La fatalidad en las novelas sevillanas de José Mas

Dr. Mohamed Ben Slama

Doctor por la Universidad Complutense de Madrid
Hammesp2007@yahoo.es


 

   
Localice en este documento

 

Resumen: Uno de los aspectos importantes en las novelas sevillanas de José Mas es el fatalismo. Aunque el fatalismo no es característico de las novelas sevillanas solamente, sino que es un elemento omnipresente en la mayoría de las novelas de José Mas, cuando se mezcla con Sevilla adquiere otras dimensiones.
Palabras clave: José Mas, narrativa españoa, fatalismo

 

Uno de los aspectos importantes en las novelas sevillanas de José Mas, La bruja, La estrella de la Giralda, La orgía, Por las aguas del río, Hampa y miseria y La locura de un erudito, es el fatalismo [1]. Este aspecto constituye lo de más valor que Mas puede aportar a la tradición narrativa española [2]. Por lo tanto, José Mas “presta a su idea novelística de la fatalidad, con el empleo de vocablos afines -augurio, hado, tragedia, destino, sino, etc.- que distribuye por las páginas en unión frecuente de adjetivos -misterio, sombrío, tenebroso, etc.- que acentúan con su calificación las descripciones y actos de los personajes” [3].

Se trata de un fatalismo sevillano pegado a la vida en Sevilla y a la gente de Sevilla, lo vemos en el ambiente, en los personajes y por supuesto en los acontecimientos. Aunque el fatalismo no es característico de las novelas sevillanas solamente, sino que es un elemento omnipresente en la mayoría de las novelas de José Mas, cuando se mezcla con Sevilla adquiere otras dimensiones. La figura de la mujer fatal sobresalta las líneas de algunas de las novelas sevillanas, aunque no siempre detrás de la fatalidad hay una mujer. En efecto, asistimos a un fatalismo que va parejo con el mal de ojo; un fatalismo vinculado al amor, al odio, a la amistad y a la venganza; un fatalismo voluntario e involuntario, malicioso e inocente, anunciado y discreto, etc.

En La bruja, la figura de la mujer fatal, Carmen, responde a la superstición del mal de ojo “tan extendida entre los pueblos semitas, hebreos y sarracenos” [4]. La presencia de Carmen irradia el maleficio, todos cuantos la aman sufren un final trágico. La tragedia, por tanto, está garantizada de antemano, encargándose el propio autor de cargar las tintas. Carmen tiene un signo fatalista, y, frente a este signo, “la indolencia o el inconsciente saber inútil de la lucha” [5]. José Mas se encarga de contarnos cómo se llevó a cabo la novela:

La bruja es una historia casi completa de unos amores que tuve en Sevilla cuando aún no había cumplido los diez y seis años. Ella llamaba también Carmen como la protagonista de La Bruja, y no tiene ningún punto de contacto con su homónima la Carmen de Merimée, que yo leí mucho después de haberse publicado mi novela (...) Durante una larga temporada mi vida en Sevilla con esta mujer que yo idealicé en mi obra fue una vida intensa, llena de emociones. Carmen era así, como la describo en mi novela (...)

Escribí La bruja porque era una necesidad de mi espíritu dar salida de alguna forma a todo lo que gocé y sufrí en el tiempo que duraron estos amores. ¡Y caso curiosísimo! El éxito de este libro, escrito en el año 1916, ya en Madrid, para recordar los tiempos felices y amargos, me sugirió la idea de novelar toda la vida sevillana; pero una vida sevillana, honda, trágica, dolorosa; esa Sevilla viril, recia, que había necesidad de reflejarla en alguna obra, para detener a esa otra Sevilla alfeñicada del sainete y de la comedia cursi [6] .

El poder fatídico y el maleficio de Carmen- que es “el prototipo del mal ángel y gafe por excelencia” [7] - remontan a varios años atrás, desde que era niña e iba al colegio. Ella misma cuenta a José Luis la historia de la muerte de su amiga Lucía, aunque todavía no cree en este maleficio que tiene y atribuye esta muerte al azar. Fue la maestra doña Filomena la que se dio la mala noticia a la niña Carmen:

-Carmen, no te quites la boina; hoy tenemos que cumplir un deber de hermanos. La pobre Lucía murió anoche; reza por su alma para que llegue antes a las puertas del cielo. Vamos a la iglesia para oír una misa por su eterno descanso. (La bruja, p. 24)

Carmen se da cuenta más tarde de que esta historia no fue un puro azar, y que lo que tiene es un poder fatídico que alcanza negativamente a todos los que la rodean aunque sean lejanos. En efecto, el incidente del barco, cuando estaba de paseo con José Luis en el río, y se encontró con un ahogado, cambió su vida por completo y nunca pudo olvidar el terror de aquel trágico encuentro. La fatalidad de Carmen empieza a alcanzar a los seres más próximos, empezando por doña Teresa, la madre de José Luis, que muere de un ataque del corazón cuando estaba discutiendo con su hijo. La muerte de doña Teresa hace que José Luis, arrepentido, cambie de actitud hacia Carmen y la abandone sin darle explicaciones.

El círculo de amigos de Carmen empieza a verse reducido por la muerte de sus miembros alcanzados, sin duda, por el maleficio de Carmen. La primera en morir es Rosario, una compañera suya en la academia de baile que resulta asesinada por un loco:

No faltó en aquel tiempo la nota triste. Pocos días antes de su ruidoso debut como bailarina andaluza, una de las muchachas que iba a la academia de baile intimó con Carmen y se hizo una de sus fervientes amigas. Sus amores desgraciados parecían unirlas. Rosario, que así se llamaba, sufría desde largo los malos tratos de un chulo que había resuelto el problema de vivir sin trabajar. Una tarde, mientras la joven aprendía una lección de baile, subió el valiente algo bebido, y antes de que nadie pudiese evitarlo hundió la hoja de una navaja en el pecho de Rosario, que, lanzando un ¡ay! desgarrador, se desplomó inerte con el corazón partido por el certero navajazo. (La bruja, p. 114)

Después de la muerte de su madre, es el turno de su mejor amiga Lola que se encuentra con la muerte en el Moulin Rouge de París, cuando se produce un incendio. En efecto, Carmen, aunque esté lejos de Sevilla -en este caso en Paris-, no llega a deshacerse de este maleficio que le va a condenar para siempre:

Carmen sintió que todo daba vueltas a su alrededor, y el pensamiento de la desgracia anidó en su espíritu con toda la inmensa desolación de lo inevitable. El guardarropa del teatro estaba en el mismo pasillo de su camerino. Si Lola no advirtió el incendio al principio, el paso no hubiese sido posible por allí.

Buscó de nuevo, preguntó agitada como una loca por su amiga del alma. Nadie sabía nada. Nadie la Había visto. Tuvo que esperar tres horas interminables, mortales, angustiosas, a que el incendio se apagase y pudieran reconocer la casa.

Y de pronto la terrible realidad apareció antes sus ojos con su incontrastable y monstruosa fuerza, haciéndole lanzar un grito frenético de dolor y de espanto ante la visión fatídica

Los bomberos habían sacado entre los escombros varios cadáveres, ensangrentados unos, otros quemados y ennegrecidos por el humo. Entre ellos, tapado su cuerpo púdicamente con una sábana, vio Carmen el rostro de su amiga Lola, terriblemente descompuesto, con esa sobrehumana expresión de los que han sido arrancados de la vida violentamente. (La bruja, pp. 227-228)

Hay otro tipo de fatalismo que tiene que ver con los amores de Carmen. Mal de ojo y amor tienen una relación estrecha en La bruja. En efecto, esta novela tiene un raro parecido con La Negra, una novela de Pedro de Répide, donde existe un vínculo entre el mal de ojo y el amor.

Saltaritos, un famoso torero, se enamora perdidamente de Carmen, aunque ella no le corresponde en el sentimiento, y le ofrece, en cambio, su amistad. Saltaritos, que pierde esperanzas en conquistar el corazón de la sevillana, le invita a ver una corrida de toros en la que va a participar. Curiosamente, en el momento en que el torero se dirige con su mirada a Carmen que está sentada en el palco, sufre una fuerte cogida y muere en el acto:

Saltaritos miró al palco de Carmen como suplicándole el perdón por haberle brindado un toro en aquellas condiciones. Después pidió indulgencia a la muchedumbre que, aun azotada por la lluvia, seguía contemplando la lucha (...)

Entonces ocurrió una cosa terrible. Vióse bajo la cortina de la lluvia un amasijo de oro y seda que despedía reflejos de acero flotando sobre los cuernos del animal; después, aquella masa plúmbea cayó al suelo, y allí, de nuevo, la fiera vengativa y furiosa hundió la cabeza en el cuerpo del torero (...)

Cuando consiguieron llevarse al toro, acudieron a levantar al maestro. Inmóvil, pálido, cubierto de barro y doblado por en medio como un pelele, causaba una emoción indescriptible de angustia. En sus pupilas, desmesuradamente abiertas, alentaba aún el terror del momento supremo. (La bruja, p. 126)

Más tarde, muere Mr. Richard, un inglés que también se enamora de Carmen, en Madrid, asesinado después de haberla defendido -cuando actuaba en el teatro- de los acosos de un espectador. Éste, indignado por la manera con que fue tratado por parte del inglés, decide vengarse de él y lo mata de un disparo en el pecho. Esta serie de muertes intensifica el dolor y la tristeza de Carmen que, en un momento de reflexión, empieza a hacer una recapitulación de las víctimas de su maleficio:

¡Coincidencias! No. Era ella que irradiaba el mal como el sol esparce su luz. Su nacimiento la misma noche del asesinato de su padre, después la muerte del gitano cuando se hubo generado por ella, la niña del colegio, la bailarina acuchillada por su amante, el trágico fin de Saltaritos, el desafío fatal del inglés, la rápida enfermedad de su madre, el anarquista Roberto Oller, y por último, como un formidable mazazo, como una demostración palpable de su nefasto contagio el incendio del Moulin Rouge, que causó la muerte de su mejor amiga. No eran coincidencias. El caso se repetía en todos los que trataba con alguna intimidad. ¿La desaparición extraña de José Luis por la muerte de su madre, no era también prueba de su maleficio? (La bruja, pp. 232-233)

A pesar de estar completamente convencida de que no se va a deshacer jamás de su maleficio que nunca la va a dejar vivir feliz, Carmen se agarra a una posibilidad remota de conseguir la felicidad e intenta por un momento convencerse de que el maleficio que creía sufrir no tiene ningún fundamento, y que se trata de una pura casualidad. Por lo tanto, “lucha contra esos augurios, manteniendo un ingenuo optimismo que es tan sólo el anhelo de dicha propio de un corazón juvenil” [8]. Su vuelta a Sevilla supone su reencuentro con su primer amor José Luis, vuelve la pareja a juntarse de nuevo después de mucho tiempo, pero el resultado de dicho encuentro trae pésimas consecuencias; la muerte de José Luis, después de una noche de amor con Carmen, confirma el poder fatídico de ésta y cambia por completo su vida [9]:

(...) Entonces Carmen se acercó. Y esta vez el beso no estalló sobre la frente del amado; inclinóse, y puso sus labios sobre la boca de José Luis.

Al beso, el cuerpo de Carmen se estremeció. Se irguió rápida, arrodillada sobre el lecho, la caballera negra flotante alrededor de sus blancos hombros casi descubiertos; en su mirada se fijó el estupor, la angustia, ese inconfundible resplandor que despiden las pupilas de los locos. Muda, indecisa, estuvo un momento contemplando a José Luis, que seguía inmóvil. Luego hundió su cabeza sobre el rostro del amado; su cuerpo se adhirió al suyo sus brazos lo aprisionaron. (La bruja, p. 245)

En La estrella de la Giralda, todos los personajes son más o menos víctimas de la fatalidad, siempre en torno a la Giralda. Contrariamente a La bruja, aquí la fatalidad no tiene que ver con el mal de ojo, estamos ante el maleficio de las campanas que provoca más de una muerte en esta novela.

En efecto, todos los personajes del relato están influenciados por este maleficio. También en esta novela y en La bruja, el fatalismo se asocia con el pasado, pues se quiere localizar en las viejas preocupaciones que duermen en el pasado histórico más remoto, especialmente árabe. En este aspecto, “la atracción y el vértigo abismal son lo que da prestigio cruel a la torre antigua hechizada por los recuerdos, las sensualidades y melancolías moras” [10].

En La estrella de la Giralda, el fatalismo es anunciado desde el principio. El empeño del autor en transmitir al lector un ambiento trágico y melancólico, desde la primera página de la novela, da la impresión de que algo terrible va a suceder:

Las campanadas del Ángelus caían lentas, tristes y graves; cuando la vibración de los primeros toques se apagaba temblando como si quisiera ocultarse en algún sitio secreto de la torre, otra campanada volvía a extenderse con la misma lentitud, con idéntica gravedad y con igual tristeza que las anteriores. (La estrella de la Giralda, p. 11)

(...) Todo parecía deshabitado, abandonado, muerto; pero en es inquietud y en ese abandono se notaba algo extraño, solapado, traidor, y mientras los bisoños avanzaban con tranquilidad, los veteranos sentían que en el aire suave y en el ambiente sereno, se iba incubando la tragedia. (La estrella de la Giralda, p. 20)

El inicio del fatalismo tiene que ver con el incidente del suicida encontrado por Rocío, colgado en una de las campanas de la Giralda.

Quedaron la madre y la hija silenciosa; pero inquietas y asustadas. Pasaron así unos momentos largos como una eternidad, y de súbito sintieron un golpe terrible, monstruoso, como si una masa sólida y líquida al mismo tiempo se aplastase sobre las losas del patio exterior que daba entrada a la torre.

Inconscientemente, con esa temeridad que nos anima por extraña paradoja en los momentos supremos del miedo, avanzaron hacia la puerta.

Dos gritos simultáneos dados por la madre y la hija, espantosos y agudos, hirieron la paz de la mañana primaveral.

Una masa informe, repugnante y sanguinolenta, se extendía sobre las losetas. Mirando con detenimiento se adivinaba el cuerpo de un hombre. La cabeza se había estrellado contra una losa. El cráneo estaba partido en cuatro pedazos por la violencia del choque, la frente rota, y en medio de un líquido gelatinoso nadaban las pupilas vidriosas, espantadas, surcadas de estrías rojas, inyectadas de sangre, con una punzante y trágica fijeza que helaba de terror. (La estrella de la Giralda, pp. 137-138)

Este suceso supone un cambio radical en la vida de Rocío que, a partir de este momento, va a ser perseguida por la fatalidad. En efecto, José Mas empieza a anunciar su muerte causada, primero, por el equívoco que sufrió al creer que el suicida era su novio Jacinto, y, segundo, por la participación de éste en la guerra de Cuba. Esta noticia, que llena de tristeza y de melancolía el corazón débil de Rocío, hace que su estado de salud empeore día tras día:

Aquella misma tarde, Rocío cayó en cama con fiebre. A los pocos días, el médico llamó secretamente a Juan y le dijo que su hija estaba enferma del pecho. (La estrella de la Giralda, p. 221)

Jacinto, que vuelve sano y salvo de Cuba, encuentra a su novia con un estado de salud de máxima gravedad y no puede hacer nada para impedir su muerte:

No hizo el menor movimiento. Tras sus párpados giraron las pupilas vidriosas, turbias, sin fijeza; luego una de sus manos descarnadas y amarillentas se hundió en el pecho como si quisiera desprenderse de algo que la ahogaba; una bocanada de sangre manchó la blancura del embozo y el espectro de la muerte cubrió el rostro de Rocío. (La estrella de la Giralda, p. 252)

Al final, la fatalidad no se detiene en Rocío, sino que alcanza a Jacinto que, completamente loco por la muerte de su novia, se arroja desde lo más alto de la torre de la Giralda y muere:

Y de pronto empezó a reír con esa risa de loco que causa espanto y tristeza al mismo tiempo que sobrecogen el ánimo y parece que aprietan el corazón (...)

Y rápido, con esa rapidez y acometividad de los perturbados, rechazó a Juan que se obstinaba en detenerlo, y entró en la torre, perdiéndose entre las tinieblas de las rampas (...)

Jacinto seguía su enloquecida marcha al través de las azoteas y de los terrados (...) Jacinto estaba ahora en el centro de uno de los arbotantes en cuyo extremo se yergue el pináculo más elevado de la Catedral. Sobre su cúspide, la estrella palpitaba en el gozo de la luz (...)

Desde el terrado, Jacinto parecía un muñeco, una figurilla mecánica que se sostenía de un modo inverosímil, clavando sus manos y sus pies en los innumerables lóbulos que erizaban la torrecilla de piedra. Un nuevo esfuerzo de los músculos de acero, y Jacinto alzó su cabeza sobre la afilada y gigantesca aguja (...)

Y cuando alzaba sus brazos y se elevaba sobre pináculo como queriendo atraerse algo que sólo él veía, uno de sus pies perdió su punto de apoyo; el cuerpo dio media vuelta y rebotó la superficie erizada de la torrecilla; después, como un irón de sombra perdió el abismo(...)

Y un silencio augusto, angustioso y cruel, se extendió en la noche trágica y misteriosa. (La estrella de la Giralda, pp. 277-282)

En La orgía, el autor combina nuevamente sus dos temas fundamentales: amor y muerte. La aparición de la Reina Mora en la vida de Jorge Mañara ha traído trágicas consecuencias para ambos, la muerte fue el final de los dos amantes, junto a todos los componentes de la orgía, “con ese hundimiento del barco del placer, en que se ahoga la Sevilla alegre y loca” [11]:

El agua, con hervor de catarata, como si se precipitara por un plano inclinado, invadió la cámara por todas partes. Y los cuerpos fueron arrojados al fondo del salón, rebotando como fantásticas pelotas en los muebles, en las paredes, en el techo, dejando en cada sitio, como huella de su paso, una mancha de sangre. Ahora el buque se inclinó de proa, y la puerta empujada por el agua, volvió a cerrarse, chirriando trágicamente, como la tapa de un féretro.

Crujieron las maderas, y mientras el yate se hundía con rapidez, oyéronse en la quietud misteriosa de la noche unos gritos de suprema angustia(...) Y los policromos montones seguían temblando en la superficie de las aguas y llenándose de luz, como un símbolo de que el placer flotaría siempre en el río de la vida y de que el hombre correría en su busca, aunque al final le salieron al paso, con su mueca diabólica, el dolor, la tragedia, la fatalidad y la muerte (La orgía, pp. 190-191)

En Por las aguas del río, como en las novelas anteriores, “hay una fatalidad que determina la tragedia, a despecho de la buena voluntad y del anhelo de dicha de los personajes” [12]. Esta fatalidad es representada por Joselillo y su odio a Rafael, odio que, para éste, no pasa de un desamor, pero para Joselillo, “adquiere proporciones cainianas” [13], un odio “instintivo, irracional, que él mismo no se explica a su presunto primogénito” [14]. La discusión entre Rafael y Joselillo, que no quería ayudar a su supuesto tío en la pesca, y que desembocó en una agresión del sobrino hacia su tío, supone el inicio de una gran discordia y hostilidad entre los dos:

Rafael no pudo resistir aquellas nuevas frases rebeldes. Avanzó hacia el hijo de Rosa, y cogiéndolo por una solapa de la chaqueta, quiso obligarlo violentamente a reanudar la marcha interrumpida.

Joselillo, al sentir sobre su cuerpo las manos de Rafael, se volvió furioso, y con el rostro desencajado y temblándole de rabia los labios, mordió con su fuerte y blanca dentadura una de las manos que lo aprisionaba. Rafael lanzó un grito de dolor, y sin saber lo que hacía, zarandeó varias veces como a un pelele el cuerpo de su sobrino. Después, enloquecido, como si hubiese columbrado en las tinieblas la silueta de un siniestro fantasma, dio un nuevo grito y rechazó al muchacho, que, impulsado por la fuerza superior a la suya, cayó de espaldas sobre el blando césped que orillaba la senda. (Por las aguas del río, pp. 73-74)

Al final, el odio fue fatal [15], pudo con todos los intentos de apaciguar los ánimos y de transmitir los buenos sentimientos en el corazón de Joselillo, es la voz de la sangre que “interviene ahora con toda su fuerza fatídica” [16] y hace que Joselillo se entere de la verdad de su nacimiento y mate a su tío Rafael, el que asesinó a su padre:

Y decidido y enérgico, brillándole en la mirada el dominio de mando, avanzó hacia el hijo de Rosa para arrebatarle los remos. Joselillo, en aquel instante, sintió un miedo terrible y creyó ver en el fondo de las pupilas de Rafael una imagen tenebrosa y fatal. Dio un brinco. Se plantó en la misma proa de la barca, apretó nervioamente en su mano la punta de uno de los remos y gritó enloquecido:

-¡No te acerques; no te acerques! Asesinaste a mi padre y ahora quieres matarme a mí; pero no será, no; te lo juro.

Rafael creyó que la tierra y el cielo giraban en torno suyo. Quedó inmóvil con los brazos en alto y las manos engarfadas, como si quisieran clavarse en la garganta de un invisible enemigo. Su rostro se contrajo por el dolor, por la ira, por la sorpresa. Entonces el hijo de Rosa, sin saber lo que hacía, impulsado por el terror y por el odio, enarboló el remo y lo aplastó con ansia homicida sobre el cráneo del matador de su padre. Rafael dio un grito de angustia y cayó de espaldas fuera de la embarcación, hundiéndose en la noche negra y embrujada. (Por las aguas del río, pp. 197-198)

José Mas vincula también el Guadalquivir a la fatalidad y a la tragedia al acabar su novela de esta manera:

Se oyó un silbido. Y la barca, movida suavemente por la brisa, siguió deslizándose mansa y serena por las aguas del río. (Por las aguas del río, p. 198)

Este final sugiere a Cansinos-Asséns la siguiente interpretación, en su habitual tono poético:

Así tributa José Mas al antiguo río, adorado en otro tiempo como Dios, la víctima que siempre reclaman esas fluviales deidades y que necesitan para adquirir algo del prestigio del mar.-El padre Betis se magnifica así, peligroso, en su placidez, cual si sus aguas estuviesen pobladas de esos monstruos que, según un poeta árabe, le faltan para ser otro Nilo- La tragedia desarróllase con arreglo a un horario estricto y se consuma en el instante verdaderamente fatídico, cuando ya se han revelado todos los misterios y perdido su fuerza todas las coacciones [17].

En Hampa y miseria, destaca el personaje de Aixa la hebrea como mujer fatal en la vida de Joselillo. Éste, convertido en Johanan, comete un segundo crimen -considerando que el primer crimen tuvo lugar cuando Joselillo mató a Rafael en la novela anterior- al matar al moro que esclavizaba a la hebrea, salvándola, así, de sus garras. Joselillo es condenado a estar siempre con Aixa, sabiendo de antemano que es “el personaje fatal en la tragedia de su vida” [18], no podrá evitarla o huir de ella por mucho que lo intente; todo indica que la tragedia es inminente. Para ello, el autor crea un ambiente triste y trágico:

Iba huyendo la luz. Los últimos resplandores del crepúsculo ponían tonos grisáceos en el interior de la taberna. Todo se impregnaba de esa tristeza misteriosa que en los países meridionales se incuba siempre con las primeras sombras (Hampa y miseria, p. 305)

En efecto, el enamoramiento de Joselillo de Angustias, que ha producido un cambio radical en sus sentimientos hacia Aixa, supone el principio del fin. La hebrea, herida en su dignidad, denuncia a la policía las actividades ilegales su de ex amante. A pesar de sus intentos de salvarse, Joselillo, que pide auxilio a su madre, no consigue evitar el destino que le había trazado su ex amante, y paga su rebeldía con la muerte:

La luna, con su blancura de sudario, bañaba el rostro de la mujer y el de Joselillo, y era de una tristeza tan sublime el grupo, que evocaba una escena parecida de la Virgen María y de Nuestro Señor Jesucristo, padre de todos los desgraciados y de todos los miserables (...)

Joselillo no pudo responder. El destino fatal se cumplía. Rosa cayó sobre el cadáver de su hijo, llorando y riendo como una loca. (Hampa y miseria, p. 318)

En La locura de un erudito es donde menos se puede hablar de fatalismo, debido a que el argumento es casi nulo en comparación con la parte documental de la novela. Aun así, el fatalismo está presente: en este caso, África tiene mucho que ver con el proceso de locura de don Pablo Lucena, su cuñado, y con su final trágico. África que, “en su mirada, descubríase ese poder fascinador y misterioso, que parece fulgir como un arma de sortilegio y de fatalidad en algunas pupilas” [19] , prepara un plan diabólico para seducir a su cuñado, sirviéndose de sus encantos y de la belleza andaluza que tiene, aprovechando la falta de amores en la vida de don Pablo, aunque no hay un objetivo claro detrás de este plan de seducción, puesto que África en ningún momento se siente atraída por su cuñado, y, por lo tanto, no pretende establecer una relación amorosa con él. Don Pablo, que se rinde ante los encantos de su cuñada, llega a un estado máximo de perturbación y de nerviosismo:

Tenía ya la certeza absoluta de algo tenebroso, sombrío, y que se le clavaba como un dardo en el fondo de su alma. Ella dominaba su ser y le absorbía hasta el extremo de inutilizarlo para toda labor intelectual. (La locura de un erudito, Tomo I, p. 207)

Enloquecido por la lujuria y por el vino, el erudito pierde la razón e intenta violar a su cuñada que se resiste como puede. La vergüenza y el arrepentimiento hacen que la idea del suicidio, como única alternativa para no tener que afrontar las malas miradas de todo el mundo, se apodere de él y domine su pensamiento. La ejecución fue inmediata:

Fue una idea que le vino al cerebro como un rayo de luz entre las sombras. No había otro remedio. Eso era lo gallardo, lo noble, lo único que lo enaltecería a los ojos de África, sí, de África, de la única mujer que había amado en la tierra después de su madre. No lo pensó más. Su mano, convulsa, empuñó el revolver. Apoyóse el arma en la frente y disparó. (La locura de una erudito, Tomo I, p. 338)

 

Notas

[1] FORCADA, Manuel: “Novelistas sevillanos. José Mas”, El Liberal, Sevilla, 17 de junio de 1921.

[2] PRIETO, Antonio: “La fatalidad en las novelas sevillanas de Mas, como parte de la tradición narrativa”, Monteagudo, nº17, Murcia, 1957, pág. 9.

[3] Ibíd

[4] CANSINOS-ASSÉNS, Rafael: Sevilla en la literatura, Madrid, Rivadeneyra, Col. Crisol, 1922, p. 70.

[5] PRIETO, Antonio: op. cit, pág.11

[6] “Cómo, dónde y por qué. Historia de La bruja”, Los lunes de El Imparcial, 5 de agosto de 1928.

[7] ENTRAMBASAGUAS, Joaquín de: Prólogo a José Mas, La orgía, Las mejores novelas contemporáneas, Vol.V (1915-1919), Barcelona, Planeta, 1958. pág.738.

[8] CANSINOS-ASSÉNS, Rafael: Sevilla en la literatura, op. cit, pág. 74.

[9] GONZÁLEZ-BLANCO, Edmundo: “En torno al fatalismo andaluz”, La Esfera, sin fecha

[10] PARDO BAZÁN, Emilia: “Un poco de crítica. Nugas. Sobre la bruja y la estrella de la Giralda”, ABC, Madrid, 21 de julio de 1920, p 7.

[11] CANSINOS-ASSÉNS, Rafael: Sevilla en la literatura, op. cit, pág. 85

[12] Ibíd. pág. 95.

[13] Ibíd.

[14] Ibíd. pág. 96.

[15] Dice Ramón, el verdugo, a Joselillo: “El odio amasado durante tanto tiempo en lo hondo de tus entrañas es fatal”, Por las aguas del río, Madrid, V.H.Sanz Calleja, 1921, pág. 184.

[16] CANSINOS-ASSÉNS, Rafael: Sevilla en la literatura: Sevilla en la literatura, op. cit, pág.96.

[17] CANSINOS-ASSÉNS, Rafael: Sevilla en la literatura: Sevilla en la literatura, op. cit, pág. 98.

[18] MAS, JOSÉ: Hampa y miseria, op. cit, pág.290.

[19] MAS, JOSÉ: La locura de un erudito, Tomo I, op. cit, pág. 231.

 

Referencias bibliográficas

Anónimo: “Cómo, dónde y por qué. Historia de La bruja”, Los lunes de El Imparcial, 5 de agosto de 1928.

CANSINOS-ASSÉNS, Rafael: Sevilla en la literatura. (Las novelas sevillanas de José Mas), Madrid, Rivadeneyra, Col. Crisol, 1922.

ENTRAMBASAGUAS, Joaquín de: Prólogo a José Mas, La orgía, Las mejores novelas contemporáneas, Vol.V (1915-1919), Barcelona, Planeta, 1958.

FORCADA, Manuel: “Novelistas sevillanos. José Mas”, El Liberal, Sevilla, 17 de junio de 1921.

GONZÁLEZ-BLANCO, Edmundo: “En torno al fatalismo andaluz”, La Esfera, sin fecha

MAS, José: Hampa y miseria, Madrid, Atlántida, 1923.

MAS, José: La bruja (novela que bien pudiera ser historia de la famosa bruja de Sevilla), Madrid, Librería Fernando Fe, 1917.

MAS, José: La estrella de la Giralda, Madrid, Librería Fernando Fe, 1918.

MAS, José: La locura de un erudito, Madrid, Renacimiento, 1926, 2 Vols.

MAS, José: La orgía, Madrid, Imprenta G. Hernández y Galo Sáez, 1919.

MAS, José: Por las aguas del río, Madrid, V.H.Sanz Calleja, 1921.

PARDO BAZÁN, Emilia: “Un poco de crítica. Nugas. Sobre la bruja y la estrella de la Giralda”, ABC, Madrid, 21 de julio de 1920.

PRIETO, Antonio: “La fatalidad en las novelas sevillanas de Mas, como parte de la tradición narrativa”, Monteagudo, nº 17, Murcia, 1957.

 

© Mohamed Ben Slama 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero39/josemas.html