Guerra de Malvinas: la literatura argentina y el desafío de la autocrítica

María Elena Molina


 

   
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Resumen: En este trabajo se analizan críticamente una serie de novelas y cuentos escritos durante y después de la Guerra de Malvinas. El objetivo es analizar cómo, a través de la autocrítica, la literatura deconstruye los megarrelatos argentinos sobre guerra.
Palabras clave: Guerra de Malvinas, literatura argentina, nacionalismo

 

“Si las guerras tuviesen una causa justa, no habría guerra”
La guerra y la paz, León Tolstoi

Er ist ein “von denen, die nach Hause kommen und die dann doch nicht nach Hause kommen, weil für sie kein Zuhause mehr da ist. Und ihr Zuhause ist dann draussen vor der Tür” [1]
Draussen vor der Tür, Wolfrang Beochert

 

Introducción

Desconozco si los autores que voy a comentar conocen la propuesta que Julio Cortázar, en 1978, dirigió a los exiliados latinoamericanos. Es necesario -dice Cortazar- encaminarse hacia una “nueva toma de la realidad” (Cortazar 1984:21). Esta, sin embargo, solo es posible bajo una condición: la autocrítica rigurosa. Que la conozcan o no, lo cierto es que en la literatura sobre Malvinas, el proceso autocrítico que sugería Cortázar parece estar en plena marcha. ¿Cuál es, cuál puede ser el papel desempeñado por la literatura dentro de este proceso? Eso es lo que voy a tratar de examinar. ¿Qué significa el hecho de que la literatura se coloque consciente o inconscientemente ante el problema de los valores o disvalores de la realidad nacional? Significa -esta sería una primera respuesta- interferencia, interferencia entre dos escalas de valores: los éticos y los estéticos. Estamos pues, teóricamente ante un problema mucho más amplio que el de la autocrítica. Por eso lo que sigue no puede ser más que una primera aproximación.

El interés que la literatura argentina de (pos)guerra ha suscitado no se explicaría si la respuesta de los escritores hubieran sido tan solo políticas. Como siempre, hay obras más o menos logradas. Pero en general, los autores que escribieron sobre Malvinas supieron evitar la trampa más peligrosa de toda literatura comprometida: someter la literatura a la política y afirmar de este modo la supremacía de la política sobre la literatura. Los autores de Malvinas conocieron este principio y han sabido alejarse de la política y enarbolarse detrás de un discurso autocrítico, en muchos casos severo y corroedor.

Nuestra base es un corpus de diez textos, cinco novelas, cuatro cuentos y una novela corta. Beatriz Sarlo (1987: 38) señala que construir un corpus es inevitablemente una operación que privilegia formas de significar, tipologías, temas ideológicos. La elección de nuestro corpus ha experimentado dicha operación de selección. El objetivo de este trabajo es analizar las distintas percepciones de la guerra que tuvieron los escritores argentinos durante estos 25 años y cómo se representó -y representa- la guerra de Malvinas a través de la literatura. Lo interesante es observar cómo fueron evolucionando -o no- distintos tópicos: la figura de los soldados argentinos, de los enemigos, de las islas y los isleños.

 

Contexto de producción de los escritores

La mayoría de los escritores que vamos a analizar han producido después de la guerra, a finales de la década del ´80 y durante todos los ´90. Una excepción la constituye R. Enrique Fogwill (1994) con su novela Los pichiciegos, escrita en 1982, plena guerra de Malvinas. También vamos a estudiar algunos textos de Belgrano Rawson (2007), escritor que estuvo en Malvinas y que, en 2007, -con motivo de 25º aniversario de la guerra- visitó las islas y escribió tres nuevos relatos muy interesantes: La casa de John, Darwin y El misil.

Sin embargo, la literatura de Malvinas no se agota en los noventa, ni queda relegada como un tema exclusivo de los que la vivieron, sea en las islas o desde el continente. Escritores jóvenes -que para el momento de la guerra eran apenas unos niños- retoman este tópico. Es el caso de Patricio Pron (2007) con su novela Una puta mierda, donde lleva la autocrítica y el absurdo a un extremo que, incluso, incomoda al lector.

Todas estas novelas se escribieron en democracia. Solo Los pichiciegos, de Fogwill (1994) se escribió durante la dictadura, o lo que quedaba de ella. No obstante, la novela de Fogwill circuló en forma de manuscritos hasta su primera edición en 1983 [2].

La literatura sobre Malvinas es, relativamente escasa y poco leída. En alguna medida este hecho se explica por lo sensible que continúa estando la sociedad argentina respecto a este tema. Si durante los noventa, la causa de Malvinas parecía casi olvidada, hoy a vuelto a resurgir con más fuerza. La idea de la guerra justa, pero mal manejada, es una idea vigente aun hoy.

La autocrítica que plantea la literatura moviliza al lector, rompe los mitos de los héroes de Malvinas y de nuestra queridísima “perla austral”. Tergiversaciones del himno de Malvinas como las que hace Carlos Gamerro (2004) en su novela Las Islas, no son fáciles de leer en Argentina. Por ejemplo:

“(...)-Tras un manto de neblinas/ No las hemos de olvidar / Las Malvinas, argentinas...

Yo movía los labios, mecánicamente, discretamente alternando la segunda línea a “nos las hemos de olvidar”, y salté, también automáticamente, cuando terminó y todos empezaron con “el que no salta es un inglés” (...)”. (p. 284) [la negrita es mía]

Habiendo, apenas, delineado el contexto de producción y de recepción de estos textos, considero pertinente comenzar el análisis de los ejes temáticos expuestos en la introducción.

 

La figura de los soldados argentinos

Dos versiones de la guerra circularon en Argentina: la versión triunfalista y la del lamento. La primera es la que se construyó durante la guerra. Frases como la de Videla “nuestra bandera nunca será atada al carro de los enemigos” perduran hasta la actualidad en el imaginario colectivo. La versión del lamento viene después, se consolida una vez perdida la guerra. Es la versión que crea víctimas. Anti-imperialista y anti-militarista, los soldados de Malvinas ya no son soldados, son los grandes héroes, guerreros de la causa americana.

Estos dos discursos no se oponen, trabajan en una estructura binaria. Son los grandes relatos argentinos, megatextos, desde los que se escribe la historia sobre Malvinas.

Dentro de un contexto dominado hasta el día de hoy por estas dos versiones, la literatura es la que “no se ata al carro” de los grandes megatextos. La literatura aborda el tema de la guerra de Malvinas desde la posmodernidad: los grandes relatos son deconstruidos, no hay relatos que expliquen toda la realidad.

Con esa perspectiva posmoderna Fogwill (1994), en 1982, plena guerra, escribe su novela “Los Pichiciegos”. Los pichis son una colonia de sobrevivientes, de desertores, de la que se han ausentado todos lo valores, excepto aquellos que puedan traducirse en acciones que permitan conservar la vida. Si el nudo de la guerra es liquidar al enemigo, el nudo de la colonia de los pichis es evitar, a toda costa, que esto suceda con ellos. Los pichis parecen, a primera vista, una tribu. Sin embargo, su lazo es efímero: durará lo que dure la vida de cada uno de ellos. No poseen una identidad propia, los une la necesidad. Su memoria juntos se remonta a la invasión de Malvinas. Comparten, a lo sumo, chistes, anécdotas contadas en la oscuridad de su trinchera-refugio subterráneo. La guerra ha destruido en ellos la idea de nación. De esa nación, lo único que conservan los pichis es la lengua, que los diferencia de los otros, del no yo (Todorov 1982), los ingleses. Pero estos ingleses, no son enemigos, son -literalmente- los proveedores de los pichis, con ellos comercian comida, cigarrillos, gas, etc. Los pichis no son héroes, sino anti-héroes: pícaros en Malvinas.

Fogwill muestra la paradoja de la guerra. La guerra de Malvinas fue para la dictadura militar una ocasión para intentar la construcción de una identidad nacional indispensable a la supervivencia política de su régimen.

Los pichis, cobardes desertores, no mueren en el campo de batalla. Fogwill no intenta mostrar a los Héroes de Malvinas, al contrario, desmitifica esta figura. Sarlo (1994) señala al respecto:

“(...) la novela no quiere demostrar nada y sus personajes no están en condiciones ideológicas ni discursivas para reflexionar. Los pichis carecen absolutamente de futuro, caminan hacia la muerte (...)”

Y así es, los pichis mueren en su encierro subterráneo, envenenados por una fuga de gas. El pichi que cuenta la historia es el único que se salva, y admite que “Si lo recuerda bien, lloró un poco”. La novela de Fogwill, escrita en plena guerra, muestra éstas verdades. En la guerra no existe la idea de nación, los bandos están desdibujados, los pichis comercian, como en un mercado de pulgas, con los ingleses. El enemigo no existe.

Con casi diez años de diferencia entre un texto y otro, Rodrigo Fresán (1998) publica “La soberanía nacional”. En este cuento, convergen tres historias distintas. En primer lugar, se narra la experiencia de Alejo un soldado argentino, de familia mitad inglesa, que se encuentra con un Gurka. Alejo habla un perfecto inglés, conversa y fuma con el Gurka. Después de discutir -en términos amistosos- quién es prisionero de quién, el Gurka se empeña en que él es el prisionero. “(...) YO-SOY-TU-PRISONERO- Repitió pronunciando con mayúsculas y golpeándose el pecho con la mano abierta. Intenté convencerlo de que no le convenía. (...)” (p.2). Cuando el Gurka trata de ayudar a su nuevo amigo argentino a levantar el arma, ésta se dispara sola. En el cuartel argentino reciben a Alejo, “asesino del monstruo”, como un héroe.

La segunda historia es la de un soldado argentino, que viajó a Malvinas, como voluntario, para tener la posibilidad de entregarse prisionero a los ingleses y poder viajar a Gran Bretaña a cumplir su sueño: ser telonero de los Rolling Stones.

En el último caso, Fresán narra la historia de un soldado que viajó a Malvinas con el objetivo de convertirse en héroe. En Argentina, su realidad es otra: mató a su mujer y al amante de ésta.

Tres historias que desmitifican la imagen de los héroes que luchan por la patria. Cada uno tiene sus intereses personales, muy alejados de la “defensa de la soberanía nacional”. Los motivos para estar en Malvinas oscilan desde la mala suerte de Alejo, que fue convocado a la Colimba [3], hasta el interés frívolo del segundo por irse a Inglaterra para ver a los Rolling y quizás convertirse en telonero. El tercer soldado es el único que tiene la meta de convertirse en héroe, pero solo para que no lo condenen por asesino cuando vuelva al continente.

A estas tres historias lo único que las une es la situación espacio-temporal: Malvinas y el sargento que les tocó en suerte, el sargento Rendido.

En la Novela Las Islas de Carlos Gamerro (2004), la visión de los soldados argentinos es más cruda aún. Es difícil poner en pocas palabras la visión de la guerra que se presenta en esta novela, de más de 600 páginas en su primera edición, en 1992. Como el propio autor reconoció, la novela fue concebida como un policial negro, en donde la figura del detective es reemplazada por la de un Hacker. La acción transcurre en 1992, Felipe Félix, el hacker, es contratado por el empresario Fausto Támerlan para hacer un trabajo. Su hijo César ha cometido un crimen; tiró, en un episodio bastante confuso, a un hombre desde las alturas de la torre vidriada de sus oficinas. La misión que le encarga Támerlan a Felipe es clara: violar los archivos de la SIDE y conseguir los nombres de los 25 testigos que vieron el crimen desde el edificio del frente antes de que los enemigos de Tamerlán aprovechen la tontería cometida por su hijo para ponerlo en aprietos. Después de que Felipe acepta el trabajo, que hará por diez mil dólares, se produce el primer encuentro con los ex-combatientes de Malvinas y el tema de la guerra. Para ingresar a los archivos de la SIDE, donde Felipe prestó servicios, se le ocurre cumplir una vieja promesa que le había hecho a un militar veterano de Malvinas que trabaja allí: hacer un videogame de la guerra.

Gamerro (2005) asegura:

“(...) También tropecé con la dificultad al intentar contar la historia militar de Malvinas: las armas, las batallas, los barcos... Nada más aburrido en una novela; nada además más alejado de la experiencia de un soldado cuya perspectiva de la guerra era la que le ofreció durante dos meses un pozo de zorro. La solución, nuevamente, provino del imaginario tecnológico que regía la novela en su totalidad: contar la guerra de Malvinas convirtiéndola en un videogame, que además está arreglado para que ganen siempre los argentinos (...)” (p.1).

En Gamerro aparece de nuevo la idea de la guerra sin sentido, de los soldados que luchan por sobrevivir. El videogame se convierte en la única posibilidad que tienen los ex-combatientes de recuperar, aunque sea virtualmente, las islas. Un pasaje dramático en la novela ocurre cuando uno de los ex-combatientes llama a Felipe desesperado porque el videogame no funciona bien, y acaba de perder, de nuevo, contra los ingleses.

En Gamerro, todo es simulación, farsa. Otro ejemplo es el capítulo “La vigilia”, donde la simulación se lleva al extremo. Los ex-combatientes se reúnen en ocasión del cumpleaños de uno de ellos. El pastel tiene forma de islas y sabe a turba. No es una gesta es una ingesta. Simulan una nueva invasión, en los Bosques de Palermo. Otro de los soldados, verdadero ex-combatiente, luce un nuevo uniforme que compró en la galería que atraviesa subterráneamente la Avenida 9 de Julio. Un soldado verdadero, con uniforme falso, a eso se reduce ser veterano de Malvinas. Gamerro aleja y vuelve, simula y no lo hace.

Emiliano, uno de los ex-combatientes que está en el Borda, dice:

“(...) ¿Sabés por qué, diez años después, seguimos disfrazándonos de esta manera, reuniéndonos para organizar expediciones imposibles, reconstruyendo hasta el segundo cado uno de aquellos días que lo mejor sería olvidar? Estamos infectados, entendés, la llevamos en la sangre, y nos morimos de a poco, como los chagásicos. ¿No las vistes, son iguales que pólipos? Cada año que pasa, se extienden un poco más, como esas manchas en la pared. Trauma de guerra, trauma de guerra, no es tan fácil. Estamos enamorados hasta la médula, y las odiamos. Fetichistas, adoramos una foto, una silueta, una bota vieja. No es verdad que hubo sobrevivientes. En el corazón de cada uno hay dos pedazos arrancados, y cada mordisco tiene la forma exacta de las islas (...)” (p.337)

Así, Gamerro nos introduce en una historia que, con muchos toques de ciencia ficción, posee constantes raccontos hacia julio de 1982. La guerra se sigue viviendo como trauma, la idea de volver, de tomar las islas de nuevo, sigue estando presente. Son ex-combatientes que no dejaron de estar allá, en Malvinas, que hablan un lenguaje distinto al de los demás. Las Islas cuenta la guerra que se sigue librando en cada ex-combatiente a diez años del enfrentamiento real.

Siguiendo esta línea de la simulación, podríamos nombrar un texto de Juan Forn (1992), Memorándum Almazán. Cuenta la historia de un sobreviviente de Malvinas, mudo, que llega a pedir trabajo a la Embajada Argentina en Chile. Consigue el puesto, y va ganando cada vez más aceptación en dicha institución. El ex-combatiente se maneja solo con papelitos, allí escribe lo que quiere o necesita decir. Hasta que un día, en una fiesta, cocinando unos langostinos, se quema con aceite caliente y empieza a gritar con inconfundible acento chileno. Él es un impostor, el verdadero Almazán está totalmente loco, y perdido en la Cordillera de los Andes. Por eso el chileno tomó la identidad del ex-combatiente y, como sabía que en Argentina los veteranos de Malvinas estaban olvidados, deseó probar suerte en Santiago de Chile. Otra historia donde ya ni siquiera hay veterano reales, todo es un simulacro. El verdadero veterano es el que está loco, fuera de la realidad, el verdadero Almazán continúa en Malvinas.

El último texto a analizar es el cuento de Eduardo Belgrano Rawson (2007), Darwin. Solo una mención basta para comprobar que la visión es la misma. Aquí, la trama es distinta, la constituyen las reflexiones de un soldado argentino, enterrado en Malvinas, que habla desde su tumba. Recuerda la guerra, a sus compañeros “Llamarada” Fernandez y al Ruso, mientras turistas de todo el mundo visitan el cementerio. Piensa en posibles epitafios para sus amigos y en quién habrá ganado la guerra. El narrador habla de los Gurkas, de los isleños, de los turistas que siempre llegan y que, parados frente a las lápidas-cruces, juran que el próximo año se irán de vacaciones a Las Canarias.

Malvinas aparecen como tema recurrente hasta después de la muerte, es el trauma de la guerra una vez más. Ahora desde la perspectiva de un cadáver argentino enterrado en Darwin, Falklands Islands.

A partir del análisis de estos textos, podemos volver a formularnos la pregunta ¿cómo se percibió desde la literatura al soldado argentino que combatió en Malvinas? Las conclusiones son las siguientes:

—Desmitificación de los héroes, en ningún texto sobre Malvinas los soldados argentinos se representan como héroes. La figura de los héroes de Malvinas se difunde a través del discurso oficial [4], del testimonio de los ex-combatientes y del cine, por ejemplo, con la película Los chicos de la guerra de Bebe Kamín (1984).

—La literatura muestra soldados egoístas, desertores, veteranos trastornados, víctimas innecesarias. En algunos casos, como en Mamorándum Almazán, ya ni siquiera se cuenta la historia de un soldado argentino, sino la de un impostor chileno.

—Para los escritores argentinos la guerra no tiene sentido, la causa justa que se promueve desde el discurso oficial no existe. Los soldados argentinos son enfermos, los agobian los traumas inútiles de una guerra igualmente inútil.

 

Los enemigos

Como postulamos en el apartado anterior, la literatura sobre Malvinas deconstruye los grandes relatos sobre la guerra. En lo que respecta a las representaciones del o los enemigos, sucede lo mismo.

Si el discurso oficial mostraba a los ingleses como los enemigos, ilegítimos propietarios de las islas, piratas usurpadores. La literatura, en cambio, mostrará a los otros enemigos: los militares. De nuevo la autocrítica, en este caso, exacerbada.

Es necesario retomar la novela Los Pichiciegos, de Fogwill (1994). Los Pichis en su escondite subterráneo discuten la cifra de muertos durante la dictadura. ¿A cuántos mandó a fusilar Videla? Diez, quince mil, no importa, muchos. Recuerdan también a Firmenich y a la época en que Chile era “comunista”. Los Pichis no hablan de los caídos en la guerra, ellos están en la guerra pero a la vez no están. Sobreviven y la culpa de su penuria la tiene los militares, no los ingleses. Los Harriers sobrevuelan el refugio de los pichis, pero ellos sólo comentan las distintas formas en que los militares torturaron y mataron a los subversivos. Si los fusilaron, si los tiraron al río con los aviones de la marina, etc. El no-luchar de los pichis se convierte en una lucha contra los militares. La guerra por la patria que los llevó a Malvinas no existe. La guerra está en el continente, ellos son una excusa apenas. El miedo es el motor de acción de las pichis: el miedo a la realidad que les toca vivir y el miedo al miedo, que no desaparece nunca.

En La soberanía Nacional, Rodrigo Fresán (1998) también establece quiénes son los enemigos. El Gurka con quien se encuentra Alejo no es el Gurka-monstruo que circulaba en el imaginario colectivo. Al contrario, la escena en la que ni el Gurka ni Alejo quieren ser captores el uno del otro es, hasta cierto punto, conmovedora, por decirlo de algún modo. El sargento Rendido es quien aparece ridiculizado. Es un pobre ser “gordo, milico y con ese nombre”. Rendido, dice el soldado fanático de los Rolling Stones, “está más o menos a cargo de nosotros (...)”. De nuevo se denuncia esa falta de conducción, carencia de preparación para la guerra.

Patricio Porn (2007), en su novela Una puta mierda, exacerba esta critica de los militares hasta el absurdo. En un episodio el un soldado herido está en el hospital y un militar llega con una lista para saber quién es el internado. El oficial se tropieza antes de entrar, tienen que ayudarlo. Luego todo se transforma en una verdadera comedia de enredos. El oficial tiene una lista, su ayudante otra. En ninguna de las dos listas está el herido, pero si hay nombres de soldados muertos, o de gente que nunca estuvo en Malvinas. El quid pro quo dura más de cuatro páginas. Hasta que el oficial, cansado, pregunta: “(...) “¿Me pueden decir quién es el responsable de estos registros?”, el oficial escupió restos de madera y grafito. “Usted señor”, respondió el primer ayudante (...)” (p.56).

La crítica es clara, de nuevo el oficial incompetente, masticando lápices, tropezándose. Aquí los ingleses no aparecen. Patricio Pron describe una guerra en la que nadie sabe bien por qué se pelea. El enemigo es invisible y desconocido. Novela bélica tragicómica donde las bombas quedan suspendidas en el aire, los abatidos pueden pertenecer a uno u otro bando, los personajes llevan nombres de figuras literarias. Además los militares usan el dialecto ibérico, ni si quiera hablan como argentinos. Esto deviene en imposibilidad de ubicar el campo de batalla. Pron desterritorializa la acción. Esta novela es una escritura sobre las distintas escrituras de Malvinas.

La última novela que podemos analizar en este apartado es A sus plantas rendido un león, de Osvaldo Soriano (1986). Como explica el autor en la nota introductiva, el título es un verso (de la versión antigua) del Himno Nacional Argentino: el león que “se rinde” es el Reino Unido, derrotado en las fracasadas invasiones inglesas de 1806 y 1807. La novela cuenta la historia de un Cónsul argentino en Bongwusti, un remoto país de África, que libra su propia batalla contra Inglaterra. La acción transcurre, lógicamente en 1982. Al mismo tiempo, en Europa nace una conspiración para convertir a Bongwusti en una República socialista. Otro argentino participa en ella y ambos compatriotas, junto a otros inolvidables revolucionarios, configuran una trama delirante. Como Soriano dijo en una ocasión, la novela termina siendo una novela de aventuras políticas en África, ambientada en plena guerra de Malvinas. El personaje principal es un cónsul que empieza a preguntarse qué haría el general San Martín en su lugar. El contexto se completa cuando un grupo de africanos quieren hacer una revolución del desorden.

El país es inventado. No tiene mar: es la miseria total. Lo único que tiene es un lago, con una islita enfrente donde está el prostíbulo. A ese país sin futuro, Soriano le transpone la realidad argentina. Y la idea que seguimos teniendo de África como el fin del mundo se une con ese otro fin del mundo que son las Malvinas. En esta novela, no hay combatientes, la guerra se contempla desde lejos, los héroes se construyen lejos del campo de batalla, mientras libran, a su vez, otras batallas.

En este punto podemos preguntarnos ¿Quiénes fueron los verdaderos enemigos? Si el discurso oficial afirma que fueron los ingleses, la literatura tiene a abolir esta idea.

—Los enemigos fueron los militares, el gran enemigo fue, más bien, la dictadura. En este sentido, los textos que hablan sobre Malvinas son todavía textos de narrativa política en contra del proceso militar.

—La imagen de los ingleses casi no aparece, y si lo hace, no son antagonistas. Si seguimos a Claude Bremond (1970), los ingleses se convierten en aliados de los argentinos.

 

Las islas y los isleños.

Los escritores argentinos no han olvidado que las islas no están ni estuvieron desiertas. Mucho se ha discutido sobre los derechos de autodeterminación de los Kelpers y sobre el status colonial que les ha otorgado Inglaterra, hasta no hace mucho tiempo.

No obstante, la vida de los isleños ha sido siempre, no solo para los argentinos, sino también para los ingleses, un misterio. Habitantes de unas Islas remotas, polémicas, testigos de la guerra, es muy poco lo que sabemos de ellos. Los escritores argentinos, desde la autocrítica de un país que hasta el día de hoy no deja de reclamar unas islas ocupadas por gente que no se siente argentina, han tratado de reflejar lo que pudo o puede sentir un habitante de Falklands.

En este sentido, la novela de Raúl Vieytres (1999), Kelper, es bastante crítica. Un relato policial, lleno de crímenes, mentiras y traiciones. ¿Cuál es la delgada frontera que separa a un héroe de un asesino? Se pregunta Bresley, típico exponente de de la población Kelper: un estanciero que cuida de sus ovejas y su familia y que se refugia en el alcohol y los ocasionales servicios de una prostituta filipina para huir de la monotonía; un defensor acérrimo del capitalismo inglés convencido de que el reclamo argentino es completamente absurdo:

“(...)-¡Traidores enreguistas!- me puse rojo de ira- ¡Ese Catcher debería haber sido expulsado de la isla mucho tiempo antes de que lo mataran! ¡Ustedes mismos deberían haberlo hecho, capitán! ¡Fíjese, los argies argumentan que las Falklands les pertenecen, aunque jamás habitaron aquí! ¿En función de qué? ¿De las malditas doscientas millas marinas? ¡Gran Bretaña queda mucho más cerca de Francia que las Falklands de la Argentina, pero a ningún francés se le ocurriría reclamar la soberanía de Inglaterra!¡Los cimientos de la nación son culturales! (...)” (p. 188).

Con argumentos bastante cuestionables, la novela ve el enfrentamiento armado desde la perspectiva de un Kelper que vive recluido en su isla y para quien los argentinos continúan siendo una amenaza. El personaje central de la trama es el estereotipo de Kelper que imagina Vieytes. Así, Bresley -el protagonista- es un hombre que pretende estar aislado, que no quiere que las cosas se muevan, quiere ser siempre el mismo a toda costa, y si tiene un perro nuevo le va a poner el mismo nombre que el perro anterior.

Cabe destacar el registro que utilizó autor para redactar Kelper. El texto está escrito en castellano neutro. Más bien, como si fuese una traducción al castellano, un castellano totalmente distinto al de los argentinos.

Desde este tipo de enfoque que intenta reproducir o imaginar la visión que tuvieron y tienen los kelpers de la guerra, el cuento de Eduardo Belgrano Rawson (2007), La casa de John, constituye una obra ineludible. El relato tiene como protagonista a John, un isleño que estuvo en Malvinas durante la guerra, junto a su esposa y sus pequeños hijos. En su casa, una de la casa más resistente de las islas, se refugiaron otros isleños. Pero la penúltima noche de la guerra John narra la muerte de varios de ellos, tras un ataque llevado a cabo por un militar inglés infiltrado en el Ejército Argentino. Dos años después de la guerra, John se traslada a Inglaterra con su familia, pero no logran sentirse cómodos.

“(...) Un buen día se presentó se presentó la oportunidad de volver a Malvinas para seguir enseñando. Los chicos estaban entusiasmados, pues apenas tenían memoria de su vida en Sudamérica (...)”.

En el cuento de Belgrano Rawson, los personajes no son Kelpers orgullosos como lo era Bresley, por ejemplo. Hay un problema de identidad, los niños apenas recuerdan su vida en Sudamérica. ¿Las Malvinas son Sudamérica? El nuevo restaurante en Falklands se llama Malvinas House, y John admite que le gusta más ir a Buenos Aires y perderse en la calle Florida, que estar en Londres.

“(...) Un día, John estaba con su hija en la vereda, mirando a los argentinos que marchaban a montones, cuando ella le preguntó: “¿Son hombres malos?” “No”, dijo John. “Son hombres atrapados en una mala situación” Es lo que John Fowler pensaba entonces y todavía sostiene. Estaban todos compartiendo una situación triste e innecesaria (...)”.

Inclusive el narrador cuenta un episodio en el que un soldado argentino, Miguel Savage, se “llevó” un pulóver de una granja vacía cuando estaba en las islas, durante la guerra. Luego aclara que, cuando John lo conoció, muchos años más tarde, Miguel había vuelto a las islas para devolver el pulóver.

De nuevo los bandos se desdibujan. Los kelpers solo ven víctimas y se sienten ellos mismos víctimas innecesarias.

Lógicamente estos textos son solo ficción, nadie sabe realmente lo que sucedió y sucede en las Malvinas/Falklands Islands.

 

Conclusión

Dice Karl Kohut (1989:9):

“(...) La literatura forma parte del campo social. Por eso la alternativa literatura o política es tan solo aparente. Lo que cambia son las relaciones entre ambos términos. En una época en que la política pretende dominar la totalidad de la vida, reprimiendo la libertad, la literatura necesariamente se politiza más. El problema de los escritores consiste entonces, en evitar la apropiación, en mantener cierto margen de autonomía, para que la literatura siga siendo libertad. El mérito más grande de la literatura argentina de los últimos decenios consiste en que sus autores, defendiendo la libertad literaria, resistieron la represión y combatieron por la libertad de todos (...)”.

En este contexto, y tras un análisis de las obras estamos en condiciones de afirmar que la literatura sobre Malvinas cumplió un rol fundamental desde el inicio. Es gracias a esa libertad, a esa capacidad de mantener su autonomía respecto a la política, que el proceso autocrítico llevado a cabo por la literatura significó deconstruir los grandes relatos de la guerra. Aunque deconstruir implique aceptar una realidad dolorosa y hacer un mea culpa.

Este trabajo no pretende ni pretendió incurrir en el catálogo. La intención fue mostrar la percepción de la guerra que tuvieron los escritores argentinos. El corpus fue significativo, aunque muchos textos bastante difundidos no fueron analizados. Es el caso de La causa justa de Lamborghini, La flor Azteca de Nielsen o Bandera en los balcones de Daniel Ares, por nombrar solo unos cuantos ejemplos.

Tampoco intentamos argumentar a favor de Argentina, ni de Inglaterra, ni de los Kelpers. Al contrario, a través del análisis literario tratamos de mostrar cómo los bandos se desdibujan. No hay héroes ni culpables.

Debemos recordar que la crítica hacia los militares en muchos casos es una crítica que trasciende al mal manejo de la guerra, es una crítica hacia la dictadura, a los años de terror vividos en el país. La guerra solo fue el comienzo del fin para los militares argentinos.

Con seguridad podemos afirmar que el tema de Malvinas no ha terminado de contarse. La literatura seguirá narrándolo, desde nuevas aristas, con nuevas preguntas y, quizás, nuevas respuestas.

Por ahora la tarea es empezar a leer y a difundir esta literatura, aunque las heridas no hayan sanado aún. Tal vez en el futuro llegue el momento en que dejemos de hacer memoria, y empecemos a darle lugar a la historia. Será entonces cuando estos textos se conviertan en condición sine qua non para interpretar y comprender nuestro pasado.

 

Notas

[1] “Él es uno de esos que, aunque volvieron a casa aún no han vuelto, porque para ellos ya no hay más hogar. Su hogar ahora está afuera de las puertas”.

[2] Los textos son analizados en base a su fecha de producción. Lamentablemente, en algunos casos, no contamos con primeras ediciones de los mismos. No obstante, en la bibliografía decidimos aclarar el año de la primera edición ya que es importante para la investigación.

[3] Colimba es el nombre coloquial que en Argentina recibe el servicio militar, ya que lo único que se hace ahí es correr, limpiar y barrer.

[4] Con discurso oficial, nos referimos al discurso del gobierno argentino.

 

Bibliografía

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© María Elena Molina 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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