Espéculo

  Reseñas, críticas y novedades

 

 

Umberto Eco

Decir casi lo mismo.
Experiencias de traducción.

 

La infidelidad o de la traducción

Alexander Caro Villanueva

 

1. Los conceptos de fidelidad, interpretación y negociación

Un gran cuerpo de libros sobre traductología, observa Eco, recae en disertaciones teóricas de tipo especulativo; allí un concepto no remite a las propias experiencias bilingües de la traducción, a su riqueza verbal y propiamente estética, sino a otros conceptos que bien pueden prescindir de aquellas para sostener su fundamentación teórica. Eco se pregunta si quienes han escrito dichas disertaciones habrían sido ellos mismos traductores o por lo menos se habrían confrontado con prácticas bilingües del tenor de la traducción. Por ello, si se trata de constituir un saber sobre el tema, el autor juzga imprescindibles, además de un gran acopio de ejemplos vivos, el concurso de tres experiencias políglotas previas al acto de teorizar: haber revisado traducciones ajenas, ser un autor traducido y haber sido traductor o bien, colaborador vertiendo su propio libro a otra lengua. Estas experiencias pertenecen al mundo de la práctica editorial, cuyo saber no puede ser restringido a un ámbito de producción apartado del juicio estético sobre la calidad de una traducción, pues dicha práctica constituye un haz de referencias que, al ser pasadas por el prisma de una semiótica amplia y de la tradición literaria, establece criterios para juzgar su grado de acierto o su fracaso.

Escrito en un tono conversacional en forma de notas organizadas por conjuntos de problemas, Decir casi lo mismo, experiencias de traducción brinda criterios y detalles técnicos al lector interesado en traducir, pero también enriquece la enciclopedia propia del lector de traducciones a través de ejemplos de fragmentos copiados en más de cinco idiomas, a veces de manera simultánea, cuyos análisis propuestos se convierten en una fuente más de apropiación y goce estético de las obras referidas, así como amplían las posibilidades para su interpretación. No obstante, el lector no familiarizado con estas lenguas puede entender perfectamente las líneas argumentativas del texto en los debidos tiempos de procesamiento de información y con las mismas dificultades con que lo haría un lector en lengua italiana, gracias al intachable trabajo de la traductora Helena Lozano.

La reflexión de Eco también alcanza a los problemas clásicos sobre la materia dentro del ámbito de una teoría de la traducción y del lenguaje (los límites de la relación entre interpretar y traducir, la traductibilidad o intraducibilidad del poema y la relación entre el lenguaje y las cosas, entre los más sobresalientes), donde están implicadas algunas ideas de Schleiermacher, Benjamin, Gadamer y Pierce, siendo las concepciones de signo e interpretación de este último autor, las que orientan el grueso las posturas de Eco. Sin embargo, dichas temáticas de cuño filosófico son involucradas en tanto sirven para dar mayor sentido a los problemas lingüísticos y estéticos concretos frente a los cuales se halla el traductor en su tarea. El autor advierte en el prólogo que el libro no se presenta como un libro de teoría de la traducción y quizás valga como indicativo de su intención la declaración según la cual un traductor no se plantea problemas ontológicos o metafísicos en su labor, en vez de ello, “se limita a comparar unas lenguas, y a negociar soluciones que no ofendan el buen sentido (y si luego hay sutiles vínculos entre buen sentido y ontología, ése es otro problema).” (458)

Consecuente con el punto de vista de la práctica editorial, el autor empieza sus tentativas con una idea: la fidelidad debida al texto. Ésta se refiere al respeto jurídico de lo dicho por otros en la acepción de no falsear o sacar provecho partidista con una desviación de sentidos. Visto desde la labor propiamente textual, la fidelidad expresa “la convicción de que la traducción es una de las formas de la interpretación y que debe apuntar siempre, aun partiendo de la sensibilidad y de la cultura del lector, a reencontrarse no ya con la intención del autor, sino con la intención del texto, con lo que el texto dice o sugiere con relación a la lengua en que se expresa y al contexto cultural en que ha nacido.” (22) Ahora bien, con el fin de hacernos a una idea no ingenua de fidelidad, dicha definición debe ser pensada en lo que tiene de específico para el caso de textos con intención estética, puesto que sólo en ellos el núcleo de la cosa misma a ser traducida no se encuentra en la Manifestación Lineal, como en el texto informativo -pero tampoco está oculto “en algún hiperuraneo”, agrega Eco- sino en las claves de construcción de sentido que el traductor deberá interpretar a través de sus inferencias, las cuales pueden o no ser compartidas por otro lector. (197)

De lo anterior se desprende una afirmación de Eco, tan polémica como sugestiva: el traductor de textos con intención estética tiene que interpretar antes de traducir. Aquí se presenta la cuestión de hasta dónde la traducción entonces estará guiada por un criterio subjetivo y unas libertades que se alejan de la fidelidad al texto fuente, en virtud de los múltiples sentidos posibles que ofrece el texto a la interpretación. Dicho de otra manera, ¿Cuál es el límite entre traducir e interpretar?

Si para Pierce interpretar es “traducir un signo en otro sistema de signos”, de hecho toda traducción es una interpretación. Sin embargo, como aclara Eco, es necesario diferenciar la particularidad de la traducción, puesto que ésta no puede ser igual a otro tipo de textos comprendidos dentro de dicha definición, tales como la reseña, el resumen o el escolio. En primer lugar, habría que identificar lo que tiene de particular la traducción y Eco lo encuentra en la diferencia de propósitos de cada nivel de interpretación. Así, mientras una paráfrasis busca aclarar el contenido de una expresión sin tener cuidado de por qué el contenido estaba dispuesto de tal o cual forma, en la traducción, en cambio, debe ser conservado el efecto estético del texto. Eco mejora esta idea acudiendo a La Filosofía de la composición, el tratado escrito por Poe para explicar el complejo mecanismo interno de su poema El cuervo, porque sus ideas darían a entender por primera vez en la crítica literaria moderna que para la traducción de textos con intención estética “no basta con reproducir el efecto, sino que es preciso además dotar al lector de la traducción de las mismas oportunidades que tenía el lector del texto original, de ‘desmontar el engranaje.’” (381) En otras palabras del autor, “la apreciación estética no se resuelve en el efecto que experimentamos, sino también en la apreciación de la estrategia textual que lo produce.” (Ibid)

Al respecto, según aclara Eco, un ensayo argumentativo sobre un autor-filósofo sirve para aclarar su pensamiento, para lo cual el ensayista necesitaría “llevarnos de la mano para que del texto del autor se saquen también inferencias que el texto no explicita.” (303) En tal sentido, una traducción está más acá de la argumentación porque no propone un punto de vista sobre cómo funciona la obra - las traducciones que explican lo que realmente quería decir el original en pie de página o en el mismo cuerpo del texto a manera de paráfrasis demuestran con ello su fracaso, dice Eco-, pero a su vez está más allá del texto expositivo, porque aquello del texto que debe ser traducido no aparece en lo dicho (precisamente, inferir significa abstraer lo no dicho por el texto en el acto de decir).

Eco reflexiona también sobre la traducción en sistemas semióticos no verbales con el fin de aclarar otros aspectos relacionados con la traducción propiamente dicha. La reproducción de un coliseo hecha por un arquitecto a escala reducida, señala Eco, no se admira como obra de orfebrería en sí sino como resumen o paráfrasis del coliseo imitado a escala, para lo cual el modelo puede ser de madera o de plástico, no importa acá el cambio de sustancia. Tampoco es una traducción de la estatua de David alguna diminuta artesanía elaborada a escala, puesto el efecto estético pensado por Miguel Angel tiene por necesario su tamaño o sus dimensiones reales. Igualmente, si la escultura estuviese en otra ciudad distinta a Florencia, o dentro de la misma Florencia a la entrada del Palacio o en una galería, hecha en bronce o en estaño en vez de mármol, el cambio de lugar y material (en palabras de Eco, de “sustancia”) “anularía gran parte del efecto estético del original”; ello demuestra, según Eco, que aun tratándose de sistemas semióticos no verbales, el cambio de sustancia es fundamental y el traductor deberá lograr esta autoconciencia del lenguaje en virtud de la cual se debe conservar la fidelidad, más aún tratándose de la poesía, donde la sonoridad, el ritmo y los recursos propiamente sugestivos de las palabras cobran especial valor.

Ciertamente, la misma traducción es una interpretación porque el traductor debe seleccionar sobre un conjunto posible de interpretantes y realizar un proceso de combinación de dichos signos, muchas veces, en un nuevo orden al presentado en el texto fuente con el fin de conservar su efecto estético en la lengua de llegada. Más sobre este punto sería oportuno añadir que la necesidad de seleccionar surge porque no existe la sinonimia pura entre dos lenguas naturales, donde el significado de cada palabra podría pasar automáticamente inalterado de una lengua a otra. La utopía de una traducción perfecta automática exenta de ambivalencias parte del principio de identidad de cada uno de los elementos integrantes del sistema semiótico de una lengua, como si se dijera que en él x es idéntico a x, mientras el significado es aquello invariable en los procesos de traducción, que permanece conservado en una suerte de metalenguaje y, el cual garantizaría la relación entre dos lenguajes naturales. Dicha lengua sería un diccionario de todas las lenguas y en la práctica vendría a funcionar como si la expresión “mamífero roedor” tradujera la palabra rata en alguna de las escenas de La Peste de Camus igual que en el Hamlet. Pero entonces, esto significaría que dichas definiciones son las mismas para todo contexto e idioma, donde las palabras cobran distintos significados.

Por lo pronto, dice Eco, el único libro donde se pueden equiparar dos términos en distintas lenguas sin margen de error en la elección de contexto y que además se ajuste a una definición precisa y homogénea, sería el diccionario bilingüe. Pero el sano sentido común señala al diccionario como una herramienta para traducir, no como una traducción en sí misma. Existe más bien una asimetría fundamental entre dos lenguas distintas por la cual es inevitable el casi de la traducción y por la cual un traductor debe traducir textos y no oraciones o palabras aisladas de un horizonte de sentido. Para el traductor, la manifestación de esta asimetría consiste en la ambivalencia o en aquella situación donde la traducción produce nuevas necesidades expresivas en la lengua de llegada que a su vez introducen sentidos no deseados en el texto fuente o toda clase de tensiones entre contenido y forma (por ejemplo, significado y ritmo), entre las tradiciones de ambas lenguas o entre las distintas épocas en que se inscribe la traducción. En ese sentido, dice Eco, “traducir significa siempre `limar´ algunas de las consecuencias que el término original implicaba.” (119)

Ahora bien, gracias a esta asimetría esencial entre dos lenguas naturales, el traductor tiene la libertad necesaria para sortear los problemas presentes en su tarea, puesto que la traducción estará sujeta más al genio de la lengua de llegada que a una regla abstracta. De esta libertad se deriva una situación donde, a la final, como señala Eco, el traductor dice más de lo dicho en el texto fuente, mientras que, de otra parte, dice menos. En sentido estricto, la libertad así lograda podría llevar al traductor más bien a un acto de infidelidad. Eco no utiliza esta palabra, pero ella da cuenta de una paradoja: sólo en la infidelidad puede el traductor conservar la fidelidad debida al texto o, en palabras de Eco, “es inútil buscar fidelidades literales.” En efecto, en tanto el traductor ha accedido a las claves de la obra a través de su interpretación, encuentra que para conservar el efecto estético original muchas veces es necesario eximirse de la obediencia a la letra o simplemente privilegiar algunos elementos sobre otros en el texto fuente, “ya sea en el plano semántico y sintáctico o en el estilístico, métrico, fono-simbólico, así como en lo que concierne a los efectos pasionales a los que el texto fuente tendía.” (115)

Dicho de una manera más técnica, tratándose de textos con intención estética, un traductor no puede reencontrarse en la lengua propia con lo dicho por el otro sin antes haber experimentado una pérdida continua (a raíz de la plurivalencia y la ambivalencia) que le lleva a establecer compromisos con el texto fuente para recuperar el texto desde la pérdida, a través de múltiples estrategias tendientes a equilibrar, a compensar y, en muy raros casos, a sustituir. Ello introduce la idea central del libro de Eco; la negociación.

La negociación hecha por el traductor es, para ponerlo en nuestros términos, el manejo de la infidelidad en la fidelidad en cada uno de los diferentes niveles de la construcción de sentido del texto. El traductor negocia el sentido con el texto, con el editor, a veces con el autor -cuando aún está vivo-, con anteriores traducciones y con su propia lengua. Sin la negociación, la verdadera traición vendría con la acomodación facilista de contenidos -la cual tiene mayor terreno al momento de traducir dos lenguas que comparten raíces comunes como el italiano y el español, porque allí está latente la seducción de las palabras fonéticamente parecidas-, al margen de la interpretación, de los retos planteados por la traducción (reconocimiento de las ambivalencias) y de las sugerencias para solucionarlos.

Dos advertencias funcionan a manera de declaración de principios: ninguna forma de la negociación deberá sustituir en caso alguno al autor ni pretenderá enriquecer el texto en el sentido de complementarlo, allí donde el traductor crea que deba ser llevado a más. Al respecto, Eco ilustra su idea diciendo que se podrán admirar igualmente las traducciones de poetas hechas por los buenos poetas y que son leídas más por disfrutar los versos en la lengua de llegada que por leer el libro original, sin embargo, recuerda Eco, “una traducción que llega a “decir más” podrá ser una obra excelente en sí misma, pero no es una buena traducción.” (141) De otra parte, “la negociación no es siempre un proceso que distribuye equitativamente pérdidas y ganancias entre las partes en juego.” (119) El traductor no gana en su labor cuando arrebata secretos y soluciones osadas; ello podría degenerar en la situación anteriormente nombrada -en el caso que el traductor dé muestra de buen gusto-; gana, más bien, cuando pierde frente a la obra con las herramientas interpretativas, lingüísticas y extralingüísticas blandidas en su furor y nos da la impresión que es la obra misma quien habla o, por lo menos, provoca una nostalgia por el original.

 

2. Negatividad del lenguaje e interlingüismo

Del mito de la torre de Babel se pueden hacer varias interpretaciones desde las cuales se ilustra o estructura el andamiaje conceptual de distintas teorías del lenguaje, algunas de ellas con un marcado acento metafísico, que, en cierto modo, se oponen a la idea de negociación de Eco. Dos de ellas constituyen un diálogo con las posturas del autor. O bien se admite que la consecuencia de la maldición caída sobre quienes intentaron levantarse hasta Dios hace imposible cualquier intento de traducción entre lenguas, lo que nos llevaría al relativismo absoluto postulado en lingüística por Quine, o bien se trataría de solucionar el problema de la incomensurabilidad entre contenidos semióticos apelando a la hipótesis de una lengua adámica perfecta a la que aspiraría cada traducción, donde se clausura la maldición. Esta última idea, en parte, es la del Benjamin influenciado por la cábala y la mística judía: “Todo el parentesco suprahistórico de dos idiomas se funda más bien en el hecho de que ninguno de ellos por separado, sin la totalidad de ambos, puede satisfacer recíprocamente sus intenciones, es decir, el propósito de llegar al lenguaje puro.” (Citado en Eco, 449) Tal propósito es interpretado por Derrida como la pretensión metafísica de pensar como Dios. Dicha pretensión encuentra su origen en un deseo subjetivo (de fusión con el objeto pensado) y para Eco éste deseo no constituye por sí mismo la evidencia de aquél lenguaje.

La característica negativa del lenguaje hace posible la utopía de la lengua perfecta. También hace posible la serie de coincidencias entre la relación de significante y significado, por una parte, y, las ideas místicas que evidencian ese lenguaje adámico en la interpretación de algunas marcas del texto o del proceso lector. La negatividad del lenguaje consiste en que un signo no puede aproximarse a un objeto sin antes haberse interpretado en términos de otro signo, llamado interpretante, el cual a su vez deberá ser interpretado por otro. De esta manera, el lenguaje no sólo refiere objetos; también se refiere a sí mismo en una cadena infinita o circular de remisiones a significantes. En dichos términos, la identidad es la diferencia ó, en palabras más técnicas, ningún significado es idéntico a sí mismo (como cuando se decía que x es igual a x) si dicha identidad no es expresión de la diferencia entre significantes. La afirmación de fondo diría: una cosa se determina en el lenguaje como la suma de cosas que no es y que no sigue siendo en virtud de las remisiones constantes a los otros significantes a través de los cuales se actualiza su significado. Se trata de una negatividad, pues, basada en las características de signo de Soussure y de Pierce; la arbitrariedad del signo y el triangulo conformado por signo, referente e interpretante.

Un planteamiento práctico de la cuestión lo ve Eco en la traducción de colores. Eco parte del capítulo 26 de las Noches áticas donde Aulio Gelio se sorprende por las incoherencias que encuentra en los colores utilizados en la literatura clásica latina, porque sólo en Virgilio el fangoso Tíber, las hojas del Olivo y la cabellera de la rubia Didón son descritas con la misma palabra, lo que le parece indicio de que los antiguos no distinguían el verde del rojo o del amarillo. Favorino, el filósofo, responde a Gelio que “los ojos son capaces de distinguir más colores de los que pueden nombrar las palabras” (460), razón por la cual, puede que una misma palabra corresponda a distintas unidades de contenido. En tal caso, el traductor de nuestra época se preguntaría antes de iniciar su labor: ¿veían los antiguos colores distintos a nosotros? ¿Simplemente tenían otros nombres para los mismos pigmentos? Y en caso de que hablásemos de los mismos pigmentos en las distintas culturas ¿Las respuestas perceptivas a ellos serían las mismas?

Ante todo, dice Eco, el color no sólo es una segmentación del espectro visual a la cual corresponde un término, sino también una “respuesta perceptiva al efecto cromático” que está determinada en gran parte por motivos culturales. Por ello, “pensar que los términos de color se refieren sólo a diferencias sugeridas por el espectro visible es como considerar que las relaciones genealógicas presuponen una relación de parentesco igual para todas las culturas.” (462) Más aún, tratándose del mundo poético de aquellos textos, el color es una unidad de contenido que remite a un efecto de extrañamiento intencionalmente buscado por el poeta a través de las propiedades sugestivas del lenguaje. Dicho efecto, en la hipótesis de Eco, habría reunido un crisol de nominaciones que abarcaba culturas disímiles bajo el yugo del imperio, cuyo sincretismo vendría a resumirse en este vivo crisol arcaico cromático del mundo poéticamente posible.

Los poetas de la antigüedad, al describir colores “parece que no estaban interesados en los pigmentos, sino en los efectos perceptivos debidos a la acción combinada de la luz, de las superficies, de la naturaleza y de las finalidades de los objetos. De esta forma una espada podía ser fulva como el diaspro porque el poeta veía el rojo de la sangre que podía verter.” (471) En este caso, en vez de consultar el diccionario, el traductor debería iniciar un punto de negociación: “el diccionario es, a lo sumo, un punto de partida. Es preciso intentar pensar el mundo como el poeta podría haberlo visto, y a ello debe llevar la interpretación del texto.” ¿Cómo lo hace? Basándose en la propia negatividad del lenguaje planteada de la única manera posible para los hombres modernos: elaborando una tabla de comparaciones entre los términos occidentales modernos, los latinos y la segmentación del espectro visual con que la ciencia nos da una idea de la gradación. Podría parecer etnocentrismo afirmando la superioridad del conocimiento científico frente a la representación antigua del mundo, dice Eco, pero es justamente lo que hay que hacer, puesto que se debe partir de lo conocido a lo desconocido. Es allí donde se demuestra que la inconmensurabilidad no significa incompatibilidad y que dichos términos en desacuerdo “no son unidades de contenido, sino términos lingüísticos que remiten a unidades de contenido.” (55)

Así mismo, la buena traducción prepara la lengua de llegada para lo extraño. Eco retoma esta idea a través de la diferencia hecha por Humbolt entre die Fremdheit y das Fremde (la extrañeza y lo extraño): “(…) el lector siente la extrañeza cuando la elección del traductor le resulta incomprensible, como si se tratara de un error, y siente, en cambio, lo extraño cuando se encuentra ante una forma poco familiar de presentarle algo que podría reconocer; pero que tiene la impresión de ver verdaderamente por primera vez.” (223) Que el lector pueda distinguir la extrañeza de lo extraño, queda corroborado por una situación; frente a una mala versión, él “puede inferir de la traducción de un original desconocido, qué es lo que probablemente el texto decía en verdad (conforme al mundo posible que él ya ha concebido, A.C.).” (59) Y frente a dos buenas traducciones en la misma lengua -en lo personal me pasa cada vez con Dante- , ese lector atento encontrará la relación de complementariedad o de recíproca pertenencia de cada traducción, bajo la impresión según la cual ambas dicen lo mismo en sus palabras, con la curiosa idea de que cada una agrega algo distinto, haciendo ver el sentido del texto como si se comprendiera por vez primera en cada lectura.

Dadas estas condiciones de la traducción, Eco observaría en esta complementariedad de las traducciones un producto del carácter negativo del lenguaje. En contraparte, la idea de un lenguaje adámico exento del carácter negativo de toda lengua natural, sería el producto del mismo efecto ejercido por la lógica significante de las palabras -la necesidad recíproca de los interpretantes-, pero visto como a través de un espejo. Es decir, tales utopías, documentadas por Eco ampliamente en su libro En busca de la lengua perfecta, caen bajo un encantamiento producido por el mismo carácter polisémico de las palabras. Ya sea la pretensión de penetrar en el pensamiento de Dios o de conocer un lenguaje abstracto universal que se desenvuelva en correspondencia a las formas universales del ser (sin entrar en polémica de si éstas existen o no), la lengua exenta de ambigüedad remitiría a objetos más allá de las posibilidades de las formas del contenido de cada lengua y de la experiencia propia, porque nosotros no podemos hablar y conocer sino con la lógica significante. A través de una densa demostración inductiva (págs. 450 y 451), Eco demuestra que aún si se obtuviera esta lengua, el traductor trasladaría el carácter negativo del lenguaje a su intención de acercarse a ella, puesto que para activar un metalenguaje x se necesitaría otro z que lo tradujera y así infinitamente. Para Eco, toda esta alquimia termina inevitablemente en la paradoja según la cual “todo lo que la lengua perfecta resuelve en sus propios términos no podría volverse a traducir a nuestros idiomas naturales.” (453)

Es decir, haciendo una analogía - y el texto mismo podría permitirla puesto que allí se nos remite a algunas ideas de Kant y el ornitorringo-, la cosa misma a ser traducida no puede ser la cosa en sí de Kant, un objeto más allá de las posibilidades del lenguaje con que se la puede pensar, aunque conservando la estructura del pensador de Königsberg, el casi de la traducción habla de una pérdida y de una imposibilidad de ese mismo objeto, gracias a lo cual el traductor tiene la libertad de imaginarlo y resolverlo en términos del genio de la lengua de llegada. Siendo imposible determinar este lenguaje puro donde no exista diferencia con la cosa misma a ser traducida, queda la conciencia de sí del lenguaje en virtud de la cual se extiende un amplio proceso de negociación donde aquella se enriquece, determina y se pone como otra cosa distinta de sí para conservarse en lo mismo -casi lo mismo- del texto fuente.

“En ausencia de una lengua parámetro”, Eco está interesado en delinear “un proceso continuo de negociación en cuya base está, ante todo, una comparación entre las estructuras de las distintas lenguas donde cada lengua puede convertirse en el metalenguaje de sí misma.” (453) Dicha característica del lenguaje sin duda tiene que ver con la reflexibilidad que líneas antes habíamos desarrollado a propósito de la referencia que hace Eco a La filosofía de la composición de Poe y que se constituye en la herramienta principal para hacer del carácter negativo del lenguaje la condición indispensable para que dos culturas y lenguas distintas puedan dialogar entre sí, como creo haber interpretado la tentativa de Eco sobre la negatividad, así como la idea de que la ambivalencia y la pérdida es igualmente riqueza y aprehensión de lo nuevo para la lengua de la traducción.

 

3. La doble riqueza de la traducción

Dado que la lengua de llegada necesita afrontar los problemas de reproducción del efecto original en el ritmo, la sugestión y los niveles sintácticos, ella misma debe desdoblarse para salvar las ambivalencias hasta el extremo de sacar de sí nuevas posibilidades desconocidas hasta el momento por su propia tradición. Esto significa la renovación de la lengua de llegada en sus niveles sintácticos, sonoros y de sentido, la cual se ejemplifica en el libro de Eco con el renacimiento de la lengua alemana experimentado a partir de la traducción de la Biblia hecha por Lutero, a quien Eco cita: “De mi traducir y de mi alemán ellos (los alemanes, A.C.) aprenden a escribir y hablar alemán y me roban consiguientemente mi lengua, de la que ellos anteriormente poco sabían.” (219) Totalmente germanizada, la Sagrada Escritura habría renovado la lengua teutona y la habría abierto a las posibilidades que en la literatura evolucionaron desde las formas confesionales y líricas del pietismo y las elegías de Klopstock hasta el romanticismo y su consumación con la obra de Goethe.

Lutero ejemplificaría la necesidad de familiarizar lo extranjero bajo el criterio de convertir a lo nacional alemán en lo popular: “(…) Aus dem überfluss des Herzen redet der Mund (De la abundancia del corazón habla la lengua). Pues bien, decidme qué alemán entiende esto, qué es eso de la abundancia del corazón (…), la madre en la casa y el hombre corriente dicen: de aquello que se tiene en el corazón, de eso habla la boca (Wes das Herz voll ist, des geht der Mund über).” (Citado en 221) Con lo cual se sugiere una idea: la traducción crea con la familiarización de lo extranjero el espíritu de lo nacional, pero a su vez, lo nacional tanto como lo extranjero también debe ser aprendido a través de la observación de lo que la obra tiene de original para el todo cultural y lingüístico en el cual nació. Pero entonces, una traducción sería original sólo si captara en los sentidos posibles del texto fuente, aquellas tendencias vitales en las cuales precisamente la cultura de llegada se diferencia de las tendencias del pasado que hicieron posible, por ejemplo, el surgimiento de la Iliada en el sentido de las condiciones culturales e históricas irrepetibles desde dónde la obra fue posible.

Recordamos aquí las traducciones de Antígona y de Edipo Rey de Hölderlin, porque, basado en los presupuestos de la diferencia entre el pasado Griego y la necesidad de los nuevos dioses consecuentes con el horizonte vacío de sentido de la modernidad -reflexiones consignadas en sus Notas sobre Edipo y Antígona presentados como explicación a las traducciones-, el alto poeta exploró posibilidades en la lengua alemana tan alejadas del original, que las traducciones fueron leídas por su contemporáneo Goethe y el círculo de Weimar como una sagrada tontería, la cual revelaría, más bien, el estado avanzado de degeneramiento mental del poeta, pronto a la locura que lo embarcaría el resto de su vida. Queda por determinar hasta dónde la tentativa de Hölderlin iba más allá de la idea tradicional de traducción y exploraba con mayor radicalidad que antes algún otro traductor, las consecuencias del postulado de traducir culturas a la par con los textos.

¿Fidelidad? Después de todo, dice Eco, “si consultan cualquier diccionario, verán que entre los sinónimos de fidelidad no está la palabra exactitud. Están más bien, lealtad, honradez, respeto, piedad.”(472)

 

© Alexander Caro Villanueva 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2008