Las disputas por el sentido y la construcción socio-discursiva de la Identidad

Hugo Aguilar y Marisa Moyano

Universidad Nacional de Río Cuarto (Argentina)
haguilar@hum.unrc.edu.ar       mmoyano@rec.unrc.edu.ar


 

   
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Resumen: El trabajo implica dos líneas de investigación, por un lado se analizará el problema de la conceptualización de la noción de identidad en el marco de los procesos sociales de naturalización. El mundo como lo dado no es otra cosa que la configuración naturalizada de unas ciertas condiciones de vida, de unas ciertas relaciones sociales y obviamente de lo real en tanto construcción discursiva. En esa construcción discursiva, el lenguaje conceptualiza fenómenos y personas. Y los instala discursivamente en la conciencia de los usuarios de la lengua. La identidad pertenece a este mundo de lo naturalizado, incluso en el marco del discurso académico, de allí la necesidad de desmontar las estrategias de su tratamiento.
    Por otro lado, la sociedad posee mecanismos preestablecidos para la articulación del sentido que predisponen al usuario como un generador y un receptor de sentidos que naturalizan esta predisposición hasta hacerla invisible, convirtiéndola en un ritual. Presentado así el razonamiento, se avanzará en el análisis de los procesos de configuración de la identidad en los discursos sociales que no están centrados temática y explícitamente en la identidad para desmontar el papel que juegan las estrategias discursivas en el ejercicio del poder mediante estas configuraciones discursivas ritualizadas en las que parece definirse la situación del hombre en nuestra sociedad y que podemos tomar como un componente necesario en la definición de su subjetividad.
Palabras clave: Identidad - discurso - performatividad

 

El abordaje de la dimensión performativa del lenguaje humano tiene sus antecedentes en los desarrollos teóricos de la Pragmática y de la Semántica. Estas disciplinas configuran un campo de tratamiento de la cuestión que se basa fundamentalmente en el debate que, originado en la Pragmática -Austin, Searle- discute la capacidad del lenguaje ordinario de instaurar realidades en el mundo.

De ese modo, el desarrollo de la Pragmática nos introduce en el planteo de la actividad o de la acción como una dimensión inherente al fenómeno lingüístico, en donde la dimensión social del lenguaje, dejada de lado por el estructuralismo al amparo de su imperativo epistemológico, es recuperada. A partir de este giro, la lingüística estructural se ve obligada a reconocer que su ámbito de estudio y su objeto es fundamentalmente de carácter semiótico. Decimos esto porque el signo, apartado de su vida social y recluido al ámbito inmanente del sistema de la lengua, se nos revela como carente de sentido, ya que la dimensión significativa del signo dentro de la lengua se resuelve como una relación opositiva pero sin contacto con el mundo. El signo adquiere su dimensión semántica como instrumento de generación de sentido, sólo instalado en la vida social, no antes.

Si sostenemos que el signo circunscripto a la lengua es meramente semiótico y que se torna semántico en el uso social, es allí, en el núcleo de la praxis social donde el lenguaje adquiere su doble potencialidad de significación: por un lado es capaz de nombrar al mundo, y por otro, es capaz de instaurar realidades en ese mismo mundo que nombra.

Es en la semiosis social "donde se construye la realidad de lo social. El mínimo acto en sociedad de un individuo, supone la puesta en práctica de un encuadre cognitivo socializado, así como una estructuración socializada de las pulsiones. El análisis de los discursos sociales abre camino, de esa manera, al estudio de la construcción social de lo real" (Verón, 1993). Como seres humanos de existencia real e histórica, nos configuramos recíprocamente en el intercambio discursivo, construimos nuestras identidades personales y comunitarias atravesados por el lenguaje, con el que aprendemos a actuar, a valorar, a pensar. De hecho, en aquella proposición de Verón está implicada completamente la dimensión simbólica del hombre, como ese rasgo inherente a su naturaleza que lo distingue del resto de los seres vivos (Cassirer, 1968). El hombre, entendido como animal simbólico, ha diseñado una red de estructuras simbólicas que le han permitido sobrevivir en el mundo. El arte, el mito, la religión, la ley, no son otra cosa que intentos desesperados de supervivencia que se han mostrado efectivos y nos han permitido llegar hasta aquí. Pero, a la vez, esta profusión de redes simbólicas ha producido un hecho crucial para nuestra experiencia en el mundo: carecemos de la experiencia directa del mundo. Nuestras experiencias están mediadas por las redes simbólicas que hemos construido para sobrevivir. Esas redes simbólicas constituyen matrices para el pensamiento y también para la percepción. En esa compleja red de redes que hemos tejido a nuestro alrededor se disputa, se debate y se delimita la posibilidad del sentido como el resultado de operaciones, juegos y rituales que caracterizan a cada ámbito del quehacer humano. De ese modo, el sentido es impensable sin la noción de performatividad.

En la lucha social por la afirmación del sujeto, que es también una lucha por el sentido, se juega la preservación o la alteración de la identidad personal y social. En el ámbito público, muchas veces se trata de una imposición sobre el otro. La performatividad se revela así como un rasgo inherente a las relaciones sociales. No hay relaciones sociales sin disputa por la identidad, o lo que es lo mismo, no hay relaciones sociales sin disputa por el sentido. Por eso, es necesario abordar el problema de la identidad desde lo conceptual y desde lo fenoménico, entendiendo esto último como los procesos de orden comunicativo, discursivo, político, cultural, articulados en el ámbito social y analizables desde los planteos de la Teoría de la Performatividad como eje estructurante del análisis.

Si afirmamos que el discurso es una mediación necesaria en la que hay que detenerse para estudiar las relaciones entre sociedad, individuo y poder, no lo decimos en el sentido de que el lenguaje es un simple "medio" descriptivo o constatativo, sino que es una grilla configuradora de lo real: los discursos guardan la memoria de lo que somos o creemos ser, y el registro de cómo la realidad se nos presenta. El carácter performativo del discurso habita el origen de esa grilla que es a la vez una matriz del pensamiento y una condición fuerte de nuestra percepción.

Ese carácter performativo no se encuentra en la lengua, sino en la relación de la lengua con el mundo y con sus usuarios. Usuarios que, necesariamente se han organizado socialmente en instituciones. “Por institución, entiendo la existencia de un poder normativo que someta mutuamente a los individuos a determinadas prácticas bajo pena de sanciones" (Barrendonner, 1987). La presencia de lo institucional, como reaseguro del valor de verdad de las proposiciones, le otorga al enunciador una suerte de poder dictatorial sobre sus destinatarios. Y es allí, cuando lo performativo se desnuda con toda su crudeza. Ya no importa el uso de una clase determinada de verbos, como creía Austin (1962) en un principio, ni rasgos estructurales o sociales únicamente. Porque la restitución de una acción por las palabras no depende del poder de las palabras sino del poder de la institución que las avala. Nada impide que un hablante cualquiera tome un verbo y lo convierta en performativo, porque la oposición performatividad versus constatividad no es un atributo de la lengua, no está predeterminada por la estructura del código, sino que depende de las condiciones de enunciación, lo que nos lleva a una conclusión necesaria: no hay verbos inocentes de performatividad. Toda expresión posee una dimensión performativa en la que se define, desarrolla y constituye la identidad del enunciador como sujeto discursivo.

Desde ese marco que ya hemos trabajado y desarrollado en los proyectos anteriormente citados queremos introducir nuestro estudio sobre identidad.

Podemos decir con Arfuch (2002) que desde las corrientes contemporáneas sobre el tema “la identidad no sería un conjunto de cualidades predeterminadas -raza, color, sexo, clase,, cultura, nacionalidad, etc.- sino una construcción nunca acabada, abierta a la temporalidad, la contingencia, una posicionalidad relacional sólo temporariamente fijada en el juego de las diferencias” que ha sido abordada desde dos líneas principales de explicación: por una lado una corriente centrada en el discurso, basada en “la analítica de la temporalidad y la narrativa de Paul Ricoeur y el dialogismo de Mijail Bajtín (1982) y del lado de la (teoría) política, la reflexión en torno de la diferencia que comparten en buena medida Ernesto Laclau y Judith Butler” Arfuch (2002). Estas propuestas son superadoras del problema de la Identidad planteado como un fenómeno psicológico y lo sitúan en el centro de los planteos actuales sobre la discursividad social.

Sin embargo, la nuestra pretende ser una posición diferente a las dos anteriores porque pese a centrarnos en el discurso como objeto de análisis, no pretendemos de ninguna manera definir una teoría de la identidad o una teoría de la diferencia, más bien preferimos abordar el problema desde sus dos aspectos más básicos: el fenoménico y el conceptual.

Un concepto, en principio, articula diversos campos semánticos, pero además, excede su contexto inmediato de experiencia. Sirve a procesos de largo plazo porque inscribe en el desarrollo de una disciplina los límites epistemológicos del discurso del que forma parte. En el concepto está su historia y funciona como un principio de inteligibilidad. El concepto no sólo refiere una entidad construida por una teoría (en sí misma un texto que forma parte de un cierto "juego de lenguaje", sino que explica, define, circunscribe un contenido semántico cuya legitimidad pende del hilo de la circularidad de la explicación. "Un concepto no es sólo indicador de los contextos que engloba, también es un factor de sí mismo. Con cada concepto se establecen determinados horizontes, pero también se establecen límites para la experiencia posible y para la teoría concebible." (...) "Una vez acuñado, un concepto contiene en sí mismo la posibilidad puramente lingüística de ser usado en forma generalizadora" (Koselleck,1993). Un concepto, entonces se nos presenta como una concentración del sentido en el proceso de configuración e instalación de una representación en la conciencia del usuario de la lengua. Si entendemos por representación una configuración de sentido acerca de un fenómeno, pero no el fenómeno mismo, nos vemos en la necesidad de revisar los planteos que sobre identidad han inundado los últimos años el ámbito académico y también los discursos de circulación masiva. Queremos ver allí los procesos de conceptualización y de naturalización que el término “identidad” ha sufrido en esos procesos socio- semánticos.

En cuanto al ámbito de lo fenoménico, nuestro objeto es el discurso: “la lengua es por necesidad el instrumento propio para describir, conceptualizar, interpretar tanto la naturaleza como la experiencia, y así ese compuesto de naturaleza y experiencia que se llama sociedad. Es gracias a este poder de trasmutación de la experiencia en signos y de reducción categorial como la lengua puede tomar por objeto no importa qué orden de datos y hasta su propia naturaleza. Hay una metalengua, no una metasociedad.

La lengua rodea por todas partes a la sociedad y la contiene en su aparato conceptual, pero al mismo tiempo, en virtud de un poder distinto, configura la sociedad instaurando lo que podría llamarse semantismo social" (Benveniste, 1985)

En ese semantismo social queremos describir los procesos discursivos en los que no está expuesto abiertamente el problema de la identidad pero que por su naturaleza performativa, social y semántica, suponen necesariamente procesos de configuración discursiva de la identidad.

El sujeto moderno se constituye como tal a partir de que el mundo se vuelve una representación. En el fondo de esa representación hay una creencia, no necesariamente experimentada como una instancia de sentido en sí misma, sino como una experiencia natural de la existencia. Para un sujeto instalado dentro de una creencia, esa creencia no es un ente objetivable, sino una instancia capaz de otorgar sentido a fenómenos o a entidades del mundo distintas de sí misma. El caso obvio es el de las creencias religiosas, pero sería una ingenuidad suponer que allí las cosas son esencialmente diferentes a las de otros procesos de creencia, menos evidentes, pero igualmente operativos, ya que en la sociedad la realidad parece presentarse como lo dado.

En una sociedad que se basa en el trabajo enajenado, la sensibilidad humana está oscurecida: el hombre percibe las cosas únicamente en las formas y con las funciones en que son dadas, hechas y usadas por la sociedad existente, y sólo percibe las posibilidades de transformación, tal como las define la sociedad actual, y enfocadas a ésta.

De esta manera, la sociedad existente se reproduce no sólo en la mente, en la conciencia del hombre, sino también en sus sentidos, y no hay persuasión teórica o razonamiento que pueda romper esta prisión a menos que la sensibilidad petrificada de los individuos se "disuelva", se abra a una nueva dimensión de la historia en la que se rompa la opresiva familiaridad con el mundo de las cosas dadas." (Marcuse, 1973: 83/84).

El mundo de las cosas dadas del que habla Marcuse no es otra cosa que la configuración naturalizada de unas ciertas condiciones de vida, de unas ciertas relaciones sociales y obviamente de lo real en tanto construcción discursiva. En esa construcción discursiva, el lenguaje conceptualiza fenómenos y personas, o mejor digamos diseña, construye fenómenos y personas. Y los instala discursivamente en la conciencia de los usuarios de la lengua, a través de la capacidad performativa de la palabra. La identidad pertenece a este mundo de lo naturalizado, incluso en el marco del discurso académico, de allí la necesidad de desmontar las estrategias de su tratamiento en una de nuestras líneas de trabajo (aspecto conceptual)

La sociedad posee mecanismos preestablecidos para la articulación del sentido que predisponen al usuario como un generador y un receptor de sentidos que naturaliza esta predisposición hasta hacerla invisible, convirtiéndola en un ritual. De allí, el notable poder performativo de la palabra en tanto instancia interactiva, ya que los procesos performativos están también ritualizados: el discurso pedagógico, el discurso periodístico, el discurso político y el discurso religioso, entre otros, constituyen, en el fondo, maneras ritualizadas del proceso performativo, que estamos dispuestos a aceptar desde la imposición social de su presencia en nuestras vidas, como fenómenos poco menos que naturales.

Presentado así el razonamiento, sólo nos queda por avanzar un poco más para revisar cuál es el papel del poder en estas configuraciones discursivas ritualizadas en las que parece definirse la situación del hombre en nuestra sociedad y en las que tarde o temprano terminaremos por identificar su concepción de lo real como una construcción discursiva que podemos tomar como un componente necesario de su subjetividad (aspecto fenoménico).

Inmersos en la sociedad como actores y espectadores, vivimos nuestra experiencia vital en términos lingüísticos, le damos nombre a lo que creemos único con palabras y conceptos que no nos pertenecen y tratamos de encontrar en medio de esa maraña el remedio a nuestra enajenación en el instrumento que la provoca: la palabra. "Pues, cuando hablamos de la realidad y sufrimos por ella, se trata siempre de una construcción, cuyo origen y premisas sólo son conocidas - literalmente hablando - por el buen Dios; una construcción de la que hemos olvidado - si es que alguna vez lo hemos sabido - que nosotros somos los arquitectos y que ahora vivimos como algo "exterior", supuestamente independiente, como una realidad "verdadera".(...) No es el mundo, sino un mosaico de cuadros e imágenes particulares que hoy pueden ordenarse de este modo, y mañana de otro; un esquema de esquemas; una interpretación de interpretaciones; el resultado de incesantes decisiones extraconscientes sobre lo que, en esta interpretación de interpretaciones, se puede y es lícito aceptar y sobre lo que se debe rechazar; de decisiones que se apoyan a su vez en las consecuencias de otras decisiones adoptadas con anterioridad" (Watzlawick, 1980).

Esta noción de construcción que maneja Watzlawick no puede entenderse sin recurrir a nuestra noción de performatividad como dimensión esencial del fenómeno lingüístico. Y nos obliga a pensar en ella como una red de sentido que recibimos desde afuera - el Estado, las organizaciones sociales y el resto de los hablantes- que se coloca en un lugar de privilegio en la construcción de nuestra subjetividad y en ella nuestra identidad como sujetos sociales e históricos.

El sujeto se descentra de sí mismo porque la palabra como fuente y legitimación de las condiciones del mundo son el único contacto que tiene con él. Ese abuso descriptivo que ejecuta la palabra, se muestra no sólo como una forma del poder estatal, sino también como un mecanismo constante y perpetuo de poder dentro de toda interacción comunicativa. La negociación que constituye el centro de toda interacción es una disputa no sólo semántica, es sobre todo una disputa de roles sociales y de poder pragmático, o lo que es lo mismo: es una disputa sobre nuestro derecho a influir o ser influidos por el otro. Invirtiendo una expresión de más arriba podemos decir que no hay relaciones sociales sin disputa por el sentido, o lo que es lo mismo, no hay relaciones sociales sin disputa por la identidad, porque ambos, sentido e identidad van unidos en el mismo proceso de configuración discursiva.

En síntesis, proponemos que en el marco de la disputa por el sentido que articula la semiosis social, la construcción de la identidad forma parte necesaria de los procesos performativos del lenguaje en tanto impulso formante de los sujetos sociales, e incide necesariamente sobre la construcción de la experiencia, las acciones lingüísticas y la percepción de lo real en los usuarios de una lengua.

 

Notas

[1] En anteriores proyectos de investigación: "La dimensión performativa del lenguaje y su relación con el poder" (2003/2004) y “La performatividad del lenguaje en la construcción discursiva de lo real” (2005/2006) analizamos cómo la Performatividad llega a constituirse en impulso formante del sujeto y de lo real y desarrollamos un acercamiento a una Teoría de la Performatividad. En el proyecto actual se avanza en la relación “Identidad, Sentido y Performatividad” (2007/2008 - Secretaría de Ciencia y Técnica. Universidad Nacional de Río Cuarto - Argentina).

 

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© Hugo Aguilar y Marisa Moyano 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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