Violencia y transgresión en dos cuentos latinoamericanos:
La casa nueva de Silvia Molina y
Yo a las mujeres me las imaginaba bonitas de Andrea Maturana

Guadalupe Pérez-Anzaldo

University of Idaho
gperezan@uidaho.edu


 

   
Localice en este documento

 

Resumen: En este ensayo se exploran dos cuentos latinoamericanos, “La casa nueva de Silvia Molina” y “Yo a las mujeres me las imaginaba bonitas” de Andrea Maturana, donde se subvierten los códigos culturales del discurso adrocéntrico en tanto que la figura idealizada de la madre se desmorona ante los ojos de una subjetividad emergente. La violencia hacia la narradora-protagonista, quien en ambos casos es una niña/adolescente, forma parte sustancial en ambas historias así como también lo es la trasgresión de ésta ante el orden social que privilegia al sujeto masculino. Así, al margen del sistema simbólico de poder, esta niña-mujer-narradora tiene el claro objetivo de (re)descubrir una identidad propia y para lograrlo intenta (re)crear un discurso contestatario donde se evidencian algunos de los mecanismos de los que se vale dicho sistema monolítico para mantener subyugada y, por lo tanto, devaluada a la mujer.
Palabras clave: Silvia Molina, Andrea Maturana, violencia de género, menstruación, maternidad

 

En las últimas décadas, las escritoras latinoamericanas han (re)elaborado, explorado y presentado en sus textos amplios y tan variados temas, tales como la violencia, los conflictos y relaciones familiares, la búsqueda de la identidad, la memoria, entre otros, aportando así nuevas conceptualizaciones en la literatura en general. Este es el caso de Silvia Molina (México, 1946) y Andrea Maturana (Chile, 1969) en cuyos cuentos La casa nueva (aparecido en su colección de cuentos Dicen que me case yo, 1989) y Yo a las mujeres me las imaginaba bonitas (incluido en (Des)encuentros (des)esperados, 1992) respectivamente, han cuestionado, (re)semantizado y (re)conceptualizado los parámetros culturales en los que se sustenta la identidad del sujeto femenino.

En ambas historias, cada una con su propio contexto fluido y heterogéneo, llama la atención que la narración se presente a partir de la perspectiva de una narradora niña/adolescente la cual subvierte la imagen idealizada de la madre del discurso androcéntrico. Por consiguiente, la (re)construcción de estas historias se constituye en los márgenes de un sistema simbólico, mismo que tiene como núcleo la supremacía del Padre, en un intento por problematizar y trasgredir la ideología de un orden social que privilegia y condiciona las relaciones asimétricas de poder. De esta manera, la figura señera del padre -y la de la madre que acepta y (re)produce los valores patriarcales- se desmorona ante los ojos de su propia hija, la cual se rehúsa a aceptar con resignación el lugar periférico que le ha sido asignado socialmente. Asimismo, se hace preciso señalar que la condición marginal y subalterna de las narradoras dentro de los textos es doble puesto que no sólo se genera a partir de su posición de niña/mujer, sino también a causa de su estrato o posición social. La violencia física y sicológica de que son objeto las mujeres en ambas historias es contingente a las condiciones económicas que reproducen la miseria e ignorancia en la que viven sus familias.

El estilo utilizado en cada una de estas narraciones es muy sencillo y presenta una gran influencia del elemento oral; sin embargo, y a pesar de lo anterior, la trascendencia y complejidad de sus temas es evidente. Como ya se ha señalado, en los cuentos de Molina y Maturana se redefine y desacraliza el concepto de Maternidad, el cual se ha planteado en base a la gran influencia del catolicismo en el culto mariano. Las premisas semióticas de Julia Kristeva, precisamente, han ayudado a dilucidar sobre este tema: “Christianity is doubtless the most refined symbolic construct in which femininity, to the extent that it transpires through it -and it does so incessantly- is focussed on Maternity.” (1982: 161) La imagen de la Virgen María como el epítome del sacrificio y el amor maternal es un estratagema utilizado por el discurso hegemónico que ha perdurado en nuestro imaginario colectivo a través de los siglos. Por lo tanto, a la mujer se le han atribuido esencias identitarias que parten de su función reproductora y del supuesto instinto maternal que la caracteriza. Precisamente a este respecto, es interesante observar cómo esta conceptualización esencialista es no sólo aceptada, sino también internalizada por las mismas mujeres, como se aprecia en la siguiente aseveración hecha por la escritora judía-mexicana Ethel Kolteniuk Krauze:

Para la Naturaleza, la maternidad es la función biológica de la perpetuación de la especie... La especie humana paga su evolución con un cerebro más grande, por lo que debe nacer “prematuramente” por el canal vaginal; a cambio, necesita el cuidado de la madre para acabar de desarrollarse y convertirse en un individuo viable. La oxitocina y la dopamina, que son las hormonas específicas para este momento, cumplen su cometido y aparece en la madre el apego, el llamado instinto maternal, el lazo afectivo que la mantiene cerca del hijo para que el objetivo de la perpetuación de la especie pueda cumplirse. El instinto maternal es, pues, una función biológica. (2006: 9-10)

Cabe señalar que, aunque Krauze se refiere también al concepto de la maternidad como uno culturalmente creado a partir del siglo XVIII, es indudable que ella privilegia la idea del instinto maternal inherente en toda mujer. Su posicionamiento ideológico es problemático en tanto que refuerza los valores morales del sistema patriarcal, el cual impone, silencia y subyuga toda conducta que vaya en contra de lo considerado “natural”. Como argumenta Graciela Hierro, la mujer que no respeta la normatividad corre el riesgo de ser vituperada porque:

La forma de “instinto” constituye no sólo lo que es, sino también lo que debe ser dentro de la naturaleza humana y, por ello, principio fundamental de la conducta moral… El cargo de “contra-natura” tiene un significado de vituperación como “inhumano”, “desnaturalizado”, “monstruoso”. Asimismo, la palabra naturaleza, como término ético, pretende ser el criterio externo de lo obligatorio: un ejemplo de esto es la obligación para las mujeres de obedecer al “instinto” maternal. (2003: 106)

Hierro, inclusive, va más allá al asegurar que si bien los sujetos buscan satisfacer sus necesidades fisiológicas de acuerdo a las leyes naturales, es importante recordar que, de ninguna manera, se rigen por estas últimas cuando se trata de desenvolverse a nivel social y político. Es decir, que lo biológico no es necesariamente lo que determina el comportamiento social ni la inclinación política de cada individuo. Los estudios de carácter feminista de Hierro y Julia Kristeva, entre varios otros realizados en las últimas décadas, sirven para demostrar que el supuesto instinto primordial de toda mujer al que alude Krauze no es más que una de las múltiples construcciones sociales que se han hecho en torno a la mujer y la feminidad.

Las escritoras aquí presentadas están conscientes de esto y de ahí su interés por presentar a dos narradoras/protagonistas que se erigen como las antagonistas de una madre carente de respeto, comprensión, solidaridad y amor. La rebeldía de las hijas contrasta con la sumisión de las mayores que de manera pasiva y sin ningún cuestionamiento aceptan la autoridad institucionalizada del padre al tiempo que pretenden perpetuar, con su ejemplo, los tradicionales roles adscritos a la mujer tales como el de ser una buena hija, esposa y madre. De tal manera que la madre no solamente cumple la función de procreadora, sino que también es la férrea trasmisora y (re)productora de las tradiciones culturales impuestas por el sistema hegemónico. En ese sentido, estas dos historias:

Uncover the dark secret behind the cult of motherhood: that mothers are the promoters and defenders of male privilege who endanger their relationships with their daughters and their daughters’ very identity by preparing them to value men more than themselves… the bonds between mother and daughter are strained by mothers who enforce society’s message of subordination and conformity against their daughters’ drive to autonomy. (Milleret 2004: 98)

En La casa nueva, esa desacralización ocurre cuando la hija protagonista se niega a aceptar la manipulación y el control de su madre viuda, quien pretende justificar la mentira dicha por el padre llamándolo un “soñador” y no un mentiroso. Es precisamente mediante esta justificación que la madre intenta reivindicar la imagen del ausente jerarca de la familia, devaluada y resquebrajada ante los ojos de la hija. Ella, por consiguiente, intenta aleccionar a su hija pidiéndole que siga viviendo de ilusiones y sueños, tal y como lo hiciera su padre, y que recurra a ese mismo acto de escapismo para olvidarse de una realidad que la aprisiona y oprime. Aquí es importante resaltar que, como ha señalado Margo Milleret, aunque el padre está físicamente ausente, el contexto cultural del poder masculino y su valor dentro de la familia está siempre presente porque ideológica y culturalmente está profundamente arraigado en la sociedad. En este caso, es quien pretende impedirle a su hija encontrar una salida liberadora al reforzar la tradición legitimizada que el hombre representa para ella, debido a que: “[I]n Western culture families honor the patriarchal father who gives identity and value to the women in the home, and whose interests are served by the socialization that mothers give to daughters. (2004: 96)

La hija, sin embargo, indaga y (re)articula una subjetividad propia capaz de trasgredir las valoraciones canónicas y es por eso que corrige y hasta confronta el endeble discurso de su madre al responder: “Nada de que nos vamos a sacar la lotería. ¿Cuál lotería? No, mamá. La vida no es ninguna ilusión; es la vida y se acabó. Está bueno para los niños que creen todo”. (2003: 145) La madurez de la hija, quien ya ha dejado atrás la infancia y que se expone en estas palabras, contrasta con el conformismo y resignación de sus padres. Su madre, en particular, reproduce el mismo discurso ideológico que su esposo resistiéndose a cambiar la estructura de poder que relega, reprime, niega, aliena y subyuga a la mujer.

Es importante destacar que en esta narración donde se rompen las fronteras espaciales y temporales, la precaria situación económica es un factor clave para entender la desestabilización familiar y los conflictos que se derivan como el de la promiscuidad; puesto que los padres viven una relación conflictiva a causa del espacio limitado que comparten con sus cinco hijos y que les impide disfrutar plenamente de sus relaciones sexuales; lo anterior no pasa desapercibido en el recuerdo de la hija/adulta quien tiene aún presente su perspectiva de hija/niña:

Luego me enseñó su recámara, su baño, su vestidor... Y yo, mamá, la sospeché enlazada a él en esa camota -no se parecía en nada a la suya-, en la que harían sus cosas sin que sus hijos escucháramos. Después, salió usted recién bañada, olorosa a durazno, a manzana, a limpio. Contenta, mamá, muy contenta de haberlo abrazado a solas, sin la perturbación ni los lloridos de mis hermanos. (2003: 146)

El deseo de que sus padres tengan un lugar privado que les haga gozar plenamente de su sexualidad se ve frustrado cuando la hija/niña descubre que ha sido víctima de una mentira y que la adquisición de la enorme casa visitada era solamente una falacia, un sueño más del padre. La ilusión se resquebraja por la realidad miserable en la que viven.

La protagonista recorre con su progenitor la ciudad de México -cartografía urbana donde se hacen tangibles las desigualdades sociales- comparando estos dos mundos opuestos e irreconciliables que, sin embargo, forman parte de esa misma metrópolis. La madre de la protagonista se empeña en ocultar, negar, disfrazar y hasta contradecir la verdad que se manifiesta ante sus ojos a pesar de que sabe que su hija ya es capaz de distinguir las diferencias:

El trayecto en el camión, desde la San Rafael, me pareció diferente, mamá. Como si fuera otro… Miles de veces habíamos recorrido Melchor Ocampo, pero nunca hasta Gutemberg. La limpieza de las calles me gustaba cada vez más. No quería recordar la San Rafael, tan triste y tan vieja: “No está sucia, son los años” -repelaba usted siempre, mamá. ¿Se acuerda? Tampoco quería pensar en nuestra privada sin intimidad y sin agua. (2003: 145-6)

Metafóricamente, el día en que ella y su padre visitan la casa nueva que está en exhibición, y que por lo tanto está abierta para cualquier persona, traspasan los límites que dividen estos dos espacios urbanos tan disímiles: la periferia donde ella habita con su familia en paupérrimas condiciones y la zona privilegiada llena de comodidades, servicios y privilegios fuera de su alcance, una especie de utopía para ellos. En ese sentido, la privada donde viven representa el sitio donde se producen la desintegración familiar, la insatisfacción, el vacío y la pérdida de libertad. Por su parte, la casa nueva simboliza el objeto del deseo, lo inasible, en tanto que son muy remotas las posibilidades del cambio de fortuna y del esperado golpe de suerte para poder conseguir una casa propia y la seguridad financiera que le permita la satisfacción plena a cada uno de los miembros de esta familia.

La violencia que sufre la protagonista/narradora no es, en este caso en particular, física sino emocional y sicológica puesto que el engaño y la burla de su padre le hacen sentirse humillada, vacía, frustrada y, sobre todo, desilusionada. Patricia Rodríguez Saravia en su texto titulado La mujer fuerte. Entre comillas, se refiere precisamente a este tipo de violencia el cual tiene un alto porcentaje de incidencias entre las mujeres mexicanas y señala que: “En México, el 50% de las mujeres viven expuestas a las distintas formas de violencia en sus hogares: física, emocional, sexual y psicológica. Las mujeres también ejercen la violencia contra ellas mismas -por ejemplo, mediante la anorexia y la mutilación- y la descargan contra los hijos”. (2004: 95)

Las complejas relaciones intrafamiliares se trasfieren también a nivel de los adultos, puesto que la violencia psicológica antes referida es ejecutada por la madre hacia su esposo, a quien hace presa de constantes recriminaciones y reclamos debido a que él, con su puesto de dibujante, no puede aportar mayores ingresos económicos para la manutención de su familia. Es por esta razón que la hija ambiciona tener una propiedad vasta y cómoda, la cual pueda ayudar a establecer una mejor convivencia entre los miembros de su familia. Es por eso que se plantea lo siguiente: “En esta casa, mi familia va a ser feliz. Mi mamá no se volverá a quejar de la mugre en que vivimos. Mi papá no irá a la cantina; llegará temprano a dibujar”. (2003: 147) De esta manera, el padre se convierte en parte de ese pequeño porcentaje que es abusado por una autoridad castrante y represiva como su mujer; tal y como se percibe en el siguiente estudio sociológico:

Muchas personas que maltratan son considerados (y se consideran a sí mismos) como de menor poder. Cabe destacar que las personas que sufren estas situaciones suelen ocupar un lugar relativamente de mayor vulnerabilidad dentro del grupo familiar. En este sentido la violencia hacia los niños y las mujeres, estadísticamente reviste la mayor casuística, en cambio los hombres maltratados son sólo el 2% de los casos de maltrato (por lo general hombres mayores y debilitados tanto físicamente como económicamente respecto a sus parejas mujeres. (Violencia familiar)

A diferencia de su padre, la única que parece capaz de superar ese trauma y el maltrato verbal en su contra es la hija. Ella busca diferentes estrategias para fortalecerse y sobrellevar el dolor producido por la crueldad de su padre y tristemente afirma que: “Ni con el tiempo he podido olvidar: que iba a ser nuestra cuando se hiciera la rifa” (2003: 148).

A pesar del trauma sufrido, la protagonista se rebela ante su madre y establece, de esta manera, una distancia con su progenitora a quien considera cómplice de la mentira dicha por su padre y en gran parte culpable de la mediocridad en la que han vivido. Ella lucha por librarse de la alienación a que ha estado sujeta y se enuncia como sujeto contestatario logrando, con ello, afirmarse a sí misma, (re)presentarse y (re)descubrir una subjetividad propia.

Por otro lado en “Yo a las mujeres me las imaginaba bonitas”, Maturana explora, a través de los ojos y la voz de un pequeña ingenua pero muy perspicaz, un tema poco común en la narrativa latinoamericana tradicional: el proceso natural de la menstruación, el (des)conocimiento y el ostracismo en torno al mismo. A su corta edad, la protagonista es testigo de la agresión física y psicológica que sufre su hermana mayor a manos de su madre. Ella no termina de comprender el por qué de los sucesos extraños que observa y escucha, de modo que recurre a las asociaciones para intentar explicárselos: el abandono de la mamá por parte de su padre se debe a que ella no es bonita como la rubia de la esquina; las mujeres, por el sólo hecho de serlo, tienen que lavar ropa como la mamá; si la Chana es fea como la mamá entonces Tito tiene que haberle causado la herida por la que ella ahora sufre y, por lo tanto, si la narradora acepta que Javier la lleve a su casa es probable que él abuse de su frágil cuerpo y le haga una herida tal y como Tito lo hizo con su hermana la Chana.

Se hace preciso señalar que, al igual que en el cuento de Silvia Molina, en esta historia se expone también una resemantización del concepto de la Maternidad. En este caso, la mamá, quien ha sido abandonada por el padre de sus dos hijas, es quien abusa y controla el cuerpo de la Chana, el cual se encuentra en la etapa de la pubertad. El nivel socio-económico de esta otra familia sin padre es un factor importante en la propagación de la violencia, puesto que la mamá no sólo vive esclavizada al lavadero sino que, además, carece de la formación necesaria para educar a sus hijas en aspectos tan relevantes en su vida como lo son su desarrollo psicológico, físico y sexual. Es por esa razón que, con tal de no despertar la curiosidad de su hija menor y así no tener que explicarle un tema considerado tabú por ella, le impone el silencio a la Chana: “Ahí la hizo callar porque estaba yo y le dijo que mejor se iban a conversar detrás de la casa para que la hermana chica -o sea yo- no escuchara”. (2003: 127)

El proceso biológico de la menstruación, por consiguiente, es conceptualizado por la madre como algo pecaminoso, vergonzoso y sucio que, por lo mismo, no puede ser explicado y debe mantenerse invisible y oculto. No es casual que en el devenir histórico esa valoración sea, precisamente, la impuesta por el discurso falogocéntrico, mismo que ha asociado el fluido menstrual de la mujer, tal y como observa Elizabeth Grosz, con lo impuro, con la enfermedad y “with the idea of festering putrefaction, no longer contained simply in female genitals but at any or all points of the female body” (1994: 206). De igual manera, el excremento es considerado un agente contaminante, pero a diferencia de la sangre menstrual éste, si puede ser controlado; esto, según los estudios hechos por Freud y analizados por Grosz: el niño es entrenado por la madre, durante su desarrollo, a controlar las funciones biológicas de su cuerpo -tales como la urgencia de orinar y defecar- así como también es enseñado a limpiar su cuerpo debido a las presiones y demandas culturales que le imponen sentimientos de vergüenza y asco para este fin. No es de extrañarse que, de acuerdo a estos parámetros, el fluido menstrual sea referido no sólamente como algo vergonzoso, sino también repulsivo y con poderes de contaminación (1994: 206)

Es importante resaltar que, como ha señalado Julia Kristeva, la sangre menstrual así como otros fluidos corporales corresponden a lo abyecto, que no es precisamente la falta de limpieza y salud, sino aquello que: “disturbs identity, system, order. What does not respect borders, postions, rules. The in-between, the ambiguous, the composite.” (1994: 4) Por consiguiente dicha expulsión, en tanto que no puede ser reprimida, representa una amenaza y un peligro para el orden social, de ahí que sea necesario colonizar, representar y categorizar el cuerpo femenino con base en su función biológica reproductora. La repulsión y el horror que produce la sangre desechada mensualmente es, antes que nada, un rechazo a ese cuerpo materno que le ha dado la vida al sujeto.

Por otra parte, el discurso hegemónico también pretende universalizar a la mujer, y por ende negarle toda especificidad, borrando toda diferencia histórica, racial, étnica, económica y social entre ellas y categorizando a todos los cuerpos femeninos en oposición a los masculinos, tal y como lo afirma Grosz: “the social significance of these bodily processes that are invested in and by the processes of reproduction, all women´s bodies are marked as different from men´s (an inferior o them) particularly at those bodily regions where women´s differences are most visibly manifest. (1994: 207) Cada mujer, sin embargo, vive una experiencia muy particular con respecto a los cambios hormonales producidos en su cuerpo y siente/sufre su período menstrual de manera diferente cada mes.

En el cuento de Maturana, la hija adolescente excede los límites impuestos por la mantenedora del control y el orden familiar al intentar descubrir su sexualidad al lado de Tito: “Algo se puso a decir la Chana, que ahora sí que sabía que eso estaba mal, que hace días la vino a dejar el Tito después de esa fiesta que hubo hasta bien tarde… y los dos se quedaron atrás, en el patio chico, tocándose, pero que ahora estaba arrepentida de todo y no se quería morir por esa herida que tenía”. (2003: 128) El férreo control de su madre se pone de manifiesto cuando descarga sus frustraciones y temores en ese cuerpo colonizado. La autoridad castrante de la madre no sólo le coarta toda libertad a la Chana al reprimirle su impulso sexual, sino que también afecta indirectamente la percepción que su hija menor tiene de la sexualidad, la menstruación y las relaciones afectivas genéricas.

Por consiguiente, la niña/protagonista internaliza y reproduce la perspectiva masculina demostrando con ello que ha sido formada creyendo en la superioridad del hombre. De ahí que considere que tanto su madre como su hermana sean las culpables de su propia victimización dentro de las estructuras del poder porque no se asemejan ni ajustan al modelo que ella tiene en mente: no son bonitas como la prostituta que tanto admira: “Parece que todas las mujeres lavan ropa cuando grandes como la mamá, sólo que a algunas no se les nota. Capaz que la rubia de la esquina también. Yo creo que el Tito a la Chana tiene que haberle pegado por fea cuando vinieron juntos a la casa, y que él le hizo la herida. Si todos los hombres pegan, y a lo mejor por eso le dijo la mamá a la Chana que ya era mujer” (2003: 128) La niña encuentra una justificación basada en la apariencia física para la generación de la violencia relacionada con el género, del mismo modo que universaliza a las mujeres de acuerdo a la labor doméstica que ve realizar a su madre.

Por otra parte, en este cuento se infiere que el nivel del sistema educativo de las escuelas públicas no es eficiente, en tanto que la Chana no ha recibido ahí la información sexual necesaria con la cual podría haber aprendido a conocer su cuerpo y comprendido que su “herida” no era otra cosa que la menarquía, nombre científico dado a la primera menstruación. Victoria Sau se ha referido precisamente a este fenómeno fisiológico observando que en algunos países de América, Asia y África aún se sigue considerando la menarquía como la más clara indicación de que la niña está lista para procrear y, por lo tanto, también lo está para el matrimonio. Debido a que el sujeto masculino es quien controla el cuerpo de la mujer, no es de extrañarse que el desarrollo psíquico e intelectual de la niña carezca de mayor relevancia, puesto que lo que importa es sacar el mayor provecho de los años fecundos de la mujer. (2000: 195)

De esta manera, la aparición de la primera menstruación marca, según los parámetros culturales de la sociedad patriarcal, el momento preciso en que la niña deja de serlo y se convierte en mujer; proceso fisiológico que de ninguna manera es tan evidente en el varón, razón por la cual se le permite madurar un poco más antes de adquirir la responsabilidad del matrimonio. Sau va más allá en su análisis crítico al indicar que:

La primera menstruación ha sido y es con frecuencia traumática para las niñas. Se ha creído ver una relación entre el grado de traumatismo y la calidad y cantidad de información al respecto, así como conflictos en la relación madre-hija. Pero lo que parece más evidente es que la división social del mundo en dos rangos sexuales, uno superior y otro inferior, aunque es percibida por la niña desde sus primeros años se hace evidente para ella misma hasta el momento de la menarquía. (195-196)

El mayor trauma que sufre la niña al experimentar su primer sangrado, por consiguiente, es darse cuenta de que ella es un otro subordinado en tanto que carece de los mismos privilegios de los cuales gozan los varones. En ese sentido, la sangre menstrual no solamente está asociada con la suciedad y lo desagradable, sino también con la devaluación de la mujer en la sociedad donde el dominio del sujeto masculino no sólo es impuesto sino aceptado. En el caso específico de la Chana, el darse cuenta de que ella es un ser inferior se agrava con su falta de educación sexual, lo cual es también un factor determinante para que se considere enferma y sucia inclusive ante las demás mujeres. Su temor de confiarle a su maestra, o “señorita” como ella la llama, la desagradable experiencia por la que está atravesando la motiva a escaparse del colegio “por arriba de la pandereta, congelada de miedo de no alcanzar a llegar y caerse muerta en el camino”. (2003: 127)

El colegio, por consiguiente, no es un lugar seguro ni confiable, así como tampoco lo es la casa, que en este caso representa el espacio marginal y amenazador donde la madre es explotada (en tanto que trabaja arduamente y con resignación debido al abandono del padre de sus hijas); donde la Chana es reprimida y maltratada y donde se (re)produce la invisibilidad de la hija menor. No hay en esta casa ningún sitio privado en el cual la chica adolescente pueda hablar con su madre o cambiarse de ropa íntima sin ser escuchada y observada por su hermana menor.

En lo que se refiere al afuera, debe destacarse que éste puede también asociársele con el peligro, el abuso, la burla, el escarnio y la opresión puesto que la adolescente es agredida verbalmente por parte de las otras mujeres jóvenes con quienes juega en la calle por el sólo hecho de habérsele caído el trapo, empapado en sangre, que usaba como protección. Esta experiencia traumática sufrida por la adolescente remite a un pasado no muy remoto donde las mujeres, especialmente aquellas de un nivel socioeconómico ínfimo, tenían que sufrir las incomodidades de usar trapos durante su período menstrual con el agravante de que éstos difícilmente se mantenían en su lugar (con lo cual la protección era casi nula) llegando inclusive a ocurrir diversos “accidentes” como el que le sucedió a la Chana.

La niña narradora parece, por su parte, tener un mejor conocimiento de las “amigas” de su hermana de quien dice: “Llegó a jugar al luche con las de la otra cuadra que se hacen sus amigas, pero igual nomás cuchichean cuando ella no está”. (2003: 129) Los alcances de la violencia parecen no tener límites, de ahí que la protagonista pretenda establecer una distancia entre ella y su hermana para evitar ser humillada y marcada. El final del cuento apunta, precisamente, hacia ese deseo de la niña de trasgredir la normatividad al intuir que, por el sólo hecho de ser mujer, corre el riesgo de ser abusada, manipulada, señalada y dominada por un orden social que privilegia al hombre. Es por esa razón que afirma lo siguiente: “no quiero ser mujer y tener una herida como la Chana, ni crecer y ponerme guatona y que los hombres me peguen. Así que voy a inventar cualquier cosa y me voy a venir sola a la casa mejor. Aunque esté oscuro”. (2003: 129) Está claro que los ejemplos con los que se ha formado no son los más adecuados para que amplíe su visión fragmentaria y parcial de la vida, pero existe la posibilidad de que siendo adulta logre tener la madurez y el amplio criterio que le ayudarán a convertirse en una subjetividad emancipada; por ahora sólo está preocupada en sobrevivir alejándose de lo que le perjudica.

Como se ha demostrado en el presente estudio, el simbolismo de la casa funciona de diferentes maneras en los dos cuentos analizados: en La casa nueva la privada es un lugar que aprisiona y aliena a sus habitantes mientras que la casa que se rifa representa todo lo que no se puede tener. Por otra parte, en Yo a las mujeres… la casa no sólo aprisiona, sino que también esclaviza y hace invisible a la mujer. Es por eso que puede afirmarse que en ambas narraciones hay una reconfiguración de este espacio cerrado el cual, como observa Lucía Guerra, tradicionalmente ha estado asociado con la actividad femenina:

En el repertorio simbólico creado por una imaginación de carácter androcéntrico, la casa se asocia generalmente con lo femenino. En su calidad de espacio cerrado que provee alimento y protección, es una extensión del espacio uterino, de las raíces y orígenes de un sujeto masculino cuya praxis se encuentra en un Afuera que es sinónimo de trabajo, tanto en su connotación de labor productiva como ardua hazaña. (1999: 66)

En estas narraciones la casa deja de ser el espacio proveedor de seguridad, alimento, intimidad y protección que propaga el discurso hegemónico funcionando como el espacio donde continúan generándose las yuxtaposiciones genéricas debido, principalmente, a que la madre refuerza en sus hijas una actitud pasiva y sumisa. El dominio de la madre en la casa es sólo aparente puesto que, de acuerdo al análisis hecho por Margo Milleret: “Confined to their homes, married women accept the domestic domain as their place to exercise some small measure of control. But given the material and cultural power of men, women’s resources are limited to affective ties while men impose their dominance through government, civil laws, and religious authority.” (2004: 28)

De tal manera de que, en estas dos historias, se deja abierta la posibilidad de que ambas protagonistas/narradoras puedan subvertir el orden social y la violencia que se ejecuta en su contra al (des)construir los valores culturales del sistema monolítico y patriarcal. Sólo así podrán romper simbólicamente con el cordón umbilical que las ata a una madre (re)productora de esos códigos, lo cual será concomitante con el (re)construir y (re)descubrir una identidad propia misma que, a su vez, les reditúe una vida mejor y la aceptación social como sujetos activos, pensantes y libres.

 

Bibliografía

Espejo, Beatriz, Krauze, Ethel Kolteniuk, comp. (2006) Atrapadas en la madre. Antología de cuentos. México: Alfaguara.

Grosz, Elizabeth. (1994) Volatile Bodies. Toward a Corporeal Feminism. Indiana University Press: Bloomington and Indianapolis.

Guerra, Lucía. “Las topografías de la casa como matriz transgresiva en la narrativa de la mujer latinoamericana” en En otras palabras. 1999: 66-79

Hierro, Graciela. (2003) Ética y feminismo. México: Universidad Nacional Autónoma de México.

Kristeva, Julia. (1982) Power of Horror. An Essay on Abjection. U.S.A.: Columbia University Press.

…--“Stabat Mater”. (1986) The Kristeva Reader. Ed. by Toril Moi. New York: Columbia University Press.

Milleret, Margo. (2004) Latin American Women On-In Sages. Ney York: State University of New York Press: Albany.

Rivera Izcoa, Carmen. (2003) 17 narradoras latinoamericanas. Colombia: Coedición latinoamericana.

Rodríguez Saravia, Patricia. (2004) La mujer fuerte. Entre comillas. Estado de México: Grupo Editorial Norma.

Sau, Victoria. (2000). Diccionario ideológico feminista. V 1. España: Icaria editorial.

Violencia familiar. http://www.clinicapsi.com-violencia%20familiar.html

 

© Guadalupe Pérez-Anzaldo 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero40/viotrans.html