Reseñas:


Gabriel Zaid:

Los demasiados libros

Finalista XXIV Premio Anagrama de Ensayo

Barcelona, Anagrama, 1996, 133 pp. 1.400 pesetas
ISBN: 84-339-0533-3


Hay ocasiones en que los títulos nos juegan malas pasadas. Esta reseña tiene forzosamente que tener dos partes. La primera se refiere a las circunstancias; la segunda, al libro en sí. Nos explicaremos.

Al finalizar su prólogo, el autor, tras hacer un somero repaso de lo que llama la "grafomanía universal", concluye:

Tratando de entender la cuestión central, de buscar soluciones, de refutar convencionalismos, mi propia grafomanía me ha puesto en contradicción: añadir uno más a los demasiados libros (p.10)

La cosa no tendría más importancia si este libro de G. Zaid, que quedó finalista del prestigioso Premio Anagrama de Ensayo 1996, según la apreciación de un jurado -igualmente prestigioso- compuesto por "Salvador Clotas, Román Gubern, Xavier Rubert de Ventós, Fernando Savater, y el editor Jorge Herralde" (p.7) no hubiera sido publicado ya, en casi su integridad, en 1982 por la editorial Taurus.

Desconozco las bases del Premio Anagrama de Ensayo, pero suele ser propio de este tipo de certámenes la presentación de originales inéditos. En el caso de no ser así, debería avisarse a los lectores de forma suficientemente clara. La editorial Taurus publicó en 1982 la obra de Gabriel Zaid La feria del progreso (ISBN:84-306-2137-7), cuya sección III lleva por título "Los demasiados libros". Podría tratarse de fijación con un título por parte del autor, por una especie de pereza denominativa quizá. Sin embargo no es este el caso. Dicha sección III está integrada por los siguientes capítulos:

Cuando miramos el índice de la obra-fénix nos encontramos con los siguientes capítulos:

Si descontamos el prólogo de la obra (Al lector impenitente), 1 página escasa, resulta que de los 11 "capítulos" restantes, 6 habían sido publicados hace ya catorce años. Esto es una forma convencional de contar, dado que lo que hemos llamado "capítulos" son en realidad artículos, con toda probabilidad (se hace mención a este género periodístico en algunos de ellos), publicados con anterioridad, es decir, anteriores a 1982. Demasiados ensayos para un ensayo, podríamos decir.

Sin embargo, la cosa no termina ahí y nos muestra un divertido ejemplo de lo que podríamos llamar "intertextualidad recurrente aguda". La contraportada del libro de Anagrama señala: "Una selección de sus ensayos, en La feria del progreso (Taurus, Madrid, 1982). El Colegio Nacional prepara en México la compilación de sus obras, en cinco volúmenes". Esto nos dice, al menos, que la editorial tenía conocimiento del título de Taurus. Más divertida, tras lo visto, resulta la segunda parte, en la que se nos avisa de la próxima edición de la obra completa del autor. Pregunta: ¿cuántas veces deberán ser incluidos los textos?

Pero esto no acaba así. Si miramos la contraportada de La feria del progreso, se nos dice: "Entre su obra crítica -llena de inteligencia, humor y sensibilidad- destacan: La máquina de cantar, Cómo leer en bicicleta y El progreso improductivo. La sorpresa del lector, en 1982, debió ser grande al comprobar que esas obras que se citan como otra producción, como otros títulos son, en realidad, ¡partes de la misma obra que tiene en sus manos! No me atrevo a intentar comprobar si también fueron publicadas anteriormente, en cuyo caso nos mostraría a un autor capaz de reciclar su producción en todos los formatos posibles (artículo periodístico, selección de artículos, selección de la selección, parte de la selección, etc.).

¿Cómo debemos considerar esto: como una "broma-a-lo-Queneau"; como un ejemplo de constancia por parte del autor; como un ejemplo de despistes editoriales; como la demostración de que se pueden tener muchos libros publicados sin necesidad de escribir demasiadas cosas; como un abuso de la buena fe de un jurado? No sabríamos responder.

Una cosa es cierta; nunca un título fue mejor escogido que éste: Los demasiados libros. La disculpa retórica del autor por aumentar el número de títulos existentes, cambia de figura para entrar en la ironía. Permítasenos una más. En "La máquina de cantar-primera-parte-de-La feria del progreso" (?, 1982) hay un artículo títulado "Expectación, azar y correspondencias" que comienza así:

Una moneda arrojada al aire o una margarita deshojada son máquinas simples de producir respuestas al azar. Un libro abierto por donde caiga, también puede serlo (p. 27)

Digamos, simplemente, que en algunos casos el azar se reduce.

Por nuestra parte, nos limitamos a señalar una situación que no nos parece adecuado mantener en la sombra. Un autor puede editar cuantas veces quiera su obra; está en su derecho. Pero poner la etiqueta de "finalista de un premio" es presuponer que el material es inédito y aquí sólo lo es en parte (minoritaria).

Segunda parte: el libro (1996)

Todo lo dicho anteriormente no debe oscurecer el libro. El ensayísimo es una obra con méritos propios y demuestra que la situación no ha cambiado en las últimas dos décadas. Zaid analiza con inteligencia y una desbordante ironía los hábitos culturales que rodean el mundo del libro. Los artículos rebosan ingenio y muestran el conocimiento que tiene el autor del campo editorial. No es un libro para especialistas, pero los especialistas también pueden sacar buenas soluciones para los problemas que aquejan a su sector. El estilo empleado por Zaid es lo que solemos llamar, no se bien por qué, periodístico. Frases del tipo:

a medida que aumenta la población universitaria, no aumenta el número de los que leen, sino de los que quieren ser leídos (p. 70)

salpican todos los artículos. Su descripción de los móviles hacia la escritura o hacia la lectura, de la función de los libreros, de los miedos de los editores en sus decisiones, etc., suelen ser acertadas.

Zaid defiende una publicación selectiva y equilibrada en un mundo en el que el deseo de publicar es superior al deseo de leer. El deseo de publicar resulta ser el deseo absolutista de ser leído:

La humanidad escribe más de lo que puede leer. Si por cada libro que se publica se quedan uno o dos inéditos, se escriben dos o tres millones de libros al año. Sin embargo, un lector de tiempo completo no puede leer más que 200 al año: uno de cada 10.000 o 15.000.
¿Sería desable que la humanidad escribiera unos cuantos libros al año, para que todo el mundo los leyera? Soñamos con la atención universal: con el silencio de todos los que callan para escucharnos, de todos los que renuncian a escribir para leernos (p. 24)

Si el lector no tuvo ocasión de leerlo en su momento o si le apetece prolongar su lectura con los cinco nuevos artículos incluidos en esta obra, es una buena ocasión de hacerlo.

Nuestra crítica (en el otro sentido de la palabra) se dirige al juego del equívoco, provenga de quien provenga.

Joaquín Mª Aguirre


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