La pérdida del paraíso.
Matrimonio y convención social en Soria Moria, de Espido Freire

Ana María Gómez-Elegido Centeno

Universidad Complutense de Madrid
anagomezelegido@hotmail.com


 

   
Localice en este documento

 

Resumen: Este artículo estudia la última novela de Espido Freire cuya escritura es un modo de expresión personal donde se indaga, entre otros aspectos, en la condición femenina. En su literatura aparecen desde su primera novela Irlanda (1998) hasta esta última de Soria Moria (2007) - XXXIX Premio de novela Ateneo de Sevilla- toda una galería de personajes y temas que revelan cuestiones, sentimientos y problemas que afectan ahora y a lo largo de los tiempos a la mujer. Aquí se analizan todos estos aspectos propios de la situación femenina en un ámbito social e histórico determinados, considerando la sensibilidad y psicología características de la mujer a través de los diversos personajes. Desde los universos en que surgen y se desarrollan la mayor parte de sus protagonistas, se van perfilando las distintas etapas de unas existencias donde se esbozan las coordenadas que arropan la formación del alma y de la identidad femenina.
Palabras clave:Espido Freire, identidad femenina, narrativa española contemporánea

 

1. El mundo femenino y el misterio de lo masculino

Con un título que evoca un universo ideal donde se proyectan las ilusiones y esperanzas de una temprana adolescencia que raya con la infancia todavía, la escritura de Espido Freire nos presenta otra vez una historia de personajes femeninos [1], herederos de una sociedad en que la mujer tiene el matrimonio como único futuro de su vida. En un marco temporal más definido que en sus anteriores obras, el desarrollo cronológico parte del año anterior al estallido de la Primera Guerra Mundial - la obra se inicia con la carta de Scott, uno de los jóvenes personajes masculinos, soldado en la contienda durante el verano de 1914-, dando datos e informaciones del momento, para terminar en 1936, periodo en que los distintos personajes ya han entrado en la etapa de madurez y definido sus vidas. El escenario no varía ya que se limita a la geografía de la isla de Tenerife, en concreto a los lugares en que la familia protagonista, los Hamilton, tienen sus casas: Fuerteventura y la Orotava. El narrador explica al principio cómo la geografía insular atraía a los viajeros ingleses con su hechizo femenino: “La isla se les ofrecía dulce, femenina y sensual, y ocultaba su desnudez y su humildad con flores, con sol, y con la promesa de más encantos, más riquezas, más placeres” (Espido 2008: p. 33) [2]. Son casi las promesas de los misterios y las artimañas que luego veremos formular a algunas de las mujeres de la novela en su objetivo de conseguir un buen partido.

La sociedad que aparece reflejada se circunscribe a la de los grupos de origen inglés de clase alta que se asentaron en esta zona española. Con tintes realistas, si bien sin dejar demasiada constancia de la importancia y fidelidad del paisaje, se pasa a relatar los avatares en la vida de las figuras femeninas de esta familia en que el peso de la autoridad y conducta materna determinará el destino de las tres hijas: Linda, Candela y Dolores. Es sobre todo esta última la que tendrá un mayor protagonismo en la obra si bien la figura directora de todo este mundo corresponde a la madre, Cecily, víctima y verdugo, al imponer a sus hijas la misma carga social que le tocó sufrir a ella misma. Cecily vive para organizar la boda de sus hijas y, sobre todo, observamos su estrategia para lograr el matrimonio de Dolores, la pequeña.

Se describe un mundo totalmente femenino, el de las mujeres de la familia Hamilton y sus amistades, y donde los hombres y sus comportamientos están subordinados e interpretados desde la perspectiva del otro sexo. Es Cecily la que adiestra a sus hijas acerca de la psicología y los modos de ser y actuar masculinos.

El primer contacto con lo masculino tiene lugar durante la estancia veraniega en la casa de la Orotava a la que se invita a las amigas de Dolores, Lucía e Isabella, al primo de Isabella, Scott, y a su amigo Thomas. Aquí ya aparece la distinta consideración en las libertades que se otorgan a chicos y chicas, señalando mundos separados incluso en su dimensión espacial:

Las chicas dormirían en el mismo piso de la casa, con sus celosías de madera abiertas al mar. A los muchachos los alojaban en la planta baja, junto a la cocina. Cecily sabía del placer de las excursiones nocturnas y furtivas, y había imaginado que los chicos querrían salir a pescar, o a vagabundear a su aire. (Espido 2008: p. 67)

Esta mayor libertad de que goza el hombre frente a la mujer hace que la misma Dolores exclame en cierto momento: “- Me gustaría ser un hombre”. (Espido 2008: p. 82).

En un mundo predominantemente femenino, los hombres de la novela, en un segundo plano, se agrupan. Así, durante la estancia en Fuerteventura el mayor Hamilton, padre de Dolores, manifiesta su satisfacción al percibir la admiración de Scott ante el relato de sus historias:

El mayor se crecía, porque le gustaba la compañía de los jóvenes, y casi nunca se le daba la oportunidad de gozar de ella. Sus yernos eran ya hombre maduros, y en su rutina diaria se encontraba envuelto en telarañas femeninas, que le agotaban e irritaban. (Espido 2008: p. 73)

Este espacio masculino es contemplado por las niñas desde fuera, como algo extraño y distante, en que está prohibido penetrar, y que por ello mismo atrae y hay que desvelar. Sólo Lucía, la amiga de la menor Hamilton, se aventura a buscar la compañía de los chicos adentrándose a este otro lado de la barrera. Ello supone un pecado de transgresión que merece la desaprobación y el castigo:

Las niñas observaban de lejos a los chicos, que se encontraban a cuatro años y toda una realidad de distancia. Despreciaban sus gustos, y soportaban de mal grado que los perrillos sin dueño que les seguían los prefirieran a ellos. A Scott y a Thomas les bastaba reírse de ellas para enfurecerlas. Lucía, en cambio, se movía con soltura entre los dos grupos, aunque no era aceptada por completo en ninguno de los dos. Las chicas apenas ocultaban su rechazo, y los chicos sólo la admitían cuando no se iban de exploración o a pescar, cuando regresaban a su parte más civilizada. (Espido 2008: p. 86)

Isabella y Dolores reprochan a Lucía este comportamiento [3] y este hecho es aprovechado para incrementar la crueldad con la que la tratan y hacerle el vacío. Esta actitud malvada de ambas niñas irá aumentando hasta desencadenar el trágico capítulo de su muerte, ahogada, enmascarado en un juego infantil por parte de Isabella, que con la connivencia de Dolores, prometen volver a introducir a Lucía en su círculo secreto y amistoso a pesar de ser conscientes del peligro de la prueba a la que la someten: buscar un anillo entre las rocas y el mar. A partir de la muerte de Lucía se acentúa la complicidad entre las dos amigas.

Lola e Isabella, tras la desaparición de Lucía, continuarán la convivencia y el trato con los muchachos en sus reuniones diarias en casa de ambas. El paso de la niñez a la adolescencia supone un cambio de actitud en el grupo de jóvenes:

Algo había cambiado desde el otoño: ellas habían dejado atrás la infancia, ellos se comportaban como caballeros. Las bromas, los tirones de pelo, la burla constante que les había ayudado a combatir el aburrimiento en Fuerteventura, habían desaparecido. Sin un acuerdo previo, se cubrían de atenciones, y rivalizaban por una delicadeza más, por un sacrificio de voluntad ofrecido a los otros. (Espido 2008: p. 109)

En esta variación de actitud hacia los chicos se cifra el origen de su conducta femenina y su abandono del mundo de la infancia. Ahora lo masculino constituye además un reto cuyos nuevos secretos hay que descifrar. Ambos mundos se encontrarán y compartirán en pie de igualdad un único espacio inventado entre todos: el de Soria Moria, un reino fantástico habitado por los chicos y las chicas, fusión de los universos masculino y femenino. Además supone la construcción y vigilancia del secreto común: “Soria Moria no podía mencionarse a nadie, bajo ningún concepto”. (Espido 2008: p. 158).

Dolores, al igual que sus amigas, despliega su feminidad y capacidad de seducción. Asimismo tenemos las intuiciones femeninas sobre el misterio de la diferencia y la atracción:

No sabían si los chicos bebían, aunque les repugnaba y les atraía esa posibilidad al mismo tiempo. En realidad, los conocían muy poco. Como varones, pertenecían a una esfera inalcanzable; ninguna de las dos tenía hermanos, y su comportamiento les suponía un enigma. Como mayores, se encontraban investidos de unos poderes que ellas solo podían soñar. Pasaban horas planeando estrategias que les permitirían extraerles sus secretos, y el fin de todas sus dudas. (Espido 2008: p. 113)

Ello siembra un mar de sentimientos inquietantes en las chicas que se ven confinadas, fuera de Soria Moria, solo a su universo femenino y a participar parcialmente del masculino, demostrando un comportamiento celoso y lleno de reproches ante el mundo mucho más abierto de los muchachos que, además de la compañía de las chicas, tienen sus propios círculos que no comparten con ellas. Es una crítica implícita a un modelo de comportamiento pasivo en el que al sujeto sólo le cabe esperar:

—Pero ya no nos prestáis atención. Parece que quisierais escaparos en cuanto entráis. ¿A dónde os marcháis con tanta prisa?

—Tenemos amigos, y también hacemos planes con ellos.

—¿De qué os quejáis? Venimos a veros cada día. (Espido 2008: p. 113)

En la novela se apunta, junto al modelo o estereotipo de la mujer honrada, fiel esposa y madre de familia, el de la mujer fatal [4] que vuelve locos hasta a los hombres más poderosos, contándose ciertas anécdotas sobre este tipo de mujeres, aquí referido al personaje real de la Bella Otero. De éstas dice Cecily: “De las mujeres malas podemos aprender mucho las honradas. Ellas nos muestran lo que se consigue sin escrúpulos, y lo que se pierde con un mal paso.” (Espido 2008: p. 62). Esta fuerza sexual que atrae a los hombres y los lleva a desempeñar un comportamiento inmoral queda difusamente apuntada en las actuaciones del padre en ciertos momentos de la novela. El indicio viene dado por un comentario del narrador acerca del sentimiento que inspira en Dolores el tipo de mujeres “malas”: “A Lola le daban miedo. Cuando el mayor se rodeaba de las tres niñas Hamilton, esas mujeres le rozaban como espuma de mar, vestidos sin corsé y pestañas infinitas, al acecho de un misterio todavía no revelado” (Espido 2008: p. 61). Después Dolores presencia escenas de discusión y reproches entre sus progenitores que parecen girar alrededor de este tema. Un primer momento es el que tiene lugar tras la muerte de Lucía cuando el mayor abandona sorpresivamente a Cecily y Dolores para marcharse a La Orotava -“¿Qué hay en la Orotava tan importante, para que te escapes con esta prisa después de un hecho así?”(Espido 2008: p. 117)- lo que desencadena una disputa de la que Dolores es testigo; un segundo momento es en el que Dolores, escondida, observa la escena en la cocina entre su madre y una joven criada embarazada del mayor, procedente de la finca familiar. Así se describe la vida licenciosa del padre y la consiguiente traición de éste a su madre, situación que además tiene que resolver Cecily - ella insiste repetidamente a sus hijas en que es la mujer la que debe de encargarse de todo en el matrimonio-:

Dolores bajó dos escalones, aferrada al pasamanos de la escalera. La puerta de la cocina se encontraba entornada y no permitía ver nada.

—No sé qué promesas te ha hecho mi marido, y no me importan lo más mínimo. Si le has creído, además de desvergonzada, eres una necia, lo que no te sitúa en buen lugar en la vida. Nos haremos cargo de ti siempre que trabajes, y que mantengas una conducta honorable. Por supuesto, toda la conducta que habrá de por vida entre Mister Hamilton y tú ha tenido ya lugar a estas alturas. Respecto al niño, si llega a nacer, en lo que a mí respecta, no tengo ningún conocimiento de él, ni le guardaré animadversión. Pasado mañana saldrás en un vapor para Fuerteventura. (Espido 2008: p. 167)

O bien se nos relata la noche en que la madre, tras preparar esmeradamente la vuelta del padre de La Orotava y no llegar éste, sufre un ataque de nervios tirando todos los utensilios y manjares que se han preparado para la cena. Así concluye el narrador este capítulo siguiendo la visión de Dolores:

Cuando ya casi anochecía, Dolores escuchó los cascos del caballo de su padre, sus pasos en las escaleras, los susurros apagados de su madre, la agitación y el crujido del cuarto contiguo. Se tendió, con el rostro abrazado. Odió a su padre; con una vaga calentura en la cabeza y el estómago quiso también sentir rencor por su madre. Pero, en el fondo, sólo esperaba que a Mademoiselle le hubiera dado tiempo a limpiar bien la tapicería del comedor. (Espido 2008: p. 207)

 

2. De la confidencia femenina al secreto de lo prohibido

En medio de un ambiente aparentemente doméstico, apacible y trivial tiene peso decisivo el tema de la adolescencia y la maldad, el mundo del misterio y los grandes y pequeños secretos, y se percibe en torno a todo ello la tensión dramática. El secretismo se asocia a la relación de las mujeres entre sí, que siempre se presentan hablando en pequeños grupos en tono quedo y haciéndose confidencias. Se atribuye este modo de actuar incluso a Cecily de la que se dice: “También ella ocultaba sus secretos, y pisaba poco la casa. Se llevaba a las muchachas a las dunas cuando el tiempo lo permitía, o acompañaba a Candela y a su amiga en su cuarto, donde cosían, o hablaban en voz baja” (Espido 2008: p. 85); a su vez, Dolores e Isabella “sentadas en un rincón, con las cabezas muy juntas, se contaban secretos” (Espido 2008: p. 86), o bien en otro momento se dice de las dos niñas: “Durante casi todo el día guardaban silencio o hablaban en voz muy tenue, con un buen entendimiento que los mayores admiraban y que a ellas les bastaba” (Espido 2008: p. 108).

De la complicidad del secreto compartido se pasa al propio secreto que hay que preservar en parcelas acotadas en las que no se puede confiar ni en la más cercana amiga, aquellas relacionadas con el cortejo y posterior destino matrimonial. Sobre ello aconseja Cecily a su hija Dolores: “- Incluso con las personas a las que más unidas estamos se hace preciso guardar secretos” (Espido 2008: p. 129). Ello supondrá el principio del fin de la amistad con Isabella en el paso de las pequeñas confidencias al del secreto de lo terrible y la muerte, desde el asesinato inducido y encubierto de Lucía, al de las arteras y prohibidas maneras de cazar al prometido - con prácticas eróticas que sólo se dejan adivinar sugeridas por Cecily a su hija, expresado sutil y veladamente con insinuaciones como en el momento en que Dolores, con el consentimiento materno, sube al desván a solas con Thomas-:

—Dolores —llamó Cecily—. Thomas ya está aquí.

Ella volvió a sonreír y elevó la mirada al trozo azul que se adivinaba entre los tejados. El aire crujía y se ceñía como si fuera de tela. Todo pareció avanzar con Dolores, con una gravedad impropia y tardía, un efecto inexplicable y lastimoso. La falda ondeó y el pelo se le pegaba a la cara.

—¿Y los otros? ¿No han llegado aún?

—No, aún no han llegado; no importa. Tenemos siempre poco tiempo, tú y yo.

—No sabía lo bien que se estaba aquí arriba. Qué bonita vista… sois muy afortunados en esta casa.

Cecily, que había bajado al patio, escuchó los pasos en el piso superior. Luego, los oyó en la escalera que llevaba al desván. Movió la cabeza y continuó cosiendo. De pronto le asaltó una duda. Soltó el paño y llamó a Dolores dos, tres veces, en voz muy tenue. Se le entreabrió la boca sofocada, se llevó la mano a la garganta y ahogó el grito. Continuó cosiendo. (Espido 2008: p. 215)

De este modo Dolores, aconsejada e impulsada por su madre, irá un paso más allá de lo permitido en esos encuentros a solas con Thomas en el desván de su casa, en el juego de la seducción por el prometido más ventajoso. Ello supondrá una mancha y una carga en la conciencia de Dolores que descubre lo sexual como algo turbio y pecaminoso. Este paso supone el alejamiento de Soria Moria, del entorno de sus amigos, la salida del paraíso como una Eva que ha perdido la confianza divina y se siente culpable:

—¿En qué piensas, Lola?

—En nada…

—No es posible pensar en nada. Piensas en algo. En alguien. No nos lo dices porque has perdido la confianza con nosotros.

Veía los ojos de Thomas, y la expresión, siempre a la espera, de Scott. En los días luminosos se sentía capaz de un amor que incluyera a los dos, como agua en torno a una piedra. En los normales, la obsesión por su cuerpo, por los límites nuevos y las sensaciones nauseabundas le llevaban a Thomas, y la suciedad la invadía, como una traición llevada a cabo a conciencia, sin modales ni decencia. (…)

A menudo pensaba en el patio de los Betancourt, en la desnudez incitante de sus paredes, y en Isabella, como ella, con Scott, con Thomas, con su padre, con cualquier varón que se acercara a la blancura macilenta de su amiga. (…) Conocía el patio de los Betancourt como si fuera el suyo, las esquinas oscuras antes de llegar a la cocina, y la leñera a ras de suelo, un desván paralelo, donde Scott podría encontrar a Isabella, a criadas dispuestas, sin miedo al destierro a Fuerteventura. (Espido 2008: pp. 223-24)

Es la misma conciencia de transgresión y de culpa formulada a modo de terrible reproche en la pesadilla de Dolores cuando sueña que se convierte en la carcelera y torturadora de su madre:

—Me soltarás - le dijo otra vez.

—¿Tú crees?

—Sí, me soltarás. Sabes que tenía razón.

—¿Cómo aquella vez? ¿Cuándo lo traje aquí, tres pisos sobre tu cabeza, al desván? ¿Cuándo lo emborraché, y me recomendaste que mordiera un trozo de tela para no chillar y delatarme? (Espido 2008: p. 233)

La imagen indeleble de su oscura relación con Thomas aflorará también en la memoria de Dolores en medio de la reunión con sus padres para fijar ya el compromiso matrimonial con éste:

El cuadro del turco los miraba en el desván cada vez que levantaban la cabeza. Thomas cerraba los ojos, tensaba el cuello de piel muy blanca, y con las manos le apretaba los antebrazos, la sostenía contra él como si fuera a caerse. Inclinó la frente. Se sintió muy cansada, al final de una senda que la llevara al volcán en el centro de la isla. (Espido 2008: p. 243)

 

3. El matrimonio: piedra angular de la vida femenina

El amor queda totalmente desterrado en aras del bienestar, de la posición social, la comodidad y el buen pasar de la vida conyugal, se renuncia al amor para salvar los intereses familiares sin contemplar casi la posibilidad de la rebeldía [5] y, sobre todo, de la felicidad, la felicidad que Dolores reconoce como una posibilidad perdida: “De pronto se encontró con su mirada en el espejo y se dio cuenta de que hubiera podido ser feliz” (Espido 2008: p. 212). Cecily declara ante su hija, Dolores: “-Te la he destrozado (la vida), pero no pude hacer otra cosa. Nos enamoramos -añadió, serena, casi con alegría- y en ese momento se acaba la vida. Impedí que te enamoraras, porque es el amor lo que destroza todo, lo que nos hubiera devastado.” (Espido 2008: p. 231). Dolores tiene que renunciar a Scott, su verdadero amor, ante la necesidad y ante la conveniencia de unas circunstancias familiares que la obligan al matrimonio con Thomas, con el que al final tampoco se casará ya que tanto Thomas como Scott mueren en la guerra -una muerte exclusivamente masculina- fruto de las trágicas circunstancias históricas.

Lo único que se espera de la mujer es que sea una buena y obediente hija- Dolores afirma ante su matrimonio concertado: “-Son mis padres los que han de considerar lo mejor para mí. Yo sólo quiero obedecerlos” (Espido 2008: p. 243)- y se convierta en una dócil y buena esposa, segura madre adiestradora de futuras buenas esposas y madres a su vez [6]. En cuanto a las notas caracterizadoras del modelo de mujer de la época aparecen también esbozadas en la carta que la madre de Thomas dirige a los Hamilton pidiéndoles la mano de Dolores y alabando: “la gracia, la educación y la rectitud de sus hijas” (Espido 2008: p. 241).

En esta obra es palpable la influencia de otras literaturas, principalmente las de las autoras inglesas Jane Austen y las hermanas Brontë, escritoras bien conocidas por Espido Freire y hacia las que siente una especial admiración [7], y en cuyas páginas la vida, las conductas y los temas femeninos - matrimonio, pretendientes, normas sociales, …- son los ejes de las historias

La importancia del matrimonio en la sociedad de aquella época se continúa en la trama de esta novela y se destaca su carácter instrumental en este sentido. Ya en las páginas iniciales, cuando el narrador describe la figura de Cecily Hamilton, se establece cómo los campesinos “le deseaban buena suerte y buenas bodas” (Espido 2008: p. 32). Poco después, en este relato de la juventud de Cecily, se recuerda ya que su madre se preocupó de hallarle marido, en este deber maternal de casar a las hijas: “y que los tímidos intentos de su madre por encontrarle un marido aceptable no concordaban con sus ambiciones ni su carácter” (Espido 2008: p. 34). Se atribuye al matrimonio la prerrogativa de otorgar a la mujer casada un grado más de importancia social como se comprueba en el diálogo en que Lola dice se su hermana Candela: “Desde que se ha casado, la rodean de privilegios. Siempre se ha creído superior a nosotras, y ahora ya tiene justificación” (p. 80).

Si el matrimonio se presenta para las niñas como una liberación, una vía de escape de la vigilancia materna, sin embargo, Lola pronto intuye, a través de la experiencia de sus hermanas, ciertos inconvenientes y expresa su escepticismo sobre las ventajas de la supuesta libertad conyugal: “-No sé si podemos depositar tantas esperanzas en casarnos: mira a mis hermanas. No parecen más dichosas que antes” (Espido 2008: p. 82). Y poco después en una conversación sobre esto mismo vuelven a insistir las dos amigas, Dolores e Isabella, en referencia al raro comportamiento de la hermana de Lola:

—No te enfades. Es que está enamorada.

—Si yo me casara, nunca me olvidaría de mi familia…

—¿Qué pasará cuando nos casemos? Las chicas mayores parecen vivir sólo para una boda, y después de ella, cambian tanto… Se vuelven engreídas, o adoptan un aire de misterio, y sólo hablan entre ellas. (Espido 2008: p. 89)

Cecily representa a la madre planificadora, inflexible programadora de las vidas de las hijas, de sus amistades, de su universo social y de su matrimonio. Es además la principal instructora en la escuela de la vida. Así, despide a Candela, recién casada: “Ahora tu vida está en tus manos, y algún día me agradecerás lo que te he enseñado. Y yo espero vivir hasta que te des cuenta de ello” (Espido 2008: p. 47), o bien, posteriormente se describe la escena de adiestramiento a las futuras casadas:

Después que se hubieran llevado las copas de vino, y los dulces del compromiso, y los criados hubieran desfilado para felicitar a la señorita, y a su madre, y a las hermanas de la novia, se llevaba a su hija a su habitación, y se sentaba con ella en la cama.

—Sé que te hemos hecho creer lo contrario- les decía-, pero a partir de ahora recae sobre ti todo el trabajo.

Se acababan los secretos escondidos bajo la delicadeza y la languidez, y comenzaba a instruirlas para lo que les esperaba. (Espido 2008: p. 122)

También informa sobre la psicología masculina y la importancia de mantener el secreto y el misterio femenino como argucia conyugal: “Recuérdalo siempre; la mujer decente no se muestra, sólo se adivina. El vestido, las enaguas, los guantes, impiden que los hombres las vean (...). Siempre que les presentes un secreto, querrán descifrarlo. No te muestres nunca desnuda ante tu marido. Incluso entonces, permítele que continúe imaginando.” (Espido 2008: p. 127)

Cuando le toca el turno a Dolores, ya formalizado el compromiso con Thomas, Cecily le dedicará asimismo una serie de consejos en que se vuelve a reiterar la importancia del trabajo de la esposa para mantener la llama marital. Ahora se continúa la argucia femenina una vez que ha tenido éxito el canto de sirenas ideado por Cecily:

Sé que te hemos hecho creer lo contrario, pero a partir de ahora recae sobre ti todo el trabajo. Primero, el de mantener vivo el interés de Thomas. Después, regir tu casa de manera sensata y provechosa. (…) A partir de ahora entrará en casa en todas las ocasiones que lo desee, pero no pasará del patio ni del salón, ¿me entiendes? Y ni yo no Mademoiselle os dejaremos ya solos, nunca, ni por un instante. (…) Tendrás que ser también más sutil, hija. Ahora que no podréis estar solos, es cuando el abanico, las frases de doble sentido, las medias de encaje, han de cumplir su función. (Espido 2008: pp. 247-48)

El resto de la formación corresponde a la institutriz, personaje característico también de la época en determinados círculos, aquí representada por Mademoiselle. La figura de la institutriz completa la tarea de Cecily en la realización de las actividades sociales y domésticas características del estatus de la familia. Es un personaje del que no se sabe casi nada y que nada aporta al mundo de sensibilidad y afectividad de sus pupilas: “No parecía sentir excesiva simpatía por nadie, ni siquiera por Cecily, con la que se entendía por palabras, pero tampoco nada merecía su abierto desprecio. En la lejanía radicaba su poder” (Espido 2008: p. 35). A su vez las niñas la veían como “una madrastra sin momentos de debilidad” (Espido 2008: p. 36).

Mademoiselle plantea tímidamente la cuestión de la formación intelectual de la mujer al defender la conveniencia de que “las mujeres, al igual que los hombres, debían cultivar diversas aficiones” (Espido 2008: p. 35), o bien “la necesidad de las niñas de practicar una afición, algo que las consolara en la soledad y que les permitiera un espacio, un tiempo para ellas” (Espido 2008: p. 46). Ello apunta muy tímidamente a lo que Virginia Woolf propone con el hecho de que la mujer debe tener “una habitación propia”, si bien en la novela esta idea tiene miras mucho más cortas. Las hermanas de Dolores llenan este tiempo con su dedicación epistolar y la música. Cecily y Dolores aparecen en determinadas escenas cosiendo como en el capítulo en que se decide la seducción de Thomas.

También la madre de Isabella parece otorgar cierta importancia a desarrollar un espacio propio femenino de formación frente a Cecily para la cual la única misión de las niñas es prepararse para el matrimonio y el desempeño de la vida familiar. Así, cuando Annne Kirstin Betancourt, la madre de Isabella, le propone ayudar económicamente a Dolores para que ésta ingrese en un internado en Suiza con objeto de que pueda continuar sus estudios, Cecily responde negativamente:

—Nuestra familia es humilde, querida amiga -dijo Cecily. Su voz era tensa y oscura-, pero si hubiéramos tenido un hijo, y hubiese mostrado cualidades, hubiéramos encontrado el modo de proporcionarle la mejor educación a nuestro alcance.

—Las niñas también deben formarse.

—La formación de Dolores ha finalizado. Mademoiselle y yo nos encargamos ahora de las disciplinas que necesita como ama de su casa.

—Puede que sea también una mujer de ciencias, como Madame Curie -dijo Anne Kristin. No había dejado de sonreír.

—Dios no lo quiera… no entiendo la manía moderna de venerar a este tipo de señoras. (Espido 2008: p. 171)

Y tras demostrar su desacuerdo con el comportamiento y vida de Madame Curie concluye: “De todas maneras, como ve, no soy partidaria de que mis hijas estudien. Si las dos mayores no lo hicieron, y se han casado felizmente, ¿por qué debería hacerlo la pequeña?” (Espido 2008: p. 171).

Este modelo se perpetúa y frente a los chicos, a los que sí se les permite y aconseja la formación y la lectura, ellas se dedican a otras actividades:

Durante casi todo el día guardaban silencio o hablaban en voz muy tenue, con un buen entendimiento que los mayores admiraban y que a ellas les bastaba. De vez en cuando inventaban un juego nuevo, o se proponían estudiar juntas; pero a su edad ya no se les exigía que continuaran con una educación formal, de manera que las buenas intenciones quedaban en nada. (Espido 2008: p. 108)

Es Scott, portavoz del grupo juvenil, el encargado leer y contar las historias de los libros: “Le gustaba Dickens, y a menudo leía para ellas fragmentos de Oliver Twist que hacían que se les humedecieran los ojos, pero en esos días le mantenía ocupado El libro de la Selva.” (Espido 2008: p. 109). Este personaje tiene planeado acudir el curso siguiente a la Universidad - finalmente no puede hacerlo por estallar la guerra-, al igual que Thomas. Este último habla con las chicas del tema de su porvenir y su formación, confesando que no se siente atraído hacia ninguna disciplina en particular y concluyendo la utilidad de “aprender a manejarse (me) en los negocios, y administrar lo que mi familia posee” (Espido 2008: p. 110). Así pues, a los chicos se les exige una responsabilidad de formarse de cara a su futura vida como esposos y cabezas de familia, algo que las chicas ni siquiera se plantean. También los chicos se verán determinados por la guerra que marcará fatalmente sus destinos y los llevará a la muerte, algo que a las chicas también les afecta si bien no tan trágicamente. Dolores no puede casarse con Thomas, al fallecer éste, si bien luego termina por hacerlo con otro pretendiente e Isabella se ve obligada a pasar diversas calamidades fruto de la contienda, que determina su salida de España y su soltería, frustración en este mundo donde el matrimonio es la meta.

Cecily es el prototipo de la mujer de carácter, fuerte y ambiciosa que casi se empareja con la idea del poder masculino, de la imagen del hombre triunfador, pero que además sabe desplegar astutamente sus armas de mujer - la delicadeza de maneras y formas, la feminidad, la elegancia, la diplomacia,…-. Es una mujer que demuestra desde el principio sus dotes de fingidora - “era capaz de fingir en casi todas las ocasiones que lo requerían” (Espido 2008: p. 34)- y su celo en la dedicación a sus funciones maternales y domésticas - se la compara en el ejercicio de esta tarea con la propia del hombre de negocios al que no se debe interrumpir en su ejercicio profesional (Espido 2008: p. 34)-. Cecily ansía por encima de todo lograr sus objetivos, alcanzar todas sus metas y desempeña fría e implacablemente su tarea desde el principio: “… conocía a quién saludar y a quién no, y con quien no estaba dispuesta a que se cruzaran sus hijas. Observaba a las otras niñas, y preveía luchas y ataques, y cómo evitarlos. No le gustaban las confrontaciones. Lo que de veras ansiaba era el triunfo” (Espido 2008: p. 37). Se subraya su “sed inmensa de poder” (Espido 2008: p. 38) y se resalta esta dimensión masculina del poder [8] en cuanto a la proyección de unas ambiciones que en el caso de Cecily se ve frenada por su condición femenina. Entregada a la organización de los destinos matrimoniales de sus hijas añora el haber tenido un hijo al que convertir en el ejecutor de sus planes, algo que a ella no le está permitido en medio de una sociedad de hombres. También las limitaciones del género femenino en esta dirección se señalan al hablar de Ann Kirstin cuando el narrador comenta: “La madre de Isabella, Ann Kirstin Betancourt, de soltera Westerdahl, se hubiera hecho con un condado de no haber nacido mujer.” (Espido 2008: p. 50).

El poder de Cecily se extiende también a su dominio del otro sexo que le sirve para aleccionar a sus hijas y animarlas a seguir su ejemplo:

—La vida, hija, es una hilera de precipicios sobre los que debemos saltar. Las mujeres lo tenemos más fácil, siempre más fácil, porque no debemos sino dominar a un hombre y el hombre lo hará todo por nosotras. Tu padre nos llama sanguijuelas. Yo te digo que son tontos y que con mi dedo pequeño puedo yo dominar a cualquier hombre que se cruce en mi camino. (Espido 2008: p. 214)

Su comportamiento demuestra una dureza y una frialdad que chocan con el ejercicio canónico de la maternidad. Es inflexible a la hora de imponer a sus hijas sus decisiones e incapaz de cuidar de Dolores cuando ésta contrae el tifus, tarea que debe desempeñar la institutriz. Todo ello justifica el capítulo en que se relata la pesadilla de Lola en que ésta aparece como carcelera maltratadora y sádica de su propia madre, o bien las ensoñaciones brutales y terribles durante el periodo de su enfermedad [9]. Este modo de ser de Cecily despierta los sentimientos de reproche y de incomprensión de Dolores acerca de su comportamiento calculador y distante, muy distinto al del resto de las madres de sus amigas y al estereotipo de la madre tierna y amorosa:

LAS OTRAS MADRES NO SE COMPORTABAN ASÍ. LOLA nunca las había escuchado criticar de esa manera fría y desapasionada, no se alejaban de los suyos de manera repentina para acercarse luego como si nada hubiera ocurrido. Las otras madres fingían dolores de cabeza cuando algo les disgustaba, y aguardaban a que se les pidiera perdón, no se hundían en silencios tras los gritos. Sin duda, mostraban dolor cuando su madre moría, o cuando las hijas se iban de su lado. (…) Las madres no intimidaban con sus palabras, ni con sus planes. Dolores guardaba recuerdos borrosos de su primera infancia, pero hubiera jurado que siempre había sido así, que su madre la observaba con los ojos entornados, como si calibrara un animalillo, una posesión. Nunca había sido franca en sus emociones, ni en su comportamiento. Lo que devoraba por dentro a Cecily resultaba un enigma para su familia. Las madres no eran así: ella estaba segura de que abrazaban a sus hijas, que se preocupaban si las encontraban tristes, que mostraban ternura, que les secaban las lágrimas y les hacían reír. No les aterrarían con consejos sobre una vida que, por lo que Dolores podía comprobar, no se presentaba tampoco tan terrible. (Espido 2008: pp. 65-66)

Cecily convence a Dolores de la necesidad de casarse con Thomas, en lugar de con su enamorado Scott que carece de posición económica, cuando los destinos familiares se trastocan debido al divorcio de su hermana Linda, abandonada por su marido que se marcha con su amante. Esto supone el fracaso de la intención matrimonial de la madre y la ruina familiar si Lola no lo soluciona con su sacrificio personal. Cecily se convierte entonces en una fría estratega que empuja a su hija hasta incluso los límites de lo prohibido -traspasa los límites de la mujer decente- en su afán de seducir al esposo conveniente, impertérrita ante los sentimientos de su hija que se somete a su destino:

—Tienes que intentarlo todo. ¿Me oyes? Eres más lista que él, y es un muchacho honorable. Engáñalo. No te he enseñado todo lo que sé para que en los momentos cruciales las dudas te retengan.

Nadie sabría lo que Cecily. Nadie podría hacer lo que ella hacía.

—Me casaré con Thomas, y eso le dará una responsabilidad y se decidirá en su oficio. Nunca ha sabido qué hacer. Yo se lo diré… se lo diremos. (Espido 2008: p. 205)

En este entramado surge el invisible mundo de las rivalidades y las complejas relaciones femeninas en que las amigas se contemplan como enemigas en la lucha por hacer suyo al hombre, futuro marido [10]. Se reproduce mutatis mutandi el patrón masculino de la competitividad. No es posible la amistad y la fraternidad en este orden en que las madres enfocan los comportamientos y las acciones de las hijas y las aconsejan y ordenan sin tener en cuenta sus sentimientos. Todo esto configura un clima de tensión que se va haciendo insoportable sólo guiado por las convenciones, los falsos usos sociales, los intereses y las apariencias. Cecily incluso llega a decir a su hija: “No hay mayor triunfo para la mujer que la derrota de otra, hija. Ni siquiera la muerte” (Espido 2008: p. 251).

La relación de amistad de Dolores se enfoca a través de Isabella de Betancourt y de Lucía Berriel, de las que tenemos noticia cuando Dolores enferma de tifus. Estas amistades, decididas previamente por Cecily, no están exentas de la futura rivalidad a la hora de la lucha matrimonial como se lo advierte la madre a la hija:

... la madre le animó a que fuera a visitar de nuevo a sus amiguitas.

—Les debes atenciones, porque también ellas se han preocupado por ti. Estos son los últimos años de la amistad. Después llegan los cortejos, y con ellos los matrimonios, y la diferencia de vidas, y de suertes. Las que os creísteis iguales, reparáis en que nunca lo fuisteis. (Espido 2008: p. 56)

Asimismo la propia Cecily muestra cierta admiración envidiosa por la madre de Isabella:

Nunca lo hubiera reconocido, porque lo guardaba como una espina en su pensamiento, pero cuando Cecily Hamilton sentía dudas acerca de su comportamiento se preguntaba qué es lo que haría Ann Kirstin Betancourt de verse en el mismo dilema. Envidiaba su frialdad, su templanza de sirope helado, su familia aristocrática y norteña. Sentía que podía igualarla en todo, menos en su origen.

Las dos habían nacido en el mismo año, pero Ann Kirstin había crecido entre comodidades mayores. Pudo permitirse un matrimonio por amor, a una edad en la que ya Cecily era madre de dos niñas, y fue bendecida con sólo una criatura. Por lo demás no gozaba de más dones que la belleza y la buena suerte, y en los momentos de más desesperación, Cecily pensaba que hubiera dado todos los suyos (la agudeza, la fuerza de voluntad, la elocuencia, el encanto) por un diezmo de los de Ann Kirstin. (Espido 2008: p. 51)

En la relación amistosa de Dolores se crea un trío en que la víctima - luego víctima real- es Lucía, la niña que admira a las otras dos y que despierta una maldad profunda, principalmente, en Isabella: “Isabella, en particular, era capaz de humillarla hasta que estallaba en lágrimas. Pero Lucía regresaba siempre, como si olvidara los malos ratos pasados, tan obediente y sufrida como los gatos del patio, y ellas la acogían con la misma actitud” (Espido 2008: pp. 59-60).

Pero también Dolores demuestra una tendencia hacia la maldad y la crueldad que ya nos anuncia el narrador y que comprobamos cómo se va cumpliendo poco después: “Entonces sentía una angustia sin nombre, trepadora en su pecho, y se le ocurrían maldades, formas de causar dolor a Lucía, a Candela, o a alguno de los pacientes burritos” (Espido 2008: p. 76). La primera en sufrir la broma de Dolores es Candela, su hermana, a la que sume en la angustia al guardar las cartas de su marido y no entregárselas.

Se aprovecha cualquier motivo para continuar con este maltrato a Lucía, como cuando se burlan en la estancia veraniega por su enamoramiento de Thomas: “Las niñas sabían que había enamorado a Lucía, y la atormentaban con ello” (Espido 2008: p. 69). Es interesante resaltar cómo además la muerte de Lucía resulta muy conveniente incluso para la propia Cecily que luego revelará cómo la familia de Thomas - que ella señala como el pretendiente más adecuado para Dolores- pensó durante esta etapa en la conveniencia de su boda con ésta.

En cuanto a la relación de Dolores-Isabella hay que destacar la admiración que siente la primera hacia la segunda, admiración que en algunos momentos se convierte - lo mismo que le pasa a su madre, Cecily, por la madre de Isabella- en envidia:

Dolores le admiraba esa seguridad en sí misma, que ella había perdido junto con el pelo, o que quizás nunca tuvo. Isabella le sacaba ya casi un palmo de altura, y habían tenido que descoserle el dobladillo de todos los vestidos. Una tarde la madre de su amiga le sorprendió mirándola con envidia. Cuando se supo observada, enrojeció. (Espido 2008: p. 111)

Paulatinamente, al ir haciéndose mujeres, los sentimientos fraternales de las amigas se van trastocando y esta admiración y confidencialidad se trueca en distanciamiento y desconfianza. En ello tiene mucho que ver la relación con los chicos y los celos de sentir peligrar su incipiente romance con Scott:

A veces le incomodaba la presencia de Isabella. No de la forma irritante, animal, con la que había deseado verse libre de Lucía; la envidiaba. Sentía que las piernas le flaqueaban si aparecía con un vestido más bonito que el suyo, o con unas enaguas impalpables y delicadas; y, por lo general, eso ocurría muy a menudo. (Espido 2008: p. 164)

Pero sobre todo es a partir de la intervención de Cecily que se entromete en la amistad de su hija e Isabella, tras una conversación con la madre de ésta, donde ambas mujeres entrecruzan sus intereses de cara a las futuras bodas y pretendientes de sus hijas. Cecily advierte a Dolores de la necesidad de mostrarse cauta y prudente en su relación con Isabella, y ello desvirtúa completamente, unido a las envidias anteriores, la amistad que se enrarece con el silencio y la angustia de ambas jóvenes. Asimismo esta espiral continúa tras la seducción de Thomas por parte de Dolores: “El aborrecimiento crecía como una enfermedad entre ellas. Isabella ya no comía con ella, no pasaba la mañana en su compañía. En ocasiones, no llegaba a la casa más que con unos minutos de antelación a los muchachos.” (Espido 2008: p. 225). La rivalidad termina por estallar en una tensa conversación en que Dolores dirige duros reproches a su antigua amiga y ésta a su vez le espeta los episodios secretos sabidos y compartidos. Esto supone el final de su amistad por esta guerra silenciosa de conspiraciones matrimoniales articuladas por la madre:

—Persigues a quien odias, a quien se cruza en tu camino, y aborreces por capricho o por proyecto. Ha debido ser así desde siempre, en los años anteriores a que nos encontráramos… persigues y destruyes (…) Y poco a poco has eliminado todas las ataduras ajenas a tu mundo, destrozas la personalidad de quien persigues, sin darte cuenta de que, al mismo tiempo, destrozas la tuya. Eres repugnante, Isabella.

Isabella se puso en pie.

—Yo sé escuchar y guardo bien los secretos. (…) Ya no volveremos a ser amigas, pero recuerda que tengo un secreto que puede destrozar tu reputación, tu vida, tu nombre. Apártate de mi camino, y respétame, porque puedo contarlo, y lo haré a quien interese, y a quien pueda hacerte más daño. (Espido 2008: p. 238)

Es el momento en que se sacan a la luz la terrible muerte de Lucía y la seducción de Thomas:

—Tú también estabas allí -dijo Dolores. No sentía miedo, quizás una nube baja y eléctrica, densa, sobre sus cabezas-. Las dos mirábamos y la vimos hundirse, sin mover un dedo ni dar un grito. Si tú hablas, también hablaré yo. Tu secreto está encadenado al mío.

—Dolores, qué infantil eres. No me refiero a ese secreto -le mantuvo la mirada-. Ya no hay botella en el desván, ¿verdad? La vi disminuir, sorbo a sorbo. Y cada vez que Thomas llegaba antes que nosotros, cada vez que lo encontrábamos aquí, el nivel de la botella bajaba un poco más. Qué mala. Qué viciosa. Qué inconfesable. (Espido 2008: p. 238)

 

4. Un paraíso perdido: la adolescencia guardada en Soria Moria

Ya en la carta con que se inicia el libro tenemos la referencia al recuerdo del pasado ideal y artificial de Soria Moria que sirve de refugio a la soledad y la desolación del soldado:

—Yo me escapo al pasado, Isabella. Pido asilo en Soria Moria. A veces los recuerdos son tan dulces que comienzo a llorar en silencio (…). Éramos muy hermosos y frágiles, querida prima. Sólo ahora sabemos cuánto. Vivíamos suspendidos sobre un abismo, sobre un suelo de cristal que cuando se quebró me transportó, sin dilaciones, aquí. (Espido 2008: p. 20)

Este lugar, construido y evocado por el grupo de adolescentes de la novela, no aparecerá mencionado hasta mucho después de este primer momento. Puede interpretarse como símbolo de idealidad opuesto a la fuerza destructora de la realidad, el proyecto de una adolescencia que se sirve de este espacio mágico. Soria Moria es el escenario privilegiado del grupo de personajes que atraviesa las tierras movedizas de esta etapa de la vida en que empieza a forjarse la personalidad, con un trasfondo de fuerte incertidumbre y vacilante afectividad. Tiene su origen en un libro donde se describe un lugar de cuento de hadas que aprovechan los jóvenes para transformarse en fantásticos personajes del mismo: Su Alteza Real la duquesa de Cristiania, Isobel Westerdahl; Su Alteza Real, el nobilísimo duque Scott de Devonshire; Su Alteza Real, el duque de Liverpool, lord de Byron, sir Thomas; Su Alteza Real, la duquesa de la Orotava, lady Dolores de Alba (Espido 2008: p. 147). Los personajes ficticios que imaginan los jóvenes sirven para que proyecten en ellos sus sueños y fantasías, sueños y fantasías que sólo pueden vivirse en este mundo de cuentos al que pronto tendrán que renunciar. Este micromundo parte del recuerdo infantil de historias leídas por los padres de Scott y se basa en el castillo fantástico de Soria Moria “que se alzaba en un valle encantado, al Oeste de la Luna y al Este del Sol” y donde “entre sus muros vivían las princesas más adorables que se podía imaginar” (Espido 2008: p. 148).

El cuento noruego es continuado por los personajes de la novela que viven su particular historia en las reuniones organizadas en las casas de las chicas, interrumpidos a veces por la presencia de la vida real - apariciones de Mademoiselle y problemas interpersonales-. Las nuevas aventuras de esta saga se perpetúan a través de los juegos de los jóvenes y la escritura de las mismas:

Cada día, Scott anotaba las aventuras de Soria Moria, y pronto el primer cuaderno tuvo que ser completado con otro, y otro. Había otros juegos, pero ninguno con tanto éxito como aquél. Cada uno manejaba su personaje con entera libertad, y cuando Thomas se convertía en el duque de Liverpool su rostro cambiaba, se volvía arrogante e irascible, y sabían que sólo los sabios consejos de lady Dolores le apaciguarían. (Espido 2008: pp. 151-52)

Soria Moria es “el hogar de los elegidos, la tierra que la muerte no conoce” (Espido 2008: p. 153), por eso Scott, en su carta inicial, rodeado de los horrores de la guerra e intuyendo la proximidad de su muerte, desea volver a este espacio protector, recreado por los adolescentes en un tiempo todavía feliz. Son coordenadas en que se mueven libremente y representan también el momento en que surge el primer amor:

Cuando se contaban las historias de Soria Moria, Scott acercaba una banqueta baja al sillón de Dolores, y tomaba su lugar. Thomas compartía el sillón con la otra muchacha, con la que cuchicheaba también en voz baja. (…). Dolores pensaba, apenada, que la unión de sus amigos no sería posible, y que antes o después Soria Moria se desmembraría; en esas ocasiones rezaba por que Thomas e Isabella se enamoraran y el círculo no se rompiera nunca, viejecitos los cuatro y con un estante de libros a sus espaldas, y nietos y nietas que poblarían la tierra invisible. (Espido 2008: p. 163)

En el paraíso de Soria Moria intentará refugiarse Dolores, también, cuando de alguna manera presienta el cambio impuesto a su vida por la voluntad materna de que se aleje de Scott, su enamorado, ante la conveniencia de elegir a Thomas: “Cada tarde jugaban a vivir en Soria Moria, pero la niebla que se extendía entre Lola y la realidad no le permitía que las frases sonaran sinceras. Cuando Scott se sentaba cerca de ella, Dolores se levantaba y buscaba algo nuevo que hacer.” (Espido 2008: p. 181).

Los muchachos igualmente tienen el sentimiento de refugio y ternura que se deriva de su contacto con las chicas con las que han construido este paraíso que sienten efímero y que temen perder: “…, y un día se dieron cuenta de que se les habían acabado las excusas para mantener las apariencias, y que sólo querían la compañía de las niñas, su protección, el manto con el que les cubrían y les hacían olvidar que la universidad aguardaba, que les esperaban obligaciones imperiosas, y que la vida avanzaba sin vuelta atrás.” (Espido 2008: p. 144).

La paulatina y forzada salida de la adolescencia que se concreta en los distintos rituales de entrada a la sociedad de adultos y jóvenes casaderas irá acompañada con las veladas visiones y los ensueños entremezclados de escenas de Soria Moria. Así, cuando Dolores tras asistir a su primer baile, en conversación con su madre es informada por ésta de la disparatada idea de su padre de que podría interesar a mister Brown, cincuenta años mayor que ella, la niña casi no presta atención, ensimismada y a salvo en el paisaje exótico y maravilloso de su particular edén: “Soria Moria, los palomares de sus torres afilados como agujas, una cúpula dorada en el centro, varios pavos reales que abrían sus colas llenas de ojos en el esplendor de la noche, un viaje rápido, un anillo mágico y Soria Moria, lejos, fuera, más allá” (Espido 2008: p. 192). De la misma manera cuando su madre le comenta sus preferencias por Thomas, ella vuelve a huir y perderse en sus recreaciones: “Un jardín con flores carnívoras domadas, el estanque con peces traviesos y voladores, Ofelia emborrachándose de hierba gatera, y los cuatro grandes duques en sus perpetuas luchas, arriba y abajo en la rueda de la fortuna” (Espido 2008: p. 192). Y es precisamente cuando la rivalidad amorosa empieza a separar a las amigas, al confesarse ambas su respectivo enamoramiento de Scott, cuando también se empieza a desvanecer el mundo compartido del ensueño infantil de Soria Moria: “Isobel de Cristiania era propensa a hechizos, a maldiciones, a verse en situaciones en las que debía ser rescatada. Y Dolores de Alba ya se estaba cansando. No deseaba vestirse de hombre nunca más. Se separaron sin mirarse, sin el beso de buenas noches en la mejilla que las unía antes de pasar la noche separadas” (Espido 2008: p. 196).

Se intenta recuperar el espacio mágico continuando la historia maravillosa en casi todos los momentos duros por los que atraviesa la vida de Dolores. Así, tenemos el breve capitulo, lleno de frases entrecortadas y metafóricas alusiones, tras la seducción de Thomas en cumplimiento de los deseos de la madre que comienza con la oración que Lola escribe en el libro de Soria Moria y termina con la misma. Aquí identifica la escritura del cuento con el tiempo de la felicidad al que intenta, en vano, volver:

—NO HAY DUDA DE QUE ES UN BRAVO MOZO - comenzó lady Dolores, pero… (…)

Hubo un tiempo que fue hermoso. Luego llegó el sufrimiento. Sangre, dolor, suciedad, la brusca conciencia de ser carne, de que esa carne podía rasgarse, debía romperse.

De esa dolencia no podría recuperarse jamás.

Ah, mujer perdida. Pero ese problema ocurre siempre en los otros. Es de los otros. Ella no. No, no perdida, una palabra de madre, una orden. El futuro.

Ni aquel tiempo fue hermoso, ni lo era aquel, ni lo sería ninguno.

-No hay duda de que es un bravo mozo - comenzó lady Dolores, pero… (Espido 2008: pp. 217-18)

La referencia a Soria Moria tiene lugar también en el capítulo onírico que nos relata el terrible sueño de Dolores en que arremete y mortifica brutalmente a su madre convirtiéndose en su verdugo. Aquí se mezclan terribles imágenes de crueldad, maltrato y sangre, escenas de terrores nocturnos en que Dolores pega a su madre encerrada en el sótano:

El primer golpe no solía azotarle el rostro. Falta de pericia, no de voluntad… Lola calculaba mal (…) El golpe, por tanto, restallaba con fuerza, pero caía en los hombros, en los pechos. Marcaban líneas rojizas, que se mantenían por mucho tiempo ante los ojos y que se abrían luego en diminutas gotas de sangre. Cecily apenas se inmutaba. Faltaba mucho para que vacilara, a menudo le había roto el labio, los ojos habían desaparecido bajo una costra de lágrimas y sangre, y aún así, había tenido que derrotarla a puntapiés y bofetones. La muy zorra, alta, imbatible y cerril, ni siquiera sabía llorar. (Espido 2008: pp. 229-230).

Y en medio de esta terrible pesadilla es capaz de volver a Soria Moria en una especie de duermevela espectral de recuerdos, como cuando evoca el origen de una de las fustas con que tortura a su madre: “Conocía bien esa fusta, que restallaba con un silbido dulce, que rasgaba y reventaba. Se la había regalado Scott, para un caballo que no llegó nunca. De eso hacía mucho tiempo, aún vivían en Soria Moria, ballenas que hablaban, flores transparentes, muerte derrotada” (Espido 2008: p. 130).

Cuando cesa el tiempo de los sueños, las ilusiones y el amor, cuando ya se concierta el matrimonio de Dolores no con su adorado Scott, sino con Thomas, Dolores retirará del salón el libro de Soria Moria: “En el salón, con la cubertería de plata y los grandes jarrones con flores nuevas, ya no parecían adecuados los Estatutos de Soria Moria, y Dolores los escondió en su cuarto” (Espido 2008: p. 245).

Y pasados tantos años, cuando se llega al verano de 1936, con las vidas hechas de las chicas y las muertes de los chicos, Dolores sigue conservando los famosos Estatutos de Soria Moria haciendo balance y señalando el abandono definitivo de un tiempo ya pasado:

Los Estatutos continuaban en su casa. Todos ellos. Los dibujos y las cartas. Y todos los sueños rotos y abandonados, las cosas que no se dijeron, los hermosos vestidos, uno de terciopelo rojo que llevó Isabella, la extremada delicadeza con que aparecía en el recuerdo aquel mundo que voló en mil pedazos. El cuadro del turco.

Durante aquellos años habían sido jóvenes, guapos, alegres, invencibles. Hasta que estalló la guerra. La fragilidad de una pompa de jabón se protegía con historias. (…). Estaban ciegos. Mientras el horror se avecinaba, ellos, los cuatro grandes duques, continuaban jugando en su lago, entre las montañas, e intrigaban a las espaldas de los otros, el deseo, la voluntad, lo que debía ser. Lo que debía hacerse. (Espido 2008: p. 261)

La novela finaliza con una Dolores de la edad de su madre cuando se inicia la aventura narrativa, ya casada y madre de familia numerosa, adaptada y conforme con la monotonía de la cotidianeidad de una vida que han decidido por ella:

—He sido afortunada desde que nací, mamá. Me casé con un hombre bueno, he tenido seis hijos sanos, que no saben qué es una necesidad. No siempre me doy cuenta de ello, pero doy gracias, cuando reparo en lo que me rodea, porque mi vida haya sido así - tomó la mano de su madre-. Porque tú me hayas ayudado a que sea así. Siempre, incluso cuando no me daba cuenta de qué era lo que quería, lo que necesitaba. Gracias, mamá. (Espido 2008: p. 262)

Todo parece perpetuarse en un continuo modelo ideal de hogar burgués, sin embargo, Dolores no declara nada acerca de su felicidad, resignada a adaptarse, instalada en un destino impuesto, ni recuerda unos ideales que fueron arrebatados en el tiempo y en el definitivo adiós a Soria Moria. Y así se concluye: “Dolores decía la verdad. Y, aunque no hubiera sido así, poco importaría. Nada suponía una paletada más de tierra sobre la realidad, cuando ésta se hallaba tan profundamente enterrada” (Espido 2008: p. 263).

De nuevo Espido Freire plantea en Soria Moria aspectos propios de la condición femenina y trata de los temas y circunstancias que determinan la conducta y la vida de sus protagonistas mujeres. En esta novela serán las convenciones sociales y el imperativo matrimonial, característicos de la mentalidad de la época, los que trazarán los futuros de unas existencias femeninas alejadas de los ideales, el amor y la felicidad.

 

NOTAS

[1] “-¿Con qué personajes se siente más satisfecha? -Con las mujeres. Me interesan más porque han sido muy maltratadas, y maltratadas en la literatura. Muchas veces en blancos y negros, otras en tópicos o reduciéndolas a su función como la novia del héroe, la hija picarona…” Fernández, Teresa: Entrevista a Espido Freire, ELCOMERCIO DIGITAL.COM, 13-12-07.

[2] Las citas de la novela proceden de la 1ª edición, Algaida editores, Sevilla, 2007.

[3] Esta misma conducta la encontramos en los personajes femeninos de la primera novela de Espido Freire, Irlanda (1998), donde Natalia, la prima de Irlanda, es objeto del reproche de ésta precisamente por su acercamiento al mundo masculino separándose del corporativismo femenino y mereciendo por ello la indiferencia de Irlanda y sus amigas: “Tuve tiempo para pensar, y llegué a la conclusión de que me ignoraban porque creían una osadía el modo en que yo había subido a la torre mientras los chicos estaban allí”, Freire Espido, L. (1998): Irlanda, Planeta, Barcelona, p. 60.

[4] Asimismo en Melocotones helados (1999) de E. Freire tenemos a dos personajes femeninos, Silvia Kodama y su madre, Rosa, que en cierto modo representan también al tipo de la mujer fatal, aquella que se aprovecha del hombre sirviéndose de sus armas de seducción.

[5] El modelo de una vida basado en el matrimonio más conveniente no se pone en duda, no se cuestiona. Cecily transmite a sus hijas el mismo patrón social y vital que se le impuso a ella misma, a pesar de que, como vemos en la obra, no es feliz. Sólo en determinados momentos Dolores parece oponerse a renunciar a su propia vida y a Scott, su verdadero amor, contraviniendo los deseos y proyectos de su madre, pero es de una manera débil, sin hacer oír su voz más que tímidamente y dejándose vencer por la sumisión de una educación de la pasividad y la obediencia a los designios maternos. Sólo por medio del inconsciente, de la pesadilla y de los ensueños, se rebela y se manifiestan sus sentimientos de odio hacia este futuro determinado sin su voluntad. Se asume cierto tipo de conducta sin plantearse cambiarlo, a pesar de la carga que ello supone.

[6] A este respecto establece Santos Sanz Villanueva: “En ese medio se coloca, además, un motivo planteado con sentida hondura, sin molestos tufillos doctrinarios: la carencia de libertad de la mujer incluso para decidir en sus afectos. La falta de riesgo literario de la novela se compensa con este claro y convincente retrato de unas jóvenes marcadas por una mentalidad opresiva”, El Cultural. El Mundo, LETRAS 22/11/2007. Este mismo aspecto es subrayado por José María Pozuelo Yvancos: “Mucho de cuanto puede decirse del sometimiento de la mujer, de la falta de horizontes de generaciones enteras anteriores a la nuestra (en España) y simultáneas en tantos sitios (también en España), es servido con eficaz sentido pedagógico.”, “Casaderas”, ABCD- Las artes y las letras, nº 829, 22-28 diciembre 2007, p. 15.

[7] Así establece E. Freire sobre la vida de Jean Austen: “El mundo que ella conoció se encontraba rígidamente separado en clases, y a ella le correspondía moverse entre la pequeña burguesía rural. Esto le permitía el acceso a determinados ambientes de clase alta, a cierta educación y a librarse del trabajo manual. Sin embargo, la condenaba a depender de sus parientes varones, padres, hermanos o esposo, a la pasividad y a someterse a un estricto código moral. Una mujer de su posición nacía destinada al matrimonio, un objetivo en el que el amor, tal y como ahora lo entendemos tenía muy poco que ver. (…), el fin principal del enlace era asegurar los ingresos de la pareja y los contactos de las familias” Querida Jane, querida Charlotte. Por la ruta de Jane Austen y las hermanas Brontë, Santillana, Ediciones Generales, Punto de lectura, Madrid, 2005, p. 23.

     También Pozuelo Yvancos escribe a este respecto: “Freire ha tenido en sus manos un material muy transitado por la novela inglesa de las Brontë o de Austen, y quizá el haber situado a familias inglesas como protagonistas se deba a la intención de indirecto homenaje a tal tradición novelística”, ob. cit..

[8] En cuanto al poder y la ambición femeninos asimismo están presentes en otros de los personajes de Espido Freire como el de Irlanda en la novela del mismo nombre donde en un diálogo con Natalia, Irlanda declara: “Preferiría ser algo más animado. Banquero, o corredor de bolsa -dijo ella, frunciendo la nariz-. Al menos tienen poder en sus manos, y dinero. No creo que me entusiasmase esperar a los reyes en la ventana de mi torre. Desengáñate, Natalia. No hay nada mayor en el mundo que el poder”, op. cit., p. 63.

[9] “Esas ensoñaciones se repetían con frecuencia, y a veces no era Mademoiselle, sino su madre, la que moría, con los ojos muy abiertos y suplicándole un perdón que no siempre le otorgaba. O era ella misma la que moría, en un rebrote inesperado de la enfermedad, y dejaba a su familia desolada y culpable. Le gustaba el recuerdo de lo que había sufrido, o de lo que imaginaba haber padecido. Cada vez distinguía con menor claridad lo que había ocurrido o lo que sus recuerdos habían modificado”, (Espido 2008: pp. 54-55).

[10] Asimismo también en Irlanda el odio entre las primas estalla cuando Natalia se siente traicionada al robarle Irlanda a Gabriel: “Mientras yo me encerraba en mi cuarto a soñar, ella seguía con su dedo el sendero de vértebras de Gabriel. Clavando sus uñas para marcarle y que yo supiera en la mañana que había sido suyo (…). Escondí la cabeza entre las manos y ahogué dos quejidos. La existencia se había roto”, op. cit., p. 164.

 

© Ana María Gómez-Elegido Centeno 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero40/soriamoi.html