"El gesto de la muerte": aproximación a un famoso apólogo

Miguel Díez R.*

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Resumen: Las versiones más antiguas del viejo y célebre apólogo “El gesto de la muerte” se remontan a la literatura judeo-talmúdica del siglo VI y a la tradición musulmana sufí de los siglos IX al XIII. A partir de un texto muy resumido, inserto en una novela (1923) del escritor francés Jean Cocteau, alcanzó una gran difusión pues fue recogido en poemas y obras dramáticas y narrativas. La vieja historia de la Muerte, tan sorprendente y efectiva en su brevedad, también sirvió de germen de múltiples recreaciones literarias que conforman otras historias diferentes con distintos finales.
Palabras clave: Apólogo, literatura talmúdica y sufí, el Ángel de la muerte, inexorabilidad

 

A Antonio Escudero Ríos

 

1. Introducción

El apólogo es una narración breve en verso o en prosa, de carácter didáctico y/o fin moralizante, en la que con frecuencia se personifican seres abstractos. Hay que señalar, además dos notas características: el diálogo como su principal constituyente formal y sus antiguos orígenes: las culturas orientales hindú y persa, y las semíticas, arábiga y hebraica.

Con un mínimo de narración, se presenta una anécdota de la que se excluyen las descripciones a favor del diálogo, buscando siempre la lección moral, sintetizada frecuentemente en una enseñanza final o moraleja; aunque, en muchos casos, no es necesaria hacerla explícita porque se evidencia en la propia historia.

“El gesto de la Muerte” es un apólogo que, en su brevedad, pasa por ser uno de los relatos más perfectos de la literatura universal debido a la singular sutileza, expresividad y concisión para exponer el drama eterno de la lucha entre la vida y la muerte y la victoria final incontestable de la Muerte innombrable, convertida paradójicamente en la única compañera fiel del hombre, la que nunca faltará a la cita definitiva en el lugar predeterminado.

Así pues, el tema de la inexorabilidad de la muerte fue el eje sobre el que pivota una historia de feliz fortuna pues se difundió desde muy pronto, bajo la forma de innumerables versiones y variantes, en los libros de la cultura judía talmúdica, la musulmana sufí y, posteriormente, en colecciones de apólogos y cuentos, novelas, obras de teatro, ensayos y poemas en todas las lenguas y culturas.

Correspondiendo a esa diversidad de versiones, también el título varía: aparte de “El gesto de la Muerte”, que, tal vez, sea hoy la denominación más difundida, “Cita en Luz”, “Cuando la muerte vino a Bagdad”, “Salomón y Azrael”, “El árabe y la muerte”, “El jardinero y la Muerte”, “El criado del rico mercader”, “Cita en Samarra”, etc. Y, de igual manera, el topónimo del lugar del fatídico encuentro recibe diversas denominaciones reales o inventadas: Luz, Bagdad, Samarcanda, India, Ispahán, Samarra...

 

2. Cuatro textos canónicos y una precisión

En la literatura judeo-talmúdica aparecen con mucha frecuencia pequeños cuentos didáctico-moralizantes, o sea, apólogos, que servían como elemento ilustrativo a las intenciones exegéticas de los rabinos judíos. Los temas, motivos y estructuras de estos pequeños relatos son muy variados y se puede afirmar que gran parte de la tradición popular judía se ha conservado en su folklore gracias a la inserción de estos cuentos en los textos talmúdicos.

Jordan Howard Sobel, profesor de Filosofía de la Universidad de Toronto, sostiene que uno de estos relatos, que se encuentra en el Tratado Sukka 53ª del Talmud de Babilonia (de comienzos del siglo VI de nuestra era), es la versión original o, al menos, la más antigua conocida de este apólogo de la Muerte al que nos referimos, y para el que el estudioso Herbert A. Friedman propone el título de Cita en Luz”. Ofrecemos a continuación una traducción libre de este texto hebreo, la primera versión conocida de “El gesto de la Muerte”:

[CITA EN LUZ]

El Rey Salomón tenía dos escribas kusitas: Elicoreph y Achiyah, hijos de Shisha. Un día Salomón observó que el Ángel de la Muerte estaba triste.

Salomón le preguntó: “¿Por qué estás triste?” Y él le respondió: “Porque se me ha pedido que tome a los dos kusitas que te sirven”.

Salomón ordenó a los demonios que condujesen a los dos escribas sobre los campos a la legendaria ciudad de Luz donde nadie perece, pero murieron antes de llegar a las puertas de la ciudad.

Al día siguiente Salomón observó que el Ángel de la Muerte estaba alegre, y le preguntó: “¿Por qué estás alegre?” Y él respondió: “Porque has enviado a tus dos escribas al lugar exacto donde debía tomarlos.

El segundo texto, en orden cronológico, parece ser una versión muy arraigada en la tradición sufí de Oriente Medio, recogida por el gran sufi Fudail ibn Ayad -muerto a principios del s. IX- en una obra titulada Hikayat-I-Naqshia (“Cuentos formados según una intención”):

CUANDO LA MUERTE LLEGÓ A BAGDAD

El discípulo de un Sufi de Bagdad estaba un día sentado en un rincón de una posada, cuando oyó hablar a dos personajes. Por lo que decían, se dio cuenta de que uno de ellos era el Ángel de la Muerte.

“Tengo varias visitas que hacer en esta ciudad durante las próximas tres semanas”, le decía el Ángel a su compañero.

Aterrorizado, el discípulo se escondió hasta que ambos hubieron partido. Entonces, usando su inteligencia para resolver el problema de cómo frustrar una posible visita de la Muerte, decidió que si se mantenía alejado de Bagdad, no sería alcanzado. Sólo hubo un corto paso entre este razonamiento y alquilar el caballo más veloz disponible y espolearlo día y noche en dirección a la lejana ciudad de Samarcanda.

Mientras tanto La Muerte se encontró con el maestro Sufí y hablaron sobre diversas personas. “¿Y dónde está tu discípulo tal y tal?” preguntó La Muerte.

“Debe de estar en algún lugar de esta ciudad, empleando su tiempo en contemplación, quizá en una posada”, dijo el maestro.

“¡Qué extraño!, dijo el Ángel, “pues se halla en mi lista. Sí, aquí está: Tengo que recogerlo dentro de cuatro semanas, nada menos que en Samarcanda. [1]

En el s. XIII, el poeta persa, filósofo y místico sufí, Yalal Al-Din Rumi († 1273) también conocido como Mevlana Celaleddin-i Rumi, fundador de la orden de los derviches mawlawíes, es autor de uno de los textos musulmanes más importantes, Masnavi-I Ma'navi (“Al-Matnawi”), vasto poema -24.000 dísticos- en persa considerado un comentario de El Corán, aunque realmente es un complejo tratado sobre el sufismo, en el que conviven efusiones líricas, preceptos y reglas de vida espiritual, interpretaciones místicas de versículos coránicos, relatos, apólogos y parábolas, etc. Uno de estos apólogos es la tercera versión conocida de “El gesto de la Muerte”:

SALOMÓN Y AZRAEL

Un hombre vino muy temprano a presentarse en el palacio del profeta Salomón, con el rostro pálido y los labios descoloridos.

Salomón le preguntó:

—¿Por qué estás en ese estado?

Y el hombre le respondió:

—Azrael, el Ángel de la Muerte, me ha dirigido una mirada impresionante, llena de cólera. ¡Manda al viento, por favor te lo suplico, que me lleve a la India para poner a salvo mi cuerpo y mi alma!

Salomón mandó, pues, al viento que hiciera lo que pedía el hombre. Y, al día siguiente, el profeta preguntó a Azrael:

—¿Por qué has echado una mirada tan inquietante a ese hombre, que es un fiel? Le has causado tanto miedo que ha abandonado su patria.

Azrael respondió:

—Ha interpretado mal esa mirada. No lo miré con cólera, sino con asombro. Dios, en efecto, me había ordenado que fuese a tomar su vida en la India, y me dije: ¿Cómo podría, a menos que tuviese alas, trasladarse a la India? [2])

* * *

También del XIII es otra versión -que podemos considerar la cuarta- atribuida a Abdallah ibn Omar Beidhavi, sunita persa y célebre exegeta del Corán, muerto en 1289 ó 1293. Edmundo Valadés la recogió en El Libro de la imaginación [3]:

LA SORPRESA

Una vez Azrael, el ángel de la muerte, entró en casa de Salomón y fijó su mirada en uno de los amigos de éste.

El amigo preguntó:

—¿Quién es?

—El Ángel de la Muerte -respondió Salomón.

—Parece que ha fijado sus ojos en mí -continuó el amigo-. Ordena entonces al viento que me lleve consigo y me pose en la India.

Salomón así lo hizo. Entonces habló el Ángel:

—Si lo miré tanto tiempo fue porque me sorprendió verlo aquí, puesto que he recibido orden de ir a buscar su alma a la India, y, sin embargo, estaba en tu casa, en Canaán.

* * *

A menudo se ha afirmado que la vieja historia sobre la imposibilidad de escapar al destino también está recogida en Las mil y una noches y se aportan varias versiones con diferentes títulos, como la de “El árabe y la Muerte” que proponemos a continuación. Sin embargo, en ninguna de las ediciones conocidas de la célebre colección de cuentos, aparece dicha historia.

EL ÁRABE Y LA MUERTE

Había una vez un rico califa en Bagdad que era muy famoso por su sabiduría y su bondad. Un día, el califa envió a su sirviente Abdul al mercado a comprar comida. Mientras Abdul estaba mirando por los puestos del mercado, de repente sintió un escalofrío. Notó que alguien estaba detrás de él. Se volvió y vio un hombre alto vestido de negro. No pudo ver la cara del aquel hombre porque la tenía cubierta por una tela, pero sí sus fríos ojos. El hombre le estaba mirando fijamente y Abdul comenzó a temblar.

—¿Quién eres? ¿Qué quieres? -preguntó Abdul.

El hombre de negro no respondió.

—¿Cómo te llamas? -le interrogó nerviosamente, de nuevo, Abdul.

—Yo soy… la Muerte -le respondió el extraño secamente, y se fue.

Abdul dejó caer la cesta de la compra, se dirigió corriendo al palacio y entró deprisa y corriendo en la habitación del califa.

—Lo siento, señor. Tengo que dejar Bagdad inmediatamente -dijo Abdul.

—¿Por qué? ¿Qué ha sucedido? -preguntó el califa.

—Acabo de encontrarme con la Muerte en el mercado -replicó Abdul.

—¿Estás seguro? -le interpeló el califa.

— Sí, completamente seguro. Estaba vestido de negro y me miró fijamente. Voy a ir a la casa de mi padre en Samarra. Si voy ahora mismo, estaré allí antes de la puesta del sol - dijo Abdul.

El califa notó que Abdul estaba aterrorizado y le dio permiso para ir a Samarra.

El califa estaba perplejo y no entendía nada de aquel asunto, pero, como tenía mucho cariño a Abdul, se enfureció mucho porque su criado había sido atemorizado por el extraño del mercado. Entonces decidió ir allí a investigar aquel oscuro asunto. Después de un rato, el califa encontró al hombre de negro y le increpó:

—¿Por qué atemorizaste a mi sirviente?

—¿Quién es vuestro sirviente? -le respondió el extraño.

—Su nombre es Abdul -contestó el califa.

—Yo no quería atemorizarle. Estaba sorprendido de verle en Bagdad - replicó la Muerte.

—¿Por qué estabas sorprendido? -preguntó el califa.

—Estaba sorprendido porque esta noche tengo una cita con él en Samarra.

Lo que sí es verdad es que en Las mil y una noches pueden leerse diversos apólogos muy parecidos en la intención, el tono y la expresión a “El gesto de la Muerte”, y en los que también intervienen con frecuencia el rey Salomón y el Ángel de la Muerte, como en el siguiente, perteneciente a la Noche 463:

EL ÁNGEL DE LA MUERTE Y EL REY DE ISRAEL

Se cuenta de un rey de Israel que fue un tirano. Cierto día, mientras estaba sentado en el trono de su reino, vio que entraba un hombre por la puerta de palacio; tenía la pinta de un pordiosero y un semblante aterrador. Indignado por su aparición, asustado por el aspecto, el rey se puso en pie de un salto y preguntó:

—¿Quién eres? ¿Quién te ha permitido entrar? ¿Quién te ha mandado venir a mi casa?

—Me lo ha mandado el Dueño de la casa. A mí no me anuncian los chambelanes ni necesito permiso para presentarme ante reyes ni me asusta la autoridad de los sultanes ni sus numerosos soldados. Yo soy aquel que no respeta a los tiranos. Nadie puede escapar a mi abrazo; soy el destructor de las dulzuras, el separador de los amigos.

Cuando oyó estas palabras, el rey cayó al suelo, un estremecimiento recorrió todo su cuerpo y quedó sin sentido. Al volver en sí, dijo:

—¡Tú eres el Ángel de la Muerte!

—Sí.

—¡Te ruego, por Dios, que me concedas el aplazamiento de un día tan sólo para que pueda pedir perdón por mis culpas, buscar la absolución de mi Señor y devolver a sus legítimos dueños las riquezas que encierra mi tesoro; así no tendré que pasar las angustias del juicio ni el dolor del castigo!

—¡Ay! ¡Ay! No tienes medio de hacerlo. ¿Cómo te he de conceder un día si los de tu vida están contados, si tus respiros están inventariados, si tu plazo de vida está predeterminado y registrado?

—¡Concédeme una hora!

—La hora también está en la cuenta. Ha transcurrido mientras tú te mantenías en la ignorancia y no te dabas cuenta. Han terminado ya tus respiros: sólo te queda uno.

—¿Quién estará conmigo mientras sea llevado a la tumba?

—Únicamente tus obras.

—¡No tengo buenas obras!

—Pues, entonces, no cabe duda de que tu morada estará en el fuego, de que en el porvenir te espera la cólera del Todopoderoso.

A continuación le arrebató el alma y el rey cayó del trono al suelo.

Se oyeron los clamores de sus súbditos; se elevaron voces, gritos y llantos; pero si hubieran sabido lo que le preparaba la ira de su Señor, los lamentos y sollozos aún hubiesen sido mayores y más y más fuertes los llantos.

 

3. Un texto moderno clave para la difusión del apólogo

El escritor francés Jean Cocteau intercaló en su novela Le Grand Écart, (1923) un texto sin título y sin ninguna referencia, que es la versión de la vieja historia más condensada y difundida en nuestro tiempo.

Un jeune jardinier persan dit à son prince:

—J´ai rencontré la mort ce matin. Elle m´a fait un geste de menace. Sauve-moi. Je voudrais être, par miracle, a Ispahan ce soir.

Le bon prince prête ses chevaux. L´après-midi, ce prince rencontre la mort.

—Pourquoi, lui demande-t-il, avez-vous faite ce matin, à notre jardinier, un geste de menace?

—Je n`ai pas fait un geste de menace, répond-elle, mais un geste de surprise. Car je le voyais loin d`Ispahan ce matin et je dois le prendre à Ispahan ce soir. [4]

Este texto de Cocteau, traducido literalmente a diferentes idiomas con el título de “El gesto de la Muerte”, logró una enorme difusión. Véase a continuación la versión inglesa:

GESTURE OF DEATH

A young Persian gardener tells its prince:

—Save me! I found to the Death this morning. A gesture of threat did me. This night, by miracle, wanted to be in Ispahan.

The kind prince I lend him his horses. In the afternoon, the prince finds to the Death and he asks:

—This morning, why did you do our gardener a gesture of threat?

—It was not a gesture of threat -responds him- but a gesture of surprise. Therefore it saw him far from Ispahan this morning and I should take it this night in Ispahan.

Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares incluyeron en su Antología de la literatura fantástica [5], con el título comúnmente aceptado de “El gesto de la Muerte”, una traducción literal del texto de Jean Cocteau con referencia explícita de la fuente. Esta versión es la más difundida y conocida en español.

EL GESTO DE LA MUERTE

Un joven jardinero persa dice a su príncipe:

—¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera estar en Ispahán.

El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta:

—Esta mañana ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?

—No fue un gesto de amenaza -le responde- sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahán esta mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahán.

 

4. Un poema holandés popular y polémico

El poeta y académico holandés Pieter Nicolaas van Eyck (1887-1954) publicó en su país, en 1926, sin ninguna referencia y como suyo, un poema titulado "El jardinero y la muerte". Se trata de un texto sumamente popular en Holanda, que se aprende de memoria en las escuelas y se reproduce con frecuencia en medios públicos. Y, por otra parte, no se olvide que el tema encaja perfectamente con la creencia calvinista sobre la predestinación.

Según cuenta Raúl Rossetti [6], el sábado 10 de junio de 1995, apareció en el periódico holandés Trouw un extenso artículo titulado “De Onsterfelijkheid van Van Eyck” (“La audacia de Van Eyck”), firmado por el escritor Herman Franke, en el que criticaba a Van Eyck por el plagio descarado de su poema El jardinero y la Muerte. El artículo causó un gran revuelo pues demostraba que el poeta holandés se había apropiado del célebre apólogo, tomándolo de alguna de las viejas versiones o del más reciente texto de Cocteau, y que había escrito tan famoso poema sin indicar su procedencia y apenas sin variación alguna.

Véanse a continuación el poema de Van Eyck en holandés, seguido de una traducción libre en inglés y otra más literal en español:

DE TUINMAN EN DE DOOD

Een Perzisch Edelman:
Van morgen ijlt mijn tuinman, wit van schrik,
Mijn woning in: "Heer, Heer, één ogenblik!
Ginds, in de rooshof, snoeide ik loot na loot,
Toen keek ik achter mij. Daar stond de Dood.
Ik schrok, en haastte mij langs de andere kant,
Maar zag nog juist de dreiging van zijn hand.
Meester, uw paard, en laat mij spoorslags gaan,
Voor de avond nog bereik ik Ispahaan!"-
Van middag (lang reeds was hij heengespoed)
Heb ik in 't cederpark de Dood ontmoet.
"Waarom," zo vraag ik, want hij wacht en zwijgt,
"Hebt gij van morgen vroeg mijn knecht gedreigd?"
Glimlachend antwoordt hij: "Geen dreiging was 't,
Waarvoor uw tuinman vlood. Ik was verrast,
Toen 'k 's morgens hier nog stil aan 't werk zag staan,
Die 'k 's avonds halen moest in Ispahaan."

THE GARDENER AND DEATH

A Persian Nobleman:

This morning, with a face turned pale from fright,
My gardener rushed in, "Sir, if I might!

"At work, just now, I stopped to take a breath,
And looked up from the roses. There stood Death.

"Startled, I quickly left the work I'd planned,

But saw full well the menace of his hand.

"Lend me a horse and I will make it run.
Before night falls I'll be in Ispahan!"

This afternoon (I'd long since watched him flee),
I chanced on Death beneath a cedar tree.

When he just stood there in his cloak of grey,
I asked about the threat he'd made that day.

He smiled, "It was not threat as he surmised.
I raised my hand because I was surprised,

"To find a man here working in the sun,
Whom I must fetch tonight in Ispahan."

EL JARDINERO Y LA MUERTE

Un noble persa [dice]:

Esta mañana, el jardinero entró en mi casa, pálido de miedo
y apremiándome: "¡Señor, señor, un momento!

Allí, en la rosaleda, iba podando retoño tras retoño
y, entonces, miré tras de mí. Allí estaba la Muerte.

Me asusté y corrí por el otro lado,
pero aún así vi de nuevo la amenaza de su mano.

Maestro, su caballo y su permiso para partir a toda velocidad,
¡antes de que caiga la noche, llegaré a Ispahán!".

Esta tarde (mucho después de su apresurada partida)
me topé con la Muerte en el parque de los cedros.

"¿Por qué" -le pregunto, al notar que espera y calla-
"has amenazado esta mañana temprano a mi sirviente?"

Sonriente, me responde: "No fue de mi amenaza
de lo que huía tu jardinero. Fue de mi sorpresa

al ver esta mañana que trabajaba aquí, en silencio,
aquél a quien yo debía encontrar por la noche en Ispahán."

 

5. Otros textos del mismo apólogo

Como indicábamos al comienzo, existen múltiples variantes de este apólogo intercaladas en diferentes obras dramáticas y narrativas del s. XX, de entre las que hemos seleccionado algunas muestras [7] que reproducimos a continuación por orden cronológico

En un pasaje de la obra dramática en tres actos titulada Sheppey (1933) del escritor inglés William Somerset Maugham (1874-1965), y en un diálogo entre el protagonista Sheppey y La Muerte, que se desarrolla en el tercer acto, aparece en boca de ésta la siguiente versión de la famosa historia.

Había en Bagdad un mercader que envió a su criado al mercado a comprar provisiones, y al poco tiempo el criado regresó pálido y tembloroso y dijo: “Señor, hace un momento, mientras estaba en la plaza del mercado, he sido empujado por una mujer que se hallaba entre la multitud y, cuando me volví, vi que era la Muerte. Me miró e hizo un gesto de amenaza. Préstame tu caballo para alejarme de la ciudad y escapar a mi destino. Iré a Samarra y allí la Muerte no me encontrará.

El mercader le prestó su caballo y el sirviente montó en él, picó espuelas y huyó a galope tendido. Después el mercader bajó a la plaza del mercado y, descubriéndome entre la multitud, se acercó y me dijo: “¿Por qué esta mañana le has hecho un gesto de amenaza a mi criado?” “No fue un gesto de amenaza -respondí-, sino de sorpresa. Me ha extrañado verlo aquí en Bagdad, porque esta noche tengo una cita con él en Samarra". [8]

Además, perteneciente a una obra de teatro de Jacques Deval, titulada Ce soir a Samarcande (1954), es el siguiente texto en francés:

Il y avait une fois, dans Bagdad, un calife et son vizir [...]. Un jour, le vizir arriva devant le calife, pâle et tremblant: «Pardonne mon épouvante, Lumière des croyants, mais devant le palais une femme m'a heurté dans la foule. Je me suis retourné: et cette femme au teint pâle, aux cheveux sombres, à la gorge voilée par une écharpe rouge était la Mort. En me voyant, elle a fait un geste vers moi [...]. Puisque la Mort me cherche ici, Seigneur, permets-moi de fuir me cacher loin d'ici, à Samarcande. En me hâtant, j'y serai avant ce soir.» Sur quoi, il s'éloigna au grand galop de son cheval et disparut dans un nuage de poussière vers Samarcande. Le calife sortit alors de son palais et lui aussi rencontra la Mort: «Pourquoi avoir effrayé mon vizir, qui est jeune et bien portant?» demanda-t-il. Et la Mort répondit: «Je n'ai pas voulu l'effrayer mais, en le voyant dans Bagdad, j'ai eu un geste de surprise, car je l'attends ce soir à Samarcande.»

Katherine Neville introduce el capítulo II de su novela The Eigt con la cita siguiente:

LEYENDA DE LA CITA EN SAMARRA [9]

Un criado oyó en la plaza del mercado que la Muerte lo estaba buscando. Volvió a casa corriendo y le dijo a su amo que debía huir a la vecina población de Samarra para que la Muerte no lo encontrara.

Esa noche, después de la cena, llamaron a la puerta. El amo abrió y vio a la Muerte, con su larga túnica y su capucha negras. La Muerte preguntó por el criado.

—Está enfermo y en cama -se apresuró a mentir el amo-. Está tan enfermo que nadie debe molestarlo.

—¡Qué raro! -comentó la Muerte-. Seguramente se ha equivocado de sitio, pues hoy, a medianoche, tenía una cita con él en Samarra. [10]

En su libro Obabakoak el escritor vasco Bernardo Atxaga reproduce, como si fuera un antiguo relato sufí, la historia de la Muerte, titulándola “El criado del rico mercader”:

EL CRIADO DEL RICO MERCADER

Érase una vez, en la ciudad de Bagdad, un criado que servía a un rico mercader. Un día, muy de mañana, el criado se dirigió al mercado para hacer la compra. Pero esa mañana no fue como todas las demás, porque esa mañana vio allí a la Muerte y porque la Muerte le hizo un gesto.

Aterrado, el criado volvió a la casa del mercader.

—Amo -le dijo-, déjame el caballo más veloz de la casa. Esta noche quiero estar muy lejos de Bagdad. Esta noche quiero estar en la remota ciudad de Ispahán.

—Pero, ¿por qué quieres huir? -le preguntó el mercader.

—Porque he visto a la Muerte en el mercado y me ha hecho un gesto de amenaza.

—El mercader se compadeció de él y le dejó el caballo, y el criado partió con la esperanza de estar por la noche en Ispahán.

Por la tarde, el propio mercader fue al mercado, y, como le había sucedido antes al criado, también él vio a la Muerte.

—Muerte -le dijo acercándose a ella-, ¿por qué le has hecho un gesto de amenaza a mi criado?

—¿Un gesto de amenaza? -contestó la muerte-. No, no ha sido un gesto de amenaza, sino de asombro. Me ha sorprendido verlo aquí, tan lejos de Ispahán, porque esta noche debo llevarme en Ispahán a tu criado. [11]

El escritor norteamericano Jeffrey Archer inicia su libro de cuentos To Cut a Long Store Short (2000) con esta versión puesta en boca de la propia Muerte:

LA MUERTE HABLA

Érase una vez un mercader de Bagdad que envió a su criado al mercado para comprar provisiones, y el criado regresó al poco rato, pálido y tembloroso, y dijo: Amo, cuando estaba en el mercado, una mujer me empujó en medio de la multitud, y cuando me volví, vi que era la muerte quien me había empujado. Me miró e hizo un gesto amenazador. Prestadme vuestro caballo, huiré de esta ciudad y burlaré a mi destino. Iré a Samarra, y allí la muerte no me encontrará. El mercader le prestó el caballo, el criado lo montó, hundió las espuelas en sus flancos y el caballó partió a galope tendido. Después, el mercader fue al mercado, me vio entre la multitud, se acercó a mí y dijo: ¿Por qué hiciste un gesto amenazador a mi criado cuando te vio esta mañana? No fue un gesto amenazador, dije, sólo de sorpresa. Me sorprendió verlo aquí en Bagdad, porque tenía una cita con él esta noche en Samarra. `[12]

Cita en Samarra (Appointment in Samarra) es el título de un cómic traducido al español que aparece en una antología en blanco y negro sobre Tim Sale, uno de los más famosos y reconocidos dibujantes del cómic norteamericano actual. Aunque no podamos incluir las viñetas, sí nos parece interesante reproducir tan curioso texto:

CITA EN SAMARRA

En un oscuro y estrecho callejón de Bagdad, un hombre baja corriendo despavorido unas escaleras de piedra. El hombre, presa del terror, entra repentinamente en una casa mientras exclama:

—¡Maestro! ¡maestro! Ahora… ¡tiene que salvarme, señor!

—¡Hakim! -exclama el viejo mercader, que, sorprendido, deja a un lado sus anotaciones-. -¿Qué ocurre? ¿Qué te pasa?

—Debe ayudarme, señor, ¡por favor! ¡Présteme su caballo…! ¡Abandonaré Bagdad galopando y escaparé de mi destino!

El viejo acerca una silla al hombre y le dice:

—¡Cálmate, Hakim! Anda, siéntate y descansa, déjame servirte un vaso de agua…

—¡No hay tiempo, maestro! ¡Por favor! ¡Debo partir!

—Cuéntame lo que te pasa, amigo mío… -dijo el viejo.

—Justo esta mañana, maestro, como sabe, estaba en el mercado comprando provisiones para la semana. Todo parecía ir bien… Pero justo al terminar y dirigirme a casa… choqué con un hombre entre la multitud. Cuando me di la vuelta ¡vi que era La Muerte quien me había empujado! … y luego… me miró… ¡e hizo un gesto amenazante!

—¿Un gesto amenazante? -inquirió el viejo mercader.

—Oh maestro…, estaba tan asustado...

—Sí. Sí, ya veo… ¿Y ahora…?

—¡Oh!, ¡debo correr, señor! -exclamó el hombre y, descubriendo su rostro, agregó:

—¡Mi hermano vive en Samarra! Si me ayudara…, con su caballo podría…

—Si… -lo interrumpió el mercader-. Tendrás mi semental más veloz… -dijo firmemente el viejo. -¡Sólo espero que sea lo suficientemente veloz, Hakim!

El hombre cabalga por el desierto, mientras el viejo mercader lo ve perderse en el horizonte.

Y así, el mercader regresó al mercado.

Se aproximó a la figura encapuchada y exclamó:

—¡Deseo hablar contigo, Muerte!-. La Muerte volvió lentamente la cabeza hacia el anciano, quien prosigue: -¡Hakim era mi amigo! ¿Por qué le has hecho un gesto amenazante justamente hoy?

Apaciblemente, la Muerte se dirigió al mercader con estas palabras:

—¡Eres un buen hombre, mercader!, ¡pero temo que te equivocas! No fue un gesto amenazante… Simplemente me sorprendió verlo en Bagdad esta mañana…, ¡cuando tengo una cita con él por la noche… en Samarra! [13]

 

5. Recreaciones literarias sobre el apólogo

La vieja historia de la Muerte, tan sorprendente, efectiva y exacta en su brevedad, ha dado pie, como hemos visto, a diversas versiones con ligeros cambios, pero manteniendo lo esencial y fundamental de la historia. Pero también ha sido el germen de muchas recreaciones literarias que conforman otras historias diferentes con finales distintos, como es el caso de estos dos textos de autores españoles:

NOVENA ["EL CRIADO, EN ESTADO DE INTENSO AZORAMIENTO…"]

El criado, en estado de intenso azoramiento, llegó al mediodía a casa de su amo, un rico comerciante, y con las siguientes palabras le vino a explicar el trance por el que había pasado:

—Señor, esta mañana mientras paseaba por el mercado de telas para comprarme un nuevo sudario, me he topado con la Muerte, que me ha preguntado por ti. Me ha preguntado también si acostumbras a estar en casa por la tarde, pues en breve piensa hacerte una visita. He pensado, señor, si no será mejor que lo abandonemos todo y huyamos de esta casa a fin de que no nos pueda encontrar en el momento en que se le antoje.

El comerciante quedó muy pensativo.

—¿Te ha mirado a la cara, has visto sus ojos? -preguntó el comerciante, sin perder su habitual aplomo.

—No, señor. Llevaba la cara cubierta con un paño de hilo, bastante viejo por cierto.

—¿Y además se tapaba la boca con un pañuelo?

—Sí, señor. Era un pañuelo barato y bastante sucio, por cierto.

—Entonces no hay duda, es ella -dijo el comerciante, y tras recapacitar unos minutos añadió-: Escucha, no haremos nada de lo que dices; mañana volverás al mercado de telas y recorrerás los mismos almacenes y si te es dado encontrarla en el mismo o parecido sitio procura saludarla a fin de que te aborde. En modo alguno deberás sentirte amedrentado. Y si te aborda y pregunta por mí en los mismos o parecidos términos, le dirás que siempre estoy en casa a última hora de la tarde y que será un placer para mí recibirla y agasajarla como toda dama de alcurnia se merece.

Hízolo así el criado y al mediodía siguiente estaba de nuevo en casa de su amo, en un estado de irreprimible zozobra.

—Señor, de nuevo he encontrado a la Muerte en el mercado de telas y le he transmitido tu recado que, por lo que he podido observar, ha recibido con suma complacencia. Me ha confesado que suele ser recibida con tan poca alegría que nunca logra visitar a una persona más de una vez y que por ser tu invitación tan poco común piensa aprovecharla en la primera oportunidad que se le ofrezca. Y que piensa corresponder a tu amabilidad demostrándote que hay mucha leyenda en lo que se dice de ella. ¿No será mejor que nos vayamos de aquí sin que nos demuestre nada?

—¿Lo ves? -repuso el comerciante, con evidente satisfacción-. La hemos ahuyentado; puedo asegurarte que ya no vendrá en mucho tiempo, si es que un día se decide a venir. Tiene a gala esa dama presumir de que ella no busca a nadie, sino que todos -voluntaria o involuntariamente-la requieren y persiguen. Y, por otra parte, nada le gusta tanto como las sorpresas y nada detesta como el emplazamiento a fecha fija. Debes conocer esa historia de la Antigüedad que narra el encuentro que tuvo con ella un hombre que trataba de huir de una cita que ella no había preparado. Pues bien, me atrevo a afirmar que ahora que la hemos invitado no acudirá a esta casa, a no ser que cualquiera de nosotros dos pierda el aplomo y se deje arrastrar a alguna de sus astutas estratagemas.

Aquella tarde, la Muerte -con un talante sinceramente amistoso y desenfadado- acudió a la casa del comerciante para, aprovechando un rato de ocio, testimoniarle su afecto y disfrutar de su compañía y de su conversación. Pero el criado al abrir la puerta no pudo reprimir su espanto al verla en el umbral, la cara cubierta con un paño de hilo muy viejo y protegida la boca con un pañuelo sucio, y sospechando que se trataba de una añagaza compuesta entre su amo y la dama para perderle, se precipitó ciego de ira en el gabinete donde descansaba aquél y, sin siquiera anunciarle la visita, lo apuñaló hasta matarle y huyó por otra puerta.

Cuando la Muerte, extrañada del silencio que reinaba en la casa y de la poca atención que le demostraba aquel hombre que ni siquiera le invitaba a entrar, por sus propios pasos se introdujo en el gabinete del comerciante, al observar su cuerpo exánime sobre un charco de sangre no pudo reprimir un gesto de asombro que pronto quedó subsumido en un pensamiento habitual y resignado:

—En fin, lo de siempre. Otra vez será. [14]

DAYOUB, EL CRIADO DEL RICO MERCADER

Érase una vez, en la ciudad de Bagdad, un criado que servía a un rico mercader. Un día, muy de mañana, el criado se dirigió al mercado para hacer la compra.

Pero esa mañana no fue como todas las demás, porque esa mañana vio allí a la Muerte y porque la Muerte le hizo un gesto.

Aterrado, el criado volvió a la casa del mercader,

—Amo -le dijo-, déjame el caballo más veloz de la casa. Esta noche quiero estar muy lejos de Bagdad. Esta noche quiero estar en la remota ciudad de Ispahán.

—Pero, ¿por qué quieres huir? -le preguntó el mercader.

—Porque he visto a la Muerte en el mercado y me ha hecho un gesto de amenaza.

El mercader se compadeció de él y le dejó el caballo, y el criado partió con la esperanza de estar esa noche en Ispahán.

El caballo era fuerte y rápido, y, como esperaba, el criado llegó a Ispahán con las primeras estrellas. Comenzó a llamar de casa en casa, pidiendo amparo.

—Estoy escapando de la Muerte y os pido asilo -decía a los que le escuchaban.

Pero aquella gente se atemorizaba al oír mencionar a la Muerte y le cerraban las puertas.

El criado recorrió durante tres, cuatro, cinco horas las calles de Ispahán, llamando a las puertas y fatigándose en vano. Poco antes del amanecer llegó a la casa de un hombre qu se llamaba Kalbum Dahabin.

La Muerte me ha hecho un gesto de amenaza esta mañana, en el mercado de Bagdad, y vengo huyendo de allí. Te lo ruego, dame refugio.

—Si la Muerte te ha amenazado en Bagdad -le dijo Kalbum Dahabin-, no se habrá quedado allí. Te ha seguido a Ispahán, tenlo por seguro. Estará ya dentro de nuestras murallas, porque la noche toca a su fin.

—Entonces, ¡estoy perdido! -exclamó el criado.

—No desesperes todavía -contestó Kalbum-. Si puedes seguir vivo hasta que salga el sol, te habrás salvado. Si la Muerte ha decidido llevarte esta noche y no consigue su propósito, nunca más podrá arrebatarte. Esa es la ley.

—Pero ¿qué debo hacer? -preguntó el criado.

—Vamos cuanto antes a la tienda que tengo en la plaza -le ordenó Kalbum, cerrando tras de sí la puerta de la casa.

Mientras tanto, la Muerte se acercaba a las puertas de la muralla de Ispahán. El cielo de la ciudad comenzaba a clarear.

“La aurora llegará de un momento a otro -pensó-. Tengo que darme prisa. De lo contrario, perderé al criado.”

Entró por fin a Ispahán, y husmeó entre los miles de olores de la ciudad buscando el del criado que había huido de Bagdad. Enseguida descubrió su escondite: se hallaba en la tienda de Kalbum Dahabin. Un instante después, ya corría hacia el lugar.

En el horizonte empezó a levantarse una débil neblina. El sol comenzaba a adueñarse del mundo.

La Muerte llegó a la tienda de Kalbum. Abrió la puerta de golpe y... sus ojos se llenaron de desconcierto. Porque en aquella tienda no vio a un solo criado, sino a cinco, siete, diez criados iguales al que buscaba.

Miró de soslayo hacia la ventana. Los primeros rayos del sol brillaban ya en la cortina blanca. ¿Qué sucedía allí? ¿Por qué había tantos criados en la tienda?

No le quedaba tiempo para averiguaciones. Agarró a uno de los criados que estaba en la sala y salió a la calle. La luz inundaba todo el cielo.

Aquel día, el vecino que vivía frente a la tienda de la plaza anduvo furioso y maldiciendo.

—Esta mañana -decía- cuando me he levantado de la cama y he mirado por la ventana, he visto a un ladrón que huía con un espejo bajo el brazo. ¡Maldito sea mil veces! ¡Debía haber dejado en paz a un hombre tan bueno como Kalbum Dahabin, el fabricante de espejos! [15]

 

6. Un romance popular español

Terminamos esta aproximación a la historia del viejo apólogo con la trascripción de una de las joyas de nuestro romancero popular, el “Romance del enamorado y la muerte” del siglo XVI, muy extendido otrora por el noroeste peninsular. No se trata de una versión más de “El gesto de la Muerte” pues la historia es muy distinta, pero sí trata el mismo tema que aquella: la inexorabilidad de la muerte, o sea, la imposibilidad de escapar al encuentro fijado. Hay que destacar en este singular esbozo la agilidad narrativa, la viveza del diálogo y la alternancia de la primera y tercera personas hasta culminar en el angustioso clímax de los versos finales en los que inexorablemente se cumple el fatal encuentro.

ROMANCE DEL ENAMORADO Y LA MUERTE

Un sueño soñaba anoche
soñito del alma mía,
soñaba con mis amores,
que en mis brazos los tenía.
Vi entrar señora tan blanca,
muy más que la nieve fría.
-¿Por dónde has entrado, amor?
¿Cómo has entrado, mi vida?
Las puertas están cerradas
ventanas y celosías.
-No soy el amor, amante:
la Muerte que Dios te envía
-¡Ay, Muerte tan rigurosa,
déjame vivir un día
-Un día no puede ser,
una hora tienes de vida.
Muy deprisa se calzaba,
más deprisa se vestía;
ya se va para la calle,
en donde su amor vivía.
-¡Ábreme la puerta, blanca,
ábreme la puerta, niña
-¿Cómo te podré yo abrir
si la ocasión no es venida?
Mi padre no fue al palacio,
mi madre no está dormida.
-Si no me abres esta noche,
ya no me abrirás, querida;
la Muerte me está buscando,
junto a ti vida sería.
-Vete bajo la ventana
donde labraba y cosía,
te echaré cordón de seda
para que subas arriba,
y si el cordón no alcanzare,
mis trenzas añadiría.
La fina seda se rompe;
la muerte que allí venía:
-Vamos, el enamorado,
que la hora ya está cumplida.

 

Notas

[1] Idris Shah (Tales of Dervishes, 1967), Cuentos de los derviches, trad. A.H.D. Halka, Barcelona, Paidós Ibérica, 1981, pág. 203.

[2] Yalal Al-Din-Rumi, (Le Mesnevi: 150 contes soufis, 1989) 150 cuentos sufíes, extraídos de Al-Matnawi y seleccionados por Ahmed Kudsi Erguner y Pierre Maniez, Barcelona, Paidós Ibérica, 1994, págs. 32-33.

[3] El Libro de la imaginación (1970), México, FCE, 1976, pág. 216.

[4] Jean Cocteau, Le grand Écart, Paris, Librairie Stock, 1923, págs. 26-27.

[5] Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares: Antología de la literatura fantástica (1940), Buenos Aires, Sudamericana, 1971, pág.149. También recogido en la selección Cuentos breves y extraordinarios (1953) de los mismos autores, Barcelona, Losada, 2004, pág. 102.

[6] http://www. dsk.nl/~sur/00surroseti.htm

[7] Incluso hay referencias en películas, como en Targets (1968) de Peter Bogdanovich, en la que un anciano Boris Karloff cuenta la vieja fábula persa sobre la Muerte, y, más recientemente, en la película Redacted (2007) dirigida por Brian de Palma, basada en un hecho real sucedido en marzo de 2006: la violación de una adolescente iraquí y el asesinato de toda su familia por un grupo de soldados norteamericanos, se alude a la historia de la Muerte.

[8] El escritor norteamericano John O´Hara es autor de una novela titulada Appointment in Samarra (1934) en la que reproduce como cita introductoria este mismo texto de la obra de teatro de William Somerset Maugham. Como dice el propio autor en el prólogo: “La novela no está basada en la leyenda de Samarra. Maugham sería el primero en asegurar que él no ha inventado la leyenda, que posee una antigüedad de varios miles de años. Lo que ocurre es que Maugham acertó a contarla con donosura y que su forma de contarla encaja a las mil maravillas con la inexorabilidad de la muerte del protagonista de mi novela, Julián Enghish”. Vid Cita en Samarra, trad. Adolfo Martín, Barcelona, Plaza & Janés, 1965, pág. 14.

[9] Samarra es una antigua ciudad de Iraq, situada en la orilla oriental del río Tigris, 125 km. al norte de Bagdad, y su nombre significa “una alegría para todos los que ven”.

[10] Katherine Neville, El Ocho (The Eight, 1988), trad. Susana Constante, Barcelona, Debolsillo, 2007. (Cita introductoria al capítulo 2, “Peón 4 dama, pág. 28).

[11] Bernardo Atxaga, Obabakoak (1988), Barcelona, Ediciones B, 1993, págs. 255-256.

[12] Jeffrey Archer, En pocas palabras, trad. Eduardo G. Murillo, Barcelona, Mondadori-Debolsillo, 2002, pág. 11.

[13] Tim Sale: Black and White, Aleta Ediciones, abril de 2005.

[14] Juan BENET, Trece fábulas y media, Madrid, Alfaguara, 1981, págs. 79-81.

[15] Bernardo Atxaga, Obabakoak (1988), Barcelona, Ediciones B, 1993, págs. 273-276.

 

Miguel Díez R., profesor de Lengua y Literatura Españolas de Enseñanza Secundaria. Además de manuales de Literatura Española y de Comentarios de Textos Literarios, ha publicado la edición de Jardín umbrío de Ramón del Valle-Inclán (Madrid, Espasa-Calpe, 1993), Antología del cuento literario (1985; Madrid, Alhambra-Longman, 2005) y Antología de cuentos e historias mínimas (2002; Madrid, Espasa-Calpe, 2008). En colaboración con su mujer, Paz Díez Taboada, ha publicado Antología de la poesía española del siglo XX (1991; Madrid, Istmo, 2005), La memoria de los cuentos (Madrid, Espasa-Calpe, 1998, reeditado recientemente en la misma editorial y colección con el título de Relatos populares del mundo) y Antología comentada de la poesía lírica española (2005; Madrid, Cátedra, 2006).

 

© Miguel Díez R. 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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