Psicoterapia analítica en el viaje mítico de Pedro Urdemales

Gabriel Saldías Rossel

Licenciado en Letras
Pontificia Universidad Católica de Chile
gasaldia@uc.cl


 

   
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Resumen: El presente artículo pretende ser una necesaria ampliación al estudio de la conformación heroica popular, teniendo particular consideración en lo que respecta a la estructura psicológica interna del personaje Pedro Urdemales así como la misma estructura psicológica colectiva del pueblo donde se presenta, que en este caso es la comunidad popular-rural chilena. Considerando los importantes estudios de C.G Jung a este respecto, este artículo intentará comprobar la relevancia de algunos aspectos propios del inconsciente colectivo de los pueblos en su manifestación literaria y en particular sobre la figura heroica de Pedro Urdemales.
Palabras clave: Pedro Urdemales, sombra, inconsciente colectivo.

Abstract: The following article tries to act as a neccesary extension to the study regarding the popular heroic conformation of the character Pedro Urdemales, focusing with particular interest in the psychological structure of the character as well as the one inside the very same culture wich saw him born, wich in this case is the popular-rural Chilean community. Taking into consideration the remarcable studies accomplished by C.G Jung in this field, this article will try to verify the relevancy of some aspects of the collective unconscious in its literary manifestation, and in particular, on the construction of the heroic figure of Pedro Urdemales.
Key words: Pedro Urdemales, shadow, collective unconscious.

 

1. Configuración arquetípica de Pedro Urdemales.

Ya se ha visto cómo el ciclo de narraciones populares de Pedro Urdemales puede sostener una interpretación relacionada al viaje heroico [1], pero esto, aún más que clarificar la verdadera y última realidad del personaje no hace más que plagarla de nuevas dudas.

El análisis literario promueve una perspectiva desde la cual el personaje debe ser visualizado como un elemento que conforma parte de una totalidad restringida, que es la totalidad de la obra literaria. Sin embargo, cuando se esquematiza algo como un viaje mítico “popular”, es necesario tener siempre en perspectiva una segunda totalidad aún más abarcadora que la primera; la totalidad de la creación cultural.

Negar la efectiva relación que existe entre cultura y obra es algo ya arcaico. Sin embargo, persiste una visión academicista de especialización, lo que restringe, generalmente, todo análisis a una sola “esfera del conocimiento”, siendo que muchas veces estas se entrecruzan. En el estudio ya citado, queda presupuesto como implícito el hecho de que la obra refleja, o más bien canaliza, una determinada intención cultural. Para lograr aprehender de alguna manera esta “intención”, es fundamental ante todo expandir la cuenca del análisis literario hacia miras más amplias.

Campbell [2], principal encargado de la teoría del viaje mítico del héroe, presupone que todo personaje que cumpla con el viaje mítico ha de poseer -en algún grado- un tipo de psicología que va adaptándose a las necesidades que plantea el viaje, es decir, una psique que va adaptándose a medida que el personaje va evolucionando en su camino hacia el heroísmo. Sin embargo, en las narraciones recogidas por Laval [3] y Matamala [4] se puede observar ya con una primera mirada que el personaje popular no necesariamente ha de cumplir con la evolución psíquica propia del héroe.

Desde aquí, el planteamiento psicológico exige como medida hermenéutica una nueva aproximación que escape del cánon de análisis individual. Diagnosticar a Pedro Urdemales, o a cualquier personaje, solo representaría un aporte dentro del marco del análisis literario, esto es, considerando la psicología como una herramienta a favor de la obra. Sin embargo, un planteamiento realmente integrador contemplaría las herramientas propias del análisis psicológico en consonancia con las herramientas y los objetivos que plantea un análisis literario. De esta forma, resulta indispensable que, si se desea aunar la obra con su psique cultural, se plantee una visión psicológica que permita acercar ambos conceptos en vez de separarlos en unidades de conocimiento aisladas.

Se supone que los héroes son el epítome de la caridad y el altruismo, salvadores de pueblos y de acongojados, representan de manera unívoca la mayoría de las veces los ideales que, como comunidad, la sociedad desea para sus integrantes. En pocas palabras, el héroe ha de encarnar psicológica y por tanto moralmente, todos los valores positivos concebidos como tales al interior de su cultura [5]. Pedro Urdemales, por otra parte, como ya se ha estudiado, se encuentra en un constante conflicto con su realidad externa y por tanto, con su comunidad y su sistema moral.

Esto nos plantea ante una sospecha bastante particular, y es que si el personaje en última instancia es un héroe, ¿cómo es posible que su psiquis no funcione al mismo nivel de sus representaciones físicas o sociales? ¿Podríamos pensar en un héroe “enfermo” psicológicamente? En términos de repercusión cultural, esta sospecha podría echar por tierra cualquier tipo de definición antropológica certera, ya que una disociación entre psique y acción cultural resulta ineludiblemente sospechosa.

Resulta así esencial un acercamiento directo a la estructura más íntima y profunda de la psicología del personaje, que a su vez revela la psicología de las narraciones y en última instancia, podría echar luces respecto a su relevancia cultural. El intento por develar su propia estructura psicológica no solo supone ahondar más en el carácter del personaje, sino que pretende en última instancia encontrar el resquicio que permite la unión entre esta psicología particular y el pueblo en donde son gestadas las aventuras del protagonista. No se trata entonces de un mero estudio psicológico o literario, sino que cualquier hipótesis justificada a partir desde esta óptica tiene por último fin rescatar la visión de un pueblo, sus deseos, miedos y virtudes.

La relación negativa que existe entre el personaje y su mundo es evidente, por lo que su viaje heroico habría de ser necesariamente diferente al planteado por Campbell, resultando de igual manera en una conformación heroica. Sin embargo, aún considerando que esto haya resultado factible, es necesario ahondar un poco más en la realidad psicológica de Urdemales para llegar a explicar efectivamente de qué manera se comporta este en relación a su mundo y cómo esta relación se puede manifestar en una psicología propia individual y colectiva.

Nace entonces la dualidad inherente al presente estudio, dado que si el esquema de Campbell puede explicar de manera literaria-antropológica la conformación narrativa y cultural del personaje, se vuelve necesario adquirir una nueva postura para adoptar el análisis psicológico requerido. Tal nueva visión la ha de brindar C. G Jung, quién trabaja particularmente con el tema del inconsciente individual y colectivo. [6]

Jung además de permitir una asociación cultural de la figura de Urdemales, mediante el mecanismo arquetípico del inconsciente colectivo, también brinda una gran complementación psicológica al esquema campbelliano con su proceso de individuación. De esta manera, mientras Campbell ha permitido esclarecer la unidad cultural y literaria de los relatos, Jung permitirá a su vez adentrarse en el proceso de creación de la psiquis del personaje, extendiendo luego el resultado de este procedimiento hacia las mismas esferas culturales en las que se puede traducir al autor de El héroe de las mil caras.

Dentro de la obra de Jung el análisis de los arquetipos es considerado como uno de los más grandes aportes a las perspectivas de la psicología moderna. De acuerdo a sus planteamientos iniciales, los arquetipos serían “ideas” culturales almacenadas y preservadas a través de las generaciones mediante el inconsciente colectivo de la comunidad, que sería el equivalente al inconsciente personal pero extendido hacia todas las estrechas y complejas redes de conocimientos traspasados de boca en boca y a través de las diferentes épocas en los diferentes sectores de desarrollo de una cultura.

Esa capa más profunda es lo así llamado inconsciente colectivo. He elegido el término «colectivo» porque tal inconsciente no es de naturaleza individual sino general, es decir, a diferencia de la psique personal, tiene contenidos y formas de comportamiento que son iguales cum grano salis en todas partes y en todos los individuos. (Jung: 4)

Los arquetipos al interior de esta enorme piscina de conocimientos inconscientes serían imágenes culturalmente adquiridas que permitirían la expresión de las ideas inconscientes de manera consciente. Así, mientras se tenga la idea cultural de “madre”, dicha madre ha de encarnar una serie de atributos que inconscientemente la comunidad le ha atribuido con el paso del tiempo, y para hacer de estos atributos algo perceptible se crean las imágenes arquetípicas, que a su vez son representativas de los arquetipos correspondientes que viven al interior del inconsciente colectivo [7].

Jung considera una figura arquetípica la del héroe [8], figura que de alguna manera ha quedado ya vista con detenimiento en el análisis propuesto a raíz de la teoría de Campbell, y que no se ajusta de la misma manera en términos psicológicos a las narraciones de Pedro Urdemales; en cambio, el mismo autor propone también una figura arquetípica que sí encuentra una serie de peculiares similitudes con el personaje de los relatos populares: el trickster.

El trickster es quizás la figura arquetípica humana más lejana a la del héroe y su quehacer, dado que a diferencia de este, no posee un rol prioritario explícito a nivel cultural, ni encarna los valores “positivos”, entendiendo por estos los señalados con anterioridad en referencia a la relación moral-psicológica de los personajes. El trickster es, en primera instancia, una figura arquetípica ancestral, almacenada desde tiempos remotísimos en el inconsciente colectivo como una forma oscura y sombría de la humanidad misma.

[…] evidentemente, un «psicologema», es decir, una estructura psíquica arquetípica de máxima antigüedad: puesto que es, en sus más clara representaciones, una fiel reproducción de una consciencia humana aún no desarrollada en ningún aspecto , correspondiente a una psique que apenas ha dejado atrás el nivel animal. (Jung: 244)

Al plantear que la psique del trickster ha recién dejado el nivel animal, Jung establece una relación muy estrecha entre la evolución psicológica del personaje y el mundo que le rodea. En este sentido, el trickster se encuentra ligado a un mundo primitivo y no adaptado aún a la convención social humana, por lo que el personaje se encontraría “abandonado al mundo” en medio de su propia conformación psicológica personal.

Es por esto que el trickster es relegado por la conciencia al ámbito de lo inconsciente, en cuanto no resulta un recurso útil para el ser humano que vive en sociedad, se atiene a reglas y comparte con la comunidad que le rodea. El trickster representa lo carnavalesco [9], la inversión de los roles y el caos frente al orden [10], por lo que no puede ser un elemento incorporado conscientemente al quehacer cotidiano de los seres humanos.

De aquí se desprende el carácter “oscuro” y “sombrío” aludido con anterioridad, en cuanto el trickster “duerme” permanentemente en el sector más apartado del inconsciente colectivo, desde dónde solo se le permite actuar en determinadas ocasiones, como eran los carnavales medievales o algunos ritos de índole chamánica o esotérica.

El trickster actúa entonces como una especie de sombra colectiva de la cultura, es decir, como una encarnación arquetípica de lo peligrosamente ajeno, reprobable, temido y reprimido y es en este carácter en donde más se aleja del arquetipo heroico, salvadora y protector de todo lo justo y bueno. El trickster, por estar ligado a un estado de consciencia anterior al del humano civilizado, es decir, al del humano que ha aprendido a convivir, no logra adaptarse al mundo conformado por este, un mundo que le resulta extraño e incomprensible.

Ya no somos conscientes de que, por ejemplo en las costumbres del carnaval y en otras parecidas, hay restos de una figura de sombra colectiva que demuestran que la sombra personal es por así decir un derivado de una figura numinosa colectiva. Ésta se deshace poco a poco bajo la influencia de la civilización y solo se conserva en residuos folklóricos difíciles de reconocer como tal figura. (Jung: 246-247)

Sin embargo, en las ocasiones que puede efectivamente actuar en y sobre el mundo, lo hace de manera alterada, generando confusión y causando estragos a todo nivel (razón por la cual Jung lo asocia también a los fenómenos paranormales de los poltergeist o las apariciones de duendes traviesos).

Es así que la labor principal del trickster no es sostener al mundo ni mantenerlo en orden, sino alterarlo haciendo uso de todos los recursos que culturalmente se han considerado como negativos o dañinos, manteniendo siempre una poderosa integridad individual frente a la conformación de la conciencia colectiva del pueblo o la comunidad sobre la que actúa.

Cabe señalar también que el arquetipo no está teñido de tinte moral, es decir, no es más “bueno” ni más “malo” que los demás, sino que su papel implica el estar relacionado con la sombra y por tanto, en directa relación con lo numinoso y oscuro de la cultura, sin que esto sea moralmente malo o aún siéndolo.

Es posible analogar muchas de las características del trickster hacia la figura de Pedro Urdemales, incluso esta ambigüedad moral ya mencionada, aunque no ya en su proceso de conformación como héroe sino al nivel psicológico personal en que este se desarrolla. Por ejemplo, la inadaptabilidad del protagonista al mundo en que se encuentra, su lucha por intentar hacer valer un esquema moral basado en la propia personalidad, su casi inexistente reflexión personal frente a los sucesos exteriores, etc… Pedro Urdemales sería ejemplo y portador a la vez de un arquetipo colectivo relegado al plano del inconsciente, pero que se ha sostenido a través del tiempo por pertenecer, en parte importante, a la memoria cultural de una comunidad específica.

Sin embargo se plantea una interrogante muy compleja pero necesaria de responder. Si el héroe y el trickster son las dos caras de una misma moneda, ¿cómo es posible que el último haga el papel del primero? Es decir, ¿en qué medida puede existir un héroe trickster? Ya Jung sospechaba de alguna manera que esto era posible al establecer la vinculación entre el personaje y su psicología.

Los rasgos picarescos de Mercurio no dejan de tener relación con ciertas figuras folklóricas que aparecen en los cuentos populares y que todo el mundo conoce: son las figuras del “bobo”, del “tonto del bote”, del bufón, que son héroes claramente negativos y con su simpleza consiguen lo que otros no logran aunque lo hagan todo maravillosamente. (Jung: 240)

Jung los llama “héroes negativos”, pero con las bases del esquema de Campbell ha sido posible comprender que el viaje heroico no necesariamente es más negativo o más positivo, sino que consta de diferentes etapas que se resuelven igualmente de maneras diferentes. De esta forma, resulta factible pensar que efectivamente podría existir un héroe trickster como Pedro Urdemales. Sin embargo, antes de obtener una conclusión realmente explicativa, es necesario comprender el proceso psicológico del personaje para observar si efectivamente comparte las características “sombrías” del trickster, pero más importante aún, para comprender cómo mediante la herramienta literaria un personaje arquetípico puede efectivamente adquirir una forma e imagen particular, aún incluso dentro de su propia psicología.

 

2.- El proceso de individuación.

El proceso de individuación es el nombre que da Jung al camino de conformación psicológica que se llevaría a cabo a través de la vida entre los seres humanos. De igual forma como el cuerpo cambiaría a través de las diferentes edades, la psique de las personas sufre transformaciones que van afectando de una u otra manera su personalidad, anhelos, sueños y frustraciones.

Jolande Jacobi [11] entiende el proceso de individuación como un camino importante en el descubrimiento personal de la propia estructura psíquica del hombre, razón por la que se llevaría a cabo durante toda la vida de la persona, dado que la mente en ningún momento deja de moldearse y adaptarse a su medio y circunstancias.

El proceso de individuación es, en su totalidad, realmente espontáneo, natural y autónomo; le es dado a todo sujeto potencialmente dentro de la psique, aún cuando en su mayor parte es inconsciente.

Constituye, como «proceso de maduración o de despliegue», el paralelo psíquico del proceso de crecimiento y transformación del cuerpo con la edad, siempre que no sea impedido, inhibido o encubierto por algún trastorno. (Jacobi: 163)

Por ser este un proceso, tal como lo señala la autora, en extremo inconsciente, la mayor parte del tiempo el sujeto no se percata de que su psique se encuentra en reiteradas ocasiones frente a elementos que la determinarán de una u otra manera dependiendo de la etapa de vida en que se encuentre y la disposición que haya elaborado hasta ese momento para resistir los escollos psicológicos con los que se ha de enfrentar en adelante.

Jacobi plantea que existen dos etapas generales al interior del proceso de individuación. Cada etapa está asociada a un momento más o menos demarcado de la vida de las personas, por lo que se corresponde con una evolución psicológica determinada o al menos a la que se podría aludir. Dentro de cada etapa se presentan elementos arquetípicos determinantes para el desarrollo de la psique.

Para que el proceso de individuación, es decir de conformación psíquica individual, llegue efectivamente a completarse en la medida de lo posible, frente a los problemas que podrían sobrellevar estos planteamientos arquetípicos, cada sujeto debe afrontarlos, adquirirlos y reconocerlos de una manera abierta y constructiva, dado que en caso contrario muchas veces el mismo proceso de individuación puede verse interrumpido o estancado sin completarse en la medida de lo saludable psíquicamente para cada persona, significando esto en la mayoría de los casos la adquisición de algún tipo de trastorno, complejo o dificultad de cualquier tipo.

La primera etapa del proceso comenzaría a gestarse acordemente durante los primeros años de vida del entonces niño y luego adolescente hasta aproximadamente los veintidós años. Se trata de una etapa en donde el enfoque está dado principalmente en la relación que el ser humano establece con su mundo y el tipo de adaptación (o inadaptación) que desarrolla en relación a este.

La segunda etapa comienza a darse de manera sistemática en la persona desde la segunda década y así hasta la muerte de la persona. Constituye esta una etapa más compleja que la anterior, en cuanto está basada sobre la propia interiorización psíquica de la persona, es decir, el descubrimiento de la propia personalidad y de los elementos hasta entonces inconscientes que han de hacerse conscientes en el mundo empírico [12].

Cabe señalar que el proceso de individuación, de acuerdo a como lo señala Jacobi y también Jung, casi en ningún caso llega a completarse con efectividad, principalmente debido a dos causas: a) porque constituye un proceso inconsciente que a menos que sea llevado a cabo de manera explícitamente consciente no podrá ser comprendido ni acabado en su totalidad y b) porque se desconoce la verdadera profundidad del proceso de individuación, resultando a veces muy superficial y otras intrínsecamente profundo dependiendo de la psique de cada persona, es decir, resulta imposible generalizar una estructura omniabarcante que explique en medidas de tiempo la duración de las etapas o la gravedad de los elementos sin solucionar al interior de estas.

Lo que se pretenderá llevar a cabo con este estudio es la aplicación del las formas arquetípicas centrales del proceso de individuación sobre la figura literaria popular de Pedro Urdemales. Develar la psique interna y personal del protagonista entregará las herramientas posteriores para una caracterización más acabada dentro del marco ya definido del inconsciente colectivo y con especial particularidad, del modelo arquetípico del trickster.

De esta manera, siguiendo el esquema trazado por Jacobi, distinguiremos dos etapas dentro de la vida de Urdemales. La primera etapa será la correlativa a la juventud del personaje, a la cual corresponden las narraciones marcadas como iniciales [13] y los relatos en donde se muestren los atisbos de un primer Urdemales, aún sin confrontación interna de nivel importante. La segunda etapa abarcará las narraciones en las cuales el sistema psicológico se haya complejizado [14], los elementos simbólicos adquieran mayor caracterización [15] o el personaje decididamente se encuentre frente a una etapa demarcada de asentamiento psicológico frente a los elementos arquetípicos descritos dentro del análisis jungiano.

2.1- Primera etapa: La sombra externa.

Dentro de esta primera etapa, Jacobi plantea que el elemento central de confrontación psicológica ha de ser necesariamente la sombra, entendiéndola dentro del esquema jungiano como el elemento “negativo” de la persona, lo que se considera reprochable o digno de ser repudiado y escondido del resto de la sociedad.

La primera etapa conduce a la experiencia de la SOMBRA, que simboliza nuestra «otra parte», nuestro «hermano tenebroso», invisible para nosotros aún cuando inseparable, el cual sin embargo pertenece a nuestra totalidad[…] La sombra integra una parte del individuo, una especie de desdoblamiento de su ser, que, sin embargo, se halla unida a él «como su sombra». (Jacobi: 166)

La característica principal de la sombra la constituye su constante oposición para con los procesos conscientes, razón por la cual se le relega al plano inconsciente en donde no pueda tener efectos directos sobre el actuar humano. Sin embargo, de acuerdo al planteamiento de Jung, la integración de la sombra es de radical importancia al interior de la psique humana, dado que no solo es el consciente el que afecta la vida del ser humano. De hecho, dado que muchos de los problemas frente a los que se encuentran las personas encuentran sus raíces en el inconsciente, la apropiación (o al menos el entendimiento) de este se vuelve sustancial para efectivamente llegar a ser un ser humano íntegro.

Ya se había aludido con anterioridad a la sombra en el presente estudio, a raíz de la caracterización arquetípica tricksteriana del personaje Pedro Urdemales. Lo cierto es que si bien la sombra representa un estado de la psicología personal, igualmente tiene su parte al interior de la conformación del inconsciente colectivo, siendo representado en alguna medida por el arquetipo del trickster, personaje por excelencia oscuro y considerado peligroso.

Sin embargo, resulta necesario establecer una justa separación metodológica entre estas dos acepciones. Que el personaje funcione a nivel de inconsciente colectivo, es decir, culturalmente como sombra, no implica que necesariamente esto ha de revelarse de la misma manera al interior de las narraciones. Si consideramos la autonomía de la obra literaria en relación a la cultura, la verdadera sombra de Pedro Urdemales ha de encontrarse en relación al mundo creado al interior de la ficción literaria y no en la realidad externa a esta.

Por esta razón, resulta indispensable que el análisis se oriente en una dirección que permita comprender cómo la estructura psíquica del personaje se va formando en relación a una sombra presente en su propia realidad, y dado que la perspectiva literaria o el punto de hablada está siempre centrado sobre la psicología personal del personaje, lo más razonable sería intentar buscar su sombra justamente en el mundo contra el que lucha o frente al que tiene sus más grandes conflictos.

Dentro de las narraciones la sombra adquiere dos facetas diferentes en relación a las dos fuerzas que se encuentran generalmente en lucha. Cuando se trata de la visión moral del mundo, Urdemales encarna sin duda la sombra [16] en cuanto es el personaje por excelencia que se vale de todos los recursos vetados dentro del plano moral: deshonestidad, robo, engaños de todo tipo, etc… Sin embargo, dado que esta asociación se corresponderá más adelante a la planteada entre el arquetipo del trickster y el inconsciente colectivo, resulta de mayor importancia descubrir cuál sería la sombra del mismo personaje, dado que esta influirá de importante manera dentro de la construcción psíquica del protagonista.

Si Urdemales representa la sombra cultural de la moralidad de su propio mundo al interior de las ficciones, lo más evidente es que su propia sombra sea la misma moral contra la que lucha. Es decir, existe una relación binaria entre dos fuerzas que se oponen: se confrontan la psicología interna de un personaje perteneciente a un estado de consciencia aún primitivo, muy ligado al inconsciente y a las fuerzas primarias frente a una consciencia ya establecida, en donde las normas y las reglas representan las bases de un complejo sistema moral que dictamina lo que es bueno y lo que es malo [17].

En este sentido, todo lo que no forma parte del “yo” de Urdemales, toma características de sombra cimentadas en la conciencia del mundo externo a él. Tales representaciones se pueden ver sin duda en los cuentos iniciales ya citados (XII, XIII y XIV) en donde Pedro reconoce efectivamente que su sistema psicológico-moral interno no es el mismo que el del mundo. Sin embargo, como ya se ha presentado en el esquema campbelliano, en el momento en que Pedro inicia su aventura, su psique ya está conformada de manera tal que para él, todo personaje representante del mundo ha de ser por necesidad su propia sombra. Así, aunque sus tretas y engaños puedan ser caracterizados como negativos, para él solo representan beneficios y ganancias, por lo que no es de extrañar que los tres cuentos iniciales terminen con unas peculiares fórmulas de índole constatativa:

Después el caballero se fue rabiando en contra de Pedro, y Pedro por allá decía:- ¡No me va yendo muy mal en las diabluras que voy haciendo! (Laval: 31)

Dijo Pedro entonces:- Ya ahora me voy con los tres caballitos de tiro y aperadito de un todo; ¡mantas, espuelas y la haladaíta de plata! (Laval: 33)

Con estas palabras finales, Urdemales hace evidente que en su psique no se encuentra integrada la conciencia por y del mundo externo, siendo esta parte central de su propia sombra. En otras palabras, mientras que para el mundo de las narraciones Urdemales encarna lo negativo, para el personaje es el mundo el que se encuentra desviado en su proceder y su forma de validación consciente.

La lucha con la sombra representa un período importante de la primera etapa del proceso de individuación ya que implica reconocer lo ajeno como propio, es decir, flexibilizar el propio “yo” para adaptarlo, en la medida de lo posible, hacia lo que este mismo “yo” consciente ha decidido desechar por peligroso u oscuro. Implica volver a la persona un ser dúctil, capaz de desenvolverse en diferentes planos dependiendo de las circunstancias, no reaccionando de manera agresiva o violenta frente a situaciones que inconscientemente ha decidido reprimir. Sin embargo, esta integración de la sombra no siempre logra llevarse a cabo:

Y como en el curso de nuestra vida estamos constantemente inhibiendo o reprimiendo una cualidad u otra, la sombra nunca puede ser totalmente incorporada a la conciencia. Sin embargo, es importante que, al fin, sus rasgos más salientes sean hechos conscientes y puestos en relación con el yo […] (Jacobi: 168)

En el caso de Urdemales, integrar la sombra implica adquirir un estado de conciencia que aún no se ha llegado a conocer y que nunca llegará a conocer dada su naturaleza arquetípica. El trickster se mueve con ambigüedad entre el mundo del consciente y del inconsciente, pero por ser una imagen arquetípica representativa de la sombra, nunca ha de poder mutar y ser lo que no es, es decir, parte del mundo consciente.

Tal es el caso de Pedro Urdemales, que si bien en una primera instancia solo se limita a establecer una diferencia entre la conciencia del mundo y su propio sistema inconsciente, más adelante dicha diferencia se acentuará en cuanto la sombra se confronte con él. De los simples engaños iniciales, libres de culpa y persecución, el personaje pasará a estar en derecho conflicto (incluso físico) con el sistema consciente del mundo externo.

Dos casos ejemplares de este período lo representan los cuentos VII y XV. En el primer caso, llama la atención cómo el engaño nace a raíz de un motivo no visto con anterioridad, que es la venganza. Aquí se lleva a cabo una inversión de roles muy interesante y en la que vale la pena detenerse brevemente.

El personaje aludido resulta ser una de las víctimas previas de Pedro, que encontrándose nuevamente con él, decide tomar venganza por el engaño anterior. Sin embargo, cuando Pedro le ve, urde un nuevo engaño para salvarse del castigo y simula un crimen. El personaje, al ver que Pedro había cometido un crimen, pensó en acusarlo a la justicia para vengarse y quedar como una persona justa.

Lo interesante de esta narración en particular es que el personaje que busca venganza está siendo dominado por la sombra del sistema consciente del mundo (dado que la venganza es condenada moralmente como negativa), por lo que habría entrado, supuestamente, al interior del sistema en que viviría Pedro. Sin embargo, cuando Urdemales debe defenderse frente a la acusación por el crimen, lo hace de una manera muy particular.

- ¿Qué has hecho, desgraciado? Has asesinado a ese pobre, y voy, al punto a denunciar a la justicia el crimen que has cometido para que te den el castigo que mereces.- Y para sí pensaba: “así purgará su crimen y me vengaré de él”

Pero Pedro, soltando una carcajada, le contestó:- ¿Qué no sabe, señor, que yo no soy un criminal? […] (Laval: 21)

Con esta aseveración, Urdemales invierte nuevamente el sistema y aparenta haber integrado su sombra en sí mismo. Es decir, el personaje conoce el concepto, conoce el castigo y tiene plena conciencia de lo que le podría pasar si es que lo atrapan, por lo que engaña al personaje haciéndole creer que efectivamente se encuentra a su mismo nivel de conciencia, siendo que en realidad todo forma parte de un nuevo engaño intuitivo para no ser capturado por el mundo externo. Cuando el engaño torna en éxito, el sistema inconsciente de Pedro adquiere fuerza mientras que la conciencia moral del mundo se debilita.

En este mismo sentido, cuando en el cuento XV Urdemales es engañado por las beatas, lo que sucede es que la inversión se genera en sentido contrario. Son las tres beatas las que le hacen creer a Pedro que puede integrar su sombra mediante el acto noble del entierro del párroco, siendo en realidad solo un juego al mismo nivel de Pedro.

No existe un real enfrentamiento con la sombra positiva del personaje, que efectivamente habría supuesto una instancia integradora, sino que se devuelve el engaño sobre el engañador, capturando a Pedro en su mismo nivel de inconsciencia. Es decir, este resulta ser uno de los pocos cuentos en que el personaje se ve enfrentado a otros seres que comparten, en alguna medida, las características propias del nivel inconsciente. La diferencia radica en que, mientras Pedro vive en este nivel, las beatas forman parte del nivel consciente del mundo y solo harían uso de esta inconsciencia para ponerse al mismo nivel del protagonista, razón por la cual el engaño resulta exitoso.

Estos enfrentamientos encuentran una serie de tintes diferentes dependiendo de las variables propias de la narración, más aún así todas siguen de alguna manera el esquema presentado en la sección del análisis del héroe. El problema radica en que efectivamente este podría ser el gran obstáculo en el proceso de individuación de Pedro Urdemales.

De acuerdo a lo propuesto por Jung, la sombra puede que nunca llegue a integrarse por completo al “yo” personal, y si esto llegase a suceder, las etapas posteriores encontrarían serios problemas para desarrollarse. En el caso de Pedro Urdemales, la sombra, por necesidad de comportamiento no puede integrarse a su “yo” personal.

Como ya se planteó con anterioridad, el trickster, por ser una figura arquetípica es invariable en su constitución como sombra. Esto quiere decir que, mientras no cambie la concepción cultural de lo reprobable, oscuro, peligroso o numinoso dentro del comportamiento humano, la figura del trickster ha de permanecer igualmente constituida. Y aunque efectivamente existiese un cambio, la sombra seguiría existiendo y el trickster seguiría siendo parte de la sombra, adaptándose a la oscuridad de esta para seguir representando todo lo que el “yo” cultural consciente no es capaz de aceptar.

Es así que Urdemales no puede integrar de manera efectiva su sombra, ni siquiera aún en sus momentos finales antes de morir o efectivamente después de muerto, dado que esto implicaría una alteración. Si el personaje llegase a integrar su sombra dejaría, por necesidad binaria, de representar la sombra cultural y por tanto dejaría de ser un trickster arquetípico, ya que formaría parte (al menos en algún grado) del nivel de conciencia social contra el que tiene tantos enfrentamientos su inconsciente personal.

La siguiente etapa dentro del proceso de individuación tiene relación con la concepción de animus y ánima que concibe Jung. Ya se ha afirmado que Urdemales es incapaz de lograr integrar su sombra, pero es necesario ver los problemas presentes en esta segunda etapa para llegar a comprender de manera más completa lo que implica la detención y el estancamiento del proceso de individuación, sin duda representado ya en sus narraciones finales de muerte y más allá.

2.2- Segunda etapa: La sombra interna.

Si la primera etapa del proceso de individuación está enfocada a establecer los nexos que han de permitir al sujeto adaptarse a su realidad externa y a relacionarse con esta de manera positiva, la segunda etapa encuentra su importancia en cuanto permite la evolución de los vínculos interiores de la persona. Esto implica una integración total o al menos parcial de elementos opuestos que se encuentran a nivel del inconsciente personal, pero que repercuten de igual manera en la expresión externa que pueda poseer el individuo.

Toman importancia en este sentido dos figuras arquetípicas propias del inconsciente definidas según Jung como “imágenes del alma”. Dependiendo de si el sujeto resulta ser hombre o mujer, dichas imágenes han de ser llamadas ánima y animus correspondientemente.

La figura arquetípica de la imagen del alma corresponde a la parte sexual complementaria de la psique, y muestra, en parte, cómo se halla formada nuestra relación personal y, en parte, el sedimento de la experiencia total del sexo contrario. (Jacobi: 173-174)

Esta realidad dual que se encontraría presente al interior del inconsciente de cada sujeto, resulta la mayoría de las veces conflictiva en diversos aspectos del quehacer humano. Por ejemplo, en términos amorosos, una obsesión con la figura contraria podría llevar a patrones de comportamiento patológicos centrados exclusivamente sobre elementos negativos o idealizados de la pareja.

De esta manera, la tarea de esta segunda etapa es intentar integrar de manera medianamente armónica las respectivas imágenes del alma que estarían presente en todas las personas. Cabe señalar también que en todo ser humano ambas imágenes coexisten, pero solo una se encuentra realmente acentuada al interior de la psique consciente del sujeto. Así, en los hombres, resulta ser el animus la imagen primaria, mientras que en la mujer es el ánima [18].

Ambas imágenes constan de elementos propiamente internos o externos, al igual que la sombra. En el caso de las representaciones internas, estas pueden ser rastreadas a través de los sueños o visiones de los sujetos, mientras que las representaciones externas generalmente se ven en proyecciones psíquicas que los sujetos elaboran sobre personas del sexo contrario que de alguna manera despiertan algún rasgo dormido, latente o radicalizado de su figura complementaria.

La experiencia de Pedro Urdemales con el ánima pasa por tres etapas diferentes. En una primera etapa el personaje se desprende de la figura que ha de ser emblemática en la conformación de su ánima, su madre (cuento XII). Este primer fenómeno se encuentra inserto en lo que hemos denominado “la etapa del encuentro con la sombra”, significando entonces qué elementos del ánima han de ir a conformar en alguna medida elementos propios de la sombra. Así, mientras la sombra de Urdemales encontraría su expresión externa en la realidad consciente externa a él, internamente el ánima ha comenzado a gestarse como un proceso significativamente relevante al interior de la propia psique inconsciente del personaje.

Una segunda etapa del encuentro con el ánima lo representa el intento de integración que sobrelleva el personaje en un momento dado de su evolución (“Cuento de Pedro y el Diablo”), mientras que una última etapa estaría dada por la imposibilidad de integración del ánima en vida (cuento XX) y su posterior reconocimiento real, aún sin integración explícita una vez muerto (“Pedro Urdemales en el cielo”).

Al primer fenómeno solo se le hará una mención breve y explicativa, dado que ha quedado medianamente perfilado ya con el análisis de la sombra y el esquema del viaje mítico del héroe. La importancia de este suceso radica en la relevancia que tiene la figura de la madre a nivel psíquico durante el desarrollo del proceso de individuación [19].

A través de las narraciones la figura de la madre se perfila como una figura omnipotente, moralmente inquebrantable. Sería, de alguna manera, una tercera posibilidad entre la psique inconsciente del personaje y la realidad moral consciente de la sociedad. La psiquis de la madre representa una flexibilidad especial del sistema de opuestos tan rígido presentado hasta ahora, dado que mientras se trate de una madre en relación con su hijo, esta ha de poseer todos los privilegios y todos los beneficios de la justicia moral de la situación, dado que el vínculo madre-hijo es representativo de un esquema mucho más arcaico que cualquier arquetipo, que sería la evolución de la vida y la preservación de la raza.

En el cuento XII, Urdemales es calificado como un hijo “diablo”, o lo que es lo mismo, un “mal hijo”. Esto ya implica una separación al sagrado vínculo con la madre, lo que explicaría por qué luego el personaje habría de abandonarla para siempre sin aviso previo [20]. Con esto, el ánima comienza a adherirse tenazmente a la sombra interna del personaje, conformándose todo lo referente a la madre como un elemento oscuro, desconocido y peligroso; factor que finalmente ha de costarle la vida.

Ya con el ánima inserta en la sombra inconsciente del personaje, este lleva a cabo la serie de aventuras ya descritas con anterioridad. Durante este período, probablemente abarcante de la adolescencia y gran parte de la adultez primaria, la forma del ánima queda relegada casi por completo, pasando la mayor parte del tiempo inadvertida. Correspondería este período al esquema del núcleo de las aventuras del héroe propuesto por Campbell, en donde el éxito se obtiene la mayoría de las veces a raíz del ingenio, la astucia y la inteligencia.

Aquí cabe recalcar una característica importante del ánimus y del ánima. La primera se asocia a la estructura masculina y con esto también al pensamiento racional, mientras que la emotividad está más inscrita al interior de la imagen del ánima:

La evolución orientada hacia el patriarcado de nuestra cultura occidental permite suponer que también en la mujer sea lo masculino de más valor que lo femenino y contribuye en mucho a acentuar la fuerza del ánimus. […] Con todo, así como el hombre, por naturaleza, es más inseguro en el eros, la mujer siempre será más insegura en el reino del logos. (Jacobi: 177)

Durante el período de las “aventuras”, Urdemales ha ido cimentando poco a poco la fuerza de su ánimus hasta volverlo parte integral de su ser. Cada treta y engaño pertenece sin duda a lo que Jacobi llama “el reino del logos”, lo que a medida de que se va practicando, comienza a rendir frutos a nivel físico y psíquico en el personaje.

El ánima, mientras tanto, ha permanecido relegada a la sombra y al inconsciente. Durante esta etapa el personaje no encuentra forma proyectiva de su ánima en cuanto los personajes femeninos escasamente se relacionan con él y aún cuando lo hacen, nunca llegan a representar esa parte del ánima tan resguardada bajo las capas del inconsciente personal que sería la representación de la imagen de la madre.

Así, ánimus y ánima aún no se han visto confrontados y la relación sigue siendo tan distante como entre consciente e inconsciente. Sin embargo, una vez que el personaje ya ha alcanzado lo que, podríamos presumir, es su adultez el ánima efectivamente intenta hacerse presente de manera proyectiva en el personaje, elemento constatable ya en el “Cuento de Pedro y el Diablo”.

PEDRO: Sigue haulando. Dime quién eres ¿Un duende? ¿Un brujo? ¿Un ánima en pena ?

LA SOMBRA: Yo soy la Luisa Matías, la meica mah afama'a. El diablo me dió el saber y el poder de adivinar. Pero, me engañó el maldito porque mientras mah grande es mi sabiduría, yo me güelvo pura sombra. Pero te puedo ayudar. Yo sé que tienes un duelo con el diablo. Llévame contigo. Yo seré tu sombra y, como sombra te soplaré las respuestas a las adivinanzas del diablo. (Matamala: 27-28)

En este cuento Urdemales recibe la ayuda de una figura femenina identificada como “la sombra”. Dicha figura ha de ayudarlo a sobrellevar las pruebas que Pedro tendrá que sortear para vencer al Diablo. Este antagonista es una expresión clásica del ánimus como arquetipo, en cuanto encarna la sabiduría por excelencia al igual que la astucia.

Para que el protagonista efectivamente venza al Diablo, es necesario que reciba ayuda, dado que la facultad humana por muy excelsa que sea, no se puede comparar a la facultad divina dentro del imaginario colectivo. Así, la ayuda que necesita Pedro le viene de una figura igualmente sobrenatural y, sospechosamente, femenina, figura que finalmente le permite al personaje obtener su triunfo sobre el demonio [21].

Se podría pensar que en este cuento acontece una real integración del ánima que complementándose con el ánimus presente en el personaje, le permitirían obtener la victoria. Sin embargo, lo que acontece realmente aquí es un enmascaramiento del ánimus en forma de ánima. La máscara, otro elemento significativo dentro del proceso de individuación y al cual solo nos referiremos de manera escueta y somera, es una extensión proyectiva de un elemento social manifestado al interior de la psique de la persona para permitirle una adaptación válida en relación con la realidad externa.

En este caso, no es el ánima lo que se manifiesta, sino el ánimus exacerbado del personaje. Esto es comprobable ya en el simple hecho de que las pruebas a las que se somete Pedro son justamente adivinanzas, es decir, pruebas adheridas de una u otra manera al logos. Tanto las preguntas del Diablo como las respuestas de la sombra y las repeticiones de Pedro son todas formas de expresión del ánimus de manera reiterada. El Diablo, en este sentido, representa una proyección anhelante del ánimus del personaje que solo puede ser derrotado generando una armonía interna en la psique del protagonista. Sin embargo, dicha armonía no es más que un enmascaramiento provisorio de la conciencia; mientras se haga creer al “yo” que ánimus y ánima se encuentran trabajando al mismo nivel, las respuestas han de ser las correctas.

Es así que en este caso el éxito de Urdemales frente al Diablo es un éxito simulado de una falsa armonía entre ánimus y ánima en la propia psique. El personaje adquiere en este momento una máscara interna que ha de privarle de cualquier futura relación real y compensatoria entre las dos imágenes del alma ya en conflicto. Mientras Urdemales considere que su ánimus y su ánima se encuentran igualmente integrados a su “yo”, el personaje nunca ha de llevar a cabo esta efectiva integración, ya que estará siempre preso de la máscara auto infligida que su consciente ha creado.

En el cuento XX, cuando el personaje encuentra la muerte lo hace a manos de una proyección, esta vez sí real, del ánima aplacada en el inconsciente. Se trata de la “vieja” frente a la que Urdemales se ve engañado, personaje que se ve motivada a esto por reconocer en la princesa raptada por el protagonista a la niña que ella había amamantado hacía muchos años.

Sin si quiera empezar a referirnos al evidente aspecto maternal presente en este cuento, la simple figura de la anciana o la bruja representa para Jung una alusión siempre presente al espíritu, en particular al interior de los cuentos de hadas o las narraciones populares:

La frecuencia con que el tipo del espíritu aparece en el sueño como hombre anciano corresponde más o menos a los cuentos populares. El anciano llega siempre que el héroe se encuentra en una situación desesperada y sin perspectivas, de la que solo puede sacarlo una madura reflexión o una idea feliz […] (Jung: 201)

Lo que Jung interpreta de manera masculina, debe aplicarse de acuerdo al contexto de la obra para comprenderlo en referencia a Urdemales. El anciano hombre está en este cuento convertido en una anciana mujer, lo que a su vez deja de corresponderse con el ánimus y pasa a encarnar la figura del ánima. Luego, el planteamiento de Jung a este respecto es del todo positivo, siendo el anciano una figura idealmente benefactora, pero resulta necesario recordar que Pedro Urdemales no es un héroe arquetípico, sino que un trickster; por lo mismo, su ánimus y ánima no se encuentran en armonía lo que desencadena que la figura de la anciana, en vez de resultar ser una benefactora se convierta en su ejecutora.

En el momento en que la anciana engaña a Pedro, la supuesta armonía enmascarada, presentada en el “Cuento de Pedro y el Diablo”, se destruye por completo. Queda al descubierto que, para un trickster, resulta imposible conciliar estas dos imágenes del alma, dado que siempre ha de encarnar una y ser ella en cuanto le permite constituirse como sombra cultural.

Cabe recalcar también que la vieja de este cuento comparte un estrecho vínculo con la sombra personal de Urdemales: el vínculo materno. Urdemales proyecta en esta anciana la figura aislada y reprimida de su madre, a la que él en un inicio abandona y que ahora lo engaña y derrota, dado que forma parte de un sistema inquebrantable de moral autónoma. Más poderosa que la sociedad e incluso más poderosa que el Diablo (ambas figuras del ánimus), Urdemales no logra vencer lo más oculto en su interior, que resulta ser su carencia inicial, su completo alejamiento de la figura del ánima.

Es así que Pedro llega al cielo en donde una vez más se ha de encontrar con el ánima. La diferencia radica en que, si anteriormente fue esta ánima la que lo condenó, en este caso resulta ser la salvadora y una de las intercesoras en su juicio frente a la justicia suprema. Cuando la madre de Urdemales interviene lo hace para mostrar la permanencia de su existencia al interior de la psique del personaje.

MADRE DE PEDRO:
Yo soy la madre de Pedro
y hasta su juicio he llegado
para decir de una rosa
que nunca se ha marchitado.
Hasta el cielo la he traído
para equilibrar lo malo.
Pido la venia del Justo
para ponerla en el plato.
            (Matamala: 58-59)

La rosa resulta ser el elemento que no se marchita, símbolo de lo femenino en el personaje. Es aquí que Pedro puede reconocer de manera explícita, por primera vez sin conflictos, la relación que podría llegar a existir entre su ánimus y su ánima. Sin embargo, dicha relación de ninguna manera llega a concretarse de manera armónica o integrativa. Si bien al menos existe reconocimiento por parte del personaje de su realidad interior, es decir, aunque en alguna medida llegue a reconocer su sombra interna, el proceso de individuación no llega a completarse y permanece estático en la etapa anterior.

Así, es posible constatar dos elementos centrales que se desprenden de este análisis del proceso de individuación. En primer lugar la existencia de al menos dos sombras al interior de Pedro Urdemales: una de tipo externa y otra de tipo interna. En el caso de la sombra externa, esta se manifiesta abiertamente en el choque que tendría el personaje con el mundo, choque que ya no puede considerarse en planos de moral, siendo la moral solo un derivado consciente del sistema externo. El verdadero choque se gesta entre dos formas de pensamiento la de Urdemales (primitiva, muy ligada al inconsciente y aún poco desarrollada) y la del mundo (forma consciente en donde moral, normas y reglas son solo un producto lógico del quehacer cotidiano).

La sombra interna del personaje se correspondería al ánima del mismo. Esto encuentra su eco en cuanto la sombra externa, el sistema consciente, es en realidad un sistema basado sobre el ánimus racional. En estos términos, la lucha con la sombra externa es en realidad la oposición existente entre el ánimus inconsciente del trickster contra el ánimus consciente de la comunidad civilizada, mientras que la sombra interna del personaje se manifestaría a un nivel aún más profundo de inconciencia personal del “yo”.

El segundo aspecto de relevancia que se puede desprender de este estudio radica en la evidente caracterización del personaje como perteneciente al arquetipo del trickster. Si bien guarda algunas diferencias con los tricksters más antiguos (como son los personajes carnavalescos y medievales a los que alude Jung), igualmente su figura se plasma de una manera similar al interior de la comunidad en que se desarrolla.

El estudio del proceso de individuación del personaje ha prestado las bases para comprender en qué sentido la configuración de este personaje puede encontrarse medianamente análoga a la configuración cultural y a nivel de inconsciente colectivo del arquetipo recién aludido. De esta forma, a nivel micro y macro, Urdemales estaría encarnando una realidad cultural de tremenda importancia, realidad que para Jung ha permanecido oculta y resguardada a modo de sombra colectiva, por lo que resulta de real interés si quiera el más mínimo intento por develar dicho misterio psicológico de la humanidad.

 

3.- El héroe de la sombra.

De tanto este estudio como el anterior, importante conclusiones pueden ser sacadas a la luz, ofreciendo una rica gama de contrastes. En primer lugar, se ha visto como el personaje Pedro Urdemales lleva a cabo lo que podría ser un viaje heroico hacia la derrota y el fracaso mismo del heroísmo como concepto establecido al interior de la psique colectiva de la humanidad.

La conclusión que se desprende de este primer análisis es que el personaje efectivamente vendría a representar una figura heroica interpretada como el gran sacrificado. En este sentido, estaría encarnando una realidad muy significativa que encuentra su eco en la misma realidad en la que las narraciones de Pedro Urdemales son gestadas.

Sin embargo, esta primera conclusión no llega a responder una pregunta aún más profunda que se encuentra aislada en la teoría de Campbell. El autor recupera su estructura de viaje mítico a partir de elementos preservados tradicionalmente en diferentes partes del mundo, enfocándose siempre sobre una figura permanente y casi inalterable de héroe. Queda ya visto que el personaje protagonista de las narraciones populares aquí evaluadas no comparte con estos héroes clásicos las características propias y definitorias de sus correspondientes seres personales.

Se hace necesaria entonces una perspectiva psicológica que permita explicar cómo el personaje llega a constituirse de manera particular en un héroe que no pareciera ser héroe a primera vista. El aporte de Jung en este sentido es radical, ya que echa importantes luces sobre una figura arquetípica que se corresponde en mucha medida a la de Urdemales, es decir, el trickster.

La teoría del proceso de individuación permite adquirir una perspectiva diferente frente al problema de la evolución del personaje, en cuanto se enfoca en el crecimiento y evolución profundamente psicológico del mismo. De esta manera, el esquema de Campbell aportaría los elementos superficiales, posibles de rastrear en las narraciones y en las manifestaciones que estas conllevan, mientras que la perspectiva jungiana permite expandir estas observaciones hacia el plano de lo psicológico cultural y al mismo tiempo, reducir el análisis a la forma psicológica más íntima del personaje.

La caracterización de Urdemales como trickster plantea una conclusión que encuentra serios conflictos con la obtenida desde el esquema campbelliano, en cuanto esta figura arquetípica estaría escasamente relacionada (al menos en cuanto a mitemas) con la figura del héroe con la que trabaja el antropólogo.

Esto lleva a preguntarse acerca de la factibilidad de esta extraña mezcla. Un héroe trickster podría ser clasificado como un héroe “negativo” al modo jungiano. Sin embargo, mantener una consideración de negativo o positivo implicaría necesariamente adquirir una postura frente al texto, y aún más, una postura cultural. Por lo demás, se sabe que los héroes son seres relevantes en cuanto resultan positivos para la comunidad. ¿Cómo explicar entonces la relevancia de un héroe trickster? ¿Es que acaso tiene relevancia alguna?

De acuerdo a las consideraciones de Jung, el trickster es un modelo arquetípico que estaría en gran medida desprestigiado por la realidad civilizada. Lo cierto es que, en su calidad de sombra, el trickster efectivamente mantendría un cierto grado de relevancia cultural que explicaría la mantención del arquetipo a través de la historia.

El trickster es la figura colectiva de la sombra, una adición de todos los rasgos inferiores de carácter. Como la sombra individual es un componente, que nunca falta, de la personalidad, a partir de ella la figura colectiva se crea una y otra vez a sí misma. (Jung: 254)

Este factor, esta necesidad cultural de mantener una sombra siempre presente, explicaría en alguna medida el por qué de la viabilidad del trickster al interior de la cultura. Esto, conjugado frente a un corpora de narraciones populares que se sostienen con el mismo peso del arquetipo, comienza a gestar una noción de héroe particularizado.

En el caso de Urdemales, se trataría de un personaje rastreable incluso a través de cuatro siglos de historia en, al menos, dos continentes diferentes y en diferentes regiones de los mismos. No resulta extraño entonces suponer que frente a semejante proliferación de historias el personaje haya adquirido una relevancia importante dentro del imaginario colectivo de las comunidades, llegando incluso a caracterizarlo como un héroe popular.

La diferencia radical de Urdemales para con los héroes de la antigüedad radica en su personalización, es decir, en el hecho de que su viaje es estrictamente privado. No existe relevancia comunitaria, salvo llegado el momento de expresarlo en forma de historias. De la misma forma, el trickster comienza como un personaje estrictamente personal, enfocado sobre su propia realidad interna; realidad que como ya se ha visto, comienza a extenderse una vez agregado el carácter del trickster hacia la esfera de lo cultural e históricamente relevante.

De esta manera, no resulta ya apresurado concluir que Pedro Urdemales, como personaje popular, tiene una importante función doble. A nivel literario y tradicional, encarna una figura de héroe personal que se ajusta de muy buena manera a la comunidad en que se gesta, mientras que psicológica y culturalmente, estaría formando parte del repertorio de elementos pertenecientes al inconsciente colectivo que configurarían en gran parte la sombra de la humanidad civilizada. A todo nivel, micro y macro, el personaje constituye una representación clara del pensamiento y la identidad, cultural y personal, del pueblo rural chileno en donde nace y muere.

Aunando todos los conceptos ya referidos es posible plantear a Pedro Urdemales como un representante especial al interior tanto de la categoría de héroe como de la de sombra. Se trataría del héroe más oscuro posible de encontrar, la piedra angular del primitivismo psicológico, el atanor en donde se fraguarían a futuro todas las representaciones heroicas culturalmente establecidas y validadas a través de la historia. Representa un estadio previo a la consumación de los valores y los ideales de la civilización, la ambigüedad prima del alma humana aún en gestación y en busca de sus propios asideros que le permitirán proliferar y dar vida. Aún así, nada de obsoleto existe en su figura, en cuanto siempre existirá como un elemento interior probablemente muy resguardado por todas las barreras que la conciencia pueda crear, mas aún así, siempre vivo y latente, ya que en todo humano existe lo inconsciente y en cada héroe convive una sombra.

 

Notas:

[1] Saldías, Gabriel Alejandro. “El viaje hacia la derrota y victoria de Pedro Urdemales. Un esbozo de viaje mítico popular”, Revista Espéculo, 2008, nº 39.

[2] Campbell, Joseph. El héroe de las mil caras. Trad. Luisa Josefina Hernández, México D.F; Fondo de cultura económica, 1959.

[3] Matamala, Roberto. Los cuentos de Pedro Urdemales a lo Humano y lo Divino. Valdivia: Kultrún; 2005

[4] Laval, Ramón. Cuentos de Pedro Urdemales. Santiago de Chile: Cervantes; 1925

[5] Es necesario recordar el esquema de Campbell en donde se incluyen etapas del viaje heroico (por ejemplo, “El vientre de la ballena”) en donde el héroe puede dudar, caer en su anhelo o incluso perder el interés. Sin embargo, estas etapas se consideran provisorias e incluso necesarias para justificar la evolución psicológica del personaje, por tanto no resultan fracasos al interior de este.

[6] Jung, Carl Gustav. Los arquetipos y lo inconsciente colectivo; Obras completas, tomo 9/1. Trad. María Luisa Morales. Madrid: Trotta; 2002.

[7] Respecto al arquetipo de madre, por ejemplo, se puede aludir a las diferentes acepciones culturales que esta toma en las diferentes culturas; receptora, protectora, dadora de vida, etc… y desde ahí resulta plausible considerar figuras arquetípicas a la Virgen María, la “madre tierra” (Gea), Atenea, etc…

[8] Considerar a este respecto la obra del mismo autor El hombre y sus símbolos.

[9] “Esas costumbres medievales [los carnavales] demuestran ad oculos el papel de la figura del trickster, y cuando desaparecieron del ámbito eclesiástico, aparecieron en la comedia profana italiana como esos tipos cómicos que, caracterizados con frecuencia como itifálicos, divertían a un público no precisamente gazmoño con chistes inequívocos al estilo gargantuesco” (Jung, 244).

[10] Ref: Bakjtin, Mikhail, La cultura popular en la Edad Media.

[11] Jacobi, Jolande Székács, La psicología de Jung. Trad. José M. Sacristán. Madrid: Espasa-Calpe; 1947.

[12] Jacobi, Jolande Székács. Op. Cit. Página 165.

[13] Matamala, Roberto. Op Cit. “El nacimiento de Pedro” y Laval, Ramón. Op Cit. cuentos XII, XIII y XIV entre otros.

[14] Laval, Ramón. Op Cit. cuentos V y IX entre otros.

[15] Laval, Ramón. Op Cit. cuentos XV, XVI y Matamala, Roberto. Op Cit “Cuento de Pedro y el Diablo” y “Pedro Urdemales en el cielo” entre otros.

[16] Este sistema es análogo al existente entre el trickster y la cultura, en cuanto el arquetipo funciona a modo de sombra inconsciente de toda la colectividad. En el caso de las narraciones, Urdemales suple la función de sombra del mundo presentado y su conciencia moral tenida por “correcta”.

[17] Semejante oposición existe al interior del esquema del viaje mítico del héroe, aunque en este la oposición real es entre la moral del mundo y la moral del personaje, presentada mediante acciones empíricas en el mundo físico, a diferencia del nivel psicológico donde la pugna se gesta entre diferentes niveles de conciencia e inconsciencia.

[18] Acota Jacobi a este respecto que en casos determinados, una exacerbación de la imagen contraria puede llevar a transformaciones en los sujetos, como serían los hombres en exceso femeninos o las mujeres demasiado masculinizadas. Para referencias ver Jacobi, Jolande Székács. Op. Cit. pp. 173-180.

[19] “«La primera portadora de la imagen del alma es, sin duda, la madre; después las mujeres que excitan el sentimiento del hombre, bien en sentido positivo o negativo» (115) El desligamiento de la madre constituye uno de los problemas más importantes y delicados de la evolución de la personalidad.” (Jacobi, 176).

[20] “Esta era una vieja que tenía un hijo muy diablo llamado Pedro Urdimale, que salió un día a buscar trabajo donde un caballero que le dijo que tenía necesidad de un hombre que le cuidara unos chanchos […]” (Laval, 29).

[21] Resulta interesante constatar en la cita ya referida cómo Matamala integra las palabras “sombra” y “ánima” al texto. Probablemente se trate solo de una coincidencia lingüística, aunque presenta sucinta y simbólicamente la relación que al interior de la psique del protagonista existiría entre estos dos elementos.

 

© Gabriel Saldías Rossel 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero40/urdemal2.html