Tecnología y Helenismo.
La angustia de Epicuro y la contingencia de la post-modernidad

Proto Gutierrez Fernando

Colegio Máximo San José, Universidad del Salvador
Buenos Aires, Argentina
f.p.g.11@hotmail.com


 

   
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Resumen: Los estudios filosóficos contemporáneos indagan sobre la problemática de la post-modernidad, sus implicancias y significados. El siguiente escrito, intentará dar razones sobre la concordia actual, entre el principio clásico-moderno de identidad científico, y el principio de contingencia que signa el giro filosófico, en Heidegger, hacia la post-modernidad cibernética. Es necesario advertir, primeramente, que la convivencia de ambos principios supone un período de transición desde una visión paradigmática, donde se critica a la totalidad de los objetos fuera del yo pensante, especialmente al orden monárquico-eclesial del Medioevo, hacia una concepción donde el sujeto mismo es parte de la pregunta más originaria de la Filosofía ¿Por qué es el ser y no la nada? En este sentido, la introducción del sujeto en el cuestionamiento sobre su existencia misma, se extiende a todos los ámbitos del saber; en efecto, el marco teórico del presente estudio, hilará las semejanzas entre el período helenístico, cuando caía la visión parmenídea del mundo, y la era de angustia iniciada desde 1820 donde el sujeto se convierte en objeto del mecanismo industrial, sus causas, sus efectos.
Palabras clave: Contingencia, Identidad, Ciencia, Angustia, Objeto

 

La angustia helena

En el año 1833 el historiador Droysen fijó los lineamientos históricos donde comprender el período helenístico, a saber, el quiebre entre el mundo antiguo y la constitución del medioevo cristiano es dibujado por la figura de Alejandro el Grande, tanto desde el punto de vista político como religioso; Festufière, en el libro “Epicuro y sus dioses”, concibe el período helenístico signado por la homérica y humana angustia provocada por la huída de los dioses olímpicos y la caída política de Atenas: debía el hombre entonces caminar solitario sin patria ni fe, circunstancias que tendieron a revitalizar el espíritu heroico del pensamiento heleno a través de dos magnas escuelas filosóficas: por un lado, el epicureismo, como filosofía de vida, quiso arrancar del alma el temor a la muerte y a la maleficencia de los dioses bajo la premisa de la ignorancia en la muerte, y la negación del influjo divino en los asuntos humanos. Asimismo, instó a la búsqueda de la ataraxía, la serenidad como fundamento de la indiferencia e insensibilidad para con los efectos accidentales de la cotidianeidad; así, para ser feliz, aquello que aristotélicamente todo hombre apetece, no serían necesarios los dioses ni la realidad sensible pues, ante la crisis, el hombre como ciudadano del mundo se bastaba a sí mismo siendo libre solamente por renunciamiento al arte político y a lo superfluo de la vida. Por otro lado, el estoicismo reforzó la naciente religión astral, urdida por influencia platónica: un solo Dios, sin carne, sin corazón; el dios de los filósofos que reinaría ciudades y soles. En este sentido, habría el hombre de vivir según su esencia, el logos, para alcanzar la religación con el orden lógico universal manifiesto en la armonía de la naturaleza.

El epicureismo forjó comunidad y libertad; el estoicismo, reyes y lógica. Es posible deducir, en rigor, que el sincretismo entre la búsqueda religiosa individual y la instauración de un culto astral generó el cristianismo medieval: un mismo dios, un mismo imperio, acaso la premisa aprehendida por Constantino.

Sólo cuando murieron la mitología y los dioses, y la filosofía de la substancia y el ente se aliaba artísticamente con la política lógica de expansión y conquista; sólo cuando la inmovilidad de las estrellas se hizo carne en el sentido de la vida y la moral, y el hombre quiso soledad y placer de mar sereno: los templos mutaban lentamente en catedrales, los campos verdes y el cielo cretense eran nublados por el mármol oscuro de las ciudades y el cañón; moría Homero el poeta para que nazca la ley de Moisés, y en los libros, Atenas para siempre caería ante los muros de la mística Jerusalén; sólo cuando el viento helenístico de la distancia reinaba el cetro de mil vidas, Roma y Egipto, indios, hebreos y atenienses eran unidos por el rayo voluptuoso de la angustia que desgarra el alma y el cuerpo.

La contingencia de las máquinas

Laín Entralgo en su obra “Teoría y realidad del otro”, teoriza desde el punto de vista de la antropología filosófica sobre la capacidad perceptiva ligada a los reinos de la naturaleza, en tanto predica a) la cualidad mineral de una percepción pasiva, b) los sentimientos vegetativos de apertura hacia el mundo y la luz, c) el apetito animal y d) la apertura espiritual hacia el otro en un acto de donación; las cuatro capacidades se vinculan con un tipo determinado de relación interpersonal; en este sentido, a) percepción mineral-vegetal del otro cosificado b) búsqueda animal por conquistar el mundo, y c) contemplación del otro como sujeto; se produce entonces un proceso perceptivo de individuación que transita desde la concepción de los otros como ellos, la distinción del otro como él y en dirección probable al tú (Bubber afirma que ellos potencialmente son tú, pues, de lo contrario sería imposible toda relación interpersonal). La violencia contemporánea es causada por la percepción del otro como objeto, como una mera res dispuesta a ser pasivamente conquistada.

En “La era del vacío”, Gilles Lipovetsky departe sobre la noética de la indiferencia en la sociedad moderna, indiferencia que culmina con la consolidación del individualismo y el relativismo extremo. A este punto es necesario vincular la problemática sobre el hiper-nominalismo que se acentúa gradualmente desde las máximas de Roscelino y Ockhan, suscitando el desarrollo de filosofías que comprenden el lenguaje y la realidad como ficción: así, los paradigmas de Kuhn y el criterio falsacionista de Popper establecen la idea sobre toda imposibilidad de alcanzar la verdad. Gilbert soluciona el problema situando los sistemas científico-categoriales sobre la base de un sistema trascendental tomista donde los conceptos no se excluyen entre sí; empero, es evidente que la problemática sobre los trascendentales precisa de la cruda aceptación del creacionismo religioso. La contemplación de la realidad como ficción abraza el segundo momento de contingencia estudiado por Heidegger en el que cada hombre, cada átomo y cada ciencia proyecta su imagen de mundo; es oportuno citar la formación en la exterioridad del ego según Lacan, y la proyección que el sujeto hace de sí mismo subordinándose al moi o yo ideal para convertirse en objeto de gozo, en contraposición al je ligado a la pulsión de vida y el ideal del yo.

Por otro lado, y ateniendo el fordismo del siglo XIX y la división del trabajo optada por Adam Smith, puede decirse que el mecanismo de producción en serie se trasladó minuciosamente al acto perceptivo que concibe inmediatamente a los otros, sujetos en sí mismos, como objetos que laboran, pasan y sueñan; la vorágine de la realidad convierte al otro en un fantasma funcional a los intereses accidentales del moi. Baudrillard explica el proceso de aceleración implícito en el desarrollo de las tecnologías y el impacto visual de los multimedios: el hombre post-moderno conoce las probabilidades matemáticas de un sismo en el Pacífico o el asesinato de un vagabundo ruso, pero es incapaz de percibir la presencia inminente del otro que se manifiesta y ontológicamente hace signos ante él, suponiendo entonces que la aceleración, división y tecnimaginación, abren un abismo entre hombre y hombre enfatizado por la incertidumbre metafísica que Entralgo sitúa en el orden de la libertad: millones de imágenes, un segundo y el atroz encanto de no saber qué o quién es el otro, configuran un universo de angustia, desconfianza y soledad, una era del vacío que no es sosegada por la verdad (puesto que se comprende como ficción relativa), sino por más imágenes y más aristotélicos accidentes en lo que Žižek denominaría cultura del goce y de la permisividad absoluta, en oposición a una cultura democrática del placer; quizá, la dicotomía entre goce y placer sea la sublime diferencia entre el helenismo de Alejandro y la era cibernética contemporánea: si en su tiempo crítico estoicos y epicúreos tendieron hacia la esencia lógica que constituye teóricamente al hombre como uno-único y perfecto, buscando la serenidad de un mar calmo y la fortaleza de la piedra ante la tempestad, intentando asimismo comprender al dios filosófico-astral que advenía derribando la carne del panteón, el hombre contemporáneo, por su parte, sosegará su contingencia de imágenes relativamente verdaderas, la muerte del dios astral narrada por Nietzsche y la distancia y soledad creadas por la tecnimagen, mediante dos factores dignos de análisis: a) la constitución del moi como fundamento de la personalidad y b) la tendencia hacia la satisfacción instantánea de las necesidades que le son generadas por la monstruosa maquinaria publicitaria, a través de la exterioridad. Es válido decir que la naturaleza metafísica del hombre post-moderno es la contingencia, y tal como un sistema atómico es regido por un principio de incertidumbre simultáneamente determinado por la estructura de un sistema social spengleriano, donde el individuo mecánicamente es sustituido aplicando un criterio utilitario de eficacia y tiempo.

Ha de constituirse, citando a Giovanni Sartori, una estricta videodemocracia, una sociedad atómica ordenada por cierta arquitectura de centro y periferia caracterizada por el principio greco-egipcio de diferencia de frecuencias: la apoderación del relato consiste en construir una realidad falsa e inconsistente, proyectándola como imagen universal, en tanto los estratos lentos de la sociedad la contemplan como espectadores pasivos. El faraón, peripatéticamente arjé, busca instaurar una sociedad pobre, ignorante y enferma concebida como instrumento de preservación de su poder; de esta manera, la arquitectura de centro-periferia funda un pensamiento electrónico que consiste en el ascenso y descenso sobre sí mismo de la velocidad de conexión con tal realidad ficcional: aquél que proyecta una imagen de sí adecuada a la imagen que pretende el imperio, alcanzará el éxito; no obstante, todo acto de conexión con la imagen del otro, objetivado como producto útil, gravita en la enfatización de una cultura zapping donde todo suceso debe responder a la lógica establecida por el faraón: así el otro, el ciudadano, es un fantasma que provoca incertidumbre, más su posible existencia es útil para la afirmación del propio moi.

La post-modernidad tecnológica consumó la crisis de la filosofía, el pensamiento, por el adormecimiento de la sensibilidad: la ciencia materializó los sueños que antes fueron utopías ocasionando la pérdida del asombro que es principio fundacional de la pregunta platónica por la causa y la duda que formula el juicio crítico en Jaspers; la certeza matemática adormece los sentidos, potenciándolos extremadamente con artilugios útiles para la satisfacción de deseos accidentales: la contingencia contemporánea está fundada en el principio de identidad científico según el cual imaginar y ser son circunstancialmente semejantes. La contingencia se fortalece en la libertad, pero su efecto inmediato es la incertidumbre que provoca temor y desconfianza, condiciones ante las que el hombre puede tender hacia el otro, o imbuirse en su soledad de montañas y Nietzsche. En este punto cae la paradoja de las tecnologías contemporáneas que dividen, aceleran y tecnimaginan el comportamiento social e individual, y simultáneamente unifican las imágenes que cada hombre proyecta de sí mismo, en el vértigo de un tiempo que se abre y cierra sobre un infinito espacio cibernético.

Posiblemente, la contingencia contemporánea se funde en la libertad político-liberal de crear sistemas categoriales paradigmáticos sustentados por un principio de contingencia cuya premisa básica afirma que ser y soñar son circunstancialmente lo mismo. La post-modernidad, indefectiblemente es la era de la bella y trágica paradoja: pensar implica objetivar al otro desde una percepción animal que tiende a la conquista; la violencia se efectúa cuando la democracia es aniquilada por la instauración de una realidad falsa que se adecua a los problemas accidentales y no esenciales del mundo mostrando a la sociedad, concebida como res pasiva y funcional a los intereses gubernamentales de afirmación del poder, una imagen que sosiegue la angustia de la distancia y el ser; quizá, uno de los problemas más importantes en la complexión de una revolución pacífica, es comprender de qué manera pensar al otro como sujeto y no como un mero instrumento de cirugía implícito en una máquina cartesiana.

Si el período helenístico, de angustia y verdad, fue enriquecido por el intercambio cultural de una inmensa pluralidad de ideas provenientes del reino hebraico, Egipto y Grecia, el helenismo post-moderno se caracteriza por el intercambio superlativamente globalizado de ficciones y paradigmas constantemente mutando: el principio de identidad posa sobre la contingencia, la filosofía duerme por la anestesia del chip, mientras los mitos, extirpados de su sentido meta-lógico original, apenas son metáfora de un tiempo errante.

 

Bibliografía

Antiseri, Dario, Karl Popper: Protagonista del siglo XX. Unión Editorial, 2002

Baudrillard, Jean, Cultura y Simulacro. Editorial Kairos, Barcelona, 1993

Droysen, Johann Gustav, Geschichte des Hellenismus. (E-book) Zeno.org

Festugière, André-Jean, Epicure et ses dieux. PUF, Paris, 1946; 3e éd. 1985.

Laín Entralgo, Pedro, Teoría y realidad del otro. Alianza, Madrid, 1983

Lipovetsky, Pilles, La era del vacío, Ensayos sobre el individualismo contemporáneo. Anagrama, Barcelona, 1996

Sartori, Giovanni, Homo videns. La sociedad teledirigida. Traducción de Ana Díaz Soler. Taurus Madrid, 1998

Zizek, Slavoj, Contra el Goce, Revista Ñ Cultura, http://www.clarin.com/suplementos/cultura/2003/11/29/u-666509.htm, Sábado 29 de noviembre de 2003

 

© Proto Gutierrez Fernando 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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