Entre burlas y veras: Don Quijote como loco-cuerdo

Emilio José Gallardo Saborido

Escuela de Estudios Hispano-Americanos. CSIC.
Sevilla. España
gallardoemilio@hotmail.com


 

   
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Resumen: Este artículo indaga en la configuración plural y ambivalente de la figura de Don Quijote, centrándose específicamente en la caracterización de este personaje como loco-cuerdo. Así pues, se consideran varios mecanismos con los que Cervantes jugó para tal fin: desde el uso de la verosimilitud y la parodia, hasta el recurso a modelos médicos propios de su época, pasando por revisiones de arquetipos prestigiosos, como el del caballero erasmista. Las conclusiones obtenidas inciden en la contraposición entre el final del hombre y la pervivencia del mito tras la muerte de Don Quijote.
Palabras clave: Cervantes, Don Quijote, loco-cuerdo, verosimilitud, parodia.

 

1. Introducción: los demiurgos cervantinos

Cervantes creó una novela-cosmos que representa su toma de posición ante el mundo, ante lo humano y lo divino. En el Quijote se habla de todo y se le da la vuelta a todo: a las letras y a las armas, a la historia y a la ficción, a las ciencias y a la fe. Cervantes adopta un rol demiúrgico y, en su afán creador, elige como protagonista de su obra a un personaje capaz de ofrecernos la otra cara de la realidad gracias a su calidad de loco-cuerdo. Necesitaba para su mundo alguien que se enfrentara a las visiones intocables y establecidas de su tiempo, que llevara la contraria al clero y a los laicos, que proclamara, en fin, que los molinos no eran sino gigantes. Lo importante era el hecho de abrir otro hueco por el que poder examinar la realidad, aunque hubiera que hacerlo a punta de lanza en ese juego mortal donde se mezclarían cordura y sensatez, monotonía manchega y fantasía quijotesca. [1]

 

2. La novela-cosmos y lo verosímil, lo bueno y lo bello.

La novela-cosmos cervantina se mueve en dos direcciones básicamente. Una es la búsqueda de conocimiento: intentar entender los diversos aspectos de nuestra experiencia vital. La crítica de aquellos aspectos que disgustan o con los que Cervantes no está de acuerdo es la segunda dirección. Explícitamente, nos da como el mayor de sus propósitos la crítica de los libros de caballería. De este modo, presenta su obra como “una invectiva contra los libros de caballería” (18). [2] Pero también es una reflexión apasionada y mordaz sobre los más variados aspectos (culturales, sociales, políticos, religiosos, etc.), como veremos enseguida.

Para llevar a cabo estos dos propósitos generales Cervantes necesitaba echar mano de algo esencial si quería tener credibilidad: la verosimilitud. [3] Esta categoría se hallaba estrechamente ligada desde Platón a otras dos: a lo bueno y a lo bello. Estas tres características eran propias de lo divino, de lo ideal. Por ello, Cervantes -católico fiel, aunque a su manera-, al adoptarlas como eje constructivo de su obra, obtiene el beneplácito del mismísimo Dios. Él es su mejor elogiador, pudiendo prescindir de las loas prologales de las que otros autores se pavonean. Todas estas ideas vienen a ser resumidas en una frase del capítulo tercero de la segunda parte, donde afirma don Quijote: “La historia es como cosa sagrada; porque ha de ser verdadera, y donde está la verdad, está Dios, en cuanto a verdad” (585).

Para concluir con esta disquisición sobre lo bueno y lo bello, me gustaría hacer notar que ambas dejan su impronta a la hora de configurar el personaje de don Quijote. Por lo pronto, de que Alonso Quijano o don Quijote son éticamente positivos, no cabe duda. Ello nos lo certifican ejemplos como los siguientes: “Mis intenciones las enderezo a buenos fines, que son de hacer bien a todos y mal a ningunos” (796). Más adelante se nos dirá: “fue [se refiere tanto al hidalgo como al caballero andante] siempre de apacible condición y de agradable trato, y por esto no sólo era bien querido de los de su casa, sino de todos cuanto le conocían” (1095). Y, en cuanto a lo estético, don Quijote aspira a lo bello al aspirar al amor de Dulcinea. Recordemos que para el neoplatonismo la belleza de la amada es reflejo de la belleza de Dios, que, a su vez, es verdadero y bueno en sí y fuente de donde emana todo lo real y lo bondadoso.

 

3. La construcción de la figura del loco-cuerdo desde la verosimilitud

Teniendo en cuenta todo esto, pasaré ahora a examinar de qué manera influyó la importancia de lo verosímil a la hora de pergeñar la figura de don Quijote como loco-cuerdo: [4]

En primer lugar, Cervantes se basa en aportaciones de la medicina clásica y contemporánea: don Quijote encaja en el tipo melancólico -aunque con ramalazos de hombre colérico- que propugnaba la teoría de los cuatro humores. Su locura se produce por una causa médica conocida: desecamiento del cerebro, que se debe asimismo a causas concretas (el insomnio, la reclusión, la frustración amorosa, la comida y el calor veraniego). Como era normal en este tipo de enfermos, don Quijote “pica en manía”, en este caso la caballeresca. Se puede defender que sus alucinaciones están causadas por lesiones de la imaginativa y la fantasía. [5] Por último, don Quijote recobrará el juicio tras dormir “de un tirón, como dicen, más de seis horas” (1093), lo cual le habría producido un humedecimiento del cerebro, que le devolvió el juicio.

En segundo lugar, evidentemente, el personaje de don Quijote se apoya en una parodia de los caballeros andantes librescos, de los Amadises, los Palmerines y toda aquella inverosímil caterva. De hidalgo de aldea pasa a caballero andante, pero caballero andante por escarnio. Menéndez Pidal, al tratar este tema saca a colación la ley XII del título XXI de la Segunda Partida del rey don Alfonso el Sabio, que trata de “quales non deven ser cavalleros”. Allí se legisla lo siguiente: “E non debe ser cavallero el que una vegada oviesse recibido cavallería por escarnio; e esto podría ser en tres maneras: la primera, quando el que fiziesse cavallero non oviesse poderío de lo fazer; la segunda, quando el que la recibiesse non fuesse ome para ello, por alguna de las razones que diximos; la tercera, quando alguno que oviesse derecho de ser cavallero la recibiesse a sabiendas por escarnio...” (Menéndez Pidal, 1996, p. 200-201).

Don Quijote recibió la caballería “por escarnio”: el ventero que le dio el espaldarazo no tenía “poderío de lo fazer”. Don Quijote, además, no era “ome para ello”, pues entre las razones que antes expuso la misma ley como impedimentos para la caballería se establece que no la reciba “el que es loco” y que “non sea cavallero ome muy pobre”. Don Quijote no fue caballero, al menos, por tres razones: porque estaba loco, porque era pobre y porque una vez recibió por escarnio la caballería.

El tercer modelo que tomó Cervantes a la hora de crear el personaje del loco-cuerdo fue el caballero erasmista. Al añadirle a don Quijote las características de éste, se equilibraba la balanza hacia la cordura, ya que los dos modelos anteriores (el médico y el literario-paródico) resaltaban la locura del personaje. Antonio Vilanova escribe:

En todos aquellos pasajes en que don Quijote define su idea de vida, alude a los votos que ha jurado guardar y mantener o expone los deberes que está obligado a cumplir por su condición caballeresca, se da una completa coincidencia entre las cualidades morales que adornan a Amadís de Gaula, supremo ideal novelesco del caballero andante, y las virtudes espirituales y ascéticas que la alegoría y caballeresca del Enquiridón erasmiano exige al perfecto caballero cristiano. (Vilanova, 1993, p. 77)

Y estas virtudes son las de la justicia, la caridad, el amor al prójimo, el servicio a los desamparados, etc. Pero dejemos que nos lo explique el mismo don Quijote, quien en una de sus conversaciones con su escudero sostiene:

Hemos de matar [se está refiriendo a “los cristianos, católicos y andantes caballeros”] en los gigantes a la soberbia; a la envidia, en la generosidad y buen pecho; a la ira, en el reposado continente y quietud del ánimo; a la gula y al sueño, en el poco comer que comemos y en el mucho velar que velamos; a la lujuria y lascivia, en la lealtad que guardamos a las que hemos hecho señoras de nuestros pensamientos; a la pereza, con andar por todas las partes del mundo, buscando las ocasiones que nos puedan hacer y hagan, sobre cristianos, famosos caballeros (616-617).

Por último, existe un cuarto punto que redondea la figura quijotesca como personaje verosímil. Este último aspecto reside en la extracción social de Alonso Quijano. Que Alonso Quijano fuera un hidalgo de aldea hace más verosímil al posterior personaje de don Quijote como loco-cuerdo por varios motivos:

Por un lado, dada su situación económica y social, tenía el tiempo y el dinero necesarios para malgastarlos en la lectura desmesurada de libros de caballería.

Alonso Quijano posee una tradición familiar (“los bisabuelos”, 37) que entroncaba con lo caballeresco.

Poseía un grado notable de educación.

Por estas razones, Cervantes no pudo elegir a un campesino pobre y agobiado por el trabajo. Tampoco podría haber optado por un miembro del clero. ¿Qué habría opinado la Inquisición de un libro en el que un eclesiástico se entregara a la vagancia y a la lectura de libros tan poco provechosos como los de caballería y, lo que hubiera sido más grave, a dedicarse a ir dando saltos de venta en venta conducido por su locura?

 

4. Las armas y las letras: la palabra y la acción bajo el signo del loco-cuerdo

Tenemos ya trazados con estos puntos la base de la que se valió Cervantes para llegar a su modelo de loco-cuerdo. Dicha condición de don Quijote se nos recordará constantemente a lo largo de la obra. Primero, por lo que los otros personajes opinan de él. Algunos de ellos hacen especial énfasis en que sólo desvaría al tratar de la caballería. Otros personajes señalan, de una forma más general, su calidad de “entreverado loco, lleno de lúcidos intervalos” (de esto lo tilda el hijo de don Diego en 690). Pero es a Sancho, a quien el extraño equilibrio que su señor posee entre locura y cordura trae, más que a nadie, por la calle de la amargura. A veces queda “admirado de sus hechos como de sus dichos: porque andaban mezcladas sus palabras y sus acciones, con asomos discretos y tontos” (935); otras exclama: “- ¿Es posible que haya en el mundo personas que se atrevan a decir y a jurar que este mi señor es loco?” (989). Y en otras ocasiones, finalmente, se refiere a don Quijote como el “mentecato de mi amo” y afirma que “tiene más de loco que de caballero” (650). Todo esto se agrava por la existencia de los encantadores, quienes representan al mismo tiempo un apoyo básico para don Quijote a la hora de defender su cosmovisión (para él “creer en los encantadores es como creer en Dios”, Torrente Ballester 150) y uno de los mayores obstáculos para comprender la realidad tal cual es. Pero, a pesar de todo, Sancho acaba creyendo en su amo y, estando éste en su lecho de muerte, le pide emocionado que vuelvan a las andadas: “levántese desa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores” (1096).

Prueba inequívoca de la locura-lucidez de don Quijote son sus discursos, opiniones, consejos, etc. Como ya sabemos, siempre que no le traten de la caballería don Quijote actuará muy cuerdamente. Cervantes aprovecha la acción novelesca para insertar todos estos parlamentos que pone en boca de don Quijote. Ellos le posibilitan posicionarse ante las más variadas cuestiones con el parapeto de estar hablando por boca de un loco, pero todos sabemos que los que siempre dicen la verdad son los niños, los borrachos y los dementes. O como diría Cervantes en palabras del mayordomo del gobernador Sancho: “las burlas se vuelven veras y los burladores se hallan burlados” (917). Así, don Quijote se pronuncia sabiamente sobre las ventajas que las armas tienen ante las letras, convenciendo incluso al cura (414) en el capítulo 38 de la primera parte; habla acertadamente sobre poesía ante el hijo de don Diego de Miranda (18); también es ducho nuestro caballero en materia de mujeres y casamientos (720 y 698); sus conocimientos se extienden a áreas tan variadas y distintas como son la música (758), la geografía (778), los pecados (988) o las buenas costumbres (869).

Pero aún no he mencionado el que creo que es el más importante de los discursos y razonamientos de don Quijote: el de la Edad Dorada (114-116). Aunque algunos críticos han señalado que don Quijote suele hablar, no tocándole lo caballeresco, como un cuerdo, y actuar como un loco, en este discurso este aserto no se cumple. Ya que, aunque pronuncia palabras concertadas y sutiles sobre la generosidad, la concordia, el amor, entremezcla elementos inverosímiles como los caballeros andantes, quienes tendrían la misión de volver a restaurar el antiguo orden del que se gozaba en la Edad Dorada. [6] Además existen otros dos elementos implícitos en el discurso que lo cargan de ironía y humor negro. Primero, resulta, por lo menos, cómico que tan elevados razonamientos vengan a la mente de don Quijote al manosear una bellotas (“tomó un puñado de bellotas en la mano, y, mirándolas atentamente, soltó la voz a semejante razones”, 114). Y segundo, el público al que se dirige no es el más apropiado ni mucho menos: se trata de cabreros, lo cual convierte al suyo en un “inútil razonamiento” (116). Pero es que aún existe otro motivo explícito que ridiculiza este discurso: Cervantes sabe que tener esa fe ciega en que podremos volver a la “Edad Dorada” con tanta facilidad, teniendo en cuenta la desastrosa situación de la España de la época, es poco menos que utópico.

Comentaba arriba que la obra se mueve en dos direcciones: la del conocimiento y la de la crítica. Acabamos de ver cómo don Quijote en su calidad de medio cuerdo reflexiona, opina y cuestiona todo tipo de asuntos. Pero estas dos direcciones no sólo se llevan a cabo mediante la palabra, sino que los desaguisados y aventuras quijotescas también redundan en ambas. Tomemos cuatro ejemplos divididos en dos grupos:

1. En un primer bloque, me referiré a dos casos que se centran en la crítica de los libros de caballerías (penitencia de don Quijote en Sierra Morena, 25-26) y en la denuncia de la penosa situación moral de la época (aventura de los galeotes, 22). En ambas historias despuntan el desengaño y la sonrisa más amarga. Respecto a la primera, comenta Avalle-Arce en Nuevos deslindes cervantinos que:

Don Quijote en Sierra Morena no quiere imitar sólo las virtudes caballerescas de Amadís, sino también los accidentes de su vida. De aquí, que quiera hacer de su vida una obra de arte. Y además no tiene una razón para hacer penitencia - Amadís, sin embargo, fue desdeñado por Oriana. El único apoyo que posee es su voluntad, la cual se ha trascendido a sí misma al anular la relación normal entre sujeto y objeto: la voluntad (sujeto) nos mueve hacia un objeto, pero la voluntad no es un objeto en sí. Entonces deja de existir la relación normal entre causa y efecto, que es lo que da sentido, unidad y dirección a nuestras vidas: es el problema del “acto gratuito”. (Avalle-Arce, 1975, p. 337-387)

Don Quijote se ridiculiza como caballero andante y ridiculiza también al género caballeresco al dejar que su voluntad tome el control total sobre sus acciones. Concluye Avalle-Arce que este episodio irónico de Sierra Morena se redondea con la desrealización irónica de los logros de la voluntad: el héroe, en paños menores, expuesto al escarnio del lector.

En cuanto a la aventura de los galeotes, digamos que, en vez de acabar siendo un canto a la libertad y en contra de la tiranía como la vieron los románticos, se convierte en una constatación desoladora de lo que podía esperar recibir a cambio quien se diera a practicar la filantropía durante aquellos tiempos difíciles. Así, al bueno de don Quijote los galeotes le agradecen su acto “caritativo” con pedradas y robándole diversas prendas a él y a Sancho.

2. He querido dejar los dos siguientes ejemplos para el final para aliviar un poco el mal sabor de boca que le debe de haber quedado al lector tras los dos anteriores, tan negativos. Estos otros reflejan el afán cervantino de indagar en la visión del otro con el objeto de enriquecer la suya propia. Además hablan de la lucha por conseguir el ideal. Dicho esto, me referiré a la que quizás sea la aventura más famosa de las que acomete don Quijote: la de los molinos de viento (8). Empecemos por el final de la historia: vemos a don Quijote rodando por el campo tras haberse dado un buen golpe contra un molino. También está allí Sancho recriminando la imprudencia de su señor. A pesar de todos estos desbarajustes, en cierta manera, don Quijote acaba de salir vencedor de la lid. ¿Cómo? Pues porque ha sido capaz de cuestionar la realidad, de verla desde otro ángulo, aunque sea llevado por su locura. Para Sancho los molinos siempre serán molinos y nada más. Y puede que su opinión sea la correcta, pero no tiene algo que sí posee su amo: la capacidad de contemplarlos desde otro ángulo.

De hecho, don Quijote tiene que acabar dando la razón a su escudero: ahora los molinos sí son molinos. Pero lo son porque el sabio Frestón ha mudado su naturaleza. Antes no lo eran. Da su brazo a torcer, mas usando sus propias reglas. Don Quijote seguirá luchando a lo largo de esta primera parte por hacer ver a los demás que la realidad no sólo puede ser como la ven los demás, sino que es algo multiforme y cambiante, que depende del punto de vista.

Esto último lo acabará de confirmar el que también será mi último ejemplo: el pleito del yelmo y la albarda (45). Bien merece la pena, por esclarecedor, copiar el siguiente párrafo:

En lo que toca a lo que dicen que ésta es bacía, y no yelmo, ya yo tengo respondido; pero en lo de declarar si ésa es albarda o jaez, no me atrevo a dar sentencia difinitiva: sólo lo dejo al buen parecer de vuestras mercedes. Quizá por no ser armados caballeros como yo lo soy, no tendrán que ver con vuestras mercedes los encantamentos deste lugar, y tendrán los entendimientos libres, y podrán juzgar de las cosas deste castillo como ellas son real y verdaderamente, y no como a mí me parecían (480).

Parece que don Quijote admite que el que yerra en la apreciación de la realidad es él en este caso y que el resto sí la ven cómo verdaderamente es. Pero al hacerlo, está poniendo de manifiesto algo más importante: la multiplicidad de los puntos de vista. Así pues, concluiré este apartado afirmando que Cervantes critica de esta manera la imposición del pensamiento único -Contrarreforma mediante- y aboga por el diálogo con el otro.

 

5. Conclusión: Don Quijote o el Ulises del desengaño barroco­

Don Quijote emprende un viaje iniciático que le llevará a buscar un conocimiento total, de sí mismo (sujeto) y del mundo (objeto). Pero se trata de un Ulises del desengaño porque al final de su periplo no le esperan ni una Penélope, ni un Telémaco, ni largos años de felicidad. Muy al contrario, su amada habrá pasado de princesa a porquera. En cuanto a los hijos, su carencia impide que una posible estirpe lo imite como modelo masculino, esto es: ningún otro Quijano volverá a tomar las armas de los bisabuelos. Y, por último, al poco de llegar a su aldea, don Quijote se encuentra con el más temible de los gigantes, con la muerte. Incluso el que entre en su pueblo rodeado de “mochachos” (1093) simboliza su humillación y su anti-heroización.

Pero, antes de expirar, nuestro caballero habrá de sufrir la peor de las derrotas, la del desengaño. Aunque Alonso Quijano se alegre como cristiano que inminentemente va a morir de haber recobrado la razón (“Dadme albricias, buenos señores, de que ya yo no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano”, 1094), acaba de perder definitivamente el poder de soñar en la tierra, la fuerza creadora y autosuficiente que le impulsó a echarse a los caminos y veredas donde, a pesar de haber sufrido múltiples penurias, pasó los momentos más maravillosos de su vida. Está claro que esta renuncia final es sólo el clímax de un proceso desarrollado durante la segunda parte de la obra. Según Simó Goberná (1993, p. 227-242), el de esta segunda mitad se trata de un don Quijote barroco, que ve cómo su mundo se va desintegrando cada vez más. A partir de que es apresado por Roque Guimart, Don Quijote pasa a ser un mero espectador de las aventuras reales de los bandoleros, que se oponen a las suyas, a las literarias. Por último, pierde gradualmente el entusiasmo:

1) Pacta con exigencias materiales: viaja con dinero y provisiones. Paga en la venta y los desperfectos que causa: II, 7.

2) No concede excesiva importancia a las leyes de la caballería. Por ejemplo, durante las bodas de Camacho en II, 20.

3) Obra con más cautela antes de emprender una aventura. Pide consejo a Sansón Carrasco antes de salir por tercera vez (II, 4).

4) Las alucinaciones, tan frecuentes en la primera parte, desaparecen en cierta medida en esta segunda. Es el caso de las ventas que empiezan a mostrársele como tales, no como castillos.

Sin embargo, aún queda una puerta abierta para los soñadores y los fantasiosos: el que muere es Alonso Quijano, no don Quijote, ya que antes de fallecer ha renunciado a su identidad y a su forma de vida. El Cervantes viejo y hastiado de 1615 no se resignaba del todo a perder la fe en el optimismo iluminador y en la tendencia maravillosa que posee la humanidad de buscar lo absoluto. El gran “pecado” de don Quijote fue, como dijo Pedro Salinas en La voz a ti debida: “Vivir ya detrás de todo,/ al otro lado de todo/ -por encontrarte-,/ como si fuese morir" (Salinas, 1989, p. 52). Y así murió, luchando por encontrar su ideal de vida. Aunque Cervantes ridiculice, en ocasiones, la pretensión idealista de don Quijote, en el fondo sabe que son estos soñadores ilusos, aunque ilusionados, los que atesoran la fuerza para cambiar la realidad.

 

Notas:

[1] Torrente Ballester defiende en su obra El Quijote como juego (1975) la idea de que Alonso Quijano juega a ser don Quijote. Señala por ejemplo que:

       El hombre Alonso Quijano es el soporte indispensable de la figura o personaje literario don Quijote de la Mancha. Se objetaría que él “cree ser” don Quijote y “cree ser” caballero andante, pero esto no está nada claro: la duda se infiere por lo pronto de esta frase (...), que se toma de la segunda parte de la novela, capítulo XXXI: “aquel fue el primer día que de todo en todo conoció y creyó ser caballero andante verdadero y no fantástico (58). […]

[2] Cuando sea obvio que una cita remite directamente al texto de El Quijote nos ahorraremos, para evitar el tedio y la prolijidad, explicitar el nombre del autor, como se hará en la mayor parte del resto de las citas, según el patrón de MLA (6ta edición).

[3] Aconseja el amigo en el prólogo de la primera parte: “Sólo tiene que aprovecharse de la imitación en lo que fuere escribiendo; que cuanto ella fuere más perfecta, tanto mejor será lo que se escribiere” (18).

[4] Aunque Cervantes también tuvo en cuenta lo verosímil para construir el resto de su obra. Por ejemplo, respecto al estilo comenta Lapesa: “Cervantes, heredero de la ideología renacentista y de la fe en la naturaleza, propugnaba como técnica estilística la misma de Valdés: habla llana regida por el juicio prudente” (Lapesa, 1981, p. 332).

[5] Para el desarrollo de esta idea acúdase a Avalle-Arce, 1975, p. 98-143.

[6] Comenta Williamson: “Don Quixote’s eloquent, measured speeches are often fissured by internal dissonances of tone or style which vititate the superficial impression of rational control, while conversely” (Williamson, 1984, p. 158).

 

Bibliografía

a) Obras literarias:

Cervantes, Miguel de (1999): Don Quijote de la Mancha. Barcelona, Planeta.

Salinas, Pedro (1989): La voz a ti debida. Razón de amor. Madrid, Castalia.

b) Estudios críticos:

Avalle-Arce, Juan Bautista (1975): Nuevos deslindes cervantinos. Barcelona, Ariel.

Avalle-Arce, Juan Bautista: Don Quijote como forma de vida. Valencia: Fundación Juan March y Editorial Castalia, 1976.

Lapesa, Rafael (1981): Historia de la lengua española. Madrid, Gredos.

Menéndez Pidal, Ramón (1996): El siglo del Quijote: 1580-1680. Madrid, Espasa Calpe, tomo II.

Simó Goberna, Lourdes (1993): “El juego cervantino de locura-lucidez y la variedad de interpretaciones El Quijote”, Actas del III coloquio internacional de la Asociación de Cervantistas. Barcelona, Editorial Anthropos, p. 227-242.

Torrente Ballester, Gonzalo (1975): El Quijote como juego. Madrid, Guadarrama.

Vilanova, Antonio (1993). “Don Quijote y el ideal erasmista del perfecto caballero cristiano”, Actas del III coloquio internacional de la Asociación de Cervantistas. Barcelona, Editorial Anthropos, p. 69-87.

Williamson, Edwin (1984): The Half-way House of Fiction. Don Quixote and Arthurian Romance. Oxford, Clarendon Press.

 

© Emilio José Gallardo Saborido 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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