Violencia y escritura en Insensatez de Horacio Castellanos Moya

Nathalie Besse

Universidad Estrasburgo II Francia
nat.besse@orange.fr


 

   
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Resumen: El escritor y periodista salvadoreño Horacio Castellanos Moya leyó informes sobre la violación de los derechos humanos en Guatemala y, en Insensatez, trata del exterminio de la población indígena durante la guerra civil que golpeó el país entre 1960 y 1996. En esta novela, la violencia es indisociable de la escritura: se “dice” la violencia en el legajo de la barbarie que el protagonista tiene que corregir, pero se puede ver en el horror de esos testimonios que maltratan la sintaxis una forma de poesía. Sin embargo, cualquiera que sea el poder de la escritura, frente a la violencia parece que los personajes están condenados a la impotencia. Y a un miedo legítimo, si no necesario para sobrevivir.
Palabras clave: Horacio Castellanos Moya, narrativa hispanoamericana, Guatemala, derechos humanos

 

 

Moya, este país está fuera del tiempo y del mundo, sólo existió cuando hubo carnicería, sólo existió gracias a los miles de asesinados, gracias a la capacidad criminal de los militares y los comunistas, fuera de esa capacidad criminal no tiene ninguna posibilidad de existencia, me dijo Vega.
Horacio Castellanos Moya, El asco.

Horacio Castellanos Moya, un «melancólico que escribe como si viviera en el fondo de alguno de los muchos volcanes de su país», si se cree a Roberto Bolaño, es uno de los escritores más originales y provocadores de la literatura centroamericana reciente, tanto por su lenguaje coloquial y su estilo nervioso como por su exploración crítica de la violencia que generó a veces fuertes controversias y, en el caso de El asco, que ofrece un retrato al vitriol de la sociedad salvadoreña, le valió amenazas de muerte. Cuando le preguntan acerca de la violencia en sus escritos, el novelista contesta: «Cada vez que regreso al país lo veo muy violento, y lo escribo muy violento. Y es que el país es violento. […] para mí la violencia no es un recurso: es parte de la salvadoreñidad. Es una cultura muy violenta, y permea la familia, las instituciones, el Estado, todo» (Menjívar Ochoa 2003).

En Insensatez (2004), el escritor, que tuvo acceso a informes sobre la violación de los derechos humanos en Guatemala, se inspira en sucesos verídicos: el exterminio de la población indígena cuando la guerra civil que azotó el país durante 36 años. Aquí la violencia, temática fundamental del texto moyano, es indisociable de la escritura: se “dice” la violencia en este informe de la barbarie cuyo título podría ser «Delirio», pero esos testimonios que maltratan la sintaxis convierten el horror en poesía según el protagonista. Sin embargo, cualquiera que sea el poder de la escritura, frente a la violencia parece que los personajes están condenados a la impotencia. Y al miedo, un miedo legítimo, si no necesario para sobrevivir.

 

1) El informe de la barbarie

El narrador, un periodista salvadoreño compulsivo y paranoico, exiliado en un país vecino, está encargado por la Iglesia Católica de corregir en tres meses el estilo de un voluminoso informe de mil cien cuartillas en el que se documentan los centenares de masacres perpetradas por los militares contra los indígenas so pretexto de desmantelar la guerrilla, en un país que nunca se nombra como si se tratase más de denunciar cierta forma de violencia que de concentrarse en la Historia de una nación en particular. Tal vez el escritor quiera protegerse así contra otras amenazas de muerte, lo que explicaría que puntualice en la página donde figuran los datos editoriales -si no es irónico-, que «Éste es un libro de ficción. Nombres, personajes, lugares e incidentes son producto de la imaginación del autor o utilizados de manera ficticia. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, es una coincidencia».

Sin embargo, el lector enterado comprende, por varios topónimos o cierta onomástica, que se relatan atrocidades acaecidas en Guatemala durante la guerra civil que golpeó el país desde 1960 hasta 1996: en efecto, en aquel país vecino de El Salvador, lugares como Totonicapán o Petén, así como el general Ríos Montt -quien, después de un golpe de Estado en 1982, encabezó una junta militar hasta que lo derrocaron en 1983-, no dejan lugar a dudas (Moya 2004: 49, 72, 122). Pero el autor no procura ubicar precisamente el escenario novelesco sino dar cuenta de una violencia endémica de varios países de América latina: el extenso legajo que expone los innumerables crímenes del ejército revela una barbarie inconcebible y, como veremos, una locura causa y efecto de la violencia.

Es verdad que a principios de los años 80, numerosas comunidades indígenas fueron destruídas y su población diezmada durante operaciones antiinsurreccionales, sin olvidar a los centenares de miles de personas que fueron desplazadas. El mismo ejército dio la cifra de 440 aldeas arrasadas, culpando a la guerrilla cuando en realidad la casi totalidad de las masacres fueron ejecutadas por militares o paramilitares que sembraron el terror entre las poblaciones rurales para disuadirlas de apoyar a los guerrilleros (Le Bot 1992: 206).

El informe de Insensatez insiste en el número vertiginoso de víctimas, decenas de miles de personas que justifican el uso de términos como «exterminar» o «genocidio» (Moya 2004: 16 y 61), sin omitir recurrentes «masacres» o «crímenes». Esa generalización del crimen quizá lo banalice pero sin que la multiplicidad deje de denunciar la monstruosidad. Al respecto, aquella innumerable cuantía de muertos los condena al anonimato; son muertos sin nombre para un horror sin nombre, como desposeídos de su yo. Ni siquiera la poca individualización permitida por los deícticos personales combinados a veces con datos étnicos, como «ese indígena cachiquel» (13), bastan para devolverles la identidad. Siendo el cuerpo el receptáculo del yo y un factor de individuación, los cuerpos despedazados pueden metaforizar una desintegración identitaria: la ausencia de cadáver, como un doble aniquilamiento, arrastra más aún hacia la nada a aquellos muertos “desmaterializados” por así decirlo.

¿No revelarán aquellos (no-)cuerpos una sociedad en un estado de anomia, de caos? ¿No denunciarán aquellos cuerpos desarticulados una dislocación social? No se ha de olvidar que aquellos crímenes fueron ordenados desde la oficina de inteligencia militar «El Archivo», y cometidos «por el ejército de este país contra la población indígena desarmada» (61), o sea por el gobierno contra gente indefensa a la que tiene el deber de defender, lo que revela un disfuncionamiento aberrante de la autoridad, y un abuso de poder que hace irrebatible el término «crimen». Hobbes recordó, quizá más que otros, cómo se había creado la ley para proteger a la persona, y para salir de un estado salvaje en el que imperaba la ley del más fuerte, es decir para refrenar la violencia “natural” del hombre. Que ese orden implique otra forma de violencia, estructural ésta, no impide que la sociedad se oponga a la fuerza arbitraria con la fuerza de la ley y de la justicia.

Pero cierto es que una sociedad puede volverse criminal cuando viola las leyes morales, o cuando se produce un hiato entre la fuerza y el derecho, como en el caso de los crímenes contra la humanidad que no por casualidad se llaman así, puesto que no sólo matan a personas sino también al Hombre, como metonimia del género humano. Ahora bien, en Insensatez, esa violencia “inhumana” es perpetrada por los representantes de la autoridad, legitimada por el poder político, como si fuese precisa y paradójicamente la sociedad la que propiciase aquel regreso al estado de naturaleza, a un salvajismo original. [1]

Éste se expresa mediante la tortura en la que se manifiestan el poder y la responsabilidad del Estado ya que forma parte de un engranaje controlado por el mismo para eliminar la disidencia. Se suele alegar la necesidad de luchar contra los terroristas que ponen en peligro vidas inocentes y constituyen una amenaza. Pero en Guatemala, se aniquiló también a los civiles. A criterio del sociólogo Yvon Le Bot, aquellas masacres que obedecían a una estrategia de intimidación para propagar el terror entre toda la población, e impedir el apoyo a los insurgentes, contribuían también a la creación de un no man’s land, una zona de fuego libre, en regiones donde así no era necesario mantener una presencia militar costosa; y se condenaba a los guerrilleros a vagar por un territorio desierto (Le Bot 1992: 239).

Pero tales estrategias de desmantelamiento no absuelven a los militares del horror: muchos mataron para matar, sin tener en cuenta cualquier racionalidad estratégica o económica, como presas de una irracionalidad bestial. La novela bien muestra cómo esa fiereza tiene mucho que ver con el sadismo que, dada la agresividad instintiva del hombre, representa la forma de perversión más frecuente, en el dictamen de Freud (1987: 68). Ese deseo y ese goce del sufrimiento impuesto al otro, esa destrucción de la persona tenderían, según los psicoanalistas, a regular una fragmentación interior infligiéndola al otro; por lo demás, las pulsiones de muerte buscan la disociación, el retorno a la nada (Bonnet 1983: 56-58).

No sorprende, por lo tanto, que el texto de Horacio Castellanos Moya, que describe una verdadera carnicería, haga hincapié en el desmembramiento. Cuántas veces leemos verbos como «despedazar», «descuartizar», «destazar», «cortar», «tasajear», «desgarrar», «reventar», «machacar», con gran refuerzo de cuchillazos y machetazos, en una espiral de crueldad que raya en la demencia. [2] El texto no sólo pone de relieve la acción sino su resultado: las personas tratadas como cuerpos sin alma resultan nada más que pedazos de carne, sanguinolentos, despojados de su humanidad y reducidos a objetos repugnantes. Esa orgía sangrienta de cuerpos mutilados, castrados o violados, y esa violación de los derechos humanos que deshumaniza tanto a la víctima como a aquel victimario que degenera hasta lo “infra-humano”, revela una locura total, entre violencia y delirio, sin que ya se sepa cuál de los dos es la causa o el efecto del otro.

El sádico, que no goza del dolor en sí mismo sino de la excitación sexual que lo acompaña (Freud 1968: 28), parece “actuado” por su propia violencia cuando maltratra al otro y lo “posee”: matar o torturar es una manera de tomar posesión de su víctima, y por consiguiente de negarla como persona. Pero si, como mostró Hegel, la negación del otro es primera y esencialmente afirmación de sí mismo, esa negación llevada al extremo es también negación de sí mismo (de ahí la contradicción del sádico que da vueltas en un círculo vicioso y puede encerrarse en comportamientos repetitivos).

Y eso tanto más cuanto que, en el caso presente, la “otredad” coincide con la “mismedad”, puesto que son indios los que matan y torturan a indios como lo indica una de las frases clave del informe: «eran personas como nosotros a las que teníamos miedo»; y explica el narrador: «el ejército había obligado a la mitad de la población a que asesinara a la otra mitad, que mejor que el indio matara al indio y que los vivos quedaran marcados» (150-151). En efecto, varias operaciones en Guatemala revelaron una estrategia de división de la sociedad india, con soldados reclutados en comunidades próximas pero de lenguas diferentes. Verdugos y víctimas son indígenas, como hermanos enemigos. Y asoma una pregunta molesta: si aquellos torturadores de sus semejantes son hombres a pesar de todo, ¿sus víctimas hubieran podido convertirse en bestias también si hubieran sido militares y entrenados como éstos a la inhumanidad? Y más ampliamente ¿cada uno de nosotros podría actuar como aquellos asesinos en cierto contexto?

Nos parece presente esa cuestión del “animal interior”, o del doble oscuro, en la escena que enmarca la cita india susodicha, en la que el narrador experimenta, frente a un espejo, un extraño malestar: «mi expresión, que de pronto se me hizo ajena, como si el que estaba ahí no hubiera sido yo, como si ese rostro por un instante hubiera sido de otro, de un desconocido […]», y mientras siente ese temor a descubrirse distinto en el espejo, rememora aquellas palabras indígenas que evocan el reflejo distorsionado del “mismo-otro” (150).

Quizá el narrador no reconozca su semblante porque está exiliado en Alemania donde no se parece a nadie, donde en efecto es “distinto”; o quizá haya que interpretar esas sensaciones ante el propio reflejo por una identificación con las víctimas que se produce varias veces a lo largo de la novela, y particularmente al final cuando él está tan desarraigado como ellas. Pero no es imposible que la identificación se produzca aquí con el victimario -lo que ocurre otra vez en el relato, en un momento de delirio (137)-, y que sea precisamente esa monstruosidad, que dormita en las sinuosidades de cada ser humano, la que le impide mirarse a los ojos. Aunque él no haya cometido ningún crimen, tal vez se sienta también culpable por la barbarie de otros porque aquellos actos ajenos lo atañen en su propia humanidad, lo conciernen en tanto que hombre, le plantean interrogantes profundos.

Al respecto, ¿quién va a responder por esos asesinatos ? porque, como cada vez que opera una “institución”, en este caso el ejército, se diluye la culpabilidad de cada uno en una cadena de responsabilidades. No obstante, se conocen los nombres y los rostros de los torturadores como lo muestra la frase de un indio en el informe: «la frase más contundente encontrada en testimonio alguno, la frase que decía Todos sabemos quiénes son los asesinos era para mí la propicia, la indicada para servir de título al informe» (153). Pero la impunidad es tal en aquella sociedad que avala indirectamente esos actos, que el teniente Octavio Pérez Mena, uno de los peores carniceros del expediente, se convierte cuando la guerra civil en el jefe de Inteligencia del ejército -«que la tortura es la medida de la inteligencia en los militares», ironiza el narrador- y llega a ser, diecisiete años después, un respetable general que puede pasearse, «orgulloso y ufano» por la ciudad donde se hallan sus víctimas, presas del terror (109).

Injusticia consustancial a la sociedad de origen del narrador como se lo explica él mismo a un amigo, valiéndose de otra cita indígena: «en la sociedad de la que yo procedía el crimen constituía el más eficaz método de ascenso social, por eso mientras más matara, se iba más para arriba» (152). No se castiga al criminal -al «masacrador» leemos varias veces en el texto- sino que se lo recompensa. Insensatez social que además de no proteger a la víctima, protege al verdugo, legitima la fuerza contra el derecho, el crimen contra la ley, el poder arbitrario contra la justicia, la destrucción contra la vida; insensatez social en la que el poder parece el fiador de los verdugos, ¿como un poder en sí mismo verdugo?

Tratándose de esa sinrazón generalizada, que con razón le da su título a la novela, el narrador insiste varias veces en una causalidad que hace de la insensatez la consecuencia de la violencia, o por lo menos de la desgracia como lo da a entender el epígrafe extraído de Antígona de Sófocles: «Nunca, señor, perdura la sensatez en los que son desgraciados […]». Se sabe que la gente que ha vivido situaciones extremas, sean guerras u otras experiencias traumáticas, presenta luego síntomas que señalan una alteración de la salud mental. La tortura no sólo deja secuelas físicas sino también psíquicas que pueden permanecer mucho tiempo después de los acontecimientos ominosos que las han provocado. En su famoso artículo «Comportamiento individual y de masas en situaciones extremas», Bruno Bettelheim, superviviente de los campos de concentración, analiza esa desintegración de la personalidad que puede llevar a la esquizofrenia; la destrucción de la vida familiar y social, los peores tratamientos y la amenaza permanente de la muerte tienen fatalmente repercusiones en toda la vida del individuo (Bettelheim 1983: 32, 41, 143).

La novela de Horacio Castellanos Moya no dice otra cosa con ese narrador que comenta primero la insensatez de las víctimas, evoca luego la sociedad en su integralidad, y por fin a sí mismo como lector del informe. «Yo no estoy completo de la mente», reza la primera cita indígena que es también el incipit de la novela, y un leitmotiv a lo largo del primer capítulo, porque esta frase resume de la manera más concisa en qué estado mental se encuentran las decenas de miles de personas que han padecido experiencias semejantes. Tras recordar lo que vivió aquel indio dejado por muerto entre los trozos de carne de sus hijos y su mujer, el narrador establece una correlación obligada: «Nadie puede estar completo de la mente después de haber sobrevivido a semejante experiencia» (14).

Pero en la misma página, destaca otro nexo que revela, después de la insensatez de las víctimas como consecuencia del horror, la insensatez de los militares como causa de la barbarie, puesto que aquella misma frase que inicia la novela:

también resumía el estado mental de los miles de soldados y paramilitares que habían destazado con el mayor placer a sus mal llamados compatriotas, aunque debo reconocer que no es lo mismo estar incompleto de la mente por haber sufrido el descuartizamiento de los propios hijos que por haber descuartizado hijos ajenos, tal como me dije antes de llegar a la contundente conclusión de que era la totalidad de los habitantes de ese país la que no estaba completa de la mente (14) . [3]

Es una confusión total la que denuncia el narrador en esa sociedad donde impera la violencia y con ella una alienación de todos. Pero el estado mental que quizá más le inquiete al protagonista es precisamente el suyo, puesto que hay que estar ya «fuera de sus cabales» para venir a un país ajeno cuya población está fuera de juicio y aceptar una tarea que consiste en sumirse en la insania general corrigiendo el relato de víctimas faltas de sentido común a causa de torturadores mentalmente enfermos. El narrador da cuenta de ese desvarío mediante una gradación inquieta: «Yo tampoco estoy completo de la mente», luego «yo tengo que estar mucho menos completo de la mente que estos sujetos», para seguir con «¡Yo soy el menos completo de la mente de todos!».

Además, tal labor sólo puede trastornar un equilibrio mental ya frágil: «convivir con esos textos las veinticuatro horas del día podría ser fatal para una personalidad compulsiva como la mía, dispararía mi paranoia a niveles enfermizos» (14 y 31). Su amigo Toto confirma que semejante lectura podría quebrantar el espíritu más férreo, intoxicarlo con una morbosidad malsana; de hecho, no saldrá ileso de esa tarea que va a afectar irremediablemente su existencia. Tal vez esas observaciones incluyan al lector aunque no leamos el informe y no estemos sumergidos en mil cien páginas de delirio sanguinario, pero las citas claves escogidas por el narrador y su paranoia creciente quizá puedan influir en nuestra mente, a falta de perturbarla tanto como la del narrador, muy impactado a juzgar por reacciones fisiológicas y psicológicas como el sudor y los nervios a flor de piel, la imposibilidad a veces de continuar la lectura, o el hecho de estar obseso, poseído por la misma imagen hasta salir a aullar al patio (138-139).

Eso nos permite apreciar el poder de la escritura que puede, hasta cierto punto, adversar a la violencia.

 

2) Los testimonios indígenas: ¿el poder de la escritura?

Al mismo tiempo que la escritura pone en palabras la violencia o se erige frente a ella, Insensatez muestra cómo el escribir la violencia no es propagarla sino “sujetarla”, una escritura que, en varios sentidos, contiene la violencia. Una mise en abyme de la escritura caracteriza esta novela con ese informe del que el narrador apunta citas en su libreta personal, citas terribles que él elige por su belleza. Ciertas oraciones tienen tal sonoridad, fuerza y profundidad que él trata de compartir con los demás su emoción: «Escuchá esta lindura» (30), se exalta ese protagonista que califica de «versos» o «poesía» (parecida a la César Vallejo) esas frases a menudo sencillas pero que le parecen «estupendas literariamente», de una «riqueza expresiva digna de la mejor literatura» (31, 122, 43, 68). El narrador, embelesado, las saborea con verbos como «paladear» o «deleitar», y se entrega al éxtasis:

Que siempre los sueños allí estén todavía, dije como una especie de amén […] repetí esa espléndida frase que había iluminado mi tarde de trabajo en el palacio arzobispal con su sonoridad, su estructura impecable abriéndose a la eternidad sin soltar el instante, con el uso del adverbio que retorcía el pescuezo del tiempo (122) .

Como se habrá podido observar ya, las citas indígenas presentan en efecto fallos sintácticos notables, en la medida en que el lenguaje de las víctimas se revela alterado por el trauma. Construcción fragmentada y redundancias adverbiales son unos ejemplos de esa enunciación curiosa que transcribe la “dislocación” mental debida a las mutilaciones y a la desintegración de la persona. El texto moyano muestra así cómo la violencia puede perjudicar la mente hasta tal punto que también afecta el mismo lenguaje descomponiéndolo, deconstruyéndolo, como si para decir lo indecible hiciese falta un nuevo lenguaje, “fracturado”, que viene a representar aquí una forma de literatura dentro de esa otra que es Insensatez.

No obstante, esa escritura herida permite preservar la memoria, esas palabras estropeadas permiten “sanar”, si es que uno puede liberarse de tal pasado. Vivir para contarla diría Gabriel García Márquez, y más bien aquí contarlo para poder vivir. No permanecer silente, y decir lo impronunciable para salir del estado de choque, decir lo insostenible como el último eslabón quizá antes de una locura definitiva: «recordar los hechos que ahí relataban significaba remover sus más dolorosos recuerdos, pero también entrar a una etapa terapéutica» (30). [4] Pero esos testimonios “profilácticos”, si bien ayudan a sobrevivir, no bastan para hacer el duelo cuando falta el cadáver. La ausencia del muerto que imposibilita el adiós, impide que la gente cumpla el ritual del duelo y supere el trauma, lo que provoca trastornos de toda índole.

Para salvaguardar la memoria de los centenares de indígenas sobrevivientes y testigos de las masacres, una «memoria masacrada», se recurre a un equipo de antropólogos forenses que trabajan con el Arzobispado, excavando en los diferentes sitios donde se han registrado masacres para recuperar las osamentas de las víctimas, «con el propósito de reconfirmar los testimonios y permitir que los muertos tuvieran su ceremonia de funeral correspondiente al ritual indígena» (82 y 119). Es menester hallar al muerto para “integrar” su muerte, y seguir viviendo.

Pese a esa empresa colectiva de recuperación de la memoria indígena y nacional, hay quienes prefieren perpetuar el olvido, borrar el recuerdo para no tener que vivir otra vez aquel descenso al infierno. Con su lenguaje ingenuo y esos anacolutos que delatan rupturas internas profundas, explica un indio: «Para mí recordar, siento yo que estoy viviendo otra vez, cuya sintaxis cortada era la constatación de que algo se había quebrado en la psiquis del sobreviviente» (149).

Gracias a los que hablan, el narrador-lector puede “ver” las escenas relatadas, a falta de experimentar las mismas emociones que las víctimas y de ponerse completamente en su lugar. No puede sino imaginar su hondo trauma y su doloroso despertar, pero sí consigue presenciar, en algún sentido, los hechos y con ellos esa parte oscura de toda una Historia nacional. Sin embargo, sabemos que tal lectura puede resultar mentalmente peligrosa por un posible contagio de la insensatez, particularmente en el caso del narrador que ya presenta una fragilidad psíquica, y asistimos en efecto a una identificación del protagonista, cuando está en ciertos estados paranoicos, con los sentimientos de los sobrevivientes. Lo que observamos con ese vínculo es que la escritura -en todo caso la escritura de la violencia- incide en la vida del narrador, deja su impronta en la mente, altera la conciencia y el cuerpo, y puede incluso apoderarse de él.

Ese poder de la escritura no sólo apacigua a las víctimas y trastorna al narrador-lector, también puede trastocar la Historia al descubrir sus recovecos más sombríos. Para el protagonista, después de aquella labor espléndida e impecable, «la historia de este país no sería la misma, de ninguna manera», sin duda porque al restituir la verdad de los hechos restablece una forma de justicia (82). Pero por esta misma razón se trata de un informe subversivo, peligroso para los que participan en su elaboración. [5]

Desde el principio de su misión, el narrador tiene la extraña sensación de entrar en «un mundo prohibido e indeseable», como si cometiese una transgresión (25), como si probase la fruta vedada del conocimiento, transgresión cuyo castigo será, como en el episodio genesíaco, vagar por la tierra cual eterno desarraigado. Toda verdad no se debe averiguar. Y la escritura de los testimonios indígenas que desvela el espantoso secreto puede condenar a muerte a sus valientes lectores como si hubiese escritos que matan, escritos que llevan doblemente la muerte porque la narran y porque la provocan. Y es que en Insensatez parece que esos escritos, por más útiles que sean en ciertos puntos, no logran vencer en definitiva esa violencia que exponen sin neutralizarla.

 

3) Frente a la violencia, la impotencia

Si la palabra ayuda a las víctimas, y se supone que la escritura tiene el poder de despertar las conciencias, ¿qué puede hacer en cambio frente a una violencia que parece omnipresente? con atentados políticos o tiroteos en plena calle, lo cual no impide la «aparente normalidad» de la gente que muestra hasta qué punto la violencia forma parte de la vida cotidiana (65 y 75). [6] En tal sociedad, los hombres parecen reducidos a la impotencia, ninguna forma de compensación o de respuesta logra por lo menos atenuar el problema: relato, erotismo, anhelos de justicia, nada vence la violencia generalizada desde tanto tiempo, y con el visto bueno de las mismas autoridades tratándose del genocidio.

La escritura viene asociada en la novela con la frustración porque las personas con las que el narrador intenta compartir las emociones provocadas por la lectura del informe no comprenden sus arrebatos “líricos”. Su amigo Toto le aconseja que se lo tome con calma y que se distraiga con mujeres mientras está fuera de la oficina para contrabalancear sus espeluznantes lecturas; y monseñor le responde por una mirada indescifrable,

una mirada que me hizo temer que él me considerara un literato alucinado en busca de versos allí donde lo que había era una brutal denuncia de los crímenes de lesa humanidad perpetrados por el ejército contra las comunidades indígenas de su país, que él pensara que yo era un mero estilista que pasaba por alto el contenido del informe (69) .

Lo mismo pasará con otros personajes en los que sólo consigue despertar la suspicacia. Parece que el informe lo incomunica con los demás, sin duda por ese entusiasmo indecente que suscita cierto recelo entre sus interlocutores. Sólo le queda callar y cerrar la libreta, resignarse al silencio. Otra “aspiración” frustrada: una novela improbable con la que él fantasmea pero que nunca escribirá. El narrador no es novelista, sino un «corrector de barbaridades que soñaba con ser quien no era, y además a nadie en su sano juicio le podría interesar ni escribir, ni publicar, ni leer otra novela más sobre indígenas asesinados» (74). Con excepción de Horacio Castellanos Moya que, como el narrador, tuvo acceso a ese tipo de expedientes. Vemos que la frontera entre el informe y la novela, entre el testimonio y la literatura, es tenue.

Otro deseo condenado a la impotencia, en un sentido más estricto: el apetito sexual. Las mujeres aparecen como un posible contrapunto ante la labor ardua y psicológicamente agotadora del narrador, pero el sexo viene asociado con lo ridículo, ya sea con Pilar que se presenta ante el narrador con un «pijama franquista utilizado en conventos de época pretérita», ya sea con Fátima en una secuencia casi grotesca descrita con términos crudos, sin hablar de la infección venérea que contrae con ella (57 y 97). A la “des-erotización” de una Pilar chapada a la antigua y de una Fátima sucia que se comporta como una vulgar profesional se añade la “impotencia”: con Pilar el narrador no logra tener relaciones sexuales a pesar de sus maniobras, y con Fátima el acto no está verdaderamente consumado, puesto que el narrador no logra entregarse completamente a esa mujer cuya inesperada falta de sensualidad lo lleva a tomar distancia con la escena, intelectualizándola.

Entre abstinencia y «miembro destemplado» (99) es una codicia malograda y, como decíamos, una forma de impotencia que caracteriza la vida sexual del narrador y quizá simbolice aquí la incapacidad de hallar en el erotismo una escapatoria a la violencia. Y peor aún, puesto que esa sexualidad que no consigue compensar la violencia parece al contrario vinculada con ella, si consideramos -además de las atroces violaciones ya evocadas- que la relación con Fátima, cuyo novio es un militar al que ella se lo cuenta todo, constituye para el narrador, una imprudencia que lo puede llevar a la muerte.

Pero el peor descalabro es el de la “justicia” en cierto sentido, en la medida en que el informe lleva al asesinato de monseñor y barre la esperanza al mismo tiempo que justifica la paranoia del narrador. Ya sabemos que éste es frágil psicológicamente, como otros protagonistas de Castellanos Moya. Con su trabajo en el Arzobispado, el narrador será afectado por el enclaustramiento que acrecienta sus disturbios neuróticos, y porque el riesgo es real. Lo peor será en la casa de retiro espiritual donde, a partir del tercer día de aislamiento pasándose horas sin cruzar palabra con nadie, la soledad casi lo lleva a desvariar, a dejarse contaminar por el informe hasta identificarse con uno de los más despiadados verdugos.

Nos hace partícipes de sus congojas y delirios de persecución que le hacen ver conspiraciones o emboscadas en cada momento, y militares o perseguidores por todas partes. Ese narrador compulsivo, tan obsesionado por una celada, huye dos veces, la primera en casa de Johnny porque se autoconvence, sin razón, de que su interlocutor es Jota Ce, el novio de Fátima. La segunda huida se produce en la casa de retiro, al cuarto día de encierro. Está convencido otra vez de percibir sombras que sigilosas se acercan, pero ¿qué crédito otorgarle si está en la oscurana y con el viento zumbando? (140) Él no duda como lo prueba el uso del indicativo cuando imagina a sus supuestos perseguidores, pero el lector nunca sabrá si fue un ataque de paranoia o una intuición.

Pensamos en un primer momento, por el recuerdo de la falsa alarma en casa de Johnny, que una vez más está delirando, pero el desenlace que nos coge desprevenidos induce a cambiar completamente la mirada sobre el narrador, un desenlace que consiste en noticias electrónicas de Toto mientras el protagonista vive exiliado en Alemania: «Ayer a mediodía monseñor presentó el informe en la catedral con bombo y platillo; en la noche lo asesinaron en la casa parroquial, le destruyeron la cabeza con un ladrillo. Todo el mundo está cagado. Da gracias que te fuiste».

El narrador tuvo razón en huir, porque en aquella sociedad que le vuelve a uno paranoico, hay precisamente que serlo para sobrevivir. El peligro es real, el crimen siempre posible, y la violencia todavía “vigente”. El miedo, fenómeno biológico y ontológico, inherente al hombre, puede depender además de un entorno, incluso de un gobierno, y convertirse en instrumento de salvación, como lo ilustra Insensatez. Con ese excipit brutal, el lector se da cuenta de que la paranoia del narrador que invade las páginas de la novela no es tan insensata, y que esa sociedad lo lleva a uno a la insensatez para que pueda protegerse. Esa insensatez, que en tal contexto significa ser sensato, permite medir el grado de disfuncionamiento y de perversión de aquella sociedad violenta en la que sólo hay que temer y “desaparecer”.

¿Sintió Horacio Castellanos Moya la necesidad de escribir Insensatez como un exorcismo después de toda la violencia leída? La manera como lo exterioriza no puede prescindir de esa ferocidad que está en el origen de la novela: una escritura compulsiva, nerviosa, constituida por la verborrea de un narrador que se expresa con rabia, como desahogándose de una angustia provocada por la violencia circundante, cual si la hubiese interiorizado.

En una era en la que la escritura ya no parece ofrecer tanto consuelo y dice más bien el desencanto de todos, ese novelista admite solicitarla para entender -o por lo menos tratar de entender- la historia violenta de su país. Una escritura que rehúsa la resignación, que sigue afirmando cierta rebeldía por más desesperada que sea y que, por ende, según la opinión de Luis Pérez-Simón acerca del texto moyano, recrea «con la violencia subversiva de sus relatos lo que una primera violencia creyó haber destruido» (Pérez-Simón 2008: 264).

 

Notas:

[1] Un informe publicado por Amnesty Internacional en 1981 muestra cómo la elección de las personas a las que había que encarcelar, torturar y matar, así como el despliegue de las fuerzas oficiales para las operaciones extralegales, estaban organizadas bajo el control directo del presidente en ejercicio entre 1978 y 1982, a saber Romeo Lucas García. En 1982, otro documento de información sobre la racha de ejecuciones extrajudiciales en las zonas rurales bajo el gobierno del general Efraín Ríos Montt concluía que, antes y después de su toma de poder, las tropas militares seguían luchando contra la oposición por medio de la tortura y el asesinato de civiles no combatientes, incluso de niños (1984: 199-202).

[2] Rigoberta Menchú, a la que Moya no nombra pero a la que alude, y no sin ironía («la indígena de marras [...] ganadora de las más altas distinciones internacionales», 90), habló por supuesto de esa caza de brujas que tomó proporciones delirantes, y ella también describe las torturas insistiendo en el verbo «cortar».

[3] Castellanos Moya explica:

     Cuando uno se forma en situaciones de extrema violencia, queda marcado. Puedes estar en un bar, alguien te reconoce y puede pegarte un tiro. No lo digo porque yo sea alguien especial, sino porque así funciona la sociedad salvadoreña. Hay gente que se agarra a tiros por un accidente de tránsito o a granadazos en pleno centro de San Salvador (las pandillas pelean con granadas). Es una sociedad que vive con un altísimo nivel de paranoia y tensión nerviosa.

        Véase Página 12: http;//www.pagina12.com.ar/2001/suple/Libros/01-06/01-06-03/nota3.htm

[4] Manuel Suárez Orozco muestra la importancia de decir: «give a voz to the voiceless».

[5] Así el narrador se entera de que falta un texto en el segundo tomo porque consiste en un análisis detallado de la manera como operaban los servicios de inteligencia del ejército, un texto por consiguiente «delicadísimo» que no será incorporado al legajo hasta el último momento, cuando esté a punto de ser enviado a la imprenta, y eso porque se necesita tiempo para su elaboración pero también por motivos de seguridad (86).

[6] Alusiones a los escuadrones de la muerte, o a los tiempos de guerra en El Salvador, entre otros ejemplos fugaces, insisten en esa violencia (66 y 76).

 

Bibliografía:

Amnesty International, (1984) La torture. Instrument de pouvoir, fléau à combattre. Éditions du Seuil, Paris.

BETTELHEIM, Bruno (1983), Sobrevivir. Crítica Editorial, Barcelona.

BONNET, Gérard (1983): Les perversions sexuelles. P.U.F., Paris.

CASTELLANOS MOYA, Horacio (2004): Insensatez. Colección Andanzas, Tusquets Editores, Barcelona.

FREUD, Sigmund (1968): Métapsychologie. Éditions Gallimard, Paris.

FREUD, Sigmund (1987): Trois essais sur la théorie sexuelle. Éditions Gallimard, Paris.

LE BOT, Yvon (1992): La guerre en terre maya. (Communauté, violence et modernité au Guatemala). Éditions Karthala, Paris.

MENJÍVAR OCHOA, Rafael: «Horacio Castellanos Moya: “La violencia… es parte de la salvadoreñidad”», en el suplemento semanal del diario La Prensa, 3 de mayo de 2003, Managua.

PÉREZ-SIMÓN, Luis: «La continuidad del ser revelada: muerte, memoria y erotismo en Horacio Castellanos Moya», Figures de la mort dans la littérature de langue espagnole, (2008), Actas del Coloquio del GRELPP en París X-Nanterre, enero del 2006, Universidad de París X-Nanterre.

SUÁREZ OROZCO, Manuel: «Speaking of the Unspeakable: Toward a Psychosocial Understanding of Responses to Terror», Ethos (1990).

 

© Nathalie Besse 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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