Venezuela: el secreto de la tierra, el silencio de la tierra*

Rafael Fauquié


 

 

Cuando Colón, en su tercer viaje, llega a lo que hoy es Venezuela, lo primero que lo admira es la belleza extraordinaria de la tierra. La llamará "Tierra de Gracia" porque en esos parajes reconoce algunos de los signos con que la Biblia describe al Edén: un "árbol de la vida y cuatro ríos que se unen en una sola y gigantesca fuente". Nuestro país penetraba a la cultura occidental revestido con el ropaje de lo mítico: era el Paraíso Perdido al fin reencontrado.

Un año después de ese tercer viaje de Colón, en 1499, llega a nuestras costas otra expedición. La financia Américo Vespuccio y la dirige el capitán Alonso de Ojeda. Los nuevos expedicionarios se admiran de las bellísimas perlas que adornan los cuellos de los aborígenes. De esas perlas nació el segundo de los mitos asociados a la región: el de la riqueza. La versión se propaga rápidamente. Poco después, en el mismo año de 1499, llega a las isla de Cubagua un navío enviado por una compañía comercial, la Sociedad Niño y Guerra. El barco se detuvo un corto tiempo en Cubagua; el suficiente, sin embargo, para llenar con perlas varios barriles. Cuando la expedición regresó a España fue grande la sorpresa de todos ante esas rebosantes barricas. En ese momento los Reyes Católicos conocieron de cerca las maravillas de aquella anunciada "Tierra de Gracia". En la corte de Madrid se dijo que este nuevo viaje había sido el "más rico que hasta entonces se hubiese hecho a las Indias". Lo legendario cobraba visos de realidad: en remotos lugares de clima maravilloso y amables aborígenes, cerca de la desembocadura de un inmenso río (el Orinoco, que hizo suponer por vez primera a Colón que había alcanzado un nuevo continente), se escondían infinitas fortunas que sólo esperaban por la llegada de aventureros lo suficientemente arrojados como para cruzar el océano en su búsqueda.

En poco tiempo la región dejó de ser la Tierra de Gracia para revestirse con un nuevo nombre: Venezuela. Así la llamaron Ojeda y Vespuccio cuando a orillas de una inmensa laguna que los aborígenes llamaban Coquivacoa, contemplaron poblaciones levantadas sobre el agua: construcciones lacustres unidas a través de puentes. Vagamente la imagen les había recordado a Venecia, la serenísima reina del Adriático. Venecia: Venezuela. El término es un diminutivo algo despectivo; cierta irrisión se cuela por entre la comparación. Pequeña y pobre Venecia; Venezuela es a Venecia lo que mujerzuela a mujer: el término burlesco reseña lo poco digno de la evocación por sobre lo evocado. Pero, con todo, era un nombre. El nombre que para siempre acompañaría las peripecias de aquella región, los caminos de su itinerario en el tiempo de la historia.

Un bautizo es un comienzo, un nacer a la referencia y a la memoria futura. Hacia esa nuevo destino que era Venezuela se dirigen los primeros expedicionarios que llegan. En el año de 1500 un grupo de viajeros, provenientes de la isla La Española, se establecen en la pequeña y desértica Cubagua. Cubagua es el primer asentamiento, apenas unas sesenta casas. En la isla no hay árboles, tampoco agua dulce. La madera que usan los vecinos para construir sus casas debe transportarse desde la isla de la Margarita. El agua tiene que ser llevada, en barricas, desde tierra firma. Sin embargo una comunidad, una sociedad nueva nacía en Cubagua. Quince años más tarde las primeras chozas se han convertido ya en pequeño villorrio. Veinte años más tarde, y por orden real, ese villorrio tiene nombre: Nueva Cádiz. El nombre de la primera ciudad venezolana.

Pocos años duraría la vida de Nueva Cádiz: la agotaron los huracanes, los corsarios, la falta de agua, la inclemencia de su infinita sequedad, la desaparición progresiva de las perlas. A mediados del siglo XVI, Nueva Cádiz es abandonada para siempre. Efímera fue su vida. Por mucho tiempo sólo algún muro, vestigios de inciertos escudos tallados en piedra recordaron -y aún hoy lo recuerdan: en su inamovible quietud, el silencio de la tierra habla expresivo- lo frágil y provisional que fue ese primer instante de la historia de Venezuela.

Al partir de Nueva Cádiz, dos españoles que habitaron en ella, Jorge Herrera y Juan de Castellanos, escribieron en versos el epitafio de aquel lugar que moría poco después de haber nacido. Esos versos hablan de fugacidad, de sueños que contradicen las circunstancias adversas: "Aquí fue pueblo plantado,/ Cuyo próspero partido/ voló por lo más subido;/ Mas apenas levantado/ Cuando del todo caído..." Eso escribió Jorge Herrera.

La corta vida de Nueva Cádiz coincidió con la vida de otro sueño, tal vez el más tenaz de todas las promesas americanas: el del Dorado. La aventura del Dorado está emparentada con la llegada de los banqueros Welsers a la región de Venezuela. En busca de ese sueño recorrieron los alemanes todos los rincones de la provincia. Esta les perteneció por más de veinte años. Les fue arrendada por Juana la Loca, en pago por préstamos a la corona y en nombre del futuro emperador Carlos V. Un acuerdo suscrito en 1528 entre la corona española y los banqueros Enrique Ehinger y Gerónimo Sayler pautaba que "... junto a la dicha tierra de Santa Marta y en la misma costa está otra tierra que es el Cabo de la Vela y golfo de Venezuela, hasta el cabo de Maracapana... la cual tierra vosotros os ofrecéis a pacificar y poblar..." Por ese acuerdo, los alemanes se comprometían a fundar dos ciudades y a construir tres fortalezas. Debían, además, traer no menos de cincuenta mineros expertos en la extracción de oro y plata. A cambio, la corona les cedía el cuatro por ciento del producto de todas las riquezas que lograsen hallar, así como la facultad de nombrar los gobernadores de la región. Los vecinos españoles miraron con recelo la llegada de los alemanes. Juan de Castellanos escribió: "es bajeza, poquedad y mengua/ mandarnos gentes de contraria lengua". Durante más de veinte años, los Welsers persiguieron la quimera doradista. Tras ella partieron las distintas expediciones que recorrieron los extremos de una geografía desconocida.

El Dorado fue producto a la vez de un espejismo y de una manipulación. La aventura americana se había iniciado sobre un error: los españoles creyeron haber llegado al Asia, a los riquísimos territorios del Gran Can, descritos por Marco Polo. Desvanecida la ilusión, la corona española se vio forzada a mantener vivo el entusiasmo por la aventura exploratoria. Había que sustituir una ilusión por otra, era necesario que una fantasía sucediese a otra fantasía. El Dorado fue la imaginería que proclamaba la validez del esfuerzo. En América estaba la riqueza; en América estaban, también, el Paraíso Terrenal y la fuente de la eterna juventud. América era la utopía. Utopía: no hay tal lugar, traduce Quevedo. Sin embargo ahora, en ese confuso Nuevo Mundo, ese "no lugar" existía, era real. Lo atestiguaban quienes habían recorrido las nuevas tierras.

El descubrimiento de un Nuevo Mundo parecía algo necesario en una Europa donde se cerraba una época terrible: agonía de la larguísima Edad Media. Era una posibilidad de orden y de paz que cerraría definitivamente un tiempo de caos en la historia occidental. Juan Luis Vives habla de la restauración que necesita Europa para salvarse del agotamiento al que la ha llevado su autodestrucción absurda. "A causa de las continuas guerras, que con increíble fecundidad, han ido naciendo unas de otras -dice- ha sufrido Europa tantas catástrofes que casi en todos los aspectos necesita una grande y casi total restauración". En los comienzos de la conquista de México, Vasco de Quiroga escribe a Carlos V una carta en la que pide al emperador que se ensaye en el Nuevo Mundo la creación de una sociedad diferente, inspirada en la utopía que había descrito Tomás Moro, sin los vicios y sin los errores que habían hecho desgraciada a Europa. El Nuevo Mundo se convierte en refugio donde todos los sueños caben: forma de la esperanza.

Una vieja leyenda india hablaba del sacrificio ritual de un cacique que cada año arrojaba al centro de una laguna oro y piedras preciosas. Ese fue el punto de partida de todo. Un conquistador, Sebastián de Belalcázar, fue uno de los primeros en escuchar la historia. En creerla. A partir de allí, el mito se extendió. Se formaron las primeras expediciones que buscaban una ciudad maravillosa donde un cacique, recubierto de polvo de oro, arrojaba inmensas riquezas en lo más profundo de un lago. La fantasía añadió otros rasgos a la historia: en esa ciudad -se decía- las casas eran de oro; también de oro estaban pavimentadas sus calles.

Quien más lejos llegó en la búsqueda fue el alemán Felipe von Hutten. Desde Santa Ana de Coro partió Hutten hacia el sur, siempre hacia el sur, hacia las impenetrables selvas que rodeaban los grandes ríos de la región. Cuatro años duró el viaje de Hutten. El retorno fue mucho más que el final de otra expedición: señaló el fin de la quimera. El Dorado hubo de permanecer en el recuerdo de todos como una ilusión que, periódicamente aunque de forma cada vez más esporádica, era alimentada por la ambición de alucinados aventureros. Después de la travesía de Hutten, tras otras búsquedas como las de Lope de Aguirre o Walter Raleigh -que obsesivamente persiguió el riquísimo reino de Manoa Orinoco adentro- el Dorado deja de ser sueño para convertirse en irrenunciable quimera, promesa viva abierta a la esperanza, ideal de los crédulos. Todavía a fines del siglo XVIII, el gobernador de Guayana, Manuel Centurión, emprenderá una última búsqueda del Dorado: organiza una expedición constituida sólo por mineros para encontrar riquísimos filones de oro en un cerro al que llaman El Dorado. Era el mito convertido en utilitario recurso para renovadas fantasías de riqueza fácil.

En su Historia de la conquista y población de Venezuela, Oviedo y Baños cierra con un lacónico comentario el tema del Dorado: "Si les preguntáramos a los conquistadores -dice- la razón que tenían para decir que esa provincia era El Dorado, no hay duda que no supieran explicar la causa de su discurso, pues siendo este un nombre imaginario, fundado en pura quimera, cualquiera conquistador que en otra parte de la América descubriese otra provincia poderosa pudiera afirmar también, que era el Dorado, sin haber más razón de congruencia para uno, que para otro".

El fin del sueño doradista coincide con el final del tiempo de los Welsers. Después de ellos empieza en la vida venezolana otro momento: el del definitivo asentamiento. A la codicia del aventurero, sucedía la ambición de perdurar, de empezar, de quedar. Se fundan ciudades, se engendran linajes, se posee la tierra... Uno de los más significativos símbolos de ese mundo nuevo es la ciudad. "La ciudad fue el coronamiento cultural de la gran aventura de los conquistadores", dijo alguna vez Mario Briceño Iragorry. Hay una anécdota ilustrativa: cuando Rembolt, gobernador alemán impuesto por los Welsers, llega a la ciudad de Coro y ve el estado de abandono en que se encuentra la ciudad, decide abandonarla. Fundar otra en otro lugar. A ese proyecto se opone, con fiereza, Juan de Villegas. Para la mentalidad del español una ciudad fundada es algo sagrado. Aunque ella no constase sino de unas miserables chozas, era ya ciudad; y, por lo tanto, no podía ser abandonada: era resultado de un esfuerzo y una ilusión que no podían perderse. El enfrentamiento entre Rembolt y Villegas es el choque entre el poblador y el aventurero. Las huellas que, fértiles, fructificaron en el país fueron las de los primeros. Con ellos encarnaba un espíritu colonizador que se oponía al desesperado afán del oro, a la enloquecida codicia de El Dorado.

Lentamente, empieza a poblarse un vasto territorio. Llegan los viajeros de indias: segundones, hijodalgos de muchos blasones y pocos dineros, aventureros, funcionarios: hombres que vuelcan su destino sobre un nuevo porvenir. No llegan en grandes cantidades, pero llegan. Sobre los precarios primeros caminos empiezan los asentamientos. La ley de los campamentos, áspera supervivencia de los descubridores, cede paso a la convivencia citadina. El sueño de riqueza empieza a definirse en la fertilidad y abundancia de las tierras. El poblador descubre su secreto: poseerlas es tener la riqueza. Es en ese momento cuando el silencio de la tierra desaparece y se descifra su misterio.

En sus Elegías de varones ilustres de Indias, Juan de Castellanos describe la partida de Colón del puerto de Palos: "Al occidente van encaminadas/ las naves inventoras de regiones..." Inventar significaba entonces, como ahora, crear, imaginar; pero también hallar o descubrir. Esa segunda acepción ha caído en desuso, aunque la seguimos usando cuando poéticamente hablamos de la Invención de América, cuando pensamos en América como respuesta a cierta humana y universal necesidad de fantasía. Al poblar, al fundar ciudades, al trazar linderos, el poblador crea. No repite: crea; en medio de lo desconocido, entre lo infinito. La nueva y misteriosa geografía va doblegándose a la voluntad de quienes imaginan que los sueños sólo se hacen realidad en el ámbito de lo desconocido.

Sobre la ardiente tierra, sedienta y roja, siempre seca, siempre árida; en medio de fértiles valles; entre verdes y húmedas selvas; encima de mesetas; a orillas de lagos nacen las primeras ciudades: Nueva Cádiz, Santa Ana de Coro, Nueva Andalucía, Nueva Segovia de Barquisimeto, Santiago de León de Caracas, Santiago de los Caballeros de Mérida, Nueva Zamora de Maracaibo. La fundación de las ciudades se hace símbolo de un mundo nuevo. "Fundar una ciudad (...) que no figura en los mapas, que se sustraiga a los horrores de la Epoca, que nazca así, de la voluntad de un hombre, en este mundo del Génesis. La primera ciudad." Esto dice Alejo Carpentier en Los pasos perdidos. Fundar es hacer nacer: nuestra nacionalidad empezaba casi irrealmente en esa creación primera.

La fundación de cada ciudad es un acto de solemnidad extrema. Por fundar Santiago de los Caballeros de Mérida sin consentimiento de la Real Audiencia de Santa Fé de Bogotá, Juan Rodríguez Suárez es sentenciado a muerte. La Audiencia consideró que el fundador se había "extralimitado en sus facultades"; eso lo hacía acreedor al máximo castigo. Por su importancia, el acto mismo de la fundación se acompañaba de todo un ritual que se cumplía con minucioso fervor. El fundador, con todas sus armas y en nombre del Rey, tomaba posesión de la tierra caminándola varias veces, a pie o a caballo. Luego se limpiaba el sitio que serviría de Plaza Mayor. Allí se levantaba una columna de madera. Era el padrón o rollo, axis de la ciudad a fundarse: centro del centro, ómphalos vital. Luego el fundador, con su espada, golpeaba ese padrón por tres veces y pronunciaba una especie de fórmula: "Caballeros, soldados y compañeros míos y los que presentes estáis, aquí fundo y sitio la ciudad." Los presentes coreaban entonces: "Viva el rey, nuestro señor, y en su real nombre el fundador". Luego se celebraba la misa de agradecimiento y el escribano redactaba, con todas las pomposas fórmulas del caso, el suceso: la ciudad se había creado.

Eran extraordinariamente escrupulosas las especificaciones que establecían cómo debían ser las ciudades. La Plaza Mayor tenía que ser rectangular, con un largo de "una vez y media el tamaño de su ancho". La medida de la plaza sería proporcional al número de los vecinos que habitarían en la ciudad. Se señalaba que de la Plaza Mayor, centro medular, saldrían las cuatro calles principales. Las cuatro esquinas de la plaza mirarían a los cuatro vientos "para no hallarse expuestas a los dichos vientos". Otras disposiciones del Consejo de Indias establecían que las "calles tendrían portales para comodidad de los tratantes", que el templo "debía estar separado de otros edificios, que no pertenezcan a su calidad y ornato, y algo levantado del suelo, para ser visto y venerado de todas partes, de modo que se había de entrar en él por gradas". Además, "entre la plaza mayor y el templo se edificarían las casas reales, cabildo y concejo, aduana y tarazana, a fin de que en caso de necesidad se puedan socorrer".

Parte del territorio de la ciudad se asignaba a los solares propios: ejidos y dehesas para el ganado. El resto se dividía en cuatro partes: una para el fundador y las tres restantes para los demás pobladores. Los linderos de la ciudad eran geométricamente simples: cuadros trazados alrededor de la Plaza Mayor. Plazas, calles y solares, debían repartirse a cordel y regla, "comenzando desde la plaza mayor y sacando desde ella las calles a la puerta y caminos principales, y éstos con tanto más compás abierto, que aunque la población vaya en gran crecimiento, se pueda siempre proseguir y dilatar en la misma forma".

Fundación de ciudades, repartimientos, encomiendas: tiempo primero de la región. El conquistador, al interior de sus posesiones es amo y señor absoluto de seres y de cosas. En sus tierras, construye un mundo a su medida. El principio que origina la encomienda tiene un sentido humanitario, así lo especifican al menos las disposiciones de las Leyes de Indias: "Encomiendo -dice la letra de cada otorgamiento- en vos este cacique, con sus capitanes e capitanejos e indios a él sujetos, con las aguas e tierras e términos que el dicho cacique e indios tienen y poseen, para que los tengáis, por título de encomienda, por libres vasallos de Su Majestad y como tal encomendero podáis llevar dellos las demoras, frutos e aprovechamientos que los dichos indios buenamente vos pudieran dar sin ser a ello apremiados." Según la ley la función de la encomienda era servirse "buenamente" del indio; protegerlo e instruirlo en la fe cristiana. Sin embargo, una cosa es la ley y otra, muy diferente, su aplicación real. En la verdad de los hechos, el encomendero es un señor feudal rodeado de siervos, caudillo patrimonialista: eje absoluto de un cosmos que gira en torno a él. Según las describían las Leyes de Indias, las encomiendas no promovían el feudalismo: el disfrute de la encomienda estaba limitado en el tiempo; esto es: los hijos no siempre heredaban los terrenos de la encomienda; además, los indios no eran considerados siervos del encomendero; por el contrario: a éste se le señalaban más deberes que derechos para con aquéllos. Las Leyes de Indias establecían, por ejemplo, que los indios de una encomienda no podían ser removidos del lugar, que debían poseer tierras propias de cultivo, que los niños no podían trabajar en los campos o en las minas; se determinaba, además, que el fin fundamental de la encomienda no era otro que el adoctrinamiento del indígena. Felipe II llega, incluso, a ordenar que cuando en una encomienda no hubiese dinero suficiente "se prefiera la Doctrina aunque el encomendero se quede sin renta". Sin embargo, el espíritu de las Leyes de Indias, al llegar a tierras americanas, se desvanece; rápidamente se hace entelequia, nominalismo. Los indios fueron los siervos del encomendero; los negros, sus esclavos; la tierra, su tierra. En corto tiempo, los viajeros de indias más afortunados concentran en sus manos la fuerza de su región. En la realidad americana, tempranamente se desdibujaban los irreales trazos con que el legalismo español pretendía nombrarla y dominarla.

Una cosa es lo que desde España digan el Rey y sus leyes y otra, muy distinta, lo que en América hagan los hombres a quienes esas leyes se dirigen. La pérdida de la encomienda era el castigo máximo contra el encomendero desobediente. Todos, en mayor o menor medida, lo fueron. El rey y España quedaban muy lejos. Aquí, en la soledad de estas apartadas regiones estaba la verdadera ley: la de la tierra, la fuerza del hombre de presa. Dos mundos, dos realidades, chocan. De ese enfrentamiento nace un primer sentimiento de rebeldía entre el poblador español, americanizado ya, y un advenedizo -y ajeno- funcionario que llegaba de la Península enviado por la Corona.

En su excelente trabajo Hombres y mujeres del siglo XVI venezolano, Ismael Silva Montañés identifica en medio del silencio de ese tiempo, las voces de tres figuras a las que denomina "cumbres de la venezolanidad del siglo XVI". Ellas son: Guaicaipuro, Francisco Fajardo y Garci González de Silva. Mestiza como pocas en la América española fue la historia venezolana. Un indio, Guaicaipuro; un mestizo, Francisco Fajardo; y un español, Garci González de Silva, se constituyen -o podrían constituirse, como indica en su libro Silva Montañés- en símbolos humanos del primer siglo venezolano. Cada uno de ellos expresa, elocuente, cierta realidad del país que empezaba a ser.

Guaicaipuro, el habitante primero, es el gran despojado. El patetismo de su figura surge de lo más cruel del momento primero de la Conquista: la derrota del indígena, la muerte de su tiempo. La Conquista se impuso a sangre y fuego sobre la desaparición o la asimilación de los otros, de los distintos: los herejes. La desesperada lucha de Guaicaipuro es un agónico combate por sobrevivir. El cacique representa la fiereza trágica de un mundo que se niega a claudicar, que intuye que su único destino es la desaparición. Sobre la muerte de Guaicaipuro se cierra la pacificación definitiva del valle de Caracas. Ella precede la fundación de la ciudad de Diego de Losada que, andando el tiempo, se convertirá en capital de la provincia.

Francisco Fajardo es el mestizo hijo de un español y una india, totalmente asimilado para la cultura del conquistador; convertido él mismo, a su vez, en conquistador. Fajardo encarna la fuerza de ese mestizaje iniciado desde la llegada misma de los primeros viajeros de indias. Las expediciones de Fajardo empiezan la conquista de la región: van perfilando el país, trazando sus linderos actuales. El rumbo del conquistador mestizo dibuja la primera forma de nuestro espacio nacional.

Garci González de Silva es el conquistador convertido en terrateniente y en caudillo. Media Venezuela llega a pertenecerle. Sus inmensos fundos crecen, se multiplican: recibe encomiendas, compra las tierras de otros encomenderos empobrecidos. Casi todos los alrededores de Santiago de León de Caracas llegan a ser suyos. Le pertenecen las tierras que van hasta Cagua, hasta Villa de Cura, más lejos aún: hasta la laguna de Tacarigua. De Garci González son, también, algunos grandes fundos de los Valles de Aragua, parte de las llanuras que rodean al río Guárico. Señor de la tierra, Garci González también se identifica con ella: su nombre se deposita, en la memoria de las gentes, a un bello pájaro: el gonzalito. Los colores del escudo de armas de Garci González son el negro y amarillo, como negro y amarillo es el plumaje del ave. Garci González de Silva fue símbolo primero de eso que, bajo mil formas y a través de todos los complicados meandros de nuestra vida nacional, se ha mantenido vivo: el caudillismo. Todos aceptan a Garci González de Silva como protector: su casa ampara a quien lo solicite. A lo largo de su vida ocupó todos los principales cargos de la provincia: Alcalde, Alférez, Justicia Mayor. Fue nombrado Regidor a perpetuidad. Su fuerza se vio limitada, sin embargo, por la solidez inconmovible y por la eficacia de una burocracia imperial que le hizo inalcanzable un mayor poder. El límite del caudillo fueron sus dominios, su influencia lugareña. En juego de eficaces contrapesos, la corona española pudo dominar los personalismos que, irresistibles, comenzaban tempranamente a germinar a lo largo y ancho del imperio.

Cierto individualismo, extremo, anarquizado, se repetía en casi todos los conquistadores: Villegas, fundador de Barquisimeto, y Losada, fundador de Caracas, se enfrentan a muerte. Será luego Juan de Carvajal, el fundador de El Tocuyo, quien luchará contra Losada a causa de las intrigas de Villegas. En toda la región de Venezuela no hay sino apenas un puñado de viajeros de indias y, sin embargo, se enconan las rencillas, se multiplican las rivalidades, se suman los odios. La causa es siempre la misma: el poder; un poder irreal, proyectado sobre espacios vacíos, sobre silencio, sobre nada. Tal vez eso sea lo que hace hoy más asombrosas y más inconcebibles aquellas terribles pasiones, aquellas envidias infinitas que solían terminar sólo con la muerte de uno de los enemigos. El furioso individualismo de aquellos hombres, la inmensa voluntad que fue su fuerza, sería también el germen de complejas consecuencias. Si algún legado hubo de parte de los conquistadores, ése fue, precisamente, el del individualismo. El personalismo altanero del conquistador, el patrimonialismo orgulloso del mantuano, el guerrerismo indomable del caudillo militar del siglo XIX, repiten similitudes invariables. En todos los casos, la razón del poder se emparenta a parecidos signos de valor, de orgullo, de fuerza; también de azar y de violencia.

El poder de los conquistadores fue casi siempre efímero. Quienes un día se cubrían de gloria al fundar una ciudad, al vencer una batalla, podían morir poco después olvidados en algún apartado rincón de la provincia. Lo comenta el cronista Fray Pedro de Aguado: "Pocas veces la fortuna dura en compañía de los que una vez favorece, si no es para ponerlos en cumbre donde derribándolos pueda dejarlos tan frustrados y deshechos de sus riquezas y potencias que antes quiere el humilde obedecer que el sabio mandar." Era la regla primera de la aventura: la gloria es precaria; los sueños son siempre fugaces.

No se puede comprender hoy el espíritu de la conquista si se olvida aquello que siempre estuvo presente a lo largo de toda la empresa americana: la esperanza. El aventurero que, desde España, se embarcaba en un galeón para lanzarse a lo desconocido, buscaba una forma de partir de cero, de romper definitivamente con su pasado. Muchos de los que vienen a la Tierra de Gracia no regresarán jamás a la metrópoli. A la provincia llegó gente de todo tipo: segundones de familias nobles, pícaros, expresidiarios. Caballeros y aventureros. Villanos con hambre de oro y de nombre. Unos y otros se separan definitivamente de la realidad dejada atrás, para arraigar en el porvenir. En El celoso extremeño, Cervantes describe en pocos trazos -duros, caricaturales- a América. La llama "refugio y desamparo de los desesperados de España, iglesia de los alzados, salvoconducto de los homicidas, pala y cubierta de los jugadores, añagaza general de mujeres libres, engaño común de muchos y remedio particular de pocos". Es decir: mundo de la aventura y la supervivencia, mundo también -a veces- de la esperanza y la remisión -"remedio de pocos".

Pocos casos hay tan ilustrativos de la irrealidad americana como el de Lope de Aguirre. En su patética violencia, su desmedido orgullo y su ambición alucinada, encarnan los signos del primer tiempo americano. A Lope de Aguirre se lo conoció por dos epítetos: el Tirano y el Peregrino. Perdura más el primero de ellos, sin embargo, fue con el segundo con el que firmó la célebre carta que, personalmente, dirigió poco antes de morir, desde Nueva Segovia de Barquisimeto, a Felipe II. La misiva describe a un ser en rebeldía contra el mundo. Su encabezado es elocuente: "Carta a su Majestad Rey Felipe, natural español, hijo de Carlos Invencible. Lope de Aguirre tu mínimo vasallo, cristiano viejo, de medianos padres, hijodalgo, natural vascongado en el Reino de España en la villa de Oñate". Después de la presentación, vienen las acusaciones contra la administración imperial. Aguirre exige mayor justicia para quienes, como él, desprovistos de cargos y de influencias, han venido a tierras americanas en busca de una suerte mejor a la dejada atrás: "Creo que te engañan los que te escriben de esta tierra, como estás tan lejos; por no poder sufrir más las crueldades que usan éstos tus auditores, Virreyes y Gobernadores, he salido de hecho con mis compañeros y desnaturalizados de nuestras tierras que es España, y hacerte en estas partes la más cruel guerra que nuestra gente pueda sustentar. Y esto ved, Rey y señor, nos ha hecho el no poder sufrir los grandes apremios y castigos que nos dan estos tus ministros que, por remediar sus hijos y criados nos han usurpado nuestra fama, vida y honra". Aguirre, pues, le declara la guerra a Felipe II. Un hombre a la cabeza de un puñado de hombres, desde una de las más apartadas comarcas del imperio, advierte al monarca más poderoso del orbe su propósito de enfrentarlo hasta el final. Hasta la muerte.

La aventura de Lope de Aguirre, los hechos que lo hicieron célebre dentro de todo el mundo español y convirtieron su nombre una mención casi satáncia en la provincia de Venezuela, adeudan tanto a la valentía como a la locura, al idealismo como a la ambición, al sueño y a la agonía. Después de asesinar en el Perú al gobernador Pedro de Ursúa, Aguirre se lanza con un grupo de hombres a través del río Amazonas. Sobre dos barquichuelas, recorre el inmenso río y llega hasta el Océano. Alcanza la isla de Margarita y después la tierra firme. Como un reguero se extiende por Venezuela la noticia de su llegada. La fama de asesino despiadado le precede. Se sabe que ha asesinado a Villapando, el gobernador de Margarita, que ha saqueado la ciudad de La Asunción. Todas las poblaciones organizan un ejército para detenerlo. Cerca de Nueva Segovia de Barquisimeto se prepara la batalla final. Cuando Aguirre llega hasta la ciudad de Juan de Villegas descubre que sus habitantes la han abandonado. En su furia ordena incendiarla. Son pocos ya los marañones que todavía le acompañan. Al final hasta esos pocos parten. Completamente solo se enfrenta a quienes pretenden apresarlo. Su último acto antes de morir, será el de asesinar a Elvira, su hija, quien lo había seguido a todo lo largo de la desquiciada empresa.

Las aventuras del Tirano fueron narradas por algunos de quienes lo acompañaron; éstos describieron, además, algunos otros proyectos truncos: por ejemplo dirigirse hacia el istmo de Panamá -el riquísimo Darién de Vasco Núñez de Balboa-, apoderarse allí de todos los barcos que fuese posible y alzar en armas a todos los descontentos que se encontrasen. Bajar luego hasta Lima con una fuerza expedicionaria lo suficientemente grande como para conquistar la capital del Virreinato. Una vez dueño del Perú, declarar el nacimiento de un imperio nuevo, independiente de España y del que Lope de Aguirre sería emperador. Eso lo contaron Francisco Vázquez, Gonzalo de Zúñiga y Pedro de Monguía: desertores todos del grupo de marañones del Tirano. Por largo tiempo, el recuerdo de Lope de Aguirre aludió a lo más negativo de quienes, como viajeros de indias, llegaron a tierras de América anhelando hacerse de un nombre y de un comienzo. El fantasma de Lope de Aguirre acompañó, como un símbolo desquiciado y trágico, lo más irracional de la esperanza americana.

En muchos sentidos, América reproducía a España pero, a la vez se distinguía rápidamente de ella. Había originalidad en las formas americanas. América era mestiza y mestizaje significaba espacio cultural nuevo, originalidad. La novedad de la sociedad venezolana que nace y se forma en el siglo XVI mucho tiene que ver con la multirracialidad. Sociedad heterogénea como pocas dentro del imperio español, fue la nuestra. Los indios no resistieron la vida ni el trabajo que le imponían los encomenderos. La solución de la Corona, febrilmente apoyada por los defensores de los indios, no dejó de ser paradójica, al menos desde un punto de vista estrictamente ético: numerosísimos esclavos negros fueron traídos desde Africa en barcos negreros y en condiciones infrahumanas para que trabajasen las tierras y las minas de la provincia de Venezuela. "El trabajo de un negro vale más que el de cuatro indios", era un frecuente comentario entre los pobladores del siglo XVI. El negro era buen trabajador, se desempeñaba bien en las plantaciones de cacao y azúcar, en las minas de cobre, de plata, de oro. Rápidamente enraizó en la nueva tierra, la hizo suya de muchas formas. En regiones cada vez más amplias de la provincia: en el centro, en la costa, la presencia del negro se imponía por sobre la cada vez mayor evanescencia del indio. El negro fue, de muchas formas, el sucesor del indígena que se hacía ausente.

A fines del siglo XVI la sociedad de la provincia de Venezuela está definitivamente constituida: un pequeño grupo de hombres, apenas mil viajeros de indias, han poblado y delimitado la región. Sobre ella han impuesto su cultura; su lengua, pedregosa y áspera; su religión. En ella han edificado unos valores y han establecido unas normas de convivencia. Allí han (re)construido su mundo, diferente al dejado atrás. Los apellidos comienzan a multiplicarse: Briceño, Villegas, Ledesma, Avila, Pimentel... Nombres que, inagotablemente, se repiten en los numerosísimos hijos sembrados en vientres de mujeres indias y negras. Venezuela comienza a existir como geografía y, lo que es más importante, como forma cultural. La tierra, pues, habla. Su silencio se rompe para siempre y con expresiva locuacidad comienza a señalar el espacio nuevo del país: su historia.

* Capítulo del libro: El silencio, el ruido, la memoria, Caracas, Alfadil ediciones-Academia Nacional de la Historia de Venezuela, 1991

 

© Rafael Fauquié 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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