El sueño eterno en La casa de las bellas durmientes,
de Yasunari Kawabata

Orlando Betancor

Universidad de La Laguna


 

   
Localice en este documento

 

Resumen: La casa de las bellas durmientes se desarrolla en una posada, situada a las afueras de Tokio, donde unos ancianos adinerados se entregan a un último y voluptuoso placer: pagan por la compañía de hermosas y jóvenes vírgenes que duermen desnudas junto a ellos bajo los efectos de poderosos narcóticos. Estos caballeros pueden disfrutar de la presencia de las muchachas, pero cumpliendo con una serie de exigencias: no pueden mantener relaciones sexuales con éstas, no despertarlas y no estar más de un día con la misma mujer. Esta obra es una profunda reflexión sobre el amargo sabor de la vejez, la soledad y la cercanía de la muerte.
Palabras clave: Yasunari Kawabata, narrativa japonesa, muerte, vejez, soledad

 

La casa de las bellas durmiente (Nemureru bijo) fue escrita por el escritor japonés Yasunari Kawabata en 1961. Esta obra contiene tres historias breves: la primera de las cuales da título al libro, la segunda tiene por nombre Un Brazo, y la tercera, Sobre pájaros y animales. Estas historias constituyen un delicado ejercicio estético sobre el erotismo y la soledad. En este análisis nos centraremos en la primera de las narraciones de esta joya de la literatura japonesa. Este espléndido relato aborda temas como la muerte, la vejez, la belleza, el sexo, la nostalgia de la juventud perdida y el paso del tiempo.

El protagonista de esta curiosa historia, Yoshio Eguchi, es un hombre de sesenta y siete años, casado y padre de tres hijas. Uno de sus amigos le recomienda un exclusivo local, situado a varios kilómetros de Tokio, frecuentado asiduamente por unos pocos ancianos, bien situados social y económicamente. En este selecto club disfrutan de la compañía de hermosas y jóvenes vírgenes que duermen desnudas junto a ellos bajo el influjo de los narcóticos. Los clientes deben cumplir unas normas estrictas: tienen absolutamente prohibido tener relaciones sexuales con las muchachas y no deben intentar despertarlas bajo ningún concepto. La mujer del establecimiento le advierte, desde un primer momento, que no debe hacer nada de mal gusto, sólo dormir junto a desconocidas jóvenes que ignoran totalmente su presencia.

Estas bellas doncellas permanecen totalmente ajenas a la visión de unos hombres que no sienten vergüenza al desnudarse ante éstas, pues son incapaces de percibir la decadencia física de sus cuerpos. Estos clientes pagan por el delicado placer de dormir con unas jóvenes que les permiten sumirse en otra realidad y soñar con otras mujeres a las que un día amaron y que hoy sólo viven en sus recuerdos. Las chicas, oscuros objetos de deseo, representan la última aventura de estos ancianos antes de la llegada del sueño eterno. Éstos vuelven a ser jóvenes por una vez, gracias a la imagen de los insinuantes cuerpos de las muchachas, que permanecen en una postura de total abandono a su lascivia. Asimismo, esta casa del placer está regentada por una inquietante mujer que conoce bien la psicología de su clientela. Ésta proporciona somníferos a su selecta concurrencia y potentes drogas a las chicas para que no puedan despertarse durante toda la noche.

En cinco encuentros, separados entre sí por intervalos de tiempo variables, en una misma habitación, en un mismo lecho, pero con seis mujeres diferentes, Eguchi nos muestra su visión sobre la muerte, el amor, la sexualidad, el deseo y su ideal de belleza. En estas visitas, el protagonista recuerda a las mujeres de su vida: su madre, su esposa, sus amantes y sus propias hijas. Este hombre, en el umbral de la vejez, rememora en este itinerario por el deseo desde instantes en noches ingratas, que son difíciles de olvidar, hasta imágenes de intensa sensualidad en la batalla de los sentidos. Estas “cortesanas vírgenes” le hacen revivir capítulos pasados de su vida, perdidos en la memoria, a través de intensas evocaciones. Además, en su última velada, la mujer del local para satisfacer su fantasía masculina le ofrece para su placer la compañía de dos jóvenes al mismo tiempo.

Desde un principio Eguchi desea profanar las reglas de la casa, ir más allá de la mera contemplación de la belleza, pero comprueba con asombro que efectivamente la joven que yace a su lado conserva intacta su virginidad. No se resigna en ser un simple observador, quiere que las bellas durmientes reaccionen a sus estímulos y descubrir detalles concretos de sus vidas. Estas mujeres sin nombre, sin identidad y sin pasado resultan para el protagonista un desconcertante enigma por desvelar. Intenta insistentemente comunicarse con ellas, despertarlas de su letargo narcótico, vulnerar su indefensión, pero todo es inútil, pues el sueño es una barrera infranqueable como una muralla de silencio. Por su parte, a ellas no se les está permitido conocer ningún detalle de la identidad de sus desconocidos clientes. Con cada nuevo encuentro, la fascinación de Eguchi aumenta y se acrecienta su necesidad de contemplar la inquietante belleza de las jóvenes. Desea rejuvenecer durante un instante junto a estas hermosas doncellas, que descansan bajo un sueño hipnótico, mientras experimenta el profundo temor a la llegada de la muerte.

En la anatomía de cada doncella encuentra las imágenes de otras mujeres a la que un día amó, que ahora duermen en el olvido y vuelven a su memoria. Los recuerdos reviven en su mente a través de un olor como la esencia de unas flores, el aroma de la leche materna y la voluptuosa fragancia de una piel que le retrotrae inmediatamente al pasado. Un gesto se convierte en el detonante de un recuerdo nítido de una pasión de antaño. Los cuerpos bellos y firmes de las jóvenes narcotizadas despiertan en Eguchi una multitud de sensaciones, unas veces tiernas y otras claramente perversas. Se deleita contemplando los movimientos de las doncellas en el sueño, la posición de sus brazos, el color de sus labios, las delicadas formas de sus dedos, la curvatura de una cadera y el brillo de sus cabellos. Estas imágenes encienden sus recuerdos de nostalgia y liberan sus ocultas fantasías.

En este recorrido por las antiguas pasiones del protagonista encontramos a una celosa geisha, a una mujer casada de la ciudad de Kobe que fue su última pasión de juventud, a su amante antes de casarse, a una cortesana adolescente y a una joven a la que le robó un beso hace más de cuarenta años. En este viaje onírico divisamos la imagen de la primera mujer de su vida, su madre, que muere de tuberculosis, estableciendo un paralelismo con la propia existencia del autor que se quedó huérfano a temprana edad y el efecto que esta enfermedad produjo entre los miembros de su familia. También, se percibe la presencia lejana de su anciana esposa y la visión de su hija menor que ha conocido la sexualidad en los brazos de su primer amante.

Estas vírgenes doncellas, que duermen en este misterioso harén, representarían la encarnación de antiguas deidades budistas a las que los ancianos piden clemencia por sus pecados, pues algunos de éstos habían conseguido prosperar por medios ilícitos. Estos tristes caballeros consuelan su dolor con la compañía de las muchachas y sienten en su interior el amargo sabor de la vejez, mientras el tiempo se les escapa rápidamente entre las manos: “Parecía haber una tristeza en el cuerpo de una muchacha que inspiraba a un anciano la nostalgia de la muerte”. Ahora, en el otoño de la vida, olvidados los arrebatos de la pasión, la sensualidad se convierte para ellos en un juego puramente mental. Las doncellas, transformadas en su última tentación, son actrices mudas en una dramática representación cuyo desenlace es siempre trágico. Ellas escenifican sus fantasías y guían sus pensamientos desde el otro lado del deseo.

La iconografía de la contemplación de la belleza dormida bebe en las fuentes de la mitología clásica donde destacan varios ejemplos como el de Eros y Psique y la figura de Endimión, amado por Selene, diosa de la Luna, que están llenos de simbolismo sexual. Igualmente, la imagen de una doncella que duerme junto a un anciano es un tema tratado desde la antigüedad. Así, sobresale la figura de un antiguo rey de Israel que en la senectud permite a una joven virgen calentar su lecho para poder descansar plácidamente.

En este relato asistimos a una lucha de contrarios entre la lozanía y la decrepitud, la belleza y la fealdad, la vida y la muerte. En primer lugar, la vejez de estos clientes acaudalados se contrapone con la juventud de las doncellas. Este último intento, por parte de estos viejos caballeros, por disfrutar de un instante de placer se describe perfectamente en la siguiente frase: “(...) sólo querían beber la juventud de las muchachas dormidas (...)”. Asimismo, todos los miembros de este club de ancianos, a excepción de Eguchi, por ser un poco más joven, han perdido su potencia sexual. El protagonista piensa en los sentimientos y frustraciones de estos hombres que ya no pueden actuar como tales, pero que en cuyas mentes sigue existiendo la capacidad de amar que el tiempo no ha podido aplacar. Estos viejos caballeros, que se comportan como niños ante las muchachas, tienen que contentarse simplemente con soñar y recordar.

La lastimosa decrepitud de los ancianos se enfrenta a la belleza de las doncellas. La contemplación de su hermosura le proporciona al protagonista la inspiración necesaria para incitar el recuerdo de sus amantes en instantes llenos de erotismo. Éste aflora, a través de las líneas de este relato, en sugerentes descripciones como: “Sus senos parecían bellamente redondeados. Un extraño pensamiento le asaltó: ¿por qué, entre todos los animales, en el largo curso del mundo, sólo los pechos de la hembra humana habían llegado a ser tan hermosos? ¿No era para gloria de la raza humana que los pechos femeninos hubiesen adquirido semejante belleza?”. Además, la sexualidad, que emana de los cuerpos de estas bellas desconocidas, permite al protagonista cuestionarse aspectos de su existencia: “Se preguntó hasta qué punto había conocido las profundidades y el alcance del sexo a sus sesenta y siete años”.

En esta batalla sin cuartel entre Eros y Thanatos, observamos a la muerte, figura omnipresente, que se esconde en cada rincón de esta casa del placer. Este combate eterno entre el amor y el sueño eterno aparece reflejado en las siguientes líneas: “(...) los viejos tienen la muerte, y los jóvenes el amor, y la muerte viene una sola vez y el amor muchas”. El protagonista piensa en la brevedad de la vida y en la sombra de la muerte que supone el efecto de los somníferos. Asocia las profundidades del ensueño con el abismo de la eternidad, comparando ambos estados. Incluso, pide a la mujer de la casa una droga como la que toman las jóvenes, pero ésta se niega pretextando que estas píldoras son peligrosas para los ancianos Asimismo, en un momento de la narración se cuestiona el suicidio, que años más tarde llevaría a cabo el autor de esta obra, y considera que no puede existir mayor placer que despedirse de este mundo en los brazos de una de estas doncellas. Las señales premonitorias de una muerte anunciada toman cuerpo en esta inquietante frase “tomar somníferos de forma reiterada tenía que ser perjudicial para una joven” y en las palabras referidas a sus acompañantes nocturnas “Te enfriarás” y “Tendrás frío” que preceden a un trágico destino. Posteriormente, descubre casualmente por las palabras de un amigo que uno de los clientes ha fallecido en este local por un fallo cardíaco. Luego, la muerte, con su guadaña de plata, arrebata la vida de una de las dos jóvenes, que duermen junto a Eguchi en su última visita, probablemente por sobredosis de narcóticos. A continuación, la mujer de la casa retira el cuerpo de la muchacha, a toda prisa, como anteriormente había hecho con el cadáver del anciano, trasladándolo a un lugar cercano.

Frente al fantasma de la muerte se encuentra la imagen del deseo. El protagonista sueña con romper tabúes y transgredir barreras morales, pues adivina cercano el fin de sus días. Insiste desde su primer encuentro en acariciar los labios de las doncellas, con un significado profundamente erótico, pese a ser una de las prohibiciones del local: “No debía hacer nada de mal gusto, advirtió al anciano Eguchi la mujer de la posada. No debía poner el dedo en la boca de la mujer dormida ni intentar nada parecido”. El protagonista nunca llega a vulnerar la fragilidad de sus acompañantes, se limita a acariciar su piel, tocar sus cabellos y recorrer por completo la anatomía de sus cuerpos.

Igualmente, en esta obra, se hace una reflexión sobre los estragos del tiempo en el alma de los hombres, la melancolía de estos viejos caballeros que mueren un poco cada día y la nostalgia de una juventud perdida que no puede volver, pero cuyos recuerdos están todavía latentes en la memoria. La soledad, tema recurrente en la obra de este autor, se muestra en la necesidad de estos ancianos acomodados de buscar consuelo y compañía en unas jóvenes que colman el vacío emocional que existe en su interior, pues, esencialmente, la labor de las doncellas es proporcionar hermosos sueños y sobre todo inspirar en ellos agradables fantasías. Así, este lugar se convierte en el pabellón de descanso de estos hombres que, a modo de antiguos guerreros, han luchado en mil batallas y que finalmente el tiempo ha vencido. Asimismo, el tema de la incomunicación está presente en este relato con la imposibilidad de hablar con las jóvenes, pues éstas permanecen inconscientes todo el tiempo y sólo despiertan cuando sus clientes han abandonado el local. El único diálogo que mantiene el protagonista es con la enigmática mujer de la casa, cuya voz lenta y sosegada es como un murmullo glacial.

Este escritor nos desvela a través de los cinco sentidos este universo onírico, una veces oscuro y hermético y otras, impresionista y brillante. Así, a través del tacto experimenta el contacto suave y cálido de los cuerpos de las jóvenes; con el oído, el sonido violento de las olas al golpear en los acantilados en el exterior de este selecto lugar y la resonancia lejana del invierno que trae el viento; con el gusto, el sabor de un beso sobre una parte de la anatomía femenina; con el olfato inicia el mecanismo de la evocación de los recuerdos; y con la percepción de la vista, un sinfín de imágenes que descifran los enigmas de la pasión.

El autor, que escribió esta obra a los sesenta y dos años, nos muestra la refinada forma de amar de estos hombres que buscan el mito de la juventud eterna en los cuerpos de estas doncellas, mientras el sueño postrero de la muerte planea sobre sus mentes. Estos ancianos venerables, desconocidos entre sí, pero ligados por la cercanía del sueño eterno, utilizan la fragancia de las muchachas como sagrado elixir para escapar de las garras de las Parcas durante un instante. También, este texto analiza los misterios del alma femenina. Este escritor, en una de sus líneas, expresa la siguiente frase “la mujer es infinita”, aludiendo a la imposibilidad de abarcar su espíritu por entero. Asimismo, explora las fantasías femeninas en la figura de una dama, de edad madura, que antes de dormirse contaba los hombres por los que le hubiera gustado ser besada.

Este relato, enigmático y misterioso, transita entre el sueño y la vigilia, el pecado y la virtud, el elemento masculino y la esencia femenina, la ternura y la lujuria, la oscuridad y la luz. En este baile de seducción con la muerte, el protagonista nos ha mostrado su visión sobre la soledad, la senectud y el cruel paso del tiempo, sumido en una atmósfera a medio camino entre la realidad y la fantasía onírica. Esta obra nos ofrece espléndidas metáforas como: “Ésta, mientras dormía, pronunciaba palabras de amor con los dedos de sus pies” y la imagen de un gran árbol centenario, capaz de atrapar la intensidad del ocaso en estas palabras: “Toda la luz del atardecer era absorbida por la camelia, en cuyo interior debía estar concentrado el calor de sus rayos”. La atmósfera de este texto está repleta de delicadas imágenes bellamente descritas, dentro de un estilo sumamente poético y evocador, donde destaca la exquisita habilidad de su autor para captar los más sutiles matices ambientales. Para el escritor Yukio Mishima La casa de las bellas durmientes era la obra máxima de Kawabata y una de las creaciones más importantes de la literatura japonesa. Gabriel García Márquez, gran admirador de la narrativa de este autor japonés, se inspiró en ella para escribir un cuento titulado El avión de la bella durmiente, escrito en 1982, y posteriormente, su novela Memoria de mis putas tristes, publicada en el año 2004.

En este viaje por el deseo, el autor nos ha transportado hasta una habitación, con cortinas de terciopelo de color carmesí, en un exclusivo local, donde duermen bellas doncellas y en cuyas paredes se esconden los misterios insondables del alma humana. Al final de este recorrido onírico por las pasiones de un hombre se encuentra la muerte, como última invitada, esperando en el umbral de la puerta de esta casa del placer.

 

Yasunari Kawabata nació en el seno de una familia culta en la ciudad de Osaka, Japón, el 11 de junio de 1899. La imagen de la muerte marcó trágicamente su infancia. Su padre, un destacado médico, Eikichi Kawabata, murió de tuberculosis cuando éste tenía dos años. Al año siguiente fallece su madre, a continuación su abuela cuando éste contaba siete años y, posteriormente, su única hermana abandona este mundo poco tiempo después. Finalmente, pierde a su abuelo, con el que vivía en el campo, en 1915. Estos terribles sucesos definieron su personalidad solitaria y melancólica. Tras finalizar los estudios de secundaria, se dirigirá a Tokio para pasar los exámenes de acceso a la universidad. En 1920 ingresa en la Universidad Imperial de Tokio para estudiar Literatura Inglesa, carrera que cambiará un año después por la de Literatura del Japón. En este período conoce al renombrado escritor Kikuchi Kan que era asimismo el editor de la revista Bungei Shunju, donde este joven novelista colaborará con varios de sus trabajos. También escribe para el periódico de la universidad, Shinshicho (Nuevo Pensamiento).

Termina sus estudios en 1924 y funda junto con otros jóvenes intelectuales, entre los que se encontraban Yokomitsu Riichi y Kataoka Teppei, la revista Bungei-Jidai (La Edad Artística). Esta publicación reunió a su alrededor a un grupo de prometedores escritores conocidos como neosensacionalistas, seguidores de un nuevo movimiento literario definido como “Shinkankaku-ha”, interesados por el lirismo y el impresionismo, procurando realzar la percepción de las sensaciones en el lenguaje narrativo, en oposición al realismo social imperante en su época. Posteriormente, desarrollaría un estilo propio, que irá perfeccionando a lo largo de los años, como se observa claramente en su primera novela, Diario íntimo de mi decimosexto cumpleaños (1925). En 1926, en las páginas de su revista, ve la luz la novela corta, La danzarina de Izu, donde se observan referencias autobiográficas que rememoran una pasión de juventud del propio escritor. Además, se aprecia en ésta la influencia de antiguos textos budistas y la poesía medieval japonesa, por los que el autor sentía verdadera devoción. Este texto, que relata el encuentro de un estudiante solitario durante un viaje por la península de Izu con una joven bailarina que se desplaza con un grupo de artistas, se convierte en su primer gran éxito de crítica. Después, interesado por la cinematografía, escribe el guión de una película clásica del cine expresionista japonés, Kurutta Ippeiji (Una página de locura, 1926) de Kinugasa Teinosuke. Años más tarde publicará La pandilla de Asakusa (1929-1930) que tiene como escenario el famoso distrito del mismo nombre de la ciudad de Tokio, repleto de teatros de revistas, cafés, casas de geishas y antiguos cines, que el autor conocía muy bien por haber vivido en esta zona durante la década de los años 20. A partir de 1934, se establece en Kamakura, en el sudoeste de Tokio, y pasa los inviernos en la ciudad de Zushi.

Durante la II Guerra Mundial se traslada a Manchuria y allí estudia profundamente una obra maestra de la prosa clásica japonesa, Genji Monogatari (El relato de Genji), escrita por Murasaki Shikibu en el siglo XI. Posteriormente, publica su obra más conocida País de Nieve (1948) que lo situó entre los escritores contemporáneos más importantes de Japón.

Otros libros de este autor son: El sonido de la montaña (1949-1954), aclamada por la crítica como su mejor obra, El maestro de go (1951), El lago (1954), Primera Nieve en el Monte Fuji (1958), Mil grullas (1959), Kioto (1962) y Lo bello y lo triste (1964). Especial importancia tienen las Historias de la palma de la mano (Tanagoko no shosetsu) que representaban, según palabras del propio Kawabata, la esencia de su arte. El escritor comenzó a escribir pequeños relatos en 1923 y siempre volvía a ellos cada cierto tiempo. En estas narraciones conviven diferentes temas como la soledad, el amor, el paso del tiempo, los rituales y la muerte. Asimismo destaca Correspondencia 1945-1970, una recopilación de cartas que se intercambiaron Kawabata y su discípulo el escritor Yukio Mishima durante 25 años. Además de escribir obras de ficción, este autor trabajó como periodista, principalmente para el diario Mainichi Shimbun.

Entre 1948 a 1965, este autor desempeña el puesto de director del Pen club de Japón. En 1953, el novelista se convierte en miembro de la Academia de las Artes del Japón y en 1959 recibe la medalla Goethe en la ciudad de Frankfurt. Durante la década de los 60, el autor, convertido en un novelista de fama internacional, imparte conferencias por varias universidades de Estados Unidos. También, se dedica a la crítica literaria y a apoyar a nuevos escritores. Kawabata fue el primer escritor japonés en ganar el premio Nobel de Literatura en 1968, le seguiría años más tarde Kenzaburo Oé. En la ceremonia de entrega de dicho galardón leyó un discurso titulado Del hermoso Japón, su yo. Posteriormente, el 16 de abril de 1972, aquejado por la enfermedad de Parkinson y profundamente abatido, se quita la vida, como hiciera poco tiempo antes Yukio Mishima, en su estudio en la ciudad de Zushi, inhalando gas, sin dejar ninguna nota que explicara su decisión.

 

© Orlando Betancor 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero39/seterno.html