo hacen escriben con matices folcloristas, cultivan un relato de tipo anecdótico, con un tono tradicional, o bien recopilan y reescriben leyendas, mitos y hechos históricos de la región. El cuento sólo logra difusión por medio de publicaciones periódicas y de revistas (Ibídem: 71-73).

La cuentística del noroeste propiamente dicha surge, según Corvalán, “con vigor y autonomía” en la década del cuarenta con libros como El hombre que olvidó las estrellas de Ángel María Vargas. Otro cuentista destacado por este autor es Jorge W. Ábalos con Cuentos con y sin víboras (1942). En este período, la producción de cuentos breves crece en importancia. Entre los escritores que se interesan por la narración breve, Corvalán menciona a Juan Carlos Dávalos, Luis Franco, Bernardo Canal Feijóo, Ricardo Rojas, Fausto Burgos y Pablo Rojas Paz (que escribe desde Buenos Aires principalmente) (Ibídem: 58-59).

Con respecto a la producción ensayística se observa una escasez de datos sobre el estado del género en la década del cuarenta y del cincuenta en el noroeste argentino. La mayoría de los ensayistas de la región -sobre todo aquellos que practican la especulación filosófica o buscan dar una explicación, racional o no, de la realidad- siguen los modelos propuestos desde el campo literario porteño. Tal es el caso de Víctor Massuh (América como inteligencia y pasión, 1955), que se aproxima a un tipo de análisis en el que predominan las categorías trascendentales y metafísicas (Borello 1981: 486-488).

Los escritores de la región practican el ensayo breve, cuya preferencia podría explicarse, tal como se vio más arriba, por el hecho de que este tipo de textos circula principalmente en la prensa escrita (Lagmanovich 1974: 17-18).

En las revistas especializadas como Humanitas y Notas y estudios de filosofía, predomina otro tipo de ensayo más acorde con los objetivos específicos de dichas publicaciones. Se trata del ensayo académico, dirigido principalmente a un grupo de lectores especializado, reducido y directamente vinculado a la universidad.

Por su parte, Rodolfo A. Borello reconoce la importancia de la figura de Bernardo Canal Feijóo para el campo literario del noroeste argentino, como principal exponente de la tendencia nacionalista del ensayo, sobre todo a partir de 1945 (Borello 1981: 489). El aporte de Canal Feijóo se manifiesta en una doble preocupación: “el análisis de la realidad concreta, y el pensarla en su causalidad histórico-cultural, concediendo importancia al interior olvidado y postergado” (Ibídem: 491). De acuerdo con esto, podríamos ubicar a este escritor en una postura próxima al revisionismo histórico, sobre todo por las críticas a la labor de los responsables de la Organización nacional de fines del siglo XIX y su ideología europeizante (Ibídem: 489).

Durante el peronismo predomina en la historiografía producida desde las cátedras de la Facultad de Filosofía y Letras de Tucumán un revisionismo tanto analítico como ensayístico, en directa vinculación con el revisionismo histórico promovido por los intelectuales peronistas desde sus diversas cátedras universitarias a nivel nacional. Ramón Leoni Pinto encuentra la explicación del auge de dicha tendencia en el hecho de que la mayoría de los profesores universitarios militan en esta época en el partido oficial de Perón, generando un clima de constante contiendas políticas (Leoni Pinto 1995: 88) [22] .

Sin embargo, la proximidad de Canal Feijóó al revisionismo por el cultivo de este tipo de ensayo no se encuentra necesariamente en relación directa con lo que sucede en la universidad argentina.

3. 1. Campo político y campo intelectual del noroeste argentino

3. 1. 1. La universidad de Descole y la Sociedad Sarmiento, principal institución contestaria

El Estado irrumpe en las aulas académicas por medio de la intervención a la Universidad Nacional de Tucumán y de la promulgación de la ya mencionada ley universitaria 13.031. En esta institución sucede lo mismo que en las otras universidades nacionales del país. Las cesantías y renuncias del grupo de profesores que no aceptan la afiliación al partido peronista logran neutralizar las expresiones de oposición directa al gobierno, tanto nacional como provincial.

A pesar de las violentas consecuencias que trae consigo la política intervencionista del Estado en materia educativa, se debe destacar la activación universitaria llevada a cabo por el rector interventor de la Universidad Nacional de Tucumán de aquellos años, el doctor Horacio Raúl Descole. En el ámbito académico, la provincia se presenta como la contracara de lo que sucede en las universidades de Buenos Aires y La Plata.

Durante su gestión como Director del Instituto Miguel Lillo (1942-1955), Descole se vincula estrechamente con altos funcionarios del Poder Ejecutivo Nacional, lo cual facilita su llegada al gobierno universitario durante la década peronista. Como rector interventor asume el cargo el 6 de mayo de 1946 y desde allí fomenta una reestructuración universitaria en articulación con los planes previstos por Perón para la Universidad Nacional [23] . En efecto, su propuesta pone en primer plano, por un lado, la investigación científica, que se desarrolla en los cuarenta y seis institutos creados a tal fin; por otro lado, la docencia articulada en treinta y un departamentos. Otra de sus ideas es el sistema de becas como ayuda financiera para estudiantes de bajos recursos que cursan las distintas carreras universitarias (Descole 1949: 44).

En cuanto a los medios masivos de comunicación y su relación con la universidad, se promueve la creación del Instituto de Radiocomunicaciones para proporcionar servicios y fomentar la investigación a través de la “Broadcasting Universitaria”.

Se crean, además, el Instituto Cinematográfico, bajo la dirección de Héctor Peirano [24] , y el Instituto de Periodismo, cuyo punto de apoyo es el diario Trópico que funciona en los edificios y con las maquinarias del ya desaparecido diario El Orden. El primer director de Trópico es Horacio Lagos, quien junto a Descole busca “una línea editorial diferente a los llamados ‘diarios populares’ ofreciendo en sus columnas, junto a la información cotidiana, artículos sobre temas científicos y culturales” (Aceñolaza 1993: 67) Sus primeras tiradas corresponden a 1947, y será uno de los principales opositores a La Gaceta.

En el terreno periodístico, Irene García de Saltor señala que muchos intelectuales se unen a grupos de la estructura tradicional de la opinión pública “que desarrollaban su actividad en el ámbito «privado», en grupos más o menos institucionalizados, (...) con autonomía económica y cultural respecto del Estado y con un perfil de oposición al régimen” (1997: 70).

Por su parte, Leoni Pinto señala que en tiempos de Perón se organiza en Tucumán una oposición que se mueve en ámbitos ajenos a los oficiales. Entre las instituciones y grupos alternativos y de oposición al oficialismo peronista se encuentran la “Federación Universitaria de Estudiantes de Tucumán” (FUT), la “Sociedad Sarmiento” y los colegios de profesionales, animados todos ellos por los ideales reformistas de 1918 (Leoni Pinto 1995: 79).

Leoni Pinto denuncia la inexistencia de estudios acerca de la relación entre los intelectuales tucumanos y el gobierno, que dejen en claro el modo de supervivencia de la oposición frente al asfixiante poder estatal. Este historiador sostiene que una explicación a dicha situación de la falta de interés por parte de los investigadores sobre estas cuestiones podría encontrarse en el hecho de que “los diarios y revistas del período 1947-1955 ignoraron o dieron escasa importancia a las críticas contra el régimen, temiendo las persecuciones iniciadas contra la “prensa opositora” (Ibídem: 80).

Sin embargo, destaca la existencia de un grupo de docentes provenientes del ámbito universitario que logra nuclearse en torno al espacio “libre” ofrecido por la Sociedad Sarmiento. La revista-boletín Sarmiento, órgano informativo de dicha institución, muestra un grado de “rebeldía” a las normas frente al silencio asumido por los grandes medios periodísticos (Ibídem).

Los directivos de dicha institución son personas declaradas explícitamente antiperonistas y provienen de distintos sectores socio-políticos. La Sociedad Sarmiento realiza actividades culturales paralelas a las propuestas por las instituciones públicas dominadas por el peronismo. De este modo se constituye en un verdadero centro cultural alternativo, similar en sus funciones a lo que Terán denomina “Universidad de las sombras”, aunque sin el carácter académico estricto que esta institución propone.

Leoni Pinto equipara la revista-boletín Sarmiento con el papel similar desempeñado por las revistas porteñas Verbum, Centro y Contorno en cuanto a su significación como órganos de expresión que se constituyen en testimonios ideológico-políticos de los intelectuales del momento [25] .

La Sociedad Sarmiento manifiesta su oposición a través de conferencias, cursos y charlas. No sólo la selección de intelectuales invitados es polémica sino que también los temas tratados -“La ‘pasión moral’ de esos próceres [26] , la crítica a la reforma de 1949 y la primacía de los valores éticos en la administración del Estado (...)” (Leoni Pinto 1995: 84)- provocan cierto malestar en las esferas próximas al oficialismo. Entre los invitados, que provienen de tendencias políticas diversas (liberales, progresistas, radicales, socialistas y comunistas que comparten el mismo sentimiento antiperonista), Leoni Pinto recuerda a Luis Jiménez de Asúa, Jorge Icaza, Ernesto Sábato y José Moner Sans (Ibídem: 83).

La actitud general de la oposición se expresa por medio de un discurso indirecto, similar al utilizado en los ámbitos porteños. Leoni Pinto asegura: “La crítica al régimen no fue la actitud común; la oposición se expresó en sordina, indirectamente” (Ibídem).

Ubicados en la línea de Mayo-Caseros, los intelectuales nucleados en la institución “Sarmiento” comparan el régimen del peronismo con el clima, las circunstancias y los actores políticos de la época de Rosas. Defienden los valores de los intelectuales liberales del siglo XIX. La figura de Domingo Faustino Sarmiento y su labor en beneficio de la cultura y de la educación del país son exaltadas constantemente. Se sostiene una lucha que por momentos se torna violenta. Leoni Pinto recuerda en este sentido las distintas ocasiones en que grupos vinculados al peronismo atacan los retratos y bustos de Sarmiento (Ibídem: 84).

Las instituciones ligadas a la Sociedad Sarmiento en este período son el “Centro Republicano Español”, la “Peña El Cardón”, la “Delegación de Sociedades Israelitas”, la “Unión Israelita”, el “Centro Cultural Femenino”, el “Instituto Almafuertiano”, la “Federación de Bibliotecas Populares”, el “Círculo de la Prensa”, entre otras. Todas ellas comparten la misma postura política.

Después de la caída de Perón en 1955, la “Sarmiento” retoma su relación estrecha con los distintos organismos vinculados a la Universidad Nacional de Tucumán, constituyéndose en un importante centro de apoyo a las actividades académicas (Ibídem: 85-86).

En clima, la incipiente sección literaria del diario La Gaceta bajo la dirección de Daniel Alberto Dessein, recién llegado a Tucumán desde Buenos Aires en 1949, se alinea con el sector opositor de las publicaciones de la época, junto a los boletines de La Carpa y el boletín-revista Sarmiento a nivel provincial, y junto a Sur, La Nación y La Prensa a nivel nacional. Dicha sección llega a constituirse así en un espacio alternativo a la manera de la denominada prensa independiente frente a los órganos del oficialismo. En este sentido, la sección literaria de La Gaceta es coherente con la postura antiperonista del diario, lo que se manifiesta en el hecho de que la mayoría de los colaboradores si bien provienen de distintos sectores políticos, coinciden todos ellos en ser antiperonistas, entre ellos se destacan Víctor Massuh, Ernesto Sábato, Ernesto Schóó, Eduardo Dessein, Guillermo Orce Remis, representantes del grupo La Carpa como Julio Ardiles Gray, María Adela Agudo y Raúl Aráoz Anzoátegui.

 

4. Conclusiones

El estado del campo intelectual del momento de emergencia de la sección literaria de La Gaceta bajo la dirección de Daniel Alberto Dessein reviste gran dinamismo. Tanto en el ámbito porteño como en el regional los intelectuales toman posiciones con respecto a las intervenciones del Estado en materia cultural. Dichas posiciones son políticas y se manifiestan de diversas maneras, desde la oposición abierta y declarada hasta la adopción de un estilo indirecto, a fin de criticar las decisiones del gobierno y al régimen peronista sin correr mayores riesgos.

En dicho dinamismo podrían verse las luchas y tensiones en defensa de la autonomía del campo intelectual.

 

5. Notas

[1] El presente artículo forma parte de una investigación realizada en 2002 aún inédita.

[2] Ley 12.908 del 8 de diciembre de 1946, modificada por la Ley 13.513 del 15 de octubre de 1948. (Cfr. Rivera 1982: 591).

[3] La censura era aplicada según criterios ideológico-políticos y por lo general mediante decretos del Poder Ejecutivo. Un intento de reglamentación en materia de censura se realizó durante la primera presidencia de Perón. Andrés Avellaneda dice al respecto: “A pesar de que algunas disposiciones del primer gobierno peronista -como el decreto 16.168/58 que institucionaliza la censura previa en materia de espectáculos públicos- habían empezado la tarea de montar un esquema normativo para la represión de la cultura, aun no existían eslabones importantes de la cadena de control” (Avellaneda 1986: 49).

[4] Según Avellaneda “A diferencia de otros casos ejemplares de censura, como por ejemplo el de la España franquista, no hubo nunca en la Argentina una oficina de censura centralizada, con prácticas establecidas y con una organización administrativa reconocida” (Avellaneda 1986: 13-14).

[5] Ya era conocida en el medio por sus constantes actuaciones en radioteatros y por sus gestiones como presidenta de la Asociación Radial Argentina, además de ser su socia fundadora.

[6] Apold fue comparado por la oposición con Goebbels debido a su labor propagandística similar a la de la Alemania nazi: “El avance del Ejecutivo llegó también al ‘cuarto poder’: con recursos diversos, el gobierno formó una importante cadena de diarios y otra de radios, que condujo desde la Secretaría de Prensa y Difusión, administrada por Raúl Alejandro Apold, a quien la oposición solía comparar con el doctor Goebbels” (Romero 1999:151).

[7] Un ejemplo del accionar de este organismo es la disposición por la cual el año 1950 es declarado “Año del Libertador General San Martín”, en conmemoración del centenario de la muerte del general San Martín. Por ley se obliga a incluir esta leyenda como encabezado de todo tipo de publicación. Esta disposición será usada como motivo para cerrar varios diarios de distintas provincias que no cumplieran con lo estipulado por la ley. La Comisión se encarga de aplicar las sanciones y de realizar las inspecciones, considerando la omisión de esta leyenda como “un acto antiargentino” (Cfr. Sirvén 1984:85).

[8] Rest recuerda la publicación de La bolsa de Julián Martel (José Miró) (1982: 60).

[9] Rest destaca el valor testimonial y literario de este nuevo tipo de “artículos periodísticos” sobre el informativo. (1982: 62).

[10] “La denominación de ‘generación del 40’ parte de los propios integrantes del grupo. (...) la necesidad de constituirse como grupo se percibe como prioritaria, hecho que corrobora la propuesta (...) de realizar una encuesta tendiente a dilucidar si existía o no una generación literaria” (Baumgart, Crespo de Arnaud y Luzzani Bystrowicz 1982: 189). Ver también las observaciones hechas al respecto por Osvaldo Picardo (2000) y Saúl Yurkievich (1993).

[11] Este desinterés se manifiesta en “el rechazo al ‘acatamiento de las retóricas ultramarinas’ de los martinfierristas, (...) que los lleva a plantear su concepción poética en términos de ‘ahondamiento’ lírico” (Baumgart, Crespo de Arnaud y Luzzani Bystrowicz 1982: 186).

[12] Este movimiento privilegia la “invención” en oposición a la “expresión” que defienden los neorrománticos. Entre los postulados fundamentales del grupo se destaca la necesidad de inventar la realidad, no de reproducirla (Freidemberg 1982: 557).

[13] Borello destaca de la obra de Canal Feijóo su doble preocupación: “(...) el análisis de la realidad concreta, y pensarla en su causalidad histórico-cultural, concediendo importancia al interior olvidado y postergado” (Borello 1981:491).

[14] Entre los intelectuales que integran dicha Junta aparecen los nombres de Eduardo Acevedo Díaz, Delfina Bunge de Gálvez, Juan Alfonso Carrizo, Rafael Jijena Sánchez, Carlos Ibarguren, entre otros.

[15] “Si los valores liberales de Sur fueron, en gran parte, pasados por alto, el peronismo no produjo una poderosa alternativa cultural. Sus partidarios incluirían a algunos ex excritores de Boedo (Olivari, Castelnuovo, César Tiempo), nacionalistas populares (Scalabrini Ortiz, Jauretche), católicos (Marechal, Arturo Cambours Ocampo), especialistas en tango y en lunfardo (José Gobello, Homero Manzi) y algunos poetas de las generación de 1940: un popurrí de diferentes tendencias ideológicas cuyo único denominador común era su rechazo del liberalismo”. “Hasta los críticos peronistas reconocen que, en términos culturales, los escritores pro peronistas produjeron muy poco de valor, y que sólo representaron una minúscula sección de la intelectualidad”, (King 1989: 163-164).

[16] La frase corresponde a Oscar Terán.

[17] En esta revista trabajan conjuntamente estudiantes y docentes destacados, pero fuera del sistema universitario, como Vicente Fatone, José Luis Romero, Ricardo Rojas, entre otros. (Mangone y Warley 1984: 39).

[18] Para un estudio más completo sobre la trayectoria y la labor de este grupo ver el trabajo de Marta Cartier de Hamann (1977).

[19] La cercanía de las propuestas, las similares preocupaciones (por el ser nacional, por ejemplo) y los medios en los cuales los distintos grupos difunden su labor -revistas y manifestaciones públicas grupales, etc- es lo que lleva a la crítica a interpretar este nuevo interés como un fenómeno que se manifiesta a nivel nacional. (Baumgart, Crespo de Arnaud y Luzzani Bystrowicz 1982: 185-186).

[20] “Tenemos conciencia que en esta parte del país la poesía empieza con nosotros”, palabras de Raúl Galán citadas por Lagmanovich (1974: 22).

[21] La copla es de origen hispánico y forma parte de la tradición oral y literaria correspondiente al período colonial, con variantes temáticas en Hispanoamérica debido al contacto de los conquistadores con las culturas indígenas (Baumgart, Crespo de Arnaud y Luzzani Bystrowicz 1982: 243).

[22] Ver la nota n° 21 en la cual Leoni Pinto brinda una breve lista de profesores peronistas y antiperonistas: “En el peronismo puede citarse a los profesores Manuel García Soriano, Orlando Lázaro, Miguel Ángel Torres y Oscar E. Sarrulle. Militaron en el grupo opuesto, Víctor Massuh, Lázaro Barbieri y María Elena Vela, entre otros profesores” (1995: 101).

[23] En materia de construcciones, el primer “Plan Quinquenal” sería muy publicitado por el gobierno. Cada obra construida de acuerdo con este plan llevaría la leyenda “Perón cumple”, entre ellas, el gasoducto Comodoro Rivadavia-Buenos Aires, el aeropuerto internacional de Ezeiza, varios diques en distintas regiones del país, muchas escuelas y policlínicos o centros de salud, centros de recreaciones, etc. Las obras de reestructuración edilicia universitaria se insertaron en el marco de este proyecto. (Cfr. Luna 1973: 63). Por su parte, Alberto Ciria también remarca la importancia para el ámbito cultural del “Segundo Plan Quinquenal”: “En la Constitución reformada de 1949 (‘Derechos de la Educación y la cultura’) y en el Segundo Plan Quinquenal (...) se establecen los principios fundamentales de la concepción cultural que se promovió desde el poder” (Ciria 1983: 214).

[24] Este instituto produce una serie de películas y documentales destinadas a publicitar los distintos aspectos de la vida universitaria.

[25] “En el libro de Mangone, cita 1, se analiza, lúcidamente, la significación de las revistas Verbum, Centro y Contorno. En sus páginas están algunas de las claves políticas e ideológicas de ese momento histórico. Son importantes, como ellas, las del ‘Boletín Sarmiento’, que guardan las propias de la realidad tucumana” (Leoni Pinto 1995: 98, nota 3).

[26] Leoni Pinto se refiere a los intelectuales liberales de la línea “Mayo-Caseros”.

 

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© Ana María Risco 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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