Decir es hacer:
la configuración de la palabra poética
y el marco del logos en la Grecia Antigua

José Antonio Santiago

I.E.S Loustau-Valverde - Cáceres
LITODAV@terra.es


 

   
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Resumen: En el presente trabajo se trata de presentar una breve introducción a la geneaología del término logos en la Grecia antigua y el papel que la poesía adquiere en su configuración, tomandolo ab initio de un modo esencialmente performativo.
Palabras clave: Logos (palabra), aletheia (verdad), poesía, decir realizativo, memoria

Abstract: The purpose of this article is to introduce the reader to the genealogy of the term logos in his very root, the arcaic Greek time. On the other hand, this article tries to put on the role of poetry in the realm of a esencialy performative logos.

 

No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto,
es lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra, son actos.

Gabriel Celaya.

 

El hecho de que la genealogía de la cultura occidental haya corrido paralela a la gestación de la idea de logos es algo tradicionalmente admitido desde antiguo. Sin embargo, el proceso dialéctico de su configuración, en el que la poesía desde su mismo rizoma forma parte esencial se deja llevar, quizás en exceso, por las metáforas, las cuales terminan por desvirtuar la concreción de cuya carne está hecha siempre la verdad poética. En este sentido la tarea de la propia poesía debe, como señalaba el poeta de lengua alemana, Paul Celan, «llevar dichas metáforas al absurdo». De este modo, la configuración del término logos viene dada por una confluencia de usos que, desde la misma civilización micénica, desembocaron en un término clave en la formación del pensamiento occidental, confluencia en la que es necesario encontrar, como se viene haciendo desde hace algunos años, otro sentido al poetizar (poiein) del que durante varios siglos se ha venido tomando.

De entre las diversas vertientes que se mezclan (el propio término logos significa precisamente «compilación» o «entrelazamiento») en su origen en lo que será un concepto estructurado y significativo de logos, Aristóteles nos presenta, en su Política las dos más pregnantes. El propio Aristóteles reconoce además presentarlas a partir de fuentes muy antiguas: la poiesis o hacer en sí mismo y la praxis o hacer productivo. Para Aristóteles, la praxis sería la causa final de la poiesis o hacer productivo y por ello, la segunda pertenecería propiamente al eleutheros, esto es, a aquel libre, lo cual significa, capaz de elegir (elegans), pues sólo éste es el que posee krainein o «poder hacer». El krainein se define como la capacidad o poder de eficacia, facultad sólo dada en aquél que tiene capacidad para ello, es decir, el libre. Así la kratia sería la causa de las acciones productivas concretas de la poiesis. Es decir, que la poiesis se conforma según el orden que ha establecido la kratia.

Así entonces, por un lado la praxis es definida como una acción cuyo efecto no es un objeto exterior a ella misma, sino que es una acción que revierte sobre sí misma como acción pura y al mismo tiempo propiamente humana, mientras que, por el otro la poiesis significa una acción más integrada en la Naturaleza, esto es, aquello cuyo ritmo propio requiere de Ella. La genealogía de esta distinción queda atestiguada en otras fuentes más antiguas como la lírica, (Píndaro y Teognis): praxis como elección, como eleutheria; poiesis como trabajo que da como resultado un ergon. De modo que la poiesis se presenta desde sus orígenes como un hacer ateleológico, un hacer no «autorreferencial» que Aristóteles define como impropio del eleutheros y que, por tanto, se sitúa en un segundo plano.

Dicha distinción va a resultar de una importancia posterior decisiva, pues sólo la praxis resultará aquello susceptible de valoración moral, mientras que la poiesis se verá reducida al puro ámbito de la mimesis, de la imitación del orden natural. Así se comprueba como la configuración originaria de la poiesis se sitúa desvinculada de cualquier orden moral y relegada a un rango menor. El vocabulario de Esquilo es totalmente esclarecedor en cuanto a la primacía de la praxis y la kratia sobre la poiesis: así Zeus es el único que posee la kratia, el único que realiza cosas, al mismo tiempo que, en este sentido, también hay una praxis del Oráculo. En definitiva, la palabra de la kratia, que es la de la magia (mántica), la del Oráculo, el rey o el Dios, y no de la poiesis, es aquella que instaura orden, palabra práctica. «Decir» entonces es el devenir real en el «hacer» a imitación de la fuerza ilocucionaria de los dioses. Dicho «hacer industrioso» de la kratia adopta, como se ha dicho, un rasgo gerundivo y libre frente al hacer de la obra propio del decir imitador, de la poiesis, inferior y menos propio del sabio. No en vano la kratia se configura al mismo tiempo que otro término fundamental para la cultura occidental se gestaba por entonces: se trata del concepto de physis. De este modo, paralelo a la doble raíz genealógica del logos, el término physis se entiende ya desde los presocráticos en un mismo doble sentido que puede ser entendido paralelamente a la doble etimología del término logos: por un lado, physis como substratum inmutable del ser, y por otro, physis como «fuerza que hace llegar las cosas a ser», es decir, como posibilidad constante, siempre por hacerse, siempre gerundiva. Dos acepciones que parecen inaugurar dos modos de pensamiento distinto, aunque no compatibles: el substancialista por un lado y el dialéctico por otro

En este panorama genealógico, términos alotéticos como aletheia (verdad) quedan también imbricados. De este modo, aletheia no significará sólo y originariamente desvelamiento o desocultamiento del ser-ahí, como la exégesis de Heidegger muestra, sino que, antes que eso, aletheia es «poder de instauración eficaz». Ello es patente en la tradición judeocristiana, pero también en la Grecia Antigua, como se corrobora en Esquilo y su Prometeo Encadenado, en el que Zeus y las Erinnias, aparecen como aletheis, «verdaderas» en tanto diosas de la acción. Y lo son, justamente, cuando se convierten en ejecutoras del castigo, es decir, de un orden sobrepuesto a la Naturaleza con el que restauran el orden de la justicia, castigando al culpable. En este preciso contexto se inscribiría el que se ha considerado primer texto filosófico escrito en Occidente. Se trata, como ya se supondrá, de la descripción por parte de Anaximandro del apeiron como elemento de todas las cosas, las cuales, según la transcripción que nos ha legado Teofrasto, son expuestas -según su propio testimonio- en su devenir «en términos bastante poéticos» (poietikoterois outos onomasin auta legon) en tanto «se pagan mutuamente pena y retribución por su injusticia, según la disposición del tiempo». Dicha idea de la injusticia y la pena se deriva directamente, como señala Quintín Racionero, de términos insertos en el contexto de la monarquía micénica, que asimismo reproducen la jerarquía del arkhe divino, y de la que brota la idea de la kratia. Por tanto, como Kirk y Raven sostienen, los términos que contienen la frase de Anaximandro, toman los conceptos de «injusticia» (aidikia) o «pena y retribución» (dike kai tisin) no en tanto meras metáforas legalistas, sino inscritos en la genealogía del logos que aparece en este caso como lo regido «según la disposición del tiempo» (kata ten tou khronou taxin) exactamente del mismo modo en el que también el Prometeo Encadenado sitúa la ananke, o la moira, aquella necesidad castigadora a la que los mismos dioses están sujetos.

Se comprueba así como, más allá (o más acá) de esa «escatología del ser» basada en cierta solemnidad metafórica del «pensamiento» y el «ser» de la que habla Heidegger al referirse a la sentencia, ésta se inserta en una genealogía que debe tomar sus metáforas en su topos y rigor más propios, toda vez que el filósofo alemán critica una determinada interpretación de la sentencia y, en general, del pensar como una mera historiografía, «sin pensar jamás los fundamentos de sus principios de explicación a partir de la esencia de la historia y a ésta sin tener en cuenta al propio ser».

Por otro lado, el propio concepto taxin («disposición») que aparece en la sentencia sugería en tiempos de Anaximandro, según Kirk y Raven, «la prescripción de un castigo por un juez, o más adecuadamente, la fijación de un tributo». El término taxin se deriva del verbo tizemi, (poner, colocar) del cual se origina la palabra themistes, aquel que porta el cetro, es decir aquel representante de la diosa Themis, la diosa de la ley natural en la tierra, el libre, el capaz y el poderoso cuyo decir es realizativo, el portador, en definitiva, de la kratia.

El horizonte de la verdad se configura entonces alrededor del logos que administra el oráculo en tanto proyecta el futuro y que determina el rey

(el anax o el basileus) que porta el cetro y establece el orden y el presente como poseedor de la kratía, a imagen y semejanza del dios. Sólo en un sentido secundario tiene el poeta la palabra en tanto palabra rimada que guarda memoria del pasado y de las hazañas de los dioses y los reyes. Todo ello, según una cimentada jerarquía que desde la monarquía micénica, por lo tanto, reproduce la propia jerarquía del arche divino, y de la cual, ella misma resulta su legitimación. El rey tiene la palabra sobre todos los demás por el hecho de que la palabra (logos) en él tiene el poder, la eficacia y la capacidad de acción realizadora.

No obstante, en otro aspecto la modernidad ha ido constituyendo el significado de soberanía, precisamente en el sentido contrario al que aquí se refiere: la palabra se forma en el discurso, mientras que en la primitiva genealogía del logos se constituye a partir de una estricta aristocratización, y no en la libertad democrática del «uso libre» de la misma. Es precisamente con el advenimiento la democracia que en la Grecia Antigua el logos caiga en una crisis y por ello en una progresiva devaluación que habrá de ser recuperada por la poesía o por la filosofía. En el Prometeo Encadenado se muestra de nuevo que sin dicha aletheia el mundo retorna a su forma hostil y todo se oculta: los dioses se vuelven malos, engañosos y perversos. Cuando el orden se altera, «descubre el dios su rostro cruel». Lo que hace del dios un dios benéfico es la reproducción humana continua del orden divino, reproducción en la que el dios se retira lentamente a medida que se desvela. Por el contrario, cuando se destruye ese orden, Apolo se vuelve eskotios, oscuro, y entonces deja de ser el portador del arte para ser portador, como lo dice otra vez Esquilo, del olvido y del silencio, en un tiempo de miseria en el que, según el poema de Hölderlin, los poetas no tendrían lugar.

Por tanto, los dioses resultan los verdaderos portadores de la palabra efectiva superior al mero logos imitativo y secundario representado, pese a todo, por el poiein. Sin embargo, dicha efectividad se presenta también como la ejecución de la memoria en manos de los poietai, los cuales están asistidos por la Musa (Mnemosine) que, según Píndaro, es singular, una potencia única y que en Hesiodo aparece multiplicada en listas de hasta nueve diosas. Musa no significa otra cosa que palabra rimada o cantada. De modo tal que la poiesis como decir vicario en la mayor parte de la tradición griega no permanecería, como ocurre en Aristóteles, como una producción de obras. El poeta no es tanto un productor de poesía como un guardador de memoria. Recita las odas en el palacio micénico y guarda, con ello, la memoria de los hombres. Por ello la mimesis del poiein como guarda de memoria se concretiza, según Teognis, en dos funciones principales: celebrar a los inmortales y alabar las hazañas de los guerreros. De este modo, mediante la poesía, el rizoma del logos, queda finalmente vinculado con lazos sólidos a la aletheia de tal manera que ésta queda configurada no sólo como aquello que supone un poder y saber hacer, sino también como aquello sin lo cual lo real se desmorona hundiéndose en el ocultamiento y el olvido «Decir» entonces es el devenir real en el «recordar». El ejemplo que Cicerón ofrece es paradigmático en este sentido, no sólo para posicionar al poeta en la situación vicaria del ánax, aquél que posee la palabra en tanto palabra realizativa, sino también para mostrar la esencial pertenencia de poiein y memoria en el seno del logos. Cuenta Cicerón, que en un banquete dado por un noble de Tesalia, llamado Scopas, el poeta Simónides de Queos, cantó un poema lírico en honor de su anfitrión, incluyendo a su vez un elogio a Cástor y Polux. Scopas entonces dijo al poeta que le pagaría sólo la mitad de la suma convenida por el panegírico y que reclamase la otra mitad a los divinos gemelos a quienes había dedicado la mitad del poema. Inmediatamente después fue dado a Simónides el aviso de que dos jóvenes le esperaban fuera y querían verle. Aunque Simónides salió fuera, no vio a nadie. Mientras tanto, el techo de la sala se derrumbó, aplastando a Scopas y a todos sus huéspedes, que murieron entre las ruinas, Los cadáveres estaban tan despedazados que sus parientes, cuando llegaron a recogerlos para enterrarlos, no podían identificarlos. Pero Simónides, como buen poeta, y por tanto, experto en el arte del canto ritmado y rimado, recordó los lugares en los cuales ellos habían estado sentados a la mesa y, en consecuencia, pudo indicar a los parientes quién era cada cual. Cástor y Polux, como misteriosos visitantes le habían pagado con creces a Simónides su dedicatoria en el canto, sacando a Simónides de la sala justo antes de su desplomamiento. Y esta experiencia sugirió al poeta los principios del arte de la memoria, del que se dice fue el inventor.

Ha sido generalmente admitido, que la palabra mimesis procede del verbo mimeomai, «imitar» o «representar». Sin embargo, se olvida que de la misma raíz de dicho verbo, se deriva otro término: mimesko, que significa «recordar» o «cuidar de». De tal modo que si puede o debe haber algo que vertebre toda la tradición de la palabra poética desde su origen es la «memoria realizativa» entendiendo esto como algo muy otro de la creación poiética o de la imitación. En el gran regazo del logos, la palabra poética se ha venido configurando como el hacer efectivo en tanto guarda de la memoria de los hombres y de los dioses, así como, en definitiva, de la Naturaleza (physis) como aquel principio de generación (phyo), cambio y muerte. El continuo «siendo sido» de la palabra poética se halla esecialmente inscrito en una verdad (aletheia) que en su misma efectividad, también es errante (alethes) y sin hogar establecido, al tiempo que su misión no es otra que, mediante la Musa Memoria, restaurar indefinidamente, como en el ejemplo de Simónides, la injusticia natural del tiempo, «según su disposición».

 

Notas.

[1] Celan, Paul: GW 3: 199.

[2] Racionero, Quintín (1991): El Discurso de los Reyes, Madrid, Universidad Complutense (Edición escolar).

[3] Op. cit. 52

[4] Kirk, G. S., Raven, J. (1994): Los Filósofos Presocráticos. Madrid, Gredos, 162-163

[5] Racionero, Q.: op. cit. 70

[6] M. Heidegger: «La sentencia de Anaximandro». En Holzwege Caminos de Bosque. Madrid, Alianza, 1997, 293.

[7] Kirk, G. S., Raven, J.: op. cit. 181.

[8] Heidegger, M.: op.cit. 296.

[9] Esquilo. (2004): Tragedias. Madrid, Alianza, 93.

[10] De Oratore, II, 1, XXXVI. En Cicerón, Marco T. (2002): Sobre el orador, Madrid, Gredos, 64.

 

© José Antonio Santiago 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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