El simbolismo del espacio en The Green Ship de Quentin Blake [1]

Natalia González de la Llana Fernández

Universidad de Aquisgrán (Alemania)
natalia_llana@yahoo.com


 

   
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Resumen: Este trabajo analiza el espacio en el que se desarrolla The Green Ship (el jardín, el bosque y el árbol-barco) como símbolo de algunos de los temas principales del libro: el paso de la infancia a la edad adulta, el carácter cíclico de la naturaleza, el poder de la imaginación, etc.
Palabras clave: Quentin Blake, libro álbum, literatura infantil

 

Según cuenta el propio Quentin Blake [2], la idea para The Green Ship comenzó a fraguarse en su cabeza con la imagen de un barco hecho de árboles y ramas. Convirtió aquella imagen mental en un pequeño dibujo, pero no sabía muy bien qué hacer con él, así que lo dejó abandonado por un tiempo. Hasta que un día se decidió a buscar una historia que le diera cobijo. Y la encontró.

El narrador del relato nos cuenta sus recuerdos de infancia, cómo él y su hermana abandonan el jardín de su tía y se internan para huir del aburrimiento en el bosque en el que descubren el barco. Ha sido construido por Mrs. Tredegar (la viuda de un marino, tal como nos dice Blake, aunque en la historia no queda nunca explicitada esta información), quien lo mantiene con la ayuda de un jardinero que hace las veces de contramaestre.

El barco se convierte en un lugar de juegos y aventuras. Con él los chicos visitan los lugares más exóticos y pintorescos guiados por el atlas de Mrs. Tredegar, transformando con su fantasía la realidad: el macetero se convierte en una ruina italiana, la palmera en la lejana orilla de Egipto, los matorrales en icebergs y las ovejas en osos polares. El mundo entero está al alcance de su mano o, mejor dicho, de su imaginación.

Los niños vuelven cada año y vemos cómo se van convirtiendo en adolescentes mientras las ramas de los árboles crecen y el barco desaparece. Es el paso de la infancia a la edad adulta, y nos deja un sabor ambiguo. El barco ya no es un barco, y, dentro de poco, nadie recordará que una vez estuvo allí. Es triste abandonar el universo libre de la fantasía infantil. Por otra parte, el libro nos sugiere también que el florecer de la naturaleza es algo hermoso tanto en el mundo vegetal como en el de los seres humanos.

Las experiencias de los niños y su transformación aparecen simbólicamente representadas en esta obra a través de los espacios en que la acción tiene lugar: el jardín, el bosque y el árbol-barco. En ellos vamos a centrar nuestro análisis.

Si comenzamos observando las tapas, percibimos en primer lugar que han sido concebidas para contemplarse abiertas. Casi toda la imagen está compuesta por un enorme bosque de frondosa vegetación en el que se abre un claro que dirige nuestra mirada hacia el barco verde situado al fondo. Compartimos con los niños el instante de su descubrimiento, la sorpresa y la fascinación de su fortuito hallazgo. Es el momento clave de la historia, el inicio de la aventura. Y está marcado por un cambio de espacio: aquí, el bosque; al otro lado, un nuevo mundo desconocido.

Las guardas del libro son verdes, como el barco, como la naturaleza en la que se desarrolla el relato, mientras que, en la portada, nos encontramos con un catalejo, un libro (probablemente, el atlas del cuento) y el sombrero de Mrs. Tregedar, todos ellos objetos pertenecientes a la mujer que les mostrará el mundo a los pequeños protagonistas con la ayuda de su fantasía. En la página final, tenemos, en cambio, una ilustración coloreada en verde sobre un fondo rosado en la que los niños, subidos a una rama-mástil, observan el horizonte, una ilustración focalizada, como si a ellos también los mirásemos desde un catalejo.

La narración comienza con un acto transgresor que conlleva, además, un cambio de espacio, y que alude muy claramente al paso de la niñez a la edad adulta, uno de los temas principales de la obra. Los niños se encuentran en el jardín de su tía, pero, aburridos, deciden escalar los muros de la propiedad familiar para internarse en el bosque que se halla al otro lado.

El jardín es un espacio natural creado y mantenido artificialmente. Frente a él, el bosque representa un espacio exterior al pequeño cosmos de la tierra labrada, es naturaleza desordenada y salvaje [3]. El jardín es también símbolo del paraíso terrestre y nos recuerda inmediatamente a la historia de Adán y Eva en Génesis. Como los primeros hombres, los niños de El barco verde desoyen una prohibición y se adentran en un mundo desconocido que supondrá un camino sin retorno, pues tendrán que abandonar para siempre el paraíso, la infancia.

La curiosidad, en el caso de los personajes de Blake debida al hastío, los arrastra fuera del lugar controlado y armonioso en el que viven. Es la mujer la que toma la iniciativa: Eva, la corruptora; Alice, la valiente. Es curioso en este sentido cómo difiere la información que nos da el autor británico en el texto y en las imágenes. Las palabras se limitan a relatarnos la historia en primera persona del plural; las ilustraciones, por su parte, nos muestran siempre a la niña explorando por delante de su hermano, deseosa de descubrir nuevas aventuras.

El abandono del jardín es en este libro, por tanto, un símbolo que refleja el proceso de maduración de los protagonistas, el tránsito a la edad adulta. Sin embargo, este tránsito no se percibe como algo necesariamente negativo. Ciertamente, existe una cierta melancolía en el relato (¿o en los adultos que lo leen?), pero, como decíamos antes, también hay una celebración de la naturaleza, del crecimiento, en esa última imagen que nos muestra a los jóvenes alejándose del barco y charlando animadamente, quizás recordando los buenos momentos pasados allí, tal vez planeando esperanzados su futuro.

Si el jardín representa la infancia que se ha empezado a dejar atrás, el bosque es el comienzo de un nuevo camino para los niños, un lugar gigantesco y frondoso como una selva en el que pueden jugar a ser exploradores. Como el mundo adulto en el que tendrán que vivir, no es un espacio sistemático ni ordenado, pero aún pertenece al universo infantil, pues allí desarrollan sus juegos y sus fantasías.

Especialmente importante desde un punto de vista simbólico es, por supuesto, también el árbol-barco. El barco, además de recordar al lector moderno novelas de aventuras, piratas, etc., es un símbolo del viaje, incluso del viaje al otro mundo en el caso de muchas culturas. Por su parte, el árbol, dado que tiene sus raíces en la tierra y sus ramas apuntan hacia el cielo, es, al igual que el hombre, la imagen del ser de dos mundos, de las relaciones que se establecen entre el cielo y la tierra [4]. El árbol es símbolo, además, de la vida, de la fecundidad, representa el Universo en regeneración continua, a pesar de que, como señala Mircea Éliade, tiene multitud de significados [5].

De esta forma, vemos cómo se une aquí, en el espacio principal del relato de Blake, una compleja red de significados simbólicos que nos pueden ayudar a interpretar el sentido libro. El árbol representa, como hemos comentado, la pertenencia a dos mundos: al cielo y a la tierra, a la infancia y a la edad adulta, a la realidad y a la fantasía. Muestra la escisión humana de la que sólo se es consciente tras abandonar el paraíso de la niñez.

Por otro lado, la fecundidad de la naturaleza, sintetizada en el crecimiento del árbol, es un motivo de alegría y de esperanza, los ciclos se repiten constantemente (como en el mito, el tiempo es circular), la vida continúa.

Simultáneamente, además, el árbol es un barco, un barco que permite a los niños viajar hacia mundos maravillosos gracias al poder de la imaginación, un barco que les ayuda a traspasar las fronteras de la madurez, que les ofrece un viaje iniciático, de aprendizaje y autoconocimiento.

La importancia de este espacio casi podríamos decir sagrado es muy evidente en todo el libro. Desde las declaraciones de Blake de que fue el barco hecho de ramas y arbustos lo primero que le vino a la mente antes ni siquiera de haber imaginado una historia, hasta el propio título, pasando por el protagonismo que se le da en el relato. El barco es la única imagen que aparece en doble página, en concreto, en cinco ocasiones: cuando los niños lo descubren (inicio de la aventura), dos veces cuando tienen que hacer frente a la tormenta (clímax, bajada a los infiernos), y otras dos veces cuando los árboles vuelven a su forma original y pierden la forma de barco (conclusión, abandono del mundo de la infancia, la fantasía, la aventura).

Como vemos, por tanto, los espacios en los que se desarrolla esta narración: el jardín, el bosque y el árbol-barco, no son elementos secundarios en la construcción de la historia, sino que, por el contrario, tienen un carácter simbólico muy importante que articula los diversos significados del libro.

El barco verde nos habla de la aventura de crecer, de hacerse mayor. Nos habla del poder de la imaginación como creadora de mundos y de experiencias, como maestra en el proceso de madurar.

Al lector adulto, sin embargo, no puede dejar de producirle una cierta añoranza, una cierta melancolía, aunque ésta quede algo mitigada por la imagen de la fuerza vital con la que irrumpe por todas partes la naturaleza.

 

Notas:

[1] Este trabajo surgió a partir de la realización del curso “Perspectivas críticas en la literatura infantil y juvenil” del Máster en Libros y Literatura para Niños y Jóvenes de la Universidad Autónoma de Barcelona.

[2] Ver los comentarios de Blake a “The Green Ship” en: http://www.peoplesarchive.com/browse/transcript/6669/en// (tomado el 10 de marzo de 2008).

[3] Sobre la simbología del jardín y del bosque ver: “Jardin” y “Fôret” en Chevalier, J. y Gheerbrant, A., Dictionnaire des Symboles, Paris, 1982, págs. 531-4 y 455-6; “Garten” y “Wald” en Biedermann, H., Digitale Bibliothek Band 16: Knaurs Lexikon der Symbole [CD-Rom], München, 1998, págs. 387 y 1131-2. Es muy interesante también el análisis que realiza Northrop Frye sobre el jardín en Frye, N., Poderosas palabras, Barcelona, 1996, págs. 243-88.

[4] Ver “Schiff“ y “Baum” en Biedermann, H., Op. cit., págs. 929 y 128; “Arbre“ en Chevalier, J. y Gheerbrant, A., Op. cit., págs. 62-8.

[5] Éliade, M., Traité d´histoires des religions, Paris, 1964, págs. 229-80.

 

© Natalia González de la Llana Fernández 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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