Drogas, adolescentes y familia:
La prevención contra las drogas en la literatura juvenil española

Jorge González del Pozo

Universidad de Michigan-Dearborn
jorgegdp@umd.umich.edu


 

   
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Resumen: Las obras Callejón sin salida (1987) de Gemma Lienas, La puerta de las sombras: Atrapados en la droga (1998) de Montserrat Tapias-Fernando y Okupada (1997) de Care Santos intentan divulgar información preventiva a unos adolescentes que están bombardeados con todo tipo de reclamos. Estos textos presentan cómo unos jóvenes convulsos se encuentran en una fase de la vida en la que todo es experimentación y todo es susceptible de fijar de por vida hábitos adquiridos que serán insalvables. Los diferentes enfoques buscan concienciar a los chicos de los peligros de las drogas ilegales, pero la articulación de un discurso contra el consumo de estas sustancias recae más bien en la respuesta a una preocupación por parte de la sociedad adulta y no de los jóvenes.
Palabras clave: drogas, prevención, familia, literatura juvenil, adolescentes

 

La preocupación por el consumo de drogas en España, no es una temática nueva, sobre todo en lo que a las primeras exposiciones a las drogas se refiere por parte de jóvenes y adolescentes. De sobra demostrado está que los hábitos que se adquieren durante la formación del individuo marcan de manera determinante el carácter de estas personas y tienen un impacto generalmente insalvable en su futuro desarrollo como seres humanos. No obstante, la literatura, no necesariamente clasificada como juvenil, se acerca a estas dinámicas que se producen en el país con un viso informativo, un afán por comprender la posición del adolescente que ha entrado en esta espiral de consumo de sustancias ilegales y un objetivo de alarmar, pero sobre todo, de prevenir a los jóvenes contra estos peligros. Las obras Callejón sin salida (1987) de Gemma Lienas, La puerta de las sombras: Atrapados en la droga (1998) de Montserrat Tapias-Fernando y Okupada (1997) de Care Santos presentan a personajes jóvenes que se introducen, luchan o intentan apartarse de las drogas que están modificando sus comportamientos y tienen consecuencias categóricas para el resto de sus vidas y las de los que les rodean.

Este ensayo aclara las aproximaciones de la literatura juvenil a temas tan delicados como son las drogas y la prevención contra éstas. A través del mostrado de los estereotipos que utilizan los textos, apoyados en el imaginario social, se analiza el desarrollo de estas narrativas y se descubre una agenda extremadamente marcada que despliegan a la hora de concienciar a los adolescentes de los peligros de las sustancias ilegales. Este estudio expone cómo estas obras intentan divulgar información preventiva a un sector de la población bombardeado con todo tipo de reclamos y cómo unos jóvenes convulsos se encuentran en una fase de la vida en la que todo es experimentación y todo es susceptible de fijar de por vida hábitos adquiridos en esta etapa. Este trabajo muestra el fracaso de la literatura juvenil a la hora de ofrecer perspectivas con las que se identifiquen los adolescentes ya que la preocupación por su finalidad (alejar a los chicos de las drogas) no permite desarrollar sus medios de manera efectiva y atractiva para los jóvenes (las obras siguen representando el discurso de los adultos).

Las situaciones que tratan estas novelas y los diferentes personajes que se presentan recogen la mayoría de los motivos por los cuales hoy día los especialistas asocian el consumo de drogas con los jóvenes:

When adolescents are particularly tense, stressed or upset [. . .] they may use more drugs than normal in an attempt to ease their distress. Adolescents who are anxious or fearful may use alcohol and/or other drugs to boost their self-confidence. Extroverted, outgoing teenagers may use drugs because they like the company of other fun-loving, risk-taking kids. (Ketchman y Pace 2003: 25)

Estos diferentes estados físicos y mentales, generalmente promovidos por factores externos a los propios individuos y ajenos a las sustancias ilegales, impulsan a los jóvenes a acercarse a unas sustancias que prometen diversión, evasión de la realidad, sensaciones de poder y, en definitiva, el atractivo de lo prohibido y lo peligroso. Las narrativas que este estudio trata trabajan con estas premisas para retratar la entrada y caída de estos adolescentes en las redes de la droga.

Pero no sólo el constructo social o las condiciones particulares de un determinado adolescente son las exclusivas razones del consumo y la adicción a este tipo de sustancias [1]. También existen factores físicos que agravan la situación y enfatizan la motivación de estos personajes por acercarse a comportamientos adictivos y a estados alterados de la mente y el cuerpo: “The common thread among all these drugs is their effects on neurotransmitters, especially increasing the levels of dopamine. Each drug has its own unique chemical interaction, but dopamine figures into every picture” (Walsh 2007: 28). La dopamina se erige como regulador de las necesidades en aumento de consumo una determinada sustancia provocando estímulos que hacen que el adicto deba mantener una cierta ingesta para que su equilibrio fisiológico siga funcionando. La ausencia de drogas que consiguen conservar estos niveles de dopamina en mínimos razonables para cuerpo y mente provoca la desesperación y la necesidad imperiosa de suplir esa falta de estímulos. Esto lleva al individuo a perder el control pleno de sus acciones para conseguir una pequeña dosis que le permita recuperar un cierto status quo interior.

A pesar de que las obras condenen de manera categórica los comportamientos asociados con el consumo de drogas, no está totalmente claro que estas actitudes de la juventud sean aisladas o estén desconectadas del estilo de vida de otros sectores de la población o del común de la sociedad: “. . . given the nature of our culture, to define teenage experimentation with legal and illegal substances as deviant is inaccurate” (Rosenbaum 2006: 204). En otras palabras, los adultos también buscan la experimentación, las nuevas sensaciones y la evasión de manera constante. Por lo tanto, no es un comportamiento ajeno, o exclusivo de los jóvenes, sino una actitud que afecta al común de la sociedad. La preocupación que estas obras muestran por los jóvenes es clara, y la voluntad de alarmar para alejar a los adolescentes de estas prácticas recae en muchas ocasiones en la condescendencia, muy alejado de la perspectiva de los propios jóvenes. Es decir, en numerosas ocasiones la voluntad de concienciar a estos chicos se convierte en ansia y acaba funcionando como otro recurso más de los “adultos” que no es efectivo, ya que la pubertad lo entiende como un aparato de control ante el que rebelarse.

La obra de Lienas Callejón sin salida relata la vida de un joven de clase media-baja, que por su ambición y por su intento de ascenso socio-económico cae en la adicción que le llevará a un final fatídico: “Struggle and hardship offer opportunity for self-knowledge and growth; different characters handle these things in varied ways” (Lasky Bilz 2004: 34). El protagonista de esta narrativa no consigue controlar el proceso de experimentación por el que pasa y lo que potencialmente se presentaba como una oportunidad para superarse se convierte en una condena trágica. No obstante, hasta este final, el texto realiza un esfuerzo por presentar posibilidades y salidas alternativas a las drogas para este personaje, así como describir de manera minuciosa la parafernalia del consumo de drogas:

Cogió una hoja de papel de fumar del librito rojo y lo dejó sobre la mesa de mármol. Vació el contenido de un cigarrillo rubio sobre el papel. Sacó una piedra del bolsillo y ablandó un trozo con la llama del mechero. Luego, con el pulgar y el índice de la mano derecha, lo fue desmenuzando sobre las hebras de tabaco rubio. Con mucho cuidado lo fue mezclando. Cogió el papel de fumar cargado con la mezcla, cada extremo con una mano, y lo acanaló, ayudándose con los índices. Distribuyó la mezcla a lo largo del canal del papel. Luego retiró los índices de cada extremo del canal y con los dedos pulgares y corazones apretó el contenido, y lo hizo rotar sobre sí mismo hasta darle forma cilíndrica. Para humedecerla, pasó la lengua por la orilla engomada del papel y después cerró uno de los extremos enrollándolo con el índice y el pulgar. Sacó del bolsillo una tarjeta de metro, rompió un pequeño pedazo rectangular, lo enrolló y lo puso en el otro extremo del cigarrillo, como un filtro. Lo encendió con parsimonia. Parecía ausente. (1987: 34)

Esta descripción fiel del proceso de mezcla y liado de un cigarrillo de hashish o porro es muestra de la verosimilitud de esta obra. No obstante, de manera sutil, la voz del narrador deja una connotación negativa en su última frase. La ausencia a la que alude aparece antes de que los efectos del hashish hayan cumplido su cometido, refiriéndose en todo caso a la actitud del consumidor y no a las consecuencias del consumo.

Ramón, el joven protagonista de esta novela, recurre al menudeo de hashish entre los adolescentes para mejorar su condición económica, precaria en comparación con sus compañeros de clase en un colegio privado: “Quim le confesó a Tomeo que él no podía mantener aquel ritmo desenfrenado. Tomeo lo resolvió en una tarde. Le presentó a dos tipos que traficaban con droga” (1987: 37). Callejón sin salida refleja de manera explícita cómo actúan las redes de transacción de drogas para captar tanto a sus clientes como a posibles miembros de estas bandas, como es el caso de Ramón: “No te vayas aún. Quiero hacerte un regalo y un préstamo. Te regalo las cinco libras de ful para que te las fumes dentro de un rato con la basca de la clase. Y también ocho talegos como anticipo de nuestros futuros negocios” (1987: 39). Pero a pesar de presentar la entrada de Ramón en el mundo de la droga a través del narcotráfico a baja escala, la preocupación principal de esta novela no es el tráfico, sino las consecuencias fatales que tienen las sustancias ilegales en sus consumidores. La condena está predeterminada en la obra, de tal forma que a medida que avanza la narración se confirman las trágicas premoniciones que el propio título anuncia.

El monólogo del protagonista anuncia la peligrosidad de las nuevas experiencias a las que Ramón se acerca, de tal forma que sus reflexiones sirven de balancín entre la trama que le guía hacia la drogadicción y la preocupación que surge en torno a la problemática de las drogas: “Si no fuera porque necesito pelas para irme a la costa con Berta este fin de semana, ahora mismo huiría y me olvidaría de toda esta historia, porque no veo nada claro meterme en estos negocios . . .” (1987: 47). Las sospechas de Ramón se hacen realidad cuando las fuerzas policiales le detienen y sus miedos se materializan bajo la presión de la autoridad: “¿Cómo se llaman los tres que estaban contigo hace un rato? . . . ¿Sabes cuánto tiempo te puede caer por esto? Tres años” (1987: 78). La presentación de una detención por parte de la policía recoge, por un lado, la preocupación de las instituciones y, por otro, la falta de consideración en los medios utilizados al emplear el miedo como vía para obtener información [2]. La visión de las instituciones como inútiles se reitera en la obra cuando muestra la ignorancia de la existencia de hashish por parte de los profesores del centro educativo donde Ramón estudia [3]: “En los cinco minutos de descanso que había entre la primera y la segunda clase de la tarde, la noticia dio la vuelta a todas las aulas de ESO y COU . . . Ningún profesor pudo apercibirse de lo que pasaba” (1987: 84). De esta forma Lienas expone el fracaso de las instituciones y de los aparatos de control, tanto ideológicos como represivos, debido a la ineficacia constante de la que hacen gala durante toda la obra. Ya no es la opinión pública la que etiqueta a los consumidores, sino los aparatos legales que, al ser ineficaces, permiten que prolifere el consumo entre los jóvenes.

Un aspecto paralelo al institucional es la evasión que proporciona el consumo de drogas. Ramón, a través de sus reflexiones a modo de monólogos, expone la escapada de la realidad que ofrecen estas sustancias: “Ni siquiera los canutos podían proporcionar esa sensación de estar al margen del mundo, de desconectarse de los problemas que proporcionaba la vida de cada día” (1987: 81). A pesar de esta abstracción a raíz del consumo, el personaje siempre mantiene una actitud de rechazo hacia las drogas. Es decir, aunque es consciente de los momentos de libertad que concede el hashish, reconoce que la verdadera libertad está en otras actividades no relacionadas con las sustancias ilegales, como irse a la costa con su novia, Berta.

El accidente de moto que sufre Ramón al final de la novela resume la espiral de consumo y delincuencia en la que estaba absorto el protagonista. Sus anhelos se ven truncados, tras pasar momentos placenteros con su novia y consumir una cantidad razonable de hashish, sus reflejos le traicionan y termina gravemente malherido a consecuencia de un accidente. Pero la condena al personaje no se limita al severo castigo físico. A modo de epílogo, en una carta que Berta le escribe a una amiga, muestra su indiferencia tras conocer la situación en la que se encuentra su novio, puesto que decide pasar página y olvidarse de él sin ningún tipo de consideración. En el caso de Callejón sin salida, la droga funciona para el personaje como gran esperanza, pero la ambición e irresponsabilidad que le otorga el narrador hacen que termine en un estado peor del que comienza. Así, el discurso sobre las drogas que surge aquí, a pesar de ser consciente del problema, condena tajantemente este tipo de prácticas, golpeando duramente, al protagonista, que no puede evitar las nefastas consecuencias de su acercamiento a las drogas. Si el título de esta novela es ya una encerrona para el personaje, el epílogo es una estrategia autorial que le condena al olvido total. La autora está guiando su obra hacia un posicionamiento condenatorio de las drogas, buscando la conmiseración del lector y dotando de una cualidad trágica a la obra que no poesía antes del cierre lapidario. Cual juez fuese, la autora dicta la sentencia de muerte y el olvido del protagonista.

La obra de Tapias-Fernando, La puerta de las sombras: Atrapados en la droga, está contextualizada en los años ochenta, período de apertura política y social, de entrada de nuevos valores y de expansión del consumo de drogas nuevas en la península tales como la heroína [4]. La autora parte del testimonio personal para describir la dramática situación que atraviesa una familia cuando uno de sus miembros cae en la adicción a la heroína, una gran desconocida en esa época en España. En esta narrativa el desconocimiento de la realidad cotidiana sobre la juventud y la sociedad es tal, que supone que los progenitores se encuentren dando palos de ciego envueltos por un halo de ignorancia casi insultante. La madre del adicto no sólo desconoce que su hijo consume drogas, sino que también se muestra totalmente inconsciente de lo que son, de lo que representan y de las consecuencias que estas sustancias tienen para cualquier individuo que se acerca a ellas. En este relato la descripción que se hace de las fases por las que pasa el adicto se realiza siempre desde el punto de vista de la familia como núcleo, particularmente desde la visión de la madre que descubre el problema de su hijo e intenta a toda costa sacarle de su mortal hábito: “The monomyth takes place in three stages: (1) separation, (2) initiation, and (3) return” (Noell Moore 1997: 35). La verdadera protagonista de la novela es la familia. La madre que se encuentra en un principio desplazada de los comportamientos de su hijo, posteriormente se adentra en el mundo de la heroína para poder comprender y ayudar a su vástago y, por último, el hijo retorna al seno familiar para reestablecer el orden, cerrando así el ciclo de la madre como figura mítica de esta narrativa.

El texto comienza en una suerte de media res en la que el lector no sabe cómo es la entrada de este individuo al mundo de la heroína, cuánto tiempo lleva escondiendo y sufriendo su adicción, su frecuencia y sus hábitos de consumo, si lo hace en compañía o en solitario, si es consciente o no de la gravedad de su comportamiento, si esta mentalizado para dejarlo o si, por el contrario, piensa falsamente que puede abandonar el consumo en cualquier momento. En resumidas cuentas, el texto deja a los lectores totalmente desnudos en cuanto a datos y seguimiento del consumidor. La falta de una introducción y una planificación a la hora de presentar el caso de este adicto contradice seriamente los principios de la obra que, aparentemente, se basan en prevenir, informar y, sobre todo, evitar que otras familias -no necesariamente otros individuos- sufran el calvario, no de las drogas, sino de tener un hijo drogadicto.

Este testimonio carece de extensos recursos estilísticos y se limita a presentar los hechos desde la perspectiva del no-consumidor. Es decir, la de la madre que está totalmente desconectada del mundo en que vive su hijo, pero que, completamente entregada a su salvación, busca una salida. Esta mujer descubre la adicción de su hijo cuando éste sufre una sobredosis: “Estaba tumbado en la cama sin jeringuilla, pero inconsciente y casi sin respiración” (1998: 57). Este descubrimiento supone un gran varapalo para la narradora principal, que no cejará en su intento por sacar a su hijo de las redes de la heroína. A pesar de la escasez de tropos o imágenes que ilustren los pasajes y sucesos, la fuerza del texto es considerable, debido precisamente a esta misma sencillez en su estilo. El texto llega al lector por su carácter frontal y por deshacerse de ornamentos o juegos metafóricos que adornen las palabras. La narrativa es dura e impacta directamente en el lector porque explica simple y llanamente los sentimientos de desolación de la familia al ver a uno de sus miembros perdido.

El repaso que hace la autora por las fases del adicto se convierte en el calvario que sufren los individuos que intentan desintoxicarse: “Habían transcurrido casi dos años desde el primer ingreso de Vítor para someterse a tratamiento de desintoxicación. Los días transcurridos lo fueron lenta y muy duramente . . . en cuestión de minutos cambiaba de opinión y sus reacciones eran imprevisibles” (Tapias-Fernando 1998: 53). La narradora en esta obra domina totalmente el texto y subraya los pasajes que más duramente afectan al adicto y al lector. Este guiado de la narradora no fomenta la reflexión del lector sino que la restringe conduciéndolo a una lectura unívoca. Esta manipulación por parte de la voz narradora cae en el partidismo y condena radicalmente las drogas en cualquiera de sus dimensiones. De esta forma, el objetivo principal es la condena de estas sustancias en detrimento de la calidad artística de la obra que se ve entorpecida por esta limitación.

Los escasos momentos en que los personajes intervienen son reveladores en cuanto al posicionamiento de esta novela testimonial, ya que no contrastan la visión de la narradora, sino que reafirman la condena a la heroína dotándola de un carácter monstruoso y maligno que oprime a quien se le acerca: “Vives dentro de este caparazón que te libra de todos los problemas. No sabes nada de la calle. No sabes nada de ninguno de nosotros. Temo por Vítor, por mamá, por todos vosotros pero tengo miedo porque no me veo capaz de vivir un nuevo problema. No quiero seguir viviendo. La vida no vale la pena” (1998: 31). Este fragmento de un diálogo, más cercano a monólogos alternados entre los dos hermanos del adicto, saca a relucir las preocupaciones que genera la droga no sólo en sus usuarios, sino también en los sujetos que están cerca de estos últimos.

En otra intervención en la que personajes ajenos a la narradora aportan sus opiniones sobre el problema, destacan los comentarios de los médicos como parte del aparato institucional que regula este tipo de adicciones: “ Es muy duro, pero no hay que desesperar, es joven. ¿Cuánto tiempo hace que se pincha? ¡No lo sé . . .! ya le he dicho que me he enterado hace apenas media hora” (1998: 15). La opinión de los expertos se presenta al principio de la novela y paulatinamente se va desmontando para finalmente dejar a la familia sola en su lucha, sin ningún tipo de ayuda institucional.

Esta narrativa presenta a la familia, en especial a la madre del heroinómano como la verdadera protagonista de la odisea de la drogadicción. A través de esta obra se descentraliza el problema del abuso de sustancias ilegales del consumidor hacia las personas que rodean a este individuo. Si bien este giro puede resultar potencialmente interesante y enriquecedor a la hora de ofrecer un texto mucho más completo, también es cierto que en el caso de La puerta de las sombras este enfoque fracasa a la hora de denunciar los verdaderos peligros de las drogas. La novela se aleja de la verdadera víctima para ofrecer un pseudo-manual de autoayuda para las familias a la hora de reconocer cuando un hijo ha caído en las dinámicas de la adicción, de anticipar los posibles problemas para resolverlos y de sacar cuanto antes a ese vástago de la trampa en la que se encuentra [5].

En La puerta de las sombras la condena que se manifiesta de manera constante hacia la heroína es tajante. Lo que destaca el texto son los pasajes más sórdidos sobre el intento de desintoxicación de un adicto cuando este hábito ya le ha hecho presa. La postura limitada y sumamente contraria a las drogas surge en esta obra de la rabia de una terrible experiencia vivida. A pesar de representar a modo de novela este testimonio crítico para esta familia, ofrece una luz de esperanza para el adicto y su entorno a través de la única salvación posible según la autora. Esta salvación sólo puede proceder de la fe y del apoyo espiritual de la religión, un elemento flotante en esta novela que en numerosas ocasiones enmascara la realidad de las drogas, limitándose a una postura exterior que recaba más en las consecuencias para el entorno del adicto, que en el adicto en sí [6].

Okupada, de Santos, se dirige claramente al público juvenil. Es un intento de crear una literatura para adolescentes que no sólo trate sus problemas, vivencias y experiencias, sino que lo haga con su propia jerga: “Reading becomes a quest for meanings [. . .] Meaning in cultural studies is disunified, discontinuous, and plural: and the text is a construction, a creation” (Noell Moore 1997: 163). Los lectores juveniles deben interactuar para comprender las dinámicas que están atravesando este texto, así, colocándose en la piel de los protagonistas poder descubrir una narrativa supuestamente velada, que busca la concienciación de los jóvenes contra las drogas y apartarlos de ellas. Santos proyecta un texto que busca de manera directa alcanzar al lector juvenil utilizando vocablos y expresiones típicas de este sector de la población. Los personajes presentan un punto de vista atrevido, divertido, inquieto y, ante todo, concienciado con la realidad que le rodea. Hace gala de un estilo fresco y desenfadado propio de los jóvenes que están en una etapa de cambios, descubrimientos y exploraciones que en muchos casos serán cruciales en su vida, ya que les marcarán definitivamente. La autora hace uso en numerosas ocasiones del lector implícito para llamar la atención sobre determinados aspectos de las drogas que le interesa recalcar debido a sus peligros potenciales. La obra no logra plenamente su finalidad, es decir, no parece conectar con el público al que va dirigido, al que trata como joven e inexperto, en vez de como ser humano completo en formación. A pesar de todos estos esfuerzos y estrategias empleadas por Santos, el texto recae el panfleto excesivamente manipulado con una conciencia demasiado explícita a la hora de aleccionar a los adolescentes. Si bien es cierto que los jóvenes desconocen muchos de los peligros del camino de la vida, también es cierto que no tienen ninguna deficiencia mental, más bien lo contrario, simplemente ignoran numerosas situaciones por el mero hecho de que todavía no las han vivido. Santos, en su intento de ayudar a estos jóvenes, se muestra en muchas ocasiones condescendiente y abusa de la jerga juvenil prefabricada, demasiado explícita y artificial. De tal modo, lo que los adultos consideran un acercamiento textual a la compleja mente de los adolescentes, se convierte en un rechazo por parte de estos últimos ya que, de nuevo, se les vuelve a infravalorar.

En cualquier caso, la novela se acerca a la vida de una joven de clase media-alta que busca superarse a sí misma y emanciparse. Para alcanzar esta independencia decide marcharse a vivir como “ocupa” a una casa abandonada de Barcelona. En su aventura descubrirá las responsabilidades de la vida adulta y los peligros de la experiencia fuera del hogar familiar. Alma es la amiga de la protagonista, Beatriz, y una de las espectadoras de lujo de las vivencias de este grupo de jóvenes en la casa “ocupa”. Su sentido del deber está siempre presente y su prudencia será clave para el buen fin de este personaje en la obra: “ ¿Quién quiere hash? anunció, alegremente. Kifo fue el primero en animarse. No era la primera vez que fumaba hierba, También Mustafá aceptó liarse un porrito. Los demás, nos cortamos” (60). La constante negativa de Alma hacia las drogas se convierte en cruzada contra las sustancias ilegales cuando ve peligrar la estabilidad de la casa: “Le miró los brazos y encontró lo que buscaba: la huella de un pinchazo. Kifo se había metido heroína . . . Iba a decirle que en Bákinjam no queremos drogatas ni gente que se metiera mierda en las venas . . .” (1997: 62-63). La posición preventiva y ultrasolidaria que adopta la protagonista le convierte en una abanderada de la vida sana y en el único personaje que se opone rotundamente a cualquier tipo de droga.

La intervención constante y contraria a las drogas que hace Beatriz como narradora de la historia no deja espacio alguno para el planteamiento de las circunstancias bajo las que los individuos comienzan a adentrarse en las drogas:

Estaba hecha una facha, tenía los ojos hinchados y no podía ni pronunciar palabra de puro colgada que iba. Se habría metido algo muy fuerte y en cantidades industriales. Inge estaba enganchada a todo lo que puede engancharse una persona: desde cola a heroína, pasando por porquerías de todos los gustos . . . A menudo me he preguntado qué tipo de pensamientos deben transitar por su cabeza para que desperdicie su vida de esa manera. Igual tuvo una infancia y una juventud nada fáciles. Nunca la oí referirse a su pasado y tampoco a su familia. Siempre pensé que debe de haber recibido muchos palos alguien que necesita tantas muletas. (1997: 97)

La visión, un tanto estereotipada, que asocia directamente y sin conocimiento una infancia atroz con el consumo de drogas, a pesar de no ser del todo infundada, se despliega frívolamente. La condena radical hacia las drogas se extiende en esta narrativa hasta los consumidores, dejando de lado cualquier tipo de explicación o justificación para un consumo desmedido [7].

Los efectos negativos de la heroína se representan de manera explícita en el texto. El personaje de Inge, como la politoxicómana que no consigue superar su adicción, sufre las consecuencias nefastas de las drogas en su intento por abandonar el consumo: “Inge sufría un síndrome de abstinencia de tamaño familiar . . . Gemía de dolor . . . vomitaba constantemente, sudaba copiosamente y cada cinco minutos tenía que salir corriendo al jardín para aliviar sus intestinos . . .” (1997: 115). La exposición del calvario físico por el que tiene que pasar esta heroinómana para superar su adicción es exacta y cruda para demostrar el peligro de las drogas. La condena hacia este tipo de sustancias está acompañada de la incapacidad de Inge para abandonar las drogas, así como de su recaída y posterior expulsión de la casa. La negación de ayuda hacia este personaje implica la intencionalidad del texto de prevenir e informar sobre la problemática de las drogas al lector no iniciado, pero no de solucionar los complejos dilemas en los que se ven inmersos los drogadictos [8].

El discurso se manifiesta a través de los comentarios del narrador que siempre limitan la interpretación libre del lector guiándolo hacia la condena de los personajes. También rechazan las drogas los diálogos y monólogos de personajes como Beatriz, que siempre ofrecen una visión prudente y una especie de voz de la conciencia. Pero el verdadero recurso discursivo que revela el posicionamiento de la novela es el final trágico para los personajes consumidores. Además de la expulsión de Inge, la novela termina con la disolución de la asociación de la casa “ocupa”, Bákinjam, cuando uno de sus miembros, Kifo, muere durante una inspección policial al caerse de una de las vigas cuando se encontraba bajo los efectos de las drogas. Es decir, la obra culmina su condena a estas sustancias con la representación de una muerte causada por el consumo de drogas. Los personajes que, o bien consumen drogas, o bien no se posicionan en contra de ellas tienen un final trágico. Santos se erige así en reguladora del consumo ilegal, recurriendo a una justicia poética condenatoria. Para los consumidores no hay posibilidad de salvación o reinserción, están igual de condenados que las propias sustancias que consumen, tal y como el cierre de la novela ofrece.

Con unos personajes un tanto planos y una agencia sumamente definida y estricta esta aproximación a los jóvenes que pretende Santos termina como una historia que sólo conciencia a los que ya están salvados. Los adolescentes más inseguros no pueden ejercer su propia crítica ya que se les lleva de la mano -y no hay cosa que más odien que no se les deje explorar y errar por sí mismos- hacia una condena rotunda de las drogas. No obstante, el ejercicio de Santos, realiza una labor encomiable al colocarse en la perspectiva en primera persona de un adolescente medio, cargado de dudas, inquietudes y voluntad. La autora demuestra su maestría en la alternancia de registros y consigue una narrativa dinámica y atractiva, utilizando temas candentes que no dejan a ningún lector impávido.

En definitiva, las obras que intentan acercarse a los jóvenes desde diferentes ángulos tienen en común el objetivo de prevenir contra las drogas a un sector de la sociedad muy susceptible de cualquier información en la edad de la pubertad. Los diferentes enfoques buscan concienciar a los adolescentes de los peligros de las drogas; bien sea mostrando sus estragos desde en punto de vista de la familia en el caso de La puerta de las sombras; o bien la entrada de un adolescente en las redes del narcotráfico a pequeña escala desde la perspectiva de un narrador omnisciente en el caso de Callejón sin salida; o bien la exploración de la vida a través de un adolescente-protagonista en el caso de Okupada. A pesar de comprometerse con esta loable meta no consiguen alcanzar al público adolescente, ya que las particularidades de esta edad hacen que cualquier intento por parte de los adultos de regular sus comportamientos, se desvanezca y provoque la reacción contraria en los jóvenes, el rechazo. La articulación de un discurso contra el consumo de drogas ilegales que está inserto en estas narrativas recae más bien en la respuesta a una preocupación por parte de la sociedad y no de los jóvenes. Es decir, los textos se muestran más pendientes de los problemas potenciales que afectan a los adultos y sus preocupaciones por los jóvenes, que de colocarse en la piel de éstos chicos que, sumidos en el caos y la vorágine de esta delicada edad, se adentran peligrosamente por las sendas de las drogas.

 

Notas

[1] A pesar de las constantes negaciones de los consumidores habituales y adictos a sustancias alteradoras de la mente, la exposición continuada y en grandes cantidades, afecta determinantemente los comportamientos y la manera en que la mente opera: “By abusing drugs, the addicted teen has changed the way his or her brain works. Drug abuse and addiction lead to long-term changes in the brain” (National 2006: 84).

[2] El juego constante que Lienas propone entre el retrato de sus ambientaciones y personajes, y el imaginario social alrededor de las drogas desvela el apoyo de la escritora en la conciencia de su lector para lanzar un mensaje de prevención contra estas sustancias: “As a culture advances, certain myths become interconected, and, taken together, they create a mythology that then becomes a component in the creation fo cultural history” (Noell Moore 1997: 34).

[3] La inefectividad de las instituciones en la prevención y regulación del consumo de drogas en la población tiene diversas ramificaciones: “Al igual que ha ocurrido en otras zonas distantes del planeta, la aplicación de políticas contra las drogas ha llevado a una transformación del consumo tradicional hacia un consumo occidental” (Boville Luca de Tena 2000: 90). Es decir, el paso del consumo de drogas ancestral o de tipo recreativo y ceremonial a un consumo devastador y masivo provoca que las políticas que promueven el consumo de cualquier producto, se muestren inútiles a la hora de regular un producto tan atractivo como las sustancias ilegales.

[4] La entrada de heroína en la península Ibérica en los 80 supone una novedad en un tiempo de apertura política e ideológica. Esta droga consumida desde el desconocimiento no lleva consigo desastrosas consecuencias a corto plazo, al contrario, sus efectos inmediatos extremadamente potentes la convierten en una de las drogas de mayor atractivo. Pero la heroína, como todo opiáceo, es altamente adictivo y este aspecto es el que otorga a esta sustancia el tratamiento de “látigo de la sociedad” española que ve cómo en un plazo aproximado de diez años los primeros adictos al caballo de los ochenta comienzan a fallecer: “Though the possibility of overdose does exist for the opiate user the true curse of narcotics use is the threat of addiction” (Sanberg y Bunsey 1986: 21).

[5] La visión de la salvación a través de la familia y la religión que ofrece el texto condena sin ningún tipo de miramientos y sin tener en cuenta las circunstancias particulares del adicto erigiéndose como cruzada en contra de las drogas. Para muchos sociólogos, la represión o los valores extremos proyectados dentro de la familia son uno de los factores claves para que sus miembros más jóvenes se inicien en este tipo de prácticas: “Families with moralistic, rigid and extreme views about alcohol and other drugs breed more drug use by their children than do families with moderate views” (Cermak 2007: 86).

[6] La adicción a la heroína afecta a los familiares del drogadicto. Modifican la vida de los parientes que están en torno a este individuo y éstos, generalmente, se vuelcan y dan un giro a sus vidas para ayudarle: “As the primary social unit, the family exerts a powerful influence over an individual’s . . . drug use” (Thombs 1959: 229).

[7] La simplificación de los condicionantes y factores que llevan a los adolescentes a consumir drogas no consigue más que la estigmatización y la cerrazón de miras a la hora de comprender a los mismos individuos que se intenta proteger. Así, resulta difícil estimular positivamente a estos jóvenes para alejarse de las drogas y contrariamente al principal objetivo, se les lanza hacia ellas, como vehículo de rechazo a imposiciones externas: “Los jóvenes utilizan drogas por varias razones, que están relacionadas con cómo se sienten con sí mismas, cómo se llevan con los demás, o cómo viven” (VV.AA.: 1990 21).

[8] La forma de tratar a los drogadictos es un cuestión clave en la regulación de estos individuos y las sustancias que consumen: “. . . mucha gente ha llegado a comprender que un adicto está enfermo y que sus acciones delictivas de robar, etcétera, son parte de un círculo vicioso que le permite evitar la retirada” (Hyde 1973: 86). El entendimiento del adicto como un caso clínico y no un caso delictivo supone un gran paso para la recuperación y futura reinserción del sujeto.

 

Obras Citadas

Boville Luca de Tena, Belén (2000). La guerra de la cocaína. Drogas, geopolítica y medio ambiente. Madrid: Debate.

Cermak, Timmen L. (2007). “A Variety of Factors Put Teens at Risk for Addiction.” En Teen Addiction. Karson, Jill, ed. Detroit: Thompson-Gale. 82-88.

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© Jorge González del Pozo 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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