La traducción en Derrida:
Un ensayo sobre la imposibilidad

Idoia Quintana Domínguez*

idoiaquin@yahoo.es


 

   
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Resumen: Este trabajo pretende ser una introducción a la deconstrucción derridiana donde, a partir del tema de la traducción, se traza una panorámica de la relación entre el original y la copia y de aquello que sustenta esta dicotomía.
Palabras clave: deconstrucción, traducción, original-copia, autor, contexto

 

PRÓLOGO.

Realizar un trabajo sobre Derrida donde se trata de explicar una cierta desviación necesaria por la ausencia de un sentido único y una imposibilidad de crear un sistema cerrado, puede parecer que entra en contradicción con la estructura de un estudio.

Cuando se realiza un trabajo sobre un autor se espera, en principio de éste, que sea sistemático, que tenga un hilo conductor, un tema, y que se apoye en unos conceptos clave y un núcleo, a través de los cuales se cree una unidad y se cierre con unas conclusiones. Lo que aquí puede parecer contradictorio no es más que un indicio de la imposibilidad de llevar esto a cabo.

Por otra parte, realizar un trabajo donde se exponen las ideas de un autor ordenadas en torno a un eje, en este caso la traducción, puede parecer una mera reproducción de lo que ya ha sido dicho, la cual, incluso, puede conducir a neutralizar los efectos de dicho discurso, una forma de traicionar o de malinterpretar la vía de trabajo abierta por Derrida.

Para eludir estas posibles objeciones y para mostrar no sólo las dificultades sino la imposibilidad misma de este trabajo, vamos a ver en qué consiste la tarea de la deconstrucción y qué papel juega en ella el deconstructor.

En primer lugar diremos que la deconstrucción es algo que “no corresponde a un sujeto (individual o colectivo) que tomaría la iniciativa de ella y la aplicaría a un objeto, a un texto, a un tema, etc. La deconstrucción tiene lugar; es un acontecimiento que no espera la deliberación, la conciencia o la organización del sujeto, ni siquiera de la modernidad. Ello se deconstruye. (…). Está en deconstrucción.” [1]

La deconstrucción no es un método, no es algo que pertenece a la subjetividad y que sea aplicado desde fuera, como si se tratase de una herramienta, a aquello que se pretende deconstruir. La deconstrucción es algo que les ocurre a los sistemas, un desajuste interno.

En estas inestabilidades, en estos desajustes y lugares de articulación, es donde trabaja la deconstrucción, donde se da ya la deconstrucción. El deconstructor desajusta lo ya desajustado. De este modo, podría pensarse que una forma de eludir esta objeción de contradecir en la estructura aquello que se dice, neutralizar los efectos del discurso derridiano, sería defender que si la deconstrucción es algo que ocurre en los sistemas, la labor del deconstructor se orienta a una cierta gestión sobre aquello que ya está ocurriendo. Por lo tanto, si lo que ocurre es ocurre, la verdad por repetirla no muta, la verdad no se puede neutralizar.

Pero en la deconstrucción, aunque digamos que prescinde del sujeto, al mismo tiempo, a la vez (ya veremos la importancia de pensar este ‘a la vez’ entre dos opuestos) implica un gesto deconstructivo. Hay que pensar la deconstrucción como un proceso activo donde no hay un código que regule cómo deconstruir, la deconstrucción en este sentido, como gesto deconstructivo, es una invención.

Veamos un momento que es esto de la invención. La invención es algo que tiene que ver con lo imposible y con el acontecimiento. Para que haya invención se tiene que romper con el horizonte de previsibilidad, de modo que debe darse una movilización de lo posible tanto como de lo imposible, se juega en este margen y se difuminan las fronteras, se muestra la inestabilidad de los bordes entre lo posible y lo imposible.

La invención también tiene que ver con otra dualidad, entre lo verdadero y lo falso, no es ninguno de los dos, dice los dos a la vez instalándose en lo que no es ni uno ni otro (de nuevo la lógica del ‘a la vez’ o del ‘ni/ni’) en el campo de lo indecidible es donde surge la invención. Superando toda condición de posibilidad se pasa al espacio de la fabulación.

Esta invención si es que ocurre ocurriría como ocurre el acontecimiento, de forma inesperada, sin que nada anuncie su llegada, es la invención del deconstructor, hacer posible lo que antes se pensaba como imposible.

El deconstructor es de este modo responsable de la labor que realiza, su firma le implica. La deconstrucción requiere una firma porque responsabiliza y señala a quien la realiza.

En segundo lugar, es necesario pensar que todo aquello que se deconstruye es a su vez deconstruible. La firma es entonces un acto de confirmación y de responsabilidad entre el autor y la obra. Pero no por ello esta obra está acabada, no se puede entender como la confirmación de un cierre a través de la firma.

Que la deconstrucción sea a la vez deconstruible implica que la labor no se ha culminado, que no se ha llegado a ninguna verdad donde el deconstructor pueda descansar y abandonar su trabajo, sobre todo cuando la tarea del deconstructor parte de que no hay ninguna verdad, que la verdad es un indecidible, una alusión sin fondo ni fin, un simulacro. De este modo, vemos que tanto la deconstrucción como la labor del deconstructor es un trabajo que no llega a un fin y que es un enfrentamiento con lo imposible, un desafío a todo aquello que esta determinado por unas condiciones de posibilidad, mostrando la imposibilidad a través de lo posible. Es una forma de afirmar que lo posible contiene lo imposible y que, por ello, no hay un significado o sujeto trascendental que pueda medir los efectos del acontecimiento.

Por otra parte, acercarse a Derrida y exponer su trabajo implica, así mismo, una labor creativa. Como veremos, toda reproducción obliga a dar un rodeo, una desviación necesaria por la falta de un sentido único, por la falta de un sentido trascendente, de una verdad y de una deconstrucción definitiva. De modo que los efectos del discurso de Derrida no quedan neutralizados por la repetición sino que bajo los efectos mismos de la diseminación, se abren a lo que denominaremos ‘la aventura seminal de la huella’, ley de efectos que ya no vuelve al padre, al autor, en este caso Derrida, sino que se abren paso a través de un espaciamiento que no encuentra reposo alguno y que es ejemplo de la interminabilidad del estar en deconstrucción.

En cuanto a este trabajo, si traducción y deconstrucción es el tema en torno al cual se elaborarán los términos y cierta línea de investigación abierta por la deconstrucción, no se hará sólo a través de lo que en él se expone, sino que este estudio es ya el ejemplo de un trabajo de traducción, y siempre que se traduce se pone de algún modo en marcha cierta deconstrucción. Toda lectura de Derrida obliga a un trabajo poiético, un trabajo donde necesariamente debe aparecer la invención. De hecho, aunque hay pocos trabajos en los que Derrida aborde directamente el tema de la traducción, este está presente cada vez que se habla de la estrategia deconstructiva. “Más de un idioma”, “la imposible tarea del traductor”, han sido formas de definir su modo de trabajo. La firma y el idioma son dos cuestiones por las que necesariamente pasa el acto de escritura, sus efectos, lo que necesariamente implica estar en un idioma y estar bajo una firma, indican el lugar desde el cual es imposisible la saturación y la irreductibilidad a un sistema cerrado.

Todo ejercicio de traslación es una alteración de aquello que se reinscribe precisamente porque no estamos tratando con unos términos cuyo núcleo sea sólido y estable, porque no se busca ni se protege un origen ni un original (la obra de Derrida) al cual recurramos para comprobar su exactitud.

Por otra parte, señalar de nuevo que este trabajo sobre la deconstrucción es a su vez deconstruible lo cual implica que las conclusiones a las que aquí se llegan no son el cierre de un sistema ni el fin de un trabajo, no son conclusiones definitivas sino que se inscriben sobre aquello de lo que hablaremos, sobre el valor de la huella, entrando en un campo de remisión al infinito y sin cierre, sin fin y sin origen.

Las nociones de tema y conceptos clave que han sido la forma a través de la cual se ha elaborado este trabajo -sólo mirar a los títulos es una forma de anticipar un núcleo temático y una elección de términos clave- cuando de lo que se está hablando es de una imposibilidad de tematizar y conceptualizar, puede parecer a primera vista una contradicción. Su uso es estratégico a la vez que explicativo y, no por ello, quedan a salvo de su propio desajuste, de la imposibilidad de que a través de esta forma se llegue a abarcar y sistematizar la reflexión derridiana, que, por otra parte, no se deja sistematizar ni dominar, pues sus efectos están aún sin determinar.

Bennigton, en su obra Jacques Derrida, se propone hacer una base de datos a través de sus conceptos clave, ‘deridabase’. Señala esta dificultad o imposibilidad de escribir un libro de este tipo.

“Excusas previstas: es imposible, por supuesto, escribir un libro de este tipo sobre Derrida. No hablo de las dificultades -reales- de lectura o comprensión (…). En general, aceptamos sin mala conciencia la función pedagógica que aquí se nos ha asignado: pretendemos comprender y explicar con la mayor claridad posible el pensamiento de Derrida, hasta el momento en que los términos “comprender”, “explicar” y “pensamiento” (incluso “Derrida”) no basten.

No se trata, por tanto, de esta clase de dificultades, en definitiva vulgares. Sino de una dificultad, por así decir, estructural, que no tiene nada que ver con la capacidad de este o aquel lector de Derrida (yo, en este caso). Esta dificultad derivada del hecho de que todas las preguntas a las que este tipo de libro debe habitualmente suponer repuestas, por ejemplo, acerca de la práctica de citar (…), nos las han planteado ya los textos que tenemos que leer, no de forma preliminar o marginal respecto al verdadero trabajo de pensamiento, sino como este mismo trabajo, con todo lo que tiene de apremiante y temible. Por esa razón, nuestros pequeños problemas de lectura no pueden quedar circunscritos al ámbito de un prefacio: constituyen ya todo el problema.” [2]

Realizar un trabajo textual cuando lo que se está cuestionando es el valor del texto, plantearse el lugar que ocupa la escritura cuando se está escribiendo, la posibilidad de la traducción cuando se está traduciendo, es el encuentro con los problemas que éstas nociones presentan, enfrentarse a las resistencias que ofrecen y poner en marcha un mecanismo de invención implícito en toda repetición, trabajar no sólo sobre las nociones que se tratan de explicar sino ponerlas en juego, trabajar con ellas.

 

1. INTRODUCCIÓN

La imposible “tarea del traductor” (Benjamín),
esto es lo que quiere decir asimismo deconstrucción.
[3]

En cierto modo, se puede decir que la traducción es uno de los paradigmas de la deconstrucción. Desde el mito de Babel, el mito de la aparición de las lenguas, se anuncia los principales temas de los que se ocupa la deconstrucción.

Un mito que marca el inicio de la necesidad del mito, de la metáfora y de la traducción, de la desviación necesaria por la falta de un sentido único, de un sólo idioma.

Un origen que desde el nombre de Babel se muestra irrecuperable, dividido en sí mismo, multiplicado y disgregado sobre la faz de la tierra.

Una torre que queda inacabada, una imposibilidad estructural de cerrar el edificio, de crear un sistema.

Desde este mito comienza el trabajo que, ya en el primer capítulo, veremos cómo conforma cierto anhelo de recuperación de un lenguaje único. A través del artículo de Derrida “Torres de Babel” donde realiza una lectura del texto de Benjamin “La tarea del traductor”, veremos como la propuesta de éste consiste en la recuperación de un lenguaje puro a través del proceso de traducción que alienta la promesa de saldar la deuda que el texto original contiene como una falta que debe ser completada. Este carácter teleológico de la traducción, orientado a la complementariedad de las lenguas en base a un origen común, nos invitará a reflexionar sobre la posibilidad de retorno, de la vuelta sin pérdida a un origen, a una traducción sin resto.

En este primer capítulo, por lo tanto, se comenzará a ver que la pretensión de este trabajo no se basa de forma exclusiva en la traducción idiomática sino en todo aquello que tiene que ver con la traslación de una obra que se denomina original, hacia una copia que es su derivado, secundario y por lo tanto, prescindible. La copia sería de este modo un signo que señalaría de forma unívoca a la obra original, la cual es autosuficiente, se muestra completa (noción de presencia) e idéntica a sí misma.

Comenzar por Benjamin ha sido una elección exclusivamente estratégica pues este autor aunque participe de unos principios metafísicos claros, señala también la dificultad de la traducción, señala una falta en el original que se completa a través de otra obra que pretende ser ella misma pero de la cual difiere. A partir de este otro, en este caso la traducción, de la identificación con lo otro, se llega a la perfecta cohesión, identidad sin fallas, presencia absoluta y vuelta al origen sin diferencias.

La noción de origen y original, todo el movimiento de la representación, es regido a partir de un significado trascendental que es el que permite hacer la diferencia entre el original y la copia, entre el texto fuente y el texto traducido.

Para esclarecer las características que se atribuyen al texto original, a la originalidad, a la autenticidad, en el segundo capítulo de este trabajo, analizaremos lo que en principio distingue uno de otro para ver así las inestabilidades y conflictos de este dualismo. De esta forma hemos plateado una reflexión en torno a la firma (el autor, el querer-decir, el nombre propio, etc.) y el acontecimiento y la fecha (el contexto, las citas, el injerto textual, etc.). Como veremos, se mostrarán como nociones irrecuperables en su acontecer. Al mirar al acontecimiento como fecha o a la autoridad de la firma, se retira lo que les da su carácter de acontecimiento único e irrecuperable precisamente por su carácter escritural, por su instancia de repetición. Esta instancia de repetición es la que marca esta necesidad continua de restitución, de confirmación en la firma, de rememoración en la fecha, que es la necesidad de identificación a través de lo otro, pues en toda obra hay un espacio abierto como condición de legibilidad. Así comprobaremos como hay un fuera de- dentro de-, una alusión exterior, un contexto u otras obras, contenidas en un interior. Respecto a esto, la obra original no podrá ser interpretada, o su sentido capturado, por esa exterioridad que es prescindible para su lectura y modificable según el contexto donde se inserte; por otra parte, el contexto, todo fuera de- se convierte en un dentro de-, pues toda obra es leída en un contexto determinado. La obra, por lo tanto, permanece abierta bajo la posibilidad de contaminación con lo ajeno que se vuelve lo propio. Se muestra así la dificultad de determinar una obra por su contexto, su aquí y ahora, que obliga a su retirada en toda lectura, a la retirada de aquello que debía ser único pero que se deja leer y rememorar; del mismo modo, se muestra la dificultad de determinar una obra por el querer decir del autor que precisamente por la posibilidad de encontrarse ausente perderá el dominio sobre los efectos de esta obra sobre sus futuros lectores; el contexto, como otro de los puntos de esta imposibilidad de determinación, es un imprescindible del que siempre se puede prescindir de forma concreta. Todo ello, nos conducirá a una imposibilidad de atribuir a la obra original unos principios como los de presencia o identidad que son aquellos que le distinguen de la copia y a través de los cuales se manifiesta su sentido univoco y por lo tanto, representable como unidad. Lo original necesita de este modo de lo otro para definirse como sí mismo. Encontráremos así cierto vacío esencial en el original, una vacancia o incompletud. Estas conclusiones que nos conducirán a una cierta incapacidad para otorgar un estatuto diferente al original y a la copia nos permitirán, al mismo tiempo, entrever en este punto algo que dislocaba la noción de origen desde sí misma, un cierto simulacro en el origen, un desdoblamiento en el origen que nos impide llegar a él.

Para seguir trabajando sobre estos dualismos que conducían todos ellos a la noción de origen y presencia, recurriremos a un texto de Derrida sobre la mímesis.

La noción de verdad se ha concebido en la historia de la metafísica de dos modos: o bien como desvelamiento, o bien como adecuación. En los dos casos la verdad se hacía presente de forma unívoca.

La figura del mimo recogida por Derrida y estudiada sobre un texto de Mallarmé, nos mostrará una figura donde la representación no representa nada, representa la nada, un tipo de representación como una ilusión donde detrás de ella no habrá más que el efecto de una alusión sin fin y sin fondo, que no culmina. El efecto de esta alusión será explicada mediante la estructura o la lógica del himen, uno de los indecidibles que Derrida utiliza como un término que no se deja dominar por la noción de verdad ni de presencia, pues es un término que se sitúa en el espacio de articulación y que señala el espacio donde el cumplimiento no llega a ser efectivo, determinable o resolutivo. La figura del mimo bajo los efectos del himen nos mostrará una alusión perpetua sin romper la luna del espejo, sin más allá de la representación, que nosotros trasladaremos a la noción de verdad.

Si la verdad se definía como desvelamiento o adecuación, los efectos del himen señalan el espacio de articulación necesario como paso por la nada en toda iteración, en todo intento de recuperación de sentido o de atribución de sentido, donde el lugar que ocupa la verdad será desplazado continuamente.

Nos acercaremos brevemente a algunos principios que sostienen ciertas interpretaciones hermenéuticas, principios dominados por una teleología regida por el principio de sentido y reunida o salvaguardada por la noción de polisemia que permite reunir, como decíamos respecto a las lenguas en Benjamin, los diversos sentidos de los términos replegándolos sobre sí mismos y dándoles una unidad. Frente al término polisemia propondremos el término diseminación a través del cual trataremos de invitar al pensamiento de la dispersión de los términos y del sentido que en su camino se alejan del padre, del autor pero también del interprete concreto, sin posibilidad de retorno, pues en todo retorno hay ya un desvío que puede entenderse como contaminación y mayor alejamiento de un origen irrecuperable, que será explicado a través de la figura del pliegue donde la posibilidad de tematizar o extraer de un texto los conceptos clave se ve afectada por el efecto de la diseminación.

En el cuarto capítulo, señalaremos a través de la lectura que realiza Derrida de algunos textos clásicos ciertos términos que muestran un desajuste interno de aquellas articulaciones en las que se asentaban las nociones de presencia, origen y sentido, frente a las nociones de ausencia, copia e inmotivación o sentido trascendente. Frente a estas dualidades aparecen términos en los textos ( fármacon, suplemento, etc.) que se sustraen a esta lógica dualista ejerciendo un desplazamiento de la dualidad así definida.

Estos desajustes, sobre los que trabaja la deconstrucción - así lo hemos visto al explicar la estrategia de la deconstrucción-, ofrecen un modo de entrar a aquello que los mismos textos ocultan, lo que ocurre entre el querer decir y lo que los textos dicen.

La deconstrucción exige, como veremos, un doble gesto, una doble ciencia, una doble estrategia: por un lado, al enfrentarse a una filosofía que ordenada de forma jerárquica a través de oposiciones binarias, donde uno de los dos término se impone al otro, habría una primera fase que consistiría en una inversión de la jerarquía, pues invertir la jerarquía es cuestionar también el principio de origen, un ejercicio de transvaloración que ayuda a vislumbrar la ley que origina las valoraciones pero que no se queda en la simple inversión, pues sería de nuevo absorbida por la metafísica, un nuevo dualismo residiría en la metafísica sin violentarla. Este primer gesto va acompañado de una segunda fase contemporánea a ésta, donde se realizará una labor de desedimentación, una operación al margen y desde el margen como es la de los indecidibles.

La huella y la différance han sido los últimos términos del trabajo que aunque implícitamente habían sido señalados, trabajándolos de forma estratégica a través de otras lecturas, han sido los términos que finalmente nos mostraban la ficción del origen o el no-origen, la abertura de las palabras a lo otro y la falta de un sentido pleno, la imposibilidad de la identidad por medio de la iterabilidad, el juego diferencial del lenguaje que impedía llegar a la presencia plena de los términos y el encadenamiento de la huella a través del tiempo y del espacio.

La traducción queda afectada por la ley de efectos de la différance y de la huella, por la imposibilidad de extraer ningún término de la cadena de la huella, por la imposibilidad de contar con un original puro y, por lo tanto, por la imposibilidad de la traducción, de trasladar un código a otro sin que se produzca una interrupción y, por lo tanto, una nueva creación, por la imposibilidad de una traducción literal pues en toda repetición hay necesariamente una repetición de lo mismo pero no de lo idéntico pues los efectos de sentido varían cada vez.

 

2. LA TEOLOGÍA DE LA TRADUCCIÓN

La traducción puede entenderse desde un sentido más limitado como traducción lingüística o semiótica, pero desde una visión más amplia, puede ser entendida como todo aquello que permite el paso, que abre paso, medio de transporte de un lugar a otro, un tramite regulado desde algunas teorías de la traducción que tratan de desvelar las leyes de esta representación y la adecuación entre el original y la copia.

La representación se produce desde un original, desde el lugar de partida, propiciando la escena que lo recree siendo el contexto un imprescindible de la traducción; recreación, por otra parte, que es interpretada como derivada y restringida por el marco que impone la copia, que es a su vez, su propio contexto.

La traducción representa. Según este hecho se pone de manifiesto una ausencia del referente al que suple, pero a la vez, se muestra la posibilidad de lo originario, de un origen a partir del cual se impone la costosa tarea de su representación. Pero como representación, la traducción debe volver a presentar algo que se había manifestado como enteramente presente, cerrado en su presentación y por tanto irrecuperable.

Según el esquema de lo que Derrida denomina en un artículo llamado precisamente “teología de la traducción”, la traducción, el traductor, como vinculo entre el origen y la copia, está en el lugar de la frontera y en su haber encuentra la llave de la pureza, de la unidad que infinitamente se representa en el plano de la finitud. Así el traductor de textos cree encontrar en el espacio entre el original y la copia, en el espacio entre la finitud de dos lenguas, entre un lenguaje y otro, en esta diferencia, un lenguaje último que no pertenece ni a una ni a otra lengua y que permitirá la adecuación entre ambas. Quita lo accesorio, desnuda las lenguas, les quita el significante, el cuerpo, para llegar a aquello que le es más propio, su núcleo de identidad, el origen rector de la traducción. Esta teología no describe la traducción como representación de un original ya acabado cuya traducción sería un derivado en el se produce una falta sino como un complemento, algo que se añade y que consuma la obra primera.

Así la traducción remite a una posibilidad más elevada que la literalidad en virtud de un lenguaje último del que el original participa y que la traducción, desde esta perspectiva, aprehende. Donde las lenguas por tener un origen común se dejan traducir no tanto como expresión sino desde su núcleo.

Toda obra por tanto, permanece abierta y en esta apertura encuentra la posibilidad de complementarse, está abierta a un porvenir que no se satura en su manifestabilidad. Este porvenir que no se da en el presentarse de la obra, aquello que queda por decir es lo que permite su saturación en la traducción. En la obra original se encuentra una promesa, algo que está por darse y que desde la perspectiva de esta teología, compromete a la traducción para conducir así a un lenguaje puro.

La obra original queda abierta, es posible una lectura y una traslación a otra lengua, pero la obra original se resiste en su propia originalidad, en su autenticidad se cierra como acontecimiento a partir de su aquí y ahora, su sentido queda velado así como su contexto y el querer-decir del autor. La obra que queda huérfana tras su creación, esconde un misterio que no permite una mera traducción ni interpretación que la sature. Abierta como está la obra, dada al otro, al traductor o al lector, la tarea del traductor se vuelve imposible como completa literalidad. El la obra original el sentido de su originalidad se oculta para dejar paso, para abrir el paso a la traducción. La fecha, el aquí y ahora en el que se realizó la obra debe ocultarse, borrarse para ser traducible.

La posibilidad de iterabilidad marca la imposibilidad de la repetición de lo idéntico. Lo que se borra para darse la posibilidad de traducir es lo que imposibilita su traducción. Esto es lo que denominaremos la ‘imposible-posibilidad de traducción’, la repetición de lo mismo en otro idioma que ya no es lo idéntico, la identidad que no se consuma en la obra por no ser idéntica a sí misma, por estar abierta a su lectura.

Si queremos empezar por el principio de esta teología, debemos remontarnos al nacimiento de las lenguas: La torre de Babel.

2.1. La torre de Babel.

Si hablamos de algo así como el mito de Babel es a través de él. La dispersión de las lenguas a partir del intento de los hombres de darse a sí mismos un nombre marca el principio de la necesidad de la representación. Este mito es el mito de la necesidad del mito, es la metáfora de la metáfora, la traducción de la traducción, la desviación que a partir de ahora se hará necesaria por la no unicidad del sentido. Pero no sólo hablamos de los elementos del lenguaje sino de toda posibilidad de construir un edificio cerrado y acabado, siempre carente de algo, siempre necesitado de suplencias. De un edificio que está en deconstrucción. Una imposibilidad estructural de cerrar el edificio, de crear un sistema.

““Dicen: / “Vamos, construyamos una ciudad y una torre. /Su cabeza: en los cielos. /Hagámonos un nombre, /que no seamos dispersados sobre la faz de la tierra”. YHWH desciende para ver la ciudad y la torre/ que han construido los hijos del hombre. / YHWH dice: / “¡Sí! Un solo pueblo, un solo labio para todos: ¡eso es lo que están empezando a hacer!/ ¡Vamos! ¡Descendamos! Confundamos ahí sus labios, / el hombre ya no entenderá ahí el labio de su prójimo”. Luego disemina a los de Sem, y la diseminación es aquí desconstrucción: “YHWH los dispersa desde allí sobre la faz de toda la tierra. / Dejan de construir la ciudad. / Entonces él clama su nombre: Bavel, Confusión, / pues allí, YHWH confunde el labio de toda la tierra, / y desde allí los dispersa sobre toda la faz de la tierra”.” [4]

Babel es ya el nombre de la confusión, confusión es su traducción y también su nombre propio. El nombre propio de Dios nos es dado como un nombre común, marca el origen del nacimiento de las lenguas como un origen irrecuperable, el nombre propio se traduce y se divide en sí mismo bajo una extraña división que es el germen de la multiplicidad. Una vez enunciado, el origen queda dividido e irrecuperable en su unidad; es así como se describe el mito del nacimiento de las lenguas. Dispersión del centro y del nombre propio, Dios se divide y se dispersa como nombre al darse incompleto e imponer a los hombres su traducción.

El nacimiento de las lenguas se origina por la confusión, las lenguas se confunden, se dispersan, se diferencian. No sólo eso, también los arquitectos se confunden y no son ya capaces de dar fin a su obra, todo sistema, toda estructura queda a partir de este momento inacabada por una imposibilidad de dar fin, de llegar al fin.

Dios da el nombre que le iba a ser robado, les condena a su propio anhelo, la unidad y el único idioma, les hace desear alcanzar de nuevo a Dios. Dios da la palabra de lo intocable, del sentido único que los hombres anhelaban en forma de nombre, y da la palabra de lo intocado en forma de anhelo, su propio nombre que no será ya poseído de forma completa sino que se mantendrá siempre como lo impropio e innombrable, como lo traducible que ahora es lo mismo que decir lo intraducible.

La traducción ahora es necesaria pero imposible, es necesaria para entenderse, para no dispersarse pero es imposible, pues Dios celoso de su poder guarda para sí el nombrar de las cosas. Los hombres ya no se dan un nombre, el nombre les es dado en forma de deuda, hueco y sin completar. El nombre de Babel, que es un nombre propio pero también un nombre común, no puede mantenerse en la traducción si no es multiplicándose, Babel es el nombre de la imposibilidad de la traducción que al mismo tiempo se hace necesaria.

La forma de acercarse al origen de las lenguas es necesariamente de un modo especular, recreándola a través del espejo. Acercarse al origen es acercarse a través del idioma, es una “singular operación de división multiplicadora que transforma el origen en efecto y el todo en parte.” [5]

A partir de ahora la traducción es posible como imposibilidad, la traducción debe dar cuenta de una multiplicidad, la traducción no puede ser única, las lenguas quedan huecas, ya no están cerradas sobre sí mismas, en su incompletud encuentran la necesidad de ser traducidas pero esta traducción queda inacabada y nace como condena de lo que ya no puede conocerse de forma completa.

“Al procurar ‘hacerse un nombre’, fundar al mismo tiempo una lengua universal y una genealogía única, los semitas quieren hacer entrar en razón al mundo, y esta razón puede significar simultáneamente una violencia colonial o imperialismo lingüístico (ya que así universalizarían su idioma) y una transparencia pacífica de la comunidad humana. A la inversa, cuando Dios les impone y opone su nombre, rompe la transparencia racional pero interrumpe también la violencia colonial o imperialismo lingüístico. Los destina a la traducción, los somete a una ley de la traducción necesaria e imposible; con su nombre propio, traducible-intraducible, libera una razón universal (ésta ya no estará sometida al imperio de una nación particular), pero simultáneamente limita su universalidad misma: transparencia prohibida, esta univocidad imposible. La traducción se convierte en ley, deber y deuda, pero esta deuda es insaldable. Tal carácter de insaldable está inscrito en el mismo nombre de Babel, que a la vez se traduce y no se traduce, pertenece sin pertenecer a una lengua y contrae consigo mismo una deuda insalvable (consigo mismo como otro).” [6]

Esta es la ley a la que toda traducción se debe someter, la ley de la deuda y la promesa, es la ley inviolable de toda teoría de la traducción tal y como veremos desde varías aproximaciones. La traducción que se mueve entre la necesidad y la imposibilidad, entre la división y la multiplicidad.

2.2. El anhelo de un lenguaje puro.

La tarea del traductor, la costosa y técnica labor del traductor, consiste en reconciliar a las lenguas, no en llenar de sentido a las lenguas sino de desnudarlas, de cambiar su vestimenta sin altera su núcleo y, también, de hacerlo presente, de mostrar cómo detrás del ropaje se encuentra una pureza que se descubre en el cambio de significantes, ya que lo más propio de cada lengua se encuentra detrás de aquel significante que la cubre, significante necesario para darse, velo que las cubre, y sin el cual no se presentan pero que como toda vestimenta es intercambiable y a través de este cambio, se puede llegar a vislumbrar la figura de quien viste estos diversos ropajes. De modo que, no detrás de cada lengua sino en el camino de una lengua a otra surge un lenguaje puro que se hace presente al traductor y que la traducción, en su posibilidad de ser, nos presenta.

Este lenguaje puro es del que Dios nos ha privado dejándonos en la confusión, dándonos lenguas particulares que nos obligan a traducirlas por ser inacabadas.

Hay un anhelo de lenguaje puro que se sustenta precisamente en la posibilidad de complementariedad de las lenguas a partir de sus diferencias, partiendo de que todas ellas están orientadas o participan de Dios. El traductor ostenta, así, el poder de colmar la incompletud de las lenguas que sólo aportan una de las perspectivas de la misma cosa por el hecho de ser particulares. De modo que las lenguas participan de Dios pero a través de sus diferencias, a través de un medio finito.

El castigo de Dios no es tan severo según esta teoría, sólo ha puesto un velo sobre el lenguaje puro.

A partir del Ser, a partir de una unidad originaria que será rectora y donante de la ley de la traducción, toda obra podrá ser traducida en la medida en que mira, en que está orientada hacia un origen, en la medida en que participa de un lenguaje puro.

No es la literalidad lo que está en juego en la traducción sino un sentido universal que permite el paso de una lengua a otra.

En un breve artículo, “Las torres de Babel” [7], Derrida se acerca al texto de Walter Benjamín “La tarea de la traducción” para mostrar lo que hemos denominado la teología de la traducción, una vuelta al padre, a un origen pleno de sentido, a una reconciliación de las lenguas.

2.3. “La tarea del traductor”.

La reflexión que elabora Benjamín no se sustenta sobre la noción corriente de la traducción cuya pauta es la de restitución de sentido. Esta restitución de sentido es ya problemática pues implica que la traducción se dé en detrimento de la riqueza de una lengua, a la que se traduce o de la que se parte.

Benjamín en cambio, sostiene que la labor de traducción consiste en la posibilidad de permitir el desarrollo de un germen que se encuentra en la obra original y que la traducción debe aprehender en su proceso de maduración, permitiendo que esta crezca hasta alcanzar su mayor plenitud. Así es como la traducción permite la supervivencia de un texto.

Es preciso señalar que aquí se encuentra presente un sentido genealógico, genetista, una supervivencia del texto que remite a un principio teleológico, histórico, más allá de la vida concreta de una obra. El traductor es de este modo un sujeto heredero de la deuda histórica de la traducción que se realiza más allá de sus condiciones concretas.

Esto implica al menos tres cuestiones: primero, que la recepción, la ausencia de emisor y destinatario, son prescindibles en el proceso de traducción; en segundo lugar, que la comunicación no es esencial en la traducción, “este planteamiento no atañe directamente a la estructura comunicante del lenguaje, sino más bien a la hipótesis de un contenido comunicable que se distinguiría de una forma rigurosa del acto lingüístico de la comunicación” [8], de aquí también se deriva lo accesorio del contexto; y, en tercer lugar, que la representación, aunque se acepte la idea de que la traducción es un derivado de un original, no es lo que rige la traducción, no es lo que hace de la traducción un deber.

En la reflexión de Benjamín hay una clara teleología respecto de las lenguas. Éstas están orientadas hacia una maduración y la labor de traducción sólo se comprende a través de esta tensión. Si las obras originales requieren de una traducción es porque el lenguaje no cuaja en la obra sino que está en crecimiento, el traductor debe aprehender este desarrollo.

De modo que el traductor no trabaja regido por la recepción de la traducción, no es esa la razón por la que se encuentra en un estado de endeudamiento, su obligación no está marcada por un futuro lector aunque en el original se encuentre un “instinto” de supervivencia. La deuda es previa a la llegada del traductor, a su realización o a su corrección.

La obra original tiende a su supervivencia más allá de que se haga o no efectiva, más allá de su autor, traductor o lector, diremos más allá de la finitud de todos, de su muerte. La exigencia en cambio, no muere ante el fallecimiento del emisor, lector, mensaje o canal, toda teoría de la recepción es posterior y contingente a la deuda que impone el original. “La dimensión superviviente es un a priori y la muerte no alterará nada” [9]. Toda ausencia es contingente, es accidental respecto a la deuda que impone su supervivencia.

No hay algo como un querer decir del autor que por estar ausente no pueda defender, ni un contexto determinado al que la traducción deba ser fiel, ni la lectura de la traducción está determinada por un sentido transmisible.

La traducción, la deuda que contrae el traductor no consiste en una literalidad sino en marcar, a través de las diferencias entre las lenguas, su propia afinidad. Lo que las hace diferentes es la separación respecto de un origen común pero todas ellas están orientadas hacia un mismo lugar, “están emparentadas entre sí por lo que quieren decir” [10], no en lo que dicen sino por la tensión hacia un único lugar hacia el que todas ellas están orientadas y por ello emparentadas.

La traducción aún ausente pero presente en el original a través de la deuda y la promesa, nos hace presente lo que nunca podría presentarse, no al autor y su firma, no una época histórica, sino la posibilidad de completarse más allá de la restricción que impone una lengua concreta.

Hace falta un cambio de lugar para que esta afinidad pueda surgir, hay que trasladar la obra, hay que traducirla para que la ausencia se haga presente y es aquí donde se encuentra el motor de la deuda, se requiere que la traducción rellene el vacío que se encuentra en el original, que sea emparentado con aquello que le falta “el ser-lengua de la lengua, la lengua o el lenguaje como tales, esta unidad sin ninguna identidad consigo misma que hace que haya unas lenguas, y que sean lenguas” [11].

La traducción no deja de ser por todo ello diferente y derivada del original, más allá de que se produzca una ganancia. La condición de posibilidad de la traducción reside en que no pueda ser traducida de nuevo. Como si la traducción fuera un espejo donde está ya inscrito el marco y todo reflejo del reflejo no dejara ver ya la unidad que se percibía en la primera obra sino algo constreñido y limitado por un significante, el espejo y no la posibilidad de que objeto y reflejo hayan coincidido.

Mientras que en el original la lengua y el contenido están íntimamente unidos, en la traducción, esta unión es forzosa y violenta “simplemente, en la traducción, la unidad señala hacia una unidad (metafóricamente) más ‘natural’, promete una lengua o un lenguaje más originarios y sublimes, sublimes en lo desmesurado de la promesa misma, es decir, la traducción no deja de ser inadecuada” [12]. De modo que lo que confiere la originalidad al original es un núcleo que para la traducción se mantiene intocable. De modo que, en todo original hay algo que se traduce como intraducible, una ausencia que deja entrever el ser de la lengua, algo que no se deja nombrar, que no tiene una identidad sino que señala a la fuente de donde manan las lenguas. Todo intento de acercarse a esta fuente es ya desplegarla en multiplicidades pues sólo se manifiesta a través de una mirada que la convierte en otra cosa, fuente en la que no se puede habitar y que siempre remite a otra cosa que no es ella, ésta es la costosa tarea del traductor, sin alojarse en la fuente entrever un origen detrás de la multiplicidad.

Decimos que hay un despliegue en el origen, una diseminación. Lo que pretende la traducción es replegar toda la multiplicidad de modos en torno a una forma única, recoger lo disperso para conducirlo a su lugar de origen, al seno de Dios.

Lo que orienta la tarea del traductor es la fascinación por esta armonía sin identidad que siempre remite a otra cosa que no es ella, que no permite habitar en ella sino es a través de la desposesión de lo propio, una mirada liberada que no imponga un marco, que no imponga su lengua.

Blanchot nos muestra a través de un ejemplo (ejemplar) la fascinación del traductor y sus consecuencias, nos presenta la labor de Hölderlin y a Hölderlin mismo en el espacio entre una lengua y otra, previo a toda articulación, en el lugar de la diferencia, con el anhelo de encontrar en ella el sentido ilimitado que le permite no restringirse a ninguna lengua como primera fuente. Olvidándose de su lengua y de sí mismo, rozando por ello la locura, la completa alienación, un yo que no se identifica con nada más que con aquello que impide una relación con lo que le es más propio, saliendo fuera del sentido restringido, particular, alcanza el sentido último, creador de las diferencias, de los sentidos particulares, que unifica a todos bajo la noción de un origen pleno, nunca extraño a sí mismo.

“El ejemplo de Hölderlin demuestra qué riesgo corre, al final, el hombre fascinado por el poder de traducir: las traducciones de Antígona y de Edipo fueron casi sus últimas obras hasta que sobrevino la locura, obras extremadamente meditadas, dominadas y voluntariosas, conducidas con una firmeza inflexible por el designio, no de trasladar el texto griego al alemán, ni de reconducir la lengua alemana a las fuentes griegas, sino de unificar las dos potencias que representaban, una, las vicisitudes de Occidente, otra, las de Oriente, en la sencillez de un lenguaje total y puro. El resultado es casi terrible. Se cree descubrir entre ambas lenguas una armonía tan profunda, una armonía tan fundamental, que se sustituye al sentido o que acierta a hacer del hiato que se abre entre ellas el origen de un nuevo sentido. Esto es de un efecto tan contundente que se comprende la risa helada de Goethe. ¿De quién se reía Goethe? De un hombre que no era ya ni poeta ni traductor, sino que se adelantaba temerariamente hacia ese centro donde creía hallar concentrado el pleno poder de unificar y tal que él pudiera dar sentido, fuera de todo sentido determinado y limitado. Se comprende que esta tentación le halla venido a Hölderlin a través de la traducción; pues el hombre decidido a traducir está en una intimidad constante, peligrosa, admirable, con el poder unificador que está en ejercicio tanto en cada relación práctica como en cada lenguaje, y que lo expone al mismo tiempo a la pura escisión previa; esta familiaridad es lo que le da el derecho de ser el más orgulloso o el más secreto de los escritores, con esa convicción de que traducir, es a fin de cuentas, locura.” [13]

La vuelta a un padre común rige estos discursos sobre la traducción como si la posibilidad de traducción y no su imposibilidad, pues nunca llega a ser satisfecha, fuera suficiente para adivinar un origen rector hacia el que todas las lenguas fueran dirigidas. Como una afinidad originaria, una tensión que dirigiera a las lenguas hacia una perfección y no hacia una diseminación cada vez mayor, como si la traducción imantara las lenguas en vez de repelerlas hacia una dispersión llena de abismos y dominada por ausencias, el traductor emprende la búsqueda de la forma antes que cualquier forma.

Se advierte la posibilidad continuamente de que la promesa sea inalcanzable, que los medios del hombre sean insuficientes para saldar la deuda con Dios pues la traducción hace que nos encontremos ante un elemento que se presenta bajo el aspecto de acontecimiento inaugural, se convierte en otra cosa que no es el original, y que se complementa en base al requerimiento que ésta le impone.

Derivado de un origen del que difiere y que además, difiere de sí mismo como originariamente original y sin diferencias, nos hace saber que en la traducción hay algo que oculta al original convirtiéndose en original a su vez, pero sin hacerse completamente presente, pues remite a una obra pasada que ya no está.

Un proceso de creación sin fin y de alejamiento de la traducción que se convierte en otra cosa que no es ya el original. El original queda incompleto pues la traducción se aleja de él dando lugar a otra cosa, se aleja de su padre remitiendo siempre a él. Las dos obras quedan marcadas por la huella de algo que no se hace presente más que a través de su propia ausencia.

Un origen que no se manifiesta más que a través de su ausencia y siempre difiriéndose, dando lugar a otros que ya no es el mismo, por un vacío que no le permite presentarse como unidad idéntica y repetible. Siempre repetible, siempre ocurriendo en otro lugar pero distinta a sí misma.

Como en el cuento de Borges “Pierre Menard, autor del Quijote” [14], lo mismo nunca se presenta de forma idéntica, la literalidad no es signo de identidad. Si dar un rodeo, “Des tours de Babel”, es necesario para llegar al “original”, su reproducción, en el intento de dar la vuelta, de regresar, quedará marcada por este desvío.

Para que el origen, Dios, la unidad, la obra original…, se ofrezca como lugar debería ser igual a sí mismo, definirse por sí mismo, hacerse presente y poder convertirse en tema. De este modo nos encontramos con que la traducción es aquello que oculta un original que no es capaz de hacerse siempre presente sino que parte de la posibilidad de convertirse en otra cosa, de hacerse extraño a sí mismo. Esta noción implica un proceso ilimitado, una imposible consumación de sí, no está presente sino remitiendo siempre a una obra pasada, no permite que se le atribuya un sentido pleno, no permite que se descanse en ella pues siempre difiere y se afirma en la partición de sí, siempre remite a otra obra y siempre se crea como obra.

La obra de origen se resiste de este modo, a ser tomada como un todo lleno de sentido y absolutamente presente. La tajante división entre original y copia ya no puede sustentarse en una afinidad pues la iterabilidad del original contiene la diseminación donde el original ya no se hace presente sino convirtiéndose en otro. La iterabilidad por lo tanto, no consiste sólo en una instancia de repetición por el carácter escritural sino una diferencia, o efecto de diferimiento que hace que cada repetición sea diferente respecto al original y a las demás repeticiones. Precisamente porque para que haya repetición debe darse una interrupción, esta interrupción es la que hace diferir, como veremos más adelante con el tema del espaciamiento en la différance y en la huella.

La posibilidad de la traducción viene dada por la posibilidad de un vacío en el original, de una falta (de ahí surge la noción de deuda como remisión del pecado), de una posibilidad de hacerse extraña a sí misma. Por eso la traducción es siempre la misma y otra a la vez.

Hay algo en el origen que no se consuma en la presencia, algo que difiere de él mismo, un espacio que en el que se producen efectos pero donde no se presenta pues no pertenece al orden de la presencia, un sinsentido, una fuga donde el esforzado traductor se concentra por establecer la analogía.

La traducción nos sitúa frente a la noción de origen como simulacro obligándonos a la comprobación de la aventura seminal de la huella.

Todo intento de una teoría de la traducción donde se traten de establecer la leyes que estipulen el modo correcto en el que una traducción deba asemejarse al original, donde una noción externa a las lenguas determine su adecuación, alude a la posibilidad hacer complementarias las lenguas, donde el original se presente no en cuerpo pero sí en esencia en la traducción. No se trata de una literalidad sino de una misma realidad de referencia, una comunicación igual en ambas.

Hablamos de un sentido pleno que se presenta en un cambio de cuerpo pero con la misma identidad y efectos. A la par de esta noción encontramos otras determinaciones que remiten a la autoridad del texto primero, texto original por participar del texto sagrado (lo que más adelante denominaremos fuera de texto y veremos su forma de operar)donde las obras en su reescritura se concentran en vez de dispersarse.

La posible-imposibilidad de traducir el nombre de Dios, Babel, es una de las aperturas a lo otro, a aquello que permite su repetición siendo lo mismo pero nunca idéntico. Toda lengua abierta a un porvenir en la traducción y una traducción que habla de un pasado absoluto y no de un original del que se haya apropiado.

 

3. CONTEXTO, FECHA Y FIRMA: EL MARCO DE LA REPRODUCCIÓN.

3.1. Original y reproducción

Dominada por el anhelo de reconciliación de las lenguas, la elaboración que lleva a cabo Benjamín, remite a una serie de puntos sobre los que nos detendremos.

Es preciso que hagamos ya una diferencia entre lo que hasta ahora hemos llamado original y copia y entre el original y la traducción. Esta diferencia resulta clara en la reflexión de Benjamin. La relación que se establece entre el original y su traducción es radicalmente diferente a la que se genera entre original y copia cuando esta última se ha realizado por un proceso técnico.

Lo que hemos denominado la teología de la traducción, esta visión mística donde se crea una relación de endeudamiento entre dos obras que no están ligadas por una finalidad subjetiva, que no se basa en un interés, queda totalmente neutralizada si se traslada al plano de la reproducción técnica donde sí los hay (intereses económicos, políticos, etc.) que conducen a la cosificación de la obra de arte. Aquí la reproducción, la copia del original se entiende como falsificación, como algo que destruye lo que Benjamin denomina el “aura” de la obra de arte y que la traducción aún podía aspirar a mantener, pues a través de ella no se pretendía realizar una simple copia o reproducción sino algo que apuntaba hacia algo más elevado que sería señal de una cierta adecuación entre dos lenguas en virtud de una fuente común.

Entre el original y la traducción se establecía una jerarquía, en la traducción había algo de derivado, algo que no se llegaba a traducir, una ausencia de algo que sólo podía habitar en el original, y en el original había una unidad pese al requerimiento de su traducción, que era también una falta, una necesidad de un complemento.

Sin embargo, la relación que se establece entre original y reproducción, según describe Benjamin, es la total anulación de la autenticidad de la obra de arte, donde su carácter de irrepetible configurado en base a la tradición de donde ha surgido y que se funda exclusivamente en una utilidad ritual, pasa a tener una presencia masiva y origina una “liquidación del valor de tradición en la herencia cultural” [15].

La división ahora entre el original y su reproducción es tajante, incluso en la mejor reproducción, afirma Benjamin, hay algo que se mantiene irreproducible, su carácter de irrepetible, lo que confiere la autenticidad a la obra original, es su “ensamblamiento en un contexto de la tradición” [16]. La función social de la obra de arte, la importancia del contexto, y el autor, su manufactura, son imprescindibles para que no se borre la función de la obra de arte.

Vemos como contexto y firma son los que otorgan la autenticidad a la obra original y cómo a través de ellos se establece la diferencia entre el original y la copia. Podemos pensar que si la traducción no estuviera regida por un núcleo de sentido, el lenguaje puro, que juzga la adecuación entre las lenguas y que a través de la labor del traductor se pudiera recrear, (podemos pensar en una traducción mecánica como la que pudiera hacer un ordenador en base a un intento de literalidad), la traducción también podría entrar en lo que Benjamin considera la anulación del aura de la obra de arte, pues esto sería una anulación del aquí y ahora, su carácter sería simplemente utilitario y no habría nadie que se responsabilizara del resultado, de la adecuación o no. por otra parte, no cumpliría el objetivo de la traducción que sería acercarse a la forma anterior a la división y dispersión de las lenguas.

Si llegamos a pensar a generar la noción de un origen donde no haya una plenitud de sentido, donde la traducción no consista en una reinscripción sino en una recreación, en tanto que paso necesario por una cierta invención o por un desvío contaminador, llegaríamos a la afirmación de la diseminación, a “la traducción como obra de la diseminación y de la differance, ejemplo singular del abrirse paso, de su espaciamiento sin reposo alguno; ejemplo también de la interminabilidad del estar en deconstrucción.” [17]

3.2. El contexto y el fuera de texto.

La repetición de lo mismo pero no de lo idéntico, esto es, de lo mismo como paso por una interrupción que impide la identidad, es el principio desde el que ciertas teorías elaboran la división entre original y copia, pero en esta jerarquía no hay una problematización de la cuestión sobre si el original se puede sustraer a aquello que caracteriza en los mismos términos a la traducción, a su copia.

Lo que le otorga, según la reflexión benjaminiana, un diferente estatuto a la obra original y a la obra traducida, es que la primera forma una unidad, una unidad de sentido, una unidad de texto. En “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica” afirma que el contexto, su aquí y ahora, es lo que le confiere su autenticidad y a través de lo cual se establecen todas las posibles categorías de reproducción.

¿Puede pensarse una obra como puramente autoreferencial, bajo el dominio de la presencia, es decir, como completamente original, como acontecimiento que inaugure algo que nunca antes había sido anticipado y que por ello, remita sólo a sí misma? Derrida anuncia también esta pregunta:

“El origen, coincidencia de la presencia y el acontecimiento inicial. (…) ¿Podemos disociar el “acontecimiento inicial” de la presencia? ¿Podemos concebir un acontecimiento sin presencia, sin valor de primera vez que pueda pensarse bajo la forma o la categoría de presencia? ¿Sería esto lo imposible mismo?” [18]

¿Es posible acercarse a una obra original sin alterar su originalidad?

Toda obra, sin que por ello tenga menos valor, está compuesta por una serie infinita de referencias a otros textos. Está por ello condicionada a un contexto, es siempre leída en referencia a un contexto y desde un contexto.

Con-texto, estar con el texto, todo lo que acompaña al texto, pero como un añadido diferente, texto y lo que está con él, esta diferencia se establece entre ambos como si cada uno tuviera autonomía propia. Como si hubiera un fuera de texto del que la obra pudiera librarse manteniéndose igual y un fuera de texto que no se midiera con la misma estructura que se manifiesta en el texto.

El fuera del texto es entendido como aquello que se mantiene al margen de las características que vamos a atribuir a la escritura y al signo en general, algo que al mismo tiempo que se sitúa fuera, detiene estas características del signo por no entrar en su juego manteniéndose en una exterioridad, ocupando el lugar de un significado trascendental.

Ésta es la forma en la que la metafísica de la presencia ha configurado la oposición interior/exterior que afecta al texto y que lo delimita claramente. Frente a esto intentaremos a través de todo aquello que se supone se mantiene en un exterior (el contexto, la firma), ver como estos márgenes se difuminan, que hay una abertura en el texto que no permite determinar esta frontera claramente, que lo exterior se mantiene en cierto interior, se integra rompiendo de este modo la oposición interior /exterior sustituyéndola por un entre-dos, la estructura de lo liminar, la imposibilidad de una demarcación.

El contexto no delimita lo que es el texto, a través del contexto no se da un texto ya que todo texto puede ser leído fuera de contexto y, de hecho, el acto de lectura puede prescindir de él como contexto concreto.

Se podría objetar que un texto no llegará a comprenderse sin el contexto determinado en el que está inscrito: la obra concreta donde está inserto, el corpus del autor, el contexto histórico, filosófico, literario, etc., pero ¿hay un lector que pueda tener en cuenta todas estas variables? Y, por otra parte, porque se sabe que el lector no va a poder manejar todas las condiciones bajo las que se ha escrito el texto -la escritura se caracteriza por efectuarse en ausencia del destinatario y la recepción por la ausencia del autor que ya no puede defender lo que ‘quería decir’-, un escrito para que sea legible debe tener un contexto no determinable para su lectura.

Esta objeción es la que nos conducirá a poner en marcha la problemática del sentido único de un texto como resultado de un querer-decir del autor o de una firma que se borra bajo la autoridad de una razón trascendente y universal.

Se puede decir así que el texto no está saturado por un contexto determinado, ningún texto está lo suficientemente cerrado como para prescindir del contexto pero, al mismo tiempo, el contexto, estar con el texto, es imprescindible para su lectura.

El contexto además no es de ningún modo dominable.

Todo texto está escrito para una multiplicidad de contextos, está abierto, guarda un espacio de contextualización, precisamente por su carácter de iterabilidad.

No hay más que poner unas comillas para sacar a un texto de sí mismo, trasladarlo a otro y aún ser legible, el mismo texto pero no idéntico al que era.

¿Cómo entender ahora la expresión esto está fuera de contexto? ¿Existe algo como el fuera de lo que va con el texto, un texto que no necesite más que de sí mismo para ser leído?

Pongamos un ejemplo. Imaginemos una frase anotada en un cuaderno, una oración entrecomillada y sola, una frase como:

“He olvidado mi paraguas.”

Al estar entre comillas entendemos que es una cita, una cita ante la cual el escritor ya no puede responder y nosotros ni siquiera tenemos la certeza de que sea una cita. Añadimos algo más que complicará o simplemente nos dejara ante una incertidumbre mayor, esta cita se encuentra entre los fragmentos inéditos de Nietzsche pero sin la seguridad de que sea así. Esta cita aparece citada por Derrida en un texto llamado Espolones. Los estilos de Nietzsche”, que yo a su vez cito en este texto:

““He olvidado mi paraguas.””

Qué fue lo que Nietzsche pretendía decir con estas palabras es algo que ignoramos y que probablemente siempre se nos mostrará velado, ni siquiera tendremos la certeza de que esta cita fuera tomada por Nietzsche, no hay nada en ella que pueda determinarse como un estilo propio de un autor.

Es una frase como cualquier otra, una frase que puede decirse en infinitos contextos, no dice nada que no pudiéramos decir cualquiera de nosotros. La leemos, la entendemos y al mismo tiempo que la entendemos y la leemos se retira el sentido que permite darle una interpretación si por sentido entendemos un solo sentido.

Nos acercamos a ella, la desvelamos, la editamos, la traducimos (del alemán al francés, del francés al castellano) y al mismo tiempo su sentido se oculta, se retira. Las interpretaciones pueden ser múltiples.

Derrida juega al juego de las interpretaciones: la psicoanalítica -un falo con sus velos que se pliegan y despliegan y que además se ha olvidado-, la del “lector impulsivo” o la del “hermeneuta ontologista” -podría ser un aforismo, necesariamente algo tendrá que significar.

Lo cierto es que el sentido no se dice a sí mismo por mucho que insistamos en que tiene que tener algún sentido. Toda hipótesis podría ser válida pues el texto no nos deja decidirnos por nada, se resiste, la excede, se nos muestra como un indecidible, no sabemos por cual de las interpretaciones decidirnos y ¿cómo decidirnos por alguna?

Al mismo tiempo que nos damos cuenta de que no puede haber un fuera de contexto, una anulación de lo que se da alrededor de un texto, también vemos la distancia, lo que la escritura, aquello que puede ser leído de nuevo en ausencia de contexto y de firma, permite romper la noción de contexto determinado. Cuando se escribe se escribe en un contexto histórico, político…, y también discursivo, el campo referencial se extiende más allá de lo que el futuro lector será capaz de acercarse a ver. Entre el contexto del momento en que se produce la escritura y el contexto de su recepción se produce una ruptura cuya dimensión es incalculable. Toda teoría de la recepción, las teorías pragmáticas, los actos de habla, etc., tratan de establecer un contexto lo suficientemente amplio para que todo pueda ser integrado en él.

Si no hubiera posibilidad de sacar un texto de el contexto desaparecería la posibilidad de lectura de tal texto, de forma que todo contexto es insaturable y no se deja determinar por nada más que por lo inaudito de su estar fuera que es estar en otro. El estar fuera de contexto nos remite a una cadena sin fin donde lo que se integra en un texto está a su vez formado por la posibilidad de otros contextos. Todo está en un contexto y todo entra dentro de otros contextos.

Debido a este carácter reiterativo en el que una oración puede ser legible en otros contextos, donde el sentido al encontrarse fracturado por la intromisión de otros sentidos, de otros contextos, el contexto deja de ser necesario para llegar a él, precisamente porque no hay un contexto que le sea rigurosamente propio.

La escritura, una lengua, es la hija que queda huérfana tras el abandono del padre o el parricidio del autor, queda ahí escrito, marcado y dicho sin que se pueda dar cuenta de ello. El contexto deja por ello de ser el acceso seguro a legibilidad de un texto, a su traducibilidad.

“Esto implica que no hay un código-organon de iterabilidad que sea estructuralmente secreto. La posibilidad de repetir, y en consecuencia, de identificar las marcas está implícita en todo código, hace de éste una clave comunicable, transmisible, descifrable, repetible por un tercero, por tanto por todo usuario posible en general. Toda escritura debe, pues, para ser lo que es, poder funcionar en la ausencia radical de todo destinatario empíricamente determinado en general. Y esta ausencia no es una modificación continua de la presencia, es una ruptura de presencia, la ‘muerte’ o la posibilidad de la ‘muerte’ del destinatario inscrita en la estructura de la marca (en este punto hago notar de paso que el valor o el efecto de transcendentalidad se liga necesariamente a la posibilidad de la escritura y de la ‘muerte’ así analizadas). Consecuencia quizá paradójica del recurrir en este momento a la repetición y al código: la disrupción, en último análisis, de la autoridad del código como sistema finito de reglas; la destrucción radical, al mismo tiempo, de todo contexto como protocolo de código.” [19]

Así como todo contexto es prescindible e intercambiable por otro, rompiendo de este modo la necesidad de un contexto original para llegar a la obra, el contexto original queda irrecuperable, pues, siempre, en todo intento de llegar a él, queda contaminado por otros contextos. Del mismo modo, es imposible separar el contexto de la obra, pues siempre es acogido por ella. Se rompe así con la dualidad exterior/interior y con el contexto como paso imprescindible para la lectura.

“Adelantar que no hay fuera-de-texto absoluto, no es postular una inmanencia ideal, la reconstitución incesante de una relación propia de la escritura. Ya no se trata de la operación idealista o teológica que, a la manera hegeliana, suspende y establece el exterior del discurso, del logos, del concepto, de la idea. El texto afirma el exterior, marca el límite de esta operación especulativa, deconstruye y reduce a efectos todos los predicados mediante los cuales se apodera la especulación del exterior. Si no hay nada fuera del texto, esto implica, con la transformación del concepto de texto en general, que este ya no sea el interior cerrado de una interioridad o de una identidad propia (aunque el motivo del ‘exterior a cualquier coste’ pueda a veces presentar un papel tranquilizador: un cierto interior puede resultar terrible) sino otra disposición de los efectos de apertura y de cierre.” [20]

3.3. El acontecimiento como fecha.

Cuando nos referimos a un contexto tanto interno como externo estamos haciendo referencia a algo marcado por una fecha en la cual está inscrita una obra. De ahí que consideremos la obra de arte como un acontecimiento irrepetible. La fecha, un espacio y un tiempo determinado e inscrito, es la marca del acontecimiento único, aquello que indica un antes y un después en el transcurso de la historia. De modo que la fecha es la garantía de autenticidad del acontecimiento y, por lo tanto, de la originalidad del original.

En “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica” Benjamin afirma:

“Incluso en la reproducción mejor acabada falta algo. Su aquí y ahora de la obra de arte, su existencia irrepetible en el lugar en el que se encuentra… El aquí y ahora del original constituye el concepto de su autenticidad.” [21]

La obra de arte, atravesada por la fecha, impide cualquier duplicado idéntico, es lo que ofrece resistencia a toda reproducción y lo que da a la copia su carácter de copia más allá de su valor. La fecha es una marca que se deja trasladar, cuya falsificación es posible.

¿Es posible traducir una fecha? ¿Cómo trasladar una fecha a otra, llevarla de un contexto a otro, sin borrar lo que en ella acontece como irrepetible por inscribirse precisamente en una determinada fecha? Y antes de esto:

“¿Cómo datar lo que no se repite si la datación apela también a una forma de retorno, si se recuerda en la legibilidad de una repetición? ¿Pero cómo fechar otra cosa que eso mismo que jamás se repite?” [22]

Toda fecha puede ser repetida, referida, en otro contexto como singularidad absoluta precisamente por el acto de inscripción. Puede ser recuperable y traducible. La fecha no se cierra sobre sí misma sino que abre la oportunidad de una cierta apropiación por el otro, ella que en principio es lo que nunca más se dará en su acontecer como tal.

Si la fecha es lo que sella el acontecimiento irrepetible, para leer una fecha es necesario borrarla como tal, pues siempre en ella se recoge la posibilidad de rememoración inscrita en el acontecimiento, de modo que es necesario que la fecha, lo no-repetible, sea posible en su repetición, hacerse ilegible en su propia legibilidad, que la marca de la fecha en la obra sea vulnerable a su remarcación. Toda fecha es recuperable pero a condición de la retirada de aquello que la hace singular.

Toda fecha que está inscrita, está ahí para el otro, como una cicatriz siempre presente en la obra original, como grieta y señal que permite el reconocimiento de un código cifrado sin la posibilidad de una total descodificación.

Derrida afirma que la fecha opera siempre como un Schibboleth. Schibboleth es el término que opera como contraseña de identidad, no por su sentido sino por su pronunciación.

Shibboleth, esta palabra que llamo hebraica, ya sabéis que se encuentra en todo una familia de lenguas, el fenicio, el judeo-arameo, el siríaco. Está atravesada por una multiplicidad de sentidos: río, arroyo, espiga de trigo, ramilla de olivo. Pero más allá de esos sentidos, ha adquirido el valor de una contraseña. Se utilizó, durante la guerra o después de ella, en el paso de una frontera vigilada. La palabra importaba menos por su sentido que por la manera cómo se pronunciaba. La relación con el sentido o con la cosa se encontraba suspendida, neutralizada, puesta entre paréntesis: lo contrario por así decir de una ‘época’ (‘époque’) fenomenológica que ante todo conserva el sentido. Lo efraimitas habían sido vencidos por el ejercito de Jefté; y para impedir que los soldados se escapasen pasando por el río (schibboleth significa también río, desde luego, pero no radica ahí la razón de esta elección), se le pedía a cada uno de ellos que dijese schibboleth. Ahora bien, los efraimitas eran conocidos por su incapacidad para pronunciar correctamente la schi de schibboleth, que para ellos se convertía por tanto en una palabra impronunciable. Decían sibboleth y, en esta frontera invisible entre el si y el schi, se delataban al centinela con riesgo de su vida. Delataban su diferencia haciéndose indiferentes a la diferencia diacrítica entre schi y si; se marcaban por no poder re-marcar una marca codificada de esta forma”. [23]

La fecha así como el término Schibboleth permite un acceso en lo que en ella hay de iterable, de rememorable, pero, al mismo tiempo, oculta un secreto que no se desvela en su propia inscripción. Se dejan leer en lo que tienen de ilegible, el secreto que se presenta como tal sin que por ello sea desvelado. La fecha oculta lo que de ella se borra en toda rememoración; en el Schibboleth se oculta la diferencia que sólo se marca en la pronunciación. Una vez escrito, ya no podemos saber a cual de los bandos corresponde pues la diferencia no está en su sentido y se aleja de ciertas nociones que se manejan desde algunas perspectivas hermenéuticas. Sirviendo de frontera para una comprensión ignoramos si estamos usando una contraseña secreta.

Hay un algo (de) más - principio de suplemento- en toda palabra y fecha, custodiando un secreto que es el germen de la multiplicidad, de la heterogeneidad del lenguaje, este secreto se esconde en las palabras como una sombra que se alarga hacia un porvenir impredecible.

Las palabras como albergue del secreto se resisten a la traducción por lo que en ellas hay de desajustado, por su falta de unidad, por las zonas opacas que se ocultan o borran en todo intento de hacerlas presentes. Frente a este juego de sombras, una cierta hermenéutica busca una interpretación plena del sentido totalmente iluminado, del sentido único o sentido verdadero.

Poder hacer la diferencia, remarcar lo que marca la diferencia, en esto consiste la imposible-posibilidad de la traducción y por eso Derrida aconseja al traductor que encuentre o invente “otra palabra (la misma y otra) para decir la misma cosa (la misma y otra)” [24]. Esta cita hace referencia a la palabra deconstrucción aunque es transportable a otras palabras pero lo que trato de señalar con esto es que lo mismo puede pasar por lo otro, y lo otro por lo mismo, que la invención puede ser lo que más se acerque a aquello que en un principio se quería traducir.

La tarea del traductor se concentra en esta cesura, en el corte que permite el paso, aquello que diferencia para poder atravesar la frontera, la imposible literalidad, la imposible continuidad de idiomas que obliga a traducir Babel a la vez como nombre propio y también como confusión.

La fecha como marca del acontecimiento borra el acontecimiento como tal, lo inscribe en lo repetible y por lo tanto lo contamina de referencias, la fecha como marca de lo irrepetible, del acontecimiento único borra la imposibilidad que caracteriza al acontecimiento, su ruptura con un futuro impredecible que una vez dicho, inscrito en la fecha, se contamina como marca y se abre al sistema referencial del lenguaje.

3.4. La firma y el querer-decir.

Si la fecha y el contexto son principios que querrían servir para determinar la autenticidad de una obra, la firma y el nombre propio les acompañan a menudo en el acontecimiento de la creación artística. Estos determinan su originalidad frente a cualquier reproducción que trate de imitarla, incluso de las traducciones donde la firma, el contexto, la fecha y el nombre propio se duplican, se sustituyen o se borran.

La firma de un autor sobre una obra es el sello que garantiza su autenticidad, se pretende evitar así cualquier reproducción ilegítima y toda posible apropiación por otro que no sea el autor. El autor como firmante se erige en el único ejecutor de la obra y obliga a cualquier espectador o lector a pasar por encima de ella, a leerla y verla, como algo que forma parte de la obra sin ser ella misma obra. Es la señal de su factura, de su manufactura. Una vez firmada deja ya la huella de la obra acabada y aceptada por su creador.

La firma es, de este modo, la cicatriz que el autor deja en la obra y a la que el lector se acerca como signo, como aquello que señala al responsable de la creación. Esa firma adquiere sentido a través de la mirada, que es ya una firma, más bien una contrafirma, ante la que el espectador se encuentra como signo a desvelar para llegar a la adecuación del querer-decir del autor.

La firma es la señal de lo propio, el autor afirma en ella su intención, su querer-decir y su contexto, que se vuelve lo impropio para el receptor. Éste necesita ahora una interpretación, afirma su distancia en lo insólito de su creación, de una obra que, al mismo tiempo deja de ser propia para el autor y que por ello firma. La obra de arte deja de ser una donación para convertirse en una marca de apropiación.

Diversos estudios hermenéuticos ante la obra de arte se encaminan hacia la búsqueda del querer-decir y del contexto como paso a la comprensión de la obra.

Ciertos autores resaltan la idea de que la extrañeza del arte apunta a la idea del genio detrás de la obra que anuncia algo nunca dicho, una creación original.

La pregunta que formulan estos acercamientos sobre la interpretación del arte, no es la posibilidad del arte sino la posibilidad del artista bajo la huella del secreto acceso al misterio. Toda reproducción remarca el espacio ya ocupado por la creación única, nunca podría ocupar el espacio del original, la marca del acontecimiento de una obra bajo una autoría, una firma y una fecha, y un querer-decir que es acorde a todo esto, un querer-decir que se esconde en la obra y que es preciso sacar a la luz para desvelar así su sentido.

Cuando la obra de arte se entiende como expresión de lo inefable hasta el momento de su realización, el arte como lo que nunca antes había sido expresado, creación ex nihilo, creación a partir de la nada de algo completamente nuevo sin referencias y anacrónico, la fecha y el nombre propio del signatario son las marcas de lo recuperable como insólito, desde lo que, a partir de ese momento, será siempre iterable y siempre remitido a esa primera vez.

Detrás de este velo, sin embargo, si admitimos el arte como un desvelar lo que antes no se había podido entrever, el arte es ya una reproducción de un arte que se reconoce a sí mismo, que se encuentra consigo mismo. El reconocimiento hegeliano del arte como cosa del pasado es la manifestación que hace evidente al Ser, al Espíritu. Éste es el arte sin firma, el arte sin sujeto responsable de la obra. Una obra que más que abrirse a un porvenir en el que el autor sea reconocido y sobreviva a través de ella, la obra de arte en sí misma y por su propio valor se inscribe en la historia como un peldaño necesario y que surge de la fuente de un saber anónimo. [25]

El arte no es algo que simplemente ocurre sino que en su hacerse se convierte en fecha y lugar para ser irrepetible, para ser acontecimiento. Para darse y borrarse bajo una firma, bajo una labor creativa, bajo un padre que firma su obra y que queda huérfana en este momento, necesitada de una contrafirma, de una interpretación que no llega a saturar el contenido de la obra. Es por ello por lo que la firma se (a)firma, se (con)firma y al mismo tiempo se borra.

Hay una diferencia, como se puede ver, entre dos tipos de firmas. Por un lado, la firma responsable y, por otro lado, la firma que corresponde a una escritura donde el estilo, más allá de que sea o no identificable un autor concreto detrás del texto, es por completo prescindible. En términos generales la escritura filosófica, (determinar qué es filosófico o no, o si esta división es pertinente será algo que será cuestionado más adelante) como ciencia del saber, es la escritura de la irresponsabilidad, la escritura sin firma.

La escritura filosófica es aquella donde lo que se dice no se tiene por qué atribuir a un autor concreto aunque haya sido un autor determinado el primero en elaborarlo. Es precisamente porque alguien se ha adelantado a lo inevitable, por lo que se habla de autores y no sólo de ideas en la historia de la filosofía.

En filosofía quien habla es la voz de la razón y no un personaje concreto, lo que se dice es dicho a través de un habla de lo universal, se dice lo que estaba ahí para ser dicho, sino la voz del filósofo sería mera opinión. El cómo se diga o quién lo enuncie es trivial cuando lo que importa es el Saber. La firma del autor en el caso de la filosofía es la firma de la irresponsabilidad, no es él quien lo enuncia sino el Saber.

Frente a esto, hay otra firma que actúa como performativo, ésta no sólo constata sino que se inscribe en el campo de lo empírico, origina en su enunciación una acción, marca una propiedad, afirma lo realizado bajo su firma, se responsabiliza de ello. Firma, y con ello inaugura una promesa que le sobrevive y que se le impone en un porvenir. Esa firma que tiene un carácter de responsabilidad vuelve al firmante que debe afirmar y confirmar su firma por el carácter de iterabilidad de la escritura y por que la firma pierde al padre una vez escrita.

La noción de propiedad y de apropiación a través de la firma de lo que es propio adquiere su valor por una instancia repetitiva de la escritura, donde un texto acabado pasa a ser del otro. La firma es el signo de la responsabilidad con lo propio, a través de ella se asume lo dicho como propio y vuelve al autor responsabilizándole de su afirmación. Frente al texto escrito y firmado, el autor debe reconocerse, duplicación del sujeto que implica un reconocimiento, una identificación a través de la firma singular que se valida a través de su propia firma y del testimonio que atestigua que una firma es verdadera.

La firma crea propiedad en lo propio por inscribirse en el campo de lo impropio, por lo mismo que se abre al otro se cierra en el secreto de la firma, aquello que habla de la muerte del autor, de su ausencia, es aquello mismo que afirma su presencia a través del desvío de la firma. La escritura, el texto firmado, vuelve a su padre y le recuerda, dice Platón, como un niño pequeño o como un criminal parricida.

La firma es el signo de apropiación que genera la propia escritura para protegerse de sí misma. A diferencia del nombre propio, la firma se inventa, nos la damos a nosotros mismos, confiere una identidad y un reconocimiento de lo propio y singular que sólo nos pertenece a nosotros de forma particular y que sólo nosotros podemos confirmarla a través de una contrafirma. Nuestra firma es confirmada por una cierta falta de identidad consigo misma, por el deber de ser confirmada cada vez que se firma. La firma no es sólo un signo de la identidad y de la propiedad frente a lo ajeno, sino que continuamente está abierta a la comprobación de su identidad, debe mirarse a sí misma para que tenga valor (bien por el testimonio de un tercero, bien por una contrafirma), su valor de este modo consiste en una continua (re)creación y (con)firmación de la identidad.

La firma sólo es válida si se confirma, su instancia de repetición es una necesidad de reapropiación de lo propio, de afirmación de lo afirmado bajo la firma que vuelve a nosotros para ser confirmada. La firma cierra en la medida en que me confirma a mí ante mí mismo, es señal de propiedad e identidad, incluso cuando la firma no es legible señala al signatario de forma singular, sino no sería válida.

La firma se encuentra en un espacio extraño dentro de la escritura como instancia de repetición, aquello se repite y se lee siempre en remisión al firmante cuya firma ha tenido que ser confirmada. Lo propio para el autor cuando firma se vuelve impropio y esa es la razón de dar la firma.

Cada vez que el texto se lee, la firma se confirma, dice al autor y responsable y dice su momento de creación, pero la firma va más allá del gobierno del autor, le sobrevive de modo que le responsabiliza ante un porvenir en el que la firma responde por ella misma como contrafirma, la firma es señal de la muerte del autor y juega estructuralmente a sobrevivir al autor, se firma porque se está ausente, se firma lo escrito porque el autor no puede responder a ello con su presencia, hereda una responsabilidad al infinito, una infinitización de la firma y la responsabilidad. De modo que a la vez que juega a la identificación, confiere identidad, desaloja al individuo de sí mismo, expropiación de lo propio por la impropiedad de la escritura en su instancia de repetición y porvenir.

“Por definición, una firma escrita implica la no-presencia actual o empírica del signatario. Pero, se añadirá, señala también y recuerda su haber estado presente en un ahora pasado, que será todavía un ahora futuro, por tanto un ahora en general, en la forma trascendental del mantenimiento. Este mantenimiento general está de alguna manera inscrito, prendido en la puntualidad presente, siempre evidente y siempre singular, de la forma de la firma. Ahí está la originalidad enigmática de todas las rúbricas. Para que se produzca la ligadura con la fuente, es necesario, pues, que sea retenida la singularidad absoluta de un acontecimiento de firma y de una forma de firma: la reproductibilidad pura de un acontecimiento puro.

¿Hay algo semejante? La singularidad absoluta de un acontecimiento de firma ¿se produce alguna vez? ¿Hay firmas?

Sí, por supuesto, todos los días. Los efectos de firma son la cosa más corriente del mundo. Pero la condición de posibilidad de estos efectos es simultáneamente, una vez más, la condición de su imposibilidad, de la imposibilidad de su pureza rigurosa. Para funcionar, es decir, para ser legible, una firma tiene que tener una forma repetible, iterable, imitable; debe poder desprenderse de la intención presente y singular de su producción. En su mismidad lo que, alterando su identidad y su singularidad, divide el sello.” [26]

La firma se inscribe en el juego del suplemento, es aquello que nos suplanta, que puede aparecer en nuestro lugar remitiendo a nosotros y a la vez sobreviviéndonos, estando de más, quitando, restando o multiplicando, la firma en su repetición necesaria se interrumpe, nos interrumpe, nos enajena para confirmar de nuevo lo propio distinguiéndonos de los demás.

Es en este espacio de repetición, en este corte, donde se filtra la posibilidad de falsificación, la posibilidad de lo diferente y de la no identidad precisamente por la necesidad de lo mismo cuya identidad no es tanto lo idéntico sino lo mismo, por la necesidad de confirmar y volver a apropiarse de aquello que se ha vuelto impropio se da cabida a la otra firma, porque la firma no es un original sino que la firma es desde el principio una copia, una copia que necesita ser copiada al infinito y que por ello puede ser copiada por otro, el “original” debe ser vuelto a originar, a recrear en otro tan válido como el anterior.

Sólo porque hay una continua repetición, hay una necesidad de reapropiación e identificación, porque lo mismo se entrega como lo otro, porque se entrega al otro abierto, la firma se mueve entre la apropiación y la desapropiación sin posibilidad de definirse, en este juego que no termina y que por lo tanto no permite la plena identificación. Toda firma necesita ser leída para ser confirmada, toda obra “original” está inacabada, está dependiendo de una contralectura, una contrafirma, otro idioma, pues con la firma se pone en marcha un mecanismo de porvenir que se encadena en una cadena sin fin y sin origen, en cada vuelta hay un desvío. La originalidad de la obra de arte no queda asegurada por la firma sino como continua vuelta a la necesidad de confirmación, a una continua reapropiación de aquello que no se termina nunca de fijar como propio y determinado, donde el querer-decir se pierde en lo dicho tras la ausencia del autor, donde el acontecimiento que se sella con fecha y firma vuelve a repetirse al infinito sin llegar a culminar. La originalidad queda por ello siempre indeterminada en la interrupción de la vuelta, siempre bajo la posibilidad de la falsificación, donde quedan en suspenso lo que pretendían ser sus garantías.

 

4. LA MÍMESIS.

En la teología de la traducción que hemos visto a través de Benjamin, nos encontrábamos ante un juego de espejos, un juego especular en que la mímesis, en tanto que repetición de una obra a través de su traducción, se desarrollaba de una forma compleja a través de dos nociones diferentes ordenadas en torno a la verdad, al origen, al hacer presente.

Por un lado nos encontramos con la noción de mímesis como álétheia, es decir, como desvelamiento del origen, lo que le concede su valor de verdad. En la traducción se desvelaba el origen común de las lenguas, un lenguaje puro, rector de la traducción y donante de la posibilidad de acuerdo. Se desvelaba así el ser lengua de la lengua, su ser presente, su presentación.

No olvidemos el doble sentido de aquello que habíamos señalado como un reto para traductor cuando vimos el título del artículo “Torres de Babel”. Uno de los sentidos era el de regreso y vuelta a Babel, regreso al origen, hacer presente al origen, desvelar el origen a través de un vuelta, de un giro, a través del movimiento de remontarse al origen y por tanto, a la verdad, pues no olvidemos tampoco que esa lengua originaria hubiera bastado hablarla para decir verdad. Tal y como entendía Platón el conocimiento: un dar la vuelta al alma, recordar lo que en el alma estaba ya inscrito.

Recordar esta lengua a través de la traducción, de la relación entre dos lenguas particulares, es hacerla presente de forma unívoca a través de un juego de espejos donde una lengua se refleja en otra por medio de una posibilidad de espejo que otorga su origen común.

“1. O bien ella significa, antes incluso de poder ser traducida por imitación, la presentación de la cosa misma, de la naturaleza, de la fisis que se produce, se engendra y (se) aparece tal como es, en la presencia de su imagen, de su aspecto visible, en su rostro: la máscara teatral en tanto que referencia esencial del mimesthai, revela tanto como oculta. La mímesis es entonces el movimiento de la fisis, movimiento de algún modo natural (en el sentido no derivado de esa palabra) mediante el cual la fisis, no teniendo ni otro ni exterior, debe desdoblarse para aparecer, aparecer (se), producir (se), desvelar (se), para salir de la cripta donde se prefiere, para brillar en su álétheia. En este sentido mneme y mímesis van a la par, puesto que mneme es también desvelamiento (no-olvido), álétheia.” [27]

Por otra parte, veíamos, continuando con Benjamin, cómo la relación entre la obra original y la obra traducida se producía una adecuación, no como literalidad ni en cuanto a su contenido ni expresión, sino como homoiosis entre una y otra, entre la idea y su representación, pues la primera participaba de la idea creando una fusión sin igual entre su núcleo y su expresión. Aquí era donde se señalaba la diferencia entre el original y la traducción siendo esta última sólo una representación de la primera y por ello derivada, y cómo además, esta última, perdía su valor si era a su vez traducida, pues la relación de adecuación sólo podía darse respecto de la obra original.

“2. O bien mímesis establece una relación de homoiosis o de adaequatio entre dos (términos). Se deja entonces más fácilmente traducir por imitación. Esta traducción quiere decir (o más bien produce históricamente) el pensamiento de esa relación. Las dos caras se separan frente a frente: lo imitante y lo imitado, no siendo este otro que la cosa misma, la presencia en manifestación. La buena imitación será la imitación verdadera, fiel, semejante o verosímil, conforme, adecuada a la fisis (esencia o vida) de lo imitado; desaparece de sí misma restituyendo libremente y, por lo tanto, de manera viva la libertad de la presencia verdadera.” [28]

Como adecuación o bien como desvelamiento el origen se hace presente. El juego de espejos se multiplica y nos encontramos entre tres términos, tres espejos puestos uno enfrente de otro. Desvelamiento del origen y adecuación entre la obra original y su traducción, doble y triple mímesis. La lengua de la obra original participa del lenguaje puro que se pone de manifiesto a través de la técnica de la traducción.

Intentaremos, como hemos anunciado, un desplazamiento de este origen como presentación llevando la mímesis al origen, el simulacro en el origen como ya habíamos anticipado en varias ocasiones.

4.1. El doble en el origen.

En la “Doble sesión” Derrida analiza la cuestión de la mímesis. En esta obra se propone una doble lectura inicial: un breve texto del Filebo de Platón y otro de Mallarmé que pertenece a Mímica.

Una interpretación de la mímesis a través de la pregunta qué es la literatura o más bien, qué juego se establece entre la literatura y la verdad, siendo este entre el lugar desde el que se comienza la reflexión, es la cuestión sobre el sentido y la verdad, lo que interrogará Derrida a través de estos dos interlocutores.

El doble, el número dos, la mímesis, el original y la copia, la referencia y su referente, un dos que aparece constantemente pero como llamada a un tercero, a un tercio incluso que desafía la lógica dialéctica, y que como tercer elemento, será el germen de la multiplicidad.

El término entre, el estar en medio de dos, pertenece a un espacio semántico vacío pero que significa, que abre la posibilidad de significación permitiendo el espaciamiento y la articulación de sentido. Ciertamente es un término indefinido por no ser ni puramente sintáctico ni semántico pero que a la vez permite su posibilidad. El lugar al que estamos llamados a ocupar en este texto es el del entre-dos, el a la vez dos, el lugar del margen y del umbral, el espacio de la frontera como el que hemos descrito en Hölderlin; entre dos lenguas a la vez.

En el Filebo se establece una comparación entre el alma y el libro, y entre el pensamiento y el discurso. El pensamiento que no se llega a enunciar en voz alta separa al logos de su órgano, una dialéctica que no llega a completarse, un falso diálogo que se asemeja al del libro pero que no necesariamente es un diálogo falso en relación a la verdad. La verdad del libro se deja decidir en la dialéctica pues es su trascripción, es una imitación de un discurso vivo, el doble de un logos presente. El valor del libro por tanto, no le es intrínseco sino que depende de una instancia superior que es la adecuación entre la copia, el libro y el discurso.

Como en la traducción descrita por Benjamin, el valor de la traducción no depende de ella como obra, sino que su valor se adquiere como adecuación en base a un lenguaje superior.

Como en un juego de espejos, la verdad que se produce entre la idea y el logos, pasa del discurso al libro, fijándose en el alma como trascripción del discurso verdadero que se traduce en imágenes. Un proceso especular entre las cosas, la voz, la escritura y las imágenes que quedan grabadas en el alma. Pero estas imágenes juegan una doble función, la función del suplemento: por un lado, es un añadido prescindible del discurso pero, por otra parte, revela el funcionamiento representativo del discurso donde el logos es imagen del eidos.

El juego de la verdad y de la copia se establece de un modo lineal, uno precede al otro como copia de lo primero y en su adecuación reside la verdad. La idea rige la noción de copia y toda copia por ello re-presenta, hace presente en la mímesis la idea.

En Mímica, en cambio, Derrida va a mostrar una mímesis sin referente, una mímesis sin imitación, una obra huérfana sin padre al que recurrir.

“No hay imitación. El Mimo no imita nada. Y en primer lugar no imita. No hay nada antes de la escritura de sus gestos. Nada le es prescrito. Ningún presente habrá precedido ni vigilado el trazado de su escritura. Sus movimientos forman una figura a la que no previene ni acompaña ningún habla. No están ligados al logos por ningún orden de consecuencia.” [29]

El mimo crea realidad en el momento de escenificarla, una realidad que es entonces inaccesible y una realidad que se da como simulacro. El mimo es el reflejo de un vacío de realidad, es un fantasma que no puede encarnarse, un doble al que le falta su imagen, es el simulacro de la copia de la copia sin posibilidad de restitución, el simulacro de una imitación sin imitante.

Nos encontramos ante el juego fantasmal de la restitución. En un texto llamado “Restituciones” [30] Derrida analiza este aspecto fantasmal como respuesta ante una polémica surgida en torno a un cuadro de Van Gogh (ver imagen). De quién son los zapatos representados en el cuadro es la pregunta que rige esta polémica. Heidegger en “El origen de la obra de arte” se permite lo que se podría pensar como un desliz dentro de su pensamiento sistemático, atribuye los zapatos a una campesina.

Schapiro, crítico de arte, no acepta esta afirmación lanzada por Heidegger y asegura que esos zapatos pertenecen al pintor y signatario de la obra.

Esta polémica es recogida por Derrida que encuentra en la necesidad de atribución, de restitución de los zapatos a su dueño, un nuevo juego de relación con la verdad. Analizará la cuestión de la restitución, del revenant ( el re-aparecido o el que viene del más allá, del verbo revenir que además de volver, significa corresponder y querer decir), un gesto dialéctico constitutivo del sujeto que exige una identidad. Si la vuelta no se culmina, si en el juego mimético falta el imitado, la vuelta, la identificación es imposible, y la representación adquiere una figura fantasmal. Los zapatos desatados de Van Gogh, desatados entre sí (podrían no formar un par) y desatados de su dueño, son la doble metáfora de la figura fantasmal que se resiste al juego de la verdad, a la identidad, a la dialéctica y la síntesis; la paridad del par.

En este proceso en el que la identificación es imposible, la verdad no se puede dar como correspondencia, como adecuación, pero tampoco como desvelamiento.

El mimo mima la nada, es un reflejo que no rompe la luna del espejo, sin llegar a lo que hay detrás, el mimo es la copia sin origen, sin algo que esté presente en el espejo, es un juego fantasmal, como fantasma que ha perdido su identidad.

Veamos el texto de Mallarmé propuesto por Derrida y que se dio a los participantes de las sesiones donde he subrayado los términos a partir de los cuales analizaremos la mímesis y la mímica.

“El silencio, único lujo después de las rimas, no haciendo una orquesta con su oro, sus roces de pensamiento y de noche, más que detallar su significación igual que una oda callada y que corresponde al poeta, suscitado por un desafío, traducir. El silencio de las tardes de música; lo encuentro con alegría, también ante la reaparición, siempre inédita de Pierrot o del conmovedor y elegante Paul Margueritte.

Así ese PIERROT ASESINO DE SU MUJER compuesto y redactado por él mismo, soliloquio mudo que, a todo lo largo en su alma sostiene con el rostro y los gestos el fantasma blanco de una página aún no escrita. Un torbellino de razones ingenuas o nuevas emana, que nos gustaría aprehender con seguridad: ¡la estética del género situado más cerca de los principios que ninguno! Nada en esa región del capricho contraría al instinto simplificador directo… Helo ahí- “La escena no ilustra más que la idea, no una acción efectiva, en un himen (de donde procede el Sueño), vicioso pero sagrado, entre el deseo y el cumplimiento, la perpetración y su recuerdo: aquí avanzando, rememorando allí, en el futuro, en el pasado, bajo una apariencia falsa de presente. Tal opera el Mimo, cuyo juego se limita a una alusión perpetua sin romper la luna: instala así un medio puro de ficción.” Menos de un millar de páginas, el papel, quien lo lee, inmediatamente comprende las reglas como situado ante un tablado, su depositario humilde. Sorpresa, que acompaña al artificio con una anotación de sentimientos por frases en absoluto proferidas- que, en el único caso, quizá, con autenticidad, de que entre las hojas y la mirada reine aún un silencio, condición y delicia de la lectura.” [31]

La historia que Pierrot escenifica, se desarrolla como describe Mallarme “en el futuro, en el pasado, bajo una falsa apariencia de presente”. Pierrot recuerda en el presente un pasado que mima, un pasado en el que dio muerte a su esposa. Mirando un retrato de su mujer rememora la escena de su crimen. El pasado toma forma de presente y ahí, Pierrot, en un estado de sonambulismo, en un estado intermedio entre la vigilia y el sueño, rememora el acontecimiento pasado en un presente ficticio. Se pregunta, en este presente aparente, la mejor forma de dar muerte a su mujer, baraja varias opciones: la cuerda, el cuchillo, el fusil, pero ninguna de ellas le convence. Mientras pasea pensando en el mejor medio para cometer el crimen tropieza, se golpea el pie y, al acariciarlo, se hace cosquillas. Así es como descubre la mejor muerte, el asesinato perfecto y el más apropiado para él, Pierrot, matará a su mujer de risa.

Durante el crimen donde el Mimo interpreta tanto el papel de Pierrot como el de Colombina, su mujer, se llega al orgasmo, a la muerte en forma de risa absoluta, el crimen perfecto sin huella del delito. Pero sucede algo inesperado, la ficción se muestra como ficción, se entremezcla con ella hasta el punto de dar también muerte a Pierrot por ser el mismo Mimo quien interpreta ambos personajes. El retrato de Colombina se anima y empieza a reír. Pierrot se venga aún con más furor. El Mimo, que alternativamente representa a él y a ella, se retuerce encima de la cama, representa un crimen en forma de orgasmo y vence. Pierrot se felicita por ello pero Colombina muerta se venga y Pierrot sufre el castigo que le había infringido, las cosquillas que hacen morir de risa. Con una botella que contiene un remedio intenta escapar a la venganza de Colombina. De nuevo su imagen en pintura cobra vida y se ríe de Pierrot que no puede dejar de reír y sufrir espasmos por la risa hasta que muere bajo la imagen de su mujer asesinada.

Como expresa Mallarmé vemos que la historia no refleja más que una “idea”. En ese espacio ideal el cumplimiento no se hace efectivo, se limita al efecto del himen, a la lógica del himen. El himen es esa membrana que se interpone entre el deseo y su satisfacción, entre un pasado dominado por el deseo y un futuro donde el deseo se rememora como cumplimiento, de modo que el himen ocupa un lugar de articulación entre ambos sin ser ni lo uno ni lo otro, pero a la vez lo que hace posible uno y otro. Himen también es la membrana que en algunos animales cubre el ojo, entre la visión y la ceguera, no es ni una cosa ni la otra. Permite en todo caso la articulación entre ambos, un espaciamiento, una temporalización, del que se sustrae pues no se hace presente más que como pasado o futuro, borrando de este modo toda relación con una temporalidad lineal y, por ello mismo, con la noción de presente como punto a través del cual se establece la noción de pasado y de futuro. El himen, como veremos, guarda relación con la différance, ambos términos son sustituibles.

Decimos que el mimo no mima nada, que mima la nada, mima el espacio en que no se mima nada, mima la página en blanco que inaugura con cada gesto del que nada debe al anterior.

Como el mimo se sustrae al sistema de la verdad, no hay ni adecuación ni desvelamiento de una presencia, de una realidad superior a la representación, lo que refleja es ‘la idealidad de la idea’ de modo que la obra no culmina en ningún momento. Toda la escena se mueve entre una rememoración y un futuro, entre un deseo y una culminación que no llega a hacerse efectiva, el himen no llega a romperse, la trama no se resuelve, hay una ‘alusión perpetua sin romper la luna’ del espejo, sin romper con la idealización de la idea, sin romper con la representación, sin más allá de la representación. Cuando parece que el himen se va a romper, cuando parece que se desvela algo, cuando el velo parece que se va a retirar, en ese espasmo supremo, en esa fusión donde los personajes se hacen uno, donde desaparecen las diferencias, donde el deseo es ya su cumplimiento, entonces la idealidad de la idea se hace presente, la muerte no se hace efectiva en un presente sino como rememoración o como deseo. La lógica de himen, es la misma lógica que señalábamos respecto a la preposición entre, una función sintáctica de articulación entre espacios y tiempos que no se consuman, que están de un lado o del otro pero que no se hacen presentes, o bien, que se hacen presentes en un pasado o en un futuro, como deseo o como culminación.

Si hablamos de la verdad como desvelamiento o de la verdad como adecuación, el himen describe la frontera del velo, el intervalo necesario o la diferencia necesaria para la adecuación, una adecuación que ya no es tal al tintarse de esta diferencia, de esta interrupción que la disloca.

“Pues la diferencia es al menos el intervalo necesario, el suspenso entre dos vencimientos, el ‘lapso’ entre dos golpes, dos caídas, dos posibilidades. Sin que se pueda decidir por adelantado los límites de tal propagación, produce cada vez un efecto diferente y por lo tanto, cada vez joven, de un juego siempre nuevo, de un fuego siempre joven.” [32]

El himen se instala en la lógica del umbral, no es ni exterior ni interior, no es ni la identidad ni la diferencia, no está ni completamente abierto ni absolutamente cerrado, el himen no se presenta, no tiene sentido propio, no significa nada y al mismo tiempo abre la significación. Esta nada que se presenta en el lugar del origen y que por ello es un no-origen, este simulacro, el himen de lo no-presente, el que no deja espacio al ser sino como apariencia, ese paso necesario por la nada como articulación del sentido, es el que intentaremos poner en el origen, en el origen como simulacro, el artificio, la idealidad de la idea que no culmina en nada.

4.2. El injerto textual.

Mallarme en el extracto que hemos recogido señalaba el desafío al que el poeta debía enfrentase ante esta oda callada: traducir.

Nos encontramos al menos con tres textos en este cuarto texto de Derrida: por un lado, el que realiza el mimo, el que escribe sobre la página en blanco que es él mismo, activo y pasivo, página y pluma, actor y autor; por otro lado, el que realiza Paul Margueritte, que no rige nada, que no prescribe sino que proscribe la obra; y, por último, el texto de Mallarmé que escribe sobre la puesta en escena de la obra a través del libreto escrito por Margueritte.

Si decimos que el Mimo mima la nada, que no hay referente para sus actos, que incide con sus gestos en una página en blanco, ahora nos encontramos con unas escrituras hechas a posteriori de la interpretación y que, por ello, podríamos pensar que éstas deberían plegarse a ella, ser su traducción, contar la misma historia con palabras en vez de con gestos. No por ello dejarían de ser una interpretación, y según una hermenéutica clásica, al alejarse del texto fuente, del original, de la representación, se estaría alejando de la Verdad. Aunque en este caso vemos la complejidad y entendemos la elección de Derrida al escoger este texto sobre la mímesis: si el original es ya una re-presentación, es ya una copia pero, además, es una copia de la que no hay original, de modo que desde el primer momento, el principio de verdad que es el rector de las copias en este caso se encuentra ausente o diferido, entonces, ¿cómo atribuir un papel secundario o derivado a algo que es copia de una derivación, de algo que no se puede alejar más de la verdad cuando la verdad nunca ha estado allí, cuando no se sabe donde está la verdad?

Mallarmé se encontraba ante dos obras diferentes que se abrían en el libreto, abierta una a la otra pero con autonomía suficiente, libreto y mímica.

El libreto y el exergo adquieren una doble función respecto a la obra: por un lado, estos textos pueden ser considerados como fuera-del-texto ‘original’, derivados, posteriores, secundarios y prescindibles, pero, por otro lado y al mismo tiempo -lo que vamos a intentar explicar es que al mismo tiempo también-, este libreto y el exergo actúan como un germen, como una incisión seminal.

Podemos pensar este fuera del texto como algo que pertenece a la exposición de la obra, un lenguaje gestual que es traducido a palabras y que se incluye dentro del texto, que se añade como un suplemento, como una plusvalía para el texto, o bien, podemos pensar, que esta forma textual, que el exergo y el libreto, no tiene ninguna vinculación interna con lo que en la obra se representaba, suplemento añadido pero innecesario, forma textual de vacancia. Un doble juego, a la vez uno y otro, lo que denominaremos como la operación de injerto textual.

“Escribir quiere decir injertar. Es la misma palabra. El decir de la cosa es devuelto a su ser-injertado. El injerto no sobreviene a lo propio de la cosa. No hay cosa como tampoco hay texto original.

Así todas las muestras textuales que escandan los Números no dan lugar, como habréis podido creerlo, a ‘citas’, a ‘collages’ ni incluso a ‘ilustraciones’. No son aplicadas a la superficie o en los intersticios de un texto que existiría ya sin ellas. Y no se leen más que en la operación de su reinscripción, en el injerto. Violencia apoyada y discreta de una incisión inaparente en el espesor del texto, inseminación calculada de lo alógeno en proliferación mediante la cual los dos textos se transforman, se deforman uno a otro, se contaminan en su contenido, tienden a veces a rechazarse, pasan elípticamente uno a otro y se regeneran allí en la repetición, en el hilado de un sobrehilado. Cada texto injertado continúa irradiando hacia el lugar de su toma, lo transforma así al afectar al nuevo terreno. Es definido (pensado) por la operación y a la vez define (es pensante) para la regla y el efecto de la operación.” [33]

La página en blanco que anuncia Mallarmé es un espacio abierto al juego, no se llega a completar, no es homogéneo. Es la posibilidad de que la obra, que mantiene una abertura como posibilidad de injerto, de añadido, pueda resultar algo diferente. La obra se muestra entonces como algo heterogéneo, que no se deja reducir a una temática ni a un contenido como tampoco a un efecto de sentido. La obra muestra una apertura, una posibilidad siempre de integración de unas obras con otras, una continua remisión y una contaminación ineludible que es precisamente el efecto de lo seminal de la diseminación. Así es como surge la posibilidad de que todo texto incida en una página en blanco, también el texto de Mallarmé, y que al mismo tiempo incida sobre el espacio no cerrado de la obra de Pierrot.

“Hay una escritura sin libreto de la que cada vez, a cada instante, la punta del trazo precede sin pasado sobre la hoja virgen; pero hay también, simultáneamente, una infinidad de libretos que se encierran, se encajan unos en otro y no consiguen salir más que mediante injertos, toma de muestras, citas, exergos, referencias, etc. la literatura se anula en su ilimitación.” [34]

4.3. La diseminación.

La lógica del himen que hemos descrito se situaba en un entretiempo, entre un pasado absoluto y el porvenir. Veíamos cómo no correspondía a ninguno de los pares interior-exterior, original-representación, realidad-imaginario, lo que provocaba que bajo esta lógica del himen no fuera posible ninguna atribución de sentido pleno, como ninguna apropiación ni seguridad de dominio, y cómo a través de ella se llegaba a cierto desplazamiento de la verdad que ya no se dejaba comprender ni como desvelamiento ni como adecuación. Nos acercamos a una nueva noción de la verdad o más bien a un desplazamiento donde el lugar de la verdad se dará bajo unos efectos indecidibles como ocurría con los términos himen, entre, etc., un efectos indecidibles al no responder al dominio de la metafísica, de la dialéctica. Veíamos también respecto al texto cómo éste no formaba una unidad sino que era pura remisión a otro y que por tanto no permanecía cerrado sino abierto a la posibilidad de hacerse otro, de convertirse en cita o en completarse a través de un exergo, en definitiva, una obra nunca queda acabada.

Siguiendo con el texto de “La doble sesión” que nos está permitiendo esta indagación sobre la mímesis para llegar a un desplazamiento de la verdad, nos encontramos ahora con el trabajo que ha realizado la crítica literaria respecto del imaginario de Mallarmé. Un intento de tematizar sus obras a partir de palabras claves como pliegue y blanco. Con ello se pretende llegar a una “interpretación ontológica de la mímesis” o un “mimetologismo metafísico” donde sea posible abarcar todos los sentidos de estos términos, un intento de dar sentido a términos que ofrecen gran resistencia y que precisamente, como veremos, muestran la imposibilidad de reducir sus efectos a la ley del sentido.

El trabajo que realiza la crítica literaria se sostiene sobre la noción hermenéutica de la polisemia donde los diversos sentidos puedan replegarse, donde a partir de la relaciones laterales se llega a la esencia del sentido, un intento de dominar todas las valencias semánticas de un término. Frente a este procedimiento, Derrida propone lo que denominará la diseminación, una imposibilidad de cerrar el sentido, de retroceder al sentido como un abanico que se abre y se cierra y que siempre permanece inalterable.

“Esta concesión deja aún, ‘soñar’, la efectuación de una suma y el despeje de una perspectiva, aunque fuesen infinitas. Semejante suma, semejante perspectiva nos permitirían definir, dominar, clasificar las ocurrencias de un tema.

A lo cual opondríamos las hipótesis siguientes: la suma es imposible sin ser, sin embargo, excedida por la riqueza infinita de un contenido de sentido o de querer-decir; la perspectiva funciona hasta perderse de vista, sin tener la profundidad de un horizonte de sentido ante o en el cual jamás habríamos acabado de avanzar. Teniendo en cuenta esta ‘lateralidad’ concedida de paso, pero determinando su ley, definiremos de otro modo el límite: por el ángulo y el cruce de una observación que pliegue al texto sobre sí mismo sin ninguna posibilidad de recubrimiento o de adecuación, sin reducción del espaciamiento.” [35]

En este abanico que se despliega y se pliega hay un proceso de remarcación, no un simple ir y venir, un mostrar lo polivalente de un término que no se deja recuperar en cierta unidad, sino que en él se inscribe el movimiento de todos los sentidos, del valor polisémico de estos términos que se pretenden consagrar como temas. Ese movimiento del blanco y el pliegue, también de la página, se encuentra dentro del texto con un valor de exterioridad que hace que se determine como fuera-de-texto pues hace referencia al mismo proceso de la escritura, al tejer de la textura del texto, pero que se integra como lo que posibilita el movimiento de este principio de polisemia, lo que permite la semejanza y, al mismo tiempo, la diferencia, de donde surge el anhelo del tematizar lo que nunca se podría convertir en tema, lo que se resiste como no-tema.

El blanco no hace solo referencia a las posibles metáforas por las que pueda ser descrito (nieve, pluma, virginidad, velo, espuma, ala de cisne, etc.) sino que el blanco aparece como el blanco que se da en la página, el blanco que se sitúa entre un blanco y otro, éste es un blanco de más, que no se deja añadir al conjunto de las diferentes valencias de este término, que no se deja introducir en el campo semántico del blanco como un término más. Este blanco es la totalidad donde se integra toda posible polisemia de los blancos, blanco sobre blanco, toda la serie de los blancos se blanquea sobre este fondo blanco, toda la serie que se despliega se repliega sobre este blanco, se remarca la blancura del blanco, blanco pintado sobre el lienzo blanco, blanco del soporte y de la pintura.

Vemos cómo el blanco aparece como excedente, un blanco en reserva, un blanco que no se define por sí mismo sino en un espacio de diferimiento. Blanco que es necesario que se blanquee, de modo que debe haber un lapso entre blanco y blanco, una necesidad de separar y remarcar, y también un blanco que se da en diferencia, no sólo hay blanco sobre blanco, sino un blanco sobre un fondo negro (una pizarra por ejemplo) o un negro sobre fondo blanco (el folio y la tinta). Esta es la necesidad de que intervenga el espacio y el tiempo, tiempo donde remarcar el blanco sobre blanco y espacio donde difieren, blanco sobre negro, o pintura blanca sobro el lienzo blanco, los dos a la vez: el devenir tiempo del espacio y devenir espacio del tiempo.

Este blanco que excede, que se muestra como excedente del término blanco, no se deja tematizar en lo que expone de espaciamiento, impide la posibilidad de reunir todo el campo polisémico bajo un tema, describe el proceso mismo de la escritura conduciendo a una legibilidad sin significado. Es preciso desplazar al mismo tiempo el concepto de finitud, no es imposible reunificar todos los sentidos porque la lectura o la escritura sean finitas y no puedan dar cuenta de una abundancia de sentido, la finitud se encuentra en lo infinito del blanco, en su no-sentido, en su imposibilidad de apropiación, no en unas herramientas insuficientes. El blanco no se deja limitar, no se deja poner fin, su campo se abre al infinito y el camino que traza no tiene retorno, se blanquea a cada paso.

Este blanco no sólo aparece dentro de la serie configurada por el campo semántico de este término concreto sino que pertenece a toda serie sémica pues es a través de él que se da la serialidad, o más bien, el que crea apariencia de serie. Este blanco está dentro y fuera a la vez de la serie, es de nuevo el efecto de suplemento, que hace que todas la marcas se plieguen sobre él y al mismo tiempo, que se expandan sin forma de retornar, pues el blanco en tanto que alusión al espaciamiento, es un no lugar.

Un juego metafórico se nos presenta ante este blanco como vacío. Todo elemento lleno de la serie de los blancos, por ejemplo nieve, es un tropo del blanco, del vacío o espaciamiento, pero al mismo tiempo, a través del juego de la diseminación, de un contagio en el camino de estos elementos de la cadena que en su movimiento adquieren un valor suplementario, un algo de más o plusvalía, hace que cada vez la metáfora se enriquezca, sea cada vez más metafórico.

“Volviéndose todo metafórico, no hay ya sentido propio y, por lo tanto, metáfora. Volviéndose todo metonímico, siendo la parte cada vez más grande que el todo, el todo más pequeño que la parte, ¿cómo detener una metonimia o una sinécdoque? ¿Cómo detener los márgenes de una retórica?” [36]

La posibilidad de hacer una división entre un lenguaje metafórico y otro que podríamos llamar propio, lenguaje del concepto, esta jerarquía del saber, de un lenguaje que pertenece a las ciencias en tanto que lenguaje de la verdad y que viene dictado por la institución filosófica y, por otra parte el lenguaje poético, es un asunto tratado por Derrida en un intento de mostrar cómo el lenguaje que en un principio la filosofía trata de definir como lenguaje propio no es menos metafórico que el poético.

El sentido propio que se relaciona con el sentido primitivo es necesariamente el efecto de una vuelta atrás y sólo por este rodeo, ya es una derivación. La imposibilidad de llegar al origen de las palabras, a su origen como nacimiento, al igual que al acontecimiento, a la fecha o a la intención del autor, se muestra como la imposibilidad de llegar a la fuente de la que han manado sin ver ya el agua transcurriendo.

“No es necesario, pues, extrañarse si la generalidad (el origen en general) se hace cómplice de la metaforidad y si aprendemos del tropo lo que es el sentido propio.

Pero, ¿qué es el darse, y qué es el cómo cuando se trata de (del sentido de) lo propio?

El sentido propio deriva de la derivación. El sentido propio o el sentido primitivo (de la palabra fuente, por ejemplo) ya no es simplemente la fuente, sino el efecto desviado de un giro, vuelta o rodeo. Viene en segundo lugar con respecto a aquello a lo que parece dar luz, para medir allí una separación y una partida. La fuente misma es el efecto de aquello de o que pasa por ella (por) el origen. No tenemos ya derecho a asimilar, como acabo de fingir, el sentido propio y el sentido primitivo.” [37]

El concepto de metáfora, concepto dado por la filosofía, adquiere un lugar secundario respecto a la verdad, de ahí los intentos de limpiar el lenguaje filosófico de las metáforas que juegan un papel meramente explicativo, para llegar a un lenguaje formal, más allá de las imperfecciones del lenguaje natural. Esta noción que pretende recrear otra vez la torre de babel, nos acerca de nuevo a la ilusión de una traducibilidad absoluta, de un lenguaje puro, del puro concepto del lenguaje, de un lenguaje sin idioma. Por mucho que se otorgue cierto privilegio a un lenguaje poético que llegue donde el discurso filosófico aún no haya podido llegar, el camino ya trazado estará de nuevo abierto a este lenguaje puro que es capaz de abarcarlo.

Hay un olvido en la filosofía, el olvido de su procedencia metafórica, olvido de que su logos no es más que un mythos. La filosofía, la que debería ser absolutamente traducible, obliga desde las fronteras que ella misma ha impuesto, a una lectura literal, pero todo intento de lectura literal necesita de una “capacidad trópica”.

“Si no hay sentido total ni sentido propio, es que el blanco se pliega. El pliegue no es un accidente del blanco. Desde que el blanco (es) blanco, (se) blanquea, desde que ha(y) algo que ver (o que no ver) con una marca (es la misma palabra que margen y que marcha) sea que el blanco (se) marque (la nieve, el cisne, la virginidad, el papel, etc.), o (se) des-marque (el entre, el vacío, el espaciamiento, etc.), se re-marca, se marca dos veces.” [38]

Nos encontramos ahora ante un nuevo término que designa el efecto de la lectura, del texto cerrado y abierto a la vez, la misma estructura del himen, término indecidible, la estructura del pliegue. Si no hay sentido propio es que el blanco, el espaciamiento como articulación del sentido desde un no lugar, se pliega. Se recubre de sí mismo, se oculta debajo de sí. El pliegue es el lugar del secreto, es el libro cerrado y plegado sobre sí mismo, virginidad que guarda el secreto de su violación. El secreto se mantiene virgen y robado a la vez, se encuentra ya violado en el momento de declarase escrito, el secreto contiene ya su posibilidad de traición.

El libro permanece intacto después de la penetración, difiere consigo mismo antes incluso de su apertura. Marca su virginidad como interrupción de ella, se divide como el himen, y el simulacro se muestra tras su consumación, su virginidad resulta intacta. El texto vuelve a replegarse sobre sí mismo y lo que en él era intocable permanece intacto y remarcado en su imposibilidad de romper el velo. Secreto siempre confesado pero mantenido en secreto.

Este blanco que pasa de ser fondo a ser forma, fondo sin fondo y espacio de la inscripción se alternan. “El himen no es, pues, la verdad del desvelamiento. No hay álétheia, sino un abrir y cerrar del himen. Una caída ritmada. Una cadencia inclinada.” [39] El himen, articulación del sentido, permite el contacto y la diferencia. La membrana que en los animales permite la visión les dejaría ciegos si su apertura fuera total, la locura de la luz, pero al mismo tiempo, si permanecieran cerrados, si el himen permaneciera lacrado, entonces la ceguera sería la misma. Deslumbrados o bajo un secreto absoluto, una cosa y la otra a la vez, una pequeña abertura dentro de la clausura, signo del cerrarse para abrirse y viceversa.

Si pensamos en una apertura total del libro, del texto como absoluta desvelación de su sentido, lo dicho y el querer-decir sin diferencia, el deseo y su consumación unidos en matrimonio, el texto mostraría su sentido sin pliegues, sin desfases, sin rupturas o fracturas, el sentido hecho presente y desvelado en el libro, tarea consumada de traducción, marca sin necesidad de remarcar, límite ilimitado a pesar de su decirse y su repetirse de nuevo. Frente a todo esto, el himen se mantiene en el texto y le atraviesa con su indecibilidad de imposible reducción.

“Si no hay, pues, unidad temática o de sentido total que reapropiarse más allá de las instancias textuales, en un imaginario, una intencionalidad o un vivido, el texto no es ya la expresión o la representación (acertada o no) de alguna verdad que vendría a difractarse o a reunirse en una literatura polisémica. Es este concepto hermenéutico de polisemia el que habría que sustituir por el de diseminación.

Según la estructura de suplementariedad, lo que se añade sería, pues, siempre un blanco o un pliegue.” [40]

Cuando hablamos de polisemia podemos igualmente referirnos a las lenguas, a los diversos idiomas. Podríamos hacer un intento de trasladar este principio de diseminación que aplicamos al texto, a las lenguas naturales.

Si no hay una verdad más allá de cada lengua concreta, cada lengua no puede aspirar a una traducción absoluta o literal; si algo así como el concepto (tema o palabra clave) se disociara en lenguas particulares, la posibilidad de reunir estas, de plegarlas, de reducirlas a una, de adecuarlas, sería aplicar el mismo proceso que se critica a la hermenéutica a través del principio de la polisemia. La estructura del suplemento, este de más que se añade y que se introduce en la obra tanto como se mantiene fuera de ella, sería algo que intervendría en la traducción, que se sumaría a ella como una plusvalía, donde la mímesis dejaría de ser pura adecuación con la copia para contaminarse en su camino de ese suplemento, de ese blanco que blanquea todo nuevo texto traducido y ese pliegue que se forma y se repliega entre obra y obra.

El blanco y el pliegue nos abren ahora un espacio abismático, el espacio del que ninguna fenomenología sería capaz de dar cuenta, es el espacio que abre el himen, “el casi nada del himen”, donde el texto se ve afectado por una multiplicación al infinito, por una inscripción que se inscribe infinitamente sobre sí misma. Así, toda obra expuesta desde su creación a su traducción, se encuentra en una puesta en abismo donde la diferencia y el contacto entre obra original y obra traducida, el casi nada del himen, abre camino a lo abismal, a la interpretación donde la diseminación ejerce su poder de dispersión sin retorno, donde los sentidos, ahora que hemos negado la posibilidad de un sentido único que sea transmisible, empiezan a desplegarse a partir del principio de suplemento.

“Pues la diferencia es al menos el intervalo necesario, el suspenso entre dos vencimientos, el ‘lapso’ entre dos golpes, dos caídas, dos posibilidades. Sin que se pueda por adelantado decidir los límites de tal propagación, produce cada vez un efecto diferente y por lo tanto, cada vez joven, de un juego siempre nuevo, de un fuego siempre joven, siendo siempre el juego y el fuego, lo han anunciado Heráclito y Nietzsche, el juego del azar con la necesidad, de la contingencia con la ley. Himen entre la posibilidad y la regla.” [41]

La diseminación es entonces lo que afecta al origen desde el origen fracturándole, es por ello lo que ejerce el poder de multiplicación del origen, la imposibilidad de la presencia plena, la imposibilidad de la vuelta al padre, es la imposibilidad de unir de nuevo aquello que desde el principio se mostraba ya dividido, es la imposibilidad de juntar en un único sentido, “la diseminación afirma la generación siempre dividida del sentido. Ella- le abandona por adelantado.” [42]

Las lenguas diseminadas, no sólo separadas o esparcidas, sino las lenguas infectadas de lo seminal de la diseminación, de la abertura hacia lo otro, impiden la vuelta al padre, la reproducción de lo mismo en lenguas diversas. Cada lengua se aleja de la otra y la reconciliación es un ejercicio poiético, de invención; inauguración de una hoja en blanco.

4.4. Verdad, origen y sentido pleno.

En este largo recorrido por el minucioso artículo de “La doble sesión” sobre la mímesis y el origen infectado de multiplicidad, se han presentado diversas nociones metafísicas, pilares de la metafísica.

Hemos comenzado por la noción de verdad como adecuación donde veíamos que la verdad adviene como resultado de una producción, adecuación del concepto con su representación; por otra parte, nos encontrábamos con la segunda noción de verdad, verdad como desvelamiento para llegar a la presencia del Ser.

La verdad unida al logos y, por ello, a la mímesis, se mostraba ya fracturada en su núcleo para dejar paso al simulacro y al germen de la multiplicidad a través del proceso de la diseminación.

En estos juegos de mímesis sin mímesis o de mímica sin mímesis, la verdad se nos a mostrado no como un concepto sino como uno de los indecidibles, una alusión perpetua sin fin, juego de espejos sin nada enfrente que sea más original que su reflejo, alusión a la verdad sin fondo y sin fin. La apropiación, la identidad y la presencia han sido descentralizadas bajo este juego de espejos. Lo seminal en el origen, su multiplicidad, impide todo proceso de identificación y de restitución, de esta forma, desde lo múltiple en el origen, del simulacro en el origen, la verdad ya no se puede sostener pues no hay posibilidad de apropiación o de dominio.

La traducción se encuentra no menos lejana a la verdad que la obra original, el concepto de originalidad se ve afectado por el principio del injerto textual, por la abertura marcada por lo seminal de la diseminación, apertura de sentido que ya no es puro sino heterogéneo, híbrido de referencias igualmente sin fin pues no hay una verdad del texto que la domine, un núcleo de sentido, un tema ni un concepto del que la hermenéutica pueda dar cuenta limitando la abertura de las palabras, de algo secreto en la palabras que no dejan desvelar, algo que oculta un por venir, porvenir de los efectos de sentido.

 

5. EL LOGOFONOCENTRISMO Y LA ESTRATEGIA DE LA DECONSTRUCCIÓN.

La imposible tarea de la traducción, aquello que quiere decir asimismo deconstrucción, ha sido expuesta desde diversas nociones pero principalmente desde la noción de texto y en contraposición a la hermenéutica clásica. Hemos visto cómo esta disciplina está dominada por un presupuesto teleológico de búsqueda del sentido propio a través del tema o de las palabras clave, también a través de la figura del autor, bajo una pretensión del querer-decir, donde todos estos elementos conducían a la noción de presencia del sentido único y, por lo tanto, traducible, transportable en su supuesta unidad a otra lengua sin diferimiento, sin rupturas y como continuidad del concepto.

Frente a esta postura hermenéutica, poníamos en cuestión la noción de presencia, de origen y de la jerarquía entre el original y la copia, a través de la introducción del término diseminación, el cual nos abría un campo de referencias al infinito, una multiplicación del sentido en su espaciamiento y de un camino que se borraba en toda iterabilidad, en toda repetición de lo mismo sin la posibilidad de lo idéntico, donde la presencia nunca se mostraba plena sino que partía de un pasado absoluto y estaba abierta a un porvenir impredecible. Toda palabra, decíamos, alberga un secreto, un eterno retorno entre la necesidad y el azar.

La diferencia entre el original y la copia ya no se podía, tras el juego de la diseminación, sostener como diferencia entre un sentido originario y finito en sí mismo, y una copia como derivada.

Con la diseminación colocábamos el doble en el origen, la verdad tomaba la forma de un indecidible más, como una alusión sin fondo ni fin. Ni como adecuación ni como desvelamiento, sino como retirada continua, como un borrarse de la huella sin posibilidad de estancamiento.

La diseminación y los indecidibles que hemos reconocido como los elementos que impedían la reducción a una presencia, son términos irreductibles que aparecen en los textos como marcas que resisten desde dentro a la metafísica para elaborar un discurso sobre la presencia, que se encuentran ahí como el desajuste entre las jerarquías que se pretenden construir a partir de la oposición presencia/ausencia o, como vamos a ver, entre la oposición habla/escritura que determina a la metafísica tradicional como dominada por el prejuicio logofonocentrista.

Este prejuicio ha sido detenidamente estudiado por Derrida en De la gramatología y en otros textos como “La farmacia de Platón”, donde a través de autores clásicos, (Platón, Saussure, Rousseau, Levi-Strauss), expone toda la tradición metafísica presa de este logofonocentrismo, prejuicio que se encuentra y se asienta en la metafísica desde el idealismo platónico hasta las nuevas teorías del lenguaje y la comunicación.

Este principio metafísico, como ya describíamos en el Filebo de Platón en el estudio sobre “La Doble sesión”, otorga una primacía a la conciencia que se establece por medio de la presencia del pensamiento (logos), en relación inmediata y necesaria con la voz (phoné). Todo ello en detrimento de la escritura que aparece como derivada y, en ocasiones incluso peligrosa por su poder de distorsión, siendo un mero instrumento al servicio de la voz cuya función es representativa, signo de signo y, por lo tanto, aún más alejado de la Idea y por lo tanto de la Verdad, en contraposición a un habla plena que expone el sentido presente en el logos.

El logocentrismo como la relación inmediata entre el signo, la representación en el pensamiento o conciencia de la Idea, y la Idea o Verdad, se determina como fonocentrismo al ser la voz el medio cuya proximidad con el Ser es absoluta.

“Es propio a la estructura misma del habla que pueda ser o parecer ser inmediatamente sensible desde la fuente. Aquí la apariencia no es un accidente. Es propia de la producción misma del habla. Entre lo que digo y me oigo decir, no parece interponerse ninguna exterioridad, ninguna alteridad, ni siquiera la de un espejo. El mutismo y la sordera vienen a la par, nada menos fortuito en ello. Desde este momento en que el habla interior, no proferida, ya no sería un acontecimiento contingente, produciéndose a veces aquí o allá: es la condición del habla misma. La voz puede pues, parece, cumplir este rodeo circular desde el origen a sí misma. Franquea, en el circulo, esta prohibición que hacía para el ojo ciego al ojo. El verdadero círculo, el círculo de la verdad, sería siempre, pues, un efecto de habla.” [43]

5.1. El fármacon de Platón. [44]

La marginación de la escritura como la consecuencia de este logocentrismo se deja ver desde Platón donde en el Fedro se comienza con una oposición entre la ciudad y el campo, cultura y naturaleza, interior y exterior, que concluye en la diferencia entre lo serio y noble, lo ocioso y el placer. Estas comparaciones se trasladan a la diferencia entre el habla, seria y noble, y la escritura que actúa como un fármaco.

Es así cómo en un pasaje posterior se describe la ofrenda que el hijo de Amón hace al rey de Egipto de una serie de inventos, entre los cuales, se encuentran los caracteres de la escritura que son ofrecidos como fármaco de la memoria y de la sabiduría.

El regalo no es aceptado por el soberano que ve amenazado su estatus como rey de la palabra y acusa a la escritura de fármaco en su otra acepción, que no actúa como remedio sino como veneno, pues la memoria y la sabiduría que otorga la escritura es calificada de memoria muerta, de pura repetición sin reflexión, propia de los sofistas que pretenden embaucar a través de un conocimiento falso.

Esta escritura que no es sólo una repetición de la palabra hablada despoja al soberano de su poder como origen del logos. Su hijo, parricida, está fuera de la ley. Subvierte el orden establecido al introducir un elemento con el que derrocar al padre, la escritura como fármaco, aquello que sana en la misma manera en que mata, que actúa entre los opuestos siendo el germen de la derrota de la dialéctica, el tercer elemento que rompe con la lógica del par.

Descubrimos así un indecidible inserto en el discurso que describe la función de la escritura, un elemento subversivo que destruye lo mismo que se pretendía afirmar, un elemento que pretendía ser razón de una jerarquía para colocarse en uno de los extremos de los opuestos, se revela, colocándose en el lugar de la articulación, en el lugar del entre, en una posición que precede a toda dualidad:

“El fármacon es el movimiento, el lugar y el juego (la producción de) la diferencia. En la différance de la diferencia. Tiene en reserva, en su sombra y vigilia indecisas, a los diferentes y a las desavenencias que la discriminación vendrá a recortar. Las contradicciones y las parejas de opuestos se levantan sobre el fondo de esa reserva diacrítica y diferente. Ya diferente, esa reserva, para ‘preceder’ a la oposición de los efectos diferentes, para preceder a las diferencias como efectos, no tiene, pues, la simplicidad puntual de una coincidentia oppositorum. De este fondo viene la dialéctica a extraer sus filosofémas. El fármacon, sin ser nada por sí mismo, los excede siempre como su fondo sin fondo. Se mantiene siempre en reserva aunque no tenga profundidad fundamental ni última localidad. Vamos a verle prometerse al infinito y escaparse siempre por puertas ocultas, brillantes como espejos y abiertas a un laberinto. Es también a esa reserva de trastienda a lo que llamamos farmacia.” [45]

Si el estatus secundario de la escritura entraba dentro de la jerarquía del saber donde pares de opuestos se relacionan como realidad e imagen, exterior e interior, todo lo que se configura alrededor de la representación como secundaria respecto a la realidad (idealidad), ahora encontramos un término que se escapa a esta determinación dualista y que, por ello, hace estallar la escritura en su definición.

El fármaco mata tanto como sana, en su interior guarda una potencia de muerte, de exceso. El fármacon participa de ambas oposiciones llevándolas a lo irreductible, se sitúa en medio de las oposiciones que el mismo genera, con su dosis de artificio, de remedio manipulado, engendra el simulacro del que la filosofía deberá guardarse a partir de ahora.

La escritura peligrosa se opone a la escritura viva, a su hermano no parricida, a la trascripción de la palabra hablada, al diálogo interior del pensamiento. Este juego entre dos escrituras, una real y la otra copia degradada, hacen pensar en que los atributos benéficos que se negaban a una han sido trasladados a la otra entrando en un juego peligroso donde la escritura se bifurca de sí misma y la división entre habla y escritura empieza a enturbiarse.

5.2. El suplemento en Rousseau. [46]

Otro ejemplo de la escritura como derivado peligroso del habla es la teoría expuesta por Rousseau que describe el proceso de las lenguas como una degeneración desde su nacimiento y, principalmente, a partir de la aparición de la escritura.

Este proceso es descrito por Rousseau como una evolución desde un lenguaje exclusivamente gestual, que surge de la necesidad, pero que no permite expresar las pasiones ni las necesidades morales. De este sentimiento se genera el lenguaje oral que es exclusivamente vocálico y metafórico.

Desde este origen, el lenguaje se va desarrollando en un proceso degenerativo volviéndose cada vez más articulado y consonántico, lo que permite la expresión del pensamiento con mayor rigurosidad pero en detrimento de la expresión de las pasiones.

Si en el lenguaje oral hay una diferencia entre un significado natural y otro convencional, la escritura es lo que se aleja aún más de ese primer lenguaje puro y acorde con la naturaleza del ser humano.

La escritura es descrita como un suplemento del lenguaje natural, signo de signo que lo sustituye como un agregado innecesario, algo exterior. Pero por otra parte, este suplemento, como en el caso del fármacon platónico, no resulta tan exterior como en un primer momento fue descrito pues es capaz de corromperlo como un germen que habitara ya en su interior.

El principio de origen de las lenguas se empieza a conmover por esta doble función del suplemento de la escritura, pues es necesario admitir que si el lenguaje natural se corrompe desde dentro, el doble, la escritura, estaba ahí como su posibilidad anterior haciendo imposible una metafísica de la presencia.

La división entre naturaleza y cultura, entendida la naturaleza como algo completo en sí mismo al que se le añade la cultura, es otro principio que bajo la noción de suplemento se niega, pues en la naturaleza se debe dar ya una falta, una carencia que es necesario suplir, algo que se añade pero que nace de una necesidad de completitud.

“Pues el concepto de suplemento -que aquí determina al de imagen representativa- alberga en sí mismo dos significaciones cuya cohabitación es tan extraña como necesaria. El suplemento se añade, es un excedente, una plenitud que enriquece otra plenitud, el colmo de la presencia. Acapara y acumula la presencia (…) Esta especie de suplementariedad determina en cierto modo todas las oposiciones conceptuales en las que Rousseau inscribe la noción misma de naturaleza en tanto que ésta debería bastarse a sí misma.

Pero el suplemento suple. No se añade más que para sustituir. Interviene o se insinúa en-lugar-de; si colma es como se colma un vacío. Si representa y hace de imagen es por el efecto anterior de una presencia. Suplente y vicario, el suplemento es adjunto, una instancia subalterna que hace-las-veces-de. En tanto que sustituto, no se añade simplemente a la positividad de una presencia, no produce relieve alguno, su lugar queda asignado en la estructura por la marca de un vacío. En algún lugar, algo no puede llenarse consigo mismo, no puede complementarse más que dejándose colmar por medio de señas/signos y poderes. El signo es siempre el suplemento de la cosa misma.

Esta segunda significación del suplemento no se puede sustraer de la primera. Ambas están funcionando en los textos de Rousseau.” [47]

La noción de suplemento, este indecidible, lo hemos empleado en diversas ocasiones a lo largo de este trabajo para señalar aquello que indica algo que esta de más, un excedente y, por ello, prescindible pero, a la vez, como algo necesario que surge de un vacío. Este indecidible desplaza, habitando en ella como su otro, a toda metafísica de la presencia al integrar la noción de ausencia necesaria, de vacío como remisión y, por tanto, la falta de completitud en todo elemento.

5.3. La estrategia de la deconstrucción.

La noción de propiedad, de lo propio, para configurarse como tal, debe surgir necesariamente de lo impropio, debe desviarse para afirmarse en sí misma. Del mismo modo ocurre con la noción de origen que es lo que en estas teorías se está intentado esclarecer y cuidar. Toda teoría del origen y de la generación surge de un intento de dar sentido, pero dar sentido es necesariamente colocarse en un lugar exterior, desde algo extremadamente ajeno, desde el cual, el venir a dar sentido, produce unos efectos de origen.

Hay una errancia del sentido en todo origen de sentido, una violencia que crea una realidad de sentido desde lo que no le pertenece.

Es este lugar el que ha sido escogido por la metafísica para determinar el sentido de la buena escritura, el que ha permitido elevar al habla para situarla a lado de la conciencia y la Verdad, este lugar de lo impropio ha sido la escritura pues ella es precisamente lo que se muestra como lo otro para la filosofía y, también, la razón por la que en la escritura es tan importante la noción de firma y de nombre propio, pues las palabras impresas se repiten y olvidan a su autor y se donan al futuro escritor en un porvenir impredecible de sentido que no se deja dominar ni predecir, porque destronan al rey del logos, al rey que habla y que con sus palabras otorga Verdad y Origen.

Todas estas teorías que pertenecen a la metafísica de la presencia establecen una serie de jerarquías construidas en base a pares de oposiciones como interior/exterior, inteligible/sensible, presente/ausente, significado/ significante, fondo/forma, etc., donde el primer término pertenece al logos y a la presencia mientras el segundo denota la ausencia o la derivación de esta presencia y, por lo tanto, su alejamiento de la Verdad, un término no podría ser entendido sin el otro, es incompleto, mientras que el otro cuenta con un valor de completitud.

Frente a esta jerarquización, donde se puede ver que lo que oculta es a su vez una jerarquía más general dominada por la noción de lo original frente a lo accesorio, entre lo necesario y lo contingente, y la presencia y la ausencia, Derrida propone una primera fase en lo que vamos a denominar la estrategia de la deconstrucción que consiste en la inversión de estos valores.

“Lo que me interesaba en aquel momento, lo que trato de proseguir según otras vías ahora, es al mismo tiempo que una ‘economía general’, una especie de estrategia general de la deconstrucción. Esta debería a la vez neutralizar simplemente las oposiciones binarias de la metafísica y residir simplemente, confirmándolo, en el campo cerrado de estas oposiciones.” [48]

“Insisto mucho y sin cesar sobre la necesidad de esta fase de inversión que quizá se ha buscado desacreditar prematuramente. Dar derecho a esta necesidad significa reconocer que, en una operación filosófica clásica, no tenemos que vérnoslas con la coexistencia pacífica de un vis-a-vis, sino con una jerarquía violenta. Uno de los dos términos se opone al otro (axiológicamente, lógicamente, etc.), se encumbra. Deconstruir la oposición significa, en un momento dado, invertir la jerarquía”. [49]

Vemos como se emplea una estrategia que comienza con un intento de detectar en el texto ciertos presupuestos metafísicos en forma de oposiciones jerárquicas.

Invertir estas jerarquías es cuestionar el principio de origen. Como en la labor de transvaloración nietzscheana invertir los valores nos ayudará a vislumbrar la ley que origina las valoraciones. Pero al igual que Nietzsche, Derrida no formula una simple inversión.

Si esta operación realizada desde dentro de la metafísica, si esta inversión de valores fuera la tarea de la estrategia deconstructiva, sería de nuevo absorbida por la metafísica, un nuevo dualismo invertido residiría en la metafísica sin violentarla. No es ésta la propuesta de la deconstrucción, una inversión donde lo que antes estaba en una posición inferior pase a un plano dominante, sino un doble gesto, una segunda fase, sin que esto implique un intervalo temporal en la estrategia deconstructiva, donde se realizará una labor de desedimentación, una operación al margen y desde el margen.

Derrida nos invita a situarnos a la vez en un adentro y un afuera, en el entre que separa lo interior de lo exterior, en el entre de la jerarquía para evitar, de este modo, cualquier dualismo.

“Dicho esto -y por otra parte-, permanecer en esta fase, todavía es operar sobre el terreno y en el interior del sistema deconstruidos. También es necesario, mediante esta escritura doble, justamente, estratificada, cambiada y cambiante, marcar la separación entre la inversión que pone abajo lo que está arriba, deconstruye la genealogía sublimante e idealizante, y la emergencia irruptiva de un nuevo ‘concepto’, concepto de lo que no se deja ya, no se ha dejado nunca, comprender en el régimen anterior.” [50]

Es importante subrayar el riesgo que corre la deconstrucción de mantenerse dentro de la metafísica ya que sólo dispone de este lenguaje. Sustraerse de esta herencia obliga a actuar con gran cautela, de forma tangencial pues todo objeto de la deconstrucción es ya un elemento del edificio a deconstruir. La deconstrucción no se sitúa ni en una exterioridad de la metafísica ni tampoco consiste en una operación interna, en una crítica inmanente. Lo que hay de estratégico en la deconstrucción es el habitar en el límite, en los términos que no se dejan absorber por el dualismo, en las grietas de la metafísica, en lo marginal o lo marginado por la metafísica, operando a través de las fisuras.

Son muchas las estrategias que Derrida empleará para filtrarse en el edificio metafísico sin ser absorbido por él. Encontrará varias ranuras por donde entrar por medio de lo que hemos llamado el proceso de desedimentación o descentralización y lectura del margen. Una de ellas será lo que hemos denominado los indecibles, esos términos que no se dejan dominar por la noción común de concepto:

“ Unidades de simulacro, ‘falsas’ propiedades verbales, nominales o semánticas, que ya no se dejan comprender en la oposición filosófica (binaria) y que no obstante la habitan, la resisten, la desorganizan, pero sin constituir nunca un tercer término, sin dar lugar nunca a una solución en la forma de la dialéctica especulativa (el fármaco no es ni el remedio ni el veneno, ni el bien ni el mal, ni el adentro ni el afuera, ni la palabra ni la escritura; el suplemento no es ni un más ni un menos, ni un afuera ni el complemento de un adentro, ni un accidente ni una ausencia, etc.; el himen no es ni la confusión ni la distinción, ni la identidad ni la diferencia, ni la consumación ni la virginidad, ni el velo ni el desvelamiento, ni el adentro ni el afuera, etc.; el grama no es ni un significante ni un significado, ni un signo ni una cosa, ni una presencia ni una ausencia, ni una posición ni una negación, etc.; el espaciamiento, no es ni el espacio ni el tiempo; la merma, no es ni la integridad (mermada) de un comienzo o de una cortadura simple ni la simple secundariedad. Ni/ni, es a la vez o bien o bien; la marca también es el límite marginal, la mancha, etc.).” [51]

Podemos ver en esta cita los términos con los que Derrida trabaja, términos inhabitables, de paso, que se oponen a todo dualismo idealista, el tercer elemento que no es sintético, el tercer elemento que como el rincón es un espacio que no pertenece a nadie, que no pertenece ni a un término ni a otro y que tampoco es su síntesis. El espacio necesario de cruce, como en un cruce de caminos, es la abertura necesaria de todo cierre donde la condición del cierre está en que se pueda cerrar y que, por el hecho de cerrarse, mantiene una abertura, como la repetición que para darse necesita una pausa entre golpe y golpe, sin interrupción no es posible el paso. El lugar de lo impropio desde el cual el sentido se articula.

En esta abertura, en esta interrupción, en el cruce de caminos, desde el lugar de lo otro, es donde la estrategia deconstructiva encuentra el espacio por donde filtrarse en el edificio de la metafísica occidental, en sus cicatrices, sus grietas y soldaduras, en la falla es donde la crítica metafísica puede empezar su labor de deconstrucción sin alimentarla.

Es así cómo Derrida desenmascara el prejuicio logofonocentrista y cómo se enfrenta a él. La différance, como un indecidible más dentro de la cadena de indecidibles que son sustituibles entre sí, es el término que sirve en su propia construcción para denunciar y poner en marcha la estrategia decontructivista, término que impide una reducción de la escritura a una simple traducción fonética y, por lo tanto, derivada y dependiente del habla.

 

6. LA HUELLA Y LA DIFFÉRANCE.

6.1. La différance.

Introduzcamos un indecidible más, el término différance, un término intraducible, un término que como Schibboleth no responde en tanto que concepto según su significado y no se deja, por ello, gobernar por la noción común de nombre. Este es un término que obliga a pasar por la escritura, pues a través de la pronunciación no es posible marcar la divergencia entre différence y différance, la diferencia es silenciosa, esta primera diferencia productora de todas las demás permanece inaudible.

El reto propuesto al traductor es insaldable. Los traductores se ven obligados a decantarse por una de estas opciones, todas ellas necesariamente acompañadas de una nota explicativa: o bien optar por mantener el término en francés; bien, mantener la diferencia gráfica pero no fonética recurriendo a un nuevo término como diferenzia; o bien, mantener la variación entre e y a usando el término diferancia.

Todos estos problemas nacen de un desarreglo en la palabra différance, un desarreglo que ocurre dentro de la diferencia gráfica, escritural, pero de la que no puede dar cuenta la voz, la phoné.

Como decíamos respecto del prejuicio fonocentrista, la escritura es entendida como derivado del habla, como trascripción o traducción de signo a signo. Esta palabra, este invento de palabra, sirve para denunciar este prejuicio donde la diferencia fonética no se reduce a signos meramente fonéticos.

Esta es la crítica a la lingüística tal y como fue planteada por Saussure, el cual definía el lenguaje como un conjunto de signos que generan su propio sistema de diferencias. Los signos, de esta forma, no tienen valor por sí mismos sino en relación con los demás dentro del sistema lingüístico de articulaciones entre ellos. De modo que, el signo, es definido como unidad relacional donde la presencia es referida a los elementos con los que se relaciona y que se encuentran ausentes, referencias a otros que no están presentes pero que le otorgan su lugar. Vemos ya un sistema dualista que se basa en la oposición presencia/ausencia para explicar así el signo lingüístico.

Hasta aquí el discurso de Saussure admite un sistema diferencial sin núcleos estables ni términos positivos a partir de los cuales se establezcan las posteriores diferencias donde no hay ningún signo, ningún núcleo presente, anterior ni exterior a este sistema relacional.

Pero introduce dos nociones que se contradicen con esta definición del lenguaje como juego referencial exclusivamente intralingüístico, que se contiene a sí mismo y que es puramente convencional e impuesto sin ninguna vinculación natural. Estas nociones son la de la esencia por naturaleza fonética de la lengua y la dependencia natural del significante gráfico, nociones heredadas del prejuicio fonocentrista y que relegan a la escritura a un plano secundario y derivado, posterior e innecesario.

Lo que el término différance nos obliga a admitir es que:

“Contrariamente a un prejuicio, no hay escritura fonética. No hay una escritura pura y rigurosamente fonética, la escritura llamada fonética no puede en principio y de derecho, y no sólo por una insuficiencia empírica o técnica, funcionar, sino es admitiendo en ella misma ‘signos’ no fonéticos (puntuación, espacios, etc.) de los que se dará cuenta enseguida, al examinar la estructura y la necesidad, que toleran muy mal el concepto de signo. Mejor, el juego de la diferencia del que Saussure sólo ha recordado que es la condición de posibilidad y de funcionamiento de todo signo, este juego es en sí mismo silencioso. Es inaudible la diferencia entre dos fonemas, lo único que les permite ser y actuar como tales. Lo inaudible abre a la interpretación de los dos fonemas presentes, tal y como se presentan. Si no hay, pues, una escritura puramente fonética, es que no hay phoné puramente fonética. La diferencia que hace separarse los fonemas y hace que se oigan, en todos los sentidos de esta palabra, permanece inaudible.” [52]

El término différance nos conduce a un pensamiento sobre la escisión entre la escritura y la palabra debido a una diferencia de fondo que consiste en la oposición entre inteligible y sensible, pero la diferencia que se da entre estas dos letras no pertenece a la diferencia entre la voz y la escritura, pertenece a un campo anterior, pertenece a un campo que hace posible esta diferencia, lo que nos hace pensar una escisión entre ambas es aquello que ha sido sustentado por una herencia filosófica que nos aseguraba un orden entre las dos, “una familiaridad tranquila que nos liga a la una y a la otra, a veces en la ilusión de que son dos.” [53]

Nos damos cuenta de que aquí no se puede defender, como se esperaba según el logocentrismo, que primero sea la voz y que una vez ya enunciado, pase a la escritura. Derrida lo que hace es ceder el puesto a la escritura, la diferencia se marca o se reconoce en la escritura pero las diferencias, los efectos de diferimiento no proceden ni del habla ni de la escritura sino de lo que se sitúa entre ambas, lo que las acerca y las separa. La différance sólo se puede entender más allá del dualismo, como el motor que produce los efectos de diferencia o similitud.

La oposición de los términos no sólo queda invertida (quizá fue el primer paso en De la gramatología, suponer que la escritura surgió antes que el habla), sino que queda desplazada. El descanso que permitía el dualismo se rompe frente al desasosiego que produce la différance, motor de la diferencia sin origen ni fin, alusión perpetua sin detenerse en ningún término, operación de sentido en el sinsentido pero también, recordemos a Nietzsche, se abre la posibilidad de enfrentarse al devenir del lenguaje de forma afirmativa frente a la nostalgia como sentimiento de pérdida y búsqueda sin fin de un sentido trascendental que se ha perdido para siempre.

“No habrá nombre único aunque sea el nombre del ser. Y es necesario pensarlo sin nostalgia, es decir, fuera del mito de la lengua puramente materna o puramente paterna, de la patria perdida del pensamiento. Es preciso, al contrario, afirmarla, en el sentido en que Nietzsche pone en juego la afirmación, con una risa y un paso de danza.” [54]

Pensando que es el único modo en que el traductor puede romper con sus cadenas, esclavizado por un supuesto sentido trascendental que no llega a alcanzar y que le hace contraer una deuda insaldable.

La explicación de un término como différance sólo puede darse con un es bajo una tachadura, tachado para con ello afirmar la imposibilidad de que este término se muestre presente. Anterior a la presencia y como lo que hace posible la noción de significado, la différance no es, no se muestra nunca, no se hace presente. Escapa también a toda referencialidad, no depende de ningún otro término dentro de la articulación del lenguaje sino que ella es la articulación, la bisagra que une los términos y los sitúa dentro de un sistema referencial.

Este neografismo, este juego que nos propone Derrida no es un juego ingenuo, sino el principio de juego como estrategia. El juego es aquello que se hace sin finalidad, recordando la noción de lo sublime en Kant, que no está orientado a nada, ningún principio teleológico le rige como tampoco ningún principio trascendental, no hay principios que dirijan el desarrollo de este juego, no hay más que aquello que liga el azar y la necesidad como en toda tirada de dados, es abrirse a un juego de efectos inesperado.

Hay un juego estratégico cuando se propone un término inventado, un término que se inventa para desafiar y cuestionar la escritura y el valor de arkhé, hay también una imposibilidad de ver todos los efectos que provocará un término al introducirlo dentro de la metafísica y así poner en duda la noción de signo heredada de Saussure y mantenida en los estudios lingüísticos y semióticos, la imposibilidad de ver los efectos de un término imposible que no se deja resolver ni predecir por la noción de concepto y cuyo movimiento se opone al de la metodología, en tanto que estructura fija y transportable de un código a otro. Por eso la práctica deconstructiva siempre se hace en un idioma y cambia según el objeto a deconstruir.

Nos encontramos pues con un término que nos invita a un juego de efectos que no pueden ser calculados pero cuyo uso será estratégico y que, como un término indecidible que se sustrae a la lógica dualista, nos permitirá cuestionar el origen de la escritura por el desarreglo interior que esta palabra contiene, también por su carácter marginal, secundario y ligado al habla.

Un análisis semántico del término diferir nos ayudará a comprender por qué ha sido elegido este término. Este verbo tiene dos sentidos: por un lado, hace alusión a una cuestión temporal pues significa retrasar, dejar para más tarde, dar un rodeo.

“Diferir en este sentido es temporalizar, es recurrir consciente o inconscientemente a la intervención temporal o temporalizadora de un rodeo que suspende el cumplimiento o la satisfacción del ‘deseo’ o de la ‘voluntad’, efectuándolo también en un modo que anula o templa el efecto.” [55]

Por otra parte, este verbo tiene un sentido espacial, de espaciamiento entre lo que no es idéntico, como lo que se relaciona con lo otro, ser diferente a otro como alteridad. Este doble sentido que se encuentra en el verbo diferir nos conducirá a una relación entre el espacio y el tiempo, al devenir espacio del tiempo y al devenir tiempo del espacio. Estas nociones se irán explicando a medida que vayamos ampliando los efectos de este término.

Además de estos dos sentidos del verbo diferir, la terminación en -ance, que equivale a -ancia en castellano, sitúa a este término en una voz intermedia entre lo pasivo y lo activo, es a la vez agente y paciente, tiene la apariencia de una cierta intransitividad que no se deja reducir a la acción de un sujeto sobre un objeto, por ello no se puede decir que la différance sea una operación en sentido estricto [56]. Lo mismo que define a la deconstrucción define a la différance: no es un método ni una operación.

“No basta con decir que la deconstrucción no puede reducirse a una mera instrumentalidad metodológica, a un conjunto de reglas y de procedimientos transportables. No basta con decir que cada ‘acontecimiento’ de deconstrucción resulta singular o, en todo caso, lo más cercano posible a algo así como un idioma o una firma. Es preciso, asimismo, señalar que la deconstrucción no es siquiera un acto o una operación. No sólo porque, en ese caso, habría en ella algo ‘pasivo’ o algo ‘paciente’ (más pasivo que la pasividad, diría Blanchot, que la pasividad tal como es contrapuesta a la actividad). No sólo porque no corresponde a un sujeto (individual o colectivo) que tomaría la iniciativa de ella y la aplicaría a un objeto, a un texto, a un tema, etc. la deconstrucción tiene lugar; es un acontecimiento que no espera la deliberación, la conciencia o la organización del sujeto, ni siquiera de la modernidad. Ello se deconstruye. El ello no es aquí no es una cosa impersonal que se contrapondría a alguna subjetividad egológica. Está en deconstrucción (Littré decía: ‘reconstruirse… perder su construcción’). Y en ese se del deconstruirse, que no es la reflexividad de un yo o de una conciencia, reside todo el enigma.” [57]

Así que nos enfrentamos a un término que no responde a la noción de concepto, que no consiste en una operación y que tiene un carácter intransitivo.

La différance, además, como ya explicábamos, pone en duda el carácter secundario y provisional del signo, se anuncia a sí misma como différance ‘originaria’ que no se sitúa en ningún origen ni en un fin, pues la différance hace diferir toda noción de original pleno y de presencia, abriendo el camino de la huella.

El signo se define como aquello que se pone en lugar de la cosa a la que representa, de modo que representa lo presente en su ausencia, como un lugar vacío y provisionalmente ocupado por el signo a la espera del retorno de aquello que no está presente, ya sea un sentido o referente. El signo siempre señala a otra cosa que no es el mismo.

Es así como, por ejemplo, la escritura como signo se relaciona con el habla, se escribe porque se va a estar ausente o para una persona que no está. Cuando algo no está presente nos vemos obligados a dar el rodeo por el signo, al igual que un juego metafórico, de modo que podríamos decir que el signo funciona siempre como una presencia diferida.

Según esta definición de signo que se sustenta en la oposición entre presencia y ausencia, el signo sólo se puede pensar como secundario respecto a la presencia, y provisional, manteniéndose a la espera de la vuelta de aquello que debe presentarse.

Saussure, padre de la lingüística, ya definía el signo, como hemos visto, como aquello que tiene un carácter arbitrario y diferencial, donde los signos se encuentran en una red de diferencias que los acercan y los separan creando de ese modo significados. Es por esto, que cada elemento nunca se muestra pleno sino en referencia a aquellos que están a su alrededor y de los cuales obtiene su valor, nada queda fuera de esta red, todo se configura de forma diferencial en el signo, en las dos caras inseparables del signo, significante y significado. Dentro de este movimiento en la red, el significado, el concepto como unidad plena y presente, no es posible sino que es dado a través del mecanismo de diferimiento dentro del sistema.

Es la différance la que otorga la posibilidad del concepto y, al mismo tiempo, la posibilidad del sistema diferencial del lenguaje, es por ello por lo que decimos que no es un concepto sino lo que produce el juego de las diferencias.

Así Derrida establece la distancia entre diferencia y différance.

“Lo que se escribe como différance será así el movimiento de juego que ‘produce’, por lo que no es simplemente una actividad, estas diferencias, estos efectos de diferencia. Esto no quiere decir que la différance que produce las diferencias esté antes que ellas en un presente simple y en sí mismo inmodificado, in-diferente. La différance es el ‘origen’ no-pleno, no-simple, el origen estructurado y diferente (de diferir) de las diferencias. El nombre de ‘origen’, pues, ya no le conviene.” [58]

Los efectos diferenciales dentro del sistema lingüístico son producidos por la différance, no hay ningún elemento extralingüístico que se pueda pensar como motor de las diferencias, ni sujeto ni sustancia ajena entendido como causa general sino es cayendo en una teología de la lengua, de modo que es preciso admitir, como decíamos anteriormente, que la différance responde a un carácter intransitivo, a un se que no designa a un sujeto exterior. La différance es, entonces,

“el movimiento según el cual la lengua, o todo código, todo sistema de repeticiones en general se constituye ‘históricamente’ como entramado de diferencias. (…) la différance, tal y como se inscribe aquí, no es más estática que genética, no es más estructural que histórica.” [59]

Cuando definíamos el verbo diferir hacíamos referencia a dos nociones, la de tiempo, dar un rodeo, y la de espacio, ser diferente a otro. La lengua, al ser un sistema basado en diferencias, la relación que se establece entre un elemento y otro es lo que permite la configuración del sentido de cada elemento, como si en cada uno de ellos se guardara una marca de aquello que ya no está presente, aunque la différance no es ni una presencia ni una ausencia sino lo que permite que surjan este tipo de divisiones. Como vemos la noción de presencia se entremezcla así con una cierta ausencia, el presente está marcado por un pasado y un futuro, por un devenir espacio del tiempo o un devenir tiempo del espacio. Hay un intervalo, esta noción con la que continuamente jugamos en la imposible-posibilidad de la traducción, de lo que no es para que sea. La noción de presente queda de este modo infectada de marcas de otros tiempos, de rastros y huellas de otros elementos, esto es lo que Derrida propone denominar “archi-escritura, archirastro o différance. Esta (es) (a la vez) espaciamiento (y) temporalización.” [60]

El elemento que denominamos presente se relaciona entonces con otros elementos que no pertenecen a esa presencia, a ese momento presente, relacionándose tanto con un elemento de la cadena que denominamos posterior, que se encuentra en un lugar y en un tiempo que denominamos futuro, como con el rastro de los elementos anteriores por los que ha debido transcurrir en este devenir y que le contamina de lo que no es él mismo.

“La différance es lo que hace que el movimiento de significación no sea posible más que si cada elemento llamado ‘presente’, que aparece en la escena de la presencia, se relaciona con otra cosa, guardando en sí la marca del elemento pasado y dejándose ya hundir por la marca de su relación con el elemento futuro, no relacionándose la marca menos con lo que se llama el futuro que con lo que se llama el pasado, y constituyendo lo que se llama el presente por esta misma relación con lo que no es él: no es absolutamente, es decir, ni siquiera un presente o un futuro como presentes modificados. Es preciso que le separe un intervalo de lo que no es él para que sea él mismo, pero este intervalo que lo constituye en presente debe también a la vez decidir el presente en sí mismo, compartiendo así, con el presente, todo lo que se puede pensar a partir de él, es decir, todo existente, en nuestra lengua metafísica, singularmente la sustancia o el sujeto. Constituyéndose este intervalo, decidiéndose dinámicamente, es lo que podemos llamar espaciamiento, devenir-espacio del tiempo o devenir-tiempo del espacio (temporalización).” [61]

6.2. La huella.

El movimiento que origina la différance es el de la huella o la marca. Una huella sólo existe para otra huella en un juego de referencias sin fin. Lo más parecido a la noción de origen es la archi-huella o archi-escritura que ella misma tacha en su referirse a un pasado absoluto como huella de huella. Este origen como archi-huella es la tachadura del origen, es la imposiblilidad de encontrar la huella originaria, no hay huella original sino huella de huella en forma de encadenamiento, sin posibilidad de encontrar una primera huella.

Como la noción misma de huella indica, es el rastro de algo que ya no está presente, un rastro que remite a otro rastro en una cadena infinita. Esta imposibilidad de referencia originaria es, como ya hemos denominado, la ruptura con la noción de origen, la operación de la rature del origen. La noción de origen como la noción de presencia se aparecen, así, como nociones de una herencia metafísica que quedan tachadas con la afirmación de la différance y de la huella, de la archi-huella que tacha el valor de archía y de fin como teleología. También, como hemos visto, desajusta la noción vulgar de tiempo, según la terminología heideggeriana, que consiste en una sucesividad y homogeneidad temporal, irreversibilidad y linealidad, a la vez que rompe del mismo modo con la noción de identidad y de consciencia como presencia para sí.

“La huella no sólo es la desaparición de origen; quiere decir aquí -en el discurso que sostenemos y según el recorrido que seguimos- que el origen ni siquiera ha desaparecido, que nunca ha quedado constituido, más que retrospectivamente por un no-origen, la huella, que se convierte de este modo en el origen del origen. En adelante para arrancar el concepto de huella del esquema clásico que le haría derivar de una presencia o de una no-huella originaria y la convertiría en una marca empírica, es preciso hablar de una huella originaria o archi-huella. Y, sin embargo, sabemos que este concepto destruye su nombre y que, si todo comienza por la huella, lo que no hay en modo alguno es huella originaria.” [62]

La huella como vemos conduce al pensamiento que continuamente intentamos exponer, el simulacro en el origen, toda huella al remitir sin fin a otra huella no hace más que dislocar la idea de presencia y de origen remitiendo a otra huella sin que se pueda llegar a un fin o a un origen. Todo origen es una huella que no termina en sí misma y por lo tanto, es un no-origen o un origen simulado.

La noción de huella implica un borrarse de la huella. La huella se da en movimiento, se borra porque siempre remite a otra cosa, porque tiene una vocación de borrarse, de señalar a otro que no es ella. La huella nos obtura por ello su Ser, lleva consigo su ocultación, una imposible manifestación total de lo que hay en ella (ninguna fenomenología podría dar cuenta de ello), es un simulacro de presencia y este simulacro es el que permite el movimiento de la huella que es a su vez, lo que permite el sentido. Porque hay un fuera de- (otras huellas), dentro de- (ella misma), hay significación.

La noción de arquía queda dislocada por el movimiento de la huella, por la resonancia de lo otro en lo mismo. Su inmotivación conduce a una inestabilidad de asignación. Según la metafísica tradicional el arkhé, el principio u origen, es lo no originado y lo que no se contamina por lo que él origina. El arkhé se caracteriza por ser aquello a lo que nada le pasa. Pero la deconstrucción y el movimiento de la huella hace que algo le pase al arkhé, a aquello a lo que en principio nunca le pasa nada. Lo que le pasa ahora es que está tan afectado por la huella como cualquier otro elemento, por ello podemos decir que la huella es el origen originado por ella misma, origina por lo mismo que contamina, ningún elemento se sustrae a la cadena, todo elemento está marcado, tiene una incisión de lo otro en lo mismo.

La noción de presencia tanto en la escritura como en el habla se vuelve imposible por la aventura seminal de la huella, la temporalización y el espaciamiento que hacen de la interrupción el paso necesario para toda articulación, interrupción del espacio, necesidad de una cierta transposición, de una cierta traducción, y de un tiempo necesario para que la huella pase por la cadena de significantes.

La metafísica ha intentado librar al habla de esta necesidad de interrupción a través de la engañosa ilusión de la consciencia como presencia para sí y del oírse hablar como inmediatez, pero el mismo sistema de diferimiento, los ‘efectos’ de la différance que se encuentran en la escritura, son aplicables a la cadena hablada. Todo signo, entonces, difiere de sí mismo, dentro de sí encuentra una incompletud, un vacío, como la noción de suplemento ya nos indicaba, que es lo que a la vez le permite cierta completitud, sin este espacio vacío, que es el espacio de la huella, quedaría incompleto por paradójico que pueda parecer.

Es aquí donde interviene la diseminación como imposibilidad de completar todos los efectos de sentido de un término, abiertos al caminar incesante de la huella y al abanico que recorre un espacio infinito cada vez que se abre y se pliega sobre sí mismo. Esta es la forma en la que la oposición entre significado y significante se borra al estar el significado siempre en la posición de significante, si es aún es pertinente este término. No puede haber después de la aventura seminal de la huella algo así como un significado último o trascendental que se encuentre fuera de este sistema de reenvíos de significantes.

La différance nos invita a pensamiento de lo imposible, al pensamiento de a la vez un opuesto y otro dentro de la metafísica de la presencia, dejando al sujeto ante algo que le disloca como identidad consigo mismo y lo separa de sí.

“Aquí tocamos el punto de mayor oscuridad en el enigma mismo de la différance, lo que divide justamente el concepto en una extraña partición. No es preciso precipitarse a decidir, ¿Cómo pensar a la vez la différance como rodeo económico que, en el elemento del mismo, pretende siempre reencontrar el placer en el lugar donde la presencia es diferida por el calculo (consciente o inconscientemente) y por otra parte la différance como relación con la presencia imposible, como gasto sin reserva , como perdida irreparable de la presencia, usura irreversible de la energía, como pulsión de muerte y relación con el otro que interrumpe en apariencia toda economía? Es evidente -es absolutamente evidente- que no se pueden pensar juntos lo económico y lo no económico, lo mismo y lo completamente distinto, etc. Si la différance es este impensable, quizá no es necesario apresurarse a hacerlo evidente, en el elemento filosófico de la evidencia que habría hecho pronto disipar la ilusión y lo ilógico, con la infalibilidad de un calculo que conocemos bien, para haber reconocido precisamente su lugar, su necesidad, su función en la estructura de la différance. Lo que en la filosofía sacaría provecho ya ha sido tomado en consideración en el sistema de la différance tal como se calcula aquí.” [63]

Lo originario no es más que dar un rodeo, un diferimiento. Lo originario es el simulacro del origen al que no se llega, siempre con un gasto de más, un rodeo.

6.3. La différance y la traducción.

La función de la huella rompe en primer lugar, con la noción de presencia, pues cada elemento no está presente más que en relación con otro elemento, el que está ausente, y con el cual tiene una relación de alteridad, convertido en otro que no es él mismo pero que le confiere identidad a través de lo que no es él. La noción de identidad queda así mismo alterada a través del efecto de la huella, la identidad no se configura desde sí misma sino en referencia a lo otro, a partir de un vacío o una vacancia donde el otro está “presente” en forma de eco, de resonancia, contiene la huella del otro, como lo que no es él. La identidad por tanto deja de ser un concepto cerrado para contener una cierta ausencia a través de un continuo diferimiento que es el hacerse otro para ser él mismo.

Se rebasa, de este modo, la oposición presencia/ausencia. Lo ausente no promete un pasado diferido donde se instalaba una presencia, la huella no es el rastro de una presencia pasada, sino la marca del otro en cada elemento sin la posibilidad de encontrar una presencia que se sustraiga de la cadena de la huella, anterior o futura. La huella es la presencia diferida del otro en sí mismo como condición de una identidad que no culmina.

La complejidad de tratar estos términos que se sobrepasan a sí mismos, que han configurado la metafísica de la presencia y a la vez la han sobrepasado, que la exceden en el ejercicio de una descentralización de estos términos metafísicos a través de una traslación a un plano donde no están dominados por la noción de presencia, obligan a resituarlos bajo el efecto de la rature, de una tachadura del verbo ser para indicar que no se pueden comprender bajo la noción tradicional de existencia, de concepto, de palabra.

Afirmar que la différance y la huella es un no-origen, una no-presencia, no es simplemente negar el origen y la presencia para afirmar su opuesto: frente a un origen, una copia; frente a la presencia, una ausencia. Esta negación implica una superación de las jerarquías y de los opuestos, un orden que escapa a una simple inversión de la jerarquía y de los valores.

Si decimos que todo significado se convierte en significante bajo el efecto de la différance, todo significante no remite más que a la noción de différance como garantía última: la différance pone así, en funcionamiento, el juego referencial del lenguaje como relación entre significantes, pero la différance se sustrae de este juego que pone en funcionamiento. Esto es la negación de un significado trascendental y exterior al juego referencial del lenguaje.

La différance sólo es en la medida en que se da la diferencia, no es nada fuera de este mecanismo de fuerzas enfrentadas y de resistencias, no hay donde rastrear ni punto de partida más que el mecanismo del diferimiento.

“No hay nada fuera del texto”, “no existe nada fuera del texto”, esto que estamos refiriendo exclusivamente al lenguaje, es el mismo modo de creación de realidad. La realidad puede ser entendida como texto, metáfora del texto como textura y el tejer de la realidad. Nada funciona fuera de la ley de la différance, campo de fuerzas sin origen ni original. No hay nada exterior que domine el diferir de la différance, nada que le otorgue entidad o sentido, nada que le de una razón de ser, ningún motor externo ni sujeto que pueda sustraerse de la cadena de la huella, nada mas que el mecanismo ciego del diferir.

Si no hay nada exterior, si la différance ocurre en todo texto el texto y no hay fuera de texto, si la différance mantiene a todo elemento fuera del orden de la presencia, entonces no puede haber un sentido que pueda preservarse en la traslación de un código lingüístico a otro. El único origen es la différance, un no-origen que conduce de una huella a otra sin posibilidad de encontrar un elemento estable o finito. La verdad se convierte entonces es una construcción sin fondo y sin fin, sin posibilidad de detenerse en el camino trazado por la aventura seminal de la huella.

No hay pues un sentido que se pueda extraer de forma unitaria del discurso en el que está inscrito, un sentido anterior que preceda al discurso. El anhelo de reproducir un original está desde el principio condenado al fracaso porque no existe tal original sino un texto dentro de otro texto, un simulacro de original que rompe con la dualidad original/copia.

El paso por las efectos de la différance en tanto que devenir espacio del tiempo y devenir tiempo del espacio, implica la necesidad de no sólo un diferir en tanto que ser diferente al otro, noción de alteridad, sino también, la necesidad de un rodeo, de una temporalización en todo envío y reenvío de significantes, donde a través de todos estos espacios de paso se va tejiendo la textura de un nuevo texto, texto dentro del texto.

Entre el texto original como texto fuente se deja abierta la posibilidad de tantos otros textos como lecturas, y entre uno y otros, los efectos del espaciamiento y de la temporalización. Toda lectura, por ello, se mueve a través de una traslación necesaria que pasa por estos elementos bajo una ley de efectos no determinada, no dominada por una ley de sentido que dependa del autor, ni de un sentido trascendental que guíe la relación entre original y copia.

La traducción, como ejemplo de este ejercicio de traslación, implica entretejer una textura que necesariamente pasa por la retórica, por la invención, por un añadido (acumulación de significantes en todo ejercicio de reenvío, de rodeo) y una falta (el continuo diferimiento de una presencia anhelada de la que sólo queda un rastro perdido).

Todo texto en su legibilidad tiene la forma de un envío, de falta como apertura y de donación como entrega sin custodia. La traducción es, de este modo, la forma de un espacio de reenvío, de contrafirma que valida la firma, la afirmación en el borrarse de lo auténtico o del acontecimiento, siempre abierto a otro reenvío.

La noción de origen como la noción de original queda borrada por el paso de la huella, un paso necesario por la metáfora que es ya un desdoblarse del origen, un dividirse de sí misma como imagen, acercarse al origen es ya tacharlo y borrarlo como huella, es aplicarle una operación de multiplicación donde original y copia no son opuestos, no hay más originales ni copias, solo el simulacro de un origen, el simulacro de un texto original como texto fuente,

“Pero ¿cómo es posible lo imposible? ¿Cómo puede dividirse la fuente/las fuentes desde el título germinales -y separarse de sí misma para ponerse en contacto consigo misma- que es, en tanto que origen puro, la irreverencia de sí? Y desde el momento en que la fuente abre su proceso, se inicia y escapa de sí misma, ¿hay una primera metáfora del origen? ¿Una metáfora propiamente originaria? ¿Una metáfora en la que la fuente se pierda menos que en otra? ¿O en la que perdiéndose más, se vuelva a juntar todavía con más seguridad? ¿Hay en este proceso, el lenguaje plotiniano se impone aquí, una primera emanación metafórica del Uno que es la fuente? (…)

Para que la fuente a su vez se haga imagen, a la vez que se comprometa en una trópica o en una fantasmática y para que se aparezca y se reciba, para que se vea como mirada de origen, debe dividirse. Por todas partes donde interviene el espejo, (…), la fuente no puede reencontrarse como efecto de espejo sino para perderse dos veces. El espejo, otro tema inencontrable (pero se propaga lo mismo que un tema no existe), manifiesta ahí siempre esta singular operación de división multiplicadora que transforma el origen en efecto y el todo en parte.” [64]

 

7. CONCLUSIONES

Durante el trabajo que hemos realizado, hemos visto desde diversas perspectivas que trataban el tema de la traducción, una tendencia teleológica en base a la cual se organizaba el discurso bajo una pretensión organizativa del trabajo de forma lineal y, cuyo fin, era la culminación y clausura de la tarea.

Frente a esta postura teleológica hemos pretendido mostrar la imposibilidad del concluir, del poner término a partir de las figuras de la diseminación y de la différance que nos mostraban un continuo diferir del sentido, la apertura de las palabras, la ruptura con la linealidad temporal y, por todo ello, la incapacidad de abarcar el sentido de forma unívoca.

Las conclusiones que aquí se exponen son, por ello, conclusiones parciales.

Hemos intentado una perspectiva de la traducción desde la deconstrucción a través de la inclusión de la iterabilidad, la cual no sólo hace referencia a una repetición sino a la repetición en la que siempre interviene algo que la hace diferente, la necesidad de un desvío, rompiendo de ese modo con la noción de identidad y, con ello, toda posibilidad de literalidad.

La lectura que hemos realizado de los textos de Derrida es, pues está bajo los efectos que atribuimos a la traducción, siempre desplazable, frustrando constantemente el intento de construir sobre ella un sistema estable. Este, precisamente, ha constituido el principal objetivo de este trabajo: mostrar la resistencia a tematizar, a reducir los efectos de sentido, a posibilitar una adecuación entre el original y traducción, mostrar, así, el fracaso al que está abocado cualquier traducción cuya meta sea la literalidad, una lectura cuya meta sea una legibilidad absoluta.

Al referirme en este momento a la ilegibilidad o imposibilidad de una legibilidad total de una obra, pretendo señalar la apertura del texto, inabordable desde reglas generales y exteriores a la lectura como las de sentido, unidad, verdad, presencia, que vendrían a condicionar la lectura desde un principio de univocidad. Advierto que, como se ha explicado en el trabajo, en el tercer capítulo, toda obra es legible por el carácter de iterabilidad de la escritura, legible pero no absolutamente legible. Es preciso, entonces, anunciar que la ilegibilidad, en este caso, no se opone a la legibilidad sino a la legibilidad absoluta en tanto que dominio y reunificación de los efectos de sentido. El carácter de legibilidad de toda obra es lo que a la vez le otorga su carácter de ilegibilidad.

Con el objetivo de mostrar la resistencia que ofrece un texto a ser tematizado, hemos señalado los principios que configuraban al original: la fecha, la firma, el autor, encontrando en ellos un principio o protocolo de lectura orientado hacia una pretensión de unidad y univocidad del sentido original que pretendía ser atómico, recoger a través de ellos una posibilidad de recuperación de sentido, de legibilidad total de toda obra a partir de estos principios que garantizaban la originalidad.

Frente a esto, la imposibilidad de traducción es una imposibilidad de legibilidad total de la obra, precisamente por la capacidad de la escritura para volver a leerse de nuevo, a integrarse en otros contextos, a ser leída desde otros contextos, desde otras fechas, donde la firma ya no se deja dominar por el querer decir del autor.

La diseminación abre la aventura seminal de la huella, de un rastro que se pierde y se borra, un sentido abierto que no tiene unidad sino es perteneciendo a otros elementos que no son él mismo y que le otorgan su valor, un valor siempre modificable, siempre a la espera de ser atribuido sin que finalmente se otorgue.

La verdad, vector de la interpretación y del sentido, se convierte, así, en una construcción sin fin y sin fondo que nos abre a un espacio abismático del que ninguna fenomenología puede dar cuenta, espacio abismal que la traducción, como proceso de traslación, deberá atravesar y, cuyo resultado, de ningún modo podrá ser el de una identidad entre dos obras, sino más bien la puesta en marcha de un mecanismo de invención implícito en toda repetición.

El sentido está dislocado, dividido y multiplicado, irrecuperable, por lo que una lectura que quiera ser fiel al texto tendrá que trabajar en ella lo ilegible. Esta es la razón de haber trabajado con los indecidibles, términos y no conceptos, elementos operativos en el texto, dentro del texto, fieles a su idiomaticidad, elementos que vienen dictados desde el propio texto, elementos que permiten la desedimentación de los prejuicios y dualismos metafísicos, que no se dejan leer a través de ellos, de ahí su ilegibilidad y su intraducibilidad pues una traducción no podría dar cuenta de los efectos de estos términos sobre el texto.

Las conclusiones que aquí se exponen son, como decíamos, conclusiones parciales, conclusiones que hay que poner en marcha, cuyo carácter no es teórico sino práctico, donde se propone una puesta en juego -en este trabajo nos hemos centrado en textos pero, como hemos dicho en el prólogo, se puede extender a todo orden: pintura, arquitectura, instituciones, etc., pues no hay fuera de texto, no hay fuera de los efectos del texto y de la escritura- en la que aparecerán, están ahí esperándonos, resistencias y desajustes, de los cuales, algunos, hemos estudiado aquí.

 

Notas:

[1] Derrida, J., “Carta a un amigo japonés”, Anthropos. Revista de Documentación Científica de la Cultura, Suplementos 13, Barcelona, (Marzo 1989), p. 87.

[2] Bennington, G., Jacques Derrida, Cátedra, Madrid, 1994, pp. 32-35

[3] Derrida, J., “Carta a un amigo japonés”, ob.cit., p. 88

[4] Derrida, J., “Las torres de Babel”, E.R. Revista de Filosofía, Sevilla, 5, (Invierno 1987), p. 38

   Cito el texto de Derrida que cita a su vez a Chouraqui, traducción que pretende ser literal y que traduce lo que nosotros entendemos de forma metonímica por lengua y que los hebreos la usaban como labio. Esta cita pertenece en todo caso al Génesis (11: 11-9).

[5] Derrida, J.,“Qual. Cual. Las fuentes de Valéry”, Márgenes de la filosofía, Cátedra, Madrid, 1988, p.325

[6] Derrida, J., “Torres de Babel”, ob.cit., p. 42

[7] “Este ensayo sobre la traducción es también un desafío para el traductor, ya desde el título: des tours de Babel. Éste, en efecto, apunta al menos en tres direcciones de sentido: torres de Babel; vueltas, giros, regresos de Babel; y desviaciones o rodeos de Babel. (N. de los T.).”
Derrida, J., “Torres de Babel”, ob.cit., p 35.

[8] Derrida, J. “Torres de babel”, ob.cit., p. 48

[9] Derrida, J., “Torres de babel”, op.cit., p. 49

[10] Ibíd., p. 53

[11] Ibíd., p. 65

[12] Derrida, J., “Torres de babel”, op.cit., p. 59.

[13] Blanchot, M., La risa de los dioses, Taurus ediciones, S.A., Madrid, 1976.

[14] Borges en este cuento expone una paradoja. Un escritor se propone escribir literalmente la obra del Quijote. A través de un párrafo de Cervantes y otro de Menard, iguales palabra por palabra, el narrador elogia el de éste último autor más perspicaz en el uso del lenguaje, frente al desenfadado español corriente propio de la época en el que escribe Cervantes, Menard utiliza un estilo arcaizante…, dos obras que son la misma pero no idénticas.

[15] Benjamin, W., “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica.” Discursos interrumpidos I. Filosofía del arte y de la historia. Taurus, Madrid, 1987.

[16] Ibíd.

[17] Vidarte, F. y Perreti, C., Derrida, Ediciones del orto, Madrid, 1998.

[18] Derrida, J., “Qual. Cual las fuentes de Valéry”, ob. cit., p. 331.

[19] Derrida, J., “Firma, acontecimiento, contexto”. Márgenes de la filosofía, ob. cit. , p. 357.

[20] La diseminación, ED. Fundamentos, Caracas, 1975, pp. 54-55

[21] Benjamin, W., “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”, ob.cit., p.20

[22] Schibboleth. Para Paul Celan, ED. Arena, Madrid, 2002, p. 30.

[23] Derrida, J., Schibboleth, ob.cit., p.44.

[24] Derrida, J., “Carta a un amigo japonés.”, ob.cit., p. 88.

[25] Con esta idea pretendo apuntar a la noción de estilo y de responsabilidad del autor frente a la obra.

[26] Derrida, J., “Firma, acontecimiento, contexto”. Márgenes de la filosofía., ob. cit., pp.270-271.

[27] Derrida, J., “La doble sesión”. La diseminación, ob. cit., p. 290-291.

[28] Ibíd., p. 291.

[29] Derrida, J., “La doble sesión”. La diseminación, ob.cit., p. 293.

[30] Este texto pertenece al libro La verdad en pintura.

[31] Derrida, J., “La doble sesión”. La diseminación, ob. cit., p.265.

[32] Derrida, J., “La doble sesión”. La diseminación, ob.cit., p.393.

[33] Derrida, J., “La diseminación” en La diseminación, ob. cit., p. 533-534.

[34] Ibíd., p.336

[35] Derrida, J., “La doble sesión”. La diseminación, ob. cit., p.376.

[36] Derrida, J., “La doble sesión”. La diseminación, ob.cit., p.387.

[37] Derrida, J., “Qual. Cual, las fuentes de Valéry”. Márgenes de la filosofía, ob. cit., pp.320-321.

[38] Derrida, J., “La doble sesión”. La diseminación, ob.cit., p.387.

[39] Ibíd., p. 391.

[40] Derrida, J., “La doble sesión”. La diseminación, ob.cit., p.393.

[41] Derrida, J., “La doble sesión”. La diseminación, ob.cit., p.414.

[42] Ibíd., p. 401.

[43] Derrida, J., “Qual. Cual. Las fuentes de Valéry”. Márgenes de la filosofía, ob.cit., p.327.

[44] Este estudio sobre el fármacón es desarrollado por Derrida en el artículo “La farmacia de Platón”, en La diseminación. Aunque ahí hace un minucioso estudio sobre este texto, nosotros haremos una breve reseña con la única intención de ver cuál es el funcionamiento de otros indecidibles, además del himen y de la différance, que veremos con más detenimiento, y que es una forma de entrar en los textos desde su propia desarticulación, desde su propio desajuste.

[45] Derrida, J., “La farmacia de Platón”. La diseminación, ob.cit., p.192.

[46] El estudio del suplemento, este indecidible que ya lo habíamos puesto en funcionamiento anteriormente, Derrida le dedica un amplio espacio en De la gramatología.

[47] Derrida, J., De la gramatología,. Siglo XXI, Buenos Aires, 1971.

[48] Derrida, J., Posiciones, Pre-textos, Valencia, 1977, p.54.

[49] Ibíd., p.54.

[50] Derrida, J., Posiciones, ob.cit., p.55.

[51] Derrida, J., Posiciones, ob.cit., pp.56-57.

[52] Derrida, J., “La differance”. Márgenes de la filosofía, ob.cit., p.41.

[53] Ibíd., p.41

[54] Ibíd., p.62

[55] Derrida, J., “La differance”. Márgenes de la filosofía, ob.cit., p.43.

[56] “Dice una operación que no es una operación, que no se deja pensar como una pasión ni como una acción de un sujeto sobre un objeto”. Es una operación en el sentido en que crea efectos pero cuyos resultados no son predecibles, no están bajo el dominio de un sujeto aunque el deconstructor ejerza un gesto deconstructivo en tanto que desajusta lo que se encuentra desajustado, lo que desajusta la différance.

[57] Derrida, J., “Carta a un amigo japonés”, ob. cit., p.87-88.

[58] Derrida, J., “La différance”. Márgenes de la filosofía, ob.cit., p.47

[59] Ibíd., p.48.

[60] Derrida, J., “La différance”. Márgenes de la filosofía, ob.cit., p.49.

[61] Ibíd., p.48.

[62] Derrida, J., De la gramatología, ob.cit., p.90.

[63] Derrida, J., “La differance”. Márgenes de la filosofía, ob. cit., p. 54.

[64] Derrida, J., “Qual. Cual. Las fuentes de Valéry”. Márgenes de la filosofía, ob. cit., pp.324-325.

 

BIBLIOGRAFÍA UTILIZADA.

Textos de Jacques Derrida:

“Carta a un amigo japonés”, Anthropos. Revista de Documentación Científica de la Cultura, Suplementos 13, Barcelona, (Marzo 1989).

“La teología de la traducción”, http://www.jacquesderrida.com.ar/textos/teología-traducción.htm

“Las torres de Babel”, E.R. Revista de Filosofía, Sevilla, 5, (Invierno 1987).

De la gramatología, Siglo XXI, Buenos Aires, 1971.

Espolones. Los estilos de Nietzsche, Pretextos, Valencia, 1977.

La diseminación, ED. Fundamentos, Caracas, 1975.

La escritura y la diferencia, Editorial Anthropos, Barcelona, 1989.

La verdad en pintura, Paidós, Buenos Aires, 2001.

Los márgenes de la filosofía, Cátedra, Madrid, 1988.

Posiciones, Pretextos, Valencia, 1977.

Schibboleth. Para Paul Celan, ED Arena, Madrid, 2002.

 

Estudios y artículos sobre Derrida utilizados en el trabajo:

Bennington, G., Jacques Derrida, Cátedra, Madrid, 1994

Carreres, A., Cruzando límites. La retórica de la traducción en Jacques Derrida, Peter Lang, Bern, 2005.

Peretti, C., Jacques Derrida. Texto y deconstrucción, Anthropos, Barcelona, 1989.

Santos, J., Círculos viciosos. En torno al pensamiento de Jacques Derrida sobre las artes, Biblioteca nueva, Madrid, 2005.

Vidarte, F. y Peretti, C., Derrida, Ediciones del orto, Madrid, 1998.

Peñalver Gómez, P., “El deseo de idioma”, Anthropos. Revista de Documentación Científica de la Cultura, Nº 93, Barcelona.

 

Otros textos:

Benjamin, W., “La obra de arte en la época de su reproducción técnica”. Discursos interrumpidos I. Filosofía del arte y de la historia, Taurus, Madrid, 1987.

Benjamin, W., “La tarea de la traducción”. Ensayos escogidos, Editorial sur, Buenos Aires, 1967.

Blanchot, M., La risa de los dioses, Taurus, Madrid, 1976.

Borges, J.L., Obras completa, RBA, Barcelona, 2005.

Heidegger, M., “El origen de la obra de arte”. Caminos del bosque, Alianza editorial, Madrid, 1995.

Idoia Quintana Domínguez realiza sus estudios de doctorado en la Universidad Complutense de Madrid

 

© Idoia Quintana Domínguez 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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