La relación entre amos y criados en el período de acumulación originaria
—o cómo Lazarillo se transforma en Lázaro—

Damaris Puñales-Alpízar

Universidad de Iowa, Estados Unidos
damaris-punalesalpizar@uiowa.edu


 

   
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Resumen: En este artículo propongo, a través del análisis de El lazarillo de Tormes, una exploración de cómo el discurso de la sangre funcionaba como valor central, por encima del económico y el religioso, en la época precapitalista, lo que propicia que cualquier intento del pícaro por “escalar” socialmente terminen en tragedia o bufonada. Analizo, además, las condiciones que propiciaron un cambio en las relaciones entre amos y criados en esta etapa de transición y cómo estos cambios fueron representados en la novela picaresca.
Palabras clave: picaresca, feudalismo, pre-capitalismo, literatura clásica española.

 

Aunque a nivel ideológico, en la época de transición del feudalismo al precapitalismo están funcionando, simultáneamente, tres discursos: el de la sangre, el económico y el religioso, cada uno de los cuales promueve una categoría distinta de valores, a saber: el linaje y el origen como fuente de autoridad; la búsqueda del bienestar y la riqueza material; y la virtud y las buenas obras como definición del ser, “the centrality of race and blood is especially evident in the physiological discourse of the period” (Mariscal 42).

Aun cuando se han abierto algunas grietas por las cuales comenzarán a introducirse alteraciones que a la larga modificarán por completo las relaciones sociales, cualquier deseo de cambio chocará todavía contra un muro infranqueable. Por ello, los intentos de medro del pícaro en la novela de la época terminarán en tragedia o bufonada, mientras que en el teatro cualquier ascenso social -muy excepcional- deberá estar avalado por la monarquía. Pero mientras estos cambios no se completen, el linaje y la sangre seguirán teniendo un peso fundamental para posicionar a la persona en un estrato social que el absolutismo se empeñará -infructuosamente a la larga, valga recordar- en hacer rígido.

Si hasta la Alta Edad Media, la fidelidad y la permanencia marcaban las relaciones entre sirvientes y señores, a partir de la segunda mitad del siglo XVI, el salario comienza a erosionar esta dependencia estamental y aunque muy limitada, el sirviente encuentra una cierta libertad, que le permite, al menos, buscar a quién servir. Su capacidad de medro estará sujeta al amo al que sirve. Pero eso ya es algo. Esta transformación en la figura del criado es lo que conlleva a la aparición de la figura literaria del pícaro (Maravall 242).

El mundo feudal y su rigidez estamental irán quedando atrás lentamente, pero la posición del sirviente-criado en la escala social seguirá siendo, por el momento, bastante inamovible.

Lázaro de Tormes y el escudero representan, cada uno desde una diferente perspectiva, el conflicto de las nuevas relaciones sociales que comienzan a esbozarse en esta etapa. Aunque ambos son criados, y buscan amo, lo hacen desde posturas ideológicas distintas. Lázaro no pretende pertenecer a un grupo social determinado, no busca el reconocimiento social, sólo quiere vivir mejor y por eso va cambiando de amos, hasta encontrar un sitio en el cual encuentra lo que no tenía hasta entonces: casa propia y paz. Estos dos conceptos, aunque esbozados muy tímidamente, van conformando la nueva identidad social del capitalismo: la propiedad privada y la individualidad. A partir incluso de la estructura narrativa de la novela, la autobiografía, el concepto de persona -que será vital en la formación del capitalismo-, aparece como atributo y propiedad del “yo”.

It is with the idea of mi persona (my person) that Lázaro opens the space of intimacy, privacy and individuality. Lázaro´s person belongs to his own life, in distinction to any other life of any other person. His person is his own property amid many persons and not merely a qualification for a higher individual entity in the abstract (Sánchez 72).

El escudero, por su parte, busca amo para poder ser reconocido. En la pirámide social, él está por encima de Lázaro, pero necesita de un amo que lo proteja y lo sustente socialmente, que le dé su ser social. Mientras que Lázaro representa la ideología animista burguesa, el “desorden” de los nuevos tiempos, en los que el dinero comienza a ser el valor fundamental de reconocimiento (Rodríguez 174), el escudero representa la aún fuerte ideología organicista del orden social feudal, donde lo importante es el linaje, la sangre como distintivo de nobleza.

Lázaro se desplaza geográficamente, sin pretender ser noble; el escudero busca ser reconocido como tal, aunque para ello tenga que recurrir a la simulación y al engaño. Ambos personajes mienten para sobrevivir, pero Lázaro busca sobrevivir físicamente, mientras que el escudero persigue la supervivencia social. El primero lo logra, pero el segundo desaparece de la novela del mismo modo que desaparece de la realidad.

La oposición real que comienza a desarrollarse a partir de este momento es entre ricos y pobres: quién tiene y quién no. Aunque estamentalmente el escudero es el amo de Lázaro, y debe velar económicamente por él, brindarle protección, en la realidad son iguales: los dos son pobres; son dos personas sin nada.

Contemplava yo muchas vezes mi desastre, que, escapando de los amos ruynes, que avia tenido, y buscando mejoría, viniesse a topar con quien, no solo no me mantuviesse, mas a quien yo avia de mantener… (174)

Este, dezia yo, es pobre, y nadie da lo que no tiene… (176).

Resulta incluso paradójico que sea Lázaro quien provea a su amo el sustento con lo conseguido como mendigo. Al escudero, por su rígida postura feudal, le es imposible salir a la calle a mendigar, y ante la imposibilidad de hacerlo, recurre a las apariencias, al engaño, aunque pase hambre. No ha comido, pero simula ir satisfecho; no posee buen vestido, pero acomoda el que tiene para sacarle mejor provecho; su casa está vacía, también su ser social. Su única posesión es el honor al que se aferra. Lázaro descubre, temprano, el mundo de las apariencias, que la honra puede ser sólo una fachada:

¿Y quién pensara que aquel gentil hombre se passó ayer todo el día sin comer, con aquel mendrugo de pan, que su criado Lázaro truxo un día y una noche en el arca de su seno, do no se le podía pegar mucha limpieza, y oy, lavandose las manos y cara, a falta de paño de manos se hazia servir de la halda del sayo? Nadie por cierto lo sospechara.. ¡O Señor, y quántos de aquestos deveys vos tener por el mundo derramados, que padescen por la negra que llaman honrra, lo que por vos no sufririan! (163)

Para el escudero lo importante es la honra -aunque no tenga qué comer: “eres mochacho, me respondió, y no sientes las cosas de la honrra, en que el dia de oy está todo el caudal de los hombres de bien…” (188). Para Lázaro lo importante es tener qué comer. Su principal aspiración es saciar el hambre; por el momento no aspira a nada superior. Es en esta contradicción: la honra contra el alimento, donde yace una de las nociones fundamentales que romperá, a la larga, la estratificación social feudal.

El tener la posibilidad de recibir un salario por el trabajo que realiza, y por tanto, de buscar nuevos amos que ofrezcan mejores salarios, introduce también importantes cambios en la relación señor-sirviente: el cordón umbilical que los unía hasta entonces -falsamente edulcorado- desaparece, y las diferencias irreconciliables entre ambos se hacen ahora más evidentes, más palpables y a la larga, por tanto, más peligrosas. El dinero comienza a ser el nuevo mediador de las relaciones sociales, y en la nueva dinámica contractual, los dos grupos sociales tendrán obligaciones y derechos. El odio entre ambos grupos queda al descubierto y conducirá, al final, a una lucha de clases, inevitable desde una lectura marxista de la historia. El salario introduce, además, un nuevo estereotipo sobre el comportamiento de los criados: que su deseo es comer hasta hartarse y trabajar lo menos posible (Maravall 206).

El cambio en la relación entre amos y criados se hace evidente en el Lazarillo… en el momento en que Lázaro encuentra al Capellán y recibe su primer salario. A partir de entonces, su posición dentro de la sociedad, y sus aspiraciones, sufren una alteración irreversible. Hasta entonces, dinero y limosna habían tenido un mismo contenido para Lázaro, representaban la caridad dada por alguien de una posición social superior, con la cual resolvía un problema inmediato: tener qué comer, sobrevivir: “the conventional use of charity as a means to exculpate the conscience of the ruling class” (Mariscal 35). Al recibir su primer salario, Lázaro se convierte en un asalariado, un individuo dueño de su propio tiempo y fuerza de trabajo, que vende a alguien que está dispuesto a pagar por ello.

Este fue el primer escalón, que yo subí para venir a alcançar buena vida, porque mi boca era medida. Dava cada dia a mi amo treynta maravedis ganados y los sabados ganava para mi y todo lo demas, entre semana, de treynta maravedis.

Fueme tan bien en el officio, que al cabo de quatro años, que lo usé, con poner en la ganancia buen recaudo, ahorré para me vestir muy honrradamente de la ropa vieja… (Lazarillo 229).

En el transcurso de la novela, Lázaro va ahorrando dinero para mejorar su forma de vestir y por tanto, de vivir, pero para hacerlo tendrá que encontrar la manera de arrebatárselo a sus amos. Está consciente de que sólo él puede velar por sus intereses y procurarse lo que necesita. Al respecto, Sánchez plantea que

Lazarillo de Tormes initiates a literary evaluation of human beings according to the degree of their commitment to the pursuit of a goodness that lies in growth and in the capacity to assess the evils and errors of social interaction. The growth of the self and the widening of social expectations in Lázaro and Mateo Alemán´s pícaro, Guzmán, are economic tendencies within the representation of a new space of inner reflection and morality (70).

Se ha roto la dependencia entre el señor y el sirviente: el primero ya no será responsable de la vida del segundo. Por eso desaparece el escudero: no tiene quién se haga responsable por él. Lázaro, como representante de la nueva configuración social, ha entendido esto, y sabe que deberá abandonar a su amo en cualquier momento, si las circunstancias así lo permiten y ameritan. Desde el principio de la novela su madre se lo había dejado muy claro: “Hijo, ya sé que no te veré más. Procura de ser bueno y Dios te guie. Criado te he e con buen amo te he puesto: valete por ti” (76). Y precisamente esto es lo que va a tratar de hacer Lázaro durante su vida: valerse por él mismo, buscar su mejoría, pensar, en primera instancia, en él mismo.

La irrupción del dinero en las relaciones sociales es, quizás, uno de los factores más importantes en la nueva configuración de la sociedad. Cada vez va a importar menos quién se es según el linaje y la historia de sangre, y más cuánto se tiene, cuánto se ha logrado acumular. Esta tensión que comienza a ser visible entre ambos grupos sociales, amos y criados, es un elemento constante en la novela picaresca.

Si bien las nuevas relaciones sociales son ya irreversibles, las mismas condiciones económicas imponen freno a la celeridad en los cambios. Lázaro puede mejorar su vida, pero a la sombra de alguien más poderoso, tal y como lo logra en el tratado séptimo, al final de la novela, en su relación con el arcipreste, como se puede ver en el último diálogo entre los dos personajes:

Lázaro de Tormes, quien ha de mirar a dichos de malas lenguas, nunca medrará (…) no mires a lo que pueden dezir, sino a lo que te toca, digo a tu provecho.

Señor, (…) yo determiné de arrimarme a los buenos (Lazarillo 238).

Sin embargo, esta mejoría que logra Lázaro tiene un límite, es mínima. Y esta imposibilidad de mejorar más es causa fundamental de la pugna de intereses entre los estratos sociales en cuestión. El afán de la monarquía absoluta de perpetuar las fronteras sociales impide el ascenso para los grupos más marginados. La mejora social sólo será permitida para los nuevos hacendados ricos, a quienes se les tolerará la adquisición de “ciertos” valores nobles, como el amor. De este modo, la monarquía preservaba el control y el poder, al tener como aliada a los hacendados, quienes tenían bajo sus órdenes y a su servicio, a un gran número de agricultores. Pero a la novela picaresca no le interesa el tema rural, sino el incipiente tema urbano.

Según Friedman,

the pícaros are damaged human beings, and their accounts reflect the harm that has been done to them. They show that survival in itself is an achievement, but they also show that their expectations are higher than mere survival, and clearly too high (196).

La relación entre amo y criado en esta etapa se ve marcada, además, por otro cambio importante: la posibilidad del criado de tener un tiempo propio, al no tener que servir de manera permanente a un señor. Esta condición es la que le permite su movilidad de un punto a otro, de un amo a otro.

La novela picaresca, sin pretender ser una crítica social -tal y como podríamos leer este concepto hoy día- refleja estos nuevos cambios. El pícaro es el símbolo de los nuevos tiempos: quiere vivir mejor pero el trabajo no es el camino, sino que es visto como algo despreciable. Si el nuevo amo se caracteriza por la ociosidad, es a esto mismo a lo que aspira el sirviente. Sus posibilidades de conseguirlo, sin embargo, son nulas. Pero al menos intentará medrar, de cualquier modo. Y esto incluye la delincuencia. Maravall cita a Geremek, quien sostiene que

desde el siglo XV los archivos de los registros penales en París - y en aquel momento era muy próxima la situación en todo el Occidente -revelan que el 80 por 100 de delincuentes proceden del sector de servidores y asalariados, bien de tipo artesanal, agrario o de criados personales (gens de maison): el grupo de los domésticos se distingue por tasas de relativamente alta criminalidad (205).

Por otra parte, la proliferación del desempleo obliga al “recién liberado” sirviente a buscar un señor a quién servir, aun cuando esto limite aún más su escasa libertad. Según Maravall, el nacimiento de un grupo ocioso en la cúspide de la pirámide social, unido al crecimiento del desempleo y a un proceso de monetarización en las relaciones, provoca que se socaven de manera definitiva las bases del régimen feudal, la rigidez estamental,

la ruptura del equilibrio entre oferta y demanda de mano de obra, a favor de esta última, la facilidad de empleos en lugares diferentes, la posibilidad ilimitada de buscar mejores condiciones de trabajo y de vida, todo ello atenta contra la base de la sociedad feudal. Pero la relajación social, la libertad de desplazamiento, la posibilidad de un lucro fácil, llevaban consigo un proceso de corrupción y trastornaban la seguridad colectiva (302)

Quien mejor representa el nuevo sujeto que se estaba conformando en estas condiciones socio-económicas es Pablos, en El Buscón de Quevedo. A diferencia del Lazarillo, que busca mejorar su vida al servicio de diferentes amos, para Pablos los amos no son tan importantes y el personaje buscará otros medios para medrar: hacerse pasar por noble, por mercader, delinquir, casarse e incluso, cambiar su identidad. Si Lázaro tuvo seis amos en la novela, Pablos sólo tuvo uno: Diego, el hijo de Don Diego Coronel, a quien decide abandonar al recibir una carta de su tío Alonso Ramplón donde le informan de una herencia de 400 ducados que le dejó su padre.

Señor, ya soy otro y otros mis pensamientos; más alto pico y más autoridad me importa tener, porque si hasta agora tenía como cada cual mi piedra en el rollo, agora tengo mi padre (133).

Y esta experiencia le bastó para aprender que necesitaba buscar, por sí solo, la forma de mejorar su situación, pues no era mucho lo que podía esperar de su amo. Toma una resolución consciente sobre su conducta. “Propuse de hacer nueva vida (…). Vine a resolverme de ser bellaco con los bellacos, y más si pudiese que todos”, declara Pablos en El Buscón (120).

Poco antes su propio amo le había aconsejado: “Pablo, abre el ojo, que asan carne. Mira por ti, que aquí no tienes otro padre ni madre” (116).

Al dejar a Diego, Pablo toma la resolución de no trabajar más para ningún amo. Prefiere optar por la delincuencia, al ver cómo fracasan sus intentos de insertarse de otro modo en la maquinaria social aún feudal, donde siguen pesando la sangre y el linaje como marcas.

Pablos opts for delinquency as a cover for his insecurity. Dismissed from Don Diego´s service, he refuses to enter the employ of another master. Just as he rejects his family, he rejects the notion of being defined as an extension of his social superiors. The laws, people, and signs around him indicate the advisability of resignation to his predetermined role in life, but Pablos chooses another course and other identities (Friedman 200).

Y es que Pablos es un hombre marcado. Por más que pretende transformarse a sí mismo, por más que pretenda borrar su pasado, su linaje, su sangre, no lo conseguirá. Todos los esfuerzos de Pablos serán infructuosos: nunca logra realmente mejorar su condición de manera permanente, y al final de la novela decide irse a América “haber si mudando mundo y tierra mejoraría mi suerte” pero “y fueme peor (…) pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres” (Quevedo 256).

En esta decisión de Pablos de no servir a ningún otro amo está actuando una ideología aristocratizante: pretende imitar a su amo, quien cuenta con suficientes recursos para no trabajar. Pero él no sólo no tiene los recursos, tampoco tiene el linaje.

The pícaro chooses civil desobedience over resignation to a subordinate role on the great stage of the world. Delinquency ensures him a story, but he is the pawn of an unkind destiny. His minor victories consistently lead to major of an unkind destiny. He is sharp and he is resourceful, and his failures are not due to inferior intelligence or to lapses of logic as much as to chance, to confrontation with forces beyond his control. Pablos is punished, as female characters in fiction are often punished, for not knowing his place (Friedman 209).

Expresar literariamente los cambios que estaban teniendo lugar en la conformación del nuevo sujeto social no ponía en riesgo la configuración estamental que pretendía la monarquía absoluta. Aunque al momento de la aparición del Lazarillo, en 1554, la imprenta ya tenía casi cien años de historia, el libro aún no era de acceso masivo y apenas comenzaba a configurarse el oficio de escritor. El público, tal y como lo entendemos hoy día, era casi inexistente. El Buscón, que fue escrito por Quevedo en 1605, no se publicó sino hasta 1626, es decir, circuló durante casi dos décadas entre un muy reducido grupo de personas y amigos de Quevedo, antes de ser finalmente impreso. Pero ni siquiera con su impresión podría hablarse de una lectura masiva de la obra. A diferencia del teatro, que tenía una gran influencia social, por su carácter de representación pública, abierta y masiva, la novela picaresca no tenía el mismo impacto y podía, por tanto, reflejar estos cambios sin atentar gran cosa en contra de la estructura de poder monárquico.

La configuración política de la época y el cese de la función militar del señor debido a la contratación “profesional” de personas de todos los estratos sociales para la guerra, se traducen en una disponibilidad para el ocio por parte de los antiguos señores, en lo que Weblen, citado por Maravall, denominaría “la ley del consumo ostensible” y “la ley del gasto ostensible” (213) e introduce un nuevo matiz en las relaciones entre amos y criados. El nuevo señor dispone de mucho dinero, básicamente heredado, y no sabe en qué gastarlo: aún no tiene la mentalidad capitalista de la inversión financiera. El nuevo símbolo de la época será la ostentación: mientras más sirvientes tenga un señor, más rico y poderoso se supone que es. Tras los señores, entonces, desfilan pequeños ejércitos de sirvientes sin función real más que la de ser exhibidos.

El mismo Pablos intenta, al pasearse por el Prado, aparentar que lleva criados con él, como símbolo de poder y linaje.

Salíme a la Calle Mayor y púseme enfrente de una tienda de jaeces, como que concertaba alguno; llegáronse dos caballeros, cada cual con su lacayo, preguntáronme si concertaba uno de plata que tenía en las manos; yo solté la prosa y con mil cortesías los detuve un rato. En fin, dijeron que se querían ir al Prado a bureo un poco, y yo, que si no tenían enfado, que les acompañaría. Dejé dicho al mercader que si viniensen allí mis pajes y un lacayo, que los encaminase al Prado. Di señas de la librea, y metíme entre los dos, y caminamos. Yo iba considerando que a nadie que nos veía era posible el determinar cúyos eran los lacayos ni cuál era el que no le llevaba…” (El Buscón 219)

Intentando medrar, Pablos habrá de aprender el arte del disimulo. En su camino a la Corte, encontró un hidalgo empobrecido, quien le dio lecciones de cómo aparentar lo que no es, de esconder la pobreza: las ropas pobres, cómo comer, cómo aparentar relaciones con personas de mayor poder.

Como Lázaro, Pablos descubre -de la mano de Toribio- el mundo de las apariencias. En su camino a la Corte, conoce a este hidalgo empobrecido, que intenta esconder su pobreza lo mejor que puede. También el hidalgo es muestra de lo disfuncional que resulta, para estas fechas, el discurso de la sangre y la nobleza por sí solos. Le confiesa a Pablos:

Veme aquí vuestra merced un hidalgo hecho y derecho, de casa de solar montañés, que si como sustento la nobleza me sustentara, no hubiera más que pedir. Pero ya, señor licenciado, sin pan y carne no se sustenta buena sangre, y por la misericordia de Dios todos la tienen colorada, y no puede ser hijo de algo el que no tiene nada (…) ¡He vendido hasta mi sepoltura por no tener sobre qué caer muerto!, que la hacienda de mi padre, Toribio Rodríguez Vallejo Gómez de Ampuero, que todos estos nombres tenía, se perdió en una fianza; solo el don me ha quedado por vender, y soy tan desgraciado que no hallo nadie con necesidad dél… (173).

Con Toribio sigue viaje Pablos, y de él aprende las artes del disimulo, que habrán de acompañarlo el resto de la novela. Toribio le enseña estrategias de comportamiento para los hidalgos pobres.

También ha descubierto el valor del dinero: “como el dinero ha dado en mandarlo todo y no hay quién le pierda el respeto” (222). Comprende que tiene que tener dinero para poder tener ser social. Pero ya ha descubierto que no es sirviendo a un amo como lo logrará. De modo muy incipiente, y con las limitantes que su propia condición social le impone, Pablos está inmerso ya en la actividad mercantil-comercial. A través de toda la novela compra, vende, invierte: ahí están los cimientos de lo que será luego el capitalismo. El hombre capaz de ver, de manera individual, por su presente, por su futuro. En El Buscón, además, se hace evidente la contradicción entre el pensamiento aristocrático y el pensamiento burgués: el linaje como valor y el nacimiento como signo de igualdad entre los hombres: se nace sin marcas, en el vacío. Pablos tiene altos pensamientos, intenta usurpar lugares que no le corresponden por nacimiento, y por ello fracasa.

A nivel político, el absolutismo monárquico es la respuesta ante el peligro que podrían representar las nuevas relaciones sociales y los conflictos que ya se hacían más evidentes e irreconciliables. Es cierto que ya no nada sería igual al feudalismo, entre otras cosas porque ahora el poder económico estaba también en manos de personas no tan nobles, que se habían enriquecido. Sin embargo, era preciso mantener una línea divisoria tangible entre los estratos sociales, entre aquellos que ostentaban el poder y los que no. Aunque ahora se irá configurando un nuevo individuo, aún prevalecerá por mucho más tiempo una ideología organicista, estratificada.

Según Juan Carlos Rodríguez, ambas ideologías, animista burguesa y organicista feudal, habrán de convivir durante toda la etapa de transición. Por una parte, el individuo tendrá la oportunidad -escasa, por cierto- de medrar económicamente, pero por otra, su historia genealógica personal seguirá siendo una marca importante que señala el lugar al que pertenece en la sociedad. Esta contradicción entre ambas ideologías impedirá que el pícaro logre sus objetivos realmente. El pícaro, aunque símbolo del “desorden” de los nuevos tiempos, aún no dispone de la capacidad social que le permita abrirse paso y triunfar. Sin embargo, según Sánchez al citar a Rodríguez, su voz enuncia el principio de privacidad en el cual la burguesía habrá de fundar las nuevas relaciones sociales. Para el feudalismo no hay distinción entre la proyección pública y la privada, no hay nada más allá del linaje y la sangre. La burguesía, en cambio, encuentra su voz en la esfera privada y esa constituye su identidad (73). En el pícaro prevalece la autodeterminación, lo que indica el deseo de transformarse y de crecer más allá de ciertas condiciones (71).

Tanto Lázaro como Pablos representan al nuevo ser social de la etapa de transición del feudalismo al capitalismo, que Carlos Marx llamaría la acumulación originaria: un hombre que vende su fuerza de trabajo como mercancía en el mercado. Ambos personajes aspiran a mejorar su condición pero asumen una postura distinta para lograrlo. Mientras Lázaro ha asumido su nuevo rol, Pablos intentará medrar por otros medios. Según Bervely, Lázaro “es una de las primeras representaciones detalladas en la literatura europea del trabajo proletario” (59), al comenzar a recibir un salario cuando trabajó para el Capellán. Una vez que ha ahorrado lo suficiente, puede abandonar su labor como jornalero, comprar ropa y buscar un oficio real, el de pregonero. Sin embargo, aunque busca mejorar su posición dentro de la estructura social, aún es muy temprano para que lo logre plenamente.

En su afán de medrar, ambos personajes, Lázaro y Pablos, tendrán la limitante, infranqueable por el momento, del origen como valor.

 

Obras citadas

Anónimo (1962): La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades. Espasa-Calpe, SA, Madrid.

Beverly, Johns (1987): “Lazarillo y la acumulación primitiva”, en Del Lazarillo al sandinismo. The Prisma Institute, Minneapolis.

Friedman, Edward H (1996): “Trials of Discourse: Narrative Space in Quevedo´s Buscón”, en The Picaresque Tradition and Displacement. Maiorino, Minneapolis.

Maravall, José A. (1986): “La aspiración personal de medro como fenómeno social”, en La literatura picaresca desde la historia social (siglos XVI y XVII). Taurus, Madrid.

——. “Los lazos de dependencia entre amos y criados en la sociedad de los primeros siglos modernos”, en La literatura picaresca desde la historia social (siglos XVI y XVII) (op.cit).

——. “Individualismo y soledad radical del pícaro”, en La literatura picaresca desde la historia social (siglos XVI y XVII). (op.cit).

Mariscall, George (1991) “Tracking the Subject in Early Modern Spain”, en Contemporary Subjects: Quevedo, Cervantes and Seventeenth Century Spanish Culture. Cornell UP, Ithaca.

Quevedo, Francisco de (1990): El Buscón. Castalia, SA, Madrid.

Rodríguez, Juan Carlos (2001): “Lázaro de Tormes, ¿el caso?”, en La literatura del pobre. Editorial Comares, Granada.

Sánchez, Francisco (2004): “A Bourgeois Self: the Christian Person in the World” en An Early Bourgeois Literature in Golden Age Spain: Lazarillo De Tormes, Guzman De Alfarache and Baltasar Gracian. University of North Carolina Press, North Carolina.

 

© Damaris Puñales-Alpízar 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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