Espéculo

  Reseñas, críticas y novedades

 

 

Sergio Chejfec

Mis dos mundos

  

 

Sobre los riesgos del balance

Mariana Catalin
Universidad Nacional de Rosario
Consejo Superior de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina
marianacatalin@hotmail.com

 

Un yo a punto de convertirse en cincuentón inicia el relato: "Quedan pocos días hasta un nuevo cumpleaños". Mis dos mundos, la última novela de Sergio Chejfec (Buenos Aires, 1956) continua la línea abierta en su poética por su producción anterior, Baroni: un viaje (2007): el caminar de los personajes típico de los relatos anteriores del autor, como en Los planetas (1999) o en Boca de Lobo (2000), se torna viaje explícito y aparece un narrador en primera persona que se hace acreedor de marcas que permite relacionarlo directamente con el autor (aunque nunca se explicita el nombre propio) y que se vuelve protagonista de ese desplazarse hacia y por "nuevos" territorios extranjeros. Una novedad siempre relativa, en la medida en que carece de importancia El destino, el territorio que se explora, es en este caso una ciudad al sur de Brasil, por lo que se vuelve a lo explícitamente urbano luego de la previa excursión por lo rural. En esta nueva ciudad, la obsesión que funciona como desencadenante del movimiento y del relato son los amplios espacios verdes que pueden encontrarse en el medio de los conglomerados urbanos, que al mismo tiempo que atraen al protagonista lo obligan a marcar constantemente su artificiosidad: se narra entonces la excursión individual hacia un parque que atrae la mirada destellando en el centro del mapa. El motivo que subyace es, como aludimos, la cercanía de un aniversario: el protagonista se acerca a su cumpleaños número cincuenta.

Balance. A eso se enfrenta el protagonista, aunque quiera eludirlo. Es con eso que el escritor parece querer confrontar a su escritura, en el cruce del ensayo, la autobiografía y la novela. Porque la novela repite y explicita claves que permitirían explicar las producciones anteriores del autor. Se abre un camino posible de lectura: seguirle los pasos a los indicios que llevarían al lector atento o fanático a dilucidar la poética de Chejfec. Se podría rastrear entonces, por ejemplo, la vuelta constante de la novela sobre la teoría del caminante: el asimilar la escritura con la caminata, el hablar de una especie de sensibilidad digital que gana los paseos, el detenerse en lo definitorio que esas experiencias resultaron en la vida del protagonista-escritor, el enfatizar el vagabundeo como adicción directamente relacionado con los modos de percibir la realidad, etc. Y sin embargo. ¿Qué hacer con el evidente exceso de esas reflexiones? ¿Qué hacer con una afirmación como la siguiente: "El chorro perpetuo en la mitad del lago era en ese sentido una advertencia de la continuidad del pensamiento y del agua, como dos materias indisociables" (68)? Chejfec, o el narrador, parece reírse de nuestra búsqueda. Porque la novela, mediante la repetición contante, mediante la vuelta insistente a lo que podrían pensarse como tópicos de la poética del autor vuelve autorreflexiva la autorreflexividad exasperándola. Si el narrador afirma numerosas veces que "no hace falta decir", lo dice todo constantemente. Y se enfrenta entonces al fracaso de todo balance. Mis dos mundos es una novela sobre el temor al fracaso que al mismo tiempo se arriesga a fracasar, repitiendo una y otra vez lo que de tan obvio se vuelve absurdo, y ni siquiera tanto. En este sentido la novela juega con el aforismo, con el poder de verdad que se le atribuye a esa fórmula breve. Y es esto lo que esta novela no dice, el núcleo sobre el que no vuelve: lo verdadero. Porque si hay algo que le interesa a la escritura de Chejfec no es sólo la relación de la escritura con lo real, sino fundamentalmente la relación de la escritura con la verdad de lo real o con la verdad a secas. Uno de los elementos que las novelas retoman, con el que las novelan trabajan, y que aquí se introduce por elisión: es verdad, no sólo lo que pasó, sino fundamentalmente las afirmaciones del narrador que se presentan a veces demasiado cercanas al aforismos y que podrían otorgarnos las llaves del pensamiento del autor.

El riesgo del fracaso. "Por varios y complicado motivos yo estaba por entonces bastante disconforme con mis escritos, eso no ha cambiado, incluso puedo decir que lo estoy cada vez más" (18). Un protagonista entonces que a primera vista se presenta como un yo normal (que busca o dice que busca ser visto como normal) pero que lentamente, con el transcurrir del paseo por el parque, deja deslizar sus rasgos obsesivos, ansiosos, por momentos paranoicos, para tornarse fundamentalmente patético (en ambos sentidos: como aquel que es capaz de "mover y agitar el ánimo infundiéndole afectos vehementes" pero también como aquel que de tanto movimiento se vuelve casi risible llegando incluso a "dar lástima", que se vuelve embarazoso, nuevamente en los dos sentidos, en la medida que genera "vergüenza ajena" y, al mismo tiempo, se vuelve pesado, pesado incluso para la narración). En el ensayo, en el verdadero ensayo, el escritor se juega el cuerpo en ese experimentar con los conceptos y con la palabra. Es por esto que esta novela es también ensayística: porque se arriesga al chisme, a la identificación entre autor y narrador y, simultáneamente, se arriesga a que en ese experimentar con las propias debilidades se diga algo que sea verdad. Se escribe, sin importar si es ficción o no, en el borde de lo íntimo, en el borde de la posibilidad de la intimidad, entendida no como lo más privado de lo privado sino como la aparición de una distancia que resiste a la identificación, como experiencia de la propia ajenidad. Tal como lo afirma José Luis Pardo: "…la verdad íntima de mi vida es su falsedad (su doblez), es decir, la falsedad de mi identidad (yo me tengo a mi mismo, pero no soy yo mismo, no soy idéntico a mí mismo) o mi falta de naturaleza" (La intimidad, Valencia, Pre-Textos, 1996, p.46)

En una jornada reciente en la Universidad Nacional de Rosario, precediendo a la lectura de un relato, Cesar Aira afirmaba la eficacia de la culpa para crear presente, presente del pasado, algo que se le volvería imprescindible al escritor de cierta edad y que se relacionaría con la puesta en funcionamiento de la explicación como rodeo creativo, unas de opciones que el autor puede adoptar en ese punto culminante de su producción. Chejfec menciona explícitamente desde el comienzo el antecedente aireano. La lectura de Cesar Aira se habría sumado a la obvia relación de la poética del autor con la narrativa de Juan José Saer a partir, según lo ha afirmado la crítica, de El aire (1992) y es, a nuestro entender, una de las líneas principales de un giro que hipotetizamos marcaría la poética del autor a partir de Los planetas. Habiendo leido junto aquello que el campo literario argentino leyó en muchas ocasiones por separado (la línea Aira, la línea Saer), Chejfec retoma en esta ocasión Cumpleaños de Aira y se apropia de una parte de su mecanismo singularizándolo al exasperar la autorreflexividad y poner no sólo al protagonista sino fundamentalmente al relato al borde del fracaso, exacerbando la explicación como rodeo creativo. Así, si bien se lo atrae, al mismo tiempo se evade el suelo firme de lo que podría pensarse como una tradición de novelas sobre el fracaso, de las cuales la de Aira y la de algunos compañeros de "generación" del autor serían los referentes argentinos más recientes.

Mis dos mundos es entonces una novela que a medida que el protagonista avanza en su recorrido por la ciudad del sur de Brasil, vuelve constantemente. Y entre las vueltas más inmediatas se encuentra el uso de las dicotomías, que en el caso de Baroni: un viaje habían marcado el modo de acercarse a esos objetos en el borde de lo artístico y que ahora marca desde el título el relato. Si en ese proceso de acercamiento a los objetos de Baroni… los extremos planteados por el narrador se volvían inoperantes para comprender lo otro, exigiendo una formulación de una tercera opción desplazada que en algunas ocasiones marcaba el propio relato que se construía entorno a ella, aquí los opuestos generan una falta en la explicación acabada de lo propio, aunque en ambas novelas se elija mantener el movimiento entre los extremos. Efecto de inconsistencia, entre el entusiasmo y la decepción, que se prolonga en diversos niveles del yo, hasta rozar la obviedad: "Lo que quiero decir ahora, como casi siempre, está atravesado por la impresición (…) La inmovilidad, la espera y todas las situaciones relacionadas, por un lado, y las acciones y los intercambios con el prójimo, por el otro. Yo buscaba el límite delicado entre ambas partes, como si viviera bajo protesta en cada uno de ambos mundos. Como me ha pasado en otras ocasiones, no hace falta decir que no llegué a Y también como en el relato anterior, se vuelve necesaria la interacción con un texto del blog del autor: "Apuntes sobre una novela sin publicar" (www.parabolaanterior.blogspot.com). Allí, las diversas líneas que abre la novela y desde las que podría leerse se suceden casi superponiéndose, acumulándose unas sobre otras (la misma función que el texto virtual sobre Rafaela Baroni, la aceleración de un movimiento, la exasperación de una núcleo central de la novela). La narrativa de Sergio Chejfec tiene algo de geológica. Una geología paradójica: se compone por capas que se presionan unas contra otras y, sin embargo, todo está ahí en la superficie. Y es que muchos de sus personajes pueden leerse a partir de lo que el propio Chejfec afirma del personaje central de El entenado de J.J.Saer: son observadores que adquieren una entidad extraña, "que penetra[n] el núcleo de las cosas sin dejar de bordearlas" ("Aventura y especulación", www.parabolaanterior.blogspot.com)

 

© Mariana Catalin 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero41/dosmund.html



Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2009