Neoliberalismo y producción cultural.
Reflexiones sobre la “explosión cultural” argentina post-crisis del 2001
(primera parte)

Maria Cristina Pons

University of California, Los Angeles (UCLA)
mcpons@ucla.edu


 

   
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Resumen: Como consecuencia del total fracaso del modelo neoliberal que tuvo su auge durante los años 90, Argentina sufrió en el 2001 la peor crisis económica de su historia. Más allá de provocar el colapso de la economía y una profunda desestabilización social, aquél histórico default del 2001 planteó, además, ciertos interrogantes respecto de la articulación entre el estado, la sociedad y la cultura. Curiosamente, en medio de la crisis tuvo lugar una efervescente actividad cultural. Los medios, particularmente el periodismo, han jugado un papel importante en el registro y difusión de esa especie de boom cultural que se da a pesar de la crisis, o en respuesta a ella. A partir de una consideración de lo que se transpira en los medios, especialmente en los periódicos y artículos periodísticos varios, este trabajo se propone ofrecer algunas reflexiones sobre esa situación paradójica que vivió la Argentina: un aparente boom cultural que se da en el marco de una crisis económica devastadora. Algunos de los interrogantes que subyacen a este trabajo son: ¿por qué se responde a una crisis económica tan aguda con una alta producción cultural y consumo de bienes culturales?, ¿qué hay realmente detrás de esta “explosión” cultural?, ¿hasta qué punto ese llamado el boom cultural argentino fue una construcción mediática?, o ¿hasta qué punto parte de esas estadísticas que dan cuenta de una cultura en ebullición son producto de políticas culturales neoliberales impulsadas por empresas multinacionales?
Palabras clave: producción cultural, neoliberalismo, crisis argentina.

Abstract: The Argentinean crisis of 2001 was a “textbook crisis” of the failure of the Neoliberal economic model. Curiously enough, an apparent cultural explosion took place during that time despite the crisis, and arguably in response to it. Journalists, cultural workers and scholars are divided in their perception of this so-called “Argentinean cultural boom.” Some firmly believe that indeed there was such cultural explosion taken place, particularly in Buenos Aires, while others have doubts about the real nature of such intense cultural activities and production. The media played an important role in recording and diffusing this contradictory situation of a flourishing culture in a context of a devastating economic crisis. Using the media, particularly newspapers and other forms of journalism, this paper reflects on that contradictory situation. Some underlying questions to be explore are: Why facing an economic crisis the society responded with an cultural production, participation and consumerism? What is really behind this cultural explosion? To what extent it was a media constructed phenomenon? Conversely, to what extent it is a real cultural development?

 

En el año 2001, Argentina, obediente víctima del modelo neoliberal, vivió la peor crisis económica de su historia. Algunos la han comparado con la Gran Depresión de los años 30 en Estados Unidos. Otros la han considerado como la crisis del neoliberalismo, el cual en Argentina llegó a su apogeo en los años 90, bajo las presidencia de Menem, y se continuó en el 2000-2001 con el presidente de De la Rua (Teubal 2004:173). Lo cierto es que esta crisis sin precedente en todos los escenarios terminó por convertir al país en un gigante Titanic que, ante el asombro del mundo, amenazaba hundirse irremediablemente. No se hundió del todo pero dejó (como dijo E. Galeano) más náufragos que navegantes. La sociedad argentina se encontró en un pueblo fantasma de fábricas abandonadas, un desempleo masivo y la pesadilla del llamado “corralito” de cuentas bancarias congeladas y ahorros perdidos.[1] Pero más allá de provocar el colapso de la economía y una profunda desestabilización social, aquél histórico default del 2001 planteó, además, ciertos interrogantes respecto de la articulación entre el estado, la sociedad y la cultura. En medio de la crisis, y desafiando cualquier expectativa, se produce una intensa actividad cultural. Así lo expresa el entonces director del Museo Nacional de Bellas Artes, Jorge Glusberg: "Hay en este momento una explosión cultural que uno difícilmente podría esperar en un país que la está haciendo tan pobremente” (la traducción es mía, citado en Jonathan Goldberg 2002: 1). No es de extrañar, entonces, que esa efervescencia cultural sea registrada en los medios no sólo como la única sobreviviente de la crisis, sino como la única buena noticia. “La cultura logró sobrevivir la crisis”, anuncia uno de los titulares del diario argentino La Nación en diciembre del 2002, mientras que en otro encabezado se lee: “Entre las tantas malas noticias e indicadores en rojo, una estadística resulta esperanzadora: la producción cultural surgida de la iniciativa de la ciudadanía crece y está más viva que nunca” (Sirven 2002) [2]. Más aún, la idea general que se crea, particularmente a través de los medios, es que no sólo se da una gran producción cultural a pesar de la crisis sino a propósito de ella. Este trabajo se propone ofrecer algunas reflexiones sobre esa paradójica situación que vivió la Argentina, especialmente a partir de una consideración de la cobertura que se le dio en los medios, especialmente en los periódicos.

De hecho, es notorio el énfasis que los medios, especialmente el periodismo, han puesto en la difusión de esa “explosión” cultural post-crisis. Como veremos en el curso de este trabajo, se destacan, entre otros, los altos índices de producción y consumo en la industria del cine. Sin duda, el cine argentino es una de las estrellas de las noticias dada su visibilidad internacional, sus varias nominaciones y participación en muestras internacionales, así como por el éxito de algunas producciones (como El hijo de la novia y Las nueve reinas). No quedan atrás, sin embargo, el entusiasmo de los medios por la gran participación en las Ferias del Libro, la hiperactividad del Museo de Bellas Artes, del Malba (Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires) y del Palais de Glace, así como de las fundaciones Proa y Konex. Al principio de la crisis también se destacó en las noticias la participación popular, mayormente en torno a expresiones culturales de resistencia, la multiplicación de bibliotecas populares y las múltiples actividades barriales (como el desarrollo del teatro callejero popular y la proliferación de murgas).[3]

La idea de una “explosión” cultural en Argentina no se limitó a ser noticia en el ámbito nacional y tampoco al período inmediato después de la crisis. En octubre del 2005 y con el título "Un país en ebullición. La cultura argentina conquista al mundo", el diario El País de España (edición internacional), le dedicó dos páginas de su sección cultural a lo que muchos consideran el auge de la cultura argentina. Esta nota, por supuesto, no escapó la atención del periodismo nacional, al día siguiente apareció en La Nación otra nota titulada “El boom cultural argentino despierta interés en España”. (La Nación 2005)

Sin desconocer la existencia de una intensa actividad cultural, hay quienes dudan que tal celebración exaltada de la cultura argentina sea justificada. Beatriz Sarlo, por ejemplo, en su artículo “Entusiasmos culturales y realidad” (que se publicó en La Nación, 2004), considera que hay una especie de “inflación cultural” sostenida por varios factores. Uno de ellos es la naturaleza misma de la “noticia” cultural en los medios ya que la expectativa es que la sección de policiales publique malas noticias y la de cultura ofrezca buenas noticias. La habitual celebración de lo que ocurre ya sea en cine, teatro o música, observa Sarlo, por lo general dan una imagen distorsionada de lo que sucede. Por otro lado, la autora señala que si bien a través de los medios se promueve la difusión de la cultura, no necesariamente tiene que ver con la calidad de lo difundido y mucho menos con la construcción de expectativas: “¿Quién recuerda hoy, que en los meses que precedieron a la peor crisis argentina, algunos funcionarios hablaron de la posibilidad de tener un “museo Guggenheim” en Buenos Aires? ¿Quién recuerda que esa ocurrencia, poco probable y algo ridícula, ocupó la noticia?” (Sarlo 2004)

Aunque se reconozca el altamente positivo panorama que ofrece la producción cultural argentina, tampoco hay que olvidar que se produce en medio de una crisis provocada por el estruendoso fracaso del modelo neoliberal que devastó al país. Este panorama paradójico despierta una serie de interrogantes que invitan a reconsiderarlo más allá de su entusiasmo y celebración inicial. Uno de los principales interrogantes que surge es obvio ¿por qué se da tal respuesta a la crisis? Más aún, nos podemos preguntar si realmente se trata de un boom y no de una especie de “inflación cultural” como sugiere Sarlo. O ¿hasta qué punto parte de esas estadísticas que se traducen como el boom cultural argentino son producto de políticas culturales neoliberales impulsadas por empresas multinacionales?

Tomemos como ejemplo el alarde que se ha hecho sobre la gran participación en la Feria del libro, tanto en el año 2000 como en los que sucedieron, lo cual da la sensación de una saludable y próspera industria del libro y una sociedad culta que lee. Sin embargo, el panorama cultural no es tan positivo cuando se lo mira desde otro ángulo. Por lo pronto es sabido que la producción de libros argentinos había bajado notablemente como consecuencia de las políticas neoliberales. [4] Durante los años 90 se asiste a una creciente transnacionalización del mercado editorial y el consumo de libros había caído por la reducción de los ingresos de la población. La crisis en el sector editorial, además, sacudió fuertemente a las revistas culturales, ya que el 99% de ellas se diseña e imprime en el país y la devaluación no les permitió hacer frente al incremento de costos (ver Barcia 2002). Ello sumado a la caída de la publicidad y a un brusco descenso en las ventas dieron como resultado que importantes revistas culturales dejan de editarse. La Maga cierra a fines del 2000 y durante el primer semestre del 2002 otras veinticinco revistas culturales dejaron de editarse (entre ellas Proa, Letras de Buenos Aires, Lea, Clásica, Los Inrokuptibles y La Danza del Ratón (Barcia 2002).

En los últimos años se da un auge de las editoriales independientes y la condición social de los argentinos mejora ya que comienza a bajar la tasa de desempleo, la pobreza y la enorme desigualdad aún persisten. A propósito de la Feria del Libro del 2005, Graciela Gambaro reflexionó sobre ese tema crucial que el entusiasmo periodístico por el “boom” cultural frecuentemente deja afuera: la enorme disparidad económica y social que impide a un gran sector de la población acceder al libro. Se trata, dice esta escritora argentina, de “los excluidos de la educación, de los 750.000 analfabetos y la inmensa franja de semianalfabetos e indigentes” que no tienen acceso a los libros y, por ende, “excluidos también de esta gran fiesta de la cultura argentina que es la Feria del Libro” (en “Hacia una cultura sin excluidos” 2005). Los costos que implican asistir a la Feria son también para tener en cuenta. Por ejemplo, en una nota titulada "Con una oferta récord arranca otra edición de la Feria del Libro" (Clarín mayo del 2008), se anuncia la participación sin precedente de 1.582 expositores y una programación de 1.600 actos culturales. Pero en otra nota también se informa que una familia tipo (dos adultos y dos niños) puede llegar a gastar 250 pesos en un día de visita a la Feria, entre el valor de la entrada, un libro para cada uno, comida y transporte o estacionamiento (ver Kantt 2008). Esta cifra equivale a un 20% de un salario mínimo. La nota no da cuenta de los costos que representaría participar de la Feria a aquellos que viven en las provincias.

En cuanto a los hábitos de lectura, el hecho de que el volumen de ventas en la Feria del libro se incremente respecto de años anteriores, no necesariamente significa que hubo un aumento proporcional en el número de lectores. Por un lado, según un informe de la Cámara Argentina del Libro, cerca del 30 por ciento de la población escolar de la Argentina no lee ni un libro por año y sólo el 37,4 por cierto dispone de libros, y siempre gracias a la distribución gratuita que lleva a cabo el Ministerio de Educación (ver “Hacia una cultura sin excluidos”). Con respecto a la población no escolar, cifras similares lanza una encuesta nacional hecha por el SNCC (Sistema Nacional de Consumos Culturales, Secretaría de los Medios de Comunicación) datada agosto del 2005. En ella se indica que el 52% no llega a leer un libro por año (entre los que se destacan los hombres y la población de bajos recursos). De los que dijeron que leen, se destacan las mujeres y los de nivel socio-económico alto y medio, pero cuando se les pregunta por el autor del libro leído, el 61,9% no supo mencionar ningún nombre. El libro más leído es la Biblia y le sigue Harry Potter. En el siguiente nivel estarían El código Da Vinci, y los libro de autoayuda como los de Bucay. Es decir, lo preocupante no es sólo el porcentaje de gente que lee sino la calidad de lo que lee.

Por otro lado, editores y escritores consultados por La Nación a propósito de Feria del Libro del 2007, coincidieron que se trata un fenómeno aislado, conectado con una sociedad cada vez más habituada “a la puesta en escena” (Reinoso 2007). Vale la pena aquí mencionar algunas de las opiniones recogidas por Reinoso, corresponsal de La Nación. Para el filósofo Santiago Kovadloff, la Feria "es una consecuencia de la asociación del mundo del libro al mundo del espectáculo" y el público no es lector sino espectador de la muestra de libros. Algo similar observa Diego Golombek. Según este escritor, para la gente ir a la Feria es una salida anual, casi como ir a ver Holiday on Ice o el Circo de Moscú. Por su parte, Josefina Delgado, ex subdirectora de la Biblioteca Nacional, opina que el interés por el libro que exhibe la Feria se tiene que alimentar con la creación de bibliotecas, y agrega: "[a]unque parezca mentira, en la ciudad de Buenos Aires hace 23 años que no se abren nuevas bibliotecas, con edificios y todo. Hubo sólo dos nuevas en los últimos 20 años. Una en 1987 y otra en 1997. Y hay que poner el libro al alcance de la gente" (Reinoso 2007).

En cuanto a las artes plásticas se puede decir otro tanto. Por ejemplo, en una nota que anuncia desde el título el “Final con éxito para ArteBa 2002”, se destaca que la exhibición estaba compuesta con el impresionante número de 70 galerías y espacios artísticos. Además se nos informa que “durante los diez días que duró la exposición hubo más de 86.000 visitantes y 800 obras vendidas. La gente se interesó especialmente por el arte moderno y de vanguardia” (La Nación 2002).

Al cine argentino también se lo ha exaltado como parte de esa exuberancia cultural post-crisis. “Hace años que el cine nacional (puntualiza una nota de La Nación) no tiene una actividad tan intensa, con estrenos casi semanales, buena cosecha de premios en los festivales internacionales y un creciente interés por parte de los espectadores” (ver Sirvén 2002). Hasta cierto punto hay algo de verdad en todo esto. El cine argentino tiene una actividad intensa, ha tenido buena cosecha en premios y nominaciones internacionales, y ha despertado un creciente interés en el público. Habría que notar, sin embargo, que la producción notable del "Nuevo Cine Argentino" es anterior a la crisis del 2001, data de 1995 (si se toma como fecha de arranque Historias breves). Asimismo, y a semejanza de lo que mencionamos respecto de la industria del libro, la estadística de estrenos presenta un panorama que, mirado de cerca, no es tan alentador. En su artículo “El cine argentino, entre la gloria y la penuria”, Bernardes alude a este tema. Según este crítico, se habla de 60-70 películas estrenadas en los años 2004 y 2005 respectivamente, y en temporadas anteriores el número de estrenos promedia entre las 40 y 50 películas por año. En estas cifras no sólo están incluidas las co-producciones y las películas que se estrenan al margen del circuito comercial, sino que un alto porcentaje de ellas, “es de productos precarios, en ocasiones impresentables” (Bernardes 2003). A ello habría que sumarle que tanto las condiciones de filmación, como la posibilidad de mantener las películas en cartelera por un período prolongado, continúan siendo muy difíciles. Son escasas las películas que alcanzaron los 100.000 espectadores como para poder recuperar costos. [5] A ello habría que sumarle que desde la época del presidente Carlos Menem (quien fue campeón en defender las políticas neoliberales), el Estado fue el gran ausente en su participación y promulgación de políticas culturales y de fomento que proteja la producción nacional. Por el contrario, los subsidios que habían sido otorgados a las producciones locales se hicieron extensivos, dadas las nuevas regulaciones, a las co-producciones, generando mayores oportunidades para las compañías extranjeras. Las consecuencias son obvias. Por un lado, el nuevo cine argentino depende en gran medida del subsidio de fundaciones extrajeras o de coproducciones -en particular con España (Bernardes 2003). Por otro lado, al no estar protegidas, muchas películas de calidad tienen que competir “en igualdad de condiciones y en los mismos complejos cinematográficos, con los tanques de Hollywood” y por ende no duran más que dos o tres semanas en cartelera ya que enseguida son desplazadas según los intereses de las grandes distribuidoras (Bernardes 2003). En los años 90 hubo una considerable consolidación de los grupos de exhibición y distribución multinacionales. En 1997, estos grupos eran los dueños del 12 % del mercado, hoy son los dueños del 65% de los cines en Argentina (Delfino 2005: 9).

Las preferencias del público también constituye un factor a tener en cuenta. En el 2005, por ejemplo, sólo un puñado de películas -El aura (Fabián Bielinsky), Tiempo de valientes (Damián Szifrón) e Iluminados por el fuego (Tristán Bauer),premio especial del jurado en San Sebastián-concentró el 42% de las preferencias del público interesado en ver un film nacional (ver Fernández Sánchez 2005). En este respecto son sugestivos los datos que ofrecen algunos estudios recientes. Por ejemplo, en un reporte comisionado por el Department of Canadian Heritage y realizado en colaboración con Embajada Canadiense en Argentina, se menciona que después de 4 años de recesión, el público argentino regresa a los cines y para el 2003 el número de espectadores llegó a 32.6 millones de personas (Delfino 2005: 2). El dato curioso es que en el 2003 dos tercios de la audiencia nacional vivía en otras ciudades, fuera de Buenos Aires. Esta explosión de la audiencia fuera de Buenos Aires puede explicarse en parte por la novedad de los nuevos shopping malls que aparecieron en casi todas las ciudades del interior con complejos de cine manejados por cadenas internacionales. Aún así, los habitantes de Buenos Aires reportan ir al cine 3.4 veces más por mes que en otras ciudades (Delfino 2005: 2). Ahora, de las 320 películas que se mostraron en 2003, por ejemplo, 49% fueron producidas en los Estados Unidos, 24% en Argentina, 9% en Francia y 3% en España. En cuanto a las preferencias, 82% de los consumidores elige películas norteamericanas mientras que sólo el 9% elige películas argentinas (Delfino 2005: 3).

Esta desproporción a favor de las películas extranjeras se refleja en lo que se consume en los hogares. En televisión abierta el 18% de las películas son argentinas y el 82 % extranjeras, mientras que en cable el 8% son argentinas y el 92% son extranjeras. Más aún, según una encuesta nacional hecha en el 2005 por el SNCC (Sistema Nacional de Consumos Culturales, Secretaría de los Medios de Comunicación), y llevada a cabo bajo la supervisión técnica del INDEC (Instituto Nacional de Estadísticas y Censos), indica que del total de películas que se ven, un 59% se ven en casa por televisión paga (operada por Cablevisión, Multicanal y Direct TV), y el 18% por televisión abierta. A semejanza de lo que se observa respecto de la asistencia a la Feria del libro, la encuesta indica que el nivel de concurrencia de los que van al cine es mayor en tres universos: los sectores socioeconómicos alto y medio, los menores de 35 años y los que residen en el área metropolitana de Buenos Aires (SNCC 2005: 43).

Estos datos dejan entrever que las políticas culturales neoliberales ciertamente jugaron un papel preponderante tanto en el consumo como en la producción de bienes culturales. Si por un lado se incrementa el consumo de bienes culturales impulsados por empresas multinacionales, por otro lado son estas mismas políticas las que desfavorecen la producción local. Además, como la misma crisis lo demuestra, el fracaso del modelo neoliberal provocó que una enorme mayoría de la población quedara al margen de esa vida cultural en ebullición que reportaron los periódicos, más allá de poder leerla en las noticias.

El interrogante que aún queda por responder es ¿por qué la cultura se hace presente con tanta fuerza en medio de la crisis? Las respuestas pueden ser varias. Pienso en tres, y que pueden estar incluso íntimamente relacionadas. La primera, y más obvia, es que la alta participación y consumo de bienes culturales fueron fomentados, por lo menos al principio de la crisis, por la gran cantidad de eventos gratuitos o subsidiados que se ofrecieron en su momento. Además, la devaluación del peso colaboró para que aquellos que tenían su dinero en dólares (guardado “debajo del colchón”) pudieran acceder a la cultura a un bajo costo -por ejemplo, en subastas de obras de arte que bajaron su valor en un 40% y 60%. Incluso, después del “corralito”, para muchos ahorrar había dejado de tener sentido y se volcaron a gastar su dinero en el consumo de bienes culturales y de entretenimiento. Es decir, dada la situación económica y ante la imposibilidad de adquirir bienes materiales, la población se volcó al consumo de bienes culturales y bienes simbólicos.

La segunda respuesta tiene que ver con el espíritu crítico de la creación artística. Dentro del marco de la globalización y la transnacionalización de la cultura, se pude considerar que en muchos casos la producción cultural argentina de estos últimos años constituye un fenómeno de resistencia cultural, e incluso de activismo estético. Y con ello me refiero tanto a las múltiples actividades culturales populares como a una producción que refleja y reflexiona sobre la crisis desde una perspectiva crítica (y el nuevo cine argentino es un claro ejemplo; también lo es la muestra de arte "La normalidad", que se inauguró en febrero 2006 en el Palais de Glace, con obras inspiradas en la crisis de 2001, y que proponen reflexionar sobre las consecuencias negativas de la globalización y sobre los nuevos lenguajes artísticos que las expresan). [6]

Por último, la intensa actividad cultural en medio de la crisis cumplió un papel importante en plano simbólico. En el 2002, el entonces secretario de cultura de Buenos Aires, Jorge Telerman, dice: “contrariamente a lo esperado la gente se abre cada vez más a la cultura porque no quiere obedecer al estereotipo de un país derrotado” (la traducción es mía, citado en Golberg 2002). La crisis sacudió el concepto y la percepción que el país tenía de sí mismo, de su potencial, de su inserción en el mundo global y de su destino eventualmente próspero. Y esa respuesta cultural a la crisis tiene que ver con una idea de ser nacional, o de una identidad nacional vinculada a la ciudad de Buenos Aires y su “excepcionalidad” (construida ésta a partir de un discurso que enfatiza y se vanagloria de ser una ciudad compuesta de capas medias cultivadas, productoras y consumidoras de cultura, y de un país nacido para ser “grande”). [7] Los datos arriba mencionados sugieren que, en gran parte, ese tan mencionado boom cultural es un espejismo producido desde la ciudad de Buenos Aires.[8] Pero la vitalidad de la cultura no sólo se percibe como el último bastión que le permitió a la sociedad reconocerse en un país que se había derrumbado, sino también le permitió a muchos rescatar algún sentido de dignidad humana y ciudadana cotidianamente amenazadas.

 

Notas

[1] Se conoce como “corralito” a la restricción y posterior congelamiento de la circulación de todos los activos de los bancos. El 3 de diciembre de 2001, el ministro de Economía, Domingo Cavallo, anunció la medida que restringía la circulación activos bancarios del país, tanto los depósitos al contado como los depósitos a plazo. Previendo una posible desvalorización, los argentinos comenzaron a retirar sus ahorros de los bancos. Ante la posibilidad de no poder solventar la demanda de los retiros promovida por el alza del dólar, los bancos decidieron cerrar sus puertas. Muchos no pudieron sacar su dinero de los bancos. Los que tenían depósitos en pesos perdieron así gran parte de sus ahorros ya que no pudieron sacarlos antes de la suba del dólar. Las cuentas en dólares directamente se congelaron. La bancarrota del sistema financiero del país, culminó con la caída del Presidente Fernando de la Rúa a fines del 2001 y en los siguientes 12 días Argentina tuvo nada menos que cinco presidentes.

[2] A modo de ejemplo, me parece que vale la pena citar las palabras con las que se destacan las actividades culturales de ese momento: “Cualquier fin de semana tenemos en Buenos Aires más espectáculos que en Nueva York, Madrid o Berlín. El interior es una caldera que bulle en la misma dirección y terminaremos el peor año de la historia argentina con trescientas mil entradas vendidas arriba que en 2001”. Por su parte, los centros culturales “trabajan hasta el agotamiento con infinidad de propuestas gratuitas para todas las edades y son verdaderas usinas de nuevos creadores sin distinción de edad ni de nivel social”, mientras que los niños de las escuelas públicas “no se conforman sólo con pasar de grado, sino que llegan con sus instrumentos hasta el Teatro Colón o preparan proyectos para filmar películas o emprenden originales acciones solidarias” (Sirven 2002:1)

[3] Algunos de estos aspectos son analizados en Hortiguera, H. y C. Rocha (compiladores). Argentinean Cultural Production During the Neoliberal Years (1989-2001).

[4] En su artículo “La cultura logró sobrevivir la crisis”, Reinoso observa que también la importación de libros y discos, así como la venta, cayeron más del 50 por ciento, pero que a causa de la devaluación el país estuvo en la mira de las industrias culturales del exterior por los bajos costos de producción en el nivel del cine comercial, en la impresión y edición de libros y discos y en la exportación de contenidos televisivos (Reinoso 2002)

[5] Según Bernardes, entre las películas que alcanzaron a superar la barrera de los 100.000 expectadores se encuentran Nueve reinas (Fabián Bielinsky, 2000), La ciénaga (Lucrecia Martel, 2001), El bonaerense (Pablo Trapero, 2002) y Un oso rojo (Adrián Caetano, 2002); mientras que Bolivia (Adrián Caetano, 2001), y Herencia (Paula Hernández, 2001) apenas llegaron a esa cifra.

[6] Ver Chiaravalli, “Arte y política: de la crisis social al activismo estético”.

[7] Para un estudio sobre los mitos culturales y fundacionales argentinos, ver Pons y Soria.

[8] Precisamente, otro de los factores que, según Sarlo, sostienen esa especie de “inflación cultural” tiene que ver con las características y la realidad de Buenos Aires, donde por lo pronto se ecuentra el menor desempleo del país y sobreviven las capas medias (Sarlo 2004:

 

Referencias bibliográficas

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María Cristina Pons. Nació en Buenos Aires, Argentina. Hizo sus estudios de postgrado en Canadá y en los Estados Unidos. Recibió su doctorado en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Southern California (USC), Los Angeles. Actualmente se desempeña como profesora literatura y cultura latinoamericana y chicana en la Universidad de California, Los Angeles (UCLA). Entre su principales publicaciones se encuentran: Memorias del olvido (Siglo XXI, 1996), Más allá de las fronteras del lenguaje (UNAM, 1998), y Delirios de grandeza. Los mitos argentinos: memoria, identidad y cultura (compilado con Claudia Soria, Beatriz Viterbo, 2005). También ha publicado varios trabajos sobre diversos autores, tales como Cortázar, Piglia, Monsiváis, del Paso, Saer, y Soriano, así como sobre la novela histórica argentina y los mitos culturales de la cultura chicana. Actualmente está trabajando en un proyecto sobre Neoliberalismo y cultura en América Latina.

 

© Maria Cristina Pons 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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