Fundamentos de la retórica

Arturo Zárate Ruiz

Investigador de El Colegio de la Frontera Norte (Oficina de Matamoros)
México


 

   
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Resumen: La retórica nos permite persuadir y persuadirnos, de manera razonable, sobre los mejores bienes elegibles. Con todo, a través de los siglos no pocos pensadores no sólo la han condenado sino incluso relegado al más completo escepticismo.
   No por ello la retórica deja de ser un arte valiosísimo. A continuación explico cómo descansa en sólidos fundamentos. Para ello reviso por qué se le ha despreciado y negado. También doy respuesta a las impugnaciones, principalmente a aquellas que ponen en duda el que sea posible discurrir de manera razonable y objetiva sobre los bienes. Demuestro además que para razonar sobre éstos no nos bastan las ciencias sino requerimos de argumentos especiales que suple la retórica.
Palabras clave: retórica, persuasión, Aristóteles, discurso

Abstract: Rhetoric let us persuade ourselves and others, on reasonable grounds, about the best elective goods. However, through many centuries, not few skeptical thinkers have condemned and shun this art.
   In spite of this skepticism, rhetoric is indeed a very important virtue. Next, I explain rhetoric’s solid foundations. For that purpose, I review why skeptics have despised and denied it. I also answer their objections, especially their denial of any possibility of reasoning objectively about the goods. I finally demonstrate that reasoning about the goods, if not possible by means of pure sciences, is possible thanks to the special arguments supplied by rhetoric.

 

Retórica, oratoria y toma de decisiones

En tiempos antiguos las personas arreglaban tanto los asuntos públicos como los privados no de otra manera que con la oratoria. No existía ni el papel para persuadir las ofertas para los contratos ni periódicos para promover soluciones a los problemas de la ciudad. Aun menos existían la televisión y la red. No se razonaban los negocios sino con la palabra hablada, como en los mercados y las plazas populares.

La teoría con que los antiguos dieron normas racionales a la oratoria se llama retórica. Esta teoría reglamenta todas las responsabilidades del orador: su desempeño oral, su lenguaje apropiado, la disponibilidad oportuna de argumentos e información gracias a la memoria, el orden en el discurso y en la presentación, pero sobre todo las razones que persuaden a una persona para tomar decisiones sobre lo que vale la pena escoger entre distintas propuestas que le son presentadas [1].

Esta teoría supone un reto correlativo al oyente: escoger libre y razonadamente la mejor propuesta con base en los argumentos escuchados. En este sentido, la retórica no se queda en instruirnos sobre meras formas de expresión oral. La retórica aborda de lleno el arte de tomar decisiones. Sin requerir de comunicación, las razones que aduce el orador son las mismas que puede manejar mentalmente una persona para resolver un asunto privado en un sentido o en otro. Pero, en la toma de decisiones, no sólo las razones, sino la retórica de lleno asiste a quien resuelve en su tarea de escoger las propuestas presentadas. Porque quien resuelve no sólo piensa sino piensa además haciendo uso del lenguaje natural. Con la retórica, uno persuade y se persuade con base no sólo en las razones sino también con base en la encarnación de éstas en el lenguaje [2].

En cuanto a teoría de comunicación, la retórica no nos sirve sólo para la oratoria. En la medida en que “vendamos bienes” de manera razonable a una audiencia, la retórica nos asiste al comunicarnos de los más diversos modos, independientemente de que presentemos nuestra propuesta en la televisión, en la radio, en un libro o por la red computadorizada; y nos asiste independientemente de que nuestra actividad como comunicadores sea vender productos de consumo, el publicista; la Buena Nueva, el predicador; buena imagen, el relacionista público; el bien común, el político; mejores niveles de civilización, el estadista; entretenimiento, su productor en el cine; mejor información que la de la competencia, el periodista; y aun hallazgos científicos más trascendentales que los del colega, el investigador que desea publicar su artículo en la más morrocotuda revista académica. Vender bienes de manera razonable es la tarea de la retórica.

Para Aristóteles (Retórica I, ii), esta tarea es posible porque todos los hombres gozamos de la “facultad” o capacidad de encontrar los mejores medios para persuadir: la podemos ejercer aun antes de estudiar en la escuela las reglas que le gobiernan. Según el estagirita, en esta capacidad consiste la retórica en sí.

En cuanto que el vender bienes puede ejercerse siguiendo un método racional[3], la retórica es también un arte, según explicó Quintiliano. Es más, en cuanto que los principios de este arte pueden estudiarse y explicarse de manera sistemática, la retórica es una ciencia, precisó este gran educador latino [4]. La retórica es incluso una virtud, añadió (Institutio Oratoria II, xv-xx), porque si, como actividad humana uno la vuelve costumbre, se yergue así en un hábito bueno. Por ello, Quintiliano (Institutio Oratoria XII, i) definió al orador, a quien disfruta de la virtud de la retórica, como “vir bono”, hombre bueno.

Sea, pues, la retórica la facultad, arte, ciencia, virtud de persuadir o persuadirse, de manera razonable, sobre el mejor bien posible entre varios elegibles.

 

Retórica y mala reputación

Sin embargo, la retórica ha tenido durante siglos una pésima reputación. En 1690, John Locke, no obstante haber sido el más grande paladín del liberalismo y de la sociedad civil, se expresó así de este arte:

...todo el arte de la retórica, a no ser por el orden y la claridad-todo el uso figurativo y artificial de las palabras que la elocuencia ha inventado-, no sirve para más que para insinuar ideas erróneas, manipular las pasiones, y así trastornar el juicio, y convertir por tanto a quien la usa en perfecto timador.... No puedo sino observar cuán mínimas preocupación y ocupación de la humanidad son la preservación y progreso de la verdad y del conocimiento, porque al arte de la falacia se le estima y se le prefiere. Resulta evidente cuánto a los hombres les gusta engañar y ser engañados, porque la retórica, ese poderoso instrumento del error y del engaño, goza de profesores bien establecidos, se enseña públicamente, y se le ha tenido siempre en gran reputación: y no dudo que no puede pensarse de mí sino la rudeza más grande si no es que brutalidad por haber dicho tanto contra ella. La elocuencia, como el sexo bello, se impone con la hermosura y no puede sufrir que se diga algo contra ella. Y es un esfuerzo vano encontrarle faltas a estas artes del engaño cuando los hombres hallan placer en que les engañen (Locke, An Essay Concerning Human Understanding, 1690, III, x, 34).

Podríamos atribuir el desprecio de Locke y de muchos modernos hacia la retórica a sus filosofías: éstas redujeron la lógica al razonamiento geométrico, las bases del juicio a los “hechos evidentes”, y el lenguaje idealmente a los símbolos matemáticos con significado unívoco. Tanto los racionalistas como los empiristas no pudieron comprender los problemas más básicos y genuinos de la retórica, por ejemplo, el razonamiento contingente, los juicios de valor y el libre arbitrio de la audiencia en cuanto a las alternativas de acción posibles.

Aun así, el repudio a la retórica precede a los pensadores modernos y se remonta al menos al año 460 a. de C. cuando Córax y Tisias hicieron las primeras propuestas teóricas de este arte en la Magna Grecia. Si todavía se les recuerda es por su capacidad de enredar la palabra para timar. Según se cuenta, Córax prometió enseñarle a Tisias el arte de persuadir a tal punto que jamás perdería ninguna querella en las cortes de justicia. Fueron finalmente a ellas porque Tisias se negó a pagarle a Córax las clases recibidas. Allí el discípulo pronunció el siguiente dilema: “O me enseñaste tan bien este arte que puedo persuadirte para que no me cobres tus honorarios, o no me lo enseñaste por lo cual no tengo por qué pagarte”. Córax respondió: “Si me convences de que no te cobre, aun así deberás pagarme porque demostrarás que te enseñé este arte; y si no me convences, con más razón te cobraré y tú me tendrás que pagar”. El juez finalmente resolvió: “A malicioso cuervo, maliciosa cría”, algo así como “Cría cuervos y te sacarán los ojos” (Laborda Gul, 1993; Conley, 1990).

No nos sorprenda, pues, que Sócrates, algunos años después, denostara a todos los maestros de “retórica” de su tiempo, seguidores de las doctrinas y prácticas sofistas de Córax. Gorgias, por ejemplo, aseguraba poder responder magistralmente cualquier pregunta por el mero hecho de saber retórica-de vivir hoy, su alarde incluiría la física cuántica y la inmortalidad del cangrejo-. Además atribuyó a quienes dominan la retórica tal talento que “pondrá a tus plantas al médico y al maestro de gimnasia; y se verá que el propietario se ha enriquecido no debiéndolo a sí, sino a un tercero, a ti, que posees el arte de hablar y ganar las voluntades de la multitud”, es decir, no el producto, sino su publicidad sería lo que vende (Platón, Gorgias). Lisias afirmaba que hablar bien consistía sólo en la expresión atractiva y eficaz, independientemente que fuesen rebuznos como “el mejor amante es aquél a quien no amo, ni conozco, ni respeto, ni recuerdo, ni me importa, ni me importuna en absoluto” (cfr. Platón, Fedro). Callicles se jactaba, junto con Gorgias, de importarle un cuerno la justicia pues le bastaba la retórica para siempre “triunfar” y salirse con la suya, aunque engañara, cometiera monstruosidades y aplastese a los demás (Platón, Gorgias). Protágoras ofrecía una retórica charlatana y relativista: no se fundaba en el conocimiento sino en el aparentarlo, en el ajustarlo al gusto del oyente-cual “spin doctors” o políticos de encuestas-, es más, en “construir” este conocimiento con la palabra; “justicia”, “lealtad”, “paz”, “honestidad”, “libertad”, “civilidad” no serían más que lo que piense, diga o se le haga creer a la gente (Cfr., Platón, Teetetes y Protágoras; Diogenes Laertius, Lives).

Sócrates en particular abominaba la propuesta retórica de Gorgias porque, aun en el remoto caso de en verdad respetar la justicia, no sería más que revestir ésta de “confitería”, como se puede también lograrlo con la mentira y lo perverso. Por tanto, su poder no iría más allá de un dorar la píldora-cualquiera que sea-para presentarla apetecible (Platón, Gorgias). De hecho, si nos atenemos a los textos de retórica que se han producido a lo largo de los siglos, la mayoría se reducen a instruirnos sobre los “ornamentos” del estilo[5]. Sócrates los aborrecería de pretender ellos por sí sostener una verdad. Se resistiría-nos resistiríamos-a aceptar que una persona sensata requiriese del almíbar para reconocer y tragarse una verdad, o que le bastasen las palabras “bonitas” para ser engañado sobre el error y el vicio. Tal vez “las masas disipadas”, tal vez “el populacho indolente”, pero no el augusto senador ni el severo juez requerirían de los adornitos tipo arbolito de navidad para distinguir entre un buen y un mal argumento.

En la medida que las visiones georgianas de la retórica han persistido a través de los siglos, en la misma medida han merecido una y otra vez el rechazo de las personas sensatas. De hecho, el “déjense de retóricas” resuena aún hoy.

1) Resuena, por ejemplo, frente a numerosos comentaristas de televisión quienes (cual nuevos Gorgias), por el mero hecho de dar la cara a las pantallas, hablan al público como si fueran expertos en todo.

2) Resuena frente a no pocos comunicadores, aun egresados de la universidad, que, como nuevos Gorgias, Lisias y Callicles, se pavonean porque con “su destreza”, es decir el engaño, las trampas y la manipulación de los medios, logran vender ideas, candidatos y productos. “Tenemos ‘éxito’”, se justifican, “y eso es lo único que importa” [6].

3) El “déjense de retóricas” resuena también frente a grupúsculos que si bien se quejan del control y manipulación de los medios y de la palabra por unos cuantos, buscan resolver el problema no con buenas razones, sino arrebatando (cual Callicles) a esos cuantos el “poder”. Lo hacen, por ejemplo, algunos marxistas y feministas que descuidan el razonar por concentrarse en la “lucha de clases”. Propulsores de la contracultura, según quiso Gramsci [7], redefinen la realidad, que si ésta no se ajusta a sus ideologías, peor para ella. Así, aunque hablen de “justicia social”, su propuesta final no es sino la revolución y el “empoderamiento” [8].

4) El “déjense de retóricas” resuena sobre todo frente a algunos intelectuales contemporáneos que, tras negar (como Protágoras) la experiencia objetiva de la verdad y el bien, pretenden sin embargo construirlos y vendérnoslos con la “intersubjetividad” y la palabra. Por el factor humano asociado al quehacer científico, llegan a considerar todo conocimiento y aun toda ciencia como mera construcción social. Reducen toda investigación a la producción “retórica” de significados y el diálogo a la “intersubjetividad”. Todo es “retórica”, todo “palabras”aun que la circunferencia mida p , es decir, 3.1416 veces el diámetro del círculo en cuestión [9].

Si escepticismos como éste, ahora en boga, fomentan en no pocos la sospecha hacia las matemáticas y las ciencias naturales, cuánta más desconfianza le tendrán a las ciencias sociales, a las humanidades, ¡no hablemos de la retórica! Por pragmatismo, algunos escépticos admitirían entonces discutir asuntos del bien común si es posible expresarlos en términos aparentemente sólidos (pero tan variables de un día para otro) como los pesos y los centavos [10]; por conservar al menos a una pizca de razón, podrían tal vez aceptar las bases empíricas y matemáticas de las ciencias naturales; pero jamás concederían la objetividad, en casos concretos, de los valores como la justicia, el bien y la belleza, los cuales no se pueden conocer de la misma manera que 3 + 2 = 5 ó que la composición química de tu sangre, y los cuales son sin embargo centrales en la toma de decisiones, según se queja Stephen Toulmin en The Uses of Argument (1958).

Para Wayne C. Booth (1974), el resultado ha sido un cisma en el discurso contemporáneo de consecuencias desastrosas: por un lado están quienes se apegan al dogma moderno y reducen toda racionalidad al estrecho margen de las pruebas experimentales y de lógica formal; por otro lado, quienes, no encontrando otra forma para razonar los valores, se abandonan al motivismo, es decir, a lo que les dicta “el corazón, los cojones, la hormona” [11]. El resultado ha sido el volver, como en tiempos de Sócrates, al “déjense de retóricas” ahora pronunciado por los tecnócratas, y el dar pie a la reacción de “All we need is love”, versión hippie, proclamado por los que se dicen poetas.

Ciertamente, han habido esfuerzos importantes en la época contemporánea por restaurar la racionalidad de los asuntos humanos. Destacan los de Jeurgen Habermas (1985), Paul Ricoeur (1977) y Chaim Perelmann (1958). Sin embargo, aquél intenta construir esa racionalidad intersubjetivamente, ése la pretende lograr con la creación de significados, y éste la supone pensando en una audiencia ideal. Ninguno parece admitir la objetividad de valores, bienes, concretos más allá de la hormona del sujeto. He de reconocer que hay autores recientes, como Ernesto Grassi (2000) y Alfonso Reyes (1983), que regresan a las fuentes clásicas de la retórica para notar la relevancia de este arte en la argumentación, la educación y la vida pública. Acudir a estas fuentes parecería entonces servirnos para recobrar el sustento razonable de la retórica en cuanto que los clásicos por lo regular supusieron bases objetivas en la argumentación sobre los bienes. Sin embargo, muchas de las revisitas a los clásicos ni explican ni abrazan dichas bases objetivas: se quedan en celebrar la retórica clásica. Es más, parecen acercarse a ella como una admirable pieza de museo. Reconocerán su lugar importante en la historia y en las culturas del pasado pero no la abrazan por su relevancia en nuestra vida actual.

La retórica posee esa relevancia y posee bases objetivas. No nos han faltado en distintas épocas ni nos faltan ahora manuales sencillos y sensatos de oratoria que las supongan. Con eclecticismo recogen los mejores preceptos retóricos propuestos en los siglos precedentes para enseñar a los estudiantes a hablar bien. Todos nos beneficiamos con ellos al tomar mejor decisiones juntos sobre el bien común y vivir de manera civilizada. Si algunos de estos manuales sufren alguna falta importante ésta consiste en que no abordan explícitamente los fundamentos de los preceptos. Es más, abandonan éstos al capricho del que los usa, de tal modo que algunos entienden el “adaptar el discurso a la audiencia” como darles simplemente a los oyentes por su lado, o, peor, darles “atole con el dedo”, según una expresión mexicana. Parte de mi intento ahora es indicarle al lector, al menos brevemente, los fundamentos de la retórica, sus bases objetivas, su relevancia actual. En hacerlo quizás contribuya en limpiar un poquito la mala reputación que sufre este arte por sus malos exponentes y practicantes[12]. Pero más allá de la reputación de este arte, me preocupa servirle al lector para que goce cada día más de esta virtud la cual en alguna medida comprende todas. “Una-dijo Cicerón (De Oratore)-es la sabiduría y la elocuencia”.

 

La retórica y el problema de la realidad

Ya me vendan taquitos de papa-como los del marchante afuera de mi casa-, ya me vendan la salvación eterna, ninguna propuesta tiene sentido, no hablemos de moralidad, si no se finca en bienes reales. Es posible que me convenzan que los polvos de cuerno de rinoceronte son infalibles para batir todas las marcas de virilidad durante una noche con la muchacha del talón más cotizada. Es posible también que, tras consumirlos mezclados con ostiones frescos, le cause envidia a Supermán por mi desempeño y sorprenda incluso a la mujer de máxima experiencia. Que así lo logre no justifica, sin embargo, al vendedor del dizque afrodisiaco si la autosugestión, y no las propiedades reales del cuerno de rinoceronte, favorecieron mis “dotes amatorias”. Ni, de ser esos polvos de veras mejores que el viagra, justifican al charlatán si el matar animales en peligro de extinción-si el además empiernarme con una golfa-no me hace realmente más viril, más hombre, más persona, aunque así me lo crea en mi imaginación. Después de todo ser en verdad mejor persona fue el producto en venta. En alguna medida tal es la propuesta implícita en toda toma de decisiones [13].

Ciertamente, toda propuesta retórica y toda toma de decisiones sólo tienen sentido de fundarse en bienes reales y no en meras construcciones mentales o “sociales”, como algunos prefieren llamarles. Si propongo algo a alguien, mi responsabilidad es ofrecerle algo real y no meras fantasías-salvo que mi oferta consista precisamente en eso: fantasías [14]-.

Aun así, la realidad tiene un no sé qué de elusiva, y no menos cuando a nuestro vecino no le agrada el reconocerla. He allí que creemos finalmente haber pillado al truhán robándonos el pollo gordo en el gallinero cuando nos dice con sonrisa angelical: “me cayó en las manos”. De acusarlo en la corte deberemos disponer de argumentos sólidos porque a él no le faltará la argucia para simularlos ante el juez.

Pero no sólo por la reticencia a reconocer la realidad, sino por la dificultad misma de conocerla, muchos pensadores serios de todos los tiempos la han dudado o incluso negado. De hecho, en la historia de la filosofía sobran los escépticos. En Cratilo, Platón cita a Heráclito (siglo V a. de C.) rechazando haberse bañado dos veces en el mismo río porque entre cada ocasión el cuerpo y el agua del río se habían alterado. De no haber nada estable, de sólo darse el cambio, tendría razón, es más, nada podríamos afirmar sobre ninguna cosa porque nunca ninguna volvería a ser la misma que la que inicialmente creímos conocer. En el siglo IV a. de C., Gorgias llevó el escepticismo a su punto extremo al afirmar lo siguiente: 1) no existe realidad alguna; 2) si algo existiera, no lo conoceríamos, y 3) aun en el caso de que pudiéramos conocer algo, no podríamos comunicarlo a los demás [15]. Su colega Protágoras diría que el “hombre es la medida de todas las cosas”, lo cual en gran parte significa que puedes pensar y decir lo que se te dé la gana de las cosas: son lo que tu prefieras, lo que se ajuste a la medida de tus gustos (cfr., Platón, Teetetes y Protágoras; Diogenes Laertius, Lives). En el medievo, con base en que las palabras y las cosas no son lo mismo, los nominalistas del más diverso cuño negarían todo vínculo entre ellas. Reducirían, como muchos de nuestros contemporáneos [16], la realidad de las ideas y su expresión verbal a construcciones mentales; les sería imposible afirmar con certeza su adecuación a las cosas externas a nuestra mente. En este contexto, que en el siglo XIV Guillermo de Occam (Quaestiones y Summa) nos exija explicaciones simples (la llamada “navaja de Occam”) supone sólo que prefiere él las ideas simples. Que éstas expliquen alguna realidad o que no lo hagan porque la realidad después de todo es compleja no lo podríamos saber por el abismo que separa las ideas y las cosas. A principios de la modernidad (siglo XVII), Descartes (Discurso del método) no halló fundamento en la realidad para la certeza, sino en su propio pensamiento en la medida que fuera claro y distinto: cogito ergo sum. Su seguidor Blas Pascal no encontraría más pensamientos claros y distintos que en las matemáticas, de allí que, aunque se quejase de que “hay razones del corazón que no entiende la razón” (Pensées, 277), no consideraría nada razonable en la medida que no se ajustase a su espíritu geométrico (De l'esprit géométrique-de l'art de persuader). No nos debería sorprender, pues, que su capacidad de afirmar a Dios, Ser que permite existir a todas las cosas, no exceda a una apuesta, al cálculo de probabilidades (Pensées, 233). Allá en la Gran Bretaña, los empiristas no harían a las cosas el objeto de su conocimiento sino a algo distinto, la experiencia sensible. Ésta es doblemente inconstante por lo variabilísimo de cada percepción en cada persona como por lo cambiante de sus estímulos. David Hume, el exponente más extremo de esta tradición, negaría por tanto el principio de causalidad y la regularidad en el comportamiento de las cosas. No nos podía asegurar cuál sería el curso del sol matinal porque no tenía más evidencia que lo que su experiencia sensible le hacía creer como más frecuente (Hume, 1777). No sé por qué a algunos les sorprende todavía que Hume dudase también de los milagros (Hume, 1757). Immanuel Kant (1781) creyó salvarse del nihilismo de Hume defendiendo la objetividad del principio de causalidad. Pero lo hizo reduciéndolo, junto con el tiempo y el espacio, a categorías mentales que nos permitían organizar el caos de la experiencia. Para el filósofo alemán, el cosmos no existía sino en la mente. Pero si el cosmos fuese sólo mental, no tendríamos categorías inamovibles. Según los herederos de Kant, éstas cambiarían a través de la historia, ya la de las ideas mismas (Hegel), ya la del contexto material en que se generan dichas ideas (Marx), ya la de las psicopatologías sexuales del sujeto (Freud). Así, el pretendido cosmos mental siempre se modificaría como el río heraclitiano.

Si consideramos nuestra época actual, con el pretexto de que la realidad es elusiva, muchos reducen su entendimiento a puntos de vista, a meras opiniones personales. Toma así auge una cultura relativista. “En este mundo traidor nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”, repetimos según las palabras del poeta español Campoamor. Este relativismo afecta de manera muy particular nuestro entendimiento de las cosas como bienes. Su valor se reduce a los cambiantes gustos, a su tasa de intercambio en el mercado, e incluso a cuestiones tan biológicas como con el bien en cuestión conseguir o no un orgasmo. Por supuesto, este relativismo afecta también nuestro entendimiento del hombre. Con el pretexto de que su espíritu no se le puede ni percibir empíricamente ni cifrar matemáticamente, sobran pensadores muy serios que niegan esa dimensión humana. Reducen al hombre a su animalidad, es más, a una máquina entre muchas de ese gran aparato que es el universo [17].

No niego el esfuerzo de estos pensadores por cultivar un espíritu crítico, reticente a afirmar demasiado con premura, por ejemplo, que las ideas o las figuras geométricas tienen una existencia propia, extramental y más real que las cosas materiales. Esto lo creyeron respectivamente Platón y Pitágoras [18], aunque ejercieran a su modo el espíritu crítico en ese dudar muy suyo de la experiencia sensible. Pero no el espíritu crítico, tampoco la libertad de pensamiento, sino la pereza intelectual y aun la malicia (como la del truhán en el gallinero, con el agravante de finalmente entramparse y creerse sus mentiras [19]) nos impiden las más de las veces acercarnos a la realidad en toda su riqueza y hermosura. Se empobrecen en consecuencia nuestras posibilidades de discurso, la retórica.

Quien niega todo vínculo entre las palabras y las cosas no nos puede ofrecer otro arte que uno preocupado por la mera expresión oral, como lo hizo Lisias, colega de Gorgias, o Protágoras, con su “ortoepeia”. Sus preceptos se redujeron a los ornamentos del estilo y desatendieron la búsqueda de la verdad (ver Platón, Fedro).

Quien niega que los hombres nos portemos a veces mal por elección libre y cree que sólo lo hacemos por ignorancia, reducirá su retórica a ingenuamente suplir información, como lo pretendió Platón (Gorgias); y si esta información finalmente no nos hace cambiar para bien, tratará de resolver el problema no persuadiendo nuestra libertad-¿cuál?, si la niega-, sino tratando a nuestro “defectuoso” procesador o máquina de información (el cerebro) como se lo merece: manipulando sus impulsos y emociones [20]. Así lo propusieron los modernos Blas Pascal (1658) y George Campbell (1776), y así tal vez lo practiquen la mayoría de nuestros publicistas y propagandistas en los medios masivos.

Quienes no ven en la belleza y el bien sino experiencias subjetivas, es más, orgánicas, reducirán su expresión a lo pintoresco, a lo que place a nuestros sentidos. Su poética, como la David Hume, será pues orgásmica y el buen gusto se fundará, ¡hala!, en el tamaño y en la sensibilidad de tu órgano (Hume, 1757).[21]

Aun las mejores retóricas desmerecen si carecen de una correcta apreciación de la realidad. Si en las retóricas clásicas las causas, los tiempos y los espacios son realidades que nutren el discurso [22], en Chaim Perelman y Lucie Olbrechts-Tyteca (1958) son categorías mentales, como lo propuso Kant. Por tanto, su inclusión en la argumentación la consideran cuasi-lógica.

En fin, una retórica sensata no podría sino fundarse en la realidad, con toda su riqueza. Es más, su tarea no se reduciría a darle a ésta expresión una vez conocida. Empezaría muy antes, en el recuperarla con toda su plenitud. De allí que los grandes retóricos clásicos, como lo fueron Aristóteles y Cicerón, hagan del oficio de la invención-o investigación-la tarea primordial del orador [23]. Y con ello no se conformaron con buscar sólo los “fríos hechos” o calcular matemáticamente las probabilidades o estimar los muy prácticos pesos y centavos. Aspiraron además a conocer las cosas en cuanto que son en sí buenas, realmente valiosas, por lo cual nuestra voluntad razonablemente podría inclinarse hacia ellas.

Sólo con base en la objetividad de los bienes es que tiene sentido resolver los asuntos públicos de la mayor importancia, propios de la retórica civil: el establecer la justicia, el procurar el bien común, el alcanzar mayores y mejores niveles de civilización que nos permitan gozarnos de la grandeza de nuestra república [24]. Si estos bienes no fuesen más que subjetivos, imaginarios, los debates en los parlamentos y en los tribunales no tendrían entonces más sentido que la charlatanería de quien me vende polvos de cuerno de rinoceronte para dizque con ellos sorprender incluso a la más experta golfa.

 

Resumen de algunas respuestas clásicas al problema

El problema de la realidad se presenta, pues, a largo de toda la historia de la filosofía. En el siglo IX, algunos sabios de la corte de Carlos II, el Calvo, en Francia, le llegaron a poner nombre: “la cuestión de los universales” (ver Gambra, 1986). Por un lado, nuestras ideas con las que piensa nuestra razón son abstractas, universales. Por otro lado, las cosas y nuestra experiencia sensible de ellas son singulares y concretas. ¿Hay un vínculo, después de todo, entre ellas? La respuesta de los filósofos de la tradición aristotélico-tomista es un matizado sí. Sin confundir las ideas con la realidad misma, como lo hicieron Platón y demás idealistas, los realistas aseguramos que las ideas producto de un esfuerzo intelectual correcto nos informan sobre los que son las cosas mismas. Es decir, los hombres podemos conocer la realidad gracias a las ideas, gracias a nuestros conceptos sobre ella.

Una primera pista sobre nuestra confianza en el conocimiento de la realidad podemos identificarla en nuestro objeto de conocimiento. No son las ideas mismas como ocurriría con los idealistas y los racionalistas, no son tampoco la experiencia de nuestros sentidos (es decir, lo que percibe mi ojo en la retina o lo que percibe mi oído en el tímpano o lo que percibe mi piel en sus terminales nerviosas, etc.), sino las cosas en sí. Los realistas no confundimos ni las ideas ni la experiencia sensible con las cosas [25]. Son, pues, las cosas las que identificamos como el objeto de nuestro conocimiento.

Pero si lo que pensamos son las ideas y lo que percibimos es la experiencia sensible, no las cosas en sí, ¿cómo es que podemos conocer las cosas? Para responder esta pregunta hay que remontar el escepticismo de Gorgias desde su punto de partida. Primero negó la realidad: hay que ver cómo podemos afirmarla. Segundo negó el conocimiento: hay que ver cómo es posible. Finalmente negó el poder comunicarla: también tenemos que refutar este error.

La realidad en sí. La realidad más próxima a nuestra percepción sensible es la material. Reaccionamos a ella, como a la campanita de Pavlov, por su reflejo en nuestros sentidos. Pero sabemos lo que es la realidad, en general, porque descubrimos en las cosas un orden, una forma de ser. Ese orden no lo perciben ni el ojo ni la nariz. Lo descubre nuestro entendimiento, nuestra razón.

Si la realidad se redujera a sus componentes materiales que se reflejan en nuestros sentidos, nunca sería la misma, siempre quedaría más allá de nuestro entendimiento como el río heraclitiano. Sus componentes y los míos cambian en lo que yo inhalo y exhalo un soplo de aire, en lo que corre mi sangre, en lo que se calcifican o descalcifican mis huesos. De ser ella y yo meras conjunciones de átomos, nunca seríamos los mismos porque las partículas que le constituyen y me constituyen cambian en un abrir y cerrar de ojos. Y sólo ese aparentemente caótico flujo de partículas es lo que perciben mis ojos. Nunca perciben el mismo estímulo sensible.

De ser la realidad así solamente , no habría cosmos, sólo caos, sólo un desmadre como decimos los mexicanos. No habrían seres, no habrían cosas.

Pero además de esos componentes materiales siempre cambiantes en las cosas, existe un orden para cada una de ellas. Esta casa no consiste solamente en un montón de ladrillos que se deterioran con el tiempo, consiste además en su orden, su diseño, su modo de ser que subsiste en ella mientras sea lo que es, y que la distingue de otras cosas, es más, de otras casas. Sucede que las cosas materiales no son sólo materia informe, sino que son materia y forma, como bien precisa el hilemorfismo aristotélico.

Esta forma no es algo externo, distinto o añadido a la cosa, como las ideas platónicas que flotan allá en el Empíreo, como el cosmos kantiano que desde la mente impone orden al caos externo. La forma es algo que le pertenece a la cosa, algo inseparable, algo imbuido en ella. Tan es de la cosa que es lo que la define.

Es, por supuesto, algo más que la simple suma de los componentes materiales de la cosa. Si fuera así, la forma podríamos percibirla con nuestros sentidos, pero no ocurre de esa manera. Una vez percibida sensiblemente la cosa, la forma, el orden, que no es sensible, se intelige, se intuye, se descubre con el entendimiento. Es como cuando nos cuentan chistes: no nos reímos cuando nos explican o es obvia la broma sino cuando es para nosotros un hallazgo intelectual. Es como la rueda entre los indios de México: la reconocían visiblemente pero no la entendieron hasta que rodó, sostuvo y transportó carretas españolas. Es como las constelaciones estelares: no se ven, se adivinan. Y el descubrimiento de la forma no es un orden impuesto por la mente a la caótica realidad, no es algo imaginario: es el hallazgo intelectual del orden que define a las cosas y que permite que sean lo que son. Porque hay órdenes que produce la mente y la imaginación: el que impone el astrólogo a las estrellas. Y hay órdenes que pertenecen a la misma realidad: el que con mucho esfuerzo de investigación el astrónomo ha ido poco a poco descubriendo a través de los siglos.

Ahora bien, si la realidad no se reduce a sus componentes materiales porque también incluye el orden, la materia menos aun se reduce a los cuerpos, a las cosas que tengan largo, ancho y espesor, como pretendió el empirista y materialista John Locke (1690) al hablar de toda realidad [26]. Ciertamente por su cuerpo podemos percibir muchas cosas, pero las cosas no se reducen a los cuerpos, ni la materialidad misma de esos cuerpos se reduce a su corporeidad. Un litro de agua y uno de aceite gozan del mismo volumen pero no son la misma cosa. Además muchas propiedades de las cosas materiales no pueden considerarse bajo esos términos, por ejemplo, el amarillo de un limón, y no por eso es inexistente. Aunque los accidentes de cualidad, cantidad, relación, lugar, situación, posición, tiempo, estado, acción y pasión no poseen dichas dimensiones ni pueden existir de manera independiente sino sólo en substancias, es decir, en cosas que subsisten en sí mismas, no por ello son meramente imaginarias, pues son realidades externas a nuestro pensamiento [27]. Aunque un año, por ejemplo, no exista en sí mismo y aparte de las cosas sometidas al tiempo, no es por ello una construcción de mi mente: es más bien el período real que tarda la Tierra en trasladarse alrededor del Sol, independientemente de mi percepción psicológica del hecho. Finalmente, no debemos ignorar que hay sustancias distintas a las materiales, por ejemplo, el espíritu humano y Dios. De aquél sabemos no por nuestros sentidos sino por nuestra conciencia de nuestra razón y de nuestra libertad, que son hechos no sujetos a los límites o a la determinación de la materia. De éste sabemos por la contingencia general de las cosas materiales, las cuales, por su precariedad, no pueden explicarse sino a través de un Ser Necesario, un Ser que subsiste por sí mismo, no sólo en sí mismo [28].

En fin, bienes centrales en la retórica, como la justicia, la civilización y el bien común no tendrían sentido si no fueran reales. Y ciertamente su objetividad no desaparece porque no podamos cogerlos con la mano ni olerlos ni mirarlos, porque carezcan de largo, ancho y espesor. Basta para reconocer su objetividad que existan independientemente de que los pensemos de una manera u otra.

Debido a que en nuestra cultura contemporánea estamos muy acostumbrados a hablar de “hechos” para referirnos a la realidad, conviene hacer la siguiente precisión. El orden que descubrimos en las cosas, y que nos permite conocerlas, no es algo del pasado, algo que ya fue o haya sido, un simple “hecho” que concluyó. El orden que descubrimos es algo presente, es algo que es, es más, es algo que está siendo. Por eso en filosofía escolástica del mismo modo que llamamos “oyente”, y no “oído”, al que oye y está oyendo, así llamamos “ente”, y no “hecho” o “sido”, al que es y está siendo.

Las cosas no son, no se presentan a nuestro entendimiento, “congeladas”, como instantes detenidos y atrapados en una foto. En gran medida al hablar de los “puros hechos” nos referimos a meras fotografías de la realidad, a un momento de una realidad que ya fue. Pero las cosas son, y se nos presentan a nuestro entendimiento, en acto, en su acto de ser. Se nos presentan a la razón no como fotos, sino como una película completa. El orden, pues, que descubrimos en las cosas no se refiere sólo a un simple lapso, se refiere a toda la historia de la cosa, desde el primer instante hasta el último en que es lo que es.

Por ello Aristóteles, y los realistas en general, podemos hablar de acto y de potencia al referirnos a las cosas. Acto es lo que vemos en la foto que captura este instante. Potencia es lo que le ocurrirá en el transcurso de la “película”. Y esa potencia, aunque no la veamos o percibamos en este momento, sabemos que pertenece y que es ya intrínseca a la cosa, porque lo descubrimos en su orden, en su diseño, en su forma, una forma que trasciende el instante y comprende toda una historia. No son simplemente buenos deseos el afirmar que esta nuez es un nogal. Dentro de la nuez existe ya ese orden que permite preveer como posible la historia de un gran árbol. En cierto modo, la nuez ya es un árbol porque le es intrínsecamente posible.

Nunca podré remarcar de manera suficiente cuán importante es entender bien esta doctrina del acto y de la potencia para el correcto dominio de la retórica: 1) lo es porque en gran medida la argumentación retórica gira no alrededor de lo que es de lleno en este momento la cosa (acto) sino alrededor de lo que puede ser (lo posible) si ponemos manos a la obra; 2) y lo es porque en gran medida no sólo el orador sino todos encontramos nuestra felicidad en que las cosas actualicen sus potenciales, completen de lleno lo que les depara su orden, su forma, su historia. De nada nos sirven, en el tazón, unos frijoles crudos. Deben cocerse bien para disfrutar de la más suculenta sopa. De nada me sirve mi corazón si no me conduce a amar de veras. La felicidad, que es el bien último a que aspiramos, consiste en la actualización de nuestros potenciales, según bien lo explica la doctrina eudemonista aristotélica. Y vender la felicidad, el bien, es en última instancia la tarea del orador.

En este punto cabe notar que la doctrina del acto y la potencia y la doctrina eudemonista aristotélicas nos permiten reconocer la objetividad del bien en las cosas. Son más o menos buenas en la medida que no se queden en mero proyecto, en la medida en que actualicen sus potenciales. El bien así no es mera emoción, sentimiento, figmento de nuestra imaginación o simple experiencia subjetiva [29]. El bien es algo fincado en la plenitud real de las cosas, no en mi muy variable percepción suya y menos aun en el grado de excitación de mis sentidos. Así, una bien regulada voluntad responde a los bienes o males según los conoce objetivamente la razón. Si en el hacerlo, el sujeto por autosugestión genera o no emociones, placeres y aun se imagina o no propiedades en el objeto que no le pertenecen a éste, éstas no deben confundirse con el bien objetivo mismo [30]. Esta naranja seguirá siendo sabrosa y nutritiva independientemente de que mi lengua esté escaldada, mi cerebro afectado por drogas psicodélicas o mi hígado tan enfermo que no procese sus nutrientes. Que me niegue a aceptar, sea incapaz de abrazar un bien, o lo abrace confundiéndolo con una fantasía no elimina dicho bien. La realidad de ese bien no depende del sujeto sino del objeto. Y es así en todos los bienes que competen a la retórica civil-como la justicia, la utilidad pública, la grandeza de la república-, y aun a la retórica pragmática, que definir problemas y aportar sus soluciones no es más que caer en cuenta que algo no está objetivamente bien, cuando puede estarlo de realizarse las acciones propuestas.

Podemos ahora identificar la objetividad de la belleza. Ésta se da en la medida en que la plenitud de la forma en la cosa es manifiesta. Tenemos conciencia de ella no tras enredadas inferencias, sino a través de la contemplación nítida de esa plenitud formal en la cosa. Entonces su orden se nos revela en ella claro e íntegro a nuestro entendimiento, y éste lo admira con maravilla. Los escolásticos definieron bien la belleza como el esplendor de la forma, como el esplendor de la verdad, como el esplendor del orden [31]. Y permítanme insistir: no en la mera experiencia de las cosas que percibimos con nuestros sentidos, no en el mero placer o gozo que sigue a esa experiencia, sino además en el orden que contemplamos con el espíritu es donde radica la belleza. No podríamos disfrutar de otra manera la música eterna de las esferas, de la cual nos hablaron los pitagóricos.

Finalmente cabe notar la identidad entre la verdad, el bien y la belleza en cuanto que se fundan en la realidad, en el ser mismo de la cosa. Ésta es verdadera porque ese orden suyo que podemos conocer por la razón reside en la cosa misma. Es buena porque la plenitud de ser que llega a actualizarse en la cosa y atrae a nuestra voluntad a punto de querer ésta abrazarla reside en la cosa misma. Es bella porque esa plenitud de ser que se manifiesta en la cosa y contemplamos maravillados reside en la cosa misma. Estos valores ultimadamente tienen sentido porque son reales y no imaginarios o mero producto de nuestras fluctuaciones hormonales.

Y la retórica sólo tiene sentido en la medida que nos venda valores reales.

La realidad del hombre. Debo destacar ahora la singularidad de la realidad del hombre, para no perderla de vista y porque es crucial para el correcto dominio de la retórica.

El hombre es sin duda un animal más sobre la Tierra. Sin embargo, a diferencia de los demás, goza del poder de la razón y de la libertad.

Hablemos primero de él en cuanto animal, que el hombre lo es bastante. No un simple angelito, se caracteriza como cualquier otro ser vivo por sus funciones vitales: nace, crece, se nutre, es capaz de reproducirse y se muere. Éstos no son meros accidentes, sino parte integral de su naturaleza humana. Al igual que a una rata, le dará hambre si no come y sed si no bebe agua, por tanto, en la medida de sus capacidades procurará aplacarlos. Al igual que un borrego, experimenta en su momento impulsos de aparearse. Y, de tener hijos, también goza de un impulso natural como el de la gallina por cuidar sus pollitos o el del gallo por marcar su territorio y no dejar entrar intrusos en el gallinero. Como el elefante, puede sufrir pavor ante un ratón, digo, ante las amenazas de muerte. Como un gato, puede disfrutar si le hacen cuchi cuchi. Por compartir la bioquímica de la cobaya, le afectará de manera similar que a ella el fármaco experimental de ingerirlo. Como simple materia, el hombre no puede sino esperar que sus oxígenos libres al combinarse con hidrógeno produzcan agua. Las leyes de la materia rigen sobre el hombre en la medida que el hombre también es materia.

De hecho, en la medida que conocemos nuestra constitución material y sus leyes podemos hacer muchísimas predicciones sobre el comportamiento humano. Por ejemplo, si construimos un estadio de futbol para 100 mil aficionados, podemos calcular matemáticamente cuántos inodoros se necesitarán especialmente en el medio tiempo, para X cantidad de mujeres y Y cantidad de hombres que después de beber Z cantidad de cerveza orinarán entonces. Las mujeres invertirían 71 segundos en promedio, los hombre 35. Esta información no sólo le sirve al tecnócrata para hacer sus predicciones, también le sirve al orador para construir los argumentos de sus propuestas [32].

El hombre no es un alma encerrada en un cuerpo. Es la unidad substancial de su cuerpo y de su espíritu. Por no ignorar que la animalidad es un aspecto íntegro de la naturaleza humana, el orador a la hora de vender incluye por supuesto en la lista de sus ofertas los bienes materiales. Éstos no pueden ni deben faltar nunca en sus proposiciones. Pues, como dijo santa Teresa de Ávila, “cuando mortificación, mortificación, y cuando perdices, perdices”. O, como bien lo sabemos los cristianos, para la vida eterna no nos basta la inmortalidad del alma, requerimos también la resurrección de la carne. Sin ella no somos hombres completos.

Además de los condicionamientos puramente materiales, otros hacen al hombre bastante predecible. Por ejemplo, a lo largo de su vida el hombre adquiere muchas costumbres, ya personales ya sociales, las cuales, por habituales, le es difícil ponerlas a un lado. En Cuaresma, los católicos hacemos penitencias. Por tanto, el gobierno mexicano y los expendios de mariscos pueden prever que los católicos comeremos pescado y aun expiantes camarones rellenos de jaiba en salsa de ostión entonces [33]. Y hay condicionamientos que responden a la observancia de las reglas y las leyes humanas. Ahora sólo pueden entrar en finsa (parque industrial de Matamoros, Tamaulipas) sus trabajadores a las 7:00 por una sola avenida. Ésa es la regla. Ésa es el único y estrecho acceso. No hay que pensarle mucho a la hora de predecir y explicar los embotellamientos.

Todos estos condicionamientos biológicos y sociales permiten a ciencias como la psicología, la sociología, la comunicación, la economía y la política hacer predicciones sobre el hombre. Y, con base en dichas predicciones, el orador puede construir argumentos en favor o en contra de una propuesta, y su audiencia tomar decisiones prudentes.

Pero hablemos de la singularidad del hombre. Ésta radica en que, aunque él sea siempre bastante animal, goza de la capacidad de razonar y de elegir libremente entre las opciones que se le presentan. En gran medida, sabe y escoge lo que hace, no así los animales ordinarios, aun los más desarrollados. La pastora alemana de mi vecina mató a mordiscos a mi chihuahueño hace unos meses. Masticó al Tiricio como chicle. Sin embargo, no podemos condenarla por ello. No era consciente de lo que hacía. Sólo respondía, de manera ciega, a sus impulsos de protección de territorio y de protección a sus cachorritos recién nacidos. Que yo respondiese a su ataque a mi chihuahueño peleándome con mi vecino, es más, golpéandolo en la cara, esto sí se podía condenar e incluso castigar. Yo sí sería consciente de mis actos. Y aunque mi enojo contra la pastora alemana podría cegarme, no sería excusa para no controlarme y no conservar el dominio de mí mismo. Si la perra no entiende de ninguna manera los estímulos sensibles que la hacen reaccionar, y si no puede sino responder mecánicamente a sus impulsos, yo sí gozo del poder de la razón y de la libertad de acción. De nuevo, sé y escojo lo que hago.

Con la razón los hombres conocemos la realidad. No hay nada especial en el mero hecho general de conocer. Lo hacen incluso las plantas, no hablemos de los animales. Un girasol, por ejemplo, reacciona a la luz y el calor del astro matutino, y sus flores giran según su curso. Lo especial está, pues, en el modo nuestro de saber lo que ocurre. Sin necesidad de mirar el Sol, podemos inferirlo por la luz de la Luna, es más, podemos calcular con precisión su posición y su distancia que, si bien deducibles de la experiencia sensible, son hechos en sí no sensibles sino sólo entendibles.

La razón se caracteriza por su poder de abstracción, por ofrecernos conocimientos objetivos, por permitirnos entender lo que son las cosas y por ser consciente de sí misma.

La conciencia del propio conocimiento es lo que hace a éste humano. Sólo el hombre sabe que sabe. Sólo el hombre se da cuenta de que conoce. Y lo hace aun cuando el conocimiento que posee no se eleve al nivel de la razón todavía. A veces tenemos corazonadas que resisten su definición, pero aun así somos conscientes de ellas. Hay además hechos que en sí no son definibles, como lo sublime, lo inefable, la existencia misma, el Ser, pero no ajenos a nuestra conciencia. Aunque no podamos definirlos, no dudamos al afirmarlos porque sabemos que sabemos de ellos. Este darse cuenta de que uno conoce es exclusivo del hombre. Ningún animal, ni los más desarrollados, saben que saben [34].

La razón empieza a serlo cuando vamos más allá de la fugaz experiencia sensible y descubrimos, por medio de la abstracción intelectual, el orden, la forma, lo permanente y definitorio de la cosa. Gracias a esta abstracción entendemos la cosa, porque descubrimos y caemos en cuenta de lo que es. Ese orden que descubrimos nos revela incluso por qué la cosa es lo que es. La razón es, pues, entendimiento.

Por informarnos lo que es la cosa, la razón es objetiva, no así la experiencia sensible tan variable según la mudanza de los estímulos, según la cambiante capacidad de percepción de nuestros órganos de los sentidos. El dato empírico en sí es transitorio, es más, subjetivo por radicar en estos órganos y no en la realidad. La razón es objetiva porque, sin desechar el dato empírico, va más allá de él y penetra en el orden y forma que sí radica en la cosa. Mientras la experiencia sensible radica en el sujeto que conoce, el orden que descubre la razón, el espíritu, radica en la cosa, y hace que la cosa sea lo que es. Por ello la primera es subjetiva y la segunda objetiva.

Gracias, pues, a la razón podemos afirmar que conocemos en realidad las cosas. Y gracias a ella ya gozamos un germen de libertad. No respondemos ya a la realidad mecánicamente, como meros animalitos, según la voluble experiencia sensible, sino según el orden estable de las cosas. No estamos ya sujetos a los caprichos de los sentidos. Podemos trascenderlos, sobreponernos a la hormona, y tomar decisiones sensatas según lo que en verdad son las cosas.

Porque así conocemos la verdad, empezamos por fin a ser libres. Sólo es libre quien escoge, no a ciegas o según meros impulsos (como los animales), sino con pleno conocimiento de lo que son en realidad las cosas, incluidos sus costos y beneficios, y con pleno conocimiento de que las conoce. La Verdad nos hace libres.

Aunque todos los hombres gocemos de la razón, no quiere decir esto que la ejerzamos siempre de lleno. La razón es una capacidad que debe desarrollarse, como cualquier otra, por ejemplo, el caminar, el bailar. En la medida que la ejercemos habitualmente se vuelve virtud porque es un hábito bueno. En la medida que la perfeccionamos con su teoría y método se vuelve un arte, y su practicante un artista. Cuando esta virtud no se restringe a ésta o a aquella persona, sino la ejerce de manera colectiva todo un grupo, surgen y se perpetúan los bienes de la cultura y de la civilización, por ejemplo, las leyes y los tribunales de justicia.

Hablemos ahora de la libertad. Tiene varios sentidos, los cuales no hay que confundirlos. La libertad física la gozamos cuando ningún obstáculo nos impide hacer lo que deseamos. Podemos así dar rienda suelta a nuestros impulsos. Por ejemplo, el muchacho dice que goza de libertad cuando sus papás no le ponen hora para regresar del reventón. Esta libertad no es sin embargo la que distingue al hombre. La gozan hasta las piedras. Si nada las detiene al caer, describimos su caída como “libre”. Ciertamente la gozan los animales cuando andan sueltos. Un león “libre” y hambriento se lanza sobre su presa de tenerla cerca. Sin embargo, no es consciente de lo que hace y no puede sino responder mecánicamente a la urgencia de sus tripas.

Nosotros sí somos conscientes y podemos escoger. Aunque con hambre, podemos poner a un lado los pasteles que nos ofrecen porque decidimos en favor de la dieta. En este sentido, hablamos ya de algo plenamente humano, el libre arbitrio. Somos tan libres de escoger que podemos, de ser necesario, dominar inclusive el apetito más voraz si así nos conviene y lo preferimos. Somos dueños de nosotros mismos porque tenemos conciencia de nuestros actos, los escogemos y aun diseñamos. Si optamos después de todo por los pasteles, ¡qué de recetas se nos pueden ocurrir gracias a nuestro ingenio!

Tanto la conciencia, como el pensamiento abstracto, como el libre arbitrio permiten que el hombre trascienda las determinaciones materiales, sean éstas mera experiencia sensible, sean sus impulsos animales. Aunque substancialmente unidos el cuerpo y el alma [35], decimos que los hombres gozamos de los dos por la trascendencia del espíritu. Esto podemos especialmente observarlo con la libertad de acción. Es como si una piedra lograra detener su caída “libre”, y, por decisión e ingenio propios escogiese una trayectoria de barroca caligrafía. Eso lo logra el hombre todos los días sobre sus determinaciones materiales: he allí el paracaídas y aun el avión con que detiene su estrellarse en el piso. Ante esta poderosa evidencia de la libertad, los materialistas de cuño se desconciertan y prefieren negar lo que sus ojos ven y su conciencia les confirma. Concebir la libertad, para Bertrand Russell, es mera ilusión: no somos más que el “resultado de posiciones accidentales de átomos” (Russell, 1918). Este “liberal”, por ateo, no pudo así defender más que la libertad física, la del burro sin mecate. Pero la libertad de acción, por mínima que la gocemos, existe. Santo Tomás de Aquino en el siglo XIII nos lo explicó así: “En el hombre hay libre albedrío, de no ser así, inútiles serían los consejos, las exhortaciones, los preceptos, las prohibiciones, los premios y los castigos” (Suma Teológica, I, 83, 1). Todos suponen una respuesta libre del hombre a ellos.

La retórica de hecho no tendría sentido si la respuesta de los oyentes a nuestra persuasión no fuese ni consciente ni libre. Cuando persuadimos a las personas, lo hacemos porque son ellas dueñas de su razón y de sus actos, porque pueden escoger los bienes que les atañen. En cambio, de no ser más que “posiciones accidentales de átomos”, no requeriríamos de la retórica para persuadirlas. Bastarían la manipulación, los estímulos químicos adecuados, para corregir las posiciones de esos átomos según nuestra conveniencia. El discurso razonable sería una ilusión, estaría de más.

Como la razón, el libre arbitrio no es algo de lo que se goce automáticamente. Uno debe cultivarlo, desarrollarlo. Cuando una persona no tiene aun el dominio de sus impulsos o es esclavo de sus vicios, se dice entonces de que no goza de libertad moral. Le ocurre así, por ejemplo, a los borrachos, a los iracundos, a los tontos y, en general, a los que no han formado adecuadamente sus facultades humanas. Todavía hoy muchos estados, como el mexicano, privan a los menores de edad, a los vagos, a los borrachos consuetudinarios, a los prófugos de la justicia y a los presos de sus derechos civiles; a los primeros, por no gozar aún de la capacidad plena de pensar y obrar razonablemente; al resto, por haber perdido dicha capacidad.

Cabe pues notar que la libertad política se funda en la libertad moral. Los estados garantizan a todos sus ciudadanos el que escojan los bienes que les atañen con base en que pueden escoger bien. De hecho, muchos cargos y funciones públicos siguen reservándose a personas cuya edad y formación superior les permitan cumplir con las altas y muy especiales responsabilidades propias del puesto, por ejemplo, el ser magistrado en una corte de justicia. Muchas profesiones libres, incluso, se restringen a sujetos que gozan del entrenamiento técnico indicado, por ejemplo, sólo un químico-fármaco-biólogo puede responder por una farmacia.

Como ningún otro discurso, el retórico apela a personas que gozan de libertad moral, de señorío. Si persuadimos retóricamente, lo hacemos porque el oyente goza

1. de la suficiente autoridad como para ser él, y no otro, quien decida la suerte del asunto en cuestión,

2. de la razón para entender de lleno nuestra propuesta,

3. de competencia para evaluar y dominar perfectamente los casos específicos que son sometidos a su consideración,

4. de libertad e ingenio para decidir en muy diferentes formas sobre lo que se le propone,

5. de “despejo” incluso para resolver con facilidad y garbo [36],

6. de responsabilidad propia sobre sus decisiones y las consecuencias de sus decisiones-tanto los costos como los beneficios-,

7. de la capacidad de inclinarse en favor de nuestra propuesta no forzado, sino porque así lo quiere su voluntad libre e informada.

Que al obligado no se le persuade, sino se le reclama que cumpla lo que debe. Mientras que al libre, como al amado, no se le exige, sino que se le conquista para que obre según su excelencia humana. Y por ello podemos siempre esperar de él mucho más. No nos debe sorprender, pues, que en Fedro Platón haga de la retórica el discurso propio de los amantes.

Si es propio del hombre vivir en sociedad, lo que hace humana su sociedad es la amistad, nos lo recuerda Aristóteles. En ella se fundan las comunidades políticas (Aristóteles, Política, IV, ix). Sus miembros no son meros engranes de un mecanismo social al cual pertenecen, como hormiguitas, de manera fija, forzada, inconsciente e inevitable. Son amigos que se confían y ayudan el uno al otro porque los une la razón, el ingenio, la libertad, el orden, cuya expresión prescriptiva es la ley, el conocimiento recíproco y los intereses comunes, entre los cuales el superior de ellos es la entrega mutua, el amor (cfr., Aristóteles, Retórica, II, iv). Así sus vínculos no son meramente sociales, son además personales. La comunidad política se integra así no por esclavos sino por ciudadanos libres, señores de sí mismos, quienes caminan juntos para alcanzar el bien común.

Si es propio de la naturaleza humana el constituir comunidades políticas, es posible hacerlo, nos lo recuerda Cicerón, por la retórica:

Pero considerando de lleno los frutos sumos de la elocuencia, ¿qué otra virtud congrega a la humanidad antes dispersa en un lugar, o la guía fuera de sus condiciones originalmente salvajes hacia las condiciones presentes de civilización como hombres enteros y como ciudadanos, o, tras constituir estados, concibe leyes, establece tribunales y reconoce los derechos civiles? (Cicerón, De Oratore I, 33-34)

Aristóteles coincide con Cicerón en este punto. Pues el discurso humano que hace posibles las comunidades políticas es muy peculiar. Si “la simple voz, es verdad, puede indicar pena y placer y, por tanto, la poseen también los demás animales”, reconoce el estagirita, el lenguaje humano “tiene el fin de indicar lo provechoso y lo nocivo y, por consiguiente, también lo justo y lo injusto, ya que es particular propiedad del hombre, que lo distingue de los demás animales, el ser el único que tiene la percepción del bien y del mal, de lo justo y lo injusto y de las demás cualidades morales, y es la comunidad y participación en estas cosas lo que hace una familia y una ciudad-estado” (Aristóteles, Política, I, i). Sin su capacidad retórica, no podría el hombre discutir racionalmente con sus semejantes el bien común.

El hombre es, pues, un ser capaz de reconocer el valor objetivo de las cosas. No se queda, como los animales, en la mera experiencia subjetiva del dolor o el placer. Su mirada penetra en el orden y plenitud de las cosas y puede así reconocer con su razón, y querer con su voluntad, la bondad real de ellas.

Descubre así que, de entre las muchas cosas existentes en este mundo, la mejor de ellas es el hombre mismo, hacia el cual todas las demás están ordenadas y de las cuales él tiene señorío. Es así porque el hombre es objetivamente el único que goza de razón y, por ella, su relación con las cosas no responde meramente a la experiencia sensible, responde al orden mismo, a la realidad de las cosas. Es así porque el hombre es el único que goza de libre arbitrio y, por tanto, no está sujeto a las determinaciones materiales. Se hace dueño de ellas. Nos lo dice san Bernardo de Claraval en el siglo XII:

Cuando hablo de la dignidad del hombre, hablo de su libre albedrío, por el que con certeza se le da, no solamente estar por delante de todos los seres vivos, sino además mandarlos (De Diligendo Deo, II, ii). [37]

La excelencia del hombre-es más, de cada persona-sobrepasa, pues, por sí misma a la del resto del universo visible. Por su mera naturaleza humana, cada niño sobrepuja por sí solo en valor a todas las cosas materiales, y por tanto no puede imponérsele un valor de intercambio. El valor, la dignidad del hombre, radica ya en su naturaleza misma. No es un dato menor que para la teología cada hombre es un Príncipe del Cielo, un Hijo de Dios.

Cabe añadir que el valor del resto del universo material se subordina a su contribución a la plenitud humana. Las cosas valen o pierden valor según sirvan al hombre. Y esto no es volver al relativismo de Protágoras. El servicio de las cosas no es caprichoso, sino fundado en la realidad de dichas cosas. Su contribución al hombre no es tampoco subjetiva, sino fundada en el orden mismo del hombre.

Porque a la bondad natural de cada hombre puede añadírsele su bondad moral, también reconocible objetivamente. Ésta se da en la medida que el hombre autorrealice sus potenciales, en la medida que lleve a plenitud ese orden natural suyo, prescrito por la ley natural, resumido en los Diez Mandamientos, y que consiste ultimadamente en obrar según la razón y en libertad. De la ley natural dijo Cicerón:

Ciertamente existe una ley verdadera, de acuerdo con la naturaleza, conocida por todos, constante y sempiterna... A esta ley no es lícito agregarle ni derogarle nada, ni tampoco eliminarla por completo. No podemos disolverla por medio del Senado o del pueblo. Tampoco hay que buscar otro comentador o intérprete de ella. No existe una ley en Roma y otra en Atenas, una ahora y otra en el porvenir; sino una misma ley, eterna e inmutable, sujeta a toda la humanidad en todo tiempo (Cicerón, De Re Publica, III).

Esta ley sirve a nuestra humanidad en cuanto que se funda en lo que le conviene al hombre, su orden natural mismo. Ciertamente, el hombre puede desobedecerla, pero al hacerlo en nombre de una falsa autonomía no refuerza su hombría, la destruye. Mentir sistemáticamente, por ejemplo, mina la confianza que de él tenía su prójimo, debilita así los vínculos sociales que le son connaturales, corrompe ademas el lenguaje al apartarlo del sentido real que debe expresar, priva de este modo a la palabra de ese poder que tiene para acercarlo a las cosas y revelarlas, aparta en fin a este hombre de su plenitud, de esa capacidad suya de razonar y amar. En conclusión, el hombre es menos hombre, pierde estatura moral.

Contra lo que algunos piensan, ni la ley natural ni ninguna ley fincada en la verdad son barreras para la libertad: son su plataforma. Un avión vuela no porque rompa las leyes físicas de la caída libre de los cuerpos. Vuela porque el hombre conoce esas leyes y sabe usar de ellas. El marco de una portería no limita mis posibilidades de meter goles: me indica el camino para meterlos. Sin portería, no hay goles. Si en un partido de futbol nadie respeta las reglas, el resultado no es un mal juego sino ultimadamente ningún juego. El balón es redondo. Aunque algunos crean afirmar mejor su libertad al preferirlo “delgado”, sólo cuando es esférico es que podemos botarlo en tantas direcciones y maneras como ejes que cruzan su centro. Las reglas no me quitan opciones sino me permiten tenerlas. Con ellas se fortalece mi libertad. Con base en ellas se fortalece la diversidad de todos los hombres, gozamos de la pluralidad.

Y el hombre puede darle plenitud a su orden natural y así lograr su desarrollo moral en la medida que practica las virtudes, ya intelectuales (inteligencia, ciencia, arte, prudencia y sabiduría), ya morales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza) (ver, por ejemplo, Aristóteles, Ética a Nicómaco; Cicerón, De officiis.).

El conocimiento. Contrario al escepticismo de Gorgias, la realidad no sólo existe, también podemos conocerla. Que es posible lograrlo lo hemos visto ya en el orden o forma de la realidad, que la hace no sólo cognoscible (verdad), sino además amable (bien) e incluso admirable (belleza). Y lo hemos visto en nuestra capacidad de la razón de trascender la mera experiencia sensible y penetrar en ese orden objetivo de las cosas.

La razón es tan poderosa que le basta descubrir el orden de un sólo ejemplar de una especie para entender todos los miembros de la misma especie en sus aspectos esenciales. Al hombre le basta conocer una sola ballena para saber que todas son mamíferas, por sus pulmones y su leche. No andan allí los biólogos matando cientos de ellas-ni lo permita Greenpeace-para, tras obtener una muestra, establecer una generalización sobre cómo oxigenan su sangre. Con disecar una les es suficiente. Y aun cuando procedieran a establecer generalizaciones a través de una muestra, los casos elegidos los reconocen de antemano en cuanto pertenecientes a su clase. Por ejemplo, en un sondeo casa por casa, no anda el entrevistador verificando si su entrevistado es un hombre, o una estufa, o un perro. Sabe que es un ser humano sin más necesidad que una observación simple. Baltasar Gracián lo remarca: “Visto un león, están vistos todos, y vista una oveja, todas” (El Criticón, I Crisi 11). Ciertamente, en lo que concierne los aspectos accidentales [38], la razón debe proceder con cautela. Es entonces que selecciona muestras adecuadas para establecer generalizaciones confiables. El mismo Baltasar Gracián lo advierte: “visto un hombre, no está visto sino uno, y aún ése no bien conocido” (El Criticón, I, Crisi 11). Y nos explica que “no se ha de obrar por ejemplo” cuando el juicio versa sobre “alguna de las circunstancias” (Agudeza y Arte de Ingenio, Discurso 23).

De cualquier manera, un sólo caso le basta a la razón para capturar lo esencial de una especie a tal punto que la retórica hace del paradigma una de sus formas argumentativas más especiales. El paradigma es un caso ejemplar por no informarnos sólo de su singularidad sino más bien sobre lo universal de toda su clase. Al conocerlo, el orden que en él descubrimos define toda su especie, y sirve así para razonar sobre todos los otros casos de la misma clase. Nos basta entender que Sócrates es mortal para saberlo de todos los hombres. Nos basta conocer que este grano de cacao sirve para producir chocolate para saber que cualesquier otros granos de cacao pueden servir para lo mismo.

Respecto al conocimiento, conviene ahora reafirmar que son muy diversos los modos y actos que el hombre aplica en este esfuerzo suyo de entender las cosas. Por ejemplo, he allí la poesía. De la metáfora nos dice Aristóteles lo siguiente:

Cuando el poeta llama “la edad avanzada, tallo marchito”, nos ofrece a nosotros una nueva idea, un nuevo hecho, por medio de la noción general de la floración perdida que es común a ambas cosas (Aristóteles, Retórica, III, x).

Cabe notar que las palabras no visten sino nos permiten alcanzar los conceptos.

G. K Chesterton (1925) nos explica que las mitologías bien logradas son el camino que la imaginación a su vez toma para capturar las verdades más importantes del hombre [39]. Entre los mitos coras se nos habla, por ejemplo, de un águila que, en lugar de sostenerse sobre el aire, sostiene ella el universo entero con sus garras (Zaid, 1997: 10). Con este mito atisbamos la contingencia, la precariedad del universo en que vivimos. En cualquier momento, de soltarnos el águila de sus garras, todo podría perderse, todo podría acabar. Hoy, por considerar otros ejemplos, disfrutamos ésta forma de conocimiento mitológico con no pocas producciones cinematográficas excelentes.

De hecho, contar historias, aun ficticias, es un poderoso instrumento para acercarnos a la realidad. G. K. Chesterton nos dice lo siguiente:

La gente se pregunta por qué la novela es la forma más popular de literatura; por qué se leen más novelas que libros científicos o Metafísica. La razón es muy sencilla: es que la novela es más verdadera que esos otros libros. La vida puede a veces aparecer legítimamente como un libro científico. La vida puede a veces aparecer, y con mucha más legitimidad, como un libro de Metafísica. Pero la vida es siempre una novela. Nuestra existencia puede dejar de ser una canción; puede dejar de ser incluso un hermoso lamento. Puede que nuestra existencia no sea una justicia inteligible ni siquiera una equivocación reconocible. Pero nuestra existencia es, a pesar de todo eso, una historia (Chesterton, 1905).

Las paradojas, tan desconcertantes, nos empujan hacia la verdad [40]. Luis Alberto Moreno y Eduardo Lora, del Banco Interamericano de Desarrollo, se sorprendieron en el 2008 de que en Latinoamérica hubiese gran descontento por el desempeño económico de sus naciones cuando en los cuatro años previos el poder de compra de los latinoamericanos se incrementó en un 25%. La respuesta a esta paradoja la encontraron en que aunque ese incremento se haya dado objetivamente, las expectativas subjetivas eran mucho mayores: por ello el descontento, explicaron (Luis Alberto Moreno y Eduardo Lora, 2008).

Algunos ignorantes dicen que el amor es ciego porque sólo por él mamá cuerva ve hermosas a sus crías. Pero el amor inicial que le tenemos a lo que es nuestro, sea nuestra familia o nuestra ciudad, en lugar de cerrarnos los ojos, nos los abre. Atiza nuestra atención e interés hacia lo que queremos y nos permite descubrir lo inadvertido por otros. Para su vecino un niño con síndrome de Down no es más que una criatura gravemente discapacitada. Si al vecino le pica la pedantería científica, precisará que el niño se caracteriza por cromosomas defectuosos. Para su madre el niño es más bien alguien que disfruta de una rica personalidad. Y es la madre quien tiene la razón. Su amor le permite acercarse mejor a lo que ese niño en verdad es, y así halla en él riquezas inagotables.

Si la virtud, nos dice Aristóteles nos hace no sólo moral sino también intelectualmente mejores al permitirnos conocer lo todavía velado para el vicioso (un cobarde, por ejemplo, no toma decisiones valientes porque ni conoce ni entiende la valentía), el amor es lo que nos conduce a la virtud. Pues la virtud no se aprende sino conviviendo, emulando y, sobretodo, siendo amigo de quienes ya son virtuosos [41]. De allí que el amor no sólo sea un vínculo que une las sociedades, sino además la fuerza con que se concibe, construye, debate e infunde grandeza a esas sociedades. Pues el amor no sólo nos hace buenos, virtuosos, sino nos permite además concebir y reconocer esa bondad a que aspiramos: a los buenos, por buenos, les es más fácil descubrir el bien (Aristóteles, Ética Nicomaquea y Política). Platón y san Agustín lo subrayarían: el amor es la virtud que lo abarca todo [42]. Para ellos, no hay retórica si no hay amor. Sólo él nos permite reconocer con plenitud, persuadir con propiedad y abrazar con libertad lo que es verdaderamente bueno, y sólo con él pueden caminar hacia ese bien juntos el amante y el amado [43]. “Porque de lo que rebosa el corazón habla su boca”, resumiría Jesús (Lc 6:45).

El Amor, en su sentido pleno, es Dios. Y quien ama, tiene consigo a Dios y puede percibir todo el universo con la plenitud y la perspectiva de su Creador. Quien ama, pues, se hace anfitrión de la Sabiduría (ver, san Agustín de Hipona, De Doctrina Christiana).

No obstante los múltiples caminos de la razón para llegar a la verdad, algunas corrientes de pensamiento contemporáneo-llámeseles “cientifistas”-reducen todo conocimiento válido al que nos brindan las ciencias naturales [44]. Lo que no se ajuste tanto a la experiencia empírica como a la formulación matemática, es más a su “Método”, dicen quienes así piensan, no es conocimiento después de todo. Estos señores así se preocupan más por verificar si ese “Método” lo han cumplido al pie de la letra al desarrollar sus investigaciones que en buscar ultimadamente la verdad.

Sin minusvalorar de ningún modo el conocimiento aportado por estas ciencias ni la utilidad de su método para imponer disciplina a la investigación y facilitar la comprobación [45]-la retórica debe apoyarse en gran medida en ellas-, debemos insistir que son muchas más las maneras de enterarse de la realidad que disfrutamos los hombres. El método científico, por ejemplo, no se corrobora a sí mismo. ¿Cómo podemos entonces establecer su validez, de no haber otros métodos que nos brinden conocimiento? Afortunadamente hay otras formas de aproximarse a la realidad que sí lo logran, por ejemplo la reflexión filosófica. Sin duda, las ciencias y especialmente las matemáticas son preciosas. Gabriel Zaid, en su ensayo “La máquina de cantar” predijo el número de sonetos en el español, y lo hizo bien atendiendo a las reglas matemáticas del castellano y los sonetos. Sin embargo, tanto las matemáticas como las ciencias tienen sus límites. Gabriel Zaid no pudo con números esclarecer qué es la poesía. En otro ensayo, “La poesía en la práctica”, sin usar números sino sólo su simple razón, respondió a esa pregunta y dijo que la poesía va más alla de predecir, pues consiste en producir, algo abierto al ingenio y a la libertad humanas (Zaid, 1985).

A todo esto hay que agregar que el método, el que sea, es un instrumento para encontrar la verdad, no su fundamento. Este fundamento se halla en adaequatio rei et intellectus (ver, por ejemplo, santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, I, 85), es decir, la adecuación entre las ideas que genera nuestro intelecto y las cosas [46]. Sólo cuando nuestro intelecto, en su actividad, ajusta sus pensamientos a lo que la cosa es podemos decir que conocemos, es más, que entendemos la cosa. Sobre ello Josef Pieper nos ofrece las siguientes precisiones:

Esa equiparación y esa adecuación están caracterizadas, en concreto, por dos hechos. En primer lugar, la adecuación no se lleva a cabo mediante ninguna otra cosa diferente a la actividad del intelecto, o sea del sujeto conocedor. En segundo lugar... el sujeto se dirige precisamente hacia la realidad objetiva, tiene for­zosamente que dirigirse hacia el objeto (Pieper).

Como bien lo nota Pieper, no es el método el que genera en sí conocimiento, aunque sea muy útil. Tampoco lo logra la actividad intelectual por sí misma. Lo que lo genera es nuestra actividad intelectual frente a la cosa misma. Y esta actividad, como bien lo notaron los antiguos y los escolásticos, se manifiesta en tres operaciones intelectuales: la aprehensión de las ideas, el juicio y el raciocinio [47]. Con la aprehensión de las ideas la mente trasciende la mera experiencia sensible que se percibe, penetra en la cosa, descubre su forma u orden, y lo abstrae, alcanzando así a tener una idea, un entendimiento, de ella. Con el juicio corrobora sobre todo si la idea abstraída se ajusta a lo que la cosa es, o si después de todo existe lo que gracias a la aprehensión se piensa [48]; no vaya a ser que, como don Quijote, concibamos gigantes y nos estrellemos contra molinos de viento. El raciocinio infiere nuevos conocimientos o consecuencias a partir del conocimiento ya establecido, por ejemplo, si no son gigantes malvados sino molinos de viento, ¿para qué atacarlos como hizo el Caballero de la Triste Figura?

El avance del conocimiento se da según ese orden de las operaciones. “La primera operación considera lo que es la cosa; la segunda considera si es” (Comm in I Sent 19, 5, 1, ad 7), nos recuerda santo Tomás de Aquino, y la tercera saca conclusiones de los hallazgos [49]. Sin formular el concepto antes no podemos delimitar aquello cuya existencia queremos probar.

Contra la opinión de Francis Bacon, el avance del conocimiento no se da amontonando datos particulares para finalmente llegar a generalizaciones (Bacon, 1605 y 1620), como si bastasen los ladrillos-los que fueren-para tener una casa, como si los datos sin el acto de aprehensión de las ideas nos ofreciesen por sí mismos los conceptos. Eso tal vez ocurriría, y como mera y voluble experiencia psicológica, de reducirse nuestro conocimiento a meras percepciones sensibles. Pero el conocimiento humano es intelectual y parte por tanto de la aprehensión de las ideas y la delimitación de los conceptos, lo cual consiste en descubrir el orden en las cosas y no en meras experiencias sensoriales. Por ejemplo, no podemos medir cuántos jóvenes se drogan en México si no delimitamos antes qué es “joven”, qué es “drogarse” y aun qué es “México”. Una vez formulada cada idea, entonces sí se juzga con los datos. Y una vez bien establecido el conocimiento nos permite establecer inferencias. Así, pues, se avanza en el conocimiento.

Respecto a los conceptos en sí, primero se formulan los más universales-o más vagos, si usted así prefiere llamarles-para luego alcanzar los más particulares y aun singulares. De este modo primero averiguamos si la bebida es vino, luego si ese vino es un cabernet, luego si es de la botella que me regaló papá. Primero sabemos si es papaya, luego si es hawaiana, luego si es del papayo junto a la escalera de mi huerto. Primero conocemos el bulto y luego el detalle. O como proceden las ciencias modernas, primero necesitamos una hipótesis general, luego la verificamos con las hipótesis operacionales.

Cuando la actividad intelectual se vuelve habitual y se perfecciona podemos hablar de las virtudes intelectuales. Según Aristóteles (Ética a Nicómaco, VI, i) son cinco: el intelecto, la ciencia, la prudencia, el arte y la sabiduría, las cuales ya he mencionado. Con el intelecto conseguimos las primeras nociones o intuiciones de las cosas, abstrayendo el conocimiento de la experiencia sensible. Con la ciencia, inferimos las consecuencias de lo así conocido o, por decirlo de otra manera, conocemos las cosas por sus causas. La prudencia nos ofrece el conocimiento práctico; nos dice qué es lo mejor que podemos hacer en cada caso. El arte, o técnica, nos dice el cómo. La sabiduría, finalmente, nos explica el por qué de las cosas; con ella descubrimos sus fines, y su sentido en el orden y proyecto total del universo.

Con la retórica, he dicho, el hombre persuade, se persuade y elige entre distintos bienes posibles. Entonces las virtudes intelectuales no pueden reducirse a informarle a la razón sobre la verdad de las cosas. Le deben informar además sobre su bondad, para que una vez conocida esa bondad, la voluntad se incline libremente por una cosa u otra.

¿Cómo puede la razón conocer no sólo la verdad de las cosas sino también objetivamente que son buenas y posibles? Lo hace, insisto, al reconocer y analizar su orden. Hasta un niño descubre por sí solo que las cosas tienen un orden el cual no sólo puede conocerse sino también predecirse (por contener una historia), es más, un orden que inclusive debemos respetar. Un mozalbete se esconde y calla ante sus padres tras haber torturado a un gato: sin que nadie se lo tenga que decir, sabe que el gato no es un alfiletero y que el corazón humano no se hizo para pudrirse en crueldades. Ese mismo muchacho puede también saber, a través del orden de las cosas, no sólo lo que son (lo actual) sino lo que serán (lo posible). Adivina así, con el mayor espanto, que la pelota de beisbol romperá la ventana del vecino gruñón. Lo descubre mirando la trayectoria fatal de la bola. Mañoso, usa justo el libro de sus tareas para nivelar la pata coja de la mesa (sólo ese libro es el que da el ancho, nos explica mientras disimula una sonrisa). E, irrespetuoso, se atreverá a reclamarle a su mamá-aunque con fundamento-si le sirve no bien sino mal un vaso de agua: si menos que lleno dirá que le falta, si rebosa de líquido se quejará del desperdicio. De allí que puede reconocer cuándo andan mal las cosas ya por defecto o ya por exceso. Así, el conocimiento tanto de lo posible como del bien y el mal no es mero capricho o simple hormona sino algo objetivo, lo cual podemos descubrir en el orden, en la forma, en la historia de las cosas.

Josef Pieper nota que la definición medieval de verdad, adaequatio rei et intellectus, no sólo significa que el pensamiento se ajusta a la realidad de la cosa. También significa que la cosa se adecua al bosquejo u orden que recibió de su diseñador, sea éste el hombre o Dios mismo. Así, afirma Pieper, podemos hablar de la “verdad de las cosas” en la medida que estas correspondan mejor a ese orden o diseño que les pertenece, define y ya poseen en sí mismas (no es una idea platónica que flota por allí en el Empíreo, sino la forma que les da su singularísimo ser y no otro) (Pieper). Este orden, como pertenece de cualquier manera a la cosa y se descubre en la cosa, nos permite descubrir si se cumplió o malogró en el caso contemplado. Hay, por ejemplo, caballos más “verdaderos” que otros porque se ajustan a la forma propia del caballo en cuestión, sin exceso ni defecto, y la llevan a su plenitud. Recordamos entonces a un Babieca del Cid Campeador, un Lazlos de Mahoma, un Bucéfalo de Alejandro Magno, un Siete Leguas de Pancho Villa. Por esa plenitud o actualización que logran de su orden, estos caballos no sólo son más “verdaderos” sino más “buenos” y aun más “bellos”. Sus posibilidades no se quedaron en mero proyecto, se cumplen de lleno. No así con otros caballos que por defecto o exceso hasta dan risa, por ejemplo, Rocinante de don Quijote de la Mancha, y el caballo amarillo, agachón y mocho de cola que heredó el joven D’Artagnan de su padre.

En lo que concierne al hombre, algunas personas se resisten a aceptar que exista en él un orden preestablecido el cual, de respetarse, lo haga más verdadero, bueno y bello. El hombre no es un caballo, dicen, sino un ser libre que puede decidir qué hacer de lleno con su vida. Por tanto, en esta línea de pensamiento, el hombre no debe conocer sino producir su propio orden, su diseño. Entonces, no sería la Verdad, como dijo Cristo, la que nos hace libres, sino la libertad la que nos hace más verdaderos, como dijo José Luis Rodríguez Zapatero, Presidente de España.

Quienes abrazan esta propuesta parecen tener la razón porque se suele definir al hombre no con base en su naturaleza u orden intrínsecos sino con base en aspectos meramente circunstanciales, por ejemplo, los caprichos sociales y culturales del momento. En México, por ejemplo, es muy común visualizar al varón según nos lo pintan canciones y películas como la de “El muchacho alegre” de Valentín Elizalde:

Yo soy el muchacho alegre
que me amanezco tomando
con mi botella de vino
y mi baraja jugando.

O la de “Llegó borracho, el borracho, pidiendo cinco tequilas...” de José Alfredo Jiménez [50]. Pero que se repudien estas definiciones del varón no sigue a que ya estén en desuso (¿si estuviesen en uso, serían admisibles? ) Se repudian, estén de moda o no, porque promueven un varón malogrado, un varón machista y vicioso, algo que contraría lo que en verdad le conviene al hombre según su orden natural, un orden que de hecho existe: he allí la ley natural. Nada puede repudiarse razonablemente sino con base en un orden objetivo que se infringe. De no haberlo, ni en contra de Adolfo Hitler podríamos indignarnos. Todo sería moda, uso, costumbre.

Recordémoslo, la ley natural no es barrera sino plataforma de nuestra libertad. Lo hemos visto con la analogía de los futbolistas. La portería no les estorba sino les permite meter goles con derroche de libertad y creatividad. Sin portería, en cambio, no hay goles.

No es sino porque el hombre conoce el orden de las cosas que las cultiva, las mejora. Por ello ha domesticado a muchos animales. Pero no lo hace a capricho, sino con base en el conocimiento de su orden natural y sus potenciales reales. Así ha logrado razas más fuertes y productivas. No las deforma, sino con base en su forma cae en cuenta de sus posibilidades. Y, no perdiendo éstas de vista, lleva a lo que pudo quedarse raquítico a su perfección. Así ha domado a bestias otrora muy violentas o inútiles, y las ha convertido, sin contrariar su naturaleza, en animales mansos y provechosos. Por ello ha practicado también desde hace siglos la agricultura. Las plantas así crecen más hermosas y rinden óptimo fruto. Como no le bastan silvestres, el hombre mejora su naturaleza con sus cuidados.

Porque lo natural es que el hombre desarrolle y aproveche no sólo su entorno sino también a sí mismo con la cultura.

En lo que respecta a sí mismo, ni es natural que ignore ni lo es que se abandone a sus impulsos. Lo natural es que los eduque, los cultive, de tal manera que se desarrollen no sólo ellos sino todas sus aptitudes de manera no salvaje sino civilizada. Lo natural no es, por ejemplo, que el hombre, si tiene hambre, cace lo primero que se le atraviese, digamos un sapo, y lo engulla rápido, aun vivo y sanguinolento. Lo natural es que escoja mejor su comida, la prepare bien y la disfrute sentado a la mesa. Lo natural no es que el hombre busque simplemente orgasmos; lo natural es que funde, preserve y ame algo mejor, una familia. A quien se queda con los simples impulsos lo menos que podemos decirle es “inmaduro”. Y quienes educan sus impulsos y, más aún, su razón, su voluntad y su libertad, no debe sorprendernos, son más felices. Los cultivan de tal manera que salen a flote en ellos las mejores cualidades humanas. Así, gracias a la cultura, el hombre se autorrealiza.

La retórica persuade ultimadamente con miras a la perfección del hombre.

La perfección del orden la conocemos de varios modos. Se atisba ciertamente en el estudio de muchos casos de la misma clase. Unos están mejor logrados que otros y nos permiten establecer la pauta. Pero la medida de perfección se puede descubrir incluso en casos singulares. Quien conoce a sus hijos bien sabe lo que cada uno puede lograr de manera muy personal, de tal modo que si el medianón saca un 8.5 de calificación lo felicitamos porque puso todo su esfuerzo, mientras que si el geniecillo se saca un 9.5 lo regañamos porque no dio plenitud a sus potenciales.

Podemos, en fin, calcular lo posible y lo perfectible incluso cuando no se haya dado aún lo óptimo en ninguno de los casos de una clase. Lo hacemos porque hay un Estándar para todos las clases. Santo Tomás de Aquino nos dice:

...nos encontramos que la bondad, la veracidad, la nobleza y otros valores se dan en las cosas. En unas más y en otras menos. Pero este más y este menos se dice de las cosas en cuanto que se aproximan más o menos a lo máximo. Así, caliente se dice de aquello que se aproxima más al máximo calor. Hay algo, por tanto, que es muy veraz, muy bueno, muy noble; y, en consecuencia, es el máximo ser; pues las cosas que son sumamente verdaderas, son seres máximos, como se dice en II Metaphys. Como quiera que en cualquier género, lo máximo se convierte en causa de lo que pertenece a tal género-así el fuego, que es el máximo calor, es causa de todos los calores, como se explica en el mismo libro-, del mismo modo hay algo que en todos los seres es causa de su existir, de su bondad, de cualquier otra perfección. Le llamamos Dios (Suma Teológica, I, 2, 3).

De no existir ese Estándar, todo se relativizaría, no sólo el orden moral, como temió Kant (Crítica de la razón práctica, II, ii), sino incluso el orden metafísico. Sin un orden permanente, todo es cambio. Se esfuma así nuestra pretensión de conocimiento porque su fundamento, el orden de la realidad, la misma realidad, desaparece.

Para bien, nuestro corazón nos confirma la existencia de ese Estándar, de ese Fundamento de todo Orden, según nos lo recuerda san Agustín (Confesiones 1, 1): “Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón estará insatisfecho hasta que descanse en ti”.

La comunicación y el lenguaje. Sin permitir la menor fisura en su escepticismo, Gorgias lo lleva al extremo. Nos dice que aun en el caso de que pudiéramos conocer algo, no podríamos comunicarlo a los demás.

Esta objeción es quizás la más compleja al realismo. La realidad la podemos confirmar aun sin contacto con el exterior. Hasta el más escéptico cae en cuenta, como René Descartes (1637), de “pienso, por lo tanto, existo”. El conocimiento lo podemos confirmar en la medida que nuestras ideas se adecuan al orden de las cosas. Pero la comunicación en alguna medida significa que conozco que mis oyentes conocen lo que yo conozco gracias al lenguaje con que se los comuniqué.

Decirlo hasta suena a trabalenguas. Sin embargo, es posible explicarlo si atendemos a la naturaleza del lenguaje.

Para ello hay que remarcar primero lo que no es, por ejemplo, un instrumento para presentarle a nuestra mente directamente las cosas o la experiencia de nuestros sentidos. Las onomatopeyas ciertamente imitan, si no la realidad, sí los sonidos que en ella escuchamos. Por ejemplo, decimos que los sapos hacen “croac” y los patos “cuac”. Sin embargo, cada lenguaje imita los sonidos a su manera. Así, los gallos cantan “quiquiriquí” en español, “kikeriki” en alemán, “kukeleku” en holandés, “cocorico” en francés, y “cock-a-doodle-doo” en inglés. Por tanto, las onomatopeyas-y en general los significantes, inclusive las imágenes de la televisión-no pueden ser un reflejo directo de la realidad. Son en alguna medida arbitrarios.

Algo similar ocurre con el significado de nuestras palabras. No expresan directamente la cosa. “Niño”, en español, ciertamente nos reporta una realidad que podemos identificar. Sin embargo, esa realidad no es exactamente la misma que la referida por “boy” en inglés. Mientras que el término “niño” no lo usamos para referirnos a un adolescente-en español usaríamos más bien la palabra “muchacho”-, en inglés sí podemos hacerlo con el vocablo “boy”.

¿Quiere decir esto que a quienes hablan inglés les tarda más en salir el bigote? No, quiere decir que quienes hablan inglés no están acostumbrados a establecer, con su lenguaje, la distinción entre “niño” y “muchacho” que sí solemos hacer con el español. La distinción, independientemente del lenguaje, sigue allí.

¿O acaso la objetividad no existe y lo que expresamos con nuestro lenguaje no va más allá de meras formas subjetivas de pensar, por ejemplo, los niños no son lo mismo que los muchachos porque así se nos dio la gana a los hispanohablantes, mientras que para los angloparlantes “son lo mismo” porque simplemente así se les antojó? Tampoco ocurre así. De hecho, en muchos distritos escolares de Estados Unidos son muy escrupulosos en separar a los niños de los muchachos justo cuando los últimos llegan a la adolescencia. Por ello, no se esperan a que salgan de sexto año para que ingresen al sistema escolar de secundaria, o “middle high” como ellos le llaman. Lo hacen cuando salen los muchachos de quinto. Por tanto, aunque los significados de las palabras no expresen directamente la realidad, no podemos afirmar que sean meras expresiones de nuestra subjetividad. Sí nos acercan a ella, y de manera objetiva.

Lo hacen, por supuesto, a su modo. Las palabras, y en general los signos, no significan las cosas en sí, sino significados. Y los significados, por lo regular, no son sino nuestras ideas de las cosas. De este modo, aunque una palabra no exprese la cosa en sí, lo hace en la medida que la idea significada se adecue a la cosa. Además, los significados no se dan solos, sino unidos a un significante. El significante es la voz o la imagen que da corporeidad al signo y que nos permite tanto pensar como expresar significados o ideas.

Ahora bien, ¿cómo es posible que tanto significados como significantes, todo un lenguaje, los compartamos colectivamente un grupo e incluso naciones enteras a punto de que cuando expresamos una palabra pensemos cada cual en la misma idea y refiramos con ella (la idea o significado) la misma cosa?

Sucede porque hay una realidad objetiva a la que podemos referirnos sin miedo a confundirla con nuestra experiencia subjetiva. Sucede también porque nuestro vecino comparte con nosotros la capacidad de la razón, con la cual cada uno podemos penetrar, abstraer y entender así el orden real de las cosas, sin confundirlo, de nuevo con las muy variables percepciones sensibles que de la misma cosa cada sujeto tenemos en un instante. Sucede además porque no separados, sino unidos podemos acercarnos a las cosas, intentar al menos conocerlas, e incluso en común acuerdo ponerle un nombre, si no a cada cosa en sí, sí a las ideas que juntos nos hemos formado de ellas. Surge así el lenguaje, una genuina proeza colectiva, y por tanto un instrumento que nos comunica por ser común, no sólo en la voz que usamos para significar, sino también en el esfuerzo conjunto por obtener un concepto de la realidad, el cual con la voz significamos.

Tan fincado está el lenguaje en la experiencia común que puede prescindir en alguna medida de la voz para comunicar. Cuando canto “el tiburón quiere comer carnita buena...” la bañista sabe, sin que se lo diga, quién es ese tiburón que se la quiere comer. Sucede que aunque lenguaje deje de ser explícito y sólo aluda, el orador cuenta con que la experiencia compartida por su interlocutora le facilite a ésta llegar a la misma conclusión. Así ocurre con las figuras estilísticas, el entimema y otras formas argumentativas y discursivas propias de la retórica de las que hablaré más adelante.

El discurso retórico es por tanto no mera herramienta lógica sino un medio de comunicación en el sentido más profundo de la palabra: nos comunicamos por compartir una experiencia común, y porque dicha experiencia común es, repitámoslo, objetiva y no capricho de los múltiples sujetos. Es la experiencia real y compartida la que nos comunica.

Cabe añadir ahora que la función del lenguaje no se reduce a referir la experiencia común que tenemos de la realidad. Además de la referencial, el lenguaje desempeña las funciones emotiva, conativa, metalingüística, fática y poética [51]. Gracias a la función emotiva, el orador se expresa a sí mismo; a la conativa, persuade o pide a un oyente que haga esto o lo otro; a la metalingüística, pregunta o reflexiona sobre el significado mismo de las palabras; a la fática, se cerciora si los canales de comunicación sirven, y poética, produce nuevo lenguaje y con él descubre nuevos significados. Pues el lenguaje no es algo fijo y ya acabado, sino algo vivo, que constantemente se enriquece y nos enriquece no sólo con sonidos nuevos sino con apreciaciones siempre frescas de la realidad.

 

La especificidad de la retórica

La retórica es, pues, un arte razonable en la medida que 1) los bienes que vende existen realmente, 2) pueden éstos conocerse de manera objetiva y 3) pueden referirse fielmente a través del lenguaje. En breve, lo es en la medida que no son producto de mi fantasía o de mi discurso, como pretendía Gorgias, sino algo real.

Pero las objeciones de Gorgias a la retórica no han sido, por supuesto, las únicas. Sócrates, por ejemplo, también se opuso a la retórica, diciendo en su turno que para hablar de un asunto no se necesita dominar el arte oratoria sino sólo el conocimiento del tema en sí, sea la justicia, la medicina o las matemáticas. Para él (Platón, Gorgias), no tiene sentido aprender retórica en las escuelas cuando basta que se aprendan bien las ciencias particulares. Nuestra advertencia a un enfermo sobre su cirrosis, nos diría, es sensata en cuanto que se fundamenta en la información que nos ofrecen los médicos, no en cuanto que la revistamos macabra con nuestra más alambicada labia.

Ciertamente las verdades se establecen por si mismas, no por su vestidura. Es más, Sócrates tendría alguna razón si se tratase sólo de diagnósticos médicos. Entonces al facultativo le bastarían los fríos datos, el hablarles con tono impersonal y distante a sus pacientes. Éstos no pueden sino someter su razón a la información que el médico les ofrece; de nada les sirve el libre-pensar que para sobrevivir la cirrosis les es suficiente eliminar la Coca-Cola y no también los dos litros diarios de aguardiente. Sin embargo, cuando el médico habla del tratamiento debe además persuadir. Y entonces su ciencia no le basta: 1) porque el remedio no versa sólo de “fríos hechos”, sino de un bien, de algo valioso, y a la ciencia médica no le compete establecer por sí misma ningún valor; 2) porque el tratamiento no es mera información, un montón de datos que basten conocerse, es además una propuesta de acción sustentada no con meras teorías de ésta o aquella ciencia sino con la razón práctica (se requiere tanto conseguir y diseñar metas, como ejecutar y diseñar los medios para alcanzarlas), 3) porque aunque los pacientes no puedan libre-pensar en los efectos cirróticos del aguardiente, sí pueden libre-elegir el seguir o no chupándose dos o más litros diarios [52] o, sin ser tan drásticos, pueden elegir otro facultativo u otro tratamiento. El médico, por tanto, al hablar de tratamientos no puede conformarse con su ciencia. Debe además incitar a sus pacientes a seguir el tratamiento suyo, y eso lo hace (sea consciente de ello o no) con base en el discurso retórico el cual si adquiere un tono personal incluso apapachador en el médico aun así no deja de ser razonable. Gracias a él les permite a sus pacientes el incluso participar en el diseño del tratamiento. Con inventiva pueden juntos concebir un remedio novedoso que les devuelva la salud sin que los haga sentir miserables.

Razonar con plenitud de los asuntos humanos no se queda, pues, en reconocer los hechos o calcular sus probabilidades a modo de informe médico, como lo hacen algunos de nuestros tecnócratas. Razonar sobre lo que atañe a nuestra felicidad, como personas, es como persuadir sobre tratamientos médicos. Entonces concebimos y escogemos posibilidades de vida, muchas veces jamás tenidas antes en mente, pues somos creativos e inteligentes. Somos además libres de nuestros actos y por eso podemos escoger de entre un menú de posibilidades. Y como ocurre con los tratamientos médicos, si ya escogimos uno, debemos cumplirlo con toda la fuerza de nuestra voluntad para que verdaderamente funcione el remedio elegido.

La verdad, los hechos, son preciosos: sin ellos es imposible poner los pies en la tierra. Sin embargo, ya teniendo los pies en tierra, debemos empezar a correr con rumbo, y según el rumbo razonable que escojamos.

Esto lo logramos racionalmente con la retórica. Ésta no nos ofrece un mero refrito de información que le suplen las distintas ciencias. Ésta posee sus tipos de argumentaciones, opiniones, pruebas, asuntos, y formas argumentativas y discursivas muy especiales, como lo advertiremos más adelante, por lo que podemos afirmar que goza de un campo de estudios y de actividad propio.

Alcances de las argumentaciones. Las argumentaciones tienen distintos alcances. Aunque todas buscan establecer una conclusión con base en unas premisas que se entrelazan en una armazón lógica, unas aspiran sólo a la corrección, otras además a establecer la verdad, y las hay que pretenden persuadir sobre un bien.

La corrección en una argumentación se alcanza cuando se infieren las conclusiones sólo con base en el significado y trabazón de las premisas. Tenemos, por ejemplo, que algunas repúblicas admiten la pena de muerte contra los asesinos monstruosos, digamos, contra quienes además violaron y torturaron a sus víctimas. Se puede concluir, atendiendo el significado de sus leyes, que quienes así delinquen en esos países son sentenciables por tanto a muerte. La deducción es impecable. Respeta el significado y la estructura de los argumentos. Según los alcances puramente formales de la argumentación, ésta es correcta.

Algunas argumentaciones pretenden además establecer la verdad. Entonces no les basta concluir una sentencia de muerte de manera correcta, según los puros significados de las premisas: ésta o aquella ley. Les interesa esclarecer también si lo que se propone tiene sustento en la realidad. Se aproximan entonces a los hechos según distintas ciencias. De acuerdo con la jurisprudencia averiguan si la pena de muerte tiene fundamentos constitucionales; según la ética, si respeta la dignidad humana y sirve para la justicia y la felicidad de los hombres; según las ciencias sociales, si funciona o no su pretendido poder de disuasión contra los criminales; según el caso mismo en cuestión, si hay la evidencia suficiente para reconocer la culpabilidad del acusado; etc. Así, cuando no sólo la corrección sino además la verdad de los que se dice está en juego, es imprescindible estudiar los hechos y conocerlos lo mejor posible. Por supuesto, estos hechos que nos sirven de premisas deben entrelazarse en una armazón correcta para que nuestra conclusión sea válida. Aunque los hechos sean verdaderos, si no hay corrección formal no se puede concluir la verdad, como ocurre cuando decimos “Todo caballo tiene pezuñas, todo caballo es mamífero, por tanto, todo mamífero tiene pezuñas”.

Hablemos finalmente de las argumentaciones que buscan incluso persuadir sobre los bienes. La armazón de sus premisas debe ser correcta. Sus premisas mismas deben por supuesto sustentarse en los hechos. Después de todo, un bien no lo es si no es verdadero. Aun así, no basta demostrar la verdad para persuadir sobre un bien. Aunque la verdad y el bien, como ya he señalado, se identifiquen, la actitud de los hombres ante lo bueno no es la misma que ante lo verdadero. Un hombre no tiene más opción que la de someter su razón a la verdad. De nada le sirve libre-pensar que el vinagre es vino. Imaginárselo burbujeante como champaña no le quitará lo amargo. Puede el hombre sin embargo bebérselo, con plena conciencia, si le da la gana. Si no es libre de definir la verdad, si es libre de escoger las cosas según su bondad. En pequeñas porciones y combinado con yerbas, el vinagre resulta excelente aliño para las ensaladas. En un buche, podría servirle a un desvelado de enjuague bucal. Y si masoquista, en grandes porciones podría servirle como purga. Respecto a la sentencia de muerte, aunque se demuestre sin duda razonable la culpabilidad del acusado, se demuestre como muy probable la efectividad disuasoria de las ejecuciones y se demuestre su admisibilidad por la jurisprudencia y por no pocos sistemas éticos, un juez tiene opciones y un margen de libertad para establecer la justicia. Podría, por ejemplo, sentenciar al acusado a cadena perpetua porque resultaría paradójicamente más barato y efectivo que ejecutarlo [53]. Podría preferirlo el juez así para no rebajar sus métodos de retribución a la conducta que se reprueba en el mismo delincuente (matar al que mató). Podría hacerlo porque rehabilitar a un delincuente, aun al peor, es una opción civilizadora mejor para toda la sociedad.

Este último tipo de argumentaciones son propios de la retórica. No les basta inferir con corrección sus conclusiones ni incluso demostrar la verdad de lo que se propone. Deben además persuadir que vale la pena escoger, entre distintas opciones, el bien propuesto para que el oyente con su voluntad y sus acciones lo abrace y haga finalmente posible. Para ello, como veremos más adelante, se debe demostrar, entre otras cosas, que el bien es posible, mejor que otros, y acorde a nuestra capacidad y calidad humana [54]. Parte de la persuasión consiste en muchos casos que el ingenio conciba y produzca esas mejores opciones de vida. Así fincamos de manera razonable nuestra toma de decisiones.

Una característica muy especial de las argumentaciones retóricas es que alcanzan resoluciones y no conclusiones como ocurre con las argumentaciones puramente formales o con las argumentaciones científicas (sólo preocupadas por la verdad). Éstas últimas, como apelan sólo a la razón, obligan a ésta a someterse a la evidencia, a aceptar “los hechos”: por ello alcanzan conclusiones ineludibles para el entendimiento. Sin embargo, las argumentaciones retóricas apelan a la voluntad de sus oyentes, por tanto, están abiertas a lo que libremente esa voluntad elija. Así, en la medida que ésta abrace el bien propuesto, las argumentaciones retóricas lo que alcanzan no son conclusiones forzosas sino resoluciones libres. Eso es lo que pronuncian o decretan, por ejemplo, las cortes de justicia y las asambleas republicanas. Es más, estas resoluciones tienen valor en la medida de que la voluntad de veras las abrace con plena libertad. No de otra manera se hacen posibles y por tanto buenas. Es la voluntad libre que actúa la que finalmente las actualiza.

Tipos de opiniones. Ya lleguen a conclusiones ya lleguen a resoluciones, todas las argumentaciones buscan fincar razonablemente alguna proposición. Estas proposiciones son de distinta clase según los alcances de la argumentación.

Si, en su alcance, una argumentación sólo busca la corrección, entonces su conclusiones no admiten opinión. En cuanto que entonces tanto el significado de las premisas como la estructura argumentativa son exactos y no se prestan a ambigüedades, este tipo de inferencias nos lleva a conclusiones inequívocas. Así, si a + b = c, entonces a - c = b. Si en una serie del 1 al 100 voy en el 88, por tanto ya pasé el 77. Como todavía no importan ni la verdad de las premisas ni de las conclusiones sino sólo la corrección de la inferencia, de nada me sirve opinar que podría matar a Licántropo con la estaca con que maté a Vlad el Vampiro en cuanto que sólo puedo matar hombres lobos con balas de plata confeccionadas con medallas de la Virgen. No hay, pues, margen para la opinión cuando la argumentación busca sólo la corrección. Entonces la inferencia puede ser sólo o correcta o incorrecta.

En las argumentaciones que buscan alcanzar la verdad y en las que buscan incluso persuadir acerca de un bien si hay margen para la opinión. Sin embargo, sus tipos de opinión no son de la misma clase.

Un primer tipo de opiniones son las probables que se refieren a las inferidas por argumentaciones que sólo aspiran a la verdad. Por supuesto, algunas de estas argumentaciones no admiten margen para las opiniones por establecer la verdad de manera rotunda, por ejemplo, “todos los seres humanos debemos beber agua para vivir, tú eres un ser humano, luego debes beber agua para vivir”. Sin embargo, muchas de las argumentaciones que buscan establecer la verdad parten de un conocimiento limitado de los hechos. Por tanto, sus conclusiones son también limitadas. Por ejemplo, si la serie numérica del 1 al 100 no es mera fórmula sino pretende expresar hechos, digamos, cuánto me rinde un tanque de gasolina en carretera, las conclusiones a que llegue serán variables en la medida en que varíen los hechos mismos y además no los conozca de manera exhaustiva. Aunque la gasolina del tanque rinda en promedio 88 kilómetros planos, ya en carretera no podemos asegurarlo. Los kilómetros que nos encontraremos no serán todos planos. De bajada nos rendirá el combustible hasta más de 100 kilómetros, pero de subida no nos rendirá ni los 77. En cuanto que mi conocimiento de los hechos es limitado, sólo puedo de manera probable calcular entonces el rendimiento de la gasolina con base en el promedio obtenido. Otro ejemplo sobre opiniones probables sería el de la forma de la Tierra. Podría ser descrita en gran medida como un esferoide oblato. Podrían incluso hacerse muchas predicciones factuales con base a la fórmula de esta figura geométrica. Sin embargo, no nos exige mucho esfuerzo el notar que la curvatura de la superficie de la Tierra no es perfecta. De hecho, es muy rugosa, es más, como lo podemos observar con el aire y con el mar, sujeta a cambios rápidos. Por tanto, nuestra descripción de la Tierra como un esferoide oblato tiene sus limitaciones, y las predicciones que podamos sacar con base en dicha geometría tienen un margen, por pequeño que sea, de probabilidad. Son pues materia opinable. Como lo son muchas de nuestras afirmaciones sobre los hombres y sociedad, seres mucho más complejos y difíciles de conocer exhaustivamente que la faz de la Tierra.

Las opiniones probables varían en su calidad. Unas son mejores que otras según su probabilidad fundamentada. Otras no pueden ni admitirse como opiniones. Es un sin sentido hasta discutirlas por carecer de base en qué sustentarlas: por ejemplo decir que el agua es un compuesto de hidrógeno y carbono. Es una pérdida de tiempo considerarlas si ya se han reconocido como falsas: deben evitarse.

Ahora bien, con las opiniones probables fundamentadas uno puede permitirse “desear” aquella probabilidad que uno más le satisfaría que ocurriese. Por ejemplo, yo preferiría un fin de semana soleado y agradable para ir a la playa. Me puedo permitir incluso “escoger” una opinión en vez de otra si me urge el tomar decisiones prácticas. Que escoja “hará sol” tendrá muy distintas consecuencias a que escoja la opinión probable de “lloverá”. Con una iré a la playa y con otra no. Sin embargo, poseyendo plenamente los recursos científicos para calcular las probabilidades, no tengo la libertad de escoger que la probabilidad de día soleado sea mayor que la probabilidad de que un huracán azote la costa. Es más, preferir una cosa en vez de otra no es lo que determina los hechos en sí. Que yo “opine” en favor de un día soleado, ni cambiará las fiabilísimas predicciones ni cambiará el hecho mismo de que el mayor y más peligroso ciclón del siglo después de todo nos arrasará.

He aquí otro ejemplo: no deslindándose con solidez la culpabilidad o inocencia de un acusado, las cortes de justicia deben preferir, es más, decidir finalmente la absolución. El Estado entonces debe creer en la probidad de sus ciudadanos en vez de meterlos en la cárcel sin suficientes pruebas. Sin embargo, que opte el Estado por declarar inocente a un indiciado y lo rehabilite públicamente no va a cambiar de ninguna manera los hechos en sí ocurridos. Pudo el acusado haber sido en realidad culpable. Entonces, el que por incapacidad el Estado no haya probado su culpabilidad y el que por lo mismo el Estado deba absolverlo y tratarlo públicamente como inocente no modifican el hecho en sí de que fue un criminal [55].

Por supuesto, mientras subsista la duda uno es libre de creer cualquier opinión bien fundamentada si sus consecuencias morales son indiferentes, por ejemplo, que haya o no vida en Marte. Es más, si sus consecuencias morales sí son relevantes, uno debe incluso elegir la opinión éticamente mejor, por ejemplo, la ya citada que nos lleva a absolver al acusado si subsisten las dudas razonables de su culpabilidad, o la que nos impide enterrar a una persona si no se tiene la certeza de que ya ha muerto. Aun así, aunque uno pueda favorecer una opinión probable a otra, e incluso uno se vea obligado a “escogerla” cuando urge el tomar decisiones de relevancia ética, lo que determina la verdad no son mis preferencias sino los hechos. Así, una correcta actitud frente a las opiniones probables consiste en reconocer sus limitaciones, a punto de saber expresar con exactitud su probabilidad, como lo hacen algunas encuestas al especificar sus márgenes de error.

Dicho esto sobre las “opiniones probables” cabe ahora hablar de un segundo tipo de opiniones, “las posibles”. Éstas sí se pueden escoger a punto de que nuestra preferencia determina finalmente lo que serán las cosas. Sucede así porque con las opiniones posibles no elegimos hechos sino acciones, y éstas consisten en lo que nuestra voluntad con libertad lleve a cabo. Ciertamente que prefiera la opinión probable “lloverá” en vez de la de “no lloverá” no determinará el hecho. Entonces lidio con asuntos que se presentan sólo a nuestro entendimiento y éste debe someterse a la verdad. Sin embargo, si cuento con agua y otros recursos, sí puedo escoger entre un gran menú de opciones: sembrar o no sembrar, construir una alberca o un abrevadero para ganado, cultivar un huerto o construir un campo de polo. Estas opiniones “posibles” se abren a nuestra voluntad, la cual es libre de escoger una opción u otra, y llevar con su esfuerzo a plena realización.

Las opiniones probables y las posibles no son, pues, la misma cosa. Las últimas exigen de un discurso especial para fundamentarse. Éste es la retórica.

Tipos de prueba. Interpretando a Aristóteles, podemos distinguir tres tipos de pruebas en la retórica: las posibilidades, los motivos y los caracteres [56]. Éstas trascienden los “fríos hechos” propios de la argumentación científica o “probable”.

Porque lo probable que conocemos por las ciencias no es lo mismo que lo posible que nos propone la retórica. Por ejemplo, es muy poco probable que los judíos y los palestinos finalmente se abracen como amigos. Sin embargo, hay un margen mínimo de probabilidad que permite afirmar que tal expectativa no es imposible de lograr, en cuanto que puede alcanzarse de ejercer nuestra inteligencia y poner manos a la obra. Por ser posible ese abrazo en Oriente Medio, es admisible como proposición retórica. Los estadistas se caracterizan por concebir e impulsar nuevas y mejores posibilidades de vida para el género humano, las cuales serían muy difícil de concebir y menos de lograr de fundarse sólo en el más probable, pero triste, curso de los hechos.

Los argumentos retóricos, con base en lo aparente, nos permiten incluso atisbar las posibilidades de un evento cuando no se cuenta aún con información exacta de sus probabilidades [57]. Tenemos, por ejemplo, la línea de argumentación de “opuestos” en que, si a Pedro le gusta mucho que salga el sol ahora, le disgustará por tanto que se nuble. En términos factuales tal vez los días nublados también le gusten a Pedro. Pero con base en la aparente oposición de día soleado con día nublado puedo apostar por la posibilidad de que Pedro se disgustará por el día nublado cuando me dice que justo ahora disfruta mucho del sol.

Hablemos ahora de los motivos como prueba retórica. Si en las ciencias es aberración apelar a las emociones, no así en política ni, en general, en la toma de decisiones retórica sobre qué bienes abrazar. La tarea no consiste entonces en manipular los sentimientos o emociones arbitrariamente, sino en mover la voluntad tras echar luz sobre los bienes propuestos. Entonces no basta establecer su verdad; se busca además motivar a los oyentes para que abracen este o aquel bien, ya comer tacos o ya comer tortas. Ambos son buenos, pero, a menos que queramos atragantarnos, se tienen que escoger unos u otras con base en los bienes reales que se nos ofrecen: las tortas, por ejemplo, se pueden comer tanto frías como calientes, no así los tacos; éstos, sin embargo, son más mexicanos por el maíz.

Quizá no haya desacuerdos importantes sobre cuán amenazantes son los carteristas para nuestros bolsillos. Donde ya empieza a haber desacuerdos es en la manera de proteger esos bolsillos. ¿Está en contratar a más policías?, ¿en pagarle mejores salarios a los ya existentes?, ¿en construir más y mejores cárceles?, ¿en cargar no dinero sino moneda personalizada, por ejemplo, cheques viajero?, ¿en el instalar un equipo electrónico de seguridad que nos advierta de manos intrusas en el bolsillo o, mejor, el instalar trampas mecánicas que licuen a punto de morcilla los dedos del ladrón?, ¿está en todas estas medidas juntas y elevadas a la quinta potencia? Este debate no puede seguir indefinidamente como el del científico en su búsqueda por conocer la pura verdad. El amante de lo ajeno está al acecho y tenemos que resolver, elegir, cómo actuar y protegernos. Sin embargo, no decidimos espontáneamente ni a capricho, sino razonando las opciones en cuestión con las pruebas retóricas, entre ellas los motivos. Cada opción tiene sus costos y sus beneficios. Escoger finalmente una implica el conscientemente abrazarla con todos sus costos y todos sus beneficios no meramente imaginarios sino reales. Escoger retóricamente las opciones es asumir con responsabilidad nuestra libertad.

Ahora bien, para asentar sus conclusiones, al discurso científico le son irrelevantes tanto quienes hablan como quienes escuchan. Lo que le importa es lo que se afirma. De allí que se considere al discurso científico como impersonal y se le exija a su estilo que también lo sea. No así el discurso retórico. A éste le es crucial el tomar en cuenta a quienes hablan y a quienes escuchan. Son ellos quienes han de tomar no sólo la decisión sino además quienes habrán de darle cumplimiento. ¿De qué me sirve que me prometan unas vacaciones en el Everest si ni yo ni quien me las promete tenemos aguante para escalarlo? Tiene más sentido que escuche a quien con toda credibilidad me promete un fin de semana en el cerro de Chapultepec. La prueba de carácter es así ineludible en el argumento retórico.

Ésta, sin embargo, no se reduce a los caracteres actuales, por ejemplo, reparar que no sabemos comportarnos aún en un debate democrático. También se refiere a los caracteres posibles, por ejemplo, reconocer que podríamos aprender incluso a llevar ese debate a feliz término. Que el mejor bien que se vende es la persona misma, de modo que entre mejor sea el hombre ideal que se nos proponga actualizar en nuestra vida, y este ideal sea posible, más persuasivo es el argumento retórico (ver Black, 1970).

Así, la prueba de carácter está asociada en gran medida a la virtud y a su testimonio en la vida. La propuestas magníficas de hombre son difícil concebirlas como posibles, y aun más difícil de emularlas, si quien las propone no es modelo suyo. Es en el buen ciudadano que descubrimos y reconocemos las posibilidades de desarrollo de nuestra ciudad. Y es en el santo, en el que ama, en quien se nos revela de manera extrema lo que parecía locura, pues en él se actualiza lo que parecía inconcebible, la plenitud del ser, y en cierto modo, la vocación de santidad de todas las criaturas. Por ello, una marca de los grandes tratados de retórica no es el centrarse en el arte sino en el artista, no en el hablar de la oratoria, sino De Oratore, como lo logra Cicerón; no de la discreción o la crítica sino de El Discreto o El Criticón, como lo alcanza Gracián. Que la perfección del arte está en que se adecue a la grandeza del Artista [58].

Ahora bien, que la toma de decisiones la plasmen los caracteres conlleva un elemento más en la retórica, inadmisible en las ciencias: la autoridad. En las ciencias la conclusión se establece independientemente de la persona que razona; en la retórica sólo la autoridad competente, y no cualquier hombre, puede resolver los asuntos que se debaten. Por ello hay géneros de discurso: si se delibera, quienes resuelven son las asambleas republicanas; si se acusa o defiende, quienes resuelven son los jueces en la corte; si necesito nuevas camisas, su estilo, color, tela, estampados, etc., lo decidirá no mi esposa sino yo mismo (bueno, eso es lo que ella me hace creer).

Formas argumentativas y discursivas de la retórica. La retórica no sólo se distingue por sus tipos de argumentaciones o sus tipos de pruebas; también se distingue por sus formas argumentativas y discursivas muy peculiares, entre otras, el entimema, el paradigma y las figuras de palabras. Éstas, como ya he señalado, conjugan la fuerza lógica de la retórica con su poder de comunicación.

Aristóteles (Retórica, I, i-ii) identifica en el entimema y en el paradigma las formas argumentativas propiamente retóricas. El primero sería el silogismo retórico, y el segundo la “inducción” retórica. Con el primero, repitamos los ejemplos clásicos, diríamos “Sócrates es hombre, luego es mortal”. Con el segundo diríamos “Murió Sócrates: todos moriremos”.

Ambas son inferencias “truncas”. Omiten las premisas que, de expresarse, harían obvia la validez de las argumentaciones. Preservan, sin embargo, esas premisas de manera implícita. En el entimema, la premisa implícita es “Todos los hombres somos mortales”. En el paradigma, más que premisa, tenemos una simple aprehensión de la naturaleza humana a través del caso de Sócrates. Este caso no es uno meramente acumulable para que con otros muy diversos se produzca una “generalización”. Es un caso ejemplar. Él nos basta para descubrir-intelegir-que todos los hombres somos mortales, por tanto, tautológicamente-según una tautología lúcida-concluimos que “todos los hombres somos mortales”. Ambas formas finalmente son deductivas y no inductivas (como el paradigma pudiera parecernos inicialmente). Una vez suplidas las premisas faltantes, estas formas argumentativas cumplen con los cánones de corrección que Aristóteles exige en los Primeros Analíticos.

Aun así, ni el entimema ni el paradigma funcionan como simples silogismos.

Cuando el orador usa estos últimos, expresa, impone, al oyente todas las premisas. No falta ninguna. Es más, las premisas mismas devienen apodícticamente en la conclusión. Al final, el oyente sólo escucha. Al final, tal vez le toque sólo asentir a una argumentación que no fue suya.

No así con los entimemas y los paradigmas. Entonces, como ya lo he señalado, el oyente es quien suple las premisas faltantes con base en cierta cultura, experiencia y conocimientos que comparte con el orador; en un sentido más profundo, con base en que ambos comparten el género humano y, por tanto, la capacidad de acercarse y reconocer juntos la verdad sobre sí mismos y sus circunstancias.

Por ello, tanto el paradigma como el entimema son mucho más que formas lógicas: son ante todo armas de persuasión y, por tanto, formas de razonamiento eminentemente retóricas.

Y eminentemente retóricas lo son las figuras así llamadas, es decir, las figuras de dicción, las de pensamiento y los tropos. Así lo son porque se ha aceptado siempre que, como parte del estilo, su estudio le corresponde a la retórica. Sin embargo, son sobre todo asunto suyo porque estas figuras también involucran al oyente en el descubrir el significado de las palabras.

Si yo digo, como Jorge Negrete “Dicen que soy hombre malo... porque me comí un durazno de corazón colorado”, mi oyente podría tomarlo literalmente y concluir que mi pecado ha sido la gula. Pero de tomarlo figurativamente, podría también concluir que fue más bien la lujuria. Con todo, de elegir el sentido figurado, a mi oyente corresponde descubrirlo porque no es obvio en la frase. De nuevo, sería no el orador quien persuade, sino el oyente quien se persuade.

He allí la fuerza persuasiva de las figuras y formas de argumentación retóricas. Persuaden porque involucran al oyente en descubrir o inferir lo que se propone. Es más, en alguna medida hermanan al orador y al oyente. Ambos descubren juntos que por sus cabezas pasa la misma idea sin haberla siquiera pronunciado. Viéndose a los ojos, sin decir más palabras, pudieran sonreírse el uno al otro, como prometiéndose no revelar a otros “su secreto”. Se convertirían así en cómplices-en alguna medida en “amigos”-por su mismo hallazgo intelectual.

Los asuntos retóricos. Aun con toda la discusión precedente, parecería que no hay asuntos propios para la retórica. Según Aristóteles, la retórica no se ocupa de ninguno substantivo en particular, como lo harían las ciencias biológicas o químicas. Sin embargo, nos aclara, la retórica es similar a la lógica [59] en cuanto que estudia los modos generales para razonar sobre cualquier asunto [60], es más, posee un campo muy suyo: estudiar los modos generales de persuadir sobre los mejores bienes elegibles.

La retórica incluso se especializa según los géneros deliberativo, epidíctico y judicial. Pues no son los mismos tipos de argumentos, resoluciones y metas los que se persiguen en una asamblea, una corte de justicia y una ceremonia pública; no es la misma persuasión que usamos, ya a nivel personal, para escoger qué nos conviene en el futuro, cómo establecer justicia sobre conductas humanas pasadas, o cómo gozar mejor el momento actual. Así como no se puede ni debe politizar, por ejemplo, una resolución de justicia, tampoco se debe sujetar la promulgación de leyes a la mera impartición de justicia (ver Aristóteles, Retórica I, iii).

Por supuesto, cuando la especialización en el estudio de los argumentos se extiende al estudio substantivo de los asuntos, por ejemplo, las formas de gobierno o los distintos tipos de políticas públicas, la retórica deja de ser tal y se convierte en una ciencia en particular, en este caso, ciencia política.

Con todo, aunque establecer la verdad es un asunto ordinariamente científico, se convierte en ocasiones en un asunto retórico. Esto ocurre cuando una persona se resiste a someter su razón a los hechos. La verdad no pocas veces es incómoda. Por tanto, uno le voltea la cara, uno se aleja de ella, uno incluso se atreve a negarla o a falsearla. Si cuando me subo a la báscula me quito los zapatos, me quito la ropa, me acomodo de ladito y aun me arranco los pelos para engañar a esa báscula y marque la ingrata unos gramos menos, ¡a cuántos más trucos acudo para ocultar mis egoísmos, mis soberbias, mis rencores y mis vicios! Soy un comodón y no quiero dejarlos.

Frente a este problema, la retórica ha sido por siglos sierva de la verdad, no tanto para facilitar su entendimiento-para esto bastan las argumentaciones “probables”-sino para apurar a nuestra voluntad a aceptarla. Para ello, no “dora la píldora” sino cumple con su tarea como lo ha hecho siempre: nos persuade sobre los bienes.

La retórica, al argüir las verdades, no las viste sino las descubre en sí amables, nos deja ver que son también en sí bienes. Pues en el sentido más profundo, repito, la Verdad y el Bien se identifican [61]. Al hacerlo, sin embargo, rebasa al discurso científico que se restringe a la verdad en sí. Pues la retórica la presenta también como un bien a los oyentes, es más, la adapta a los oyentes de tal modo que, aunque sea uno sólo el entendimiento válido de la verdad, muchas sean las maneras, caminos, personales que, dueño de su libertad, cada oyente ejerza finalmente al abrazarla.

Es, por tanto, común entre los tratadistas clásicos de retórica reconocer las mayores exigencias y, en consecuencia, la mayor amplitud del discurso retórico tras compararlo con el discurso científico. En Instituto Oratoria II, xx, 7, Quintiliano describió al segundo como un puño, y el primero como una mano abierta. La ciencia, algunos dirían, “va al grano”, la elocuencia “se pierde” en “rollos”. Esta abundancia de palabras, por supuesto, no dejarían los autores clásicos de explicarla ni aun de justificarla. En su Regula pastoralis III, i, san Gregorio Magno insistió: los públicos no son homogéneos sino heterogéneos, por tanto, los mensajes deben adaptarse a cada oyente.

De hecho, la verdad sobre la virtud es las más difícil de conocer, no porque sea difícil de entender, sino porque es difícil de abrazar: la virtud es exigente.

En cualesquier casos, en la medida en que la retórica nos permite estudiar las mejores y más generales formas de persuadir los bienes elegibles, lo hace no sólo de manera descriptiva, sino además crítica y aun prescriptiva [62]. Su tarea no se queda en averiguar qué tipos de argumentos se usan en una ciudad, sean buenos o malos; su tarea se extiende y consiste sobre todo en promover en ésta y en todas las ciudades las mejores formas de elocuencia.

 

En conclusión

Es posible, pues, hablar de un arte retórica, no sólo porque son inválidas las impugnaciones de los escépticos, como Gorgias, o de quienes reducen toda argumentación a las ciencias, como Sócrates, sino también porque la retórica posee sus tipos de argumentaciones, opiniones, pruebas, asuntos, y formas argumentativas y discursivas muy especiales. La retórica goza, pues, de un campo de estudios y de actividad propio.

Esta actividad ha sido siempre propia de la humanidad. Todos los hombres razonamos sobre los bienes para elegirlos ya de manera personal o para comprarlos o venderlos a los demás, desde la pertinencia de poner un alfiler y no un palillo allí, durante el hilvanado de un vestido de novia, hasta la consideración del bien común del cual se precia la república.

La retórica ha sido también por siglos un objeto de estudio académico. Se conservan registros directos e indirectos de su práctica diaria los cuales por muy diversos fines y según muy variados modos sirven al estudioso para teorizar, emular y criticar este arte. Esta actividad, por darse también en el presente, puede estudiarse no sólo en registros sino aun “en vivo”, mediante observaciones y, según algunos, con la criba del método experimental de las ciencias positivas-matemáticas [63]. Los estudios que se han hecho ayer y aun se hacen hoy sobre la retórica son tan diversos y distintos en su epistemología, metodología y conclusiones que merecen ellos mismos incluirse como parte de la reflexión.

El estudio de la retórica responde de manera especial a una demanda de formación para los alumnos en las escuelas. Entre las artes liberales, la retórica es tal vez la que, si no con persistencia en doctrina y entusiasmo, sí con más antigüedad y constancia se ha impartido formalmente en las aulas [64]. Es un arte que mal o bien concebido, mal o bien enseñado, se ha considerado por siglos como fundamental para la formación de los ciudadanos, de los hombres libres, ultimadamente clave para civilizar y engrandecer los pueblos.

 

Notas

[1] Sobre las responsabilidades u “oficios” del orador (invención, orden, estilo, memoria y acción), ver el texto clásico que los resume: Ad C. Herennium Libri IV De Ratione Dicendi.

[2] En De Oratore, Cicerón nos explica que es un error separar la sabiduría de la elocuencia.

[3] Un método racional implica el que se fundamente en la naturaleza misma de la tarea en lugar de sólo en trucos que no tienen ningún vínculo real con ella, por ejemplo, memorizar un asunto con base en la clasificación de sus temas en lugar de memorizarlo atándose sólo un hilo en el dedo me ique.

[4] No es una ciencia, sin embargo, en el sentido que se reserva a hoy a las investigaciones matemáticas-experimentales.

[5] En especial, esta aberración se acentúa tras las propuestas popularísimas del parisino Petrus Ramus, en el siglo XVI, quien redujo toda argumentación a la lógica formal y todo estilo retórico al ornato [ver Petrus Ramus, “Rhetoricae Distinctiones in Quintilianum”, Arguments in Rhetoric Against Quintilian, ed. James J. Murphy, (Northern Illinois University Press, 1983); Walter J. Ong, S.J., Ramus, Method and the Decay of Dialogue (Harvard University Press, 1958)]. En Espa a, en 1604, Bartolomé Jiménez Patón reduce no todo estilo retórico, sino incluso toda retórica al ornato en su Eloquencia Espa ola en Arte [editada en Toledo por Thomas de Guzman, ver, José Rico Verdú, La retórica espa ola de los siglos XVI y XVII, (Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1971)]. Hugh Blair hace lo mismo en Inglaterra, tras publicar sus Lectures on Rhetoric and Belles Lettres en 1783 [la edición que uso es la de Harold F. Harding, (Southern Illinois University Press, 1965)]. En gran medida, la retórica se reduce desde entonces a las belles lettres en toda Europa. No es sino hasta 1828 que Richard Whateley redescubre la argumentación propiamente retórica al revisar las reglas de orden en un debate en sus Elements of Rhetoric [la edición que uso es la de Douglas Enhinger, (Southern Illinois University Press, 1963)]. Si bien su redescubrimiento responde en gran medida al pragmatismo, aun así Wathely nota que las obligaciones del orador son distintas si goza de la presunción o si lo agobia el peso de la prueba.

[6] Sócrates les haría notar que tener “éxito” en convertirse en malvados no es ningún éxito después de todo. Ver Platón, Gorgias.

[7] “La preparación ideológica de la masa es... una necesidad de la lucha revolucionaria, es una de las condiciones indispensables para la victoria”, dice Antonio Gramsci en “Necesidad de una preparación ideológica de la masa”, Lo Stato Operaio, 1931; cfr., Ricardo Miguel Flores, Gramsci, la revolución cultural y la estrategia para occidente,

[8] Ejemplos actuales de simpatía académica hacia este tipo de “retórica” los encontramos en México en estudios como el de Clara Eugenia Rojas-Blanco, “La retórica política... en otras palabras”, Gobernabilidad o ingobernabilidad en la región Paso del Norte, coordinadores Luis Antonio Payán y Socorro Tabuenca C., (Tijuana: El Colegio de la Frontera Norte, 2004) 253-277.

[9] Por ejemplo, P. Roth y R. Barett, en “Deconstructing quarks”, Social Studies of Science 20 (1990), 579-632, arguyen que los quarks de la física cuántica no son más que criaturas del científico sin ningún referente real. Que abunden trabajos “científicos” como éste ha llevado a científicos serios a denunciarlos incluso con la parodia. Ver Alan D. Sokal, “Transgressing the Boundaries: Towards a Transformative Hermeneutics of Quantum Gravity”, Social Text, #46/47, (spring/summer 1996) 217-252. De un modo u otro, en esta reducción de la ciencia a la ciencia ficción, la que queda mal parada es la retórica.

[10] En una cultura como la norteamericana que ha reducido los valores a meras preferencias personales, el único fundamento aparentemente sólido para los juicios de valor es el del costo o beneficio económico. Así los argumentos de la Drug Enforcement Administration contra el abuso de las drogas no se anclan en la desintegración de las familias, el desenfreno, el embrutecimiento y el vacío de vida del consumidor, sino ultimadamente en que dicho abuso representa una sangría para el Tesoro público. En la introducción de Speaking Out Against Drug Legalization, (U. S. Department of Justice, Drug Enforcement Administration, octubre de 1995), el director de dicha oficina anti-drogas Thomas A. Constantine nos dice que las drogas son malas porque “arruinarían nuestra economía”, y ya dentro del documento precisa, por ejemplo, que “el abuso de las drogas le cuesta a Estados Unidos entre 60 y 100 mil millones de dólares anuales en pérdida de productividad”. La Suprema Corte estadounidense misma, en United States vs. Jin Fuey Moy, 241 U.S. 394, 401 (1916), excluyó la “moral”-o “dogmatismos”-como justificante de la lucha antinarcóticos y sólo admitió la evasión fiscal. Cabe, pues, preguntarse qué sucedería si el abuso de las drogas, aunque causase embrutecimiento, redituase en lugar de costos, beneficios económicos para las arcas norteamericanas.

[11] Un estudio de caso sobre este cisma es mi trabajo Rhetorical Analysis of the NAFTA Debate (University Press of America, 2000): en alguna medida se dio un diálogo de sordos porque por un lado hablaban los tecnócratas según los dogmas modernos y por otro los motivistas con el puro hígado.

[12] Sobre la mala reputación de la retórica debido a sus malos exponentes y practicantes, ver, por ejemplo, Cicerón, De Inventione.

[13 En toda propuesta retórica, aun masticar chicle, va implícita la clase de persona que se le pide al oyente que sea a la hora de abrazar la propuesta. Ver Edwin Black, “The Second Persona”, Quarterly Journal of Speech 56 (1970).

[14] Una vez que me venden una fantasía como tal, se convierte en un bien real pues me la presentan como lo que es: una fantasía.

[15] Gorgias lo propuso en su tratado Sobre la naturaleza o Sobre el no-ser, el cual recogió Sexto Empírico (siglo III d. de C.) en Contra profesores. Ver Sexto Empírico, Obra completa, (Madrid: Ed. Gredos, 1997). Sin la coherencia de Gorgias, los apóstoles de la “intersubjetividad” niegan la existencia de la realidad, el poder conocerla, pero aseguran el poder comunicarla intersubjetivamente. ¿Cómo, si no saben que existe, ni la han conocido antes?

[16] Con el mismo espíritu nominalista, la lingüística moderna reduciría el signo lingüístico a la asociación de significantes y significados, despreocupándose de averiguar si el signo expresa finalmente el sentido real de las cosas. Ver, por ejemplo, Ferdinand de Saussure, Curso de lingüística general (1916).

[17] Visiones así del hombre me recuerdan el hilarante Credo del Incrédulo, que dejó escrito Leonardo Castellani: “Creo en la Nada Todoproductora, de donde salieron el cielo y la tierra./ Y en el Hómo Sápiens, su único Rey y Se or,/ que fue concebido por Evolución de la Mónera y el Mono./ Nació de la Santa Materia,/ bregó bajo el negror de la Edad Media./ Fue inquisicionado, muerto, achicharrado,/ cayó en la miseria,/ inventó la Ciencia,/ y ha llegado a la era de la Democracia y la Inteligencia./ Y, desde allí, va a instalar en el mundo el Paraíso Terrestre./ Creo en el Libre Pensamiento,/ la Civilización de la Máquina,/ la Confraternidad Humana,/ la Inexistencia del pecado,/ el Progreso Inevitable,/ la Putrefacción de la Carne/ y la Vida Confortable. Amén”.

[18] Ver Platón, La República, VII; cfr., por ejemplo, Rafael Gambra, Historia sencilla de la filosofía, (Espa a, Editorial Rialp, 1986).

[19] Una voluntad maltrecha no quiere escuchar razones del entendimiento sobre lo que debe hacer. Prefiere que racionalice las barbaridades ya cometidas. Entonces aun Boca de Oro temerá inútil su elocuencia ante sujetos tan engolosinados con sus vicios y, desoyendo el mandato del amor de Jesús, se quede con su recomendación de “No le tiréis las perlas a los cerdos” Mt 7, 6.

[20] Una sátira de esta visión mecanicista del hombre es A Clockwork Orange de Anthony Burgess, publicada en 1962, y llevada al cine por Stanley Kubrick en 1971.

[21. Ver David Hume, “Of the Standards of Taste”, Four Dissertations, (Thoemmes Press, 1998, primera edición 1757). Un crítico de arte sería bueno en la medida que físicamente tuviera “ojos más grandes” como el lobo de Caperucita Roja. La poesía a su vez sería mejor en la medida que halague los sentidos. Los empiristas ingleses han influido de algún modo en su idioma a punto de lograr que los poetas ingleses se preocupen de una manera tal vez desmedida por lo pintoresco, de comparárseles, por ejemplo, con los poetas espa oles más concentrados en el concepto. Respecto a las éticas empiristas, quien nos ofrecería su versión más extremada sería Jeremías Bentham, en An Introduction to the Principles of Morals and Legislation (1780). Allí lleva al hedonismo a sus niveles más fisiológicos. El placer y el dolor físicos, sensibles, definen lo bueno y lo malo. Por tanto, aun el altruismo es para Bentham egoísta. Las madres cuidan a sus hijos no por generosidad y amor, sino porque les causa deleite. Debe de haber, pues, algo muy delicioso en el aroma de cambiar pa ales. Siguiendo a Bentham, algunos neurólogos contemporáneos tratan de explicar el desprendimiento y el sacrificio dizque identificando las zonas cerebrales que se regodean en ello.

[22] Ver, por ejemplo, Boecio, De Topicis Differentiis, versión latina y traducción al inglés de Eleonore Stump, (Ithaca y Londres: Cornell University Press, 1976; libro originalmente escrito en el a o 523 d. C.)

[23] Aristóteles dedica tres de los cuatro libros de su Retórica a la invención. Cicerón dedica por completo uno de sus tratados, De inventione, a ella; es más, su más celebrado tratado, De oratore, aunque aborde también el estilo, lo hace en la medida que la elocuencia se funde en la sabiduría.

[24] Según Aristóteles, los tres géneros de discurso retórico son el judicial, que atiende la justicia, el deliberativo, que nos permite procurar el bien común, y el epidíctico, que nos permite celebrar y gozarnos de la grandeza de nuestra república. Ver Retórica, I, iii.

[25] Cfr., por ejemplo, Mortimer J. Adler, Ten Philosophical Mistakes, (Nueva York: Touchstone, 1985).

[26] Los cuerpos no lo son ni siquiera como los entendió Locke. La física cuántica contemporánea nos los describe no como masas macizas sino en gran medida como campos de energía. Ver, por ejemplo, por ejemplo, Mortimer J. Adler, “Epilogue”, Ten Philosophical Mistakes, (Nueva York: Touchstone, 1985).

[27] Ver Aristóteles, Categorías, Analíticos posteriores y Tópicos.

[28] Sobre estos puntos ver, por ejemplo, Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica; Antonio Millán Puelles, Fundamentos de Filosofía, (Madrid: Ediciones Rialp, 2001).

[29] Cf., por ejemplo, Aristóteles, Ética a Nicómaco X, 5; Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica I, q. 5.

[30] Ver, por ejemplo, Platón, Georgias; Aristóteles, Ética a Nicómaco VI, 11-14, X, 1-5.

[31] Ver, por ejemplo, san Alberto Magno, De Pulchro et Bono, en santo Tomás de Aquino, Opera Omnia, ed. por Roberto Busa, 7 vols., (Stuttgart, 1980) VII, 43-47.

[32] Éstos argumentos serian de probabilidad y no de posibilidad, por tanto serian extrínsecos en lugar de propiamente intrínsecos al arte retórica, como veremos más adelante al hablar de los argumentaciones probables. Ver Aristóteles, Retórica I, xv.

[33] Sobre el ingenio del católico para cumplir con sus penitencias, ver a san Bernardo de Claraval, Apología al abad Guillermo de San Thierry.

[34] Por ejemplo, sufren el dolor, pero no saben que lo sufren. Tal vez por no saberlo, les es inadvertido y no lo sufren después de todo, como cuando dormimos o estamos inconscientes: sufrimos las reumas pero ni nos damos cuenta de ellas.

[35] Aunque el espíritu pueda trascender la materia, no puede pensar sin el cuerpo y sin gozar de un punto de partida, la experiencia sensible. De allí que la unión entre el espíritu y materia sea substancial, y no algo similar a un contenido y su recipiente, como lo creyó René Descartes. Ver Meditationes de prima philosophia, (1641).

[36] Sobre el “despejo”, ver Baltasar Gracián y Morales, El Héroe, Primor 13.

[37] Por supuesto, el se orío del hombre sobre la Creación no consiste en pisotearla. Benedicto XVI nos dice al respecto: “la tarea de ‘someterla’ no ha sido jamás entendida como una orden de hacerla esclava, sino más bien como tarea de ser custodios de la creación y de desarrollar sus dones; de colaborar nosotros mismos en modo activo en la obra de Dios.” Ver su diálogo con los sacerdotes del 6 de agosto del 2008, en Bolzano-Brassanone, Italia.

[38. Los accidentes aristotélicos son cualidad, cantidad, relación, lugar, situación, posición, tiempo, posición, acción y pasión.

[39] Cfr., por ejemplo, Eduardo Segura, Myth and Magic: Art According to the Inklings, (Walking Tree Publishers, 2007).

[40] Sobre las paradojas como fuente de conocimiento, ver, por ejemplo, Baltasar Gracián y Morales, Agudeza y Arte de Ingenio, Discurso 42, quien las llamó “monstruos de verdad”.

[41] El tratado del amor y la amistad en la Ética a Nicómaco de Aristóteles justo precede su exposición de las virtudes morales.

[42] Ver, por ejemplo, Platón, Fedro y san Agustín de Hipona, De Doctrina Christiana, I, xxxv-xxxvi. El egoísmo, digo yo, es el vicio que cancela todo.

[43] Ver Platón, Fedro; san Agustín, De Doctrina Christiana I. El amor en estos autores es el realismo extremo de quien al conocer, abraza y puede por tanto conocer aun mejor el bien elegido. De ningún modo amor se reduce a se reduce a melcocha y sentimientos bonitos, según conceptos muy extendidos contemporáneos.

[44] Ver, por ejemplo, “Cientificismo”, Gran Enciclopedia Rialp, 6ª edición, (Madrid: Ediciones Rialp, 1991). Sobre las consecuencias del discurso cientifista en el discurso político y, en general, en la retórica, ver Wayne C. Booth, Modern Dogma and the Rhetoric of Assent (The University of Chicago Press, 1974).

[45] Cfr., santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-IIae, 166-167, quien defiende la disciplina del estudio contra la curiosidad desaforada que no lleva a ninguna parte. De hecho, considera esta disciplina como parte de la virtud de la templanza.

[46] Como veremos adelante, esta definición de verdad no sólo afirma la correspondencia del pensamiento con la cosa, sino también la correspondencia de la cosa con la idea original que tuvo su creador. Entonces, como arguye Josef Pieper en “La verdad de las cosas, concepto olvidado”, http://www.hottopos.com/mp2/verd_olvi.htm, se puede hablar de cómo la cosa corresponde a su boceto, ya el del artista (un hombre) o el del Artista (Dios). Así hablaríamos no de la verdad de nuestras ideas sino de la verdad de las cosas en si. Un sistema político, por ejemplo, sería así más verdadero en la medida que se ajuste al orden constitucional. Un hombre sería más verdadero en la medida que se ajuste a su modelo, Jesucristo.

[47] La discusión inicial sobre estas tres operaciones del entendimiento la podemos encontrar en los tratados lógicos de Aristóteles. Su tratado sobre las Categorías por lo regular se asocia con la primera operación. Su tratado de la Interpretación se le asocia con el juicio. Y sus Primeros y Segundos Analíticos con el raciocinio o inferencia.

[48] La tarea del juicio no se queda en establecer la verdad. También establece otros valores como el bien y la belleza, por supuesto, siempre con base en verificar lo que es la realidad.

[49. Una explicación más escolástica diría: “Con la primera operación aprehendemos una cosa: hombre. Con la segunda juzgamos si le corresponde o no un atributo: es mortal. Con la tercera sacamos las consecuencias: Sócrates es hombre, luego es mortal.”

[50] Lo reprobable en estas canciones es tomárselas en serio como estándar de hombría.

[51] Ésta es la terminología de Roman Jakobson. Ver su artículo “Lingüística y poética”, en Ensayos de lingüistica general (Barcelona: Seix Barral, 1975) 347-395.

[52] El libre arbitrio, por supuesto, no es reconocido por todas las escuelas filosóficas. De hecho, es muy difícil afirmarlo filosóficamente, sobre todo cuando la libertad presupone la capacidad del hombre de, sabiéndolo y pudiéndolo, no abrazar el bien sino el mal [ver las peripecias de santo Tomás de Aquino para afirmar el libre arbitrio en Questiones Disputatae de Malo, según transcribe el texto Carlos Llano Cifuentes en Examen filosófico del acto de la decisión (México: Universidad Panamericana, 1998)]. Negar el libre arbitrio ampliamente parece más fácil, como lo hacen, por ejemplo, los deterministas intelectuales. Ellos consideran que basta el conocimiento del bien para abrazar inevitablemente el bien. Si alguno no abraza el bien que le proponemos es, pues, porque no lo conoce, o lo conoce mal, o porque conoce otro mejor que el propuesto, pero de manera muy personal, atendiendo todas las circunstancias que sólo él puede conocer. En este último caso, nosotros somos los equivocados por tomar, por nuestro desconocimiento, un bien suyo como mal suyo, por no admitir que “nadie sabe lo que otro sabe aunque tenga un buen talento: sólo el que carga el costal sabe lo que trae dentro”. De todo esto lo que importa recordar es que, de verse atado el hombre por sus conocimientos, no habría libre arbitrio ni, por tanto, la retórica. No sería necesario persuadir: bastaría el acto de suplir información. Pero sin libre arbitrio ni retórica, de elegir el mal, no habría tampoco verdadera elección, ni verdadera acción, ni responsabilidad, ni culpa, ni sentido de la justicia, sino un “no lo sabía”. El hombre sería un autómata movido por la información que procese su cerebro. Afirmar o no el libre arbitrio no es pues de ninguna manera baladí para la academia. Según respondamos, filosofar sería o un mero procesar información, o una búsqueda libre y lúcida de la sabiduría.

[53] En Estados Unidos, ejecutar a un criminal resulta más caro para el Estado que confinarlo de por vida en prisión, según demostró el magistrado Thurgood Marshall en la decisión Furman vs Georgia 33 L Ed 2d 417-418 (1972).

[54] Más adelante hablaré de las pruebas retóricas: las posibilidades, los motivos y el carácter.

[55] En los tribunales, la verdad es lo que permite establecer la justicia, y no la justicia lo que permite establecer la verdad. Son los hechos los que nos permiten tomar decisiones, no las decisiones, “la intersubjetividad”, las que determinan qué son los hechos. Que al final los jueces pronuncien lo que se debe aceptar como “verdad jurídica” no quiere decir que ésta sea necesariamente sinónimo de la verdad en sí.

[56] Aristóteles nos hablaría del logos, del ethos y del pathos, es decir, las pruebas “lógica”, “ética” y “emocional”. Ver Retórica I, ii. Hay, entre los académicos, una gran discusión sobre lo que Aristóteles quiso significar con esos términos y sobre lo que, de ello, es válido ultimadamente para la teoría retórica.

[57. Santo Tomás de Aquino identificaría en las opiniones fundadas en lo aparente el campo propio de la retórica: “podemos entonces asignarle como partes [a la prudencia] la dialéctica, la retórica y la física, conforme a los tres modos del proceso científico: el primero, la demostración, que da origen a la ciencia, y esto compete a la física, bajo cuyo nombre quedan comprendidas las ciencias especulativas; el segundo parte de lo probable y forma la opinión, que da origen a la dialéctica; el tercero, de ciertas conjeturas deduce una sospecha o una leve persuasión, lo cual incumbe a la retórica” (Suma Teológica II-IIae, q.48, a.1).

[58] Aunque platónica, o tal vez kantiana por depender de a prioris, la mejor retórica contemporánea que se ha producido es la de Chaim Perelman. Su Nueva Retórica, con sus millones de reglas, emana no de un arte sino del artista, de lo que entiende Perelman como un hombre razonable. [Ch. Perelman y L. Olbrechts-Tyteca, “Intruduction”, The New Rhetoric. A Treatise on Argument, traducción de John Wilkinson y Purcell Weaver, (University of Notre Dame Press, 1969)]. Son numerosos los trabajos modernos que abordan la preeminencia del orador en la oratoria. Richard B Gregg, por ejemplo, en “The Ego-Function of the Rhetoric of Protest” Philosophy and Rhetoric 4 (1971): 71-91, aborda la disfunción retórica de reducir el discurso público a la construcción de una identidad personal. Edwin Black, “The Second Persona”, Quarterly Journal of Speech 56 (1970), destaca, en cambio, la propuesta de persona ideal como la responsabilidad más alta en el discurso retórico.

[59] Ver Aristóteles, Retórica, I, i; de manera precisa, comparó la retórica con la dialéctica.

[60] Lógica y retórica no son, sin embargo, la ciencia en sí de todo asunto, cual pretendía Gorgias. Son sólo facultades que nos permiten razonar acerca de esos asuntos.

[61] La identidad de la Verdad, el Bien y aun la Belleza se funda ultimadamente en el Ser. El olvido moderno y contemporáneo de la metafísica, sin embargo, les hace muy difícil a muchos entenderlo y sacarle provecho, y les hace muy difícil, de paso, entender que la retórica razone objetivamente sobre los bienes.

[62] Los preceptos retóricos no constituyen, sin embargo, una teoría de tipo científica, como las indicaciones químicas de mezclar oxígeno e hidrógeno para obtener agua. Si en éstas no hay margen ni para la creatividad ni la libertad humanas (sólo es admisible la fórmula H2O), en la teoría retórica sí se da ese margen (aunque se recomiende empezar un discurso por su principio, no es inconcebible ni reprobable, como ocurre en muchas novelas, el que se principie por el final en la medida que se haga bien).

[63] Ejemplos de esfuerzos por someter toda persuasión a la predicción científica son los de Carl I. Hovland y W. Weiss, “The influence of Source Credibility on Communicaiton Effectiveness”, Public Opinion Quarterly 15, 635-650; Leon Festinger, A Theory of Cognitive Dissonance, (Evanstone, Illinois: Row Peterson, 1957); Elihu Katz, “The Two-step Flow of Communication: An Up-to Date Report on the Hypothesis”, Public Opinion Quarterly, 21 (1957), 60-78; H. J. Leavitt, “Some effects of certain communication patterns on group performance”, J. Abnorm. Soc. Psychol., 46 (1951) 150-158; Carl I. Hovland, Communication and Persuasion: Psychological Studies of Opinion Change (Yale University Press, 1953). Sin negar la importancia de las ciencias positivas-matemáticas, considero que el componente esencial del libre arbitrio en la retórica hace imposible el estudiarla de lleno según las ciencias positivas-matemáticas. A estas ciencias les sería necesariamente imposible el establecer predicciones indubitables sobre el comportamiento de la libertad. Por supuesto, ni las humanidades en general ni la retórica en particular pueden tampoco hacer predicciones. Pueden estas últimas, sin embargo, intelegir las posibilidades que le corresponde escoger a la libertad. Pueden, incluso, concebir las formas de persuadir esa libertad. Sólo las probabilidades, no las posibilidades, pueden estudiarse desde una perspectiva positiva-matemática.

[64] Recordemos a Córax y Tisias quienes ya ense aban la retórica en Sicilia en el siglo VI A. C.

 

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Arturo Zárate Ruiz nació en Matamoros, Tamaulipas, en 1959. Es un comunicador profesional y un analista de la información y del discurso político. Ha colaborado en medios impresos desde los 14 años. Obtuvo el Premio Nacional de Periodismo en 1984. Doctorado en 1992 en Artes de la Comunicación (Universidad de Wisconsin en Madison), se especializa en la teoría retórica. Desde 1993 es investigador de El Colegio de la Frontera Norte y allí estudia el discurso, los argumentos y los debates binacionales y de la zona fronteriza entre Estados Unidos y México. Tiene varios trabajos publicados al respecto.

 

© Arturo Zárate Ruiz 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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