Identificaciones trasatlánticas con el mito de El Cid:
políticos, artistas y patriotas sureños

Loreto B. Catoira

Stanford University
lcatoira@stanford.edu


 

   
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Resumen: Rodrigo Díaz de Vivar, ‘El Cid’, fue un líder militar castellano del siglo XI cuya vida y hazañas han sido propagadas en leyendas que aún persisten hoy en día. Mientras que la versión literaria de sus campañas, el Poema de Mio Cid, no recibió inicialmente atención académica por su pobre calidad textual, sin embargo experimentó un notable interés a partir del siglo XIX a raíz de intereses político-religiosos. La escasa información histórica sobre su vida fue aprovechada por algunos eruditos para considerar a El Cid como el personaje paradigma del nacionalismo cristiano. A partir de ese momento, el mito de El Cid salió de la literatura medieval y pasó a ser encarnado por líderes militares, políticos, artistas hollywoodienses y sureños americanos que buscaron identificarse con la ideología detrás del personaje legendario. Este artículo ofrece un panorama de los casos más interesantes de identificación moderna con El Cid en Europa y en América.
Palabras clave: El Cid, mitología, Francisco Franco, Charlton Heston, José María Aznar

 

“[Los mitos son] historias creadas por intelectuales para hacerlas pasar por verdad, historias que arraigaron en la biblioteca y la tertulia y que muchas veces terminaron atrapando a sus propios inventores.”
Fernando García de Cortázar, Los Mitos de la Historia de España

 

Introducción

Decía el filósofo alemán Johann Herder que los mitos hacen felices a las personas. El deseo del hombre por satisfacer su lugar y circunstancia en el universo ha generado a lo largo de la historia un fenómeno en la imaginaria social, resultante en la creación de mitos y leyendas. Ese sueño colectivo ha ido recreándose y transformándose al pasar de unos individuos a otros, al mismo tiempo que adquiría un cariz más real e incluso histórico. El historiador Américo Castro detalló este fenómeno en La realidad histórica de España:

Los confines entre lo real y lo imaginario se desvanecen cuando lo imaginado se incorpora al proceso mismo de la existencia colectiva, pues ya dijo Shakespeare que "estamos hechos de la materia misma de nuestros sueños". Cuando lo imaginado en uno de estos sueños es aceptado como verdad por millones de gentes, entonces el sueño se hace vida, y la vida, sueño. (23)

Si la imaginaria anglosajona produjo el mito del rey Arturo como modelo de héroe nacional, en la Edad Media española la lucha de la población cristiana contra la presencia islámica invasora dio lugar a mitos como el de Don Pelayo y el de Santiago Matamoros, con el objetivo de mantener y unificar el sentimiento cristiano. Faltaba, sin embargo, la presencia en el acervo cultural de un mito-héroe; ese caballero con espada legendaria capaz de salvar a su patria del dolor y la miseria extranjera. Fue entonces que la imaginaria colectiva sacó de las arcas del medievo español a un caballero burgalés llamado Rodrigo Díaz (de Vivar), y conocido como ‘El Cid’, para otorgarle el papel de máximo héroe nacional cristiano de la historia de España.

Los mitos necesitan de una base histórica mínima a partir de la cual elaborar las distintas hazañas que el pueblo gusta de relatar y embellecer. El caso de El Cid es excepcional desde el punto de vista de las fuentes históricas ya que cuenta con textos escritos en varias lenguas y fechados en épocas diferentes. La Historia Roderici (h. s. XII) relatada en latín es quizás el recurso histórico que mejor nos ayuda a comprender la verdadera identidad detrás del mito; en árabe están los comentarios del historiador andalusí Ibn Alqama-reproducidos en la obra del historiador del siglo XIV, Ibn Idhari-; y, por último, del siglo XIII y en castellano data la Primera Crónica General del rey Alfonso X. [1] Estos documentos convergen en mostrar a un hombre de mediados del siglo XI, de familia noble, casado con una mujer llamada Jimena, y padre de dos hijas, María y Cristina. En un momento de su vida trabajó al servicio del rey Sancho y posteriormente al de su hermano Alfonso VI, el cual lo envió al exilio por razones que los textos no aclaran. El Cid del exilio era, según las fuentes históricas, un mercenario y oportunista que servía tanto a cristianos como a musulmanes. Eventualmente, El Cid recobró el favor del rey Alfonso VI, y en los últimos años de su vida triunfó como gobernador de Valencia, donde moriría en 1099.

El mito de El Cid no se construyó a partir de estas fuentes históricas sino a partir de leyendas sobre sus hazañas, que pasaron de boca en boca hasta cristalizarse en un relato en verso conocido como el Poema o Cantar de Mio Cid (h. 1140/1207). [2] El Poema carecía de datos específicos sobre la autoría, fecha, y estructura de la composición, y a diferencia de las fuentes históricas mostraba una clara intención por parte del autor de ensalzar el origen castellano y el fervor religioso del protagonista. Ante la escasa calidad literaria que emanaba del documento, eruditos del siglo XVIII como Tomás Antonio Sánchez no pudieron concederle alto valor literario, y es por eso que después de siete siglos de la muerte de Rodrigo Díaz, su historia todavía permanecía silenciada.

Un factor de importancia en el cambio de actitud hacia la publicación de la historia de El Cid pudo tener que ver con el regreso a Europa, justo después del siglo XVIII, de muchos viajeros y misioneros que traían abundante documentación sobre mitos, leyendas y relatos folklóricos de pueblos remotos. Este nuevo bagaje de datos, junto a los ya existentes de la época medieval, acució la imaginación de los investigadores que vislumbraron en todo ello un significado más profundo que simples fantasías (Peñuelas 1965: 29). Así, en 1840 el escritor Joaquín Rubió y Ors publicó una reedición del Poema, animando a una lectura alternativa (e incluso nacionalista) de los versos cidianos:

Considérese al Poema del Cid, como lo hemos considerado nosotros, como un antiguo y glorioso epitafio escrito sobre las góticas sepulturas de los que pasaron la vida batallando al pie de la cruz y del pendón de la patria. (ctdo. en Banús 2000: 24)

Fue a partir de entonces que el relato novelado comenzó a tomar cariz más histórico, convirtiendo a su principal personaje en un símbolo de nacionalismo cristiano con el que individuos a uno y otro lado del Atlántico han querido identificarse.

 

El Caudillo

En 1929, y aprovechando la decadencia del gobierno republicano del dictador Miguel Primo de Rivera, el historiador y filólogo-y gran investigador del Poema-Ramón Menéndez Pidal pidió en su obra La España del Cid la subida al poder de una figura político-militar que gobernase España de la misma manera que El Cid literario lo había hecho en la Edad Media. Menéndez Pidal vio cumplido su deseo años más tarde con la aparición en la escena política española de Francisco Franco, quien tras una exitosa carrera militar se había convertido en el general más joven de España, obteniendo posteriormente el rango de Jefe del Estado.

La imagen pública de Franco como líder tirano contrastaba con la de hombre tímido que solía mostrar en privado (Preston 1994: xviii). Esa ambivalencia emocional, que ya se reflejaba en el carácter callado y a veces violento en sus años en la academia militar, necesitaba de un modelo histórico de hombre español a seguir; alguien que reflejase sus valores y su ideología; alguien que fuese familiar y querido por el pueblo español. Este parece ser un fenómeno psicológico afín a dirigentes absolutistas y ha caracterizado a líderes de la talla de Stalin, Mussolini y Mao. El “culto a la personalidad”, como se le denomina comúnmente (Gardner 1974; Taylor 1993), surge para contrarrestar las carencias sociales del líder por medio de la explotación y manipulación de un mito-héroe de índole nacional. Franco ya había mostrado su interés por el mito del Apóstol Santiago (‘Matamoros’), pero él buscaba una figura de mayor carácter militar y político que poseyese una base histórica más sólida. Los ánimos de cruzada militar contra los republicanos, comunistas y socialistas que intentaban destruir la cultura y la fe de los españoles en aquella época llevaron finalmente al dirigente fascista a identificarse con la figura de El Cid, porque había triunfado contra los moros consiguiendo unificar la nación española-a pesar de que esta noción todavía no existiese en la Edad Media. Si Rodrigo Díaz se había hecho llamar ‘El Cid’, Franco se quiso apodar ‘El Caudillo’.

El Caudillo, Archivo Histórico Militar, Madrid

Considerando que el mito de El Cid le debe mucho al folklore oral y a la leyenda inmortalizada en texto, no es de extrañar que su resurgimiento en la época franquista contase también con el apoyo propagandístico de la literatura. En 1937, el poeta Nicomedes Sanz y Ruiz de la Peña publicó El Romancero de la Reconquista con la intención de presentar una versión modernizada del Poema, en el que se glorificaba la Reconquista medieval y la moderna (la de los años treinta), incluso haciendo evidentes comparaciones entre El Cid y el líder fascista:

¡Ya tienen ante el Caudillo
desparramadas sus tiendas!
Queda el Cid maravillado
y alegre, que no le apena
ver dispuesto al enemigo
y estar el combate cerca [...]. (p. 66)
Sabida que fue del Cid
tan halagadora nueva,
echa pregón por Castilla
para que con él se vengan
cuantos quieran dar su impulso
a la toma de Valencia [...]. (p. 70)
El ayer y el hoy se funden en un abrazo perfecto [...]. (p. 78)
Albores de Reconquista
se han encendido de nuevo [...]. (p. 79)

La mención a la ciudad de Valencia en el Romancero presenta un elemento curioso ya que, coincidencia o no, un año más tarde de la publicación de este poema Franco sorprendió a muchos al dirigir sus campañas militares hacia Valencia y no Cataluña. De hecho, la Guerra Civil terminó en 1939 tras la toma de Valencia, de la misma manera que el éxito de El Cid culminó con la conquista de esta ciudad (Lacarra 1980: 110). A partir de su victoria en Valencia, la vida personal y política de Franco empezó a imitar más atrevidamente aspectos de la vida de El Cid del Poema. Si Valencia había supuesto un enclave importante, también lo pasó a ser Burgos (ciudad natal de El Cid), donde ante el traslado de la sede central del gobierno franquista a Madrid, en 1939, se realizó la ceremonia de despedida al estilo del Poema:

[Habla el Alcalde de Burgos:] La ciudad dice con todo su corazón, como hizo con el Caballero de Vivar, “Caudillo, aquí está Burgos, Gloria a Dios que está en las alturas y que te bendiga, salvador de España”. (Preston 1994: 345)

Ante su llegada a Madrid, la oficina de prensa del Caudillo puntualizó que el acto de entrada debía seguir “el ritual observado cuando Alfonso VI, acompañado por El Cid, tomó Toledo en la Edad Media” (Chamorro 1998: 199).

Parte del culto a la personalidad que caracteriza a líderes tiránicos consiste en explotar la imagen del mito, o de su reencarnación, mediante las artes visuales, ya sea películas, fotos o monumentos escultóricos. En particular, las estatuas han sido un elemento propagandístico muy efectivo desde tiempos de la Roma Antigua. Estatuas a pie o a caballo de Marco Aurelio, Alfonso XII, o el General Martínez Campos, entre otros, han sido erigidas con el objetivo de alentar a la sociedad a identificarse con la ideología del personaje. No podía faltar, por lo tanto, una estatua al líder militar más carismático del medievo español para impulsar el sentimiento nacionalista en favor de la política de Franco. Así, con motivo del levantamiento de la estatua ecuestre a El Cid en 1955, Franco proclamó:

Es lamentable que se hayan tardado siglos en levantar una estatua en Burgos al Cid Campeador, cuando ello se hace a figuras poco importantes. El Cid es el espíritu de España […]. Este ha sido el espíritu de la Cruzada y del Movimiento, el despertar a las nuevas generaciones. Sabiendo que hemos de morir, prefiero la muerte gloriosa. (Salgado-Araujo 1976: 125)

El Cid, Burgos

Franco también tuvo sus propias esculturas ecuestres que hasta principios del siglo XXI todavía proliferaban por toda la geografía española. Tras la orden de retirada de estos recuerdos del franquismo por parte del gobierno socialista de José Luís Rodríguez Zapatero, ya apenas quedan reproducciones artísticas del dictador. Las únicas que sobreviven se encuentran en Toledo, Valencia, Santander y El Ferrol (ciudad natal de Franco), como símbolo de una parte imborrable de la historia española. [3] En relación a este fenómeno artístico-político, el historiador García de Cortazar se postuló enfatizando el doloroso efecto de la simbología escultórica de Franco en la psique colectiva:

Las estatuas de Franco que han sobrevivido a la paz de 1978 y al paso de los años contienen la memoria de una época hecha y deshecha con la canción de los vencedores, hecha y deshecha con años de muerte y supervivencia, hecha y deshecha con exiliados y afectos, cartillas de racionamiento [...]. (García de Cortazar 2003: 323 )

El Caudillo, Madrid

 

El Cid cruza el Atlántico

Una de las primeras manifestaciones artísticas de El Cid en tierras norteamericanas llegó de la mano de la escultora Anna Hyatt Huntington, quien diseñó cuatro de las cinco estatuas ecuestres más famosas de El Cid. La primera (y más conocida) fue construida en 1927 y se encuentra actualmente en Nueva York, junto a la entrada del edificio de la asociación The Hispanic Society of America-Huntington era la esposa del fundador de esta organización. La estatua muestra a un Cid glorioso, con mano alzada sujetando una lanza, que parece estar alentando a sus tropas a seguirle en la batalla. Las otras estatuas de idéntico modelo se encuentran en San Diego y San Francisco-la cuarta está en España-con lo que podría entenderse como un intento de ubicación estratégica en ciudades costeras (y fronterizas) para proteger a la sociedad americana del enemigo-como así lo hiciese El Cid durante la Edad Media.

El Cid, The Hispanic Society of America     /     El Cid, Balboa Park, San Diego

A pesar de la presencia de estas representaciones escultóricas desde principios del siglo XX, la figura de El Cid no cobró importancia entre la sociedad norteamericana hasta décadas más tarde de la mano de Hollywood. Al inicio de los años sesenta, el productor tejano Samuel Bronston, que ya produjese películas como Los 10 mandamientos (1956) y Ben-Hur (1959), empezó los trabajos de filmación de la película El Cid (1961) bajo la dirección de Anthony Mann. El papel principal de la película fue a caer en manos del actor Charlton Heston, quien tras encarnar en varias ocasiones el papel de “héroe” bíblico parecía haber encontrado el prototipo de héroe con el que se identificaba: “Encontré al hombre que estaba buscando, un hombre cuyo papel sentía que podía representar” (Aberth 2003: 127).

Para algunos, esta película no era más que una muestra de la historia y literatura medieval española en la pantalla grande, pero para otros, El Cid de Mann escondía propaganda fascista utilizada para rehabilitar la imagen de Franco, castigada por el aislamiento mundial al que había sometido a España. Bronston esperaba que el gobierno franquista recibiría con entusiasmo un filme en el que, además de ensalzar la figura del máximo héroe nacional, se incluirían paisajes de la geografía española para atraer turismo e impulsar la economía del país (Jancovich 2000: 85).

Aunque el equipo de producción tenía suficientes recursos históricos sobre El Cid, sin embargo se decidió basar la trama en el Poema, para lo cual se contó con la supervisión del mismo Menéndez Pidal y de su agenda literario-política. Tanto por decisión personal o por presión del gobierno franquista, lo cierto es que Menéndez Pidal se dejó llevar por sentimientos nacionalistas que quedaron plasmados en el celuloide americano. La visión del académico era la de presentar a El Cid como un mata-moros unificador de España, que aún viéndose despojado de sus bienes por Alfonso VI, continuaba siendo fiel a su rey. El episodio de la toma de Valencia por parte de El Cid, por ejemplo, aparece en la película como un gesto de honor del vasallo leal hacia su rey-“Tomo Valencia en nombre de mi señor soberano, Alfonso [...]. Valencia es de Alfonso, por la gracia de Dios”-a pesar de que la Historia Roderici dice que El Cid conquistó Valencia en nombre de ningún otro que el suyo (Aberth 2003: 128).

La misma dificultad que estudiosos del siglo XVIII habían experimentado para descifrar el manuscrito del Poema transpiró a las labores de producción y guión de la película americana. En su diario, Heston reproducía la ambigüedad que emanaba del material de investigación que la Paramount le había facilitado:

Mi investigación sobre El Cid está yendo despacio, pero resulta muy útil. Hay muchísima más información sobre este hombre de lo que muestra el guión […]. Parece haber sido a menudo tanto un hombre malo como bueno. Ojala pudiera encontrar más material sobre él. Para ser uno de los hombres destacados del siglo XII, hay poquísimo comentario contemporáneo. (Alpert 1978: 98)

Este bipartidismo que menciona sobre El Cid también caracterizó en cierta manera la vida pública de Heston. En los años cincuenta y sesenta se mostró partidario de la causa democrática, incluso apoyando abiertamente la candidatura presidencial de John F. Kennedy. Una década más tarde cambió radicalmente de postura ideológica y enfocó sus labores políticas hacia el partido republicano, en parte influido por su amistad con Ronald Reagan. En 1987 hizo oficial su afiliación al partido conservador.

A finales del siglo XX, Heston participó más agresivamente en la arena política para incitar al público contra el comunismo, la prensa y la academia de Hollywood por imponer el multiculturalismo a los ciudadanos. Sentimientos afines ya habían caracterizado también la política de Franco. Con esta ideología Heston asumió la presidencia de la Asociación Nacional del Rifle (ANR) en 1998, la cual necesitaba de un líder carismático que la unificase e hiciese fuerte-perpetuando así el deseo de unificación también presente en el Poema y en el régimen franquista. El nuevo liderazgo de la asociación se dejaba ver en su primer discurso presidencial:

¿Han venido a aquí para celebrar nuestra libertad o para dividir a esta asociación? ¿Han venido a aquí para mostrar al mundo nuestra unidad o para astillarla? Porque, antes de proseguir, quiero saber quién está conmigo y quién contra mí. Y quiero que aquellos que están conmigo, por favor levántense ahora mismo de sus sillas y pónganse de pie y muéstrenmelo, muéstrenselo al mundo, UNANSE A MI. (Raymond 2003: 325)

El tono triunfal del nuevo presidente de la ANR era equiparable al de El Cid de la toma de Valencia que filmó Mann:

[Con la mano alzada] ¡Líbrense de sus líderes, únanse a nosotros! […] Les traemos libertad. ¡Les traemos vida! (Aberth 2003: 140)

El gesto de la mano levantada (con y sin lanza), que se repite con frecuencia en El Cid de Mann, es otro elemento que ha traspasado a la vida pública de Heston. En un evento de la ANR en St. Louis en 1989, el prolífico actor argumentaba acaloradamente en favor de la Segunda Enmienda y en contra de aquellos que legalmente pretendían quitarle sus armas. Al final del discurso, Heston agarró un viejo rifle, y alzándolo con su mano proclamó desafiantemente: “De mis frías manos muertas (me lo quitarán)” (Raymond 2003: 309), indicando así su reticencia a ceder sus armas al gobierno al mismo tiempo que inmortalizaba un símbolo que pasaría a ser habitual en todos sus discursos a partir de aquel momento.

Carátula de “El Cid”, 1961     /     Heston, New Hampshire, 2000

La política de Heston como presidente de la ANR se centró no sólo en promover las leyes pro-armas sino también en garantizar la presencia en el Congreso y la Casa Blanca de políticos afiliados a la asociación. En el año 2000 apoyó la candidatura presidencial de George W. Bush bajo el lema “Vote Libertad Primero”, en una campaña denominada por el actor como “guerra santa” por los derechos de los dueños de armas de fuego:

Ganaron nuestra libertad con balas. Pero podemos defender nuestra libertad con votos. Esa es la guerra santa, y es una guerra, nunca duden de ello. (“Heston”)

Es por lo tanto indiscutible el efecto que El Cid, que Menéndez Pidal quiso que viésemos en la pantalla, ha tenido en la vida del legendario actor. Cuarenta años más tarde de actuar en la película de Mann, y con motivo de la aparición de estudios modernos que prueban que El Cid fue un mercenario, se le preguntó a Charlton Heston si habría aceptado representar en la película el papel de El Cid mercenario, a lo cual respondió:

No, creo que no. La mayoría de los personajes que estaban en posesión de poder eran unos tipos muy duros del siglo XI y ciertamente eso era cierto en el Cid. Pero él sí unificó España […]. Algunos historiadores modernos [..] han tildado simplemente al Cid de mercenario despiadado […]. No creo que sea una visión realista del Cid. (Aberth 2003: 132-3)

En esta corriente idólatra que hace a individuos de la sociedad moderna identificarse con el paradigma idealizado de El Cid, también se encuentran simpatizantes del movimiento secesionista de los Estados Unidos. Todo aquel que esté familiarizado con la literatura cibernética que difunde la ideología secesionista americana, conocerá posiblemente el trabajo editorial de uno de sus colaboradores más habituales, ‘El Cid’. Autodenominado un “cristiano, esposo y padre” militar de “la ocupada Carolina del Sur”, El Cid Secesionista cuenta en el portal American Secession Project (anteriormente The Southern Nationalist) el por qué de su apelativo:

¿Por qué firmo mis escritos con el nombre El Cid? En primer lugar, en reconocimiento a una figura histórica significativa que luchó por su patria y cultura. Nosotros, quienes hemos heredado la cultura de la civilización occidental, le debemos mucho a Díaz. (El Cid, “About El Cid”)

En un intento deliberado por amoldar el mito cidiano a sus propios intereses, El Cid

Secesionista, que tanto admira el peso histórico de Rodrigo Díaz y que incluso dice poseer un título universitario en Historia, ignora-paradójicamente-las fuentes históricas que indican que el caballero medieval no luchó por el interés de su nación y cultura, sino por el de sí mismo. La manipulación histórica ocurre una vez más, y llega a su punto álgido cuando El Cid Secesionista resume para los lectores la relevancia global de Rodrigo Díaz:

El Cid luchó con éxito contra los moros durante la mayor parte de su vida adulta. De hecho, sus acciones detuvieron la invasión islámica de Europa en el occidente en el siglo XI. La cultura occidental no existiría hoy tal y como la conocemos si no fuera por El Cid. (El Cid, “About El Cid”)

Los esfuerzos que pararon el avance islámico en Europa son, sin embargo, atribuidos históricamente al triunfo del líder de los francos, Carlos Martel, sobre las tropas del emir Abderramán en la Batalla de Poitiers del año 732-que no es el siglo XI-. Es posible que El Cid Secesionista se estuviese refiriendo a la toma de Valencia en 1094, en la que El Cid acabó con el gobierno de la taifa valenciana, pero aún así, tampoco se le podría atribuir el receso del avance musulmán por Europa, ya que ocho años más tarde Valencia fue invadida por un nuevo grupo islámico, los almorávides, y posteriormente los almohades. En 1238 la ciudad fue conquistada por Jaime I, terminado por completo con la presencia musulmana en esta ciudad.

El Cid Secesionista se considera un súbdito del “gobierno tirano” de los Estados Unidos, al igual que Rodrigo Díaz lo fuese de un gobernador (el rey Alfonso VI) que lo desterró y despojó de sus propiedades. Los secesionistas sufren la tiranía y la ocupación de áreas sureñas, pero mantienen su fe cristiana con el mismo talante desplegado por El Cid durante el destierro:

Nosotros, los sureños, tenemos mucho en común con Díaz […]. Me sirvo del legado de El Cid para recordarme a mí y a todos los sureños de que hay veces en que ser un buen súbdito no es suficiente […].

La tiranía del Gobierno Federal es insaciable. El mismo tejido que nosotros como sureños y cristianos estimamos es desgarrado a diario. Hemos sido buenos súbditos y hemos servido bien a nuestros amos. (El Cid, “About El Cid”)

La falta de conocimiento de los datos históricos sobre la vida del caballero medieval hace finalmente caer a El Cid Secesionista en contradicciones ideológicas. En “Mercenaries in Iraq” dejaba ver su desprecio hacia los mercenarios que encontró cuando servía en la reciente guerra en Irak, sin darse cuenta de que en realidad estaba criticando lo que realmente fue Rodrigo Díaz, un oportunista que trabajó por dinero:

Me vino a la memoria hoy algo que me perturbaba cuando estaba en Irak. Hablo de mercenarios […]. Es difícil de imaginar cómo una persona que está dispuesta a luchar y matar por nada más que dinero pueda ser merecedora de respeto. (El Cid, “Mercenaries”)

 

El Cid de Georgetown

Finalmente nos topamos con la relación que el ex-presidente español José María Aznar tiene con el héroe medieval. Político del Partido Popular (de la derecha) y afiliado ideológicamente al régimen franquista, Aznar es tal vez el personaje contemporáneo que más ha querido identificarse con El Cid. En 1987, y cuando era presidente de la Junta de Castilla y León, el periódico El País publicó un reportaje especial en su edición dominical en el que políticos, artistas e intelectuales españoles revelaban la identidad de su personaje célebre favorito, vistiéndose con ropas y artilugios que hacían referencia a esa persona. Aznar se identificó con El Cid. En la página 13 del suplemento se puede apreciar a un Aznar vestido a lo caballero medieval con un típico atuendo de la época: capa roja, cota de malla gris en la cabeza, espada en una mano y yelmo en la otra.

Aznar de El Cid, El País, 1987

Tras los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001 en Nueva York y los posteriores atentados en Madrid el 11 de marzo del 2004, Aznar emprendió una nueva cruzada contra la civilización islámica. En la línea de pensamiento del falangismo típico de la época franquista, el ex -presidente ha gozado a menudo de arremeter contra el pluralismo cultural y las minorías religiosas que suponen una latente amenaza al nacionalismo cristiano. Allá donde le han invitado a hablar, no ha dudado en usar el micrófono para dejar clara su postura. La temática común suele girar en torno a la erradicación del multiculturalismo porque “divide y debilita a las sociedades” y “no favorece la tolerancia ni la integración” (“Aznar considera”). En acorde con esta ideología también se postularon Francisco Franco y Charlton Heston durante sus campañas políticas. [4]

Quizás el acontecimiento más bochornoso protagonizado por el ex-presidente dentro de ese marco de cruzada anti-multicultural tuvo lugar en septiembre del 2004 en la Universidad de Georgetown en Washington DC, a raíz del cual algunos medios de comunicación españoles lo apodaron burlescamente con el sobrenombre de ‘El Cid de Georgetown’ (“Las risas”). Ante una sala repleta de académicos y estudiantes universitarios, Aznar desplegó en su discurso plenario la ya desfasada retórica derechista en pro de una nueva cruzada cultural y religiosa-la misma de la Reconquista-proclamando su desprecio ante el presente terrorismo islámico y considerándolo como un fenómeno con el que España lleva tratando desde el siglo VIII:

El problema que España tiene con Al Qaeda y el terrorismo islámico no empezó con la crisis de Irak […]. Deben retroceder no menos de mil trescientos años, hasta principios del siglo VIII, cuando una España recientemente invadida por los moros se negó a ser una pieza más en el mundo islámico. (“Seven Theses”)

Un año más tarde de su diatriba anti-islámica por tierras norteamericanas nació el primer nieto del ex-presidente, al cual se le dio el nombre de ‘Rodrigo’ (como El Cid). Con motivo de esta celebración, el político conservador y compañero de partido Jaime Mayor Oreja indicó que la razón del nombre del nieto de Aznar era para honrar a El Cid, porque “en España hace falta un nuevo Cid Campeador” (“Aznar”), algo que nos hace recordar las palabras de Menéndez Pidal del 1929. ¿Será entonces el nieto de Aznar ese dirigente fascista que otra vez pretenderá gobernar el país al estilo de El Cid (de Menéndez Pidal), cuando el gobierno del socialista Zapatero caiga en decadencia?

 

Conclusión

Los mitos no mueren. Se resisten a desaparecer porque sus raíces están hundidas en la naturaleza del individuo, y responden a las humanas necesidades. Imágenes míticas del pasado continúan y continuarán informando las ideas, actitudes y acciones humanas en todos los rincones de la tierra para satisfacer las carencias ideológicas de la colectiva social.

Algunos de estos mitos, o restos de ellos al menos, siguen acompañándonos hoy con su apropiado disfraz moderno. Además de los políticos y artistas mencionados, existe todavía un sinfín de gentes que optan por identificarse con el caballero medieval. El torero Manuel Jesús, por ejemplo, se hace apodar ‘El Cid’ y llama a su esposa “mi Babieca” (Marín)-en referencia al caballo fiel de Rodrigo Díaz-, y el controversial entrenador de fútbol Javier Clemente declara ser “como El Cid, porque después de muerto seguía asustando desde el caballo” (“Clemente”). Será sólo cuando el pueblo español deje a un lado mitos y sueños, que podremos conocer la verdadera identidad de Rodrigo Díaz, y así comprender mejor nuestra propia historia y cultura.

 

Notas

[1] Otra fuente textual latina es el Carmen Campi Doctoris, fechada aproximadamente en el 1090. Se trata de una obra incompleta en verso en la que se narran las actividades militares de Rodrigo Díaz (apodado “campi doctor”) en tiempo de los reyes Sancho II y Alfonso VI. En árabe también está la obra Tesoro de las excelencias de la gente de Al-Andalus (s. XII) del poeta e historiador portugués Ben Bassam, en la que habla de los problemas que el gobernador de la taifa de Murcia tuvo con El Cid cuando gobernaba Valencia.

[2] La fecha del 1140 es de Ramón Menéndez Pidal (De primitiva lírica española y antigua épica, 1951), y se basa en la mención del parentesco de El Cid con la familia real y en unos versos del Poema de Almería (h. finales del s. XII). El año 1207 es de Colin Smith (Poema de mio Cid, 1972), y procede de la fecha que aparece en los versos finales del Poema.

[3] La retirada de las estatuas de Franco está dentro de un proceso de eliminación de los símbolos preconstitucionales bajo el lema político “Merecemos una España mejor”.

[4] Francisco Franco mantuvo una lucha incesante contra las culturas peninsulares (e.g. catalana, vasca, etc.), a las que deseaba homogeneizar bajo el concepto de una nación española centralizada. Charlton Heston también desplegó una postura similar en contra del multiculturalismo a través de su retórica sobre la homosexualidad, el feminismo, y el color de piel.

 

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© Loreto B. Catoira 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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