Ana Blandiana: Una poética de la Humildad*

Joaquín Mª Aguirre Romero

Universidad Complutense de Madrid
aguirre@ccinf.ucm.es


 

   
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Resumen: Este artículo expone algunos los principales principos poéticos sobre los que gira la obra de la poeta rumana Ana Blandiana. La interpretación gira sobre su concepción de la poesía como entrega, como un sacrificio de la personalidad propia y una aceptación del carácter instrumental del poeta ante la esencia de la vida. La poesía es un intento de llegar al silencio primordial a través de la palabra que sugiere, ante la inefabilidad del silencio.
Palabras clave:Ana Blandiana, poética, poesía rumana contemporánea.

 

Para Viorica Patea y Iuliana Botezan,
artífices, transmisoras del entusiasmo

 

Nada. No puedo impedir nada.
Todo obedece al destino sin consultar conmigo,
ni el último grano de arena, ni mi sangre.
Solo puedo decirte:
perdóname."
"Humildad", Ana Blandiana, de El tercer sacramento (1969)

 

La única forma de ser poeta es ser uno mismo. Cuando el poeta intenta ser los otros, gustar a los otros, sorprender a los otros, deja de tener valor su poesía. La autenticidad de la poesía es el descubrimiento radical del recorrido por las miserias humanas, de nuestra debilidad congénita, de nuestra inmersión en el abismo de nuestra condición, de nuestra muerte cotidiana. La obra del poeta tiene valor solo si descubre que su experiencia en la vida está al servicio de evidenciar nuestra frágil condición.

La poesía no es sino el grito modulado del hombre en su largo camino hacia el silencio. Es la manifestación de su impotencia para mantenerse en el silencio primordial de las cosas. Por eso nos habla Ana Blandiana de una poesía que se dirige hacia el silencio: la auténtica poesía nace en el silencio y debe volver a él, so pena de convertirse en falsedad. Las palabras dichas deben remitir a las no dichas, que son las verdaderas. La poesía debería ser tan natural como el respirar, pues es aliento que vive y hace vivir. El secreto de la poesía es que no tiene secreto, que está todo ahí, frente a nosotros, que lo que nos muestra como restitución final es lo que perdimos al inicio de nuestro viaje, lo que ya teníamos. No aprendemos, recordamos. Un recuerdo que no es solo el del idealismo platónico, sino el de las experiencias primeras que constituyen los fundamentos que arrinconamos en nuestras trayectorias vitales. Los seres humanos somos terriblemente incompetentes en la gestión de lo primordial. Los seres humanos olvidamos y, fruto de ese olvido, debemos permanentemente desaprender los errores que acumulamos y a los que llamamos “experiencias”.

Estas afirmaciones nos remiten a una poética más oriental que occidental, más de la disolución, de la restitución de la unidad perdida, que de la distancia que establecen la razón y la abstracción, auténtico quiebro. Creo que hay en Ana Blandiana un fondo manifiesto de añoranza de la unidad, no como paisaje, no como ecología, sino como patria, como vientre del hombre. Esa unidad que encontramos en Hölderlin o Novalis o en Marina Tsviétaieva, esa conciencia de que las palabras son aproximaciones hacia un fondo común que nos pertenece a los seres humanos solo por serlo, solo por formar parte de él.

En el poema “Parentesco” escribe:

Todo es yo misma.
Dadme una hoja que no se me parezca,
Ayudadme a encontrar un animal
Que no gima con mi voz. [1]

De ahí surge una idea fundamental para entender a nuestra autora y que contrasta con la mitificación del poeta como un ser superior, típica de cierta poesía romántica. El poeta busca lo común, no lo excepcional. Por eso, nos dice, todos los grandes poetas se parecen entre sí. Y se parecen porque rondan los mismos territorios, se mueven penosamente por entre aquello de lo que todos participamos. El poeta que busca la diferencia no es el auténticamente original, ya que original viene de origen, del principio, de lo que es común a todos y no de lo extraordinario. El poeta no es el hombre más evolucionado, sino el más primitivo, el más humano, aquel en el que la pérdida, el distanciamiento, es menos acusado. Por eso puede decir: “Todo es yo misma”.

No hay que buscar en las cumbres, como los poetas prometeicos, hay que buscar en nuestro desconocido fondo. Por eso, nos dice Ana Blandiana, el acto poético es un acto de reconocimiento más que de conocimiento: “La poesía —escribe— no debe procurar la sensación de conocer sino de reconocer” [2].

Esta suerte de idealismo vitalista, que no racionalista, creo que es una de las señas de identidad de nuestra poeta. El conocimiento poético es reconocimiento en la medida en que se acerca no a una verdad abstracta sino a un silencio vital, un silencio en el que lo inefable externo se funde con aquello que el ser humano encuentra cuando mira sin anteojeras en su interior, esa verdad que no comienza con la razón sino que se agarra al estómago y le estremece, la verdad de todo el cuerpo, la verdad integral que abarca todas las dimensiones y que se muestra como una epifanía. La verdad es, finalmente, paz, beatitud, un estado de armonía entre lo exterior y lo interior, entre el mundo y el hombre, un estado de reposo en el que la palabra es innecesaria porque la poesía, finalmente, ya no tiene nada que describir, dar cuenta de ninguna diferencia. Por eso, la verdad de la poesía se encuentra en el silencio y se encuentra en la soledad, en el retiro, en el estado en el que cualquier conflicto ha cesado.

“La poesía no es una sucesión de experiencias sino una sucesión de visiones” [3], nos dice Ana Blandiana. Por eso el acto poético es un acto visionario, un reconocimiento, un destello que muestra la doble condición del mundo: la verdad y la falsedad. Lo que ahora se ve, como revelación, como redescubrimiento, hace retirarse con su destello a la oscuridad reinante anteriormente. La epifanía ahuyenta la mentira, retira el velo.

En el acto epifánico descubrimos nuestra verdad y nuestra radical incapacidad, nuestra incompetencia humana. En el poema “El norte” escribe:

No hacemos trampa por mezquindad
sino por incompetencia.
Inmersos en la niebla, no sabemos
quiénes somos ni por qué. [4]

Y en poema “La tela” señala:

Esta es mi derrota: yo misma soy una palabra
cuyo sentido no recuerdo [5]

Nos encontramos ante algo que no dudo en calificar como una Poética de la Humildad. La poesía de Ana Blandiana se aleja de cualquier artificio y recela de la soberbia racionalista que Occidente atesora como su bien más preciado. En esta poética de la humildad, la poesía actúa como un diario en el que se anota el desamparo existencial del ser humano, su ansia radical de amor y felicidad y su condena a la insatisfacción. Sus verdades lo son en la medida en que no nos muestran absolutos, sino luchas; no tanto respuestas, como recorridos, trayectos vitales en los que el hombre, cada día, se enfrenta a situaciones de las que puede aprender o no. Creo que la poesía, la obra de Ana Blandiana, es un intento de ayudarnos a abandonar nuestra altiva postura de maestros y reconducirnos a la más auténtica de aprendices de la vida, aprendices imperfectos que miran, con mayor o menor aplicación, lo que la vida nos enseña de nosotros mismos. Nosotros, los peores alumnos de la vida.

La poesía -escribe Ana Blandiana- no es un modo de sobrevivir sino un modo de morir; casi un morir incesante, momento a momento, hasta que ya no se puede dejar más de morir. La inmortalidad es una muerte que no tiene final. [6]

Mi lectura de Ana Blandiana es la de una poeta que no se deja tentar por las veleidades de la poesía vacía, del formalismo esteticista, y se lanza a recorrer los círculos del mundo, a intentar recuperar verdades básicas pero olvidadas. Con total sencillez, Ana Blandiana acoge el hecho poético, con un hágase que elimina la ilusión del control poético, la ilusión de que es el Hombre el que domina la poesía y no la poesía la que se apodera del Hombre porque la poesía no es algo distinto de sí mismo, sino ese entrecruzamiento de caminos en los que el hombre recuerda, un deja vu. En ocasiones Ana Blandiana habla de sus vidas anteriores, de que el conocimiento que posee no le viene de un acto de aprehensión racional del objeto, sino de su recuperación emocional. El poeta no controla la poesía; la poesía llega a él. Al orgulloso poeta del non serviam, se opone la poeta del hágase, encárnese en mí la poesía, la fuerza que me utiliza, que me llena de amor para contagiarlo a través del entusiasmo, de la alegría que me produce esta posesión mística de la palabra que me arrastra hacia la paz del silencio.

De ahí que haya separado dos momentos de la creación poética: el poema y el libro. El poema llega sin premeditación, cuando él lo desea. Se impone al poeta como necesidad, como sentimiento que se adueña de él. El libro, por el contario, requiere de un estado de ánimo opuesto. Supone la decisión consciente de juntar esos momentos para establecer secuencias, órdenes, vínculos… Es un trabajo intelectual de otro orden; requiere, como señala Ana Blandiana, una cierta paz espiritual, tranquilidad para analizar esos momentos anteriores, para valorarlos. Es una distinción similar a la que hace entre la poesía y la prosa: la poesía se hace en mí; yo, por el contrario, yo hago la prosa. Por eso, Ana Blandiana es poeta por aceptación de un destino que ella no ha pedido, que se hace a su través, y narradora por obligación moral, por compromiso con cosas que afectan a los otros, como la libertad. La poesía lleva a la soledad; la narración a la sociedad, a la polis, a los asuntos que nos competen colectivamente.

En Proyectos de pasado nos encontramos con un texto, “Lo soñado”, un cuento que creo que encierra de forma alegórica esa situación que la autora nos quiere explicar sobre la forma en la que el autor se relaciona con su propia obra. En un momento del relato se dice:

A medida que avanzaba, me daba cuenta de que me hallaba completamente sola en un lugar desértico en estado de hibernación, del que los habitantes habían emigrado hacia otras estaciones. Nunca me había encontrado tan sola, ni tan perdida. Volví la cabeza y vi mis huellas extraordinariamente claras en la nieve inmaculada, sobre la que ya no soplaba la más mínima brisa. Pero tampoco me eran de ninguna utilidad: complicadas y herméticas, parecían un mensaje escrito en una lengua desconocida, cuyo significado no podía comprender. No obstante, cuanto más las miraba, más me convencía de que se trataba de un mensaje. Todo ocurría como en un sueño. Convicciones, sentimientos y hechos que ni siquiera necesitaban argumentos ni causas, pero que estallaban y desaparecían sin explicación, ni motivo, aunque no sin intensidad. Cuanto más caminaba, tanto más complejo y difícil de descifrar resultaba el enunciado que mis sabias suelas escribían en la nieve. Y si yo era la autora, al menos en apariencia, de aquel extraño texto -tal vez una amenaza o tan solo un aviso, o, más probable, y enloquecedoramente, una indicación sobre la manera en la que podía fugarme de aquel paisaje y de aquella aventura-, entonces no creo que, desde el principio del mundo, haya existido un autor más intimidado y más impotente ante su propia obra. [7]

La extrañeza que le provoca a la protagonista sus pasos sobre la nieve, su convencimiento de que se encuentra no ante simples huellas, sino ante una forma de escritura que la utiliza para manifestarse nos habla de esos procesos de creación. El poeta escribe, crea una escritura cuyo significado se le impone por encima de su propio deseo de control. La distinción entre “argumentación” o “explicación” e “intensidad” es clave en este pasaje. La ausencia de explicación no anula la intensidad emocional de la escritura. Obsérvese que esto no tiene que ver con un formalismo extremo que renunciara a la significación, sino todo lo contrario: la constatación de que en la poesía existe una verdad que excede los límites de la comprensión del poeta. Las “sabias suelas” escriben sin que la caminante sea consciente del resultado de sus movimientos sobre la nieve; ella solo camina y solo cuando vuelve la vista atrás descubre con asombro que ha escrito sobre la nieve blanca, como si se tratara de una página, un texto cuya comprensión se le escapa. No duda de estar ante un texto, eso sí, ante un texto hermético. Concluye el párrafo Blandiana señalando que no ha existido, desde el principio del mundo, “un autor más intimidado y más impotente ante su propia obra”. Este sentimiento de intimidación e impotencia ante la propia escritura, es decir, ante la propia sabiduría que la obra manifiesta es un rasgo más de esa característica poética de la humildad a la que antes me refería.

Cuando comencé a leer los poemas de Ana Blandiana escribí bajo alguno de los poemas “Emily Dickinson”. En la magnífica e ilustrativa entrevista que Viorica Patea [8] ha realizado a nuestra autora, Ana Blandiana manifiesta su admiración por dos figuras de la poesía universal muy distintas: Rainer Maria Rilke y Emily Dickinson. La propia Ana Blandiana ha señalado que solo los falsos o mediocres poetas pretenden ser distintos. La extravagancia no forma parte del arte. El deseo extremo de originalidad que ha presidido gran parte de los movimientos o poetas del siglo XX principalmente solo ha conseguido llenar nuestros libros de poetas efímeros. El movimiento que me llevó a escribir ‘Emily Dickinson’ bajo el poema de Ana Blandiana fue el reconocimiento de una sintonía, de esa humildad también característica de Emily Dickinson, ese asombro ante lo cotidiano y ese retirarse modestamente ante lo que no comprende, ante lo que debe quedar en el silencio, y de lo que solo se puede dar cuenta indirectamente a través de la metáfora.

Los seres humanos hemos perdido nuestra capacidad de asombro y el poeta lo recupera para nosotros en su reacción ante lo que la vida le revela o ante lo que la vida le oculta. Ha insistido Ana Blandiana en que su poesía se basa en la sugerencia más que la evidencia. El simbolismo de Mallarmé ya basaba el juego poético en una maniobra de ocultación que excitaba la reacción complementaria del lector. La poesía se convierte así en un juego de sugerencias, de despertar en el lector el deseo de levantar el cubilete y descubrir dónde se encuentra lo escondido. Creo que la poesía de Ana Blandiana va más allá del juego simbolista mallarmeano. Y creo que va más allá porque posee un elemento diferenciador: el simbolismo de Mallarmé partía del principio de la vileza de la realidad. La realidad era vil —el simbolismo coincide históricamente con el naturalismo más crudo como tendencia poética opuesta— y no era digna de ser representada por el arte. El arte era superior a la naturaleza, idea que está en todo el movimiento esteticista y decadentista.

En cambio, creo que la poética de la sugerencia de Ana Blandiana se basa en un profundo amor a la naturaleza, si bien es cierto que una naturaleza que supone el elemento contrario a la soberbia humana, una naturaleza que es misterio y origen, sobre todo sencillez, a la que solo es posible acceder a través de ese pensamiento que se instala en lo mágico, en un orden extraño y, a la vez, natural. Es extraño para nuestros intentos de comprensión racionales, pero es natural porque está en la base de lo primordial, de los movimientos internos que rigen la vida misma. En frase de la propia autora, supone “una mirada que cuanto más penetra en las profundidades, se vuelve más misteriosa, no sólo en el sentido de lo secreto, sino en el sentido antiguo de ceremonia sagrada y de revelación” [9]. Creo que esta sabiduría a la que se refiere Ana Blandiana es precisamente la del reconocimiento del misterio, la relación del hombre con lo que desconoce, con lo sacro. La racionalidad rechaza, oculta, esconde, aquello con lo que no puede tratar. En cambio, participar en esa ceremonia sagrada es la liberación de poder tratar con lo desconocido y asumir que somos partes del misterio o que el misterio forma parte de nosotros.

 

Una parte importante de esto se canaliza hacia lo fantástico que en Ana Blandiana -y en algunos de los relatos que integran el volumen- adquiere un significado especial a través de la idea de sueño. Los sueños son como muñecas rusas en los que podemos soñar que estamos dormidos y despertamos. Lo fantástico asume lo que la duda cartesiana desechaba por ilusorio y engañoso. ¿Por qué la realidad no puede ser un sueño que se nos presenta como ilusión de despertar? ¿Cuál es la capa definitiva en la que el sueño desaparece y solo queda el ser despierto? La realidad y lo fantástico, por tanto, no son conceptos absolutos, sino relativos. Un sueño es fantástico porque otro se nos presenta como real. Pero, ¿y si ambos son sueños, solo que uno es un “poco” más real que el otro? Nos cuenta Ana Blandiana su deseo de controlar el sueño mediante el repaso de aquello sobre lo que deseamos soñar. Cuando somos adultos, deseamos dormir para descansar. Cuando somos niños —o somos poetas—, deseamos que llegue la noche y continuar nuestro sueño, ese sueño en el que nos habría gustado vivir.

Dudo de que se entienda la narrativa de Ana Blandiana clasificándola simplemente de fantástica. Creo que esto solo podemos hacerlo antes si definimos de forma precisa su forma de entender la fantasía, es decir, comprender su relación con la realidad misma. Lo fantástico necesita ser explicado de forma complementaria a la realidad. Esto ocurre porque el mundo que nos rodea tiene ya un primer velo sobre él que nos lo muestra teñido de extraños colores. En efecto, nada más extraño que la realidad.

Creo que para entender de forma plena estos relatos de Ana Blandiana tendríamos que comprender que el hombre ha ido generando a su alrededor un mundo que se distancia de su propia naturaleza. No hay un mundo fantástico y otro que no lo es; no hay más que sueños que tratan de convencernos de que no lo son. Hay sueños tan densos, tan persistentes, en los que uno se despierta pensando que ha salido de ellos, pero no es más que un sueño en el que piensa que se levanta y se vuelve a acostar, y así durante un tiempo indefinido en el que nos parece estar viviendo, aunque no hagamos más que soñar dentro de sueños que acogen otros sueños. A causa de ese vivir dentro de los sueños, el conocimiento nos llega como revelaciones-recuerdos, como epifanías, como algo que nos ha pasado antes, en otros sueños del que no recordamos haber despertado. Muchas de las cosas que nos ocurren parecen que difícilmente pudieran ocurrir en la realidad. Pero ocurren. Por eso, Ana Blandiana se defiende siempre diciendo "solo cuento lo que pasa, pero lo que pasa ¡es tan increíble! ¿Hay algo más increíble que la historia que nos relata en Proyectos de pasado, puede haber algo con apariencia de mayor irrealidad? Comentaba con Ana Blandiana que Luis Buñuel hubiera sido el cineasta ideal para rodar una película sobre Proyectos de pasado. El cineasta que fue capaz de recrear una prisión sin barrotes en El ángel exterminador habría entendido perfectamente cómo puede existir una isla que no esté rodeada de agua o cómo te puedes volver invisible para las personas que tienes delante mediante una prohibición gubernativa.

Si la poesía se manifiesta a Ana Blandiana como un dictado, la realidad se le manifiesta como surrealidad o suprarrealidad, es decir, la existencia de lo improbable o, si se prefiere, de lo imposible. Y de esta situación da cuenta la prosa, cuya esencia es más mundana. Si la poesía surge del asombro ante el mundo y se encamina hacia la verdad del silencio, la prosa surge, por el contrario, del asombro ante el absurdo que los seres humanos somos capaces de crear a nuestro alrededor con nuestra incapacidad manifiesta, con nuestra persistencia en los errores generados desde el orgullo. Por eso la humildad es el camino. La sabiduría del humilde es saberse imperfecto y por tanto perfectible; se abre al mundo para aprender. La necedad del soberbio es creer que todo lo sabe y cerrarse. Así nace lo ridículo, como ejemplo manifiesto de nuestra soberbia.

Esta colección de relatos, Proyectos de pasado, es un regalo para todos. Una muestra de algo más que maestría en la escritura. Estamos haciendo retroceder la literatura a funciones de mero entretenimiento. Unos escriben para entretener a otros. ¡Debe ser tan duro escribir para personas que solo quieren pasar el tiempo, que es lo único que tenemos!

En el poema Sin saber, Ana Blandian escribe:

Evidentemente no me parezco
a ninguno de esos hilanderos de palabras
que se hacen los trajes y las carreras de ganchillo,
las glorias, los orgullos,
aunque me muevo entre ellos
y ellos miran mis palabras como si fueran jerséis,
"—-¡Qué bien vestida vas”, me dicen.
“—¡Qué bien te queda el poema!”,
sin saber
que los poemas no son mis vestidos,
sino el esqueleto
extraído con dolor
y colocado encima de la carne como un caparazón,
siguiendo el ejemplo de las tortugas
que así sobreviven
largos e infelices
siglos [10]

La tortuga se refugia en su interior para defenderse de los vaivenes de la vida. Así es la poesía: retiro, búsqueda de algo que solo uno mismo puede encontrar y difícilmente transmitir a otros más que indirectamente, metafóricamente, como bien han sabido siempre los místicos y Ana Blandiana ha repetido: la poesía nunca va en línea recta. Puede llegar a ser tan sencilla que las palabras se vuelvan transparentes, pero no va en línea recta porque lo que queremos ver y las palabras nos cuentan está dentro y no fuera. La palabra es la que ilumina, pero no es lo iluminado.

Los relatos de Ana Blandiana, por el contrario, están hechos para aquellos que quieran despertar de una de las capas de sus sueños y adentrarse en otras en las que, creyendo estar despiertos, en realidad están dormidos soñando que tienen entre sus manos los relatos de la autora. Dormidos o despiertos, en cualquier capa de sueños, la buena literatura es la que nos enseña algo de la vida y de nosotros mismos. Proyectos de pasado es una obra de la que podemos aprender con la misma modestia y alegría que su autora lo hace de las cosas pequeñas y grandes de la vida, mirando por nosotros, sintiendo por nosotros, hasta que llegue un día en el hayamos aprendido a reconocer ese silencio profundo, hayamos aprendido a construirlo a nuestro alrededor, y podamos entendernos sin necesidad de palabras, con la sola presencia de la luz en la mirada y la sonrisa.

Hasta entonces, solo nos queda a los lectores españoles envidiar a los lectores rumanos, y desear que un nuevo libro de Ana Blandiana salga a la luz entre nosotros para ayudarnos a ser un poco más sabios, un poco más humildes, un poco mejores personas en nuestra solitaria ruta hasta el silencio final.

 

Notas:

   * El 26 de noviembre pudimos acoger a Ana Blandiana en la facultad de Ciencias de la Información de la UCM en la que impartió una conferencia de multitudinaria asistencia. Gracias al apoyo del Instituto Cultural Rumano y la Embajada de Rumanía pudimos disfrutar de su presencia y su palabra. Quiero agradecer expresamente a las profesoras Viorica Patea, de la Universidad de Salamanca, y Iuliana Botezan, de la Universidad Complutense, su labor y entusiasmo para que ese momento fuera posible. Sin su empeño no lo hubiera sido.

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[1] Ana Blandiana: Cosecha de ángeles (Antología, ed. Bilingüe), Trad. De Rafael Pisot y Juan Vicente Piqueras; col Cosmopoética, Córdoba 2007. “Parentesco”, p. 30.

[2] Op. Cit. “Poética de Ana Blandiana”, fragmentos de “La poesía entre el silencio y el pecado”, p. 163.

[3] Ídem, p. 159.

[4] “Norte”, p. 34

[5] “La tela”, p. 84.

[6] Op. Cit. “Poética de Ana Blandiana”, fragmentos de “La poesía entre el silencio y el pecado”, p. 163.

[7] Ana Blandiana: “Lo soñado”, en Proyectos de pasado, trad. de Viorica Patea y Fernando Sánchez Miret, Periférica, Cáceres 2008, p. 167.

[8] Ana Blandiana: “La poesía nace de la pausa existente entre las palabras” Espéculo nº 40, UCM, noviembre 2008-febrero 2009. Entrevista de Viorica Patea y Fernando Sánchez Miret. http://www.ucm.es/info/especulo/numero40/anablen.html

[9] Ídem.

[10] “Sin saber”, en Cosecha de ángeles, op. cit. p. 148.

 

© Joaquín Mª Aguirre Romero 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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