La pérdida de la identidad en El rostro ajeno de Kôbô Abe

Orlando Betancor

Universidad de La Laguna


 

   
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Resumen: Esta obra muestra un viaje sin retorno por el intrincado laberinto de la mente de un científico, que ha sufrido un terrible accidente de laboratorio, y cuyo rostro ha quedado desfigurado por profundas cicatrices. El protagonista emprende la tarea de construir una nueva cara, una máscara perfecta, que sea capaz de acabar con los sentimientos de frustración y profundo dolor que abruman su alma. Esta novela es una alegoría existencial sobre la naturaleza humana. Analiza aspectos como la pérdida de la identidad, el desarraigo y el aislamiento del individuo en el mundo contemporáneo.
Palabras clave: Kôbô Abe, narrativa japonesa, identidad, aislamiento, desarraigo

 

La novela El rostro ajeno (Tanin no kao) fue escrita por el escritor y dramaturgo japonés Kôbô Abe en 1964. Este relato, escrito en primera persona, aborda temas como la identidad, la incomunicación, la alienación y el desarraigo del individuo en el seno de la sociedad contemporánea. En el texto es evidente la influencia de la narrativa de Franz Kafka, referente constante en la obra de este autor, y de la estética del movimiento surrealista. Este monólogo desgarrador está dirigido a una mujer, la esposa del protagonista, a la que éste ha convocado en un desconocido apartamento. Allí encuentra sobre una mesa tres cuadernos junto con una carta de su marido. Estas cuartillas, escritas en apretada escritura, siguen el orden de los colores de su portada: el negro, el blanco y el gris. En ellas se relatan los oscuros pensamientos de un hombre, herido en lo más profundo de su espíritu, que narra su dolor en un recorrido en busca de su propia identidad. El protagonista, jefe de un centro de investigación dedicado a la química molecular, sufre un terrible accidente cuando experimentaba en su laboratorio con oxígeno líquido. Las visibles consecuencias son unas horribles cicatrices en su rostro, calificadas por él mismo como un “nido de sanguijuelas”, que oculta de la vista de los demás mediante unas vendas que sólo permiten distinguir los ojos y la boca. Este personaje transita por una realidad atormentada y claustrofóbica, en un clima de permanente alucinación, mientras intenta exteriorizar sus sentimientos de impotencia, rabia y profundo rencor. Vive encerrado tras una barrera de silencio, recluido en su infinita soledad, a la que nada puede poner remedio. Su cara desfigurada le ha condenado al ostracismo social y a la incomunicación con sus semejantes. Se escuda en su coraza y se obsesiona con la idea de encontrar un nuevo rostro que le permita recuperar su identidad, su autoestima y el amor de su esposa que cree perdido. El protagonista hace responsable a la sociedad de su desgracia al rechazarlo como a un paria, sometido a la vergüenza pública: “Yo, sin duda alguna, ante esos prejuicios del mundo en que vivimos, por los que alguien que carece de cara se ve privado igualmente de los derechos civiles elementales, tenía un firme sentimiento de odio, y un ánimo desafiante, y sentía bullir un obvio afán de venganza”. A consecuencia del accidente, el científico se ve a sí mismo como un ser monstruoso, un intruso en un paraíso de asfalto, que esconde su deformidad bajo los vendajes. Su propio rostro le recuerda la imagen de los monstruos enmascarados de los dibujos que salen en la televisión o en los tebeos: “¿Y no sería que, por aquel entonces, yo me estaba convirtiendo en un monstruo? Ese advenedizo que trepaba por mi espina dorsal erizando sus garras afiladas, sembrando escalofríos como una sierra eléctrica, ¿no sería en realidad el espíritu de un monstruo? Seguro que sí. No hay duda de que por aquellas fechas yo me estaba convirtiendo en un monstruo”.

En esta obra el rostro es considerado como un puente de comunicación entre los seres humanos, un pasadizo que le permita al protagonista escapar del inmenso vacío existencial en el que se encuentra. En una de sus páginas, uno de los personajes se muestra convencido de que en la piel reside el alma del ser humano. Así, este científico, que se siente rechazado socialmente por su apariencia, pone todo su empeño en construir una cara artificial que oculte sus cicatrices, fuente de su dolor y su vergüenza, y proporcione sosiego a su alma atormentada. Necesita una prótesis que le devuelva un aspecto humano y concibe en su mente la idea de crear una máscara de resina sintética que sea susceptible de movimiento y dotada de expresión: “En el supuesto -naturalmente- de que bajo la máscara no existiera como una realidad ese nido queloideo de sanguijuelas, la máscara de por sí también reporta la ventaja de una cierta comodidad. Si se considera como un progreso de la civilización el hecho de cubrirnos la piel con vestidos, nadie puede asegurar que en el futuro no se vayan a dar las máscaras como costumbre comúnmente admitida. En realidad, hasta el momento presente se han venido usando a menudo con ocasión de celebrar ritos y festivales importantes”. La máscara es concebida como la única vía para recuperar la seguridad en sí mismo que perdió tras el accidente. El científico trabaja con diferentes materiales para crear un prototipo. Ante la imposibilidad de hacer una réplica de sus facciones por las profundas marcas de sus cicatrices, decide buscar a un desconocido, un “donante”, al que paga por cederle los rasgos de su cara. Luego, realiza un molde con el esmero de un escultor y perfila las facciones con la pericia de un cirujano plástico para crear un rostro ajeno. Esta segunda piel tiene la ventaja de que le permite mirar a los demás sin ser visto. Además, para dotar de perfecta expresión a su prótesis utiliza unas fórmulas matemáticas que le permiten obtener diferentes gestos faciales, tales como la curiosidad, la perplejidad, la satisfacción, la tristeza, el enfado, etc., conforme a una serie de variables. Esta máscara ejerce su propia voluntad sobre el protagonista que experimenta, desde el momento en que la porta por primera vez, un extraño sentimiento de vacío. Define a la máscara, su inquietante creación, como “(...) una cobertura opaca que oculta mi individualidad”. Este objeto, que actúa como si tuviera vida autónoma, posee su propia identidad. Su presencia se aloja en su inconsciente y gana terreno constantemente para imponer sus deseos. Poco a poco, se va infiltrando en la mente del científico, destruyendo sus más puros pensamientos y convirtiéndolo en su rehén. En este espacio kafkiano y surrealista, este artificio externo convierte en realidad los ocultos sentimientos de este hombre. Así, este clima de alucinación se ve favorecido por el uso de somníferos y tranquilizantes por parte del científico.

A lo largo de la novela, el autor muestra la lucha interna entre el propio yo del protagonista y su alter ego, su tenebroso adversario. En esta singular contienda, contemplamos el enfrentamiento entre el científico y su férreo oponente, calificado en el libro como su “hermano menor”, por conquistar el afecto de su propia esposa. En este duelo por conseguir el amor de una dama, las dos personalidades que habitan en la mente del protagonista preparan sus armas cuidadosamente y establecen sus estrategias de combate. Este antagonismo entre su verdadero yo y su rival imaginario se observa claramente en el siguiente párrafo: ”Yo estaba empezando a aborrecer la máscara y a sentir un odio encendido por ella, al apreciar de nuevo que sus rasgos evocaban enteramente el rostro de un extraño: esa barba crecida, ese modo de vestir tan afectado, esas gafas de sol siempre puestas..., el rostro arquetípico de un cazador, en suma”. Esta metáfora existencial analiza el significado de la máscara a través de su naturaleza sagrada, su fascinante misterio y su simbolismo eterno. Además, este artificio ha estado presente desde el comienzo de la humanidad en todo tipo de representaciones artísticas y en la tradición japonesa la encontramos en la singular belleza de las máscaras de teatro Nô, a las que el autor hace referencia en este libro. La obra es una profunda reflexión sobre la extraordinaria importancia del rostro como imagen social, en una sociedad como la actual, entendido éste como espejo del alma y signo inequívoco de una individualidad. Una cara que nos diferencia de los demás y que con sus múltiples expresiones y gestos proporciona nuestra identidad. Asimismo, el protagonista plantea una utópica visión de una nueva sociedad de ciudadanos enmascarados y los hipotéticos cambios sociales y políticos que su implantación traerá consigo. En este mundo futuro cada individuo portaría su máscara y desaparecería el concepto de personalidad.

La mujer del protagonista, esposa sufrida y abnegada, destinataria de este desesperado relato, con la que lleva ocho años de matrimonio, es su oscuro objeto de deseo. Tras el accidente, se levanta una pared, un muro de hielo entre los dos miembros de la pareja: “También aquel día tú me saludaste con la discreta atención con que lo hacías siempre, y sobre todo con tu discreta compasión. Luego seguía ese silencio invariable que se nos había hecho habitual”. Al rechazar la mujer el contacto físico con su marido, se acrecientan los sentimientos de dolor y frustración de éste. Ella, llena de bondad, acepta su destino voluntariamente y se convierte en testigo silencioso de su dolor. El deseo de este hombre va creciendo en su interior y traza un plan para recuperar la pasión perdida. Busca satisfacer sus apetencias y gozar nuevamente del placer. Su objetivo es conseguir que la máscara seduzca a su esposa y, de esta forma, volver a ganar su afecto. Crea un peculiar triángulo amoroso, en el que uno de los actores interpreta un doble papel en esta farsa, para lograr acabar con las resistencias de su esposa que cae en la compleja tela de araña que ha tendido ante ella.

Al final de la obra, la esposa termina de leer los cuadernos, convertidos en un diario íntimo con anotaciones, y le escribe una misiva a su marido. Cuando éste llega al apartamento señalado, su mujer ya ha abandonado el lugar y descubre con sorpresa que ésta ha estado al corriente desde un principio de su ficción. Ella reconoció a su esposo detrás de su disfraz inmediatamente y se prestó a interpretar su papel de amante, como una consumada actriz en esta elaborada mascarada, como prueba de su amor. Finge que se siente atraída por la máscara, en este romance clandestino, para satisfacer los deseos de su esposo: “De modo que, si bien tu comportamiento aparecía un tanto vergonzoso, yo empecé a verlo como una delicada y gentil invitación a la danza. Y luego, a medida que yo observaba cómo tú -tan serio en tu papel que me dejabas atónita- seguías adelante haciéndote la víctima engañada, mi corazón empezó a sentirse cada vez más lleno de gratitud. Así es cómo me reconcilié con la idea de seguir dócilmente tras tus pasos, y a tu manera”. En este momento, la mujer se siente tremendamente herida en lo más profundo de su alma. En su carta de despedida, llena de dolor, ésta le recrimina las incalificables palabras dirigidas hacia ella por haber cedido a los deseos sexuales de la máscara, le reprocha su egoísmo y su absoluta frialdad.

Esta novela es una velada referencia a la obra La Metamorfosis de su admirado Kafka. Asimismo, dentro de esta apariencia de lo monstruoso, el autor menciona, en una de sus páginas, al personaje de Frankenstein de Mary Shelley. Igualmente, en esta galería de seres extraños, se observa un paralelismo entre este hombre y el protagonista, cubierto con vendas y gafas oscuras, de la obra El hombre invisible de H. G. Wells, pues en el caso del personaje de Abe desea convertirse en un “ser transparente”. También, la figura del científico que sufre un desdoblamiento de su personalidad nos retrotrae a la imagen del personaje principal de la obra de R. L. Stevenson El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. En esta visión sobre la deformidad, el autor cita la película El perfil del amor estableciendo una similitud entre la joven, cuyo lado derecho del rostro ha quedado desfigurado por efecto de las radiaciones de la bomba atómica de Hiroshima, y el protagonista de este libro. En esta obra, situada a medio camino entre el suspense y la ficción policíaca, Abe muestra su mirada de entomólogo, como también se observa en otras de sus novelas como La mujer de la arena, pues hay una constante mención al mundo de los insectos y a su metamorfosis, como se observa en estas líneas: “Recuerdo que por esos días mi corazón lanzaba al vuelo el canto de la cigarra, como si acariciara por primera vez el presentimiento de una crisálida que esperase emerger en forma alada de su capullo”. Otro elemento destacable en este texto es la imagen del laberinto, ampliamente presente en la narrativa de este autor, que hace referencia a la opresiva realidad contemporánea que intenta aplastar la voluntad del ser humano y le encierra en bastiones de incomunicación. Esta alegoría representa el aislamiento en que vive el protagonista, sometido a la presión de una sociedad que lo denigra y lo sumerge en el abismo de la soledad. Del mismo modo, la alienación del individuo, dentro del mundo actual, uno de los temas fundamentales en la obra de Abe, se observa claramente en esta novela. Este hombre sin rostro se siente aprisionado en medio de las gentes como si fuera un miembro perteneciente a una secta herética. Además, el protagonista define a los demás mortales simplemente como “los otros” que rechazan su deformidad. Este científico experimenta terror ante el bullicio de la gran urbe y se siente perdido en medio de las multitudes: “Por más que toda aquella gente pudiera definirse como una muchedumbre cargada de zozobra ante un domingo que tocaba a su fin, en cuanto aquello se integraba como masa compacta de personas, sus caras se entrecruzaban en cadena, a modo de amebas que se tendieran mutuamente sus pseudópodos, hasta el punto de no dejarme a la vista ningún hueco por donde pudiera introducirme”. También encontramos en este libro la vinculación eterna entre el amor y la muerte que está constantemente presente en la mente del protagonista: “(...) así el sexo, visto en la escala humana de valores, no es otra cosa que una lucha frente a la muerte”. El surrealismo, influencia destacada en la obra de este autor, aparece en este texto a través de deslumbrantes metáforas como éstas: “Sobre la punta de mis dedos aún destellaba, como un minúsculo fuego fatuo, esa ardiente sensación de contacto con la intimidad de tus muslos, que se me antojaban espolvoreados de alabastro” y “Aquella máscara, como en respuesta a mi mirada, de pronto alzó significativamente su faz. Y, tal cual si me estuviera esperando, difundió por todo el rostro una sonrisa desbordante”.

En este viaje por los aspectos más sombríos del alma humana, hemos contemplado las angustias, frustraciones y temores de un hombre en su recorrido por su particular infierno. Igualmente resuena en este texto el eco lejano de una obra de teatro, cuyos personajes representan un drama, reflejo de un mundo convulsionado, sobre un escenario en medio de una curiosa farsa de máscaras. Asimismo, a través de los estrechos pasillos de este complejo laberinto, el autor nos ha conducido por los pensamientos de un hombre atormentado que desea desesperadamente recuperar el amor perdido, su lugar en la sociedad y su identidad como ser humano.

Esta novela fue llevada al cine en 1966 por el director japonés Hiroshi Teshigahara (1927-2001), con guión del propio Abe y con música del compositor Tôru Takemitsu. El rostro ajeno fue la tercera colaboración de Kôbô Abe con este aclamado cineasta. Esta película está interpretada por Tatsuya Nakadai, Machiko Kyô, Mikijiro Hira, Kyôko Kishida y Eiji Okada, estos dos últimos habían sido los protagonistas del famoso largometraje La mujer de la arena, la historia de un profesor de escuela, entomólogo aficionado, que es retenido contra su voluntad en una extraña comunidad costera, filmada en 1964 por Teshigahara, y que recibió el Gran Premio Especial del Jurado del Festival de Cannes.

Kôbô Abe, seudónimo de Kimifusa Abe, nació en Tokio el 7 de marzo de 1924, pero pronto su familia se trasladó a Mukden (actual Shenyang, Manchuria), donde su padre daba clases en el Colegio Médico Imperial. En su juventud mostró interés, entre otros aspectos, por la entomología y la obra de Franz Kafka, Dostoievski, Rainer Maria Rilke, F. Nietzsche, M. Heidegger, Jaspers, Edgar Allan Poe y Lewis Carroll. En 1941 regresa a Japón y se matriculó en la Facultad de Medicina de la Universidad Imperial de Tokio, pero vuelve nuevamente a Manchuria para esperar el final de la Segunda Guerra Mundial, momento en que es repatriado. Finaliza su carrera en 1948, pero nunca llegó a ejercer esta profesión, dedicándose por entero a la literatura. Ese mismo año ingresa en el grupo literario “Yoru no kai” (La Sociedad Nocturna), dirigido por Kiyoteru Hanada. Posteriormente se convertiría en discípulo de Jun Ishikawa. Tras una etapa como dramaturgo marxista, definió un estilo propio donde muestra un universo surrealista y absurdo, habitado por personajes alienados atrapados en situaciones claustrofóbicas, dotado de múltiples elementos simbólicos. Su primera publicación, una colección de poemas editada por él mismo, fue Poemas de un poeta desconocido. Después, en 1948, le seguirá La señal de tráfico al final de la calle, que fue bien recibida por la crítica, y en 1951 recibió el galardón literario más importante de Japón, el Premio Akutagawa, por su novela corta La pared o el crimen del señor Karuma. En 1959 publica Edad de hielo 4 que trata sobre las catástrofes ecológicas. Luego, destacarían obras como La mujer de la arena (1962), su libro más conocido y con el que obtuvo el Premio Yomiuri y el reconocimiento internacional a su narrativa, El rostro ajeno, El mapa quemado (1967), El hombre caja (1973), Encuentro secreto (1977) y El Arca Sakura (1984). En 1990 aparece la primera colección de sus cuentos en traducción inglesa, titulada Más allá de la curva. Asimismo, realizó guiones cinematográficos de varias de sus novelas que fueron llevadas al cine por Hiroshi Teshigahara. Kôbô Abe mantuvo su propia compañía de teatro en Tokio, formando a los actores utilizando sus propios métodos de interpretación. Además, realizaba la labor de director de la misma y escribía regularmente un par de obras al año para su estudio teatral. Entre éstas destacan piezas como Vosotros también sois culpables (1964) o Amigos (1967), que fue estrenada en Estados Unidos y Francia. Igualmente, realizó trabajos para la televisión y otros medios de comunicación. El autor falleció en Tokio a causa de una hemorragia cerebral el 22 de enero de 1993.

Los temas recurrentes en la obra de este escritor, una de las figuras más importantes de la literatura japonesa posteriores a la Segunda Guerra Mundial, son: la pérdida de identidad del ser humano, la alienación, el individualismo y el desasosiego del mundo moderno. Se le ha comparado con Eugène Ionesco, Franz Kafka, Samuel Beckett por la temática que aborda y por el humor negro que se aprecia en sus textos.

 

Bibliografía:

HARDIN, Nancy S.: “An interview with Abé Kobo”, Contemporary Literature, 1974, vol. 15, n. 4, pp. 439-456.

ABE, Kôbô (1994): El rostro ajeno. Siruela, Madrid.

 

© Orlando Betancor 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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