Autoafirmación y naturalidad
en las literaturas africanas clásicas de resistencia
de la mano de Edward Said

Antumi Toasijé


 

   
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Resumen: Si es cierto que Edward Said ha sido aclamado y atacado por cuestionar con brillantez las construcciones ideológicas del arte Occidental, en el caso de los lectores de grupos étnicos y culturales no identificados con el imperio, como es mi caso particular, Said me obliga a reflexionar principalmente sobre las construcciones de la resistencia, el legado dialéctico de quienes buscan un lugar en un mundo, siempre cambiante, con sempiternas relaciones de dominio.
Palabras clave: E. Said, culturas, identidades, sistemas de representación, literatura africana

 

¿Por qué Said?

El materialismo cultural, esa forma de marxismo norteamericano clandestino, estableció que las superestructuras dependían forzosamente de las estructuras y estas a su vez necesariamente de las infraestructuras, nada nuevo excepto el lugar dónde se decía. De un modo aquilatado esto es lo que asume Said en Cultura e Imperialismo, al afirmar que: “Todas las culturas practican la autodefinición” (Said, Culture and Imperialism, 1993: 81 de la edición en castellano de 1996). Sin embargo Said avanza varios pasos más allá, al señalar que no hay entidad que exista sin el juego ideológico de las dicotomías excluyentes (cf. Said, 1993 (1996): 102) reflexión que le permite pasar a desentramar lo que él denomina la estructura de actitud y referencia del Imperio (Said, 1993 (1996): 115), Said señala, trazando el camino de los estudios poscoloniales, que la ideología y sus productos como el Arte, cumplen un papel retoalimentador al reforzar las estructuras inferiores. Aun cuando esto es algo que ya avanza en Orientalismo (Said, 1987), su pensamiento adquiere aquí un potencial desestabilizador nada desdeñable, por cuanto obliga, a repensar el lugar de los artistas y creadores en la configuración del camino lleno de cadáveres del Imperio, ya no sólo desde el estudio de la búsqueda Occidental de la cosificación analítica del otro. Esta es una historia vieja, que en realidad no sorprende a quienes se consideran víctimas descreídas del aparato colonial o entre quienes pertenecen a las culturas creadas por los hijos de esas víctimas. La historia de la estructura referencial del poder, no arranca con Píndaro, sino mucho antes, quizás las primeras representaciones inmoderadamente manifiestas sean las de un Ramsés II siempre victorioso a pesar de los Kadesh más humillantes. Es este un proceder generalizado del artista y de la sociedad que lo sustenta; gloria, belleza y propaganda en un totum revolutum que, al reforzar las concepciones del poder y captar las energías creativas, y por tanto generativas de los artistas, en pos de la moralización de la asimetría social, trae de cabeza a arqueólogos e historiadores. ¿Acaso pensaba la Europa decimonónica que estaba exenta de tales vicios?, en efecto así es, la suficiencia de las culturas hegemónicas presenta este empeño alucinatorio. Said advierte que los crecimientos, en los campos de lo universalizado, de la novela inglesa y la novela francesa coinciden sospechosamente con los crecimientos de los respectivos imperios (Said, 1993 (1996): 128-129). Los ojos de Edward Said son por tanto herramientas útiles para analizar cómo se construyen en las fronteras de las literaturas hegemónicas los muros de las literaturas de resistencia ¿Por qué Said? Para sorpresa de algunos diré que Said es objetivamente más africano que palestino, cualquier biógrafo puede rastrear este hecho, sin embargo desde su subjetividad, su elección palestina le otorga un derecho aún mayor a la palestinidad militante. Por ello por encima de su huída de los paradigmas africanos, su dicotomía personal, tan africano-americana aún sin quererlo, por sí misma me es más cercana que el dilema “oriental” visto desde cualquier ángulo; en definitiva Said es a Oriente medio lo que el afroamericano a África.

 

El nacimiento de una aversión hacia las literaturas hegemónicas

Said, es cierto, centra su sagaz deconstrucción en el momento más consagrado de la literatura universal, el XIX británico y en menor medida francés, esto supone sin duda un golpe bajo a la forma en como han operado estas imágenes sobre el colectivo de consumidores de arte prestigiado. Al desmenuzar la estructura referencial se señalan varios aspectos que definen el proceso: En primer lugar, existe una relación de continuidad entre la novela pre-imperial y la novela imperial, en ella las estructuras del relato suscitan las relaciones de poder y obligan al replanteamiento de las mismas, en la novela colonial se establecen paralelismos entre las relaciones de poder internas y las relaciones metrópoli-colonia, finalmente la novela universaliza a través de sus propias estructuras las ideas de dominación. Si el autor no fuese un experto académicamente reconocido en los campos de los que habla, si no se dirigiese al auditorio más ínclito a partir de las mismas herramientas analíticas creadas en los conspicuos despachos de las universidades anglosajonas; probablemente su análisis no hubiese hallado el eco suficiente y se hubiera apagado como las contribuciones de tantos críticos al margen de los sistemas hegemónicos de representación. Desmenuzar los silencios de Jane Austen, o penetrar en la caverna ideológica conradiana, tanto imperialista como hastiada de imperialismo, son cosas que sólo pueden hacerse desde una posición consolidada y esto es el mérito mayor de Said, no haberse dejado arrastrar por los dictámenes acreditados a las soluciones consolidadas, algo de lo que el propio autor es consciente y retrata en su crítica al secularismo.

Sin embargo, está en la experiencia de cualquier lector identificado con las culturas o las razas dominadas, y no sólo el académico, el estupor, la indignación y a menudo la apatía ante algunas de las propuestas literarias más afamadas. Personalmente, esto se traduce en sobresaltos continuos en mis lecturas de infancia y adolescencia por los retratos que se ofrecían de las personas negras. Julio Verne era de esos autores de los que cabía esperar cualquier sorpresa más que desagradable, mi lectura de “Dos años de vacaciones” se vio bruscamente interrumpida al constatar que uno de los niños náufragos, el que era negro, no tenía derecho a votar ni siquiera en esa comunidad nueva llena de juventud y libertad. La “Alta Cultura” de la literatura juvenil, estaba llena de imágenes degradantes para lo que yo empezaba a entender como “mi gente”, de hecho, es probable que estas imágenes hayan contribuido a la propia la afirmación reforzada de lo que uno consideraba “su gente”. El universalismo no puede ser admitido por una mente detallista si excluye o ridiculiza de cualquier modo, bien sea indirectamente. A pesar de todas las imágenes grotescas, algún oasis permitía casualmente un cierto sosiego, fue una grata sorpresa leer en la infancia al menos dos obras europeas, en las que la representación de las personas negras, que yo buscaba con avidez, no era denigrante; una de ellas “Jim Botton y Lucas el Maquinista” de Michael Ende se aproximaba a la negrura de su protagonista con cierto estrambotismo pero con un evidente afán antirracista. En “Mecanoscrit del segón origen” de Manuel de Pedrolo, obra de lectura obligatoria en el sistema educativo de ámbito catalanoparlante una muchacha blanca, “Alba”, y un niño negro, “Dídac”, enfrentaban el traumático comienzo de una nueva humanidad, ambos personajes estaban tratados con dignidad en esa tragedia futurista. Sin embargo se trataba de excepciones.

En “Las minas del rey Salomón” de Henry R Haggard, un cierto respeto hacia los africanos custodios de una gran cultura, se veía empañado por el modo en las que eran retratados, sin hondura humana, como arquetipos de cartón piedra, esto era lo común y en cierto modo lo más comprensible. Más adelante pude percibir que tanto Ende y como Pedrolo pertenecen de modos diferentes a culturas no hegemónicas, el primero alemán Bávaro, estuvo siempre al margen del sistema, durante la época de la Alemania nazi perteneció al grupo de resistencia “Frente Libre de Bavaria” mientras que Pedrolo escribe desde la perspectiva de una de esas culturas europeas en las que, por la ausencia de estado propio, determinados componentes tienen una percepción de arrinconamiento marginador por parte de nacionalismos estatales más pujantes. Esto concuerda con de la afirmación de Said, en el sentido de que quienes representan la realidad son los que pueden y no los que quieren, aunque en todo momento la presencia de elementos contestatarios, marginados o marginales, forja representaciones alternativas. También fue pronto fácil apreciar que había un tratamiento diferente de las personas negras dependiendo de la época del escrito. En el Lazarillo de Tormes me resultaba absurda la idea de que el hermano del protagonista, siendo pardo sintiera miedo de su padre negro, pero este incidente no invalidaba, para mí, toda la obra, porque se insertaba en el marco grotesco que dirigía la intención del autor, en cualquier caso el tratamiento de los personajes negros era ciertamente ridiculizante, pero carente del racismo cientifista posterior, un racismo que despoja de humanidad a la humanidad negra. Otelo es un evidente ejemplo de lo que digo, el “Moro de Venecia” es odiado por su color, pero ocupa una posición relevante en la sociedad veneciana, lo cual lo convierte de hecho en envidiado, algo impensable para una persona negra en una obra de teatro europea contemporánea. Desde una perspectiva Shakesperiana el problema del color o la raza no es la clave de la obra sino la cuestión de la envidia y el rechazo social a los elementos externos. Es un hecho que el racismo imperialista no adquiriría la forma recalcitrante que le dio fama, especialmente en el ámbito anglosajón, hasta el Siglo XIX y esto queda plasmado en el razonamiento de Said. Al descifrar que la literatura decimonónica contribuye a solidificar unas imágenes de Status, a configurar los estilos y talantes de las estructuras horizontales, en definitiva a dibujar el mundo de las relaciones de poder; tanto lo que se estaba dando, como lo que se estaba ideando. La concomitancia imperio-arte configura un universo de pautas positivistas: Se creará una diferenciación entre Oriente y Occidente, la etnografía de base racista impregnará los modos del saber (Gobineau, Maine, Renen, Humboldt), ello impulsará la retórica de la misión civilizadora y el discurso universalista, el pulso diario del poder inducirá a una concepción maniquea del mundo, finalmente ello nutrirá una imaginería donde la cultura hegemónica se presenta como autónoma y en relación dicotómica con el mundo (cf. Said, 1993 (1996): 180-185)

 

Estrategias de las literaturas africanas de resistencia

Chinua Achebe acusa a Conrad de racista como señala (Said, 1993 (1996): 136) esta misma acusación es extensible a Verne y a prácticamente todos los escritores Occidentales de aventura del XIX que retratan a pueblos no europeos. Como revela el intenso análisis de Said, son escritores del imperio, construyen imágenes desde el imperio y para el imperio y contribuyen a la extensión de la idea de “progreso”. Incluso cuando son irónicos hay un posicionamiento pues “...afirman que la fuente de la vida y de la acción residen en Occidente, cuyos representantes parecen siempre tener la libertad, la libertad de volcar sus fantasías y sentimientos filantrópicos sobre un prosaicamente llamado “Tercer Mundo” medio agonizante.” (Said, 1993 (1996): 22) Callan o miran a otra parte cuando hay que hablar de las consecuencias de ese “progreso”, como Jane Austen en Masfield Park enmudece ante la esclavitud. Sin embargo, Edward Said no se detiene en este episodio de la historia de la literatura. Continúa su estudio relatando cómo los escritores de la resistencia están ahí durante todo el proceso referencial imperialista, contestando las imágenes, hasta que se produce la eclosión previa, simultánea y posterior a las independencias. Este esfuerzo de resistencia presenta sus fases y no deja de atesorar tópicos y desplegar problemáticas aún no resueltas que motivan críticas externas e internas a las formas de la literatura de resistencia, (cf. Said, 1983: (1996) 334-342). Said aquí presenta la suficiente agudeza como para descifrar los principales problemas; de hecho dilemas, del escritor de la resistencia, desde la polémica sobre la utilización de las armas intelectuales de Occidente como una contaminación de formas, hasta la reubicación postcolonial en un mundo multireferencial.

En última instancia tres grandes temas planean sobre la obra de los escritores de las resistencia: el deseo de una coherencia con el sustrato cultural propio, la concepción de la resistencia como una forma de construcción de la Historia y el dilema de la basculación moral entre nacionalismo y universalismo (cf. Said, 1993 (1996):334-337). El debate clásico es el de la negritude-tigritude, que resume dos posturas principales, buscar, clasificar y potenciar los valores de lo considerado “propio” o ser como ya se es, de un modo ”natural”, sin necesidad de utilizar los marcos referenciales del Imperio, que además de falsos reducen el caleidoscopio de opciones humano (cf. Said, 1993 (1996): 355). Es aquí donde, en cualquier caso Soyinka, perteneciente a una generación en que la resistencia no es sólo contra los colonizadores, sino más específicamente, contra los colonizadores internos, estaba poniendo el dedo en la llaga al criticar la postura senghoriana autodefinidora, una especie de artificio pirotécnico que no hacía sino acentuar la dependencia africana, de axiomas foráneos.

Llegué a Soyinka al final de la adolescencia. El haber obtenido este autor el premio Nobel en 1986 le había hecho difundido y traducido al castellano. Tal vez la lectura de “Los Intérpretes” sea una introducción difícil (Soyinka, 1965), pero fue revelador descubrir una catárquica obra total en la que los personajes se enfrentan a sus propias constricciones, deseos e imposibilidades sin que el hombre blanco hiciera directo acto de presencia, sin que fuera siquiera algo más que una lejana y poco importante nota de fondo. En “el Hombre ha muerto” (Soyinka, 1983) se revelaban las desesperadas y a la postre necesarias, construcciones mentales metafóricas de libertad de un hombre, el propio Soyinka, hondamente desmantelado en las prisiones nigerianas durante dos años. Dos grandes reflexiones acerca de la libertad marcan el libro, la primera es la visión de sí mismo, un hombre negro encadenado por otros hombres negros, una posición muy concreta; reveladora. La segunda es la reflexión final, el hombre vive, existe, mientras es libre, libre de espíritu aún cuando su ahejorrado cuerpo muestre cosa distinta. En esas condiciones no podía pedírsele a Soyinka que siguiese el discurso a menudo simplificador de los autoafirmados de la resistencia paradigmática. Sin embargo ello no invalidaba para mi el otro discurso. En el afamado libro de Richard Wright “Native son” (Wrigth, 1956) me sorprendió la cándida franqueza con la que el autor, siendo negro, definía a los personajes negros como negros, sin hacer lo propio con los personajes blancos a menos que la situación lo exigiera, esto le situaba desde luego en el marco de referencia y de representación blanco. Tanto Wrigth como Soyinka son hijos de culturas de la resistencia distintas, de modo que a la larga lo que debe quedar de ese conjunto de opciones de autoafirmación o de naturalidad es que responden a distintas realidades con distintos métodos de resistencia. Es posible que tal naturalidad del tigre no sea más que otra forma de búsqueda de la autenticidad, negar en cierta forma el constructo del opresor para ofender con nuestro desprecio y por tanto la afectación sería todavía mayor. Y es posible también que toda literatura escrita en lenguas europeas, en caracteres latinos y en forma de libro sea en gran medida e inevitablemente occidental. Como también es posible como propugna la afrocentricidad de Cheikh Anta Diop o Molefi Kete Asante que lo “Occidental” sea en gran medida africano.

Said no es concluyente sobre estos problemas, pues no puede haber análisis cerrado sobre un proceso abierto. Su consejo, es que la literatura y cultura en general deben verse como un todo híbrido, desde el cual las configuraciones específicas deben ser entendidas en movimiento y no estáticamente (cf. Said 1993 (1996): 487) Desde la visión del compromiso con la libertad esta es una forma refinada de no permitir que las ataduras de una causa encierren al literato de cualquier condición. Si es cierto que Edward Said ha sido aclamado y atacado por cuestionar con brillantez las construcciones ideológicas del arte Occidental, en el caso de los lectores de grupos étnicos y culturales no identificados con el imperio, como es mi caso particular, Said me obliga a reflexionar principalmente sobre las construcciones de la resistencia, el legado dialéctico de quienes buscan un lugar en un mundo, siempre cambiante, con sempiternas relaciones de dominio.

 

BIBLIOGRAFÍA MENCIONADA

ANÓNIMO, El lazarillo de Tormes, Varias ediciones, Mediados del siglo XVI.

ENDE, Michael, Jim Botón y Lucas el Maquinista, Editorial Bruguera Barcelona 1980 (1ª edición de 1963)

HAGGARD, H. Rider. King Solomon’s Mines, Cassell & Company, Londres 1885.

PEDROLO, Manuel de, Mecanoscrit del segón origen, Edicions 62 Barcelona 1986 (1ª edición 1974)

SAID, Edward W., Orientalismo, Libertarias/Produfi S.A. Barcelona, 1990 (1ª edición de 1987)

SAID, Edward W., Cultura e Imperialismo, Anagrama, Barcelona 1996 (1ª edición 1993)

SOYINKA, Akinwande Oluwole, Los intérpretes, Plaza y Janés, Madrid 1986 (1ª edición 1965)

SOYINKA, Akinwande Oluwole, El Hombre ha muerto Alfaguara, Madrid 1986 (1ª edición 1972)

WRIGHT, Richard, Native Son, New York: Harper, 1940

 

© Antumi Toasijé 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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