El viaje a Utopía en la literatura española del siglo XVIII

José C. Martínez García

GES XVIII Universidad de Salamanca
jocamar_78@yahoo.es


 

   
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Resumen: En este trabajo se estudian las principales formas en que los escritores hispanos del siglo XVIII afrontaron la dificultad de trasladar a sus personajes a lugares idílicos o inaccesibles en los que se desarrollaban formas de vida y gobierno regidas por la razón, siempre a la sombra que dimana de los tópicos del género, a través de diversos ejemplos de obras y autores que principalmente desarrollaron su obra en la segunda mitad del siglo.
Palabras clave: Viaje, utopía, siglo XVIII, literatura española XVIII.

 

Sin lugar a dudas, el XVIII fue un siglo viajero. Los distintos monarcas europeos que transitaron por él patrocinaron un buen número de expediciones a través de los tres grandes océanos con una doble finalidad científica y comercial. El éxito de estas expediciones debía redundar en el engrandecimiento de los nuevos imperios, algunos en formación y otros en decadencia, que constituían la Europa del momento [1]. Los relatos de dichos viajes a tierras remotas en los que pilotos y marineros militares tenían la oportunidad de poner en práctica las reformas ilustradas, se publicarán con asiduidad a lo largo del siglo, aunque, eso sí, retocados de tal modo que se presentaran como más amenos y accesibles al gran público. Igualmente, en el XVIII se popularizarán los viajes a través de Europa como complemento de la educación de todo buen ciudadano y como una fórmula para “romper con el mundo establecido” (HAZARD 1991:18). El viaje se percibe como un proceso que pone a prueba al individuo y terminará convirtiéndose en una moda más que recibirá el nombre de Grand Tour. Los viajeros españoles se acercarán a Europa a fin de conocer los avances y nuevas ideas que circulan por el continente, con el objeto de que la patria pueda beneficiarse de ellas.

De la misma forma, se fomentarán los viajes por la propia nación. Su finalidad principal será observar los males que aquejan al país e informar sobre ellos. Estos viajes también tendrán su reflejo en la literatura, caso del Viaje a La Mancha de 1774, de José de Viera y Clavijo, si bien la presencia de un marcado bucolismo, que responde a intereses fundamentalmente económicos, a la hora de describir las tierras y el modo de vida de los campesinos manchegos aleja a este relato de la realidad. Asimismo, es frecuente que un forastero visite España y ofrezca sus impresiones sobre las cosas que ve, las vicisitudes que le acontecen en su camino o sobre aquello que más le sorprende de la nueva cultura con que tropieza, como ocurre en el interesantísimo Viaje por España de Richard Twiss.

Pero no sólo se leerán relatos de viajes reales, ya que durante este siglo se desarrollará sobre todo el gusto por el viaje imaginario, el cual en no pocas ocasiones arribará en Utopía [2]. Por todos esos parajes ficticios deambulará el intrépido protagonista de un azaroso viaje que puede presentarse como real o imaginario. En el siglo XVIII el género utópico florecerá frecuentemente vinculado a otro subgénero narrativo, el de los viajes imaginarios. Es muy habitual durante este siglo encontrar asociadas ambas líneas narrativas. Y quizá sea Francia el lugar donde con más profusión hallaremos este tipo de relatos narrativos en los que aparecerá inserta una (o varias) utopía. Por citar tan sólo un par de ejemplos, mencionaré Las aventuras de Jacques Sadeur de Gabriel de Foigny y por supuesto, el Telémaco, de Fenelon.

Por su parte, en España la tradición de viajes fabulosos que recorren territorios imaginados puede rastrearse fácilmente hasta la Edad Media, siendo los libros de caballerías y los cuentos una buena muestra. No hay más que echar un vistazo al Amadís de Gaula. Esta tradición se relanzará enormemente en nuestro país durante la segunda mitad del siglo XVIII, aunque parece que los escritores hispanos no eran muy prolijos en esa época a dar rienda suelta a su imaginación, por lo que la mayoría de estos viajes recurren al recurso del sueño. Esto ocurre, por ejemplo, en el Viaje del Gran Piscator de Salamanca, de Torres Villarroel, donde el soñado viaje es un pretexto para ofrecer unas lecciones de astrología a los lectores.

En un primer momento los ‘hacedores de utopías’ apenas dedicaban espacio a narrar el viaje, centrada principalmente en retratar la sociedad perfecta cuyos usos y costumbres entraban en confrontación con la sociedad contemporánea. Pero la utopía evolucionará, manteniendo la intencionalidad crítica del texto, aunque aumentando la narratividad del relato. De este modo, las travesías hacia islas, valles y satélites se llenarán de elementos imaginarios de los que tan necesitado estaba el género. Todo ello dotará, poco a poco, a la utopía de mayor narratividad, hasta que finalmente acabe por diluirse en la novela. Sin embargo, las utopías se componen a base de tópicos. Y el breve relato de aquellos viajes inaugurales camino de utopía no podía ser menos. Los primeros veneros a los que acudieron a beber los hacedores de utopías se encuentran en la literatura clásica grecolatina. Así, tras la muerte de Alejandro Magno, surgirán toda una serie de descripciones de las formas de vida que acaecían en las llamadas islas afortunadas, situadas en los confines de la tierra; dichas descripciones adoptaban el formato de relato de viajes, realizados por el propio autor [3].

De tal manera que en el primer tercio del XVIII empezó a producirse un colapso en el género utópico, dado que las descripciones los diversos modelos de sociedad ideal se encontraban muy encorsetadas. En el caso español, este colapso deberá esperar hasta la década de los 70 para comenzar a superarse. Por ello, los utopistas tratarán de incorporar nuevos elementos narrativos. Pero, a fin de no restar ni un ápice de intencionalidad crítica a esa pintura de costumbres que en el fondo constituye la utopía, el mejor lugar que encontraron para insertar todo tipo de peripecias y aventuras que resultaran atrayentes para el lector, era el relato previo a la llegada a utopía, es decir, el viaje. Posteriormente, ese recorrido camino de utopía se convertirá en un deambular a través de los más fantásticos lugares, utópicos o no, hasta llegar a la meta definitiva, generalmente la vuelta al hogar [4]. A su regreso, el héroe protagonista tratará de poner en práctica en su tierra todo lo aprendido durante el viaje, con el fin de obtener beneficios para su nación. Generalmente, las reformas propuestas son aquéllas que el viajero ha aprendido en Utopía (cualquiera que sea su nombre). El ejemplo más evidente en España es el que Pedro Montengón nos brinda en El Antenor (1788), donde el héroe, tras recorrer un buen número de lugares, entre ellos la utópica Elime, retorna de nuevo a su patria, Chersoneso. Al llegar allí y una vez convertido en rey, trata de aplicar una serie de reformas que contribuyan al progreso económico y social de los ciudadanos. Dichas reformas, por cierto, son muy similares a las propuestas por Pablo de Olavide para la repoblación de Sierra Morena.

Lo mismo ocurre en Eudamonopeia (1796), donde el abad aragonés Joaquín Traggia, refiere los viajes de un héroe griego, Filaretes, a través de las más diversas islas y regiones camino de Eudamonia, la tierra prometida. En su trayecto recorrerá lugares fantásticos, como la Isla de la Hospitalidad, pero también territorios idealizados, como Chipre o Creta.

En el caso español, el aumento de la narratividad en la utopía deberá esperar unos cuantos años para generalizarse. Así, a partir de 1770 podemos encontrar un conjunto de novelas en las que se incluyen visitas a territorios utópicos; esto ocurre en Los viajes de Enrique Wanton (1769), de Vaca de Guzmán, Aventuras de Juan Luis (1781), de Rejón de Lucas, la ya mencionada Antenor y El Mirtilo (1795), de Pedro de Montengón y Eudamonopeia. Pero, sin embargo, el grueso de utopías escritas en España durante el siglo XVIII continuarán siendo eminentemente descriptivas. Hay que tener en cuenta que no pocas utopías publicadas en aquellos años vieron la luz en los periódicos de la época, donde apenas tenían espacio físico para desarrollarse, por lo que sus autores obviaban todo envoltorio. Y unido a ello no debemos olvidar que hasta mediados del siglo XVIII es difícil encontrar relatos narrativos en España.

El principal modelo seguido por los novelistas hispanos que incluyen capítulos utópicos en sus textos, será el propuesto por el sacerdote francés Fenelon en Las aventuras de Telémaco (1699). Esta novela gozó de gran éxito y fue leída en España con asiduidad incluso antes de ser traducida en 1713. Se trata de una obra de carácter didáctico-moral, escrita como denuncia de los males del reinado de Luis XIV: el relato se presenta como tratado de educación dedicado al príncipe de Borgoña y se desarrolla en torno a las aventuras de Telémaco en busca de su padre Odiseo. Ambientada en el mundo clásico, los universos utópicos emergen acrisolados con los sucesos del viaje del protagonista [5].

Fenelon propone un modelo doctrinal sencillo que servirá de patrón a varios textos hispanos escritos durante el XVIII que contendrán capítulos de corte utópico. Es el caso de Las aventuras de Juan Luis, subtitulada Novela divertida que puede ser útil, obra que narra las peripecias de Juan Luis (evidentemente), un personaje de noble linaje nacido en la corte de Nogalia. Tras diversos sucesos y traslados, recala por accidente en la isla de Fortunaria. Allí se empapa de la cultura y las costumbres locales, opuestas en todo punto a las de su tierra natal.

Junto al paradigma del viaje iniciático, otros dos serán fundamentalmente los recursos empleados por los escritores hispanos para trasladar a sus personajes a mundos utópicos:

— el naufragio

— el viaje por los aires, que puede presentarse como real o como soñado.

Los naufragios, que aparecerán generalmente asociados a la técnica del manuscrito hallado, tendrán como destino en una isla, modelo puro de sociedad donde se ponen a prueba las estructuras sociales. La isla “dio mucho juego a los autores dieciochescos críticos de su sociedad pues les permitía ofrecer una nueva geografía en la que todo era útil y práctico, donde nada sobraba ni faltaba. Todo estaba al servicio del hombre, cuyo único objetivo era ser feliz” (Álvarez Barrientos, 1991:16). A su vez, la isla servirá de campo de experimento a los viajeros que llegan a ella, pues deben poner en práctica todos sus conocimientos para sobrevivir.

En el primer tercio del siglo XVIII se publicarán en Inglaterra dos obras bien conocidas, que tendrán su particular importancia en el desarrollo de la temática del viaje camino de utopía: se trata de Robinson Crusoe (1719), de Daniel Defoe y de Gulliver’s travels (1726), de Jonathan Swift. Tanto Defoe como Swift escribirán dentro de esquemas narrativos “propios de los libros de viajes y de la historia natural” (Álvarez Barrientos, 1991:15), y sus textos se encuadran en un tipo de narrativa crítica, moral y por momentos utópica, donde la ficción es sólo el soporte del fondo de la obra [6].

Varias serán las utopías españolas que empleen el naufragio como excusa para situar al protagonista en una desconocida y maravillosa isla [7]. Tal es el caso de las utopías aparecidas en forma de discursos en la prensa española de la década de los ochenta. Así ocurre en la más famosa de todas ellas, La utopía de los Ayparchontes (El Censor, discursos 61, 63 y 75), y así sucederá igualmente en la Utopía de Zenit (Correo de Madrid o de los ciegos, discursos 57 y 60), y en La Isla (Corresponsal del Censor, discursos 20 y 21).

La Utopía de Zenit es un breve relato, apenas un par de folios, que nos sitúa a un viajero naufrago en una isla que responde a las características y los topoi propios de la utopía. Al principio del relato encontramos al viajero a bordo de un bajel inglés,

que después de resistir muchas borrascas, naufragó fatalmente con toda su tripulación más allá del estrecho de Dabis, salvándome solo, desnudo, y miserable en un botecillo, que con las corrientes, me llevo a una región desconocida, bajo del Polo Ártico.

Pero sin duda el mejor ejemplo de manuscrito hallado, naufragio e insularidad que se da en la utopía española, y no me refiero sólo al siglo XVIII, lo encontramos en La Isla. Cuenta su autor que

absorvido en varias ideas seguía uno de estos días mi paseo, quando advierto caído en el suelo un papel: le tomo y habiéndole leído, determiné desde luego poner dicho hallazgo en el Diario. […] la más borrascosa tempestad que han sufrido los atrevidos mortales en el Imperio de Neptuno arrojó nuestro Navío a una Isla, cuyo nombre no es del casos decir; y habiendo saltado en tierra, y besado a esta común madre de todos los hombres, advertimos estaba habitada por unos que en estatura y color apenas se diferenciaban de nosotros.

El anteriormente mencionado viaje por los aires será otra de las técnicas utilizadas por los utopistas españoles de esta etapa para trasladar a sus personajes a las más remotos regiones. Pero este viaje aéreo puede aparecer como real o como soñado. Comencemos por el segundo de ellos. El viaje soñado a través de los cielos es un procedimiento bien conocido en la literatura española. Se trata del particular modo de las letras hispanas de afrontar los viajes extraordinarios, y a su vez una semilla de la que brotará la ciencia ficción en nuestro país. Francisco Aguilar Piñal estima que “el uso del sueño como recurso literario se justifica plenamente en este género por el carácter quimérico e irrealizable de la utopía. Y nada hay tan eficaz para evadirse de la realidad como el sueño, donde caben todas las fantasías imaginables” (Aguilar Piñal, 1990: 65).

Un buen ejemplo nos lo proporcionan los viajes astrales ideados por Lorenzo Hervás y Panduro o Cándido María Trigueros -el Viaje estático al mundo planetario (1793-1794), y El viaje al Cielo del Poeta Filósofo (1777), respectivamente-, que sirven como excusa para comentar diversos fenómenos astrológicos y astronómicos [8]. Ahora bien, el viaje soñado del que se nutrió la utopía con más asiduidad durante el siglo XVIII fue aquel que tenía como destino la Luna [9].

Esto sucederá, por ejemplo en el Viaje de un filósofo a Selenópolis. Dicho texto, obra de Antonio Marqués y Espejo, describe en su Prólogo un emocionante viaje hasta el satélite terrestre a bordo de una suerte de nave espacial bastante primaria. En un principio, el viaje se presenta como real, pero en el atropellado final, el autor nos da cuenta de que ciertamente todo ha sido un sueño. Bien es cierto que Marqués y Espejo adapta el texto de un original francés, pero no por ello debe restarse mérito al riesgo que suponía proponer un viaje de estas características en las letras españolas allá por 1804.

José Marchena nos brinda quizá la mejor muestra de este tipo de viajes, aunque en este caso su destino final no es utopía, en el Discurso 4º de El Observador:

Sin saber de qué podría hablar al público esta semana, y resuelto ya a dejar mi papel para la próxima, me quedé dormido en un profundo sueño. Parecióme que arrebatado en un turbillón era llevado al mundo de la Luna, donde se ofrecían a mi vista objetos desconocidos a los habitantes de este globo.

Por otra parte, puede ocurrir que el viaje por los aires se presente como verídico. Recordemos que en 1783 los hermanos Montgolfier realizaron el primer viaje en globo, empresa que disparó la imaginación y las posibilidades de los escritores ilustrados. De esta manera, entrarán en liza los más diversos artilugios aerostáticos y máquinas voladoras para transportar a los viajeros hacia la utopía. Algunos de estos viajes acabarán en la Luna. Así ocurre en La aventura magna del Bachiller (1790) [10]; en este texto el viaje a la Luna sirve de excusa a su autor, Pedro Gatell, para zaherir las costumbres de las mujeres de la Corte. Así, el Bachiller

cansado de viajar por mar, quiso probar su suerte en un globo aerostático. Embarcase con el espíritu que exige una empresa al parecer temeraria, y fue feliz su suerte, que en menos de tres horas se halló en medio de una plaza de una de las más populosas Ciudades de la Luna.

Pero igualmente puede haber otros destinos, por regla general situados en las antípodas. Este es el caso de El viaje de Roberto Montgolfier, obra de la que tan sólo se conserva el expediente de impresión, y lo será también de Los viajes de Enrique Wanton (1769-1778): en el último libro una sofisticada máquina voladora, traerá de regreso a Roberto y Enrique de Simiópolis. La noche antes de la partida, uno de los sabios micos pobladores de aquellas tierras instruirá a Enrique en el uso de la máquina

recogidos ambos en la dicha máquina, porque también tenía su cubierto a manera de una caja de coche para defenderse de los malos temporales. Encendimos un gran farol que estaba en la trasera o popa (como quisieren mis lectores) en la forma que le tienen las naves en Europa, y en breves razones (gracias a su claridad) me instruyó en todo uso de cuerdas, muelles, garruchas, palancas, tornos, cuñas, velamen, clavijas y demás instrumentos con que para parar o para cualquiera de las siete leyes del movimiento, ya lento ya apresurado, se manejaba aquella mole.

 

Notas:

[1]. Carlos III financiará gran cantidad de viajes y expediciones con fines científicos. La más célebre de todas ellas será la capitaneada por el italiano Malaspina, enviada por Floridablanca; Malaspina circunnavegó el globo terráqueo entre 1789 y 1794 recogiendo muestras botánicas y realizando todo tipo de investigaciones y experimentos en los territorios que aún conservaba el Imperio español por aquellas fechas.

[2]. Como siempre que se habla sobre utopía, es conveniente aclarar qué se entiende por utopía en este artículo. En mi opinión, desde una perspectiva literaria nos hallamos ante una utopía siempre que topemos con la descripción de un Estado perfectamente estructurado en sus fundamentos sociales, políticos, religiosos o científicos, en el cuál exista una inclinación de los ciudadanos para aceptar dicho sistema.

[3]. Así ocurre en el libro VIII de Philippika, Teopompo de Quíos (337 a. C.). Igualmente, Diodoro de Sicilia sitúa a su personaje, Yámbulo, en la Isla del sol, paraíso localizado en África, cerca de Etiopía. Otro ejemplo de este tipo de viajes nos lo proporciona el misterioso Evemero, quien en la Sagrada descripción relata su viaje a Panchaya, isla situada en algún punto del Océano Índico donde se estableció el mítico rey Zeus.

[4]. El argumento básico de un gran número utopías repite el mismo esquema: un viajero, por lo general náufrago o extraviado, recala en un no-lugar alejado en el tiempo y/o en el espacio del punto de partida, tras un viaje que puede ser real o imaginario. Una vez allí un guía se encarga de mostrarle el territorio, las más de las veces una ciudad, explicándole las costumbres y el carácter de los lugareños, junto con el funcionamiento de las leyes e instituciones que rigen una sociedad ideal. A través de la visión del viajero, la utopía propone al lector la comparación entre dos mundos, el real y el imaginario, de tal modo que los comentarios del guía suscitan el asombro del viajero (y por extensión del lector) ante una sociedad que presenta una inversión positiva de valores respecto a la sociedad existente. El contraste entre ambos modelos de organización social es el germen de la intención crítica del texto.

[5]. Así, por ejemplo, en el capítulo V, Telémaco y su guía Mentor, en realidad, la diosa Atenea disfrazada, llegan a una Creta ideal gobernada conforme a las leyes naturales. Y en el capítulo VIII alcanzan la Península Ibérica, concretamente la zona Bética, donde los habitantes disfrutan de los deleites de la Edad de Oro.

[6]. Robinson Crusoe es sin duda el paradigma de la novela de naufrago. Fue además el origen de toda una serie de textos, conocidos como robinsonadas, en los que se presenta a un hombre construyendo una civilización de la nada, sin instituciones heredadas. El texto de Defoe fue censurado en España en 1756 y realmente fue conocido a través de las edulcoradas versiones del alemán Campe, El nuevo Robinson (traducida en 1804 por Tomás de Iriarte), y de Justo de la Barra, Los dos Robinsones, (Madrid: Vda. e hijos de Marín, 1792). En estas adaptaciones se impone el didactismo y la moral sobre la auténtica intención de Defoe, que era reafirmar la condición del individuo y sus valores frente a la nueva sociedad.

[7]. Es habitual que las ínsulas utópicas se encuentren localizadas en mares exóticos. Así, muchas de ellas se situarán cerca de China o en los mares orientales, como ocurre en Ponthiamas y en Eudamonopeia. A principios del siglo XX el islario utópico español se desplaza a África (Baroja, Ganivet o Madariaga) y será La escuela de Mandarines (1992) de Miguel Espinosa la obra que recuperará el mundo oriental para la utopía española.

[8]. Como ya ocurriera en el texto de Torres Villarroel citado más arriba, y en los Avisos del Parnaso (1747), de Juan Bautista Corachán propondrán en la primera mitad del siglo XVIII viajes similares; al mismo tiempo, hay que consignar la influencia que pudiera tener el Micromegas de Voltaire, traducido al español en 1786.

[9]. La mítica sobre el satélite comienza ya con la obra de Luciano de Samosata y llegará hasta una de las más conocidas obras de Jules Verne, De la Tierra a la Luna (1865). A mediados del XVII será Cyrano de Bergerac quien dará impulso a este tipo de expediciones por el cosmos con su divertido Viaje a la Luna (1648).

[10]. La aventura ofrecida por Pedro Gatell tendrá resonancias, demostradas por Elisabel Larriba, del recién citado Voyage dans la Lune de Cyrano de Bergerac, apreciadas principalmente en el viaje y llegada al satélite.

 

Bibliografía:

Álvarez Barrientos, Joaquín (1991): La novela del siglo XVIII. Historia de la Literatura Española 28, Júcar, Madrid.

Anónimo (1787): Correo de Madrid o de los ciegos, Josef Herrera, Madrid.

Aguilar Piñal, Francisco (1990): “La anti-utopía dieciochesca de Trigueros”, Las utopías en el mundo hispánico/Les utopies dans le monde hispanique. Actas del coloquio celebrado en la Casa de Velázquez, Casa de Velázquez-Universidad Complutense, Madrid.

Hazard, Paul (1991): El pensamiento europeo del siglo XVIII, Alianza, Madrid.

Larriba, Elisabel (ed.) (2003): El Argonauta español. Periódico gaditano por el bachiller D. P. Gatell. UCA/ Servicio de Publicaciones, Cádiz.

Marchena, José (1990): Obra española en prosa: (historia, política, literatura), Centro de Estudios Constitucionales, Madrid.

Rubín de Celis, Manuel Santos (1786): El Corresponsal del Censor, Imprenta Real, Madrid.

Vaca de Guzmán, Joaquín Gutierre (1781): Los viajes de Enrique Wanton a las tierras incógnitas australes y al país de las monas. Antonio de Sancha, Madrid.

 

© José C. Martínez García 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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