Crítica:

Poesía:

Ezequías Blanco

En medio del desierto

Madrid, Libertarias/Prodhufi, 1996



Acaba de aparecer en la colección de Poesía de Ediciones Libertarias/Prodhufi el tercer libro de poemas de Ezequías Blanco, En medio del desierto. Conocíamos ya su poesía por dos libros anteriores, Limitación del vuelo, Salamanca, 1979, y Palabras de la Sibila, Mérida, 1992; algunas plaquettes, como Los caprichos de Ceres, 1996, y su inteligente actividad al frente de Cuadernos del Matemático, una revista de poesía, que ha suscitado una creciente atención por el primor de su edición y la universalidad de su ánimo.

El libro se compone aparentemente de treinta y tres poemas y un epílogo, en realidad un solo poema largo, dividido en treinta y cuatro estrofas, que se suceden en el devanarse de un único asunto: un viaje por el desierto. Viaje inacabado, o que acaba en su no terminación, en su ser sin finalidad, y que se ofrece -no podía ser de otro modo- como alegoría, lentamente desesperada, de la vida. El desierto detiene el sentido de la progresión inherente a todo viaje, lo convierte en alucinación; remite a una atemporalidad angustiosamente ateleológica ("nuestro destino lo forjó la indiferencia / y nuestro refugio es el azar del laberinto"), lo que niega -en el plano de las ideas- la referencia a lo hebraico, presente en forma de resonancia y en algunas, muy pocas, alusiones a los relatos bíblicos. Pero también está invocada, a contrariis, una antigüedad griega, marítima, aventurera: ¡Qué difícil resulta construir la leyenda / en el mar de la arena!". Antigüedad invocada desde una esterilidad esencial, que, implicando la negación de una memoria mítica, niega, así mismo, la cultura: "Es tan pobre nuestra mitología / en torno a la fogata cada noche / que el fuego nos la pulveriza". Aunque el viaje tiene un momento de arranque (asistimos a la apretada emoción de la partida cuando "en cada corazón hay un manojo / de ilusiones incendiadas"), el discurrir por el desierto no tiene otro motivo que una alegórica "pobreza [que] nos obligó a ser nómadas", mencionada casi al final.

Una voz presenta -más que narra-, la aventura, pero no es de un yo la voz que testimonia el desasosegante y perplejo viaje; hay un 'nosotros poético' que se mantiene sin resquicios a cualquier subjetividad singular; el tono épico se plantea, pues, en un primer plano del poema, con minucioso rigor, tanto que, careciendo de héroes, la epopeya lo es de un pueblo sólo, sin nada que le confiera entidad de tal, epicidad absoluta que, al borde la nada, se resuelve en lirismo. El primer plano del discurso, en cualquier caso, es de una inteligibilidad diáfana, articulada en un hermoso prosaísmo en el que los contenidos apartamientos poéticos, como algunas metáforas bellísmas ("memoria de nieve", "estigmas de lumbre", "arrugas de oscuridad"...), se ciñen siempre con cuidada precisión al sentido alegórico mencionado. Desierto, pues, del alma, paradójico laberinto de soledad y sin sentido, donde, desde un primer impulso, ascéticamente generado en la alegría del esfuerzo, el 'nosotros' erra hasta desear la huida de sí mismo, tras conocer el rostro de la crueldad, el horror de la monotonía, la incongruencia de haber intuido un destino, la inanidad de la renuncia, la monotonía de un mundo sin referencias, el dolor... Ese carácter alegórico, llamado desde la epopeya, determina un lirismo de índole reflexiva y moral. Moral, también, en el sentido en que, mediante un personalísimo estilo, Ezequías Blanco penetra en la emoción que la propia reflexión produce.

El ritmo esencial del poema, superpuesto en una especie de contrapunto al ritmo de los versos -cuidadísimos en su musicalidad singular-, es el ritmo del pensamiento, determinado, en su expresión, por modulados encabalgamientos que alargan los versos a oraciones que ocupan, muchas veces, más de tres versos, en frecuentes y suaves hipérbatos ("Y por ello lentamente avanzamos / de nuestro sacrificio hacia las aras / por el reino de todos los exilios"). Pensamiento -en la compleja articulación de su expresión poética-, sintaxis y sonoridad del verso se asocian, en trabada simbiosis para, sin perder nunca su clara entidad, crear un ritmo resultado de una triple melodía. Y ese ritmo procede en ajustadas modulaciones de tensión y distensión del pensamiento, la emoción y los sonidos, discernibles estrofa a estrofa y en la composición entera. Son frecuentes, por ejemplo, leves cambios de emoción en muchos de los poemas, de tal forma que, tras el quiebro, generalmente muy sutil, lo que creíamos emoción original cobra nuevo sentido. También con la composición entera sucede un proceder rítmico organizado en el aparente argumento, que sucesivamente se atiranta o se suelta hasta el esguince de la estrofa veinticinco -el hallazgo del oasis-, tras la cual se lanza el poema a la desesperación suspendida del epílogo, en expresión sabiamente contenida, a partir del paradójico primer verso "Vuela. Y vuela nuestro corazón".

No es un nuevo poeta Ezequías Blanco, ni es éste su primer libro, ni modifica tampoco la opinión que pudiéramos tener de su poesía; sí la confirma y la afianza como para considerarlo un poeta importante y singular, no sólo por su oficio, afirmado, original y brillante; también por algo que, entre nosotros, es casi sorprendente: que haya tenido la precisión de abordar un poema largo, esto es la necesidad de expresar ideas de aliento y que lo haya hecho con dominio y belleza absolutos.

Juan Díaz de Atauri


Reseñas