Humboldt y la orientalización de Venezuela
en los relatos de viaje a la Gran Colombia
de William Duane y Gaspard-Théodore Mollien

Paulette Silva Beauregard

Universidad Simón Bolívar, Caracas
silva.paulette@gmail.com


 

   
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Resumen: El trabajo se propone revisar la manera en que algunos relatos de viaje de la década de 1820 produjeron una “orientalización” de Venezuela, relacionada con las expectativas del público europeo interesado en las escrituras de viaje. A partir de las observaciones de Humboldt sobre los llanos y los llaneros, se examinan los relatos de dos viajeros que visitaron la Gran Colombia en la década de 1820: William Duane y Gaspard-Théodore Mollien, ambos conocedores de la obra del naturalista alemán e interesados en participar en los debates sobre el futuro político de la nueva república.
Palabras clave: escrituras de viaje, “orientalismo”, llanos, llaneros.

Abstract: This essay presents a review of the manner in which travel narratives in 1820 produced an “orientalization” of Venezuela, related to the expectations of the European public interested in travel writings. Based on Humboldt’s observations on the flatlands and their dwellers, the llaneros, a review is made of the stories of two travelers that visited Gran Colombia in the decade of 1820, William Duane and Gaspard-Théodore Mollien, both connoceurs of the work of the naturalist and interested in participating in debates regarding the political future of the new republic.
Keywords: travel narratives, “orientalism”, flatlands, llaneros.

 

I. Humboldtiana: la orientalización de Venezuela.

En un conocido pasaje del Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente [1], Humboldt, con una estrategia retórica que hace de la andadura del texto y el recorrido del territorio una misma travesía, entretiene al lector -dada la monotonía del paisaje llanero que ha transitado y ahora describe- con unas reflexiones sobre lo que hubiera podido ser el continente americano a la llegada de Colón si en las pampas y los llanos hubiesen existido animales que propiciaran el florecimiento de una sociedad pastora. Me voy a permitir citarlo a pesar de que el pasaje es extenso y de que podría tenerse como de poco interés en un libro lleno de abundantes datos científicos recogidos con celo, puesto que se propone como un simple divertimento sin más objetivo aparente que distraer al lector en medio de ese “océano de verdura” (III: 213). De hecho, podría parecer un fragmento sin importancia, dado el carácter conjetural que lo justifica y que reclama el uso del subjuntivo:

Si, según la variada distribución de los animales en el globo, hubiese podido existir la vida pastoral en el Nuevo Mundo; si antes de la llegada de los españoles hubiesen estado los llanos y las pampas colmados de esos numerosos rebaños de vacas y yeguas que hoy pacen allí, Colón hubiera encontrado la especie humana en un estado muy diferente. Pueblos pastores, que se alimentan de leche y de queso, verdaderos nómades, hubieran recorrido esas vastas llanuras que se comunican unas con otras. Hubiéraseles visto, en las épocas de las grandes sequías, y aun en las de las inundaciones, combatir por la posesión de los apacenteros, subyugarse mutuamente, y unidos por un común vínculo de costumbres, de lenguajes y de culto, elevarse a ese estado de semicivilización que en los pueblos de raza mongola y tártara nos sorprende. La América entonces, como el centro de Asia, habría tenido conquistadores que, ascendiendo de las llanuras sobre la altiplanicie de las cordilleras y abandonando la vida errante, habrían avasallado los pueblos civilizados del Perú y de la Nueva Granada, derribando el trono de los Incas y del Zaque y reemplazado el despotismo que engendra la teocracia por el despotismo que nace del gobierno patriarcal de los pueblos pastores. El género humano no ha experimentado en el Nuevo Mundo esos grandes cambios morales y políticos, porque las estepas, bien que más fértiles que las de Asia, han permanecido allí sin rebaños, pues ninguno de los animales que dan leche en abundancia es propio de las llanuras de la América meridional, faltando así en el desarrollo progresivo de la civilización americana el eslabón intermedio que junta los pueblos cazadores con los pueblos agrícolas (III: 223-224).

La especulación parte de una suposición previa, de un presupuesto que no se discute: llanura y rebaños necesariamente producen “despotismo patriarcal”. El “desarrollo progresivo” o, en otros términos, la historia de la humanidad que va de los “salvajes” a los civilizados, pasa por un eslabón intermedio: los pueblos pastores, los “semicivilizados” (de allí que Humboldt señale al comienzo de ese mismo párrafo que los llanos permiten hacer consideraciones concernientes a la “historia de nuestra especie”). Y este eslabón intermedio sirve de bisagra debido a que pone en contacto y liga, aunque de un modo violento, las sociedades que se oponen. Resulta cuando menos curioso el comentario final de Humboldt con relación a la inexistencia de estos pueblos pastores en el continente americano, pues no sólo en el mismo pasaje ha mencionado los “numerosos rebaños de vacas y yeguas que hoy pacen allí”, sino que, a lo largo del recorrido por las sabanas venezolanas que narra en ese mismo tomo de su libro, hace comentarios sobre la importancia estratégica de los llanos, describe (tipifica, en realidad) a los llaneros y el trabajo que realizan en los “hatos” o refiere anécdotas relacionadas con el hecho de que las llanuras se han convertido en refugio para los bandidos. Por otra parte, el pasaje pertenece al tomo segundo de la edición original en francés [2], es decir, fue publicado en 1819, cuando ya se habían dado en Venezuela unas cuantas batallas importantes en las que la participación de los llaneros había sido decisiva.

Aunque volveré más adelante sobre el problema, quiero señalar ahora que el fragmento se presta a confusiones, pues la especulación sobre el pasado (“qué hubiera ocurrido si…”) puede leerse también como un temor, un señalamiento que apunta más hacia el futuro (“que pasará puesto que…”), en la medida en que el lector que recorre de la mano de Humboldt los parajes llaneros, puede comprobar en sus descripciones que la supuesta mezcla explosiva de llanos y sociedad pastora se encuentra ya presente en tierras americanas. Así, aunque Humboldt se abstenga de hacer de modo explícito las consecuentes especulaciones que pueden formularse sobre el futuro del Nuevo Continente a partir de las consideraciones compartidas en esa época y que informan este pasaje (como suponer que los llanos con rebaños producen despotismo o que los pueblos nómadas invaden a los pueblos civilizados), esta aparentemente trivial digresión invita al lector a hacerlas: forma parte de la civilizada diversión a la que convida el sabio en medio del “océano de verdura”. En otras palabras: esta especulación aparentemente trivial permite hacer apuestas sobre el futuro de las revoluciones hispanoamericanas a partir de datos tomados en el terreno mismo de los acontecimientos [3]. De este modo, el resultado final parece depender, dentro de este cuadro, del pueblo bisagra, del eslabón intermedio, suerte de híbrido entre los civilizados y los salvajes (por eso mismo “semicivilizados”).

Por otra parte, el comentario que cierra esta relación entre las sabanas americanas y el desierto africano o las estepas de Asia, parece simplemente el fruto de la imaginación de Humboldt, el entretenimiento de un sabio en un momento de tedio:

He creído necesario reunir aquí estas nociones generales sobre las llanuras del Nuevo Continente y los contrastes que manifiesta con los desiertos del África y con las estepas fértiles del Asia, para comunicar algún interés al relato de un viaje al través de tierras de aspecto tan monótono (III: 224).

Las comparaciones con las estepas asiáticas y los desiertos africanos cumplen así la función de atraer a un amplio público -no limitado a la comunidad de sabios y naturalistas-, audiencia que tiene en ese momento una variada oferta de textos dedicados a la descripción de nuevos o desconocidos territorios, lo que incluye relatos, grabados y mapas, tanto de regiones de Asia y África, como del propio continente europeo, que está siendo sometido también a una “reinvención” (como dice Pratt con relación a América) a partir de una nueva noción de lo “sublime”, que privilegia las perspectivas pintoresca y romántica, y una reformulación del concepto de “paisaje” -Corbin (2001); Le Scanff (2007). No olvidemos que es precisamente en la década de los veinte cuando comienza una nueva era del viaje, promovida por la invención del ferrocarril, que permitirá la popularización del desplazamiento y de prácticas antes reservadas a las élites (como es justamente el caso del iniciático “Grand Tour”). Este movimiento vendrá acompañado de una abundante producción de impresos, como puede verse en las muchas revistas dedicadas a los relatos de viajeros [4]. Sin dudas, las escrituras de viajes consiguen en esa época una amplia audiencia en Europa, público que seguramente Humboldt ayudó a consolidar, pues, como indica Adolfo Prieto, sus textos suponen un “poderoso montaje textual en el que la anotación científica, la efusión estética, la preocupación humanística podían acoplarse o desglosarse, alternadamente, de la voz del narrador y de su cautivante relato de revelaciones y accidentes personales” (2003: 18).

Quiero agregar a las observaciones de Prieto que la audiencia “amplia y diversificada” (2003: 19) a la que se dirigen las escrituras de viaje en esa época, parece exigir temas, descripciones, cuadros y aventuras que el naturalista prevé como parte de las expectativas del lector, tal como puede seguirse en la “Introducción” del Viaje a las regiones equinocciales... No en balde Humboldt supone que su relato podría no adaptarse a esas expectativas, dadas las características del territorio que ha recorrido. Y estima, por este motivo, que las narraciones de los exploradores que van a Oriente tienen mayor interés para el público que los relatos de aquellos que se dirigen a América: “no disimulo las grandes ventajas que sobre los viajeros que han recorrido la América tienen los que describen la Grecia, el Egipto, las orillas del Éufrates y las islas del océano Pacífico” (I: 29). La observación de Humboldt importa también porque esta diferencia entre los dos destinos se relaciona con una característica del “nuevo” continente que fue decisiva en esta nueva “reinvención de América” (Pratt: 1997). Me refiero a la concepción del continente como pura naturaleza, esto es, como compuesto por “vastas soledades” donde impera una “gigantesca y salvaje naturaleza” (Humboldt, I: 29) [5].

Para el lector que prefigura Humboldt, son más entretenidas las descripciones de los habitantes de las islas del Pacífico que las de los indígenas americanos, a pesar de que estos últimos ya han formado parte de la imaginación europea:

Los salvajes de la América que han sido objeto de tantas sistemáticas fantasías […] inspiran menos interés después que célebres viajeros nos han dado a conocer esos habitantes de las islas del mar del Sur, cuyo carácter revela una amalgama sorprendente de dulzura y perversidad. El estado de semicivilización en que se hallan estos insulares produce un encanto particular en la descripción de sus costumbres: ahora es un rey que acompañado de un numeroso cortejo viene personalmente a ofrecer los frutos de su vergel, ahora un festival fúnebre que se prepara en el seno de una selva. Sin duda que estos cuadros tienen más atractivo que los que exhibe la hosca gravedad de los habitantes del Missouri o del Marañón (I: 29).

De modo que Humboldt tiene que competir por la audiencia con otros escritos de viaje en situación de desventaja, ya que el territorio que él recorre es muy rico para otro tipo de escritura (y de saber), pero también para otra clase de público, pues el Nuevo Continente ofrece una mina para los estudios de geología y de física (I: 30), aunque no resulte atractivo para una audiencia no especializada en estos conocimientos. No parece casual, entonces, que el entretenimiento que ofrece Humboldt a esa amplia audiencia, la fantasía que imagina mientras recorre los “monótonos” llanos, contenga una comparación con Asia y África. Podría pensarse, de hecho, que el símil sirve para satisfacer las expectativas de un lector a la espera de un relato que lo conduzca a África o a Asia: una audiencia que, para valerme también de una asociación, espera llegar a las Indias, como lo hizo Colón varios siglos antes. La fantasía de Humboldt coloca el dedo apuntador en el aspecto más atractivo de los viajes a Asia y África: los “semicivilizados” que tanto gustan al público europeo y que, en este caso, son también la clave para las predicciones y discusiones sobre el futuro de las guerras que se dan en el nuevo contiene, como tendré ocasión de mostrar más adelante.

La relación que establece la conjetura de Humboldt, esto es, el pretendido vínculo entre despotismo y llanura (que da origen a la pesadilla de la barbarie arrasando a la civilización: los pueblos nómades que invaden los centros civilizados) ha sido un tema muy transitado por la cultura hispanoamericana. Informa, como se sabe, muchas páginas importantes de la literatura y el pensamiento argentinos, pero también venezolanos. Quiero llamar la atención, en este sentido, sobre el hecho de que el pasaje de Humboldt presenta las pampas y los llanos como si se trataran de una unidad (incluso, dice que se comunican entre sí) dentro de otra unidad (el Nuevo Continente). Tal vez algunas dificultades que hemos tenido para el estudio de la relación entre los llanos o las pampas o del orientalismo y el despotismo se deriven de la poca atención que le hemos brindado a este detalle. Quiero decir que para la época en que Humboldt publica su Viaje a las regiones equinocciales... los textos sobre los llanos sirvieron para la descripción de las pampas y viceversa. Ya Adolfo Prieto ha advertido que los viajeros con frecuencia tuvieron “la tendencia a extrapolar observaciones y juicios que no podían o no debían, estrictamente, extrapolarse” (2003: 21) [6]. Es por este motivo que “se reconocerán los bosques tropicales de Cumaná, de la costa venezolana, en la presentación de lujuriosos bosques de la provincia de Tucumán” (íd.). Pero es la proyección del saber y la escritura sobre los llanos venezolanos para caracterizar y describir las pampas del Río de la Plata la que correrá con mejor suerte:

Ninguna extrapolación, sin embargo, tan esforzada (ni tan exitosa, por lo demás) como la que proyecta sobre numerosas descripciones de la inmensa llanura pampeana el largo segmento que Humboldt dedicó a recoger sus impresiones sobre las sabanas, o estepas o llanos de Venezuela (íd.) [7].

A la “extrapolación”, característica de las escrituras de viaje de esa época, debemos agregar que las analogías y comparaciones en este caso se justifican, dado que para Humboldt llanos y pampas forman una unidad (habría que revisar, en este sentido, si los viajeros posteriores mantuvieron o cambiaron esta representación) [8].

No es mi intención hacer una pesquisa sobre el origen y difusión de la correlación entre despotismo y llanura que toma como base la asociación entre el “nuevo” continente y Oriente. Carlos Altamirano, por ejemplo, ha mostrado de manera clara, en “El orientalismo y la idea del despotismo en el Facundo”, la importancia del Espíritu de las leyes de Montesquieu y, sobre todo, el hecho de que esas asociaciones, ese “comparatismo de escritorio” (1997: 99) o libresco fue muy común en muchos pensadores de ese período. Por esta razón, destaca que “al menos desde 1835, el símil entre la pampa y su poblador, por un lado, y el desierto y los árabes, por el otro, ya estaba disponible, si bien el procedimiento analógico aparece tomando por objeto al indio, no al gaucho” (1997: 101). Para el caso venezolano, la centralidad de los libros de Humboldt en la difusión de esta correlación entre los llaneros (y no los indios americanos) y los árabes, beduinos o tártaros no puede minimizarse. Es más: ya en el Viaje a las regiones equinocciales… aparece una tipificación del llanero, como lo dejan ver las fórmulas que buscan la generalización para formar un tipo reconocible: “Siempre sobre la silla, creen que no pueden hacer el menor camino a pie” (III: 225) [9].

Quiero mostrar en las páginas que siguen que la comparación con el “Oriente” en la década de 1820 parece un tópico en los textos de algunos viajeros que recorrieron el hoy territorio venezolano, seguramente a consecuencia de la lectura de los escritos de Humboldt pero también de la proliferación de escrituras de viajes asociadas a las nuevas exploraciones que propició la conocida expansión colonialista europea y a las expectativas que esas narraciones crearon en el público europeo -recordemos, además, que algunos viajeros que recorrieron estas “nuevas” regiones habían realizado con anterioridad travesías por Asia o África, como es el caso de William Duane o de Gaspard-Théodore Mollien. Podría decirse que los viajeros que exploraron el territorio que para la década de 1820 era la Gran Colombia usaron El viaje a regiones equinocciales… (en francés o en las traducciones que muy poco después se hicieron a otras lenguas) casi como una guía de viaje [10]. Escribir sobre el “nuevo” continente, pero especialmente sobre el territorio venezolano -población, geografía, historia, etc.- pasaba ya en la década de los veinte por consultar los trabajos de Humboldt -no importa si para apoyarlos, corregirlos o impugnarlos- y los relatos de viaje a Asia y a África [11]. Me detendré a continuación en dos relatos de viaje a la Gran Colombia [12], aparecidos en la década de 1820, con el fin de mostrar lo que podríamos llamar la “orientalización” de Venezuela en un momento fundamental del proceso de su construcción simbólica, y de su reinvención, en el imaginario postindependentista; “orientalización” que en el pasaje citado de Humboldt tiene un claro carácter conjetural. Debo advertir sobre este proceso simbólico que no se trata simplemente de cubrir con rasgos asiáticos una cultura y un territorio desconocidos con el fin de domesticarlos, esto es, de controlar el temor que producen. Como destaca Said:

Oriente (“allí”, hacia el Este) es corregido e incluso penalizado por encontrarse fuera de las fronteras de la sociedad europea, de “nuestro mundo”; Oriente así se orientaliza, proceso que no solo afecta a Oriente en tanto que provincia del orientalismo, sino que obliga al lector occidental no iniciado a aceptar las codificaciones orientalistas […] como si fueran el verdadero Oriente (2002: 103).

El proceso de orientalización en este caso se refiere a un espacio no oriental (para decirlo de alguna manera), pero las analogías y comparaciones lo convierten en un equivalente, esto es, lo corrigen y lo obligan a serlo, o más bien, a pensarlo en términos de una comparación que lo hace equivalente al “verdadero Oriente”. No en vano la cultura que se orientaliza también se representa en las fronteras de la cultura europea y como una abierta amenaza para la “civilización”. Este proceso que apenas esbozo y que merece un examen más detenido del que ahora propongo, no ha recibido mayor atención en los estudios literarios, históricos o culturales venezolanos, como tampoco en las investigaciones sobre los viajeros que recorrieron el país durante el siglo XIX, a pesar de que se encuentra estrechamente ligado a los relatos identitarios venezolanos más poderosos de los siglos XIX y XX (pensemos en Rómulo Gallegos, por supuesto, pero también en el “gendarme necesario” de Vallenilla Lanz) [13].

 

II. Pagodas, espejismos y espahíes: William Duane llega a Indostán.

A principios de la década de 1820, William Duane recorre la Gran Colombia con el fin de representar ante las autoridades de la nueva república a varios norteamericanos que “tenían algunas acreencias contra aquel gobierno” (Duane 1968 I: 1). Es esta la motivación que se expone al comienzo del libro, aunque inmediatamente el autor señala sus vínculos previos con los independentistas y la labor de difusión que, como publicista en Filadelfia, había realizado de su causa (señala, en este sentido, que tenía clara la importancia comercial de esta región para los Estados Unidos) [14]. Precisamente por esta labor el Primer Congreso General de Colombia (celebrado el 14 de octubre de 1821) acordó darle testimonio de gratitud, hecho que recuerda varias veces Duane en el libro y que conocen algunas personas con las que se relaciona durante su viaje (incluso, comenta que consigue en Venezuela una copia de uno de sus trabajos, del que no había guardado un ejemplar). Es por este motivo que el libro de Duane podría leerse como una defensa de su posición favorable a la independencia hispanoamericana, o como una suerte de venganza, como dice en el “Prefacio”, contra aquellos que se burlaron de su apoyo a la causa independentista. La importancia de la opinión del público al que se dirige Duane, esto es, la relevancia de las discusiones en las que se inserta su trabajo, queda expuesta de esta manera en el “Prefacio”:

Una prensa libre me permitió dar publicidad a mis pronósticos y conceptos, labor de divulgación en que nunca desmayé, pese a los sarcasmos que me dirigían ciertas personas que hoy aparecen tan celosos amigos de la América del Sur, como antes se mostraron escépticas, hostiles… y algo peor […]. El propio gobierno de la República de Colombia estimó que mis esfuerzos merecían un voto de gracias; y la bondadosa hospitalidad que me brindó durante un largo viaje de mil trescientas millas, me vengó ampliamente de las ironías de quienes ahora se han convertido en admiradores de una revolución que antes vilipendiaron y desaprobaron (1968 I: 2).

El cambio que Duane señala en la opinión pública norteamericana ha permitido que sus “ensayos y opiniones obtuvieran una acogida más comprensiva” (1968 I: 2). Me interesa destacar de estas observaciones que, para la audiencia que supone Duane, los pronósticos juegan un papel central. Y estas predicciones seguramente fueron alimentadas por pasajes que, como el de Humboldt, relacionaban a los pueblos americanos con los asiáticos y africanos.

Con relación al conocimiento del Viaje a las regiones equinocciales…, Duane no sólo dice en el Viaje a la Gran Colombia en los años 1822-1923… (como un comentario sin mayor trascendencia) que lee en Caracas, antes de partir a los Valles de Aragua, Personal Narrative… (la traducción inglesa del Viaje a las regiones equinocciales…; Duane, 1968 I: 219), sino que en varios pasajes corrige las apreciaciones del sabio -no sin antes justificar su atrevimiento- sobre la temperatura (1968 I: 27) o sobre la flora (1968 I: 221). Es también su intención rectificar los datos aportados por Humboldt con el fin de presentar una guía que pueda ser de utilidad para futuros viajeros (habla de los precios de los productos y servicios, describe los trámites para conseguir un pasaporte, se refiere al tipo de alimento que se puede comer o se debe llevar para la travesía por las zonas poco pobladas, como el chocolate, o destaca la necesidad de proveerse de una hamaca).

El apoyo de Duane a la causa independentista motiva una posición en cierto modo tolerante (aunque también contradictoria) con relación a la nueva república, actitud que lo lleva a defender costumbres que sabe que para su público norteamericano o europeo podrían resultar reprensibles. Refiriéndose al hábito de no vestir a los niños, por ejemplo, cita una máxima de Swift (“los individuos demasiado escrupulosos no suelen tener ideas muy limpias”) y señala que las personas “mojigatas”, que resienten estos hábitos, “deben abstenerse de viajar por las diversas regiones del Asia o de la América del Sur”, estableciendo así un paralelismo, una equivalencia entre esas regiones “donde nadie considera indecente la desnudez de un niño” -aunque aclara que le “parecen más adecuadas” sus propias costumbres (1968 I: 42).

Diversas descripciones de Duane acuden al “archivo orientalista”, como es el caso de la presentación de la arquitectura de La Guaira, de Caracas o de San Carlos. Para citar un par de ejemplos significativos, dice sobre las edificaciones de La Guaira que le recordaban “otros edificios similares que había podido observar muchos años antes en diferentes regiones del Asia” (1968 I: 19), y sobre San Carlos que las “cúpulas y campanarios de sus iglesias ofrecían un aspecto tan oriental y pintoresco que no podía dejar de pensarse en una pagoda oriental” (1968 I: 216). Esta aparición repentina de una pagoda en San Carlos -que no deja de sorprender a un lector actual- es sin dudas una de las muestras más elocuentes de ese deseo de orientalizar lo que se describe, de forzarlo a ser Oriente.

Duane justifica la asociación entre Venezuela y Asia por sus viajes anteriores. Cuando se encuentra en San Carlos, por ejemplo, tiene que convencerse a sí mismo de que no es víctima de un espejismo, de que no ha visto esos parajes anteriormente:

… todo aquel conjunto presentaba en efecto tal semejanza con el paisaje de Futtyghur en el Indostán, que por un instante vacilé en convencerme de si se trataba de ilusión o realidad […], se me hacía cuesta arriba persuadirme de que era la primera vez que visitaba aquellos parajes ( 1968 I: 216).

Al supuesto espejismo contribuyen, por supuesto, los infaltables ojos que miran al viajero a través de celosías (1968 I: 216). Este procedimiento narrativo que emplea el espejismo para justificar la asociación, no lleva, sin embargo, a sembrar dudas sobre la veracidad del narrador (no hace pensar que es simplemente víctima de un espejismo y, por tanto, su observación debe ser entendida como simple producto de una ilusión óptica), dado que parte realmente de un recuerdo que viene repentinamente a su memoria por la similitud de la arquitectura que describe con la que ha visto en sus viajes anteriores por Asia.

A pesar de que no duda en calificar de asiática la cultura que describe, o mejor, de orientalizarla, matiza constantemente sus apreciaciones, como ocurre con las observaciones sobre la temperatura de La Guaira: “Mientras paseaba a la orilla de la playa, no podía evitar que acudiera a mi memoria el recuerdo de Batavia, pero La Guaira es un paraíso comparado con esta última o con Madrás” (1968 I: 28). Esta actitud vacilante, que muestra a un Duane víctima de espejismos, funciona como atenuante de los juicios que tendría la audiencia a la que se dirige: el viajero parece adelantarse a las posibles opiniones y reacciones de su público (opiniones que, por cierto, él comparte, como señala a propósito de la desnudez de los niños); de este modo logra complacer sus expectativas y a la vez ganarlo para la defensa de la causa independentista. Tal vez el mejor ejemplo de esta posición de Duane con relación al público que prefigura y que desea poner de su lado, sea la presentación de unos soldados del ejército colombiano que le piden limosna en La Guaira. Nuevamente Duane recurre a la estrategia de la ilusión que lo aparta de la realidad, al espejismo que lo lleva a ver el Oriente en tierras americanas, con el fin de mostrar de qué modo un extranjero puede ser víctima de juicios apresurados cuando viaja por un territorio que no conoce. Así, los soldados que le solicitan dinero (“¿Tiene su Excelencia la bondad de darme un real?”) le hacen recordar “una brigada de Rohillans y Patans” (1968 I: 30). La anécdota permite a Duane mostrar las semejanzas de los “soldados rasos” del ejército colombiano con los “espahíes” de Bengala o los “patans”, pero al mismo tiempo esa comparación sirve para entregar un cuadro en el que los colombianos no sólo aventajan de muchos modos a los asiáticos -éstos últimos están más interesados en la paga, en los uniformes y en las comodidades-, sino que terminan siendo superiores a los soldados de los batallones de Aníbal y Alejandro (1968 I: 33), o a los “combatientes de Maratón o de Zama” (íd) -imposible, para un lector actual, no pensar en la Venezuela heroica de Eduardo Blanco (1881). Cuando Duane les señala que no es digno de un soldado pedir limosna, uno de ellos responde que cómo le puede negar un “real” a un soldado de Colombia que tiene seis meses sin paga porque “el tesoro público ha quedado vacío para poder expulsar del país a los Godos” (1968 I: 32). El argumento convence a Duane, quien no sólo les da la limosna sino que corrige su juicio previo, aquél que lo llevó a compararlos con los soldados de la India (como es de esperar, las referencias orientalistas del norteamericano son muy vagas, pero recordemos que en el siglo XIX se hablaba del “Indostán” para referirse a lo que hoy se entiende, también muy imprecisamente, por el “Subcontinente Indio”). A pesar de que la similitud se mantiene, especialmente por las características corporales de los soldados, el análisis de la historia de Duane muestra que, a diferencia de los colombianos, los espahíes “no eran precisamente los defensores, sino los esclavizadores de su patria” (1968 I: 32). Para confirmar su apreciación sobre los soldados de la India señala que “fue la simple diferencia en la paga -de siete a ocho rupias- la causa que los hizo pasar de la bandera francesa a la británica” (1968 I: 32). Incluso, especula que “el sólo hecho de suspender la paga durante un trimestre bastaría para echar por tierra el predominio británico” (1968 I: 32). A los soldados colombianos los muestra, por el contrario,

…haciendo frente a los veteranos españoles, quienes acababan de luchar contra los primeros soldados de su tiempo, o sea los de las legiones de Francia; […] sometidos a toda suerte de privaciones y necesidades, sin zapato, ropa o paga, atravesando las solitarias llanuras y las lóbregas y temerosas cumbres del nevado Páramo de Pisba (1968 I: 33).

De este modo, los soldados colombianos pueden compararse a los guerreros del Indostán, pero un análisis más detenido muestra la superioridad de los primeros (sin eliminar la comparación), quienes luchan por motivos nobles y no por razones materiales.

Muchos de los tópicos relacionados con la participación de los llaneros en las luchas a favor de la Independencia están esbozados en esta anécdota [15]. Es más: en el relato de Duane no sólo se borra la participación de los venezolanos en las tropas realistas, sino que la famosa “guerra a muerte” se convierte en una “guerra de exterminio” supuestamente declarada por los españoles contra estos soldados:

Fueron estos hombres, y otros iguales a ellos, creados por la libertad y la revolución, a quienes se amenazó con el exterminio -amenazas que se llevaban a la práctica, cada vez que era posible, contra los infortunados cautivos- y que después de una lucha que se prolongó durante doce años, han vencido, destruido o expulsado a 43.000 veteranos españoles, que habían tratado de intimidarlos con la destrucción total (1968 I: 33).

Estas anécdotas permiten comprender cuáles eran las expectativas de muchos viajeros que recorrieron la Gran Colombia durante la década de 1820. Si bien Duane corrige su juicio previo con relación a los soldados colombianos, los espejismos muestran lo que esperaba encontrar a su llegada [16]. No en balde más adelante, cuando describe una parada de los Granaderos de la Guardia Colombiana, vuelve sobre la comparación con los espahíes (I: 180-182) [17]. Su actitud vacilante, sus oscilaciones y contradicciones, sin dudas relacionadas con su defensa de la causa independentista, muestran los problemas y temas que se discutían en ese momento sobre el futuro de la Gran Colombia, pero también los presupuestos de esas discusiones, entre los cuales se encuentra la analogía con sucesos y problemas relacionados con la expansión colonialista europea en Asia y África. De este modo, la descripción de los soldados que hace Duane parece tranquilizar el miedo a un posible cambio de bandera promovido por el descontento, dado que los batallones colombianos son solamente en apariencia parecidos a los “mercenarios” espahíes que podrían en cualquier momento “echar por tierra el predominio británico” (1968 I: 32) y un análisis más detallado del espejismo muestra los valores y virtudes de los primeros.

Para Duane el “nuevo” continente era el territorio perteneciente a la corona española hasta los movimientos independentistas -es decir, no incluye a su propio país-, un espacio que para él había permanecido aislado del resto del mundo, casi como más tarde lo serán las islas Galápagos para Darwin, si se me permite acudir también a las comparaciones. Así, cuando hace críticas de las costumbres o el estado de cosas que observa (como el hábito de fumar, tan extendido en Suramérica como en Indostán), puntualiza que “no debemos olvidar que nos encontramos en un mundo que ha estado encerrado dentro de sí mismo durante trescientos años” (1968 II: 209-210). Se trata, en fin, de “un mundo perdido” donde, como en la famosa novela de Doyle así titulada y no en vano ambientada en el territorio venezolano (para abusar de las comparaciones), pueden conseguirse restos de un mundo primitivo, prehistórico. Es el aislamiento lo que explica, según Duane, la permanencia de la arquitectura morisca o de los hábitos asiáticos, traídos por los conquistadores (1968 II: 66) y que han conseguido mantenerse intactos desde entonces -la idea según la cual los conquistadores españoles son “asiáticos”, incapaces de hacer historia, siempre atrasados y al margen de la civilización (con lo que se borra de un plumazo la importancia que tienen justamente en esa época el pensamiento ilustrado y las ideas liberales en la península), merece un trabajo aparte, pero no perdamos de vista que si bien es una imagen lógicamente común entre muchos independentistas, también puede rastrearse en Humboldt. De este modo, la orientalización de Venezuela parece responder también a razones históricas en el relato de Duane, aunque paradójicamente parta de la creencia de que no hubo historia en varios siglos -tal vez otra cita de Humboldt, por cierto, para quien sólo pueden referirse dos acontecimientos fundamentales en la historia del “nuevo” continente: la conquista y la independencia (I: 459).

El relato de Duane permite, entonces, conocer uno de los procedimientos narrativos empleados para la orientalización de Venezuela: el espejismo, que en este caso lo lleva a ver pagodas en San Carlos. Y así parezca paradójico, el espejismo no desautoriza al narrador. Hasta puede decirse lo contrario, esto es, que el espejismo lo apoya para conseguir que el referente se orientalice. En otras palabras: el mismo hecho de que Duane sea víctima de un espejismo confirma que se encuentra en un territorio oriental, o mejor: “orientalizado”, pues, además de estar justificado por el recuerdo, se trata de nada menos que de un fenómeno óptico propio de las llanuras y desiertos.

 

III. Jeques y navíos del desierto: Gaspard-Théodore Mollien llega a África.

Hacia esta misma época, el francés Gaspard-Théodore Mollien recorre la Gran Colombia y poco después publica su Viaje a la República de Colombia en 1823 (libro editado por primera vez en francés en 1824) [18]. El hecho de que el importante relato de Humboldt se refiera a una época anterior a las guerras de independencia forma parte de las razones que abiertamente reconoce Mollien para justificar la presentación de su volumen y, no faltaba más, la asociación con los países africanos y las predicciones que se derivan de esa comparación. Aunque la cita es extensa, voy a permitirme transcribirla en su totalidad:

El solo hecho de que el barón de Humboldt hubiera recorrido, en los primeros años de este siglo, la mayor parte de las provincias de Colombia que yo visité en 1823, constituiría de por sí una razón poderosa para no publicar la descripción de esas regiones. Pero por otra parte, teniendo en cuenta que aquel ilustre sabio viajó por ellas en una época en que el carácter político del pueblo no podía todavía manifestarse con la energía propia de una nación libre por estar aún bajo la dominación española, no se puede negar que la revolución llevada a cabo en el lapso que media entre ambos viajes merece por sí sola que se informe acerca de ella con algún detalle. El estado material del país y los usos y costumbres de sus habitantes habían hecho pensar, durante mucho tiempo, que una revolución política nunca podría llevarse a cabo en esas regiones. Era, pues, de sumo interés saber en qué modo y hasta qué punto un pueblo que en gran parte habita en medio de sociedades tan espantosas como las de África había proclamado y hecho suyos unos principios políticos que parecían serle del todo extraños.

Éstos fueron los motivos que me determinaron a ordenar las notas que recogí en mi viaje (2004) [19].

De modo que para Mollien las expectativas del público europeo con relación a la independencia de los países hispanoamericanos justifican su escrito: se esperaba (eso es lo que supone el viajero francés) que estos países, tan parecidos a los africanos, tuvieran grandes dificultades en su intento independentista y en su pretensión de adoptar “principios políticos” ajenos (seguramente republicanos). La asociación entre el “nuevo” continente y los territorios de África permiten presentar al público europeo no español un territorio que supuestamente había permanecido aislado, casi congelado a la espera de nuevos descubridores y, por eso mismo, desconocido (nuevamente un “mundo perdido”). Las descripciones de los llaneros se valen de comparaciones con los gauchos (Mollien no indica los libros que le sirven de fuente), razón por la cual, por ejemplo, cuando habla del lazo que usan los llaneros, señala: “En las pampas de Buenos Aires otros hombres parecidos a éstos se sirven de unas correas largas en cuyas puntas ponen unas bolas de hierro; arma terrible que raras veces falla” (íd.). La idea de “aclimatar” el camello que propone Humboldt (III: 133-135) para facilitar el transporte en las tierras americanas se convierte, en el trabajo de Mollien, en un asunto de alarma, pues ese animal en manos de los negros “salvajes”, alimentados con plátanos y animados por un “licor embriagador inagotable en los troncos de las palmeras”, puede transformarse en un “navío del desierto” capaz de poner en jaque a la “población pacífica, agrícola e industriosa” (íd.). Así, el aparentemente inocente divertimento de Humboldt es convertido por Mollien en una futura y al mismo tiempo repetida amenaza:

De modo que ese nuevo pueblo de beduinos que se supone habita en los llanos, si tuviese a su disposición los elementos que favorecen las costumbres nómadas, como son el camello, el caballo, grandes rebaños y el banano, tal vez renovara contra Santafé de Bogotá, Caracas y en general contra todas las ciudades, incursiones a que la induciría la esperanza del pillaje. Tal vez entonces en los caminos de Caracas, infestados por los bandoleros, no habría seguridad sino comprándola como se hace para ir a La Meca (íd.).

Llama la atención que Mollien olvide en este pasaje que los llanos proveían de caballos y ganado a los bandos enfrentados durante las guerras de independencia y que todavía lo hacían cuando él recorre el territorio de la Gran Colombia ¿Debe sorprender que Mollien utilice, como Humboldt, el subjuntivo y no mencione el hecho de que esos elementos (con excepción del camello) ya están presentes en el territorio que describe? El error contrasta, además, con otro pasaje en el que se refiere a los llaneros, especialmente cuando dice que sus “aficiones son montar a caballo, cazar, guerrear” (íd.).

Aunque Mollien no explica por qué dice que estos otros “beduinos” podrían renovar sus asaltos contra las ciudades, es posible pensar que se refiere a diversos episodios de las guerras de independencia (volveré sobre este problema). Por otra parte, el supuesto desprecio de los llaneros por las poblaciones pacíficas forma parte de la descripción que los convierte en árabes y se presenta como un supuesto que no admite discusión:

Claro está que estos nuevos árabes desprecian a las gentes pacíficas e indolentes de la cordillera. La civilización se les antoja una flaqueza que designan con todos los diminutivos de la lengua española. Los habitantes de los Andes, para ellos no son gente valiente ni fuerte; no son más que unos “blanquillas” (íd.).

Uno de los pasajes del relato de Mollien que produjo más controversias en el momento de su edición fue la descripción de José Antonio Páez [20]:

Un kan de Tartaria, un jeque árabe es quien infirió los golpes más fuertes a la monarquía española en América, el mulato Páez al frente de algunos miles de sus salvajes lanceros, derrotó con frecuencia los escuadrones disciplinados, y en particular a los húsares de Fernando VII. Este hombre, a quien hubiera sido fácil desempeñar en el Orinoco el papel de Artigas en el Plata, permanece fiel a Bolívar ganado por sus maneras dables y por su generosidad (íd.) [21].

Como puede seguirse en la cita, los términos que sirven para insertar la comparación con los árabes y tártaros no aparecen en la descripción: Páez es, y no sólo parece, un “kan de Tartaria” y un “jeque árabe”. Por otra parte, la alusión a Artigas no sólo vuelve a introducir la equivalencia entre gauchos y llaneros, sino que apunta nuevamente a un temor: la inestable fidelidad de Páez, quien podría traicionar a Bolívar en cualquier momento. Incluso, para Mollien, ya el “mulato Páez” se ha convertido en el jefe de un grupo de “salvajes lanceros” que sólo reconocen las habilidades de otros guerreros y se rinden ante el poder del más fuerte:

Páez ostenta un gran lujo y afecta una cierta cortesía. A pesar de esa vanidad natural en un salvaje; lleva la misma vida que sus soldados. Cuando está entre ellos, su mesa, sus juegos y sus distracciones son los suyos; nadie monta mejor que él a caballo ni maneja la lanza con mayor destreza, ni ataca al enemigo con mayor coraje. Por esta razón es todo poderoso con sus soldados, quienes, dóciles con un jefe que da el ejemplo del valor, obedecen sus órdenes con la sumisión del esclavo (íd.).

Mollien señala, además, sobre el jefe de los llaneros que su “fortuna se ha aumentado con pingües gratificaciones; de ese modo se sustrajo a España un hombre que habiéndola servido durante mucho tiempo se constituyó después en el terror de sus tropas” (íd.). De hecho, el retrato hace pensar en el de los espahíes de Duane, esto es, en una posible traición motivada por meras razones económicas. Más allá de la evidente hostilidad de Mollien, quiero mostrar cómo la diferencia que destaca Duane entre los espahíes y los soldados colombianos (recordemos que los primeros se distinguen de los segundos debido a que venden sus servicios al mejor postor) en este relato no aparece: Páez ha cambiado (y cambiaría otra vez de bando si recibe una buena gratificación). De esta manera se comprende mejor el espejismo de Duane y su vuelta a la realidad: las comparaciones con los árabes o con los tártaros eran un aspecto central del debate que se estaba dando con relación al futuro de la causa independentista de la Gran Colombia y las apuestas parecían favorables a aquellos que predecían más convulsiones y guerras o el establecimiento de un gobierno despótico como consecuencia de la presencia de una cultura pastora tan parecida a las asiáticas.

Por lo demás, los cuadros del relato de Mollien parecen responder a las expectativas del amplio público europeo que Humboldt prevé, pues si Páez es un jeque y los soldados son lanceros salvajes, los “indios bravos” son caníbales que organizan festines con sus víctimas:

No sin ser feroces, atacan a sus enemigos por sorpresa, y cuando cae alguno de éstos en sus manos se lo comen. El origen de esos festines horripilantes tal vez haya que buscarlo en el hambre que esas tribus debieron de padecer cuando por primera vez bajaron a estas regiones inmensas (íd.).

No debe sorprender, entonces. el éxito conseguido por el libro de Mollien: tuvo dos ediciones en francés en dos años, fue traducido al inglés en 1825 y poco después al alemán, al italiano, al holandés y al sueco [22].

 

IV. La orientalización de Venezuela: retórica y política.

Para mediados de la década de 1820, en la Venezuela que describen los relatos de Duane y Mollien, las pagodas y los rasgos asiáticos de las poblaciones son el escenario de las correrías de personajes que recuerdan una y otra vez a los beduinos, jeques, espahíes o tártaros [23]. He intentado mostrar cómo estas asociaciones se relacionan con las expectativas de la audiencia que prefiguran los viajeros, así como con las discusiones y vaticinios que se hacían en Europa y en los Estados Unidos sobre el futuro de la Gran Colombia. La importancia de las narraciones de los viajeros que recorrieron el territorio inmediatamente después y tras los pasos de Humboldt no puede menospreciarse, pues sin duda sirvieron para la construcción de las propias representaciones que elaboraron por esas mismas fechas, y aun después, los propios venezolanos [24]. Para referirme a un texto de mediados de siglo particularmente importante, las explicaciones que en 1841 presenta Rafael María Baralt en el Resumen de la historia de Venezuela -texto fundamental en la historiografía venezolana- indican que este “comparatismo de escritorio” jugó un papel decisivo en la elaboración de la propia imagen, pues será el núcleo de las descripciones que dibujan el pretendido “carácter nacional”. No es una mera coincidencia que Baralt señale sobre los llaneros en el capítulo dedicado justamente al “carácter nacional”: “Mucho diferían de ellos [de los habitantes de las costas y de los de los bosques] los de las llanuras, que en el país decían por esto llaneros; hombres cuyas costumbres y carácter por una singularidad curiosa, eran y son tártaras y árabes más que americanas o europeas” (1939 I: 461) [25]. Como puede seguirse, los espejismos, las especulaciones y las comparaciones se han transformado en una “singularidad curiosa”, esto es, en un hecho que ya no muestra su origen especulativo o comparativo. En otro pasaje Baralt intenta atenuar el juicio que hace sobre los llaneros pero, al igual que Duane con relación a los espahíes, no para borrar el símil del que parte sino para mostrar una supuesta superioridad del llanero:

…injustamente se le ha comparado en todo a los beduinos. El llanero jamás hace traición […] ni carece de fe y honor como aquellos bandidos del desierto […]. Igualmente diestros, valerosos y sobrios que las razas nómadas del África, aman como ellas el botín y la guerra, pero no asesinan cobardemente al rendido, a menos que la necesidad de las represalias o la ferocidad de algún caudillo no les haga un deber de la crueldad. Tres sentimientos principales dominan en su carácter: desprecio por los hombres que no pueden entregarse a los mismos ejercicios y método de vida, superstición y desconfianza (1939 I: 462).

No pretendo detenerme en esta oportunidad en las páginas del libro de Baralt, lo cito sólo para mostrar la fortuna de estas especulaciones y comparaciones, la manera en que la cultura venezolana se apropió de la orientalización (con seguridad tenida por prestigiosa y autorizada gracias al libro de Humboldt) para transformarla en un discurso sobre lo que define su “carácter nacional”. Se trata, sin dudas, de un texto que podríamos llamar con Mary Louise Pratt “auto-etnográfico”, en la medida en que se elabora a partir de un diálogo con los escritos europeos y se dirige “tanto a los lectores metropolitanos como a los sectores ilustrados del grupo social del emisor” (1997: 28) [26].

Para cerrar estas notas, quiero llamar la atención sobre otro problema que creo determinante en esta “orientalización” de la Venezuela de la segunda década del siglo XIX. Me refiero al hecho de que Humboldt distingue una particularidad del territorio venezolano que se manifiesta a través de la distribución homogénea en la geografía de los tres tipos de sociedades que supuestamente se suceden en la historia de la civilización humana, esto es, los pueblos cazadores (los indios errantes de los bosques), los pastores (los llaneros nómadas de las sabanas) y los agrícolas (los descendientes de los españoles asentados en las cordilleras de las costas), como ya he señalado. En este panorama, las costas son el espacio que ocupan en ese vasto territorio los descendientes de los españoles; con ellos no sólo se ha establecido una sociedad agrícola sino que ésta se ha alimentado de un amplio intercambio con las naciones europeas a través de las fáciles relaciones que se dan con las otras colonias que se encuentran en esa suerte de Mediterráneo en miniatura que es para Humboldt el “Mar de las Antillas” (II: 301). Podría decirse que según esta perspectiva los pueblos de las cordilleras de las costas constituyen una extensión de la cultura europea en tierras americanas que, si bien tienen características españolas, también están más expuestos al comercio con el resto de Europa. Esta situación explica que en las cordilleras, donde se encuentran los pueblos sedentarios y agricultores, prospere “el amor de la libertad y las formas republicanas” (Humboldt II: 301). El espacio intermedio lo componen los llanos, suerte de bisagra entre las costas de los civilizados y los “bosques” de los indios, como ya he dicho. Este “eslabón intermedio” es el que pone en riesgo a los pueblos civilizados de las costas: sus habitantes, los llaneros, son los “bárbaros” que “en los pueblos de raza mongola y tártara nos sorprende”, como dice Humboldt en el fragmento que cito al inicio de este trabajo [27].

La “historia de la especie humana” puede representarse o, mejor, proyectarse en el territorio venezolano a partir de una clasificación que parece formar parte del conocimiento compartido en esa época. En efecto, en la Geografía general para el uso de la juventud de Venezuela, libro de enseñanza y divulgación que recopila la información de otros textos tenidos como autorizados y que sirvió por mucho tiempo para la formación de varias generaciones gracias a sus múltiples ediciones (la primera de las cuales es de 1826) y a la labor docente de su autor, Feliciano Montenegro Colón, éste asienta en el capítulo “De los estados y las naciones” [28]:

Entre las naciones se distinguen: 1. las que se llaman civilizadas, que son aquéllas entre las cuales se observa el derecho de gentes y se cultivan las artes y ciencias; 2. bárbaras, las cuales tienen poca idea del derecho de gentes y se dan al robo y a la piratería; 3. salvajes, que son aquellas que se dedican únicamente a la caza y pesca, encarnizándose en el prisionero desarmado del modo más cruel (1833: 91).

Esta clasificación permite a su vez trazar sobre el globo los límites entre unos y otros para entregar el siguiente mapa:

Según la precedente división y la subdivisión que admite la primera, deben clasificarse los habitantes de la Tierra en la manera que sigue: civilizados, los europeos y sus descendientes; medio civilizados, los chinos, persas, japoneses, turcos y los naturales de la India; salvajes, los indios de la América que conservan su antigua independencia, los negros y los naturales de la Nueva Holanda y otras islas; bárbaros, los árabes, tártaros, moros y malayos ( 1833: 91-92).

Dentro de esta clasificación que organiza a las “naciones” en la geografía y simultáneamente en el plano temporal (ordena en el presente los diferentes estadios por los que supuestamente ha pasado la especie), los elementos parecen piezas intercambiables en la medida en que las establece como equivalentes: los malayos, tártaros y los moros son igualmente representantes de los bárbaros; los negros y los aborígenes americanos, de los salvajes. Se trata, en fin, de una clasificación que hace de la comparación entre las “naciones” un procedimiento “natural”. Es justamente dentro de este cuadro que debemos pensar el lugar que ocupa el nuevo “tipo” (estereotipo) que se formula de un modo “científico” y prestigioso debido a la escritura de Humboldt: el “llanero”, pues es un representante más de las “naciones” semicivilizadas. De este modo, el llanero puede ser reconocido por la audiencia metropolitana gracias a la clasificación previa que permite asimilarlo dentro de un cuadro conocido [29]. Ciertamente esta imagen del llanero, muy exitosa en los discursos que diseñan la nacionalidad (el “carácter nacional”), se construye a partir de un estereotipo del “archivo orientalista”, pero este mecanismo es posible por esa clasificación previa que lo hace uno más dentro de un grupo, esto es, representante de los bárbaros que “tienen poca idea del derecho de gentes y se dan al robo y a la piratería”, para seguir la fórmula divulgativa que utiliza Montenegro.

Por otra parte, la dificultad de trazar la frontera entre la civilización y la barbarie es justamente lo que atrae la mirada de Humboldt en su recorrido por el “nuevo” continente: “Más fácil es conocer la configuración de las costas bañadas por el océano que las sinuosidades de este litoral interior en el que la barbarie y la civilización, las selvas impenetrables y los terrenos cultivados, se tocan y delimitan” (II: 294). Si bien al referirse a las divisiones y subdivisiones que se hacen dentro de ese territorio siempre vasto y despoblado, Humboldt destaca que los “límites de la civilización son más difíciles de trazar que los límites políticos” (V: 113), en otros pasajes parece indicar que preguntarse por los límites de la civilización es indagar sobre la política, pero no simplemente para trazar las fronteras administrativas sino para considerar los asuntos y problemas centrales para las decisiones de gobierno. En otras palabras: son estos límites de la civilización los que deben guiar la política [30]. No es posible saber de qué modo las guerras de independencia determinaron la escritura de Humboldt (si produjeron cambios significativos con relación a su proyecto original, dados los varios años que median entre su viaje y la escritura); pero sin duda la importancia que tuvieron los llaneros tanto en las tropas de Boves durante la “Guerra a muerte”, como pocos años después en las de Páez, llevaron a Humboldt a hacer advertencias sobre el papel de los llanos en la suerte final de la nueva república:

Deseo que al designar los límites de los nuevos estados y de las subdivisiones de estos estados, no haya de qué arrepentirse alguna vez por haber perdido de vista la importancia de los Llanos y su influencia sobre la desunión de las sociedades que intereses comunes deberían acercar (V: 45).

Aunque podría pensarse que Humboldt quizá no conociera los detalles de las batallas que se daban en el territorio venezolano, debemos recordar que en el Viaje a las regiones equinocciales…, cuando se refiere a los Valles de Aragua, destaca que ha sido una zona en la que se han producido los combates más sangrientos de las guerras independentistas (III: 84), justamente aquellos en los que participó Boves con hombres provenientes de los llanos (relacionados, entonces, con el recrudecimiento de los enfrentamientos que produjo el famoso “Decreto de guerra a muerte” que promulgara Bolívar en Trujillo en 1813) [31]. Asimismo, en el Ensayo político sobre la Isla de Cuba, Humboldt indica que en Venezuela los “hombres de color libres han abrazado con calor la causa nacional”, a pesar de que antes se habían cometido actos de crueldad debido a que los realistas habían armado a los esclavos (Humboldt 1825: 449-450; la traducción es mía).

Puede pensarse entonces que la interpretación de algunos hechos importantes de la revolución venezolana pasó por la comparación de los llaneros con los “bárbaros”, para barbarizarlos y orientalizarlos, lo que determinó la manera de comprender las llanuras americanas en las primeras décadas de ese siglo, cuando Humboldt está elaborando el mapa de ese “nuevo” territorio. Que los llanos y los llaneros encarnen una posible amenaza, tanto en la conjetura de Humboldt que cito al inicio de estas notas como en su advertencia sobre los límites entre civilización y barbarie, seguramente se relaciona con la crueldad de algunos episodios importantes de esa larga guerra que también siguió el público europeo (es el caso de los sangrientos ataques a las poblaciones de las costas venezolanas, como Valencia y Caracas). Quiero decir que la analogía, que sirvió para re-conocer el “nuevo” territorio a partir de imágenes del archivo orientalista, seguramente se vio reforzada y “justificada” en esos años por las descripciones de las invasiones a las ciudades “pacíficas” de las costas venezolanas (asiento de la civilización europea, según Humboldt). Recordemos que, por esos años, el propio Bolívar distingue a los llaneros como el sector más temible entre las “hordas salvajes de África y América” que vagan por el territorio de la nueva república, sector del que se puede esperar incluso el exterminio [32]. Así, en una carta dirigida a Santander en 1821, en la que se queja de la ceguera de los letrados, señala que éstos

[…] no han echado sus miradas sobre los caribes del Orinoco, sobre los pastores del Apure, sobre los marineros de Maracaibo, sobre los bogas del Magdalena, sobre los bandidos de Patía, sobre los indómitos pastusos, sobre los guajibos de Casanare y sobre todas las hordas salvajes de África y América que, como gamos, recorren las soledades de Colombia (1985: 134).

Por ese motivo le pregunta: “¿No le parece a Vd., mi querido Santander, que esos legisladores más ignorantes que malos, y más presuntuosos que ambiciosos, nos van a conducir a la anarquía, y después a la tiranía, y siempre a la ruina?”. El mismo Bolívar responde: “Yo lo creo así, y estoy cierto de ello. De suerte que si no son los llaneros los que completan nuestro exterminio, serán los suaves filósofos de la legitimada Colombia” (íd.). Así puede verse una nueva reducción: las “hordas salvajes” americanas y africanas que vagan por el territorio de Colombia pueden representarse en una sola: por supuesto, los “llaneros”. De este modo Bolívar coincide con Humboldt, dado que también para él son los llaneros, en última instancia, el factor más importante a tener en cuenta en la política de la nueva república.

 

Notas.

[1] Como se sabe, el Viaje a las regiones equinocciales… fue publicado originalmente en francés en tres tomos; el primero es de 1814, el segundo de 1819 y el tercero de 1825. A menos que indique lo contrario, todas las citas las hago por la edición venezolana (1941-1942) y sólo indicaré el tomo del que fue tomada. Respeto la puntuación, la acentuación y la ortografía de las ediciones citadas.

[2] El fragmento dice textualmente: “Le genre humain, dans le Nouveau-Monde, n’a point éprouvé ces grands changements moreaux et politiques; parce que les steppes, quoique plus fertiles que celles de l’Asie, y sont restées sans troupeaux; parce qu’aucun des animaux qui offrent du lait en abondance n’est propre aux plaines de l’Amérique méridionale, et que, dans le développement progressif de la civilisation américaine, il a manqué ce chaînon intermédiaire qui lie les peuples chasseurs aux peuples agricoles” (Voyage…II: 169).

[3] En este sentido, el libro de Humboldt también pudo haber tenido el atractivo de informar ampliamente sobre el territorio en el que se daba una guerra importante desde el punto de vista político y económico para Europa, casi como un reportaje de guerra pero en manos de un “sabio”.

[4] Muchas de estas revistas pueden consultarse en línea en el dossier sobre “Viajes a África” del portal Gallica, creado por la Biblioteca Nacional de Francia (BNF).

[5] Dice Humboldt: “El género humano allí sólo exhibe algunos restos de hordas indígenas poco adelantadas en cultura o una uniformidad de costumbres e instituciones trasplantadas a playas extranjeras por los colonos europeos. Ahora, cuanto atañe a la historia de nuestra especie, a las formas varias de los gobiernos, a los monumentos de las artes, a esos sitios que rememoran grandes recuerdos, eso nos toca con mucho más ardor que la descripción de unas vastas soledades que no aparecen destinadas más que al desenvolvimiento de la vida vegetal y al imperio de los animales” (29). Es justamente el interés por la “historia de nuestra especie” lo que explota Humboldt en la digresión que hace en medio de la llanura citada al inicio de este trabajo.

[6] El conocido error de Sarmiento, aquel por el cual le atribuye a Head un texto de Humboldt, y el hecho de que haya pasado inadvertido por tanto tiempo, tal vez formen parte de la historia del olvido de la importancia del naturalista alemán en la construcción simbólica de la pampa y del gaucho en el siglo XIX. Llama la atención que todavía para Prieto -y a pesar de la centralidad que tiene Humboldt en su estudio- resulte sorprendente que los viajeros ingleses que describieron la zona del Río de la Plata extrapolaran las observaciones de Humboldt (Prieto 2003: 20).

[7] Dice Adolfo Prieto que Humboldt “agrega una reflexión aparentemente casual sobre la correlación entre la existencia de las estepas sin rebaños y el despotismo” (2003: 21), refiriéndose precisamente al confuso pasaje del fragmento antes citado. Como puede seguirse en la cita de Humboldt antes transcrita, la correlación es justamente entre el despotismo y las estepas con rebaños. Aunque parece un error provocado por la ambigüedad de Humboldt, por el carácter conjetural de su entretenimiento, quiero destacar los equívocos que todavía hoy produce el pasaje.

[8] Por simples razones expositivas y para los fines de este trabajo, voy a referirme a los “llanos” (venezolanos) y a las “pampas” (del Río de la Plata, pero representadas con frecuencia como “argentinas”), con el objetivo de no complicar innecesariamente la argumentación. Como siempre, la realidad es mucho más compleja: para emplear como ejemplo sólo a los llanos venezolanos, recordemos que ésta es la época de la Gran Colombia y que en la división que se hizo poco después de esta república parece que en el plano simbólico le quedó la herencia de los llanos a Venezuela, a pesar de que Colombia tiene llanuras y llaneros, muy estrechamente ligados culturalmente a los venezolanos, por cierto. Seguramente las representaciones que se elaboraron en esta época y poco después jugaron un papel decisivo en la repartición simbólica de la Gran Colombia (las figuras de Páez y sus lanceros deben haber tenido un papel determinante en este sentido). Considero que éste es uno de los capítulos más interesantes del proceso de formación de las configuraciones simbólicas asociadas a los llanos y a los relatos de identidad venezolanos, aunque desgraciadamente es uno de los que han despertado menos interés en los estudios sobre los relatos de viaje en Venezuela.

[9] Un estudio sobre las fuentes usadas por Humboldt para la elaboración de este estereotipo llevaría a una indagación que escapa a los intereses del presente trabajo.

[10] La importancia del libro de Humboldt en la “reinvención de América” ha sido revisada con mucho acierto por Mary Louise Pratt (1997). Mi intención es centrarme en los caminos textuales y simbólicos que abre el relato de Humboldt en la década de 1820 en Venezuela, relato conocido por los viajeros en su versión original en francés o en su traducción al inglés -Humboldt (1814-1826).

[11] Recordemos, al pasar, que los estudios literarios e históricos en Venezuela le han prestado muy poca atención al período de la Gran Colombia, como ocurre también con los trabajos dedicados a los viajeros que visitaron Venezuela en el siglo XIX (con frecuencia divulgativos), a pesar de que fue el momento de la primera recepción de los libros de Humboldt.

[12] Me ocuparé específicamente de los relatos del norteamericano William Duane y del francés Gaspard-Théodore Mollien. Muchos otros textos se publicaron en esa época pero estos dos ofrecen el atractivo de que sus autores fueron conocidos por las élites grancolombianas (aunque por diferentes motivos) y sus libros seguramente fueron leídos con interés -es más: el libro de Mollien fue refutado tanto en la prensa grancolombiana como en el texto de Duane. Por otra parte, las posiciones enfrentadas de estos dos autores me permitirá examinar algunos núcleos temáticos y presupuestos comunes de las discusiones que se dieron en ese momento, como es el caso de las analogías “orientalistas” que se emplean para la descripción de los llanos, los soldados o las poblaciones.

[13] Julio Ramos, como se sabe, ha advertido la importancia de la apropiación del archivo orientalista en el Facundo (1989). Sin embargo, creo que el proceso, al menos en el caso venezolano, es mucho más complejo pues no se trata simplemente de acudir a un archivo europeo disponible, sino que puede pensarse que el libro de Humboldt y los de sus continuadores también contribuyeron a su formación, a pesar de que no se referían directamente al “Oriente”. La enorme cantidad de textos de viaje que se produjo en ese siglo, especialmente en la “capital del siglo XIX”, y los procedimientos empleados para elaborarlos -como las extrapolaciones que menciona Prieto o los espejismos, como se verá más adelante- permiten suponer que las redes textuales del “capitalismo impreso” (Anderson) son mucho más complejas y menos constreñidas a los límites geopolíticos que hoy pensamos como “naturales”. Recordemos, además que las revistas de viaje que se publicaban en París en esa época prefiguraban un lector “extensivo” que pasaba de una zona de África a una americana con solo voltear la página.

[14] En la “Presentación” de la traducción del libro de Duane, Villasana se refiere al notable papel que jugó el “Círculo de Filadelfia”, al que pertenece Duane, en la orientación de la opinión pública norteamericana con relación a la independencia de los países hispanoamericanos. Muchos libros se publicaron con el fin de apoyar a los independentistas, como el famoso trabajo El triunfo de la libertad sobre el despotismo del venezolano Juan Germán Roscio (1817); las Ideas necesarias a todo pueblo americano independiente, que quiera ser libre (1821), del ecuatoriano Vicente Rocafuerte; Las ilustres americanas (1824), texto publicado anteriormente por Bello en la Biblioteca Americana; o la traducción al español de El espíritu del despotismo, que Eduardo Barry dedica en 1822 a Bolívar (Villasana 1968: xxx-xxxi). Toda esta actividad editorial, al igual que la que realizó Ackermann por esos mismos años en Londres, requiere una investigación que todavía está por hacerse.

[15] Aunque Duane no dice explícitamente que son llaneros los soldados que le piden limosna, algunos rasgos remiten a ese estereotipo, como “el cuero de res sobre el cual están acostumbrados a tenderse para dormir, cuando disponen de alguno” (1968 I: 31).

[16] Incluso, al terminar la anécdota y presentar las conclusiones, se pregunta si no ha cometido un error semejante en su descripción de La Guaira (1968 I: 33), esto es, si su cuadro no obedece a otro espejismo causado por un recuerdo de su viaje anterior. En este sentido, la cita orientalista que Ramos señala en Sarmiento (1989: 22) -no olvidemos que se introduce a través del recurso de la imaginación y el recuerdo: “la vida pastoril nos vuelve impensadamente a traer a la imaginación el recuerdo de Asia” (Sarmiento 1977: 30)-, parece una estrategia retórica de la que también se apropia Sarmiento. Es más: el recuerdo involuntario parece un tópico que permite dar coherencia y verosimilitud a la comparación, pero también reafirmar las certezas de las que parte.

[17] Dice que son “modelos excelentes para esculpir un Apolo o un Perseo” (1968 I: 182).

[18] El relato de Mollien se publicó antes que el de Duane (incluso, este último refuta al francés, como se verá), y sólo por razones expositivas me detengo primero en el de Duane. En realidad ambos viajes se realizaron hacia la misma época, como puede colegirse del hecho de que Duane comente que conoció a Mollien personalmente durante su travesía. Recordemos que pocos años antes de su visita a la Gran Colombia, Mollien hace un viaje a África, donde “descubre las fuentes de los principales ríos de Senegal, de Gambia y de Nigeria, proporcionando valiosos datos a los estudios geográficos sobre el continente africano. A su regreso a Francia en el año de 1820 publica una relación de sus experiencias, con el título de Voyage dans l'intèrieur de l'Áfrique, aux sources du Sénégal et de la Gambie” -Reyes (2004). Tal vez la escritura de ese viaje determinó de muchas maneras el modo en que Mollien describe la Gran Colombia, especialmente porque le permitió conocer las expectativas del público europeo. La Gran Colombia, específicamente la parte venezolana, que describen Duane y Mollien parece así una prolongación de sus viajes anteriores.

[19] La edición del portal de la Biblioteca Luis Ángel Arango contiene una presentación de Carlos Reyes (2004) que ofrece datos muy útiles sobre Mollien y las discusiones que produjo su libro poco después de su publicación.

[20] Martin-Maillefer, otro viajero francés que recorre la Gran Colombia poco después, lo rebate en sus juicios sobre Páez: “Ignoro con qué autoridad lo han llamado algunos viajeros ‘el mulato Páez’. Es más blanco que muchos españoles y provenzales, y nada hay en su fisonomía que anuncie origen africano. En todo caso antes sería mestizo que mulato; pero ¿qué importa eso en verdad? Cuando se tiene la nobleza del alma ¿qué significan la de los pergaminos de la piel?” (1954: 94). No tengo tiempo para detenerme en esta oportunidad en la descripción que hace Mollien de Bolívar; basta con transcribir el comentario que hace este último en una carta a Santander: “Lo que dice de mi es vago, falso e injusto. Vago porque no asigna mi capacidad; falso porque me atribuye un desprendimiento que no tengo; e injusto porque no es cierto que mi educación fuese descuidada, puesto que mi madre y mis tutores hicieron cuanto fue posible porque yo aprendiese: me buscaron maestro de primer orden en su país. Robinson, que usted conoce, fue mi maestro de primeras letras y gramática; de bellas letras y geografía nuestro famoso Bello; se puso una Academia de Matemáticas, sólo para mí, por el padre Andújar, que estimó mucho el Barón de Humboldt. Después me enviaron a Europa a continuar mis matemáticas en la Academia de San Fernando; y aprendí los idiomas extranjeros con maestros selectos de Madrid, todo bajo la dirección del Marqués de Uztáriz en cuya casa vivía. Todavía muy niño, quizá sin poder aprender, se me dieron lecciones de esgrima, de baile y equitación. Ciertamente que no aprendí ni la filosofía de Aristóteles ni los Códigos del crimen y del error, pero puede ser que Mr. Mollien no haya estudiado tanto como yo a Locke, Condillac, Buffon, Dalembert, Helvetius, Montesquieu, Mably, Filangieri, Lalande, Rousseau, Voltaire y todos los clásicos de la antigüedad, así filósofos, historiadores, oradores y poetas; y todos los clásicos modernos de España, Francia, Italia y gran parte de los ingleses. Todo esto lo digo muy confidencialmente para que no crea que su pobre Presidente ha recibido tan mala educación como dice Mr. Mollien […]” (en Bruni Celli: 1998).

[21] Las opiniones de Mollien fueron discutidas en La Gaceta de Colombia poco tiempo después de la publicación de su libro. Por ejemplo, con mucha ironía dicen los redactores que deben “dar gracias a Mollien todos los generales y jefes del Ejército libertador por el buen concepto que le han merecido. Es una fortuna haber creado una República, sin entender lo que era Independencia y Libertad” -en Reyes (2004). Asimismo, destacan que “Mr. Mollien afecta siempre presentar el estado de la República de Colombia bajo un punto de vista poco favorable: él sospecha de la moderación de Bolívar, y de los sentimientos republicanos del pueblo. Según su opinión, todo es precario en aquella República y las Instituciones no tienen garantía alguna para su estabilidad” (íd.). Su mirada hostil con relación a la cultura que describe también motivó comentarios irónicos de Duane, quien dice que lo conoció durante el viaje y lo leyó mientras terminaba de escribir su propio relato. En efecto, Mollien carga las tintas en sus descripciones (es por este motivo que el retrato de Páez y de los llaneros permite mostrar cómo exagera precisamente los rasgos que el norteamericano intenta atenuar).

[22] Los datos de las ediciones pueden consultarse en el portal Venezuela en 5 siglos de imprenta de Bruni Celli (1998).

[23] Beatriz González Stephan destaca que Sir Robert Ker Porter (diplomático de Gran Bretaña en Venezuela) mostró por esos años en Leicester Square (Londres) el “primer panorama del valle de Caracas desde el río Catuche” y comenta: “El panorama del Valle de Caracas no difería de los paisajes de Marruecos y de Kabul […] la desolación general lo terminaba de asimilar a las zonas desérticas del planeta” (2006: 269).

[24] No es casual, entonces, que las descripciones de Mollien hagan pensar en Rómulo Gallegos o en Vallenilla Lanz, a pesar del tiempo que media entre estos autores: una larga cadena de textos, de muy diversos géneros, que dialogan directa o indirectamente con el libro de Humboldt se escribieron en esos años.

[25] Aunque no es la intención de este trabajo señalar las coincidencias con el Facundo de Sarmiento, quiero destacar nuevamente que, en esta red textual que se teje a partir del relato de Humboldt en Venezuela, el pretendido “carácter nacional” es un núcleo alrededor del cual proliferan las analogías orientalistas. Las fechas de publicación de los libros de Baralt (1841) y de Sarmiento (1845) no dejan dudas sobre la importancia de estas analogías en la construcción de los relatos identitarios que elaboraron las élites en ambos países hacia mediados de siglo.

[26] Entre los autores que cita Baralt se encuentran Humboldt, por supuesto, y Voltaire, específicamente el Ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las naciones.

[27] Es por este motivo que Humboldt indica que la “parte del población de la costa que refluye anualmente hacia los Llanos, para fijarse en los hatos de ganado […] da un paso de retroceso en la civilización” (V: 51).

[28] Cito por la edición de 1833, en la que aparece la siguiente advertencia: “Las siguientes lecciones de Geografía, sacadas de los mejores autores e impresas en La Habana en 1826 a instancia de varios padres de familia, se reimprimen ahora mejoradas y ordenadas por capítulos, escritos al alcance de todos, para el uso y entretenimiento de la juventud venezolana de ambos sexos” (1933: 9). Esta edición la dedica Montenegro a José Antonio Páez, para ese momento presidente de Venezuela, convertido así en el jefe de una nueva “tribu” (ahora con pretensiones de ilustrada), y, por tanto, defensor de la instrucción y las leyes: “y es Vuestra Excelencia, que se declaró protector de su impresión, la persona a quien me atrevo a dirigirla, para que mis compatriotas la reciban del jefe cuyo ilustre nombre se adquiere cada día nuevos títulos de consideración, por su respeto a las leyes, y por la prudencia acertada con que procura conservar la tranquilidad de un Estado, donde desgraciadamente habían principiado a fijarse las convulsiones y partidos, que casi han hecho desaparecer hasta los elementos de otras hermosas regiones de la América” (1933: 5).

[29] Richard Bache, quien hizo con Duane el viaje a la Gran Colombia, compara a Páez y a sus tropas con otros bárbaros “orientalizados”, otros nómadas “asiáticos”: los “cosacos rusos”, pues “al igual que éstos, no deben el éxito de sus acometidas a los ataques en masa, sino a cargas dadas separadamente por dos o tres jinetes, basados solamente en su destreza y valentía, así como en el hábil manejo de la cabalgadura, de la lanza, y en el ejemplo del jefe” (1982: 134). Las observaciones de Bache y de Duane seguramente ofrecían el interés de que eran hechas por militares norteamericanos.

[30] Dice Humboldt textualmente: “Podríase objetar que en otras partes de la América española y portuguesa, dondequiera que pueda seguirse el desarrollo progresivo de la civilización, hallamos reunidas las tres edades de la sociedad; pero hay que observar, y esta observación es muy importante para los que quieren conocer a fondo el estado político de las diversas colonias, que la disposición de las tres zonas, la de los bosques, la de los pastos y la de las tierras labradas, no es igual dondequiera, y que en ninguna es tan regular como en el país de Venezuela. Mucho dista de ser lo cierto que sea siempre de la costa hacia el interior que van disminuyendo la población, la industria comercial y la cultura intelectual” (II: 298). Es, entonces, la “disposición”, la manera en que se distribuyen estas zonas y los límites entre ellas el aspecto crucial a considerar a la hora de hacer un balance sobre la situación política de Venezuela.

[31] Acusar de “bárbaro” al contrario fue una de las estrategias retóricas más comunes durante las guerras independentistas (y cuando se producen polarizaciones radicales, como es el caso de la Venezuela actual). El arzobispo Coll y Pratt, por ejemplo, cuando se refiere a la entrada en Caracas de las tropas de Bolívar, dice: “Sus columnas se derramaron por todas partes, y con estas irrupciones semejantes a las de los Lombardos, Suevos, Hunos, y demás bárbaros del Norte, hicieron callar inmediatamente a todos los pueblos a vista del nuevo Atila” (1960: 255). El propio Bolívar es un “bárbaro caudillo” (1960: 259) que se convierte en el único jefe de una república errante, sin asiento fijo, y que ejerce el poder del mismo modo en que lo hace Boves para el bando contrario: “Simón Bolívar en calidad de enviado por el Congreso de la Nueva Granada, no dependía en Venezuela de nadie, él solo era la fingida república; reconcentró los poderes legislativo, ejecutivo y judicial por cuya separación tanto se había antes disputado; creóse tres Secretarios […]; y por medio de esta Corte ambulante que le seguía a todos los lugares, disponía a su arbitrio los diversos ramos de la administración pública. Su voluntad imperiosa era la ley irrefrenable; la fuerza, el medio de ejecutarla, y la muerte la primera pena que se imponía contra los infractores” (1960: 256).

[32] Carlos Altamirano menciona a Bolívar, específicamente su famoso “Discurso de Angostura”, con el fin de mostrar que las élites hispanoamericanas usaron con frecuencia la analogía orientalista para referirse al régimen colonial (identificado con el despotismo), aunque no tuviese “la función interpretativa” que le otorga Sarmiento. Quiero añadir que hace falta una investigación que dé cuenta de la importancia del concepto de despotismo en el pensamiento de los impulsores de la independencia venezolana, esto es, los letrados de la Primera República, justamente la que fue tildada de “aérea” por Bolívar debido a que se inspiraba en laudables principios republicanos pero no acordes con el medio venezolano. Entre las muchas lecturas de estos letrados se encontraba, por supuesto, Montesquieu, a quien el mismo Bolívar señala entre los autores que leyó durante sus años de formación, como ya señalé con anterioridad. Incluso, en la “Carta de Jamaica” de 1815, cita a Montesquieu y plantea esa relación entre las autoridades coloniales y los “bajaes, kanes y sátrapas” de Persia y Turquía que menciona Altamirano a propósito del “Discurso de Angostura”.

 

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Paulette Silva Beauregard. Profesora Titular del Departamento de Lengua y Literatura de la Universidad Simón Bolívar (Caracas). Licenciada en Letras de la Universidad Central de Venezuela (1986), Magíster en Literatura Latinoamericana de la Universidad Simón Bolívar (1991) y Doctora en Letras de la misma Universidad (1999). Ha publicado Una vasta morada de enmascarados. Poesía, cultura y modernización en Venezuela a finales del siglo XIX (Caracas: Fundación La Casa de Bello, 1993); De médicos, idilios y otras historias. Relatos sentimentales y diagnósticos de fin de siglo, 1880-1910 (Bogotá, Convenio Andrés Bello, 2000); Las tramas de los lectores. Estrategias de la modernización cultural en Venezuela (Caracas: Fundación para la Cultura Urbana, 2008); además de diversos artículos en libros y revistas especializadas. Obtuvo el premio "Pensamiento Latinoamericano" (2000) del Convenio Andrés Bello y el premio Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana del 2007. Es directora de Estudios. Revista de Investigaciones Literarias y Culturales (de la Universidad Simón Bolívar).

 

© Paulette Silva Beauregard 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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