La Raquel de García de la Huerta y el motín de Esquilache

Miguel Soler

Universidad de Cádiz
miguel.solergallo@alum.uca.es


 

   
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Resumen: La Raquel de Vicente García de la Huerta (como toda obra literaria) se realizó bajo un contexto concreto: la España del absolutismo ilustrado. No pretendo convertir a la Raquel en una simple transposición escénica del motín de 1766, pero sí demostrar cómo su verdadero sentido queda puesto en evidencia si se la reinserta en las circunstancias que rodearon su nacimiento: la coyuntura política de los primeros años del reinado de Carlos III.
Palabras clave: Vicente García de la Huerta, Raquel, Tragedia Neoclásica, Teatro español, Esquilache.

Abstract: The Raquel of Vicente Garcia de la Huerta was conducted under a specific context: the Spain of enlightened absolutism. I do not intend to convert to Raquel in a simple transposition of staging the mutiny 1766, but it does demonstrate its true meaning is revealed when the reinserts into the circumstances surrounding his birth: the political conjuncture of the early years of the reign of Charles III.

 

El 23 de marzo de 1766, en plena Semana Santa, miles de personas se amotinaron en Madrid pidiendo la destitución del marqués de Esquilache como ministro. Veinticuatro horas después, un atemorizado Carlos III aceptaba todas las peticiones de los insurrectos y promulgaba un indulto general, para acabar huyendo esa misma noche a Aranjuez. Para explicar este escandaloso levantamiento, el grueso de la historiografía nos ha ofrecido la imagen de un levantamiento popular planificado por ciertos sectores de las clases privilegiadas, los cuales estaban descontentos con las reformas emprendidas por el gabinete del mejor alcalde de Madrid. No obstante, no se ha encontrado ninguna fuente que pruebe de manera inequívoca la existencia de una conspiración elitista. Con todo, me propongo analizar el motín de 1766 como un levantamiento esencialmente plebeyo, cuya autoría solo puede ser atribuida a quienes vivían de su salario en unas condiciones miserables, aunque hayan tesis conspirativas que defiendan que hubo otros motivos de esta sublevación, como podría ser la destitución del ministro extranjero Esquilache por parte de ciertos grupos nobiliarios, entre los cuales destacaba el denominado partido ensenadista, la Compañía de Jesús, la burguesía o la legación diplomática francesa en la corte de Madrid. No obstante, no hay que prescindir de factores como el fracaso de España en la Guerra de los Siete Años, la elevación de los precios de los productos alimenticios provocada por la inflación y una serie de malas cosechas, así como los elevados impuestos exigidos por Esquilache para financiar la Guerra de Carlos III y sus propias reformas. Este objetivo irá enlazado a estudiar las repercusiones que tuvieron los tumultos de Madrid en la literatura de la época, en concreto a través de la obra teatral de Vicente García de la Huerta, titulada, Raquel. Para ello, partiré del hecho de que Raquel (como toda obra literaria) se realizó bajo un contexto concreto: la España del absolutismo ilustrado. No pretendo, ni podría, convertir a la Raquel en una simple transposición escénica del motín, pero sí, como trataré de demostrar, su verdadero sentido queda puesto en evidencia si se la reinserta en las circunstancias que rodearon su nacimiento: la coyuntura política de los primeros años del reinado de Carlos III y, sobre todo, la crisis de marzo de 1766.

Como punto de partida empezaré a comentar, muy someramente, cuál era el contexto que produjo el levantamiento durante la Semana Santa de 1976. La situación poco a poco se venía haciendo insostenible para el pueblo de Madrid, fundamentalmente por el hambre y la miseria que se cegaba prácticamente con todo el pueblo llano. A este respecto, si a los pobres censados añadimos los inmigrantes que todos los años llegaban a Madrid, una buena parte de la población femenina e infantil y los trabajadores eventuales, resultaría que en 1751 la mitad de sus vecinos ya no pagaba impuestos directos, vivía -quienes podían- de un salario y estaba cerca de la pobreza. [1] Tal situación no era novedosa, pues hacia tiempo que Madrid se había convertido en un pueblo de pobres. Las razones por las cuales unos venían a la corte y otros se quedaban en ella eran muy similares: al ser el centro residencial por antonomasia de las clases privilegiadas y la burocracia real, las expectativas de encontrar un trabajo honrado eran muy superiores a las que podían tener en el resto de ciudades castellanas. [2] Éste es, muy someramente, el ambiente que se respiraba en Madrid. Si queremos realizar una interpretación más correcta de la evidencia histórica, no sólo debemos conformarnos con la información que acerca del motín nos suministran numerosas fuentes documentales, sino también que previamente analicemos la difícil coyuntura que a partir de 1760 iba a padecer Madrid y el papel que en la misma desempeñó el marqués de Esquilache. En diciembre de 1759 Carlos III regresaba a Madrid para tomar posesión del trono que su hermano Fernando VI había dejado vacante al morir sin descendencia. Como era costumbre en la Casa Real española, la entrada no se produjo hasta mediados del año siguiente a fin de poder engalanar los espacios más emblemáticos de la Villa y de la Corte para que ofrecieran un espectáculo en consonancia con la grandeza de su nuevo monarca; el coste de dicha ceremonia ascendió a 1.235.599 reales de vellón, los cuales fueron sufragados en su mayor parte por el ayuntamiento madrileño. [3] Así pues, desde los mismísimos inicios del nuevo reinado, los madrileños sintieron en sus propios bolsillos la presencia de Carlos III, un fenómeno que se agudizaría como consecuencia de las disposiciones que en breve empezaría a promulgar su equipo de gobierno encabezado por el marqués de Esquilache. En efecto, aunque nada más acceder al trono el soberano confirmó a casi todos los secretarios de Despacho que habían servido a Fernando VI, vino de Nápoles acompañado por su favorito: don Leopoldo Di Gregorio marqués de Squillace. [4] Nada más llegar a España fue nombrado ministro de Hacienda en 1759 y cuatro años después, tras la ocupación británica de La Habana y Manila durante la Guerra de los Siete Años, secretario de Despacho de Guerra. Simultáneamente, fue presidente de la Junta de Comercio, Monedas y Minas, de la encargada del Tabaco, gerente de Rentas, Fábricas y Cecas, y secretario de la Casa de la reina. Y además, hasta 1765, en que tomó posesión de su cargo Roda, ejerció interinamente la Secretaría de Gracia y Justicia, al tiempo que su nombre sonaba para la de Indias con anterioridad al de Arriaga. [5] Esquilache, aunque jamás llegó a concentrar en sus manos todas las riendas del poder, las dos carteras que simultaneaba le convertían en la piedra angular del gobierno de Carlos III, pues desde ellas se podían acometer las reformas necesarias para incrementar los recursos financieros de la Corona. A comienzos de la década de los sesenta, el soberano y su favorito deciden acometer un ambicioso plan para transformar Madrid en una de las cortes más limpias y seguras de Occidente. Algunos de sus decretos agravaron el malestar del pueblo llano: las mejoras realizadas en el alcantarillado y en el empedrado de las calles provocaron el encarecimiento de los alquileres; el alumbrado nocturno para facilitar la lucha contra la delincuencia supuso la subida del aceite y el agotamiento de las velas de sebo, motivo por el cual muchos hogares humildes se quedaron a oscuras. A este endurecimiento de las condiciones de vida se sumó el incremento de la presión fiscal, pues las intervenciones urbanísticas, la construcción de edificios monumentales y las bodas y ceremonias reales se financiaron con nuevas contribuciones, indefectiblemente pagadas por los pequeños consumidores y artesanos.

Lo hasta aquí expuesto, con ser irritante, habría tenido un calado social menor si no se hubiese producido en medio de una de las peores crisis de subsistencia de la centuria. Durante los primeros meses de 1766, el precio del pan se dobló y, como quiera que en Madrid eran muchos los trabajadores que ganaban cuatro reales diarios, con dicho jornal solo podían adquirir tres panes: este sí era un problema grave que no pudo ser mitigado importando trigo del Báltico, Nápoles y Sicilia, ni a través de la liberalización del comercio de granos, pues la entrada en vigor de dicha medida se pospuso en la capital por motivos de seguridad pública, lo que de hecho acentuó la escasez y fomentó todavía más la especulación.

En suma, Esquilache cometió el error de promover una costosa política de modernización de la villa y Corte en un momento inoportuno, pues el aumento de los tributos que la misma ocasionó fue trasladado a unos contribuyentes sobre los cuales planeaba el fantasma del hambre.

Es en este delicado contexto donde debemos situar la conmoción popular que acabó con la caída del favorito. A mediados de 1765, Esquilache tuvo un anuncio de posibles problemas cuando comenzaron a oírse quejas en las calles y otros políticos se mantuvieron a distancia. En cierto sentido, fue víctima de la política de guerra del monarca y del rearme de posguerra:

Como el precio del pan se ha elevado considerablemente, se han dejado sentir clamores por parte del pueblo de Madrid; y el día que la corte regresó aquí [desde El Escorial], la multitud se arremolinó en torno al carruaje de la reina, con gritos de que estaba hambrienta. Su Majestad comunicó esto al rey al día siguiente y éste envió a buscar a Esquilache, reprochándole que en cierta medida era la causa de ese disturbio; y me ha comunicado alguien que escuchó la conversación que Esquilache replicó que era imposible conciliar la guerra con los ahorros que exigía la situación económica… [6]

Finalmente, la chispa que encendió el levantamiento lo originó el decreto de Esquilache del 20 de marzo de 1766, [7] ordenando la observancia de una vieja ley que prohibía a los hombres llevar sombreros redondos y capas largas, en razón de que constituían un camuflaje para los posibles criminales. Al parecer la sublevación no fue espontánea, sino que pudo estar preparada por un reducido número de activistas anónimos. El gobierno no prestó mucha atención a este levantamiento hasta el domingo 23 de marzo por la tarde, en que estalló un tumulto de unas 6.000 personas que reunidas en la Plaza Mayor avanzaban hacia la casa de Esquilache. Por fortuna para él, estaba en viaje de regreso del campo y, mientras que la multitud saqueaba su casa, se refugió en el Palacio Real. A la mañana siguiente, 24 de marzo, una gran multitud de 20-30.000 personas acudió a la Puerta del Sol, de ahí fueron hacia el Palacio Real y se enfrentaron a los guardias valones. Allí sufrieron las primeras bajas, mientras aumentaba la tensión y la violencia, los ministros y los militares, en medio de la confusión, eran incapaces de decidir qué había que hacer y de dar un consejo claro al rey. Una serie de representantes del monarca fueron autorizados a ofrecer la reducción del precio de los alimentos y la libertad para que cada uno vistiera como quisiera, mientras se movilizaban las tropas en la región de Madrid y se enviaban sacerdotes a las calles para que instaran a la calma. En cualquier caso, la oferta no satisfizo a los rebeldes, el pueblo reivindicó la eliminación de los sujetos e instituciones que encarnaban la injusticia: el marqués de Esquilache, máximo responsable político y símbolo por excelencia del despotismo ministerial; la Junta de Abastos, un organismo central encargado del aprovisionamiento de los productos básicos que consumía Madrid, cuya gestión solo había acarreado inflación y penurias, y las Guardias Valonas, integradas por mercenarios belgas, a quienes el pueblo odiaba por haber protagonizado dos años atrás una dura carga en el Buen Retiro, en la que mataron a veintisiete personas. El rey, con sus consejeros divididos entre la represión y la conciliación, se decidió por ésta última. Apareció personalmente en el balcón del palacio mientras un fraile con un crucifijo en la mano leía los artículos en los que insistía la multitud, manifestando el rey su aprobación. Entonces, a medianoche, huyó en secreto a Aranjuez, llevando consigo a Esquilache. Una vez allí, decidió salir a cazar.

Al día siguiente, 25 de marzo, las noticias de la huida del rey y del movimiento de las tropas enfurecieron al pueblo, que se movilizaron de nuevo, tomaron armas y ocuparon las calles y gritaban: “¡Viva el Rey, muera Esquilache!”. También las mujeres se unieron a la multitud, con antorchas encendidas. Emisarios rebeldes fueron enviados a Aranjuez, añadiendo dos nuevas premisas a las ya presentadas: que el rey regresara a Madrid y que se otorgara un perdón general. Volvieron con una carta del monarca que fue leída el 26 de marzo en la Plaza Mayor, en la que prometía cumplir lo que había sido reclamado. Aquella noche todo estuvo tranquilo, los habitantes de Madrid devolvieron las armas, estrecharon las manos a los soldados y se fueron a casa como si nada hubiese sucedido.

El motín de Esquilache conmocionó el orden establecido y terminó dando un fuerte impulso a las reformas que se venían desarrollando desde el advenimiento de la dinastía borbónica. Una vez superado el desconcierto inicial que creó la victoria en toda regla del pueblo llano, las autoridades emprendieron una serie de investigaciones destinadas a esclarecer sus raíces y poco tiempo después estas arrojaron unos resultados contundentes: todo apuntaba hacia una autoría y organización populares. Un análisis de la lista de heridos revela que el motín de Madrid estuvo protagonizado por sujetos que constituían un excelente corte transversal de su población trabajadora, algo que -por lo demás- concuerda con la extracción social de quienes protagonizaron las principales revueltas urbanas acaecidas en la Europa del siglo XVIII.

Como no podía ser de otra manera en el ambiente cultural del momento se reflejaba estos importantes hechos históricos, esto es lo que ocurre con la tragedia de García de la Huerta: Raquel. Como dijimos al principio, no se trata de una simple transposición, sino que en ella se recoge una serie de planteamientos que ya estaban en los ambientes políticos de la nobleza española desde mucho antes del levantamiento popular. Para ello, García de la Huerta, toma como escenario de su crítica una leyenda nacional que se remonta a finales del siglo XIII, la del tormentoso romance entre Alfonso VIII y una hermosa judía llamada Raquel, lo cual no dejaba de ser una de las características de la tragedia neoclásica como era la de plasmar un hecho histórico camuflado en algún episodio del pasado heroico español para aleccionar al pueblo en lo que se conocía como “escuela de costumbres”.

El crítico René Andioc [8] considera la tragedia como una obra fuertemente politizada, en la que se reflejan las tensiones sociales que desembocaron en el llamado motín de Esquilache. Asimismo, nos dice que hay una condena del absolutismo, encabezada por el verdadero héroe de la obra que es Hernán García, vasallo auténticamente leal y justo que se enfrenta a Garcerán Manrique en el que la aceptación del poder es incondicional. Hernán García es partidario de un régimen aristocrático y antiabsolutista que será el que triunfe a la postre.

Raquel fue estrenada en Madrid en diciembre de 1778, aunque se representó por primera vez en Orán el 22 de enero de 1772. Ahora bien, el autor anónimo de un proyecto de reforma teatral dirigido al corregidor Antonio de Armona unos años después del estreno de la tragedia en Madrid, afirma que

“La Raquel de nuestro García de la Huerta, cuio mérito hará en nuestra península eterna su memoria, sabemos de su boca que le mereció seis años de incesante desvelo…” [9]

Si estas palabras constituyen un testimonio fidedigno la tragedia empezó por lo tanto a redactarse en 1766, año del motín. Sea lo que fuese, la posible aunque poco cierta anterioridad de Raquel con relación al motín no impide observar la correspondencia casi total que ofrecen las ideas políticas expresadas por los ricoshombres de Toledo con las que profesan las proclamas de Madrid durante los disturbios de marzo del 66.

Las ideas expuestas por García de la Huerta, poco amigo del absolutismo borbónico, se enfrentan, pues, a los intereses del conde de Aranda y el grupo ilustrado. Se dice que de ahí para representarla tuviera que cortar más de 700 versos.

Raquel representa un grupo social que se ha apoderado ilegalmente del mando: “intruso poder” lo llama el ricohombre en la jornada primera, [10] o, refiriéndose a la hebrea, “privanza”. [11] La misma Raquel, en un momento de desesperación y arrepentimiento, exclama:

“Tomen ejemplo en mí los ambiciosos,
y en mis temores el sobervio advierta
que quien se eleva sobre su fortuna
por su desdicha y por su mal se eleva.” [12]

Estos versos ponen de manifiesto la incompatibilidad entre el humilde origen y la elevación a un puesto de gobierno. Además, el clima que predominó en la época de Carlos III fue un sentimiento xenófobo, explotado por el pensamiento de que los males económicos, la ruina de la institución monárquica, la suplantación del poder real y todo tipo de desgracia son consecuencia de la existencia de un gobierno regido por extranjeros. No se acusa al rey, sino al advenedizo foráneo Leopoldo de Gregorio, marqués de Squillace. En Raquel, el autor presenta una monarquía arruinada y sin prestigio en donde el poder real ha sido traspasado a una advenediza que no sólo es judía, sino que además actúa despóticamente. Esto permitía la utilización demagógica de la xenofobia, esto es la oposición vasallo oprimido - extranjero colmado de favores, se encuentra adaptada a Raquel en la tragedia de Huerta.

Uno de los textos más difundidos durante el motín de Esquilache es la siguiente décima:

Yo, el gran Leopoldo primero
marqués de Esquilache augusto,
a España rijo a mi gusto
y a su rey Carlos tercero.
Entre todos me prefiero,
ni lo consulto ni lo informo,
al que obra bien lo reformo,
a los pueblos aniquilo,
y el buen Carlos, mi pupilo,
dice a todo: me conformo.

Esta sátira refleja la visión de la “opinión pública” sobre la dejación del poder por parte del rey en manos de su favorito. Se insiste en que este último ejerce un dominio absoluto sobre el monarca, lo cual permite que la figura real quede absuelta de cualquier crítica directa. La semejanza de esta situación histórica con lo sucedido en la tragedia es fácil de establecer. Recordemos que Raquel, una advenediza judía, llega a ocupar el trono a instancias del propio Alfonso VIII. Veámoslo en el siguiente fragmento:

Yo soy Raquel; Raquel, la que no ha mucho
insultasteis soberbios y atrevidos.
Raquel soy, ¿qué dudáis?, a quien Alfonso
substituye en un mando, a quien él mismo
en su solio Real ha colocado,
con quien ya sus vasallos más leales
tributan los obsequios más rendidos,
soy quien traidores castigar pretende;
quien del rigor esgrimirá los filos
en cuellos alevosos; quien alfombras
hará a sus pies de espíritus altivos
y será con asombros y rigores,
de audacias escarmiento y exterminio. [13]

Durante los sucesos de 1766 existió una contraseña invariable que bajo diversas formas contraponía lo español a lo extranjero, al rey a Esquilache, el buen gobierno de los españoles al malo de los italianos. Esto ocurre también en la Raquel, veremos que al comienza se contrapone el pasado casi mítico de Alfonso VIII con la caótica situación que refleja la tragedia al llegar Raquel. Cuando los nobles-españoles y el rey se sentían unidos en el gobierno todo era esplendor, pero cuando el monarca abandona su poder en manos de una judía extranjera, dejando a los nobles, el reino se convierte en un caos total. Por tanto, tanto en los sucesos de Madrid de 1766 como en la obra se contrapone lo español a lo extranjero:

Toda júbilo es hoy la gran Toledo:
el popular aplauso y alegría
unidos al magnífico aparato
las victorias de Alfonso solemnizan.
Hoy se cumplen diez años que triunfante
le vio volver el Tajo a sus orillas,
después de haber las del Jordán bañado
con la Persiana sangre y con la Egipcia,
segundo Godofredo, cuya espada
de celestial impulso dirigida,
al cuello amenazó del Saladino,
tirano pertinaz de Palestina,
cuando el poder, y esfuerzo Castellano
cobró en Jerusalén la joya rica
del Sepulcro de Cristo, con desdoro
del Francés Lusiñán antes perdida;
y hoy también hace siete, que postrado
el orgullo feroz de la Morisma,
le aclamaron las Navas de Tolosa
por sus proezas Marte de Castilla,
y ofreciendo los bárbaros pendones
por tapetes del Templo de María,
perpetuó de la hazaña la memoria
con la celebridad hoy repetida.
En confuso tropel el Pueblo corre
por volver a su Monarca, que este día
dejándose gozar de sus Vasallos,
hacer mayor la fiesta determina. [14]

Por otra parte, las reivindicaciones de los rebeldes de la tragedia con concuerdan con las de los amotinados del 66. Las causas económicas de la sublevación popular, que comentamos en nuestra primera parte son conocidas: escasez de las cosechas y alza del precio del pan y de varios productos de primera necesidad; y el peso financiero de las innovaciones urbanísticas de Madrid recayó sobre el público de la villa. Pero Huerta no alude apenas a las reivindicaciones de los castellanos en la tragedia, es decir, indudablemente, del pueblo toledano según se infiere por los versos que declaman al empezar la jornada 3ª:

“… y pues se advierte tanta indiferencia
en los nobles, la hazaña que a otros toca
de la abatida plebe empresa sea.” [15]

Otro aspecto importante que ocurrió en la monarquía española en tiempos del motín fue la quiebra de la alianza entre la monarquía y la nobleza a favor de un advenedizo. Esta parece ser la tesis que defienden algunos críticos como causa de la sublevación popular, los amotinados madrileños, hábilmente manipulados por determinados sectores de la nobleza y el clero, pusieron de manifiesto este peligro para el rey. En la Raquel las voces amenazantes que vienen desde fuera, la presencia acechante del pueblo alrededor del alcázar de Toledo, es un aviso para recalcar la necesidad de respetar una alianza que, en el plano histórico, se había quebrado al buscar Carlos III sus gobernantes entre sectores no necesariamente vinculados a los nobles españoles, como era el caso de Esquilache. Una de las consignas más repetidas por los amotinados era “Viva el rey, muera Esquilache”, en Raquel es: “¡Muera Raquel, para que Alfonso viva!”. Aguilar Piñal [16] ve la tragedia como “una apología de la aristocracia y una implícita condena de la clase burguesa que estaba suplantando aquélla en el ejercicio del poder”. Este pudo ser el motivo de la buena acogida de la obra por la nobleza, hasta el punto de que se representara privadamente en algunos salones aristocráticos de la corte.

Otra similitud la encontramos en el momento de la sublevación: Los Castellanos de la tragedia se sublevan mientras Alfonso está entregado al “placer de la caza”, [17] al igual que Carlos III, ocupado el día del motín en la misma diversión en la Casa de Campo.

En la Raquel todos los personajes están caracterizados ideológicamente en correspondencia con los primeros años del reinado de Carlos III. El triunfo de Hernán García de Castro en la última jornada subraya la ejemplaridad de la doctrina que se defiende en la tragedia. Alfonso renuncia a vengarse, y el perdón que concede a sus vasallos equivale a una aprobación implícita del homicidio que acaban de cometer. [18] No sólo reconoce la lealtad de Hernán García, sino que la misma Raquel, antes de expirar confiesa: “Sólo Hernando es leal”. [19]

El desenlace de Raquel es el triunfo de la monarquía tal y como lo concibe Hernán García (= el mismo autor): una concepción de tipo aristocrático y antiabsolutista.

Es evidente, pues, que con lo apuntado se comprende que la obra de Vicente García de la Huerta responde al mismo ambiente histórico que el motín de 1766. El autor planteó en su tragedia temas como el de la relación nobleza-monarquía y la responsabilidad del poder, lo hizo respondiendo a unas coordenadas históricas muy concretas: las de una nobleza molesta con el devenir de un reinado que produjo cierta desconfianza por inclinarse hacia los principios del absolutismo.

 

NOTAS

[1] Datos extraídos de López García, J. M. (dir.): El impacto de la corte en Castilla. Madrid y su territorio en la época moderna, EUROCIT/Siglo XXI, Madrid, 1998, págs. 436-439.

[2] López García, J. M., El motín contra Esquilache. Crisis y protesta popular en el Madrid del siglo XVIII, Madrid, Alianza Editorial, 2006, págs. 69-79. El autor desarrolla ampliamente la causa de la pobreza como consecuencia del levantamiento popular, establece la década de 1730 como inicio de la crisis, no sólo alimenticia, sino que, por extensión de esto, desembocó en enfermedades, homicidios, robos…, que de manera laberíntica conllevaría a los levantamientos que analizamos.

[3] Debido a la gran cantidad de fuentes que se pueden consultar para resumir la llegada al trono de Carlos III, me he basado fundamentalmente en los siguientes estudios para realizar estas anotaciones: Aguilar Piñal, F: La España del absolutismo ilustrado, Madrid, Espasa Calpe, 2005, págs. 36- 61; Lynch, J.: Historia de España, Siglo XVIII, Barcelona, Crítica, 1987, págs. 223-235 y López García, J. M.: El motín contra Esquilache. Crisis y protesta popular en el Madrid del siglo XVIII, ed. cit, págs. 85-95.

[4] No me detendré en resumir su biografía por considerarlo que se alejaría de mi objetivo de estudio, pero una reconstrucción detallada de sus orígenes y biografía lo podemos encontrar en Andrés-Gallego, J.: El motín de Esquilache, América y Europa, Fundación MAPFRE Tavera /CSIC, Madrid, 2003, págs. 295-303 y 665-678.

[5] López García, J. M.: El motín contra Esquilache. Crisis y protesta popular en el Madrid del siglo XVIII, op. cit, pág. 86.

[6] En este fragmento se aprecia muy bien como el pueblo se subleva contra el gobierno al ver que los precios de los alimentos habían subido considerablemente. El mismo está tomado de Lynch, J., op. cit., pág. 235.

[7] Para más información se puede consultar Lynch, J., op.cit., págs. 235-241, y López García, J. M.: El motín contra Esquilache. Crisis y protesta popular en el Madrid del siglo XVIII, op.cit., págs. 86- 95.

[8] Andioc, R.: “La Raquel de García de la Huerta y el antiabsolutismo”, en Historia y crítica de la Literatura Española, coord. por Francisco Rico, Vol. 4, Tomo I, (Ilustración y Romanticismo), coord. por José Miguel Caso Martínez, Barcelona, Crítica, 1983, págs. 288-294.

[9] Lo cito de la edición hecha para Castalia por René Andioc de la Raquel, pág. 20.

[10] Todas las alusiones que a partir de ahora expongo que se refieren a la Raquel están extraídas de García de la Huerta, V.: Raquel, ed. de René Andioc, Madrid, Clásicos Castalia, 2001. Las mismas estarán señaladas con los datos identificados como Jorn. o jornada correspondiente y V. o versos donde se encuentran según la edición utilizada. Asimismo, los textos están transcritos siguiendo los criterios de edición que utiliza René Andioc para su edición de Castalia.

[11] Jorn. 1ª, v. 125.

[12] Jorn. 3ª, v. 298-301.

[13] Jorn. 2ª, v. 722-735.

[14] Jorn. 1ª, v. 1-34.

[15] V. 30-32. Asimismo, al oír los clamores de los Castellanos en la Jorn 3ª (v. 376-377), comenta Manrique: “Voces del pueblo son alborotado”.

[16] Aguilar Piñal, F.: “Las primeras representaciones de la Raquel de García de la Huerta”, en Revista de Literatura, XXXI, 1967, págs. 133-135

[17] Jorn. 3ª, v. 278.

[18] Recordemos que Raquel es asesinada pagando así su ascenso por encima de lo que le correspondía, en el plano histórico Esquilache fue desterrado a Nápoles, aunque unos años después se lo rehabilitó: en 1772 fue nombrado embajador en Venecia, cargo que ocupó hasta su muerte en esa ciudad, en 1785..

[19] Jorn. 3ª, v. 698.

 

BIBLIOGRAFÍA

Aguilar Piñal, F.: “Las primeras representaciones de la Raquel de García de la Huerta”, en Revista de Literatura, XXXI, 1967.

____________ La España del absolutismo ilustrado, Madrid, Espasa Calpe, 2005.

Andioc, R.: “La Raquel de García de la Huerta y el antiabsolutismo”, en Historia y crítica de la Literatura Española, coord. por Francisco Rico, Vol. 4, Tomo I, (Ilustración y Romanticismo), coord. por José Miguel Caso Martínez, Barcelona, Crítica, 1983

Andrés-Gallego, J.: El motín de Esquilache, América y Europa, Fundación MAPFRE Tavera /CSIC, Madrid, 2003.

García de la Huerta, V.: Raquel, ed. de René Andioc, Madrid, Clásicos Castalia, 2001.

López García, J. M. (dir.): El impacto de la corte en Castilla. Madrid y su territorio en la época moderna, EUROCIT/Siglo XXI, Madrid, 1998.

López García, J. M.: El motín contra Esquilache. Crisis y protesta popular en el Madrid del siglo XVIII, Madrid, Alianza Editorial, 2006.

Lynch, J.: Historia de España, Siglo XVIII, Barcelona, Crítica, 1987.

 

© Miguel Soler 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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