Los diarios de Manuel Azaña: a propósito del republicanismo

Adriana Minardi

Universidad de Buenos Aires


 

   
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Resumen: Los diarios de Manuel Azaña construyen un programa. Este gesto programático se funda, ante todo, en la filosofía krausista y es a partir de aquélla que intentaremos analizar estos diarios desde los tópicos republicanos y el programa intelectual que representan en cuatro lecciones.
Palabras clave: Manuel Azaña, republicanismo, diarios

 

Los diarios entre lo íntimo y lo público

¿Por qué revisten tanta importancia los diarios [1] que Manuel Azaña, presidente de la República española, escribió entre julio de 1931 y agosto de 1933? Esta pregunta que inicia la comunicación intentará abordar los principios republicanos que logran articular un fin estético literario y uno ético, basado en un contenido programático que versa sobre el problema de definir cuál es la naturaleza de los resortes del poder público en instantes de crisis, el planteamiento de asuntos de Estado, la constitución de la República en oposición a la Monarquía, la educación católica, el liberalismo. Que piensen en los muertos y escuchen su lección fueron las últimas palabras de Azaña en público en el Ayuntamiento de Barcelona el 18 de julio de 1938 pero, bajo el silencio del franquismo y el pacto de la transición, los muertos nunca han sido desterrados y, cual metonimia de este proyecto, sus cuadernos tampoco [2]. De las ediciones que, con la publicación de Marichal en México entre 1966 y 1968, llegan a la de Santos Juliá, podemos afirmar que los diarios construyen un programa. Este gesto programático se funda, ante todo, en la filosofía krausista [3] y es a partir de aquélla que intentaremos analizar estos diarios desde los tópicos republicanos y el programa intelectual que representan en cuatro lecciones. Si Azaña se ha convertido en el símbolo del republicanismo (Del Villar, 2005) deberíamos analizar cómo dicha figura se construye, ante todo, mediante un programa sólido del ethos del intelectual crítico frente a las tramas del poder político. En principio, este programa se refleja en su discurso España ha dejado de ser católica:

Estas son, Sres. Diputados, las razones que tenemos, por lo menos, modestamente, las que tengo yo, para exigir como un derecho y para colaborar a la exigencia histórica de transformar el Estado español, de acuerdo con esta modalidad mueva del espíritu nacional. Y esto lo haremos con franqueza, con lealtad, sin declaración de guerra; antes al contrario, como una oferta, como una proposición de reajuste de la paz. De lo que yo me guardaré muy bien es de considerar si esto le conviene más a la Iglesia que el régimen anterior. ¿Le conviene? ¿No le conviene? Yo lo ignoro; además, no me interesa; a mí lo que me interesa es el Estado soberano y legislador. (El sol, 14 de octubre de 1931).

A diferencia del pensamiento, fundado en una heimweih ligada al fracaso y al rechazo de la identidad española, propio de la generación de 1898, Azaña señala, en una artículo publicado en 1911 en La correspondencia de España, bajo el seudónimo de “Martín Piñol”, que la nostalgia debe activar la transformación moral de España. Les recrimina la falta de visión y vuelve nuevamente al estado como el punto central, pivote de todo el cambio. El fin de la historia, de acuerdo con Hegel, se da en el perfeccionamiento del Estado, no como máquina de guerra, sino como un estadio necesario para poner en práctica lo que la Institución Libre de Enseñanza tenía como proyecto: la formación interior, moral del individuo que, en todo caso, tendría su finalidad exterior: las nuevas instituciones que gubernamentales que los hombres nuevos han labrado en la conciencia. Hacia 1931, Azaña, según señala J. Marichal (1982), era el único con ideas precisas acerca de la función de un gobierno republicano y a propósito de una constitución. Estas ideas, que aparecen mejor reflejadas en sus diarios, ya habían sido bosquejadas en España (1923-1924) y en las conferencias del Ateneo (1911, 1917, 1918 y 1930). El ideal republicano está ligado a la recuperación moral de España por la intelligentzia, por una conducción de intelectuales que, unidos con la masa del pueblo obrero y campesino, pueda fundar las instituciones democráticas a la luz de 1812. En este sentido, son cinco las lecciones que en los diarios de 1931-1933 serán la base del pensamiento y la práctica de la II República. Por consiguiente, los diarios reflejan la frontera inevitable entre un espacio de intimidad que necesariamente permanece ligado a lo público y lo condiciona.

 

Lección primera: el Estado democrático es la República

Como militante crítico del Partido reformista y activo, luego, de Acción republicana, la figura de Azaña se fue forjando en una mirada ácida frente a la Monarquía y la dictadura pero también frente a la indiferencia de intelectuales, como Azorín, respecto de la democracia. Aquí es donde vemos la lección que no busca destruir el Estado sino perfeccionarlo. El problema español es entender que la masa no es pasiva ni irresponsable, sujeta a las personificaciones femeninas de inactividad e inercia, estereotipo de la época, sino que la masa contribuye al cambio porque es responsable de sus actos. La anotación del 13 de octubre de 1931 lo deja en claro al relacionar la actividad del Ateneo con las manifestaciones populares, es decir, con el hecho de ser el brazo de la corriente popular. En los diarios de 1932, se realiza mayor énfasis en torno de la pugna con Lerroux y, ya en 1933, con los conflictos militares (Goded y Mengada, entre otros). A diferencia de otras propuestas, la del estado democrático, asume el compromiso del voto femenino en discusión plena sobre la Constitución, como se observa en el apoyo de Azaña a la de Campoamor. Es por esto que los diarios de 1931 revisten tanta importancia. Allí es donde más se focaliza la atención en la reglamentación del Estado. El programa de Azaña no difiere por completo del de Ortega, por ejemplo ni se distancia del proclamado liberalismo español del siglo XIX. El problema de la invertebración está en la carencia de cultura, en la imposibilidad de ser o no ser parte de la cultural general europea. Esas preguntas forman parte de esa otra España. Pero, mientras Ortega veía la reforma en manos de la Universidad y de la Ciencia; para Giner y Costa, la solución estaba en la escuela; para Unamuno, quizás más cerca, en la humanidad, aquel concepto que Hume trabajó desde el empirismo. Azaña creía que la respuesta estaba en el Estado y, por ende, en el ideal práctico de la democracia que sólo se vería plasmado en la República.

 

Lección segunda: la República es la lucha de clases

“He preguntado a Fernando de los Ríos a cuánto ascendía próximamente la extensión de los bienes de señorío. No se sabe. Esto me ha producido mal efecto y me ha puesto de mal humor”
(Diarios, 10 de agosto de 1931)

De la primera lección presentada, se desprende la pregunta acerca de quiénes son la República o, mejor dicho, quiénes representan los ideales republicanos. A este respecto hay que considerar la afirmación de Azaña en la entrevista que le hiciere J. Gunther en 1933: “Soy un intelectual, un liberal y un burgués”. Con la teoría de las comunidades, que lo enfrenta a Ganivet en el Idearium español, Azaña cree que la lucha de clases que se dio entre la nobleza y la Corona es un paso necesario para la armonía del Estado. En este sentido, a partir de su ruptura con el reformismo en 1923, dada por la no aceptación de la Monarquía, vemos que su Apelación a la República lleva como consigna la lucha de clases como única manera de lograr la República. Allí lo más importante es la alianza entre las clases medias y la clase obrera con el objeto de destruir la Monarquía, cuya base estaba en la aristocracia. Si la generación del ´98 no había podido plasmarse en un programa político, Azaña recupera los postulados, se sitúa en la presidencia del Ateneo y es cabeza de Acción republicana. Allí, aparece claramente la postura de clase, con la integración de la UGT y el PSOE. La revolución que era, ante todo, liberal y burguesa, con la ruptura reformista, se vuelve además de liberal y burguesa, una fuerza de choque con la alianza de sectores más revolucionarios y anticatólicos. A nivel retórico, necesitaba alimentarse del espíritu negacionista del `98 a pesar de negar sus postulados políticos. El programa es claro en cuanto, por medio de la retórica revolucionaria, se llega al Estado que debe tener un parlamento e incorporar a socialistas y sindicalistas en la representación. Sin clase obrera , ya no hay Estado. Las anotaciones del 20 de agosto de 1931 refieren su discurso acerca de la defensa de la Constitución en el Consejo y es allí interesante ver cómo la República debe forjarse con la lucha de clases que es, en última instancia, lucha ideológica.

 

Lección tercera: la tradición no es incompatible con la República

Un debate importante respecto de la lucha ideológica es el de la tradición en tanto elemento en discusión por su pertenencia a la monarquía en tanto símbolo. Un ejemplo recurrente es el que liga, en la escritura de Azaña, la tradición a la memoria íntima de la autobiografía que construye a partir del famoso Jardín de los Frailes [4]. El sentido de tradición tiene en Azaña el de memoria selectiva; es decir, el recorte necesario del pasado que es funcional a un presente. En la anotación del 22 de septiembre de 1931, Azaña se acerca a Valle Inclán, para quien había inventado el cargo de Conservador del Patrimonio Artístico Nacional, y afirma lo siguiente:

(...) Les digo que soy opuesto a que se cometan actos de vandalismo, y que los escudos reales deben respetarse cuando tengan valor artístico, histórico o monumental; no es cosa de estragar la Puerta de Bisagra de Toledo arrancando el escudo de Carlos V, por ejemplo, ni de picar la fachada del Monasterio del Escorial, etcétera.

Tradición es, entonces, un elemento de Cultura. Y, como tal, el pasado hace del hispanismo, no la superioridad de raza en un credo sino lo mestizo como gesto triunfante, como lo antinacionalista. La cultura, tanto la del pasado épico como aquélla anulada, y nos referimos a la barroca y en ella a Don Quijote, debe recuperarse y valorarse porque en ese pasado se fundan las bases políticas del presente. El nacionalismo castizo es contrario a la República que se alimenta de la heterogeneidad de las tradiciones. Aquélla pasión crítica de Azaña, señalada por J. Goytisolo en el Lucernario muestra que la atención crítica al pasado, el uso de la razón no con fines destructivos sino en pos de la inteligencia y el afán democrático, caracterizan el sentido del republicanismo.

 

Lección cuarta: el republicanismo está en relación de solidaridad con el laicismo

Como hemos señalado, Azaña se enfrentó a los nacionalismos castizos pues consideraba que la función de la inteligencia en el orden político y social resultaba más fuerte que la mera ficción del catolicismo que los caracterizaba. La invocación de la mitología religiosa lleva a Azaña a levantar la bandera de la razón para la defensa de los derechos universales. El laicismo es solidario respecto de la República por cuanto es la herramienta que antepone el Estado a todo tipo de autoritarismo y que, ante todo, destruye la equiparación sémica Estado-Iglesia. Como vemos en la anotación del 2 de agosto de 1931:

(...) El padre Isidoro me pregunta un tanto angustiado qué va a ser de ellos, porque nada de lo que hay allí les pertenece [5], todo es del Patrimonio y no sabe cuál podrá ser el mañana inmediato. Respondo que tampoco lo sé y que las Cortes lo resolverán, pero le aseguro que por mi gusto, El Escorial permanecería tal como está.

—¿Y los colegios?

—No sé.

—¿Quitarán la libertad de enseñanza?

—Me parece probable.

(...) Después, se muestra conforme con que para enseñar se exija título, y le parece muy razonable que el vestir un hábito o una sotana no sea bastante para enseñar.

El propósito de la razón, la anulación de los privilegios y la valoración de la inteligencia y el saber son parte esencial de los valores republicanos y éste está en relación dialéctica con laicismo. Vemos también cómo la tradición aparece nuevamente como elemento que no debe ser despojado del programa de gobierno republicano sino más bien reformulado.

Estas lecciones que van forjando un programa y que hemos apenas bosquejado en esta comunicación señalan el uso de la razón y la capacidad de Manuel Azaña como intelectual, como ideólogo de una praxis incompleta. Quizás sean los pilares necesarios, cuyo eje, según entendemos, están en las entradas de 1931, para una aproximación a la figura de Azaña escritor cuyo programa reformula el sentido de democracia frente a los movimientos autoritarios nacionalistas.

A.M.
Hurlingham. Septiembre de 2008.

 

Notas:

[1] El género de discurso “diario” se corresponde con un heteróclito conjunto de textos; entre ellos, las memorias políticas y de guerra, los diarios íntimos y los cuadernos robados.

[2] De los nueve cuadernos, tres fueron robados; luego, el franquismo se encargó de decontextualizar y publicar sólo parcialmente algunos de ellos mientras que han quedado finalmente en la biblioteca del mismísimo Franco, devolviéndoles, años más tarde, su hija Carmen.

[3] El origen se encuentra en Sanz del Río quien difundió las ideas de Krause y del romanticismo filosófico germánico, concretado en la Institución Libre de Enseñanza.

[4] Si bien suele reivindicarse a Azaña en su rol político, vale aclarar que también ha sido un escritor literario y ensayista de gran relevancia. Entre otros textos, ha publicado: Ensayos sobre Varelay y en El jardín de los frailes, relato en el que los recuerdos de su adolescencia, transcurrida en el colegio de los agustinos de San Lorenzo de El Escorial, aún con una crítica, valora la tradición entendida como tesoro cultural. Publicada parcialmente entre septiembre de 1921 y junio de 1922 en la revista «La Pluma» y editada finalmente como libro en 1927, la novela analiza como bildungsroman el derrotero de Azaña como personaje sumido en una educación católica y nacionalista.

[5] Se refiere al jardín de los frailes.

 

Bibliografía:

Ayala, Francisco (1980) “Azaña” en: Azaña. Barcelona: Atalaya.

Azaña, Manuel (2000) Diarios completos. Barcelona: Crítica.

——— (1981) El jardín de los frailes. Madrid: Alianza.

Del Villar Arturo (2005), Manuel Azaña, símbolo del ideal republicano. Madrid: Colectivo Republicano Tercer Milenio.

Goytisolo, Juan (2004) El lucernario. La pasión crítica de Manuel Azaña. Barcelona: Atalaya.

Juliá, Santos (1990) Manuel Azaña, una biografía política. Barcelona: Atalaya.

Marichal, Juan (1982) La vocación de Manuel Azaña. Madrid: Alianza.

Tusell, Javier (1984) “Azaña recuperado” en: Historia 16.

 

© Adriana Minardi 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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