Identidad, narración y entrevista periodística

Dra. Maite Gobantes Bilbao

Facultad de Ciencias de la Comunicación
Universidad Católica San Antonio de Murcia (España)


 

   
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Resumen: El presente artículo aborda la cuestión de la construcción de la identidad, recogiendo las aportaciones del filósofo Charles Taylor, quien concibe la identidad como una narrativa, en la estela de Heidegger, MacIntyre y, especialmente, Ricoeur. El objetivo del presente texto es mostrar el modo en que esta cuestión se presenta en textos mediáticos cotidianos; en concreto, en las entrevistas que se publican en prensa. Por un lado, las entrevistas son una muestra de la proliferación contemporánea de narrativas testimoniales de toda condición (autobiografías, memorias, diarios, historias de vida, etc.), que conectarían con la necesidad de identificación del ser humano y le podrían proporcionar recursos narrativos para construir el relato de la propia vida. Por otro, se asientan sobre el inveterado prestigio del diálogo, de la conversación, como vía de conocimiento. Este trabajo se ocupa de la entrevista en prensa, si bien muchos de los aspectos tratados pueden ser predicados de las entrevistas audiovisuales; tan sólo la cuestión del tránsito de la oralidad a la escritura es, claro está, específico de la entrevista en prensa.
Palabras clave: diálogo, periodismo, narración, identidad, entrevista

Abstract:This paper focuses on the premises of construction of identity based on the studies of philosopher Charles Taylor, who conceived identity as a form of narrative following the steps of Heidegger, MacIntyre and Ricoeur. Its objective is to demonstrate how the different dimensions of identity described by these authors emerge in media texts, to be precise, in interviews publish in press.
   These interviews are an example of the contemporary proliferation of testimonial narratives such as autobiographies, diaries, or life stories that would connect with the human need to achieve identity. Furthermore, they would provide the sources to create the story of his life. This work evolves primarily around the written interview, though most of its aspects could be applied to the audiovisual form, needless to say, that the transition from the oral expression to the written work will just be inherent to the press interview.
Key words: dialogue, journalism, story, identity, interview.

 

1. Introducción

La profusión contemporánea de textos biográficos de toda naturaleza -memorias, diarios, historias de vida, autobiografías, entrevistas, confesiones, etc.- puede ser interpretada como indicio de una falla, de un “vacío constitutivo del sujeto que convoca la necesidad de identificación, y que encontraría, en el valor biográfico, en tanto orden narrativo y puesta en sentido de la (propia) vida, un anclaje” (Arfuch 2002: 28). La necesidad de identificación y de orden narrativo se encontrarían, según esta hipótesis, en el origen de la explosión contemporánea de relatos biográficos de toda condición. En el presente trabajo sostenemos que una de las claves de la proliferación y del éxito de las narrativas testimoniales, también del de la entrevista periodística, es precisamente esta necesidad de construir -narra­tivamente- la propia vida. En este sentido, los relatos de vida ajenos tendrían, entre otras funciones, la de proporcionar recursos para entender -y narrar- la propia.

Desde este punto de vista, no resulta extraño que la expresión El contador de historias sirva como sobrenombre del ser humano en Heidegger, entre otros autores, y sea útil para completar también una definición del ser humano, “bípedo con manos que cuenta historias: contar historias nos sirve para soportar el envite del tiempo. En la vida, como en el cuento de Las mil y una noches, para seguir vivo, cada día se ha de saldar con un cuento” (Marín 1997: 23).

La entrevista periodística es un género que parece hundir sus raíces en el interés del hombre por sus congéneres y en su deseo de conocer, de saber. Ese deseo de conocer que Aristóteles inscribía en la naturaleza de los seres humanos: “Todos los hombres por naturaleza desean saber. Señal de ello es el amor a los sentidos” (Aristóteles, Metafísica I, 1, 980 a 21).

La proliferación de entrevistas en los medios impresos -no sólo en ellos- parece conectar también con otra cuestión primigenia: las primeras palabras que recibe el ser humano proceden siempre de un cuerpo. El éxito del género, constatable en su insistente presencia en los medios, estaría relacionado con el deseo de que cuerpo y voz se den ligados. La oralidad, como bien sabía Sócrates y como -afor­tunadamente- dejó escrito Platón, constituye la esencia originaria de la comunicación entre los seres humanos. En la oralidad, lo dicho está, en todo momento, sustentado en la presencia del que habla, en el aquí y en el ahora. Y de la misma forma que el tebeo, la fotonovela y otros géneros infantiles y populares encapsulan las palabras de los personajes en globos, la entrevista engloba literalmente las palabras en titulares y los aproxima a esa imagen fotográfica que tiende a inmortalizar el momento, a recuperar el gesto con el que fueron dichas las palabras: “Reproduciendo al entrevistado en el momento de la enunciación, con la boca abierta, las manos gesticulantes, el rostro expresivo […] todo es una estrategia retórica que nos dice que esto pasa ahora y aquí” (Balsebre, Mateu, Vidal 1998: 400).

De otro lado, hallamos en las características atribuidas a la postmodernidad el caldo de cultivo para la explosión del interés por las historias de los individuos: la crisis de los grandes relatos, la pérdida de certezas, van de la mano del “descentramiento del sujeto, la valorización de los microrrelatos, el desplazamiento del punto de vista omnisciente y ordenador en beneficio de la pluralidad de voces, la hibridación, la mezcla irreverente de cánones, retóricas, paradigmas y estilos (Arfuch 2002:18).

Así, el protagonismo del sujeto individual puede ser entendido como una de las consecuencias de la “agonía de los grandes sujetos colectivos: el pueblo, la clase, el partido. Al mismo tiempo, en el espacio mediático, un salto en la flexibilización de las costumbres […] empujaba los límites de visibilidad de lo decible y lo mostrable” (Arfuch 2002: 19). En esta dirección, el periodismo ha derivado hacia una insistente personalización de las noticias, de todas las noticias. Sirva de ejemplo un reciente reportaje del suplemento Crónica, del diario El Mundo: el hecho noticioso era el registro de la cifra más baja de muertos en accidentes tráfico (durante el fin de semana) desde 1964. ¿El enfoque? Datos biográficos de cuatro de las ocho víctimas y sus fotografías. Cabe preguntarse si esta información aporta algo, además permitirnos saber que las víctimas tenían una vida y que su pérdida supone una tragedia para su familia y sus amigos (Crónica, El Mundo, 5-10-2008: 6).

 

2. Una aproximación al concepto de identidad

La íntima conexión entre la identidad y el bien es el argumento clave de Taylor, quien mantiene que no es posible que el ser humano se sostenga sin una cierta orientación al bien. Así, saber quién se es significa estar orientado en el espacio moral, un espacio en el que se plantean cuestiones acerca del bien y el mal, acerca de lo que merece la pena hacer y lo que no, de lo que tiene significado e importancia y de lo que es banal y secundario. Solamente somos yo en esas cuestiones concretas que son importantes para nosotros: “Lo que soy como un yo, mi identidad, está esencialmente definido por la manera en la que las cosas son significativas para mí, y el asunto de mi identidad se elabora sólo mediante un lenguaje de interpretación que he aceptado como válida articulación de esas cuestiones. Preguntar lo que es una persona haciendo una abstracción de las interpretaciones que hace de sí misma es plantear una pregunta que, en principio, no tiene respuesta. No somos yos de la misma manera que somos organismos, o no poseemos yos de la misma manera que poseemos hígados o corazones” (Taylor 2006: 61-62).

La imagen de un humano libre de todos los marcos referenciales es la imagen de una persona que ha de estar dominada por una fortísima crisis de identidad; se trataría de “una persona que no sabría dónde está con respecto a cuestiones de importancia fundamental. […] Una persona que careciera por completo de marcos referenciales estaría fuera de nuestro espacio de interlocución; no tendría un sitio en el espacio en el que nos encontramos los demás” (Taylor 2006: 57-58). Una de las consecuencias de la situación apuntada, es la imposibilidad de que el ser libre de cualquier marco referencial pueda construir el propio relato.

El tipo humano al que se refiere Taylor no tiene que ver, parece obvio, con quien ha optado por no aceptar los marcos referenciales tradicionales. En este sentido, se puede afirmar que un número significativo de los personajes que aparecen en los medios se inscriben en marcos referenciales no tradicionales o situados en sus márgenes. Esa apertura a los otros Otros es propia del amplísimo interés biográfico postmoderno. A continuación reproducimos varios ejemplos:

El artista Alejandro Jodorowsky afirma:

— “Soy de extremo centro. Creo en eso impensable que llaman Dios: está en mí. Llevo siempre conmigo las cartas de tarot. Practico la psicomagia” (Amela, Sanchís, Amiguet 2004: 219).

Roberto Matta, pintor:

— “Tengo 88 años. Nací en Chile, pero la nacionalidad no es donde uno nace, sino donde uno ocurre. Estoy casado y a mi hijo le he convencido de que me deje la moto. Mi expresión favorita es “la gana”, “¡no me da la gana!, o sí me da, es una especie de alma del alma. Dicen que soy surrealista, pero sólo soy una ocurrencia” (Amela, Sanchís, Amiguet 2004: 80).

— Salvador Pániker, filósofo:

“Soy filósofo, ingeniero industrial, escritor y editor. Estoy separado hace mucho y tengo cinco hijos y tres nietos. Defiendo que cada uno construya su ideología y religión, a la carta” (Amela 2005: 120).

 

3. Dimensiones de la identidad

a) Espiritualidad y comunidad definidora

El “yo” sólo existiría, según Taylor, dentro de lo que él ha denominado la urdimbre de la interlocución. Es esta situación original la que proporciona sentido a nuestro concepto de “identidad” al ofrecer respuesta a la pregunta ¿quién soy yo? mediante una definición del lugar desde donde hablo y a quien hablo. La completa definición de la identidad de alguien incluye, por tanto, no sólo su posición en las cuestiones morales y espirituales, sino también una referencia a una comunidad definidora. Esas dos dimensiones se reflejaban en los ejemplos que aporta Taylor en su argumentación, cuando habla de la posibilidad de identificarse a sí mismo como católico o anarquista, como armenio o quebequés (Taylor 2006: 64).

La dimensión moral y espiritual, y la de pertenencia a una comunidad definidora no se excluyan la una a la otra: para A quizá sea esencial definirse como católico y quebequés y para B como armenio y anarquista, y esas descripciones no agotarían, es evidente, la identidad de ninguno de ellos.

Los individuos pueden percibir que su identidad está en parte definida por ciertos compromisos morales o espirituales, digamos, como ser judío o comunista. O pueden definirla en parte por la nación o la tradición a la que pertenecen, como ser vasco o kurdo, por ejemplo. Ese sentimiento de pertenencia proporciona el marco dentro del cual pueden determinar su postura acerca de lo que es el bien, lo admirable o lo valioso y sus contrarios.

La pérdida de esa identificación o ese compromiso amenaza con dejar a la deriva al individuo; ya no podría saberse, en lo referente a un importante conjunto de cuestiones, cuál es, para ellos, el significado de las cosas. No parece hoy una situación extraña. Es lo que con frecuencia se denomina “crisis de identidad”, una suerte de desorientación que la gente suele expresar en términos de no saber quiénes son, pero que también se puede percibir como desconcertante incertidumbre respecto al lugar en el que se encuentran: “Carecen de marco u horizonte dentro del cual las cosas adquieren una significación estable; dentro del cual es posible percibir, como buenas y significativas, ciertas posibilidades y otras como malas o triviales: es como si la dimensión de interlocución sólo fuera significativa en la génesis de la individualidad, algo así como un andador en una guardería infantil que se descarta cuando deja de hacer falta y no desempeña ninguna utilidad en la persona adulta” (Taylor 2006: 65).

b) La construcción de la identidad en la entrevista

Las entrevistas, no sólo las que caen bajo la etiqueta “de personalidad” [1], transitan por el territorio descrito anteriormente para dar cuenta de la identidad del otro, para reconstruirla. De forma palmaria, emergen en La Contra, una sección del diario La Vanguardia, cuya fórmula ha inspirado abiertamente a otras publicaciones [2] y que goza de gran éxito, como atestigua el hecho de las cinco antologías de textos que han aparecido en forma de libro. Las entradillas de La Contra constituyen una buena muestra de esta teoría sobre la identidad. A través de ellas, los entrevistados se exponen -en primera persona- en cuestiones biográficas, morales y espirituales clave. El lugar de nacimiento, la edad, el estado civil, la religión que se profesa o cómo definen sus relaciones con Dios, están presentes en la mayor parte de ellas. En los inicios de la sección se incluía también el signo del zodiaco, la marca de coche que conducía el entrevistado y el hobbie practicado. Por distintos motivos desaparecieron esos ítems. El último mencionado, la afición, se despreció debido a su escaso potencial caracterizador: la inmensa mayoría de los entrevistados aseguraban tener las mismas aficiones: la lectura y el cine. La apuesta por la primera persona, por la ilusión de desaparición del narrador, es una estrategia que añade un aire de proximidad y veracidad a la voz del entrevistado y que remite directamente al arranque de numerosas novelas autobiográficas. El narrador protagonista de El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger, despreciaba este hábi­to narrativo al inicio de la obra: “Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí y demás puñetas estilo David Coperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata, y, segundo, porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada” (Salinger 2005: 7).

La selección de los textos que viene a continuación, ha sido realizada prácticamente al azar ya que está presente, con pocas variaciones, en todas las entrevistas de la citada sección y, además, esos itinerarios se hallan en buena parte de las entrevistas denominadas de personalidad.

Luis García Berlanga, director de Plácido, El verdugo y otros clásicos:

"Tengo 78 años. Nací en Valencia. En el 54 me casé con María Jesús Manrique y tenemos cuatro hijos. Me considero libertario, con la pena de no poder llegar a ser libertino. Soy agnóstico. Voy a crear unos estudios de cine donde se impartirán cursos de formación cinematográfica. Con mi próximo estreno, París-Tombuctú, el trabajo más bestia de mis 50 años de cine, me despido de la dirección ¡Me largo!” (Amela, Sanchís, Amiguet 2003: 138).

Waris Dirie, fue pastora de camellos… y top model:

"Nací en pleno desierto de Somalia, en una familia nómada: ¡no sé la edad que tengo! De niña, me practicaron la ablación. Pastoreé cabras y camellos, y huí cuando mi padre quiso casarme. He sido top-model y vivo entre Londres y Nueva York. Estoy separada y tengo un hijo Aleeke (5). Sólo creo que en poder de Alá, no en las religiones” (Amela, Sanchís, Amiguet 2003: 403).

Paco Rabal, actor: Nazarín, Juncal, Los santos inocentes:

"Tengo 73 años. Nací en la cuesta del Gos, Águilas: se veía el mar azul. Estoy casadísimo hace 48 años. Dos hijos, Teresa y Benito, cinco nietos y un bisnieto de Liberto. Soy comunista, pero no hablaré de política, que sólo soy un actor. He rodado Goya con Saura y seguiré leyendo poesía por España con mi mujer, Asunción Balaguer” (Amela, Sanchís, Amiguet 2003: 126).

Robin Gibb, superviviente de los Bee Gees:

"Tengo la edad de mi música, que se escucha cada día más. Nací en la isla de Mann, que tiene su propio parlamento, sus propias leyes y bandera: libre, como yo mismo. Soy new age, tengo una fe sin jerarquías y creo en un Dios sin religión. Soy vegetariano. Tuve la suerte de aprender y competir con los Beatles. Mi último disco en solitario se llama Magnet” (Amela, Sanchís, Amiguet 2004: 338).

Santiago Santiveri, naturópata:

"Tengo 90 años y nací en Barcelona, en Can Tunis. Soy farmacéutico colegiado desde hace 62 años. Estoy viudo y tengo tres hijos, Santiago (53), Javier (51) y Rafael (45), y cuatro nietos más otros dos sobrevenidos. Soy apolítico, soy católico practicante. Me siento en forma y sigo conduciendo mi propio coche. Cuido mi alimentación, que es la base de la salud" (Amela, Sanchís, Amiguet 2004: 310).

Moebius, creador gráfico: Alien, Abyss, Dune…

Tengo 73 años y ya no estoy obsesionado con ser perfecto. Nací en el cinturón de París. Casado: dos hijos, Rafael, de 12 años y Náusica, de 6. Soy un agnóstico muy religioso: la religión es una forma de vida. Aspiro a ser planetario, algo que preconiza la ciencia ficción: todos somos terráqueos (Amela, Sanchís, Amiguet 2004: 223).

Manuel Pizarro, presidente de la confederación de cajas de ahorros:

"Tengo 48 años. Soy de Teruel, que también existe. Casado con una turolense, tengo tres hijos turolenses: Adela, Blanca y Manel. Soy abogado del estado. La Ilustración y la Transición son lo mejor de nuestra historia: quisiera ser un ilustrado de este siglo. Presidí la Bolsa de Madrid y hoy presido Ibercaja: prefiero la economía real de las cajas" (Amiguet 2005: 136).

François Jacob, biólogo molecular, Nobel de medicina:

"Tengo 80 años. Nací en Nancy (Francia), en una familia judía, y vivo en París. Soy profesor de Biología en el Instituto Pasteur. Estoy casado con Lise y tenemos cuatro hijos. Luché contra los nazis en África y desembarqué en Normandía. Soy más bien de izquierdas. De niño iba a la Sinagoga hasta que un día decidí que Dios no existía" (Amela 2005: 118).

Destaca en estos breves textos, la alusión a los lugares de nacimiento: la cuesta de Gos, en Murcia, desde donde veía el mar azul el actor Paco Rabal; el cinturón de París de Moebius; la isla que goza de Parlamento, bandera y leyes de Gibb; el desierto de la modelo; la olvidada Teruel del banquero… Todos estos espacios son evocados para hablar, sin duda, de un origen, de una identidad, en cuyo trazado emerge también la posición política, familiar y espiritual y también, en ocasiones, la alusión a un momento significativo de la vida: la lucha contra los nazis, la retirada de la profesión y el sentido de la última obra...

 

4. El discurso como palimpsesto

Bajtin nos mostró que los discursos del ser humano son una suerte de palimpsesto. En la construcción de cada uno de ellos están las huellas, los ecos, de innumerables voces. El concepto bajtiniano de dialogismo pone el acento, precisamente, en un yo que actúa como caja de resonancia de numerosos otros “yo” que ha ido asimilando. “La orientación dialogística de la palabra es, seguramente, un fenómeno propio de toda palabra. Es la orientación natural de toda palabra viva […] en todas sus orientaciones, la palabra se encuentra con la palabra ajena y no puede dejar de entrar en interacción viva, intensa con ella […] la palabra concibe su objeto de manera dialogística” (Bajtin 1989: 96). Pero esta orientación no agota, advierte el teórico ruso, la dialogización interna de la palabra: “Toda palabra está orientada hacia una respuesta y no puede evitar la influencia profunda de la palabra-réplica prevista. (Bajtin 1989: 97). Así, todas las formas retóricas, incluso aquellas concebidas compositivamente con carácter de monólogo, están orientadas hacia el oyente y hacia su respuesta.

Los seres humanos somos introducidos en la personeidad a través de la iniciación en el lenguaje. Aprendemos primero nuestros lenguajes de discernimiento moral y espiritual al sernos introducidos en una conversación perma­nente por quienes están a cargo de nuestra crianza. En este territorio, un factor esencial “es la conversación: cuando tú y yo hablamos sobre algo hacemos de ese algo un objeto para nosotros dos, es decir, no sólo un objeto para mí, que también es un objeto para ti […]. En un sentido fuerte el objeto es para nosotros lo que en otro lugar he intentado describir con la noción de «espacio común» o «público». Los diferentes usos del lenguaje establecen, instituyen, enfocan o activan dichos espacios comunes” (Taylor 2006: 63). De este modo, añade Taylor, “yo sólo puedo aprender lo que es el enfado, el amor, la ansiedad, la aspiración a la totalidad, etc. a través de mis experiencias y de las experiencias que otros tengan de esos que para nosotros son objetos de un espacio común” (Taylor 2006: 63).

Más tarde, podrá venir la innovación; podrá desarrollarse una manera original de comprender la vida humana y a uno mismo. Pero la innovación sólo puede darse sobre la base de un lenguaje común. Taylor afirma que hasta el más independiente de los adultos encuentra momentos en los que no le es posible clarificar sus sentimientos sin hablar con alguna persona o personas especiales que le conozcan, o que posean alguna sabiduría o con las que tenga alguna afinidad. Esta incapacidad es una mera sombra de la que experimenta el niño. Para él, todo sería confusión, no encontraría un lenguaje de discernimiento, sin las conversaciones que fijan dicho lenguaje para él (Taylor 2006: 64). Sin las conversaciones y, sin duda, sin cuentos, sin relatos. Este último aspecto aparece reflejado de forma palmaria en una novela del S. XIX, Peter Pan, de J. M. Barrie. En ella, un personaje colectivo, los niños perdidos, se trataba de infantes que habitaban en el país de Nunca Jamás y que se caracterizaban por no saber ningún cuento (Barrie 2004: 37-39). Para Ricoer, los relatos recibidos de la tradición literaria nos liberan de un narcisismo avaro y egoísta: “En lugar de un yo (moi) enamorado de sí mismo, nace un sí (soi) instruido por los símbolos culturales, entre los cuales se encuentran en primer lugar los relatos recibidos de la tradición literaria. Son estos relatos los que nos dotan, no de una unidad no sustancial, sino de una unidad narrativa” (Ricoeur 2006: 22).

Las entrevistas pueden ser consideradas un diálogo a tres: entrevistador, entrevistado, público. Lo que el par periodista-personaje dice está destinado, en última instancia, a un tercero que es quien promueve y justifica el encuentro: el lector, el público. Las palabras se destinan a él con una promesa: ampliar y renovar su contacto personalizado con el mundo, con la realidad (Arfuch 1995: 23).

a) Vida y construcción narrativa

La identidad, para ser tal, ha de ser tejida en una narrativa, como hemos señalado y como nos recuerdan, entre otros, Heidegger, MacIntyre y, especialmente, Ricoeur. El dar sentido a nuestra vida en forma de narración no es una opción más. “Una vida no es más que un fenómeno biológico en tanto la vida no sea interpretada” (Ricoeur 2008:17). Tener sentido de quiénes somos implica también tener una noción de cómo hemos llegado a ser y de hacia dónde nos encaminamos. La vida humana reclama siempre un grado de comprensión narrativa (Taylor 2006: 80-81). Desde diversos frentes -especialmente desde las filas deconstruccionistas- se ha puesto de manifiesto la condición siempre ilusoria de la construcción narrativa del yo, así como la extrema flexibilidad de la identidad (Robin 1996), y que permitiría que un buen día, por ejemplo, un estadounidense de inveterada ascendencia inglesa decidiese, tras mirarse al espejo, que es indio (Robin 1996: 59). Pero, incluso admitiendo tales condiciones -ilusión y flexibilidad-, no queda invalidada la cuestión de la construcción narrativa de la identidad. Una autobiografía, unas memorias, unas confesiones, las declaraciones de un entrevistado pueden ser falsas, éste puede mentir, tergiversar, inventar e, inevitablemente, olvidar, pero su construcción responde -salvo en el discurso del psicótico- a una cierta lógica narrativa y, además, en los géneros citados, existe un pacto tácito de veracidad. El hecho de que se trate de una construcción discursiva no impide que “sea propuesta y pueda ser leída como un discurso con atributos de verdad” (Pozuelo Yvancos 2006: 43).

Esta comprensión narrativa de la vida es un lugar común en las entrevistas periodísticas. En ellas, aparece con frecuencia la fórmula: ahí estaba A (lo que yo era), y entonces hago/ocurre x, que me convierte en B [3]. Este nuevo estadio, B, no es un fin, sino una reorientación, en cierto modo, un nuevo inicio. El itinerario no sería tal sin la noción de búsqueda: la vida encaminada en una dirección, un horizonte. De hecho, hablar de historia de vida significa presuponer que la vida es una historia y que una vida está inseparablemente ligada a acontecimientos de una existencia individual concebida como una historia y como un relato de esa misma historia. “Así, parece cierto lo que dice el sentido común, es decir, el lenguaje corriente, cuando describe la vida como un camino, una ruta, un decurso con sus encrucijadas […], o como un encaminamiento” (Bordieu 2005: 87).

b) La ineludible narración del devenir

Como se ha señalado, la cuestión de nuestra condición no se agota en lo que somos, porque siempre estamos cambiando y deviniendo. Así, lo verdaderamente importante no es dónde estamos, sino hacia dónde vamos; y aunque lo primero puede ser una cuestión de más o menos, lo segundo es una cuestión de ir acercándonos o ir quedándonos fuera; una cuestión de sí o no. Esa es la razón por la que un interrogante absoluto enmarca los relativos (Taylor 2006: 79). De este modo, para poder entendernos, es necesaria otra condición básica: hemos de asir nuestras vidas en una narrativa[4]. Conviene recordar, en este punto, que Ricoeur concebía la construcción narrativa de la identidad entre dos polos: uno estable, que recibe el nombre de mismidad y que nombra a aquellos aspectos que dan cuenta de una continuidad de la identidad y un segundo polo, denominado ipseidad, que hace referencia a una promesa, a un horizonte (Ricouer 1996: 109-120). La idea subyacente es la de la identidad como ente en permanente formación, en permanente construcción. Precisamente, para este autor, la verdadera naturaleza de la identidad narrativa sólo se revela en la dialéctica de la ipseidad y la mismidad (Ricoeur 1996: 138). Es esta una cuestión nuclear, que cobra aun más relieve en un tiempo como el presente, de masivas migraciones.

Así, dar sentido a la vida en forma de narración no es una opción; nuestras vidas existen en ese espacio de interrogantes al que sólo puede responder una narrativa coherente. Para tener sentido de quiénes somos hemos de tener una noción de cómo hemos llegado a ser y de hacia dónde nos encaminamos. Esta comprensión narrativa de la vida es un lugar común de numerosas entrevistas. Emerge de modo muy nítido en las de La Contra. Esa percepción de mi vida como si estuviera encaminada en la dirección hacia lo que aún no soy. Recordemos la fórmula del y entonces: ahí estaba A (lo que yo era), y entonces hago/ocurre x, que me ha convertido en B (lo que proyecto ser).

Como decimos, esa idea de la vida encaminada en una dirección se puede hallar en numerosas entrevistas periodísticas. El fragmento de la siguiente constituye también un buen ejemplo de momento decisivo. Charles Handy, doctor honoris causa por doce universidades, ex directivo de Shell, cuenta en una entrevista:

— Me dieron la noticia de la muerte de mi padre durante una reunión en París.

— ¿Le afectó?

— Yo entonces era un alto cargo de la Shell, profesor de la London Business School, acababa de triunfar con mi primer libro, era papá de dos niños preciosos, con casa en el campo y en la ciudad y empezaba a ser famoso… ¡Éxito! La muerte de mi padre era un engorro en mi agenda superapretada.

—¿Qué hizo usted?

—Iba a una ceremonia familiar, íntima, discreta, como la vida de mi padre, cuando al llegar, vi que la policía abría el camino a una caravana inmensa de coches. La gente había invadido los sembrados cercanos a la parroquia, no se podía contener a la muchedumbre […] había cientos de personas…

—¿Lo esperaba?

—Por Dios, no. Estaban allí, muchos llorando y recordando buenos momentos. Mi padre había bautizado a decenas de aquellos hombres, había casado a otros, había enterrado a sus familiares… Les había consolado en momentos difíciles…

—Y ellos no habían olvidado.

—No. Y yo empezaba a despertar de un sueño… Cuando todos se fueron, me senté y pensé: ¿quién demonios vendría a llorar en mi funeral desde miles de kilómetros con lágrimas en los ojos?

—¿Y qué? ¿Es que a usted eso le importa?

—A mí sí. Aquello cambió mi vida.

—¿Y qué hizo usted entonces?

— Pensaba que mi vida consistía en ganar más dinero. Más dinero, más poder, más éxito… y pensaba que más felicidad. Pero mi padre me dio en el día de su funeral una enorme lección: yo estaba en la mitad de mi vida, pero si no quería perderla del todo debía hacer algo en lo que realmente creyera […]. Aquí no hemos venido a sobrevivir y engrosar el censo. Todavía tenemos que ser todas las personas que podemos ser” (Amiguet 2005: 118-119).

 

5. La búsqueda del sentido

Las narraciones en general y las periodísticas en particular son un intento “de esclarecer la pregunta por el sentido. Son variaciones infinitas sobre los mismos temas -la libertad y la felicidad-, que se presentan en una polifonía de formas y matices diversos, y que pueden ser escuchadas mil veces sin peligro de causar hastío, por su carácter novedoso e inagotable” (Muñoz-Torres 2002: 242). La pregunta por el sentido que rige la vida del otro, por cómo el otro ha construido el sentido, es un motivo cada vez más frecuente en las entrevistas. La proliferación y éxito editorial de los libros de autoayuda, el fin de la autorrealización, parecen conectar con la misma necesidad. En las entrevistas de La Contra, en distinta medida, es cierto, es un lugar común la pregunta al otro por el sentido. Los estilos de los tres autores de la sección son diversos, pero en los textos de todos y cada uno de ellos emerge, en numerosas ocasiones, esta pregunta al otro por un sentido más o menos trascendental.

Lluís Amiguet pregunta al filósofo Alain de Boton:

—Y si encuentro la pareja perfecta para mis genes ¿seré feliz? (Amiguet 2005: 20)

Amiguet a Walter Riso, terapeuta del enamoramiento patológico:

—¿Por qué tanto sufrimiento? (Amiguet 2005: 67)

Víctor Amela, en entrevista a Jodorowsky:

—¿Cuál es el motor de su vida? (Amela 2005: 102-103)

Amela pregunta a Tip, humorista:

—Ilumíneme, señor Tip: ¿qué sentido tiene todo esto de la vida? (Amela Sanchís y Amiguet 2003: 21)

Ima Sanchís, al escritor Miguel Delibes:

—¿Ha conquistado alguna certeza? (Amela, Sanchís y Amiguet 2003:115)

Sanchís pregunta al director de cine Jaime Camino:

—¿Y qué merece la pena en la vida?” (Sánchís, 2007: 72)

Sanchís a Amma, maestra espiritual:

—¿Y qué es el amor? (Sanchís 2005: 29)

Víctor Amela en entrevista al sacerdote Jaume Boada i Rafí:

—¿Dios está en lo más hondo de mí mismo? (Amela 2005: 80)

Amela al neurólogo Francisco J. Rubia:

—¿Dios creo el cerebro… o el cerebro creó a Dios? (Amela 2005: 62)

Como se ve, la pregunta por el sentido, por el significado emerge en primer plano. El riesgo que planea sobre este tipo de interrogantes y sobre sus respuestas es el desvanecimiento de la complejidad, la simplificación. Pese a ello -o quizá precisamente gracias a ello-, estas cuestiones son un locus cada vez más frecuente en las entrevistas. En este sentido, Taylor llama también la atención sobre una sig­nificativa cuestión que puede, quizá, ayudar a comprender esta insistencia en la pregunta por el sentido, por lo trascendente. Se trata del reciente giro en los patrones do­minantes de la psicopatología. Los psicoterapeutas han puesto de manifiesto que “la época en que la gran masa de su clientela se componía de pacientes afectados por histerias, fobias y fijaciones […] ha dado paso a un movimiento en el que las dolencias principales se centran alrededor de la pérdida del ego o en un sentimiento de vaciedad, insulsez y futilidad, de falta de propósito en la vida y de pérdida de autoestima. No está nada claro cuál es la relación entre esos dos estilos de patología y las situaciones no patológicas paralelas a ellas (Taylor 2006: 41).

Parece, en principio, plausible que exista alguna relación entre el reciente giro en el estilo de las patologías refleje la generalización y popularización en nuestra cultura de la “pérdida de horizonte”. Así, lo que Taylor llama “marcos referenciales” incorpora un importante conjunto de distinciones cualitativas: pensar, sentir y juzgar dentro de dichos marcos es funcionar con la sensación de que alguna acción o modo de vida o modo de sentir es mejor que otros que tenemos más a mano: “Una forma de vida se puede sentir como más plena, otra manera de sentir y actuar como más pura, un modo de sentir y vivir como más profundo, un cierto estilo como más admirable” (Taylor 2006: 42).

El anhelo del sentido permite explicar, al menos parcialmente, la voracidad en el consumo de relatos vitales: de las autobiografías a las memorias; de la entrevista al reality show [5]. Narrar es ya explicar, defendía Ricoeur y en esa necesidad de entender al otro, a nosotros mismos, parece alentar una escalada contemporánea, a veces con matices inquietantes, de voces de toda condición: del personaje notable al marginal; del héroe al psicópata.

 

Notas:

[1] Una propuesta de tipología de la entrevista en prensa se halla en Gobantes Bilbao, Maite: Fundamentos teóricos de la entrevista en prensa, Tesis Doctorales en Red http://www.tesisenred.net/TDR-1015108-142933/index_cs.html, Universidad de Murcia, Murcia 2008.

[2] El suplemento dominical XL, que se reparte con las cabeceras del Grupo Correo, introdujo años después de que lo hiciera La Contra del diario La Vanguardia, una entradilla en primera persona en la que el entrevistado se “identificaba”; el suplemento publicitario Vecinos, del diario La Verdad, de Murcia, incluía también una entrevista con un breve texto, en primera persona, muy semejante. El peculiar tono “conversacional” de las entrevistas de La Contra tiene también eco en las entrevistas de contraportada del diario El País, la sección Almuerzo con…, así como en la última página del diario ABC, una sección de entrevistas realizada por tres periodistas.

[3] La fórmula de Taylor es ligeramente distinta. El filósofo dice: “Ahí estaba A (lo que soy), y entonces hago B (lo que proyecto llegar a ser)”. Cfr. Taylor, 2006: 80.

[4] En el ámbito clínico, el neurólogo Oliver Sacks defiende la necesidad de que los especialistas en salud mental elaboren relatos clínicos: “En un historial clínico riguroso no hay «sujeto»”; los historiales clínicos modernos aluden a su sujeto con una frase rápida («hembra albina trisómica de 21»), que podría aplicarse igual a una rata que a un ser humano. Para situar de nuevo en el centro al sujeto (el ser humano que se aflige y que lucha y padece) hemos de profundizar en un historial clínico hasta hacerlo narración o cuento; sólo así tendremos un «quién» además de un «qué», un individuo real, un paciente, en relación con la enfermedad”. Vid. Sacks, Oliver: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, Anagrama, Barcelona, 2004, p. 27.

[5] La propuesta de los reality es confusa: de un lado, no es posible que exista en ellos relato dado que, en teoría, el género se basa en la retransmisión instantánea de lo que acontece ante innúmeras cámaras, esto es, en la ausencia de edición, de selección. La realidad es, claro, otra. Estos productos se consumen a través de resúmenes, de fragmentos y detalles significativos. Ahora bien, esa selección, aun regida por una cierta lógica narrativa, difícilmente puede ser considerada relato. En cualquier caso, mencionamos estos productos no por lo que dan, sino por lo que parece que el espectador espera de ellos.

 

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© Maite Gobantes Bilbao 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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