Cortesía y encomio

Antonio Dueñas

Universidad Complutense de Madrid


 

   
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Resumen: Me propongo rescatar, en la medida de lo posible, las reflexiones y opiniones de algunos autores (considerados clásicos en la historia de nuestra cultura) que se ocuparon de esta relación, palabra-actuación, presente en todos los ámbitos de nuestra conducta.
Palabras clave: Retórica, cortesía verbal, encomio

 

Ma insomma non bastaranno ancor tutte queste condizioni del nostro cortegiano per acquistare quella universal grazia de’ signori, cavalieri e donne se no arà insieme una gentil ed amabile manera nel conversare cotidiano; e di questo credo veramente che sia difficile dar regola alguna per le infinite e varie cose che occorrono nel conversare, essendo che tra tutti gli omini del mondo non si trovano dui, che siano d’animo totalmente simile. [1]

1.- Los estudios sobre la cortesía verbal en el panorama del análisis pragmalingüístico son relativamente recientes; sin embargo, la cortesía como conjunto de normas lingüísticas y no lingüísticas, como paradigma de actuación de lo que siempre se ha denominado “saber estar” y, en consecuencia, salir airoso y beneficiado de cualquier situación (nunca mejor dicho lo de hablar para actuar), está presente en textos y reflexiones muy anteriores a las que se proponen en la estela de los estudios de Pragmática. Resulta sorprendente que no se haya reparado en ello o que no se haya subrayado convenientemente; me propongo, por ello, rescatar en la medida de lo posible, las reflexiones y opiniones de algunos autores (considerados clásicos en la historia de nuestra cultura) que se ocuparon de esta relación, palabra-actuación, presente en todos los ámbitos de nuestra conducta.

La cortesía además, como afirma Pietro di Napoli, personaje de El cortesano, bordea con frecuencia el exceso de aceptación de las opiniones del otro (cuando ese “otro”, sobre todo, es quien puede dispensar un favor o expresar su aprobación); es decir, corre el riesgo de caer en la adulación. Sólo en la confianza del ánimo recto del cortesano se cifra la diferencia, como elección moral, entre la una y la otra, entre cortesía y adulación. En este sentido continúa en el Renacimiento, por un lado, la convicción de Quintiliano, expresada en el libro XII de su Institutio oratoria, que confía ciegamente, con la casi seráfica ingenuidad del auténtico “hombre de bien”, en la rectitud moral del orador (vir bonus peritus dicendi); quien, de otro modo, sería simplemente un peritus eloquentiae. Por otro, se desarrolla el concepto de simulación que, de criterio oratorio de composición deriva hacia prácticas de conducta.

La práctica oratoria próxima a la adulación, al menos desde la presencia y proliferación de las academias de Retórica (durante la segunda sofística, sobre todo), fue objeto también de análisis por parte de los retóricos asociada al género específico del encomio. El encomio, en origen práctica concreta del género epidíctico, deriva hacia el discurso “conveniente” para cualquiera de las ocasiones en las que el orador o el político deben intervenir públicamente. La captatio benevolentiae de los clásicos corre, pues, muy próxima a esta palaciega práctica, que planea también peligrosamente sobre el comportamiento de adhesión-adulación del caballero cortesano y, por centrarnos en situaciones más próximas, del hablante cotidiano de nuestras sociedades. Sería preciso encontrar su línea divisoria en la mencionada convicción y fortaleza moral, tanto por parte del subalterno como del superior, es decir, de los hablantes en general.

 

2.- En los estudios sobre la cortesía se trata siempre de separar el ejercicio de la misma en dos direcciones distintas: la del conjunto de normas que facilitan la vida social y la de la estrategia de acción comunicativa (véanse, por, ejemplo, las propuestas de autores como Escandell [2] y otros). En el primer caso la opinión más general es la de la educada comprensión, cuando no la aportación de un educado consejo, mientras que se esconde en el segundo un latente matiz de acusación hacia el “maquiavélico” hablante que despliega sus recursos como estrategia interesada. En mi opinión, no hay diferencia entre ambas: hablar es siempre seguir un plan más o menos preparado cuyo objetivo es siempre interesado, sin que ello conlleve juicios morales. Nuestros enunciados no son nunca gratuitos; hablamos siempre para obtener algo: información, respuestas, admiración, desahogo, aceptación o afecto.

En este sentido las reglas de Castiglione tienen un doble fin. El mencionado de la estrategia y el diferenciador de clase social. El cortesano debe aprender los secretos, las reglas (aunque con frecuencia se diga que es difícil establecerlas al respecto), para construir una conducta eficaz y diferenciada: desde la forma de vestirse o moverse hasta (principalmente) la de cómo hablar en público (y también en privado) para obtener la aceptación y los favores de la concurrencia, además de los favores del príncipe naturalmente.

Los consejos y reglas de Castiglione son sencillos, se nutren de los tratados clásicos, de Quintiliano y Cicerón principalmente, y conforman un conjunto de máximas como la de la discreción, la modestia y su relativo concepto de decoro, la generosidad, el distanciamiento, la gracia en oposición a la arrogancia y a la afectación. Hay en ellas un evidente rastro de la aurea mediocritas, epicúrea y horaciana, concepto cuya expresión latina no siempre se interpreta adecuadamente; tendemos a traducir mediocritas por mediocridad, cuando su sentido sería más bien el de medianía en sentido estricto, el del justo medio que permite el equilibrio; el del centro virtuoso, alejado por igual de los extremos, que compone una vida serena (mucho más sincera, sin duda, que el bucólico y sarcástico anhelo del Alfio del Beatus ille), que se puede dedicar al cultivo del intelecto sin sobresaltos. Tal parece ser el ideal renacentista y tales las indicaciones de Castiglione: sus propuestas de grazia y decoro, están próximas a este epicureísmo tan propio del mundo latino del siglo I, cuya regla de oro ya había formulado Aristóteles.

 

3.- El concepto de decoro es clave tanto en la oratoria como en los manuales de cortesía. En el primer caso aparece como el engarce para el tratamiento del argumento y el tono del discurso (ya desde la inventio) que a él se adapta; aparece también como conveniencia, como capacidad de adaptación al auditorio, a los diferentes interlocutores y a las cambiantes situaciones en general. Quintiliano escribió al respecto, al tratar las características y la “puesta en escena” de la pronuntiatio:

Unum iam his adiciemdum est, cun praecipue in actione spectetur decorum, saepe alios decere. Est enim latens quaedam in hoc ratio et inenarrabilis, et ut vere hoc dixtum est, ‘caput esse artis decere quod facias’, ita id neque sine arte esse neque totum arte tradi potest. [3]

Se retoma la propuesta protagórica de “lo conveniente” (siempre en orden a la consecución del bien común) que en el sofista descansa en una profunda convicción moral; el propio Quintiliano, uno de cuyos máximos empeños se centra precisa y continuadamente en la necesidad de principios morales, alude a ello en el Libro III cuando dice ubi emolumentum non utilitate aliqua, sed in sola laude consistit. [4] Utiliza además este argumento como concepto estético de unidad, a la manera de su citado y admirado Cicerón o como propone también Horacio [5] en su poética. Más adelante se consolida como concepto moral, mediante el cual los teóricos de la retórica apuestan por su práctica siempre en busca de la verdad y con fines justos; una propuesta teórica que trata de alejarse de las sospechas, ya presentes en el Gorgias de Platón, de que el orador pueda servir a una causa no justa. Por ello insiste tanto Quintiliano en que el orador, además de hombre de bien, debe ser un profundo conocedor de la filosofía, porque sólo el conocimiento puede hacernos libres y mejores, como recoge también Platón, en su Protágoras, cuando el de Abdera [6] se dirige a uno de sus aspirantes a discípulo.

A partir del Renacimiento, parece más bien que el concepto de decoro se aleja de esta dimensión moral para justificar y apuntalar una práctica de conducta que requiere reglas y estrategia. Aparece con claridad la separación entre ser y aparentar, utilidad y gratuidad, ética y estética, se aproxima al nuevo significado que va adquiriendo la simulación antes mencionada. Mi opinión es que esta segunda acepción está más próxima al hablante actual (mucho se ha escrito al respecto en tiempos ya de “post-postmodernismo”) y que la condena del relativismo en que puede incurrir la práctica oratoria se concibe más como el conjunto de posibilidades cuya elección siempre se puede justificar por el resultado final y por la utilidad prefijada que por el efecto moralizador o conveniente para hablantes o ciudadanos.

 

4.- El concepto de grazia está relacionado con la naturalidad, la discreción, el buen juicio. Es lícita, pues, la simulación, pero con grazia; con esa especie de habilidad que aleja al conversador de la ostentación, tan creadora de enemigos, y con la graciosa espontaneidad en que culmina una trabajosa preparación interior y que abre las puertas a los intereses que el hablante se ha prefijado.

Al parecer los tratados del siglo XX no han tenido en cuenta algo tan antiguo y tan unido a la praxis oratoria como la estrategia del comportamiento, verbal y no verbal, o como el cuidado de la propia apariencia o de la imagen, diríamos en la actualidad siguiendo a Goffman [7], que por el empeño de los humanistas de las cortes renacentistas conocemos como cortesía. En el Libro II de El Cortesano, Castiglione habla de la mencionada discreción, del buen juicio, de la habilidad en oposición a la ostentación y a alarde fatuo. Conceptos todos ellos que, bajo forma de reglas y consejos que el cortesano debe seguir, inspiran todas las posibilidades de comportamiento que Leech resume en sus conocidas máximas de cortesía, es decir, tacto, modestia, unanimidad, generosidad, aprobación y simpatía.

E sia tanto discreto e di bon giudicio, che sappia tirar con destrezza e proposito le persone a vedere e udir quello, in che a lui par di essere eccellente mostrando sempre farlo non per ostentazione, ma a caso, e pregato da altrui piú presto che di volontà sua; ed in ogni cosa che egli abbia da fare o dire, se possibil è, sempre venga premeditato e preparato, mostrando però il tutto esser all’improvviso [8]

Parece evidente que la cortesía está entendida como estrategia de conducta y que la habilidad y buen juicio estriban precisamente en la capacidad del sujeto para no ofender, para no caer en la pedantería o en un exhibicionismo muy negativo para sus propios intereses. Tacto y generosidad en público con los interlocutores; preparación, ensayo y objetivos claros, en privado. Esta forma de conducta (la simulación [9] como elemento de supervivencia propuesto con frecuencia a lo largo de la historia) tuvo seguidores muy distinguidos en la primera mitad del siglo XVI. En una situación confusa de intentos aceptados de reforma y apertura, de observancia de la ortodoxia y miedo a las jerarquías, fue frecuente en muchos personajes públicos. Así, humanistas conocidos como Juan de Valdés, por ejemplo, fueron tildados años más tarde, (como recuerda Bataillon [10]) de nicodemitas, en alusión al Nicodemo amigo de Jesús, por esa capacidad para conjugar sin sospechas una vida pública ortodoxa y una actividad clandestina (los famosos conventículos) de estudios y prácticas de religiosidad contrarias a dicha ortodoxia.

El rechazo de la ostentación (la adfectatio) y el aprecio de la modestia es una constate en la obra de Quintiliano. Este comportamiento, puerilmente escolar (como escribe también en otro capítulo), “afectado”, se relaciona, en principio, con la vana pretensión de la originalidad. Incluye también la simulación zafia, artificiosa o relamida, en oposición a un ligero y elegante distanciamiento, enemigo de la autocomplacencia y vecino de la prudencia y de la generosidad, que genera en el auditorio, como en las mencionadas máximas de Leech, una más que rentable simpatía. Escribe Castiglione:

e ciò è fuggir quanto più si po, e come un asperísimo e pericoloso scoglio, la affettazione; e, per dir forse una nova parola, usar in ogni caso una certa sprezzatura, che nasconda l’arte e dimostri ciò che si fa e dice venir fatto senza fatica e quasi senza pensarvi. [11]

 

5.- Este concepto de sprezzatura (distanciamiento es un término posible y próximo como traducción) plantea, en todo caso, el problema de cuándo la simulación comienza a considerarse como tal. Si seguimos el razonamiento de los clásicos lo es (y consecuentemente es beneficiosa para el hablante) cuando no se advierte. Cuando, por el contrario, la simulación es ostentosa cae en el burdo disimulo. La línea divisoria depende, pues, de la habilidad, del buon giudicio del hablante, que debe aprender a gobernar y a dosificar el gesto y la palabra, a conceder sin parecer condescendiente, a actuar sin sobreactuar, a poner en práctica la idea de simulatio en su dimensión más cercana a la naturalidad en sentido estricto, como imitación del teórico equilibrio natural.

Para poner en práctica sus conocimientos sin pedantería al orador (y al hablante) le conviene conocer el inventario de los topoi. En la concepción estética clásica “todo está inventado”; es decir, es casi imposible pretender nuevos hallazgos (de ahí el nombre de inventio como encontrar) de composición: por ello es preferible recurrir al uso de los tópicos ya existentes que el orador-autor-hablante debe solamente actualizar o reelaborar.

Naturalidad, por tanto; grazia, como dice Castiglione; naturalidad contra afectación. Ésta es propia del comportamiento desequilibrado y es signo de mediocridad; aquella contribuye al equilibrio comunicativo y social, a la discreción, a la prudencia. La afectación desemboca en el ridículo, como ejemplifica Castiglione con el chascarrillo de messer Pierpaulo. La sprezzatura y la grazia abren las puertas de la aceptación y el aprecio. Como ya había escrito Quintiliano:

Sed opus est modo, ut neque crebra sint haec nec manifesta, quia nihil est odiosus adfectatione nec utique ab ultimis et iam oblitteratis repetita temporibus, qualia sunt “topper” et “antegerio” et “exanclare” et “prosapia” et Saliorum carmina vix sacerdotibus suis satis intellecta. [12]

 

6.- El género epidíctico se dibuja en sus comienzos casi por exclusión del deliberativo y del judicial; es decir, se perfila otro tipo de discurso retórico al tomarse en cuenta, con una forma que puede ser decisiva para el resultado final, de lo importante que puede ser la presencia de un público ciudadano ansioso por oír el elogio fúnebre de sus caídos en la batalla, por ejemplo, o por escuchar las alabanzas de un dios al que ya veneran. En todo caso, se atiende de manera creciente la propuesta de los primeros rétores sicilianos (Empédocles y su forma psicagógica de persuasión, fundamentalmente) y se pretende, más que tratar de convencer con razones, conmover directamente mediante el uso de recursos emocionales y “teatrales”.

Esta antigua oposición (la de mover y conmover o convencer y persuadir etc.) sigue presente en la actualidad con diversas y encontradas posiciones. Se trata, en definitiva, como se apuntaba más arriba, de fijar la posición ética de la retórica y de quien la practica: desde la posición extrema de Platón, para quien los “retóricos” eran poco menos que simples charlatanes, pasando por la justificación ética e intelectual de Aristóteles, que la sitúa junto a la Dialéctica, hasta la convicción moral del propio Quintiliano. Aristóteles escribe lo siguiente al respecto:

Después de lo dicho, hablemos de la virtud y el vicio y de lo bello y lo vergonzoso, pues estos son los objetivos (que persigue) el que elogia y el que censura. Y sucederá, que, al mismo tiempo que tratemos de estas (materias), se harán evidentes también las (razones) por las que puede comprenderse cuál es nuestro talante; que era, (como dijimos)la segunda prueba por persuasión. [13]

Pocas líneas más adelante justifica la posibilidad y la práctica habitual del encomio (y del vituperio), y lo hace mediante una “pirueta” retórico-dialéctica que prefigura de manera incipiente la mencionada fusión de ética y estética: el orador siempre puede encontrar un argumento y su contrario, elogiar o criticar; porque siempre es posible, y en definitiva aun conveniente, encontrar lo “complementario”. Para ello no duda en enumerar una serie de posibilidades, de argumentos susceptibles de ser tratados como punto de partida del elogio; se comienza por los más señeros y, por descarte, se llega a los más generales y universalmente aplicables, de modo que siempre se puede recurrir a alguno de ellos. Son los conocidos topoi o lugares comunes, como atestiguan las siguientes palabras:

Por otra parte, para el elogio y la censura son pertinentes también (lugares comunes) cercanos a los que les son propios como si fueran iguales a ello -presentando, por ejemplo, al precavido como frío y calculador, al simple como honesto o al insensible como pacífico- y además (aprovecharse) en cada caso de estas semejanzas y siempre en el sentido de lo mejor. Así (hay que presentar) al que es iracundo y furioso como franco, al arrogante como magnificiente y digno... (...) pues esto es, en definitiva, lo que le parecerá a la mayoría de la gente y, al mismo tiempo, (permitirá obtener) un paralogismo a partir de la causa. [14]

El encomio prefigura así el uso de la cortesía que, en la perspectiva pragmática (“el ámbito de la actividad ordinaria de la comunidad”, aclara Quintiliano en su Libro III) del mundo latino comienza a adquirir una creciente importancia. Tanto la suya como la postura de algunos humanistas del Renacimiento, así como la de algunos pensadores actuales, continúa incidiendo en la lábil frontera existente entre persuasión y mentira (véase el ejemplo aceptado desde Homero de “el astuto Ulises”) a la vez que, consecuentemente, se sigue planteado su licitud moral, tanto por la intención como por su uso “frágil” del lenguaje, como argumenta, por ejemplo, Paul Ricoeur. Aun a riesgo de caer en la ingenuidad del de Calahorra, apuesto por el método retórico como modo de conocimiento, adecuado para aunar posturas rigurosas de análisis y crítica, basado en rigurosos y claros principios morales y educativos.

 

7.- El género alcanza su máximo desarrollo, por tanto, con la evolución de los mecanismos sociales avanzados propios de la sociedad romana. Es en este momento cuando el encomio (o el vituperio) se consolidan como una práctica que se aprende y se ejercita, pues los políticos en misión oficial (embajadores o gobernadores en planta estable) se hacen acompañar de un profesional que cumpla los rituales de salutación, elogio y encomio de los lugares que visita o en los que pretende establecer pactos o de los que recabar beneficios. Se desarrolla también la mencionada propuesta expresada por Aristóteles sobre los lugares comunes propios del encomio.

Quintiliano trata el género epidíctico, concretamente el uso del elogio y el vituperio, en armonía con la formación y la disposición ética que siempre debe mantener y mostrar el orador. Si el ejercicio retórico es, además de preparación para el oficio jurídico, camino de conocimiento y, por tanto, de virtud, el uso del elogio debe siempre responder a la verdad y al uso honesto y conveniente que el elogiado haya hecho de sus cualidades: por ello merece el elogio y la admiración de quienes escuchen el discurso laudatorio. Escribe al respecto:

Sed omnia, quae extra nos bona sunt quaeque hominibus fortr optigerunt, non ideo laudantur, quod habuerit quis ea, sed quod iis honeste sit usus. [15]

Con el paso de los años, sin embargo, el encomio adquiere una dimensión de uso casi exclusivamente social y político. La práctica de la retórica epidíctica se centra en el ejercicio del encomio (y, en menor medida, del vituperio) como una forma creciente de comportamiento social y político. De este modo, como señalaba Castiglione, de manera explícita a veces e implícita otras, y como lo hacen autores contemporáneos como Watts, la cortesía es una forma de comportamiento, lingüístico y no lingüístico, que desde el propio fortalecimiento del yo (la autoestima) se proyecta como estrategia social.

La existencia de numerosas academias de retórica, así como los “manuales” que nos han llegado de autores célebres como Teón (contemporáneo de Quintiliano), primero, y de Menandro y Hermógenes posteriormente, entre otros, así parecen atestiguarlo. La línea divisoria, no obstante, entre la práctica del encomio como norma de conducta “cortés” y el discurso encomiástico “excesivo”, se le presenta al lector actual (y hay que pensar que también a muchos de sus testigos directos) como un sutil y peligroso filo cuyos efectos bien pudieran ser opuestos a los deseados, o sea, contraproducentes. Sería oportuno rescatar, por tanto, en cualquiera de sus manifestaciones -y por encima de otras en el uso del elogio-, el estricto principio moral de Quintiliano, el que tiene por lema su famosa definición del orador como vir bonus peritus dicendi; o el más práctico, y también más prosaico, de Leech, cuando propone, para el desarrollo conveniente y provechoso de la conversación, la mencionada máxima de tacto. [16]

El recurso al encomio, con una nutrida representación de elogios, por último, adquiere relevancia y esplendor literarios en la llamada Segunda sofística. Como en la mayoría de los casos, los postulados que sirven de modelo durante un periodo denominado clásico, se “manierizan” con el paso del tiempo y de las generaciones. Esto ocurre con las propuestas para desarrollar el encomio por medio de la aplicación de una serie de topoi que también aumenta y se clasifica y complica con el paso del tiempo Se toma ya más como pretexto para desarrollar la capacidad literaria de su autor que como medio ajustado, aunque fuera de manera hiperbólica, a unos fines concretos; no ya como actuación lingüístico-pragmática y sí como exhibición del propio ingenio creador.

De entre los autores de esta época, uno de los más representativos es sin duda Luciano de Samosata (125-181), experto, según el testimonio de Filóstrato, en el arte de la retórica.

De la imposibilidad aparente de defender “lo indefendible” y de elogiar “lo inelogiable” nacen algunas de sus obras más conocidas, auténticos ejercicios retóricos en el sentido más ambiguo del término, así como espléndidas obras narrativas y argumentativas de este periodo helenista. Durante la segunda sofística se hace más evidente que nunca el criterio retórico, propio de los sofistas, de la reversibilidad que propone Protágoras en sus Antilogías; sólo que en este caso, parece sustituirse le criterio de validez y conveniencia social por el de validez narrativa, de fabulación y de despliegue de los recursos lingüísticos, lo cual desde una perspectiva estrictamente textual no deja de ser un extraordinario hallazgo literario.

 

8.- En definitiva, la cortesía constituye uno de los aspectos más destacados de la actividad retórica, que los clásicos conocían como pragmatiké: la de la actividad oratoria ante un público numeroso al que se trataba de convencer, conmover o impresionar. Paulatinamente los teóricos más reconocidos advierten su creciente importancia y tratan de establecer criterios morales y pragmáticos que regulen su uso, a la vez que proponen y desarrollan líneas concretas por las que encauzar esta actividad que recibirá los nombres concretos de enkómios y psogós o elogio y vituperio. Este tipo de relación deriva siglos más tarde, durante el Renacimiento, hacia lo que se definiría en términos más actuales como dinámica interpersonal; de modo que, al amparo de las normas de conducta cortesana y palaciega, se trata de analizar el propio comportamiento, verbal y no verbal, buscando la estrategia que sea más favorable para cada persona. El “manual” de Castiglione, junto a otros de menor importancia pero también de amplia difusión como Il Galateo de Giovanni Della Casa, constituye el mejor ejemplo de ello. Cuando en el siglo XX la lingüística pragmática se acerca al estudio de la cortesía no hace sino “recuperar”, en una más compleja clasificación, eso sí, las propuestas clásicas y renacentistas. Se validan y completan de este modo los mencionados conceptos de modestia, honestidad, decoro, encomio, generosidad, etc.

Disse allor messer Cesare Gonzaga: -Parmi che abbiate rubato questo passo allo Evangelio dove dice: “Quando sei invitato a nozze, va’ ed asséttati nell’ infimo loco, acciò che, venendo colui che t’ha invitato, dica: Amico, ascendi piú su; e cosí ti sarà onore alla presenzia dei convitati”. [17]

 

Notas:

[1] Mas, en fin, no bastarán todas estas condiciones de nuestro cortesano para alcanzar esa universal gracia de los señores, caballeros y damas si no posee también un modo amable y gentil en el conversar cotidiano; y sobre esto creo que es difícil dar alguna regla por las infinitas y variadas cosas que suceden en la conversación, siendo así que entre todos los hombres del mundo no hay dos que sean de ánimo completamente semejante. (t. de a.)

[2] Il libro del Cortegiano, Baldasarre Castiglione, Libro II, cap. XVII. Einaudi, Torino, 1965 .

[3] Introducción a la Pragmática. M.Victoria Escandell, Ed. Anthropos, Madrid, 1993

    Una sola cosa debe añadirse ya a lo dicho, principalmente cuando se tiene ante los ojos lo conveniente en la pronunciación del discurso, a saber, que muchas veces es distinto lo que conviene a unos y a otros. Porque hay una secreta e inexplicable regularidad en todo esto, y así como es verdad el dicho de que ‘el punto principal del arte está en que hagas lo que conviene’ (Cic. De oratore, 1, 29), igualmente es cierto que esto no puede transmitirse enteramente sin una doctrina ni solamente con la teoría del arte.

    Quintiliano de Calahorra, Obra completa (Trad. y ed. de Alfonso Ortega Carmona), Libro XI, Cap. III, 177. Salamanca, 2000. Universidad Pontificia.

[4] donde la recompensa no consiste en algo para propio provecho, sino tan sólo en la alabanza del aplauso. Quintiliano, op. cit. Libro III, Cap. VIII, 7.

[5] Epistola ad Pisones, Quinto Horacio Flacco, Ed. Cátedra, Madrid, 1996

6] Platón. Protágoras. Ed. Gredos (Biblioteca Básica Gredos), Madrid, 2000 318a, pág. 384.

[7] Erwin Goffman (1959). La presentación de la persona en la vida cotidiana, Ed. Amorrortu, Buenos Aires, 1971.

[8] Y sea tan discreto y de buen juicio que sepa atraer con habilidad y con intención a las personas a ver y oír aquello en lo que a él le parece sobresalir, mostrando hacerlo siempre no por ostentación, sino como por casualidad, y que se lo pidan los demás mejor que por voluntad propia; y que todo aquello que deba hacer o decir, si fuera posible, lo tenga siempre pensado y preparado, mostrando, sin embargo, que todo está improvisado. (t.de a.)

    Op. cit. Libro II, Cap. XXXVIII.

[9] El concepto de simulación no tiene en la época el carácter negativo que se le atribuye en la actualidad. Está más próximo a la representación etc. Vid. Quintiliano.

[10] Erasmo y España (1937). Marcel Btaillon, Fondo de Cultura Económica, México, 2006.

[11] y esto es huir cuanto se pueda, y como de un enojosísimo y peligroso escollo, de la afectación; y, para usar tal vez una palabra nueva, usar siempre un cierto distanciamiento que esconda la “técnica” y que demuestre que cuanto se hace y dice viene sin esfuerzo y casi sin pensar.” Il Cortegiano, Libro I, Cap. XXVI.

[12] Pero se precisa de moderación, de modo que no se amontonen ni llamen la atención, porque nada hay más odioso que la afectación, y no se las tome precisamente de remotísimos y ya olvidados tiempos, como son ‘topper’ (quizá) y ‘antegerio’ (ante todo), ‘exanclare’ (agotar), ‘prosapia’ (raza, familia) y los Cánticos de los Salios, que apenas entienden suficientemente sus propios sacerdotes.

    Quintiliano, op. cit, Libro primero, Cap. VI, XL.

[13] Retórica. Aristóteles, Ed. Gredos (Biblioteca Básica Gredos), Edición y traducción de Quintín Racionero. Libro I, 9,1. Madrid, 2000.

[14] Retórica, op. cit. Libro I, 9,4.

[15] Pero todos los bienes, externos a nosotros y cuanto a los hombres cayó en suerte, no se prestan al elogio por el hecho de que uno los haya poseído, sino por haberlos utilizado de manera honorable.

    Quintiliano, op. cit. Libro III, Cap. VII, 13.

[16] El encomio, a diferencia de lo ocurrido en el mundo clásico (al menos, que tengamos noticia), puede ser “bidireccional” en nuestra época. Se elogia al superior y también éste puede hacerlo con el inferior; en ambos casos los límites están bien definidos. La relación jerárquica y el cuidado y preservación de la propia imagen, como indica Goffman, también obedecen a una estrategia conductual y productiva. Éste es, no obstante su importancia, un aspecto que excede las presentes reflexiones.

[17] Dijo entonces meser Cesare Gonzaga: -Me parece que habéis robado este pasaje al Evangelio donde dice: “Cuando te inviten a una boda, ve y siéntate en el lugar más humilde, para que, acercándose quien te ha invitado, diga: Amigo, sube más arriba; y así te será honor en presencia de los invitados”. Il Cortegiano, Libro II, Cap. XX, pág. 118

 

© Antonio Dueñas 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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