Espéculo

  Reseñas, críticas y novedades

 

 

Josef Winkler

Cementerio de las naranjas amargas

  

 

Alberto García-Teresa
agarciateresa@gmail.com

La desolación, el abatimiento que supone la presencia constante de la muerte, su tratamiento como hecho irreparable, definitivo pero mágico, es el olor que desprende este singular libro de Josef Winkler.

Cementerio de las naranjas amargas es una obra narrativa atípica, a medio camino entre la antología de relatos ultracortos, el compendio de estampas narrativas o, directamente, los libros inclasificables. Se trata de un conjunto de narraciones cortas (cuentos breves y cuentos ultracortos) pero que no se hayan supeditados a un relato, a una trama, que es casi inexistente. De este modo, el autor cuenta anécdotas, estampas, sin ninguna intención narrativa, porque lo que le interesa en verdad (y aquello que está más logrado) es la atmósfera.

Winkler ubica el libro en pequeños pueblos del sur de Italia y va describiendo exclusivamente muertes y entierros, o emociones derivadas de ellos. Con este peculiar método de yuxtaposición, va construyendo un trágico mosaico cargado de simbolismo e imágenes obsesivas. En esencia, con lo que trabaja es con un costumbrismo macabro espléndidamente logrado, que transmite excepcionalmente ambientes, olores, colores. Es un relato moroso, detenido, atento a los detalles (cuando no centrado en ellos), con un talante puramente observador, no interpretativo, del narrador.

Sin embargo, no busca transmitir terror o truculencia (aunque sus historias son auténticamente propias de la novela negra, pues giran en torno a fallecimientos grotescos). No incide en el hecho trágico que ha ocasionado la defunción; no repara apenas en el asesinato, accidente o enfermedad que lo ha causado. Lo que busca el escritor es amalgamar una contundente neblina de pesimismo y desolación.

Aunque, en principio, la potencia de cada pieza es extraordinaria, lo que abruma es el conjunto, pues todo el volumen posee una gran unidad y la gran intensidad de cada texto absorbe y agota al lector (por lo que obliga a una lectura discontinua). Éste, por otro lado, se verá envuelto por los mismos motivos, el mismo tono, la misma morosidad del narrador. Se incide, de este modo, en un reiteración continua que ahonda y ahonda en una única sensación desasosegante.

Entre esas imágenes recurrentes, debemos señalar los crucifijos, las gotas de cera de los cirios y las gotas de sangre y, de especial manera, las calaveras, tanto como meros adornos o como partes de cadáveres. Contribuyen a crear un escenario continuo, común, brillantemente cohesionado. Por otro lado, la obra no posee personajes definidos. A pesar de ello, sí son reiterativos clérigos de todas las esferas (hasta el Papa) y ciertos personajillos que trapichean con la parafernalia de la muerte y que se lucran, aunque para subsistir, con ello.

Se produce, por tanto, un contraste en la muerte y el deseo de vida. No es manifiesta una intención de evadirla, sino de hacerla más llevadera. De este modo, los habitantes de esos lugares buscan la religión como salvación ante el horror, como tabla a la cual aferrarse. Las oraciones son un mantra ("¡Oh, Jesucristo, ten piedad de nosotros!") que se repiten de manera continua en los fragmentos, puesto que aparecen incrustadas (tipográficamente resaltadas en cursiva) plegarias reales, hasta el punto de llegar a componer el 60% del texto. La presencia del fervor popular es aplastante en ese sentido (ante la erupción del Etna, por ejemplo, "labriegos colocaban imágenes religiosas contra árboles todavía intactos, para detener el flujo de la lava ardiente").

Sin embargo, esa contraposición sirve para remarcar el componente siniestro de todos los cuadros. Como contraste, utiliza en numerosas ocasiones el blanco puro (sobre todo, de cándidos niños inmaculados, o también de cirios y sotanas) como resalte en la opaca oscuridad de la atmósfera de muerte y sangre de las escenas. Los textos, así, son una constante descripción de actos religiosos, ahondando la mirada del narrador en su escenario, sus ritos (funerarios, básicamente) y su protocolo. En ellos, a veces se cuela un finísimo humor negro que atenta contra el clero.

Se destacan dos piezas de mucha mayor extensión, aunque también formadas por un collage de fragmentos, en los que se utiliza la primera persona como posición del narrador. Éstos giran igualmente en torno a la sangre, la muerte y el clero, pero se permiten mayor amplitud en el campo de observación y también apostar por un talante reflexivo, aunque terriblemente desolador y pesimista. El autor no busca en ellos tampoco la coherencia argumental (no hay, de igual manera, trama), sino una especie de cohesión expresiva, de atmósfera. De hecho, no pueden todas las voces pertenecer a un mismo personaje, puesto que el narrador cuenta su muerte, su entierro, su accidente... Hablan muchos muertos, por tanto, y no lo hacen de manera complaciente o esperanzada, desde una resurrección cristiana. Y es que, en cierto modo, el autor quizá haya tenido alguna intención de desacralizar la muerte, si no directamente denunciar que ni los ritos ni la Iglesia, en su trabajo frente a la muerte, tienen utilidad.

Así, la obra ofrece una potente fuerza lírica, desgarrada, arrasada por el terror, que asimila la violencia y la brutalidad como desastre cotidiano, que obliga a asumir la resignación. Es, por tanto, un libro duro, original en su planteamiento pero extenuante en su lectura, e incluso quizá algo cargante por la asfixiante presencia de motivos, técnicas y atmósferas reiterativas a lo largo de su extenso recorrido, pero que deja una huella muy reseñable en quien se sumerge en él.

23/07/2008

 

© Alberto García-Teresa 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2008