El regreso a la naturaleza en Huatulqueños de Leonardo Da Jandra

Martín Camps

University of the Pacific
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Resumen: Huatulqueños de Leonardo Da Jandra es una novela que revela la devastación ecológica en Oaxaca, México. En la novela queda registrada la inoperancia del gobierno para combatir la deforestación, muchas veces perpetrada por los mismos habitantes que gozan de estos recursos.
Palabras clave: Huatulqueños, Leonardo Da Sandra, narrativa mexicana, ecología.

 

A partir de la década de los ochenta en México se empieza a organizar un movimiento ecológico lidereado por el poeta Homero Aridjis, fundador del grupo de los cien, una alineación de intelectuales que se manifestaron en contra de las políticas del gobierno mexicano para detener la contaminación de la Ciudad de México donde la calidad del aire había llegado a tal grado que era posible ver a los pájaros caer fulminados por las cantidades de plomo en aire. Aridjis nació cerca de las montañas en donde se encuentra el santuario de las mariposas monarca que cada año vuelan 5,000 kilómetros desde Canadá para pasar el invierno en este lugar que lentamente está siendo deforestado. Dice Aridjis:

“La inspiración de los poetas, pintores y hombres santos es contar las historias de este planeta y expresar una cosmología ecológica que no separa a la naturaleza de la humanidad” (Russell 66) Eventualmente, y como parte del activismo de este escritor, el gobierno instauró un programa ambiental para reducir las cantidades de plomo en el aire y de informar diariamente a la población de la cantidad de niveles de contaminación del aire. En el panorama ecológico mexicano, tal vez Aridjis sea el nombre más recurrente, a la par del escritor que ahora nos ocupa, Leonardo Da Jandra (Chiapas, 1951), que se ha centrado sobre todo en la cosmología ecológica del estado sureño de Oaxaca. Da Jandra renunció a la fuerza de gravedad que ejerce el centralismo cultural y optó por vivir desde hace treinta años en una playa provinciana en lugar del atractivo Distrito Federal. Para decirlo con Domínguez Michael: “Da Jandra apareció como el pudiente administrador de una leyenda que, en aquellos primeros años noventa, coloreaba oportunamente el fin de siglo: él y su compañera, la pintora Agar, vivían desde 1979 retirados en la playa virgen de Cacaluta, oficiando, a la vez, de robinsones y de pareja de sadhus en el bosque” (Letras Libres, Mayo 2005)

Da Jandra publica Huatulqueños en 1991 donde relata el ecocidio que se ejerce en esta zona, no sólo a manos de un gobierno corrupto y burocrático que suaviza leyes a favor de hoteleros potentados y regala playas para pagar favores políticos, sino también a manos de los propios habitantes y lugareños que continúan viejas reyertas entre pueblos autóctonos. Rodríguez Lozano advierte, que en efecto, en esta novela “el lector vuelve a enfrentarse al ambiente de la selva, al mar y a la lucha incansable entre pueblos, familias, caciques, por mantenerse en un espacio que a lo largo de los años ha sido degradado por los ímpetus de la modernización y de la misma gente” (89). En este sentido Da Jandra presenta un proyecto escéptico del progreso y que se aleja del optimismo de la modernización.

La novela está dividida en tres partes: El ahora, donde se narra la historia del presidente municipal que atiende una reunión con el director general de turismo para hablar sobre el desarrollo de Huatulco (“lugar donde se adora al madero”) acompañado de su secretario Chano. El secretario le comenta:

“-Me llegó el chisme de que esos revoltosos de la asociación ecológica ya le mandaron un informe donde hablan de la taladera de árboles y la matasón de animales en la sona.” (14) A lo que el presidente responde: “-Puras pendejadas de gente ociosa”. (14). Como se puede ver en esta cita, para el gobierno la ecología resulta ser un asunto ocioso que no merece la atención gubernamental que por un lado se preocupa en vender turísticamente al país, pero paradójicamente permitiendo el rápido deterioro ecológico.

En la segunda parte, titulada El presente, se narra la historia de Nicéforo, uno de los personajes principales que trabaja como encargado de reportar a la Fonatur (Fomento Nacional del Turismo) los incidentes relativos con la preservación ecológica, por ejemplo, apunta en una hoja de reportes, con faltas de ortografía: “Binieron en la mañana turistas que ensuciaron la plalla con botes de refresco y bolsas de dulses” (79). A través de los ojos de Nicéforo vemos la deforestación de la selva, así descrita:

Desde la ventanilla del microbús que había tomado en la Crucecita, Nicéforo veía cómo el avance implacable del progreso hería el cuerpo milenario de la selva, dejándolo a merced de un pulular muchedúmbrico que le recordaba el trajinar de las hormigas arrieras. Aquí y allá, sobre las cortaduras ya cicatrizadas, comenzaba a levantarse las costras de cemento y fierro que pronto albergarían al hormiguero humano. Al retirar unos centímetros su frente de la ventanilla, vio reflejada una expresión de complacencia que le hizo alejar al instante el recuerdo de que allí donde se levantaban ahora las costras del progreso, apenas cinco años atrás había él lampareado en busca del venado en tiempo de aguas.” (91)

En este pasaje Nicéforo advierte el retroceso de la selva ante el inevitable avance humano que compara con “hormigas arrieras” y allí donde solía cazar (“lampareado”), ahora se erguía el progreso. Más adelante el narrador describe la condición de los campesinos que no obtienen préstamos para sembrar, porque los terratenientes no les procuran los recursos, así que se ven obligados a sembrar marihuana. Nicasio le dice a Don Pedro, el terrateniente, que él le pagará en cuatro o cinco años cuando empiece a cosechar y don Pedro responde: “¿Qué no sabes que el dinero produce mucho más en el banco?” (117).

Ante la negativa, Nicasio se involucra en la producción de marihuana, al igual que otros campesinos, porque “todos los cerros de los altos de Huatulco, desde los Muelles hasta san Miguel del Puerto, estaban sembrados de marihuana” (162). Tiempo después, con los costales de marihuana a cuestas, Nicasio sueña en irse a Salina Cruz “para ya no volver jamás a esa tierra de envidias y rencores, que sólo se apagaban con sangre” (169). Más aún, gran parte de la depredación de la selva se llevaba acabo por lugareños que cazaban venados o iguanas. Dice el narrador:

Entrada en su fase más intensa la temporada de secas, iguaneros y venaderos comenzaron a dejarse venir como plaga de moscas. Los primeros con sus hachas y machetes hacían un destrozadero de árboles, sin importarles edad ni clase, para bajar las iguanas que se encaramaban sobre sus copas o se protegían en algún hueco. A veces, al echarle lumbre a un árbol seco, producían peligrosos incendios que Nicéforo y Nicasio se esforzaban por apagar de madrugada, al decrecer su intensidad. (180)

Sin embargo, estos incendios adentrados en la espesura de la selva no eran de importancia para las autoridades de Fonatur, que como no podían ver las llamas desde la carretera no les parecía un siniestro considerable. Nicéforo va a las oficinas para pedir ayuda a las autoridades, de los marinos, pero se encuentra con un laberinto burocrático por lo que debe apagarlo por sí mismo con la ayuda de Nicasio. Da Jandra nos muestra así el descontrol sobre la preservación de las grandes áreas selváticas, que son devastadas por grupos locales que deforestan para poder cazar venados o iguanas y que son capaces de destruir indiscriminadamente sólo para protestar contra una ordenanza que prohíba la caza. Escribe:

Los biólogos le habían dicho a Nicéforo que esa franja era fundamental para la reserva, pues había que detener allí el empuje anárquico y ecocida de los coyulenses que, favorecidos por el desacuerdo entre Fonatur y el gobierno estatal, con el consiguiente vacío de autoridad, se entregaban a una depredación brutal del medio, destruyendo con total impunidad y en alarde de bravuconería donde y como les daba la gana. (202)

Estas zonas eran custodiadas por los marinos, sin embargo, dejaban de patrullar muy pronto y quedaban a la merced de los depredadores. Pues la preocupación de las autoridades respondía más a obtener un beneficio de las playas. Dice el narrador: “Con excusas legales y otros subterfugios burocráticos, que atendían más a la venta acelerada de las playas que al mantenimiento ecológico de la zona” (205)

Del lado de Nicéforo también se encontraban los biólogos cuidadores. Uno de ellos ofrece ayudar al hijo enfermo de Nicéforo. El biólogo le pide a un lanchero que los lleve al pueblo para atenderlo, pero el lanchero se niega arguyendo que debe pasear a unos funcionarios de México, entonces el biólogo se acuerda de una verdad que acosa a las comunidades, esto es, “que nadie odiaba tanto a un indígena como otro indígena” (193).

Sin embargo, Huatulqueños no es sólo una retahíla de reprimendas hacia la devastación de los huatulqueños hacia su propio medio o una carta a la sempiterna ineptitud de las autoridades mexicanas para defender el patrimonio nacional. Da Jandra ofrece la siguiente reflexión sobre una posible medida, en la voz de Arturo, descrito como un príncipe zapoteca, y seguido por una descripción del generoso paisaje oaxaqueño. Arturo le dice a uno de los biólogos:

-Esto solamente se puede componer con educación. El cáncer ceniciento de la quemazón sobre la piel del cerro, volvió a encender las quejas de los biólogos. Haciéndose eco de las críticas acervas que Alejandro lanzaba contra la negligencia de los burócratas que propiciaban tales ecocidios, Nicéforo lo llevaba de uno a otro extremo de la quemazón pormenorizándole los daños sufridos e insistiendo en que si no se resembraba lo quemado, pronto sería un zacatal predispuesto a más violentos incendios. Sólo al llegar a la mera punta del cerro y ver, gracias a la tirazón de árboles quemados, la panorámica selvática que se extendía en trescientos sesenta grados hasta donde alcanzaba la vista, pudieron las energías sublimarse en un silencio ritual. Con el rostro resplandenciente por la visión de tanta naturaleza aún no profanada por la barbarie del progreso, los biólogos recorrían la circunferencia de la cima no pudiendo evitar profundas exclamaciones de admiración.” (215)

La tercera parte de la novela, titulada “el pasado” se concentra en la historia de la zona. Una zona marcada por asesinatos, cacicazgos, ajustes de cuentas, abigeatos y pleitos entre poblaciones, así como personajes memorables como Maximiliano Gómez Limón y su turbulenta vida. Esta parte de la novela, abundante en una nómina de personajes y relatada con un estilo que no puede dejar de rendir cierto homenaje a García Márquez, habla de las relaciones familiares y conflictos que marcaron la historia de los huatulqueños. Por ejemplo, escribe que a mediados de los setenta la población de Cacaluta se llenó de una población flotante por unos sinaloenses que instalaron una factoría de tortugas en la playa, y dice:

Pronto el olor a excremento y a la pudrición de los caparachos de tortuga, que amontonaban en la guanacaxtlera pegada al cerro, emponzoñaron el ambiente cacalutense; pero los tres Ases, ensordecidos por su poder, no quisieron tomar medidas para detener el crecimiento anárquico. (303)

Este recuento termina, y así cierra la novela, con Nicéforo, quien “Dos días después de cumplir trece años, en plena temporada de secas de 1977, Crisálida se casó con Nicéforo por las dos leyes. Fue la última fiesta que congregó a los amigos antes de que llegara el veneno del progreso” (323).

La novela presenta un apéndice de “complementación historiográfica” que ofrece un recuento de la región desde las disputas entre los mixtecas y aztecas, pasando por la conquista, cronistas y las incursiones de Francis Drake, hasta el siglo XIX. Este recuento bibliográfico, es narrado amenamente como otro capítulo de la novela y no sólo es una mera noticia de obras consultadas sino que presenta la importancia histórica del puerto de Huatulco.

Huatulqueños es una novela que tiene una preocupación por conocer a profundidad una zona ecológicamente rica y también a entender los problemas de su devastación. Las complicaciones internas entre los pueblos indígenas que compiten por los recursos naturales (iguanas y venados) así como la industria turística, todo esto amparado por el burocrático fantasma del estado que es incapaz de proteger estas zonas. Da Jandra se ha preocupado por rastrear las intrincadas historias que se entretejen en Oaxaca y las presenta con una novela robusta, de 340 páginas donde el ahora, el presente y el pasado se traslapan y sólo cambian los atavíos de los involucrados. Los únicos perdedores son los recursos naturales que lentamente se van menguando en esta zona. Huatulqueños es una novela que registra el proceso histórico como una manera de documentar a los responsables y describir el exuberante y conflictivo, hasta nuestro ahora, estado de Oaxaca.

 

Martín Camps es profesor asistente de la University of the Pacific en Stockton, California. Ha publicado los siguientes libros: Cruces fronterizos: hacia una narrativa del desierto (2006), Desierto Sol (poesia, 2003) y La invención del mundo (poesía, 2008).

 

Bibliografía

Da Jandra, Leonardo. Huatulqueños. México: Joaquín Mortiz, 1991.

Domínguez Michael, Christopher. “La hispanidad, fiesta y rito de Leonardo Da Jandra” Letras Libres, Mayo, 2005.

Rodríguez Lozano, Miguel. Desde afuera: Narrativa mexicana contemporánea. México: Abraxas, 1998.

Russell, Dick. “Homero Aridjis y la ecología” pp. 65-81 En: Stauder, Thomas (ed. and introd.); 'La luz queda en el aire': Estudios internacionales en torno a Homero Aridjis. Madrid, Spain; Frankfurt, Germany: Iberoamericana; Vervuert; 2005. 317 pp.

 

© Martín Camps 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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