La paradoja del sueño poético de Gabriela Mistral,
el despertar de una santa en Federico Gamboa
y la batalla de la quijotita y su prima de Lizardi:
un retrato de la mujer mexicana

Rosario Olivia Izaguirre Fierro

Universidad Autónoma de Sinaloa
Sinaloa, México
roif35@hotmail.com


 

   
Localice en este documento

 

Resumen: Transitar en los textos literarios en la búsqueda del retrato de la mujer mexicana genera pinceladas de intersecciones con la política y la moral, en un contexto histórico del México de finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Dibujar el talle femenino, donde la metáfora vierte los espacios del ser y el estar en el mundo social. Desde este lenguaje, la tarea es interpretarse en un discurso que marca lo femenino en un destino decidido en una conducta reglamentada desde lo masculino. Lo poético del hogar y ser madre en el lenguaje poético de Mistral, la realidad de la novela en su crudeza de la mujer prostituta de Gamboa y el educar a la mujer como tarea de preceptos morales en Lizardi, es el retrato de una mujer mexicana que el siglo XX.
Palabras clave: narrativa mexicana, identidad femenina, literatura de género, mujer mexicana

 

Introducción

La identidad femenina de la mujer mexicana trazada desde la literatura, alcanza a visionarse en sus rasgos fundamentales de un talle femenino elaborado en exigencias de un discurso, que marca el encuentro con la política. Trae consigo, a la figura que la retrata en los colores y la desvanece en el rostro, que elabora el discurso del patriarcado y, las vertientes masculinizantes. Se apropia al exigir un talle único, la atrae al centro del interés para colocarla en la periferia de todo evento político. En Gabriela Mistral la encontramos en ese discurso nacionalista donde educarla es educar una patria, como un sueño poético donde el despertar es con Federico Gamboa, en su intencionalidad de llevarnos a transitar por esa mujer que vive en las penumbras de un proyecto social, para volver a la reflexión con Fernández de Lizardi y su educación desde los hombres en los límites del hogar mostrando una pequeña veta, la mujer como ser racional.

De qué mujer habla Gabriela Mistral en su libro “Lectura para mujeres”, con quiere dialogar en ese recuento, que prestanza política la llama a buscarla, qué deseos embriagantes llevaban a la poeta, para invocar la educación de aquellos seres que respiraban dentro de un corsé intencionado en darles un talle. Extraño al parecer, si estamos hablando de una sociedad mexicana en el sopor de la Revolución Mexicana, de los sueños de una nación, de una patria para el pueblo, de una nueva distinción de los hombres y las mujeres. En ese mundo nuevo había que dotar con la figura femenina y masculina esos componentes del engrane que genera el dinamismo social. A cada parte, le otorgaron un sinfín de tareas que al tejerlas los separan de algunos espacios y del ejercicio de accionar en ellos: así el espacio político era un atributo de lo masculino, el estaba dotado para la política, para determinar las tareas de grandeza de la nación; lo femenino era ternura, aliento de vida, jícara plagada de colores y olores, resguardados por las brazos fuertes de aquel ser masculino que la resguardaba con un decálogo de actitudes y comportamientos. De los dos espacios, ni uno le pertenecía a esa mujer de la que se pretende hablar ¿Cómo existía desde la claridad del amanecer hasta la penumbra que anunciaba sus noches?

Esa respuesta es posible trazarla en el sueño de la poeta y el encuentro con la política educativa. Había que educar a esa mujer, a ese ser que no se le había otorgado espacio en el vivir social, necesitaban decirle las líneas que cortaban su talle para adecuar medidas, colores y distancias entre cada puntada de la aguja. Así emergía una tarea convencer a esa dadora de vida, a esa compañera eterna del hombre en las cruentas batallas de la Revolución que su lugar se entallaba de acuerdo a lo poético de ser mujer. Atrás quedaban los sinsabores que convulsionaron el orden social, hoy le ofrecían volver al regazo de protección de su quehacer fortalecedor de una patria. Su figura en esa primera década de una nación que se construía en las manos del pueblo, la alentaban los halitos de sentir, que había límites geográficos para sentirse mexicanos, por tal razón su emblema entonaban el nacer y sus sones ceñían su cuerpos y sus latidos.

Una tarea era preocupante, unir en una imagen a todas esas mujeres que transitaban por esa geografía. En esa diversidad estaban las que desprendían el sudor desde un corsé hilado en el rebozo, que en cada hilo destilaba el escondrijo oculto de un cuerpo agitado, refugiado en esa oscuridad. Ellas las anteriores soldaderas, prodigios de vendavales entre los silbidos de balas estaban sus manos y aquellos ojos que cubrían como escudo la apuesta a la vida. A ellas, les correspondía un talle multicolor, de arco iris brillante que traía consigo esa vestimenta del pasado, aquí se detenía el tiempo y suspiraba el ayer. Pero, en ese catálogo estaban otras mujeres espigadas como los nardos y envueltas en los olores del narciso. A ellas sus talles los figuraba un corsé de seda vaporizada en los grandes salones, donde habitaban los grandes señores. Los pasos de estas mujeres se escuchaban en la lejanía de sus habitaciones, donde los murmullos quejosos de su vivir eran lamentos ahogados en la opulencia. Sin embargo, había otra mujer, con pasos presurosos salía a la calle, cruzaba avenidas sorteando a la ciudad, hablaba con los hombres y se atrevía a retar el perímetro que le habían destinado. El talle de ella era otro, ceñido por el horario de trabajo, de órdenes de los jefes, de esperas de igualdades, de silencios apostados en la prudencia y en el desafío de la justicia. Esta última mujer era más observada en su talle hilado con el reglamento social.

Construir un lugar donde todas ellas debían llegar era la convocatoria política, desde aquí el corsé es diseñado, que el sueño de la poeta alcanza dibujando a la madre y, en ella la maternidad eco empecinado en hablar del espíritu patriótico, para proyectar un lugar donde habita la justicia, la riqueza y la protección de una raza. En ella estaba una misión, ser el conducto para conocer el universo, lleva de la mano, da la palabra y acerca al Señor, tarea solo para la madre, los padres estaban en la locura heroica, demasiado llenos de afanes (Mistral, 1997:12). Educar a la mujer madre era lo preocupante, como hacer que su talle se plagara de pétalos para acariciar a los hijos, cómo decirle que desde esa fuente era su razón de vivir, sin que aspirara más por esos hijos, sino su regazo donde encontraba alientos a las injusticias, a lo agotador de un trabajo y a las miserias a las que estaba condenado. Cómo decirle entonces a esa mujer, que no podía salir del hogar para tener presencia en su protesta, cómo acallar esos instantes de verse a través de los hijos cubiertos del sudor de la miseria. La respuesta es la primera paradoja del sueño poético, el emblema de madre, el estereotipo que la hace estática, la inmoviliza y la llena de sublimidad: madre sacrificada; madre protectora; madre reina del hogar; madre dios; y, madre mujer.

La mujer patria, la de la figura que se hace estatua, dibujo, poema místico que versifica a ese nuevo país, encuentro de la poesía y la política. En esto se juega una quimera, se construye en un cuerpo lo fortifican en granito y en un estandarte. Es un dibujo hecho cántaro donde se bebe el agua fresca, son las manos de la solidaridad, el hogar de quien recibe, el canto del faisán, el vuelo del quetzal, el sabor embriagante del maíz y el canto del mar, todo eso es la mujer mexicana, qué más puede pedir: “Mujer mexicana: amamanta el niño en cuya carne y en cuyo espíritu se probará nuestra raza” (Mistral, 1997:90). Sin embargo, en el interior se mueve la segunda paradoja poética, es la mujer la jícara, donde nace ese ser pleno de sed creativa, pero ella es inerte otorga, pero no existe, brinda sin compartir su pensar, ella habita en la oscuridad, en las grutas donde se le amordaza, donde su espíritu se doblega ante el horror de verse en su sombra lánguida de tanto extraerle su aliento para un pueblo donde ella no existe, una nación centellante que le pide silencio a cambio de ser un ser que reciba los versos que la acercan a Dios.

Recordemos que en esta etapa, la mujer mexicana no iba a las urnas, al ejercicio de ciudadana, estaba a disposición de esas paradojas de la política y la poética como el itinerario de su educación. Los fulgores se refugiaban en el talle que marcaba el sitio del hogar, la organza las obligatoriedades en su lecho, el hilo que apretaba las medidas, eran sus hijos y las fuerzas que ceñían aquellos cordones los confines de la patria. Tercera paradoja que late todavía como remembranza mística del deseo del discurso masculino del proyecto político de principios del siglo XX.

El despertar de una noche embriagante fue el de una Santa, de Federico Gamboa. Novelista que recorrió esas venas escondidas del cuerpo de la ciudad buscando el torrente donde habitaban esas mujeres que despiertan en la penumbra de la tarde. Se enseñoreo en retratar aquella mujer como víctima y verdugo de los hombres, le diseño el rostro y el cuerpo que la condenaron en un alma perversa que llevaba el espíritu ingobernable que la hace hablar en su retrato: “cuando reí, me riñeron; cuando lloré, no creyeron en mis lágrimas; y cuando amé, ¡las dos únicas veces que amé!, me aterrorizaron en una y me vilipendiaron en la otra…y ni en la muerte hallé descanso; unos señores médicos despedazaron mi cuerpo …magullado y marchito por la concupiscencia bestial de toda una metrópoli viciosa…” (Gamboa, 2006:15). Esta mujer ausente en los versos poéticos encontraba su morada en la novela, un personaje que no entendía porque los hombres tenían derecho a burlarse, hacer uso de su cuerpo, de fingirles placer, de conocerlos en sus debilidades, toda una sabiduría que debía aprender.

En Santa no está la patria ni su remanso de riqueza y gloriosas batallas, están los hombres llanamente ante aquellas mujeres doblegadas a una penumbra donde pueden enfrentarse a ellos, pueden negociar, negarse, establecer pactos, en sí son las que nunca deben de conocer a las otras, a las que despiertan versos, las recluidas en la oscuridad. Ese talle había que vestirlo en la fugacidad del deseo sexual, de arrebatarle todos sus sueños de doncella enamorada a lo que tenía derecho. En ella estaba desconocido aquel estereotipo de mujer, que asombrada contempla en otras, al escuchar aquella voz “¿Qué apetece la señora? ¿Qué apetecía? Ser igual a ellas o como se las imaginaba que serían: honradas, trabajando un montón de horas, viviendo en familia, queriendo a su novio…” (Gamboa, 2006:89). Esa imaginación de Santa la llevaba a culparse a saber que no había resistido los embates de la tentación, cruel destino la de los débiles, la sociedad les deja la tarea de ser vencidos por ese proyecto de nación que los oculta de cualquier mirada, son culpables de su destino. Este despertar contempla otra perfil del retrato de la mujer, su talle destila impotencia, en ella el corsé es su piel ajustada a cumplir lo ancestral del discurso del patriarcado, servir al hombre concibiendo a la mujer como un manjar sexual.

Entre este despertar y las exigencias de educar a la mujer, se trae la batalla un recuento que permite rescatar aquellos rasgos persistentes en la necesidad de educara a las mujeres. Es posible ver en las dos primeras décadas del siglo XX, remanentes de un siglo en la persistencia la Quijotita y su prima de Fernández de Lizardi, y su educación impartida por los hombres, así sus errores y defectos se debe a su mal cuidado en la educación, aquellos que la educan como padres y maridos, así como los que la seducen y pervierten, son los que provocan ese comportamiento (Lizardi, 2000). De esta manera confronta a las dos primas, entre sus virtudes distintivas para colocar la lección moral de lograr entallar la vestimenta reconocida por la sociedad. Encuentra en cada rincón del hogar una lección para las mujeres, dibuja cada una de ellas, las hace vivir para contemplar los defectos de la educación y rematar con ellos su sentencia moral. Reafirma el hogar punto concéntrico del accionar de la mujer, le deja el espacio de ser educada en la razón, virtud que la hace semejante al hombre, aunque aboga para que éste último la conduzca por ese camino para el aprendizaje de un oficio.

En este remanente es posible trazar un tercer trazo en idear el retrato de la mujer, da a pensar que es aquella que la describamos como la que sale a vencer a la ciudad en un siglo que iniciaba exigiendo su presencia en el campo laboral. Es en ella donde se encuentra los vestigios de esa mujer académica que en el siglo XXI se coloca desde el campo laboral a observar el hogar.

Recorrer este camino, lleva a encontrar la tinta que subraya la identidad de ser mujer en la actualidad, de sentir el talle marcado en un rostro y unos pasos que llevan a vislumbra negociaciones y, acuerdos de significados desde una propuesta de género.

 

Bibliografía

Fernández de Lizardi, José Joaquín (2000), La Quijotita y su prima, Porrúa, México.

Gamboa, Federico (2006), Santa, EMU, México.

Mistral, Gabriela (1997), Lectura para mujeres, Porrúa, México.

 

© Rosario Olivia Izaguirre Fierro 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero39/gmistral.html