De envidias, influencias e “improductores”:
comentarios en torno al concepto de creación en Steiner

Luis Juan Solís Carrillo

Doctor en Humanidades
Facultad de lenguas de la Universidad Autónoma del Estado de México


 

   
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Resumen: Un repaso de algunas de las ideas centrales en George Steiner acerca del acto de crear, mediante una breve rememoración de algunos de sus libros ya clásicos como: Después de Babel, Gramáticas de la creación, así como de su volumen más reciente, My Unwritten Books (2008). El recorrido va desde los aspectos agonísticos de la labor creativa hasta la incapacidad absoluta de crear. El trabajo discurre de igual manera en torno a uno de los heterónimos pessoanos, el Barón de Teive, y al poeta mexicano, Ramón López Velarde.
Palabras clave: Steiner, creación, influencia, humor, envidia.

 

Quantos Verlaines fui!
Bernardo Soares

 

Uno de los temas recurrentes en George Steiner es el misterio de la creación, la divina y la humana. A lo largo de muchos párrafos de Gramáticas de la creación o de Real Presences [1], por nombrar sólo dos de sus eruditos volúmenes, el humanista señala el incesante afán por crear - traer al ser y dar forma- que caracteriza la tarea de todo aquel que alguna vez haya aspirado a llamarse artista.

Por haber llegado al universo quince minutos después de comenzada la película, nuestra especie sólo aspira a un sucedáneo del fiat original. Todo el esfuerzo consiste en repetir la creación desde nuestra humilde parcela. Steiner no pudo haberlo dicho de forma más lapidaria: Hay creación estética porque hay creación. [2]

Por desgracia, el sueño de repetir el primer gran instante suele verse obstaculizado por distintas razones. En su más reciente libro, My Unwritten Books (2008), George Steiner vuelve de lleno al tema de la creación o, mejor dicho, de la imposibilidad de crear. En esta ocasión, el autor nos ofrece un recorrido de las fuentes que lo han llevado a admitir su propia incapacidad como creador; entre ellas: la pérdida de la confianza mutua con el personaje objeto de estudio, los estragos de la envidia, el excesivo pudor a mostrarse desnudo en su filiación política y en otros asuntos de fe, la franca limitación de miras o, incluso, el precario manejo de una lengua (¡nada menos que en un tipo como Steiner!). Todo lo anterior le impide escribir libros, por ejemplo, acerca de la obra megalítica del sinólogo Joseph Needham o llevar a término, con la honestidad y profundidad debidas, un análisis del sionismo y de sus múltiples implicaciones.

Envidia e influencia. De las razones esgrimidas para no crear, señaladas en My Unwritten Books, me quedo, por el momento, con una: la envidia. En el capítulo que lleva por nombre Invidia, junto con una pesimista cavilación de Goethe, Steiner reflexiona acerca del obstáculo para el acto de crear, impuesto por la presencia de otros, y mejores, creadores:

¿Qué se siente ser poeta épico con aspiraciones filosóficas cuando Dante está, por decirlo así, en el vecindario? ¿O dramaturgo contemporáneo cuando Shakespeare salió a comer? “Cómo he de ser yo si otro es”?, pregunta Goethe. [3]

Ante la presencia infernal de los demás, resalta en todo su esplendor nuestra inferioridad, real o pretendida. La lengua inglesa posee un estupendo sustantivo para referirse a todos aquellos “otros” que no merecen ocupar el estrechísimo espacio del único laureado: also-ran, es decir, aquel que también estuvo en la carrera, pero llegó a la meta varios años luz después del ganador, o sea, toda la caterva chabacana de ánimas de medio pelo: los Rimsky-Korsakov, enfrentados a los Stravinsky; el equipo olímpico mexicano casi en pleno, al lado de Phelps; los eternos candidatos al Nobel, junto a Crick y Watson. En efecto, ¿cómo atreverse a ser cuando los otros son y han sido? Por su parte, Harold Bloom señala al respecto:

El poeta está condenado a descubrir sus más profundos anhelos a través de otras individualidades. El poema está dentro de él, sin embargo experimenta la vergüenza y el esplendor de ser encontrado por los poemas-por los grandes poemas-que están fuera de él. [4]

El problema con la influencia estriba en el hecho de que, aun a través de los siglos, la influencia siempre es siempre ahora. Los rivales de los creadores de hoy son Cervantes, Mahler, Picasso y José Alfredo. El propio Steiner señala su modesta aspiración a que Después de Babel soporte las groserías del tiempo, por lo menos como una nota al pie de página en un ensayo de Walter Benjamin. [5]

Nadie escapa a la influencia, ni el mismo Borges se libra de que le quite el sueño [6]. Bloom lleva la palabra influencia hasta su sentido primordial y nos dice que ya desde el aquinate, la palabra aludía a un “influjo”, es decir, a una energía que las estrellas derraman sobre nosotros. Con los siglos, hemos olvidado un poco ese sentido original, aunque nos quedan expresiones derivadas de la misma fuente: “papel estelar”, “estelarizar”, “estrellas del pugilato”, “estrellas de la ópera”, “noche de estrellas”, etc. Lo cierto es que la luz de esos astros sigue brillando sobre las cabezas de todos los aprendices de creador. Ese influjo constante provoca en el artista una sensación ambigua. Por un lado, una fuerza motora que lo invita a realizar un acto de creación; pero, a la vez, un gélido lastre que mata el impulso, cuando mira la estatura de los grandes con el rabillo del ojo. Steiner describe este sentimiento de insuficiencia creadora y el doble cariz que lo singulariza: un acuciante deseo por crear, acompañado de un no menos efusivo sentimiento de odio hacia quienes percibimos -con razón o no- como más grandes y más fecundos creadores, que generan en los otros pasmo, odio o mudo escapismo de avestruz:

Lo latidos son muy difíciles de diagnosticar porque traen consigo corrientes de amor y de odio. Odi et amo. […] El francés refleja con precisión esta dualidad: envie significa a la vez “envidia” y “deseo”. Admiramos, reverenciamos, el objeto de nuestra propia frustración celosa […] Hacemos de nosotros mismos las sombras condenadas de luces más brillantes.

[7]

Que se mueran los viejos. Alguna vez Ann Sophie Mutter, la célebre violinista alemana, llegó a comentar la deficiente de calidad de muchos y antiguos virtuosos del Olimpo musical, comparados con más de algún estudiante talentoso de cualquiera de las grandes escuelas de música de hoy. El excelso maestro de ayer es el bisoño aprendiz de ahora. La influencia se expresa de igual forma como la imperiosa necesidad de alcanzar y de superar al maestro: Prácticamente, en cualquier empresa humana el aprendiz tiende a volverse crítico o rival de su Maestro [8]. Nada malo hay en eso; quizás incluso sea la única actitud sana, capaz de sacar a las universidades de dos infiernos llamados complacencia y egolatría. Por algo, ya es asunto viejo este incesante ciclo de auge y de obsolescencia. Lo mismo ocurre en la Francia renacentista, con Rabelais [9], que en Japón y en el siglo veinte con un Kawabata y su Maestro de go [10].

Nuevos dioses matan a viejos dioses; pero mientras eso ocurre, hay un fascinans tremens que hace enmudecer a los más diestros. Bernhard, en una novela formada por un párrafo de 150 páginas, nos habla de uno de los efectos de ese anhelo frustrado ante el insufrible gigantismo de algunos. Después de escuchar las Variaciones Goldberg, en manos de un dios llamado Glenn Gould, un geniecillo en ciernes ve que su propia carrera como solista habrá de quedar reducida a infiernitos tales como: la docencia sin vocación, la ejecución en salas pueblerinas o al silencio total. [11]

Una procesión del silencio. Hay otra irremisible condena al silencio, la que nos acecha cuando oímos o vemos con el ojo de la mente, cuando tenemos envidia de ese otro Dios-interior- inmenso e intratable, con el que comparamos la irresoluble mediocridad material de nuestro pensamiento. Steiner dice al respecto: Incluso el objeto estético más logrado, sobre todo éste, es una reducción de una potencialidad más grande, de un diseño interior. Virgilio deseó destruir la Eneida por sus imperfecciones (2001: 39). El acto de crear se paga, y se paga caro. Traer al mundo físico algo que antes era pura potencialidad es un riesgo de muchas caras. Steiner, dice lo siguiente al respecto:

Cada pieza de Kitsch, cada banalidad oportunista, cada fracaso artístico o poético es una prueba de la venganza que la perfección intacta (en la iluminación de la mente) inflige a la materia. Los abusos de artificios poéticos, ya respondan a intenciones políticas bárbaras, ya sean destinados al simple aprovechamiento mundano, ya vulgaricen de manera sistemática la sensibilidad son, en el sentido estricto del adjetivo, diabólicos. [12]

La humillación del creador frente a la perfección absoluta, en los casos más horrendos se manifiesta como lo peor del realismo soviético o el arte patrocinado por los nazis. ¿Cuánto horror no se habría ahorrado la humanidad si al menos Paul Padua y otros artistas de la gente “sana y bonita” se hubiesen rendido ante la imposibilidad de alcanzar “el diseño interior”?

Esa misma sensación de derrota frente a mayores potencialidades es también la esencia de la eterna Work in progress, la cuna del Golem y, en algunos casos, la raíz de un hondo silencio, el cual puede manifestarse incluso como una renuncia contundente a la creación. Así, el silencio en un poeta de virilidad incontestada -como Ramón López Velarde- fue su negativa a tener un hijo, aduciendo para ello, la idea de la corrupción de la carne, la propagación del pecado y de la miseria humana. Por eso, atendiendo a su voz interior, realizó un supremo acto de libertad que consistió en no procrear:

Pero mi hijo negativo lleva tiempo de existir. Existe en la gloria trascendental de que ni sus hombros ni su frente se agobien con las pesas del horror, de la santidad, de la belleza y del asco. Aunque es inferior a los vertebrados, en cuanto que carece de la dignidad del sufrimiento, vive dentro del mío como el ángel absoluto prójimo de la especie humana. Hecho de rectitud, de angustia, de intransigencia, de furor de gozar y de abnegación, el hijo que no he tenido es mi verdadera obra maestra. [13]

Dejando intacto ese espacio destinado a la obra suprema, López Velarde puede, entre otras cosas, exorcizar los demonios de la infecundidad estética y con ello, desnudarse y desnudar la palabra y poseerla, sin tintes machistas funestos. En La derrota de la palabra, ejemplo de su prosa más rica y vehemente, el jerezano dirige su artillería contra la bisutería verbal, la que ni siquiera alcanza a rozar el contorno de las cosas, representada por más de un poetastro:

Estos falsos artistas, que pretenden extraer de la palabra el jugo de la vida, mantienen un paralelo, no sé si lamentable o risible, con los sabios caducos que, en la abolición de su sexo, se desvelan por engendrar una sucesión plasmogénica. ¡Pobres Faustos, a cuyos hombres ningún poder diabólico ni celeste ceñirá el jubón de las fiestas viriles! ¡Pobres Faustos que en siglos y siglos de reseca vigilia no lograrán levantar infolios ni probetas los surtidores mágicos, los surtidores que la espada ardiente de la juventud provoca en la peña! [14]

Ramón López Velarde creía en la posibilidad, no, en la obligación, que todo artista tiene de derrotar, es decir, de dominar su instrumento. Equiparaba la situación de algunos poetas de su tiempo, con la de los amos que recibían órdenes de sus sirvientes:

La inversión, en el arte literario, del procedimiento racional, del procedimiento vital, ha colmado la medida de lo absurdo. Ya el espíritu no dicta a la palabra; ahora la palabra dicta al espíritu. ¡Infeliz dictado el de una esclava a su señor! [15]

Prohibido no crear. Al igual que Huidobro, Steiner equipara la labor del poeta, en su sentido más amplio, con la de un Dios. Se trata de una suerte de requisito de la creación humana. El acto de crear es para Steiner un ejercicio de libertad. El cuadro de esa galería bien pudo haber sido muy distinto al que vemos colgado si el artista hubiese optado por otra selección de los elementos físicos. La obra consiste, pues, en una cancelación de múltiples posibilidades de ser; es esto, por oposición a los millones de cosas que deja de ser en su propia constitución material. Steiner señala:

El arte aporta una vehemente confirmación. En el corazón de la forma se encuentra una tristeza, una huella de la pérdida. La talla es la muerte de la piedra. Dicho de forma más compleja: la forma ha dejado una «fractura» en el potencial de no-ser, ha disminuido el repertorio de lo que podría haber sido (de lo que podría haber sido más verdadero si empleara exhaustivamente sus posibilidades.) [16]

Pero los dioses no pueden sino crear. En ese ejercicio de libertad, con su ingénita reducción de potencialidades, no está contemplada la renuncia absoluta al acto creador. El hecho de traer al ser no es negociable como rasgo esencial de Dios. Hay, claro, dioses perezosos o cansados que se recluyen en las frescas sombras del reposo, pero sólo tras haber concluido su labor. En efecto, hay en la actividad manual del artista un absoluto gesto de libre voluntad, que lo asemeja aun más a Dios. López Velarde lo dice al hablar de su “obra maestra”: La ley de la vida diaria parece ley de la mendicidad y de asfixia; pero el albedrío de negar la vida es casi divino. [17]

Sólo en su papel de dios, le es posible al artista hacer frente al bloque de piedra o al lienzo en blanco. Algo más terrible ocurre con un medio como la palabra. Si damos por hecho, como Borges afirma, que siempre se dice menos [18], es obvio que el trabajo del poeta está destinado al fracaso incluso antes de comenzar. No habrá modo de obligar a la palabra a trascenderse a sí misma para alcanzar su significación final y plena. En este sentido, Steiner señala lo siguiente: Cuando el medio es el lenguaje, en las relaciones con el no-ser y con la génesis, que defiendo como una parte integrante de la creación, se manifiestan problemas que son virtualmente irresolubles [19].

Si la labor de los artistas está sobrecargada por la influencia de los otros, por los códigos de expresión que lo preceden e ineludiblemente lo marcan, no quedan muchas salidas para el poeta que se imagina grande, pero que se sabe incapaz de alcanzar esa grandeza con su obra. Una de las pocas salidas es, de nuevo, el silencio. Sin embargo, cuando éste se torna absoluto, como ocurriría con la renuncia irrevocable a crear, no hay más opción que la muerte.

Un Barón pudoroso. La muerte es la única alternativa para Álvaro Coelho de Athayde, decimocuarto Barón de Teive, heterónimo Pessoano, quien se ubica en las antípodas de un jocoso y fecundo Álvaro de Campos, por ejemplo. Para este aristocrático personaje, la renuncia a crear encuentra un escape a través del sueño; gracias a éste, los productos de la imaginación estética logran consumarse en su manifestación plena:

El escrúpulo de la precisión, la intensidad del esfuerzo de ser perfecto-lejos de ser estímulos para actuar, son facultades íntimas para el abandono. Más vale soñar que ser. ¡Es tan fácil ver que todo se consigue en el sueño! [20]

El Barón es cercano a otro heterónimo de Pessoa, al menos en lo que se refiere a esa capacidad de materializar sólo a través del sueño: Bernardo Soares. En su Libro del desasosiego, el monumento inacabado más elocuente de toda la literatura, este modesto auxiliar de tenedor de libros nos declara su proverbial capacidad para soñar proyectos que nunca habrá de realizar y que son, por lo mismo, perfectos:

Proyectos, los he tenido. La Iliada que compuse tuvo una lógica de estructura, una concatenación orgánica de epodos que Homero no pudo conseguir. La calculada perfección de los versos que aún no he concretado en palabras deja pobre la precisión de Virgilio y menoscaba la fuerza de Milton. Las sátiras alegóricas que he hecho exceden todas a Swift en la precisión simbólica de los detalles exactamente ligados. ¡Cuántos Verlaines fui! [21]

Ramón López Velarde renuncia a tener un hijo, pues no desea prolongar la corrupción de la carne en este negro valle de lágrimas; el Barón va mucho más lejos, al negarse a realizar el acto humano que sea. Para el noble portugués, resulta fundamental poner las cosas -y más tratándose de un problema tan grande como la creación- en el justo escalón de las prioridades. Por encima del acto de crear, el aristócrata coloca al escrúpulo, es decir, la máxima cortesía que se puede hacer a los otros. Este gentil acto se realiza por medio de una rotunda claudicación como creador.

El Barón de Teive se toma muy en serio. Steiner señala, en Gramáticas de la creación, una de las diferencias básicas entre el acto de crear, reservado a los dioses, y la imitación, lo que de divino queda a los mortales en su afán de jugar a Dios:

¿La falta de humor, tan pronunciada en la descripción judeocristiana del Dios revelado, está inscrita en la seriedad de la creación? La invención es en muchas ocasiones profundamente humorística. Sorprende por cuanto la creación, en el sentido griego del término que genera toda la filosofía, thaumázein, nos deja atónitos, nos asombra como el rayo o el relámpago de las auroras boreales. [22]

Una buena de dosis de humor habría ayudado al señor Coelho de Athayde a vivir un poco más. La excesiva autovaloración personal, manifiesta en la incapacidad para reírnos de nosotros mismos, no es compatible con la libertad del acto creador, ¿de qué otra forma es posible explicar cosas tales como: la cinta Plan Nine From Outer Space, las tarjetas navideñas musicales y tridimensionales, o este texto? El excesivo pudor del Barón lo lleva a concebir la creación de orden estético (por siempre raquítico remedo de lo ideal), y toda empresa humana, como una injuriosa afrenta al prójimo:

El escrúpulo está al norte de la acción. Pensar en la sensibilidad ajena es tener la certeza de no actuar. No hay acción, por pequeña que sea -y cuanto más importante, más cierto es esto- que no hiera a otra alma, que no entristezca a alguien, que no contenga elementos de los que, si tenemos corazón, no tengamos que arrepentirnos. [23]

De modo que existir es lastimar al otro; es asaltarlo con la violencia de nuestra respiración, de nuestros gestos y de nuestras palabras. La salida para el noble luso no puede ser más que aristocrática: la abdicación. Con ello, como en muchísimas páginas de los distintos individuos por los que discurre el ser de Pessoa, Álvaro Coelho de Athayde se mete en las marismas de la paradoja. Para ser, habrá de negarse a ser; para vestirse de dignidad, tendrá que despreciarse; al renunciar a todo, posee al menos su abdicación; al declararse vencido, alcanza su mayor victoria. El suyo habrá de ser un mutismo parlanchín:

Quien usa, que use; quien abdica, que abdique. Que use con la brutalidad del uso; que abdique con abdicación absoluta. Abdique sin lágrimas, sin consuelos de sí mismo; señor al menos de la fuerza de su abdicación. Sí, despréciese, pero con dignidad. [24]

El Barón crea un tratado acerca de su incapacidad para crear. Como gran parte de la obra pessoana, las páginas de este heterónimo carecen de un orden establecido por el propio autor o incluso de un título definitivo. En este caso, Richard Zenith nos dice que, además de La Educación del estoico, existe otro título atribuible a la obra de Álvaro Coelho de Athayde: La profesión de improductor. Más destacable aun es el subtítulo de este único librito de Teive: La imposibilidad de hacer arte superior [25]. Lejos está el Barón de mostrarse pugnaz con respecto a otros artistas o incluso frente a sus propios anhelos de creador; pero más lejos está de dejar embarazada a ninguna musa:

No había una criada de mi casa a la que no hubiese podido seducir. Pero unas eran grandes, o, si no lo eran, así me parecían, por la exuberancia vital; yo, frente a esas cosas, tenía una timidez anticipada, incluso empotrada [?]: ni en sueños me concebía seduciéndolas. Otras eran pequeñas y frágiles, y me daban pena. Otras eran feas. Así pasé de lado de la particularidad del amor, casi como pasé de lado de la generalidad de la vida. [26]

Como “improductor”, el Barón elabora un discurso en el que declara su renuncia a manifestarse. Por su parte, Steiner equipara al uso de la palabra con la eyaculación. La obra del poeta es, en ese sentido, seminal. La incapacidad de crear obras de arte superiores, chaparras o liliputienses, se convierte entonces en una imposibilidad de derramarse en el mundo. Steiner dice:

La eyaculación es un concepto simultáneamente fisiológico y lingüístico [...] El semen, las excreciones y las palabras son productos comunicativos. Son los mensajes que envía hacia la realidad exterior el ser cautivo bajo la piel. [27]

Con este aristocrático heterónimo, Pessoa manifiesta, más que con cualquier otro, la preocupación del artista por salvar el abismo entre la obra materializada y la fuente ideal de la que parte. Richard Zenith señala lo siguiente al respecto: la crisis causada por el desfasamiento entre la obra ambicionada y la que de hecho resulta en el papel siempre estuvo presente en Pessoa, aunque se acentuó con la edad. [28]

De esta manera, Álvaro Coelho de Athayde viene a ser una especie de estrategia de Pessoa para derrotar al demonio de la infecundidad estética. Mientras el primero se ve orillado al suicidio, por las razones ya señaladas, Pessoa & Co. siguen dejando correr tinta a raudales. Si al señor de Athayde le importara muy poco cualquier pudor o cualquier carencia real o ilusoria, habría desoído el sarcasmo corrosivo del buen juicio y, venciendo su tremendo superávit de escrúpulos, se habría desnudado. Pero era un aristócrata, alejado de la vulgaridad del sexo con o sin remilgos, por lo que jamás habría seducido a sus criadas; aunque, tal vez, eso le habría ayudado mucho…

 

NOTAS

[1] La traducción de todos los pasajes de obras originalmente escritas en lengua extranjera aquí citados.

[2] Steiner, George. Real Presences, p. 200.

[3] -, My Unwritten Books, p. 43. En éste, su más reciente trabajo, el autor retoma muchos de los temas debatidos en gran parte de su obra previa.

[4] Bloom, Harold. The Anxiety of Influence, a Theory of Poetry, 1997, p. 26. En este análisis, Bloom, sin lugar a dudas el guardián vitalicio del templo más grande dedicado a Shakespeare, deja muy claro el inevitable papel que desempeña la influencia de los otros en la labor de todo poeta y, por extensión, en todo artista.

[5] Steiner, George. Los Logócratas, p. 44. El autor declara sin ambages: soy lo bastante arrogante como para esperar que Después de Babel sea una ínfima nota al pie de página del ensayo de Benjamin.

[6] Jorge Luis Borges. Obra poética, Emecé, Buenos Aires, 1998, p. 132. , en uno de sus poemas de El Hacedor, “La luna”, manifiesta su temor agonístico de que haya habido otros, y más grandes, antes que él:

      Con una suerte de estudiosa pena
agotaba modestas variaciones,
bajo el vivo temor de que Lugones
ya hubiera usado el ámbar o la arena.

[7] Steiner, George. My Unwritten Books, p. 51.

[8] Lições dos Mestres, p. 163 .

[9] François Rabelais. Gargantúa y Pantagruel, Plaza y Janés, Barcelona, cap. VIII, p. 223.

      Tomemos por ejemplo, la carta que escribe Gargantúa a su hijo, Pantagruel:

      Pero por bondad divina la luz y la dignidad fueron restituidas a las letras, y en ellas veo tal progreso, que ahora yo sería admitido con dificultad en la primera clase de los escolares, yo, que en mi tiempo viril gozaba de fama, y no sin razón, de ser el más sabio de dicho siglo.

[10] Yasunari Kawabata. El Maestro de go, Emecé, Buenos Aires, p. 203, nos deja una punzante crónica de lo antes dicho:

      Nuestro maestro se ha vuelto un poco senil. Comete errores con más frecuencia que antes. En verdad, ya no puede jugar más. Se ha derrumbado en una medida aterradora desde el último juego.

      —Sí ha envejecido muy de golpe.

[11] Thomas Bernhard. El Malogrado, Alfaguara, Madrid, 2006. Sin aludir directamente a esta novela, Steiner retoma la anécdota para hablar de esto mismo en my Unwritten Books, p. 49.

[12] Steiner, George. Gramáticas de la creación, pp. 43-44.

[13] López Velarde, Ramón. Obras, pp. 228-229.

[14] Ibid., p. 400.

[15] Ibid., p. 400.

[16] Steiner, George. Gramáticas de la creación, p. 42.

[17] Ramón López Velarde. Op. cit., p. 227.

[18] Cfr. Nota [6]. El poema de Borges dice, pp. 130-131:

Siempre se pierde lo esencial. Es una
ley de toda palabra sobre el numen.
No lo sabrá eludir este resumen
de mi largo comercio con la luna.

[19] Steiner. Ibid, p. 146.

[20] Pessoa/Barão de Teive. A educação do estóico, p. 25.

[21] Pessoa/Soares. Livro do desassossego, p. 278.

[22] Steiner, Ibid, p. 117

[23] Pessoa/ Barão de Teive. A educação do estóico, p. 41.

[24] Ibid., p. 52.

[25] Ibid., p. 11.

[26] Ibid., p. 40.

[27] Steiner, Después de Babel, p. 61.

[28] Pessoa/Barão de Teive, Comentario de Zenith, p. 99.

 

BIBLIOGRAFÍA

Bloom, Harold (1997): The Anxiety of Influence, a Theory of Poetry, Oxford University Press, United Kingdom.

López Velarde, Ramón (1977): Obras, José Luis Martínez (ed.) Fondo de cultura económica, México

Pessoa, Fernando/Barão de Teive (1999): A educação do estóico, Richard Zenith (ed.) Assírio & Alvim, Lisboa.

—— (2001): Livro do desassossego, composto por Bernardo Soares, ajudante de guarda-livros na cidade de Lisboa, Richard Zenith (ed.), Companhia das letras São Paulo.

Steiner, George (2008): My Unwritten Books, New Directions, Nueva York.

—— (2007): Los Logócratas, Fondo de cultura económica, Siruela, México.

—— (2005): Lições dos Mestres, Record, Río de Janeiro.

—— (2001): Gramáticas de la creación, Siruela, Madrid.

—— (2001): Después de Babel, Fondo de cultura económica de España, Madrid.

—— (1991): Real Presences, The University of Chicago Press, EUA.

 

© Luis Juan Solís Carrillo 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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