Iteraciones de lo enfermo:
Un abordaje temático a la obra de Nicolás Suescún

Jaime Morales Quant

Universidad de Cartagena (Colombia)
jamoq22@yahoo.com


 

   
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Resumen: El siguiente texto constituye un estudio en torno a la figura del hombre “alienado” o “irrealizado” que puede rastrearse en el universo literario erigido por Nicolás Suescún. La propuesta principal del ensayo no es sólo describir a dicho hombre, sino, al tiempo, explicarlo a partir de dos causas complejas (interrelacionadas y retroactuantes entre sí): 1) como resultado de unas condiciones sociales problemáticas, y 2) como consecuencia de unos descuidos o abulias subjetivas.
Palabras clave: Nicolás Suescún, narrativa colombiana, alienación.

 

Podemos imaginarlo todo, predecirlo todo,
salvo hasta dónde podemos hundirnos.
E.M. Cioran

¿Qué tengo yo que ver con la vida?
F. Pessoa

 

1. La disforia de un yo que no somos

Para empezar, es preciso decir que cada escritor abriga unas obsesiones temáticas, y que con ellas, o mejor, desde ellas…podría revelar al menos dos cosas: tanto exponer fragmentos de sí mismo como escenificar sus relaciones con el mundo. En Nicolás Suescún [1], dichas obsesiones corresponden a indagar la vida de hombres minúsculos, tristes… fracasados, lentos… circundados por realidades sociales abrumadoras. Su intención, como lo ha escrito en uno de sus poemas, es la de ser cantor, “aeda” de estos seres marginales, sin heroicidad: “el lamento del hombre sin voz, /la palabra del que no sabe hablar, / la mirada del ciego” (Suescún, 2000: 44).

Sobre este semblante entristecido se concentra el presente texto. Específicamente alrededor de la siguiente idea: en la obra del autor bogotano puede rastrearse la presencia de un sujeto alienado como resultado 1) de las condiciones sociales del mundo, y 2) como consecuencia de unas irresponsabilidades asignables al sujeto. Por alienación [2] se entenderá de aquí en adelante, la condición en la que se encuentran aquellos seres humanos que advierten una distancia entre lo que quisieron ser y lo que son. Como lo formulara Schaff (1979:240):

Se trata de aquellos casos en (los) que se produce una brecha, perceptible para el individuo, entre el tipo ideal aceptado por él, y la realidad, en el sentido de las posibilidades y formas de comportamiento fácticas (…) el individuo experimenta probablemente una distancia, incluso una repulsión (en los casos extremos desprecio) con respecto a sí mismo (...) estamos pensando en un complejo de conceptos, o en una serie de posibilidades: insatisfacción con la propia situación, que implica la no realización de las intenciones y expectativas; insatisfacción con el propio hacer, que se halla en conflicto con el sistema de valores internalizado, etc.

Con seguridad, el lugar donde este asunto se encuentra más prolijamente expuesto es en la novela Los cuadernos de N [3]. En un segmento específico de la obra, su protagonista [4] declara esta conciencia de hallarse ajeno cuando “se pregunta por qué hay tanta diferencia entre lo que quiso ser, lo que creyó ser y lo que fue.” (C.N, p.168). A la vez, dicho personaje es presentado ante el lector bajo el acoso de una sombra interna que constituye una marca, como si se tratara de una cicatriz que le recuerda su frustración; quizás una canción hecha de varias intensidades y sin final: “Hay cosas de las que N no se puede librar. Cosas que le atan las manos, que impiden que se mueva, que lo clavan a una pared, que le quitan el aliento. Si pudiera ser como no soy, exclama. Qué cantidad de sombra entre pecho y espalda” (p. 123) [5]. Tras esta cita se pone de relieve la brecha interna, el espasmo, la oscuridad adentro representando una herida que se abre. En otra ocasión, la metáfora de la sombra es usada para referirse a N como una potencialidad irresuelta: alguien que pudo ser pero que aún no es, y esa realidad está allí, acusándolo. Palabras más, palabras menos, el personaje se presenta ante sí mismo como un acervo de oquedades no colmadas: “está hecho de erosión y olvido en la sombra de alguien que pudo haber sido”( voz del narrador, p. 98) [6].

Dichas imágenes sirven para expresar la disforia que acarrea el fracaso personal. Indican, a la vez que resaltan, una pesadumbre experimentada por el protagonista, toda vez que confronta su condición enajenada [7]. Y lo cierto es que N es un testigo de su propio mal, un peso para sí mismo. Su memoria, evoca la distancia entre eso que nunca fue y lo que es ahora, pero de un modo incisivo, prolongado, y se ratifica que dicha alienación no es un acontecimiento efímero, transitorio: “Esta lejos, cada vez más, de todo lo que quiso (…) Todo le recuerda lo que no pudo ser, a partir del momento en que recupera la memoria mítica de las cosas…” ( voz del narrador, p.69).

Pero además, el personaje sabe que su condición es digna de lástima o censura; que los otros pueden señalarlo por una deficiencia existencial. Entonces necesita recogerse, ocultarse, en cuanto encarna una descomposición: “No sabe hacer nada. Apenas ha vivido. El absurdo de todo esto lo petrifica. Ha organizado su vida al revés… se mueve, en silencio, para que nadie pueda percibir su paso. No quiere que digan: allá va N, pobre.”(voz del narrador, p.212). La frase señalada en cursiva reitera el tema de una existencia dislocada, contraria a un modelo de existencia deseado. Y este fenómeno produce el despliegue de la tristeza, del rechazo, el de una tentación de despedida a la realidad. Así, llegamos a una idea crucial, sustantiva: La alienación de sí mismo está estrechamente conectada con la alienación (separación) de los demás, y en últimas, con la alienación de la vida misma: con la renuncia…

Esta va a configurar indudablemente una imagen clave en el tema del alienado suescuniano: el hombre que está vivo y, no obstante, se siente muerto, con un proyecto de vida incumplido, con un yo vacío. “N vive y no vive, es como un fantasma que no recuerda el desenlace de su vida” (voz del narrador, p187). “Quiere morirse, quiere vivir. N no sabe lo que quiere. Sólo quiere librarse de la nada que le tocó. Se ahoga. No puede respirar. Su sangre suena como un río profundo, como el amor que no cesa. .Y tiene miedo” (voz del narrador, p.130).El narrador de la novela, es conciente de esta tragedia: al tiempo que describe estados internos del personaje, deja claro cierto nivel de compasión, y nos habla, no tanto de un hombre, sino de sus sobras; de lo poco que queda cuando no ha podido construirse: “Todas las mañanas, al despertar, N se encuentra ante un espectáculo deprimente: las ruinas de su vida” (p. 56).En las siguientes palabras se corrobora la tragedia de experimentarse fenecido en la mitad de la existencia: “Después de todo, queda algo o más, la sombra que no se esfuma, la huella que no se borra, el vacío que sigue a la ilusoria plenitud, la inexistencia en medio de la vida” (voz del narrador, p.136).

Como se ha visto, el tema de la condición alienada es abundante en la novela. Traza una preocupación sobre el proceso mismo de existir. Y esta inquietud o intranquilidad vuelve a notarse cuando el protagonista se recuerda quizás su deber principal, el deber de ser lo que quiere:

"N empieza un diario un primero de enero:

"1.1 Este año trataré de hacer las cosas que tuve la sensación de hacer el pasado y que no hice el antepasado (…)

"15.1 Hacer este año las cosas que no hice el pasado, y que dejé de hacer el antepasado (voz del narrador, p.17).

Pero la postergación que ha hecho de ese mismo mandato en el pasado, sugiere que tampoco lo hará esta vez, ni la siguiente, formando algo así como una suma de aplazamientos.

En el poemario La voz de nadie (2000), aparece un hombre que sufre el mismo problema del quiebre interno: el de la escisión entre lo deseado y “lo sido”: Si pudiera ser como no soy/ y me parara en las esquinas/ a espiar los vaivenes de la luna… si pudiera reír sin esta pena que me da el recuerdo / y fuera más duro que una piedra,/de seguro fuera hueso sin carne y sin médula/ pero llevo tinieblas entre pecho y espalda.(Deseos, p.26) Aquí, la metáfora de la oscuridad se pone en relación con aquella de la sombra para aludir a una situación contrita: por supuesto, la de la condición enajenada. La frase si pudiera ser como no soy es el manifiesto de un lamento, de una lágrima seca en el silencio, de un fracaso que no calla.

Esa dimensión disfórica del “no haber sido” se observa además en otros poemas y es importante mencionar que cuando se carga con esta condición, la vida se experimenta como una desposesión, como una ausencia de algo. Ello podemos observarlo a través de lo siguientes fragmentos: “apenas se vive dos tercios de la vida/ y hay que huir de las nubes, escampar bajo alares y portones”(…)nadie viene a presentarse/ todos pasan de largo desvividos (Monólogo de un solitario, 1986, p.30)”. “Y pita el celador que se desvela para que no nos roben todo, a nosotros que no tenemos nada” (ironías, 1986:61).

Con esto se va llegando a la imagen de un ser encogido, alejándose. Y se comprende que el personaje camine por las calles: “encorvado… lento raspando el suelo”(p.135). También se corrobora lo que ha dicho Poveda (1984:366) cuando alude a uno de los rasgos fundamentales en la estética de Suescún: “su óptica es grave, compleja, busca la interioridad del fracaso, el diluvio de los conflictos psicológicos”.

1.1 Disolución del yo

El estado de brecha que venimos describiendo no sólo queda registrado en la novela bajo las metáforas de la sombra o la tiniebla, sino que es expresada bajo la imagen de la disolvencia del rostro y la desaparición física: “N ya no quiere mirarse en el espejo, cuando lo hace por accidente, retira su cara con espanto, como si fuera la de otra persona, la de alguien que odiara que no pudiera volver a ver” (C.N, voz del narrador p.196).

En una ocasión, el personaje de Los cuadernos de N se acerca a un pozo, y justamente en tal momento, se convierte en el espectador de una situación perturbadora: el agua no le devuelve una imagen nítida de sí: “Y allí en grandes pozos no alcanza a definir su cara” (voz del narrador, p.195). La condición borrosa del rostro es claramente una forma de aludir a un hombre que no puede hallarse porque se ha convertido en un “otro” extraño, que no corresponde con la fisonomía del yo soñado, con eso que le hubiese gustado ser.

El estado de un individuo que no ha concretado lo que desea para sí mismo, y deambula por allí perdido, es sugerida igualmente con la siguiente descripción: “Su escritorio en la oficina estaba vacío. Y tampoco se encontró en la calle. En realidad no estaba en ninguna parte. Había dejado de existir en el mundo de las imágenes” (voz del narrador, p.47). Lo anterior remite a una borradura, una disolución, un extravío. Como dijera Cioran, el personaje carga con una existencia “provista de todo aquello que le falta”, y ello-cabe repetirlo- es un motivo suficiente para sentirse a las afueras de la vida.

Estas imágenes lejos de reivindicar la transgresión o la capacidad de disidencia, amplían la incertidumbre de la alienación misma: no se sabe cuánto tiempo más seguirán los personajes así, quizás siempre. Pero son escenas capaces de suscitar compasión sobre ese otro que languidece, toda vez que se atienda al hecho de que no consiguen lo que quieren en el mundo de lo real. En una entrevista, el autor ha dicho que “quizás una de (sus) obsesiones principales es esa, la compasión, (la) identificación con ese otro que está en peores condiciones que uno…” [8].También lo ha dicho de alguna manera-cabe repetirlo- en uno de sus poemas titulado Búsqueda (V.N, p. 44): “el lamento del hombre sin voz,/la palabra de que no sabe hablar, / la mirada del ciego, es esto lo que busco(…)”

No obstante, a juzgar por lo que vamos a analizar, hay un intento de cuestionar al individuo como responsable de su alienación. Estas dos dimensiones son posibles en tanto en la obra de Suescún pueden advertirse dos asignaciones causalísticas concernientes al problema del alienado: 1) el mundo como responsable o culpable (las instituciones, los otros, las problemáticas sociales) [9], lo cual haría al sujeto un hijo de la tragedia externa; y 2) el yo como culpable, situación que lo convierte en verdugo censurable de sí mismo, aun cuando este eje sea menos tocado por el propio autor, pero se constituya en parte necesaria para explicar la condición alienada. De alguna manera la obra de Suescún deja ver una pugna axiológica que se aloja en el autor, en tanto éste se debate internamente entre la desesperanza o la negación del sujeto transformador, y los residuos de una perspectiva que admite un sujeto agente. En consecuencia, ello conducirá a revisar respectivamente unas Laceraciones del afuera y unas faltas del adentro, en su retroacción dinámica. De manera que la alienación del yo tal como la advertimos en la obra del escritor bogotano, surge de una red causalística compleja que comporta males sociales y “vicios” subjetivos.

 

2. Laceraciones del mundo: alienación y sociedad

Parte de de las razones explicativas de ese hombre enajenado que hemos venido describiendo, se sustentan en la pérdida de unas promesas con relación al desarrollo de proyectos a nivel social, político y económico.

De acuerdo con Canclini (citado por Corredor, 1992) en la modernidad pueden destacarse:

"1) Un proyecto emancipador, en tanto comporta un proceso de secularización, de racionalización de la vida social y de individualismo creciente;

"2) Un proyecto expansivo, por su tendencia a extender el conocimiento y la posesión de la naturaleza, la producción, la circulación y el consumo;

"3) Un proyecto renovador, por el mejoramiento e innovación incesantes de la relación entre la naturaleza y la sociedad secular;

"4) Un proyecto democratizador, por su confianza en la educación, la cultura, el arte y el saber especializado, que una vez difundidos, lograría una evolución racional y moral.

Pero esta modernidad se caracterizará por su ambigüedad, sus contradicciones e incompletudes. Proclamará libertad, y lo cierto es que no respetará todas las libertades; proclamará evolución moral y generará guerras cuya abyección todavía nos conmueve; proclamará bienestar colectivo y los niveles de desigualdad social se exhiben innegables.

En la obra de Suescún estos aspectos aparecen bajo la forma de un drama permanente entre los personajes y el entorno. De un apartamiento del mundo que crece como fuerza hostil. La sociedad se expande como masa informe degradada, que desvirtúa la posibilidad de desarrollo personal, y de un renacimiento axiológico. La disolución de ilusiones que daban sentido a la existencia tales como la creencia en mejores condiciones sociales, generan una bastardía vital: “el estado de no hallarse a sí mismo en el lugar donde se ha nacido, es el encajar mal en el mecanismo social” (Gurmendez, 1989: 119) La realidad se trastoca en absurdo. N llega hasta al punto de expresar un inventario de inutilidades: “En su catalogo de cosas inútiles, N incluyó la sabiduría, las ciencias exactas, el día, la memoria, la salud, etc.”. El yo queda sumido en un hueco. Tal cual lo expresa el personaje: “quisiera salir del hueco en el que me encuentro… salir del hueco en el que no me encuentro” (C.N, p.118).

En este sentido puede hablarse de una serie de Laceraciones de lo social que afectan y van alienando a los sujetos, separándolos de una vida posible: le debilitan la esperanza, suscitan pesimismo, lo petrifican, afectan su voluntad para concretar un proyecto de yo. Tales laceraciones son las siguientes:

—La violencia (canibalismo humano)

—La indiferencia

— La pobreza, desigualdad, corrupción

— Falta de amor, soledad.

—El fomento de la existencia gregaria, conformista. Ligado a lo anterior, el predominio de una visión generalizada de la “vida con sentido” constituida fundamentalmente por la conquista material.

 

2.1 Laceración: la violencia

El tema de los aparatos destructivos constituye un interrogante ante unas sociedades que se presentaban como portadoras del progreso. Es de anotar que uno de los flancos más fustigados en lo que atañe a las catástrofes del exterior corresponde a la violencia. El narrador de la novela Los cuadernos de N, comenta que éste: “nació cuarenta y siete años después de la muerte de Dios, en un siglo violento, incomprensible, aunque quizás no más que todos los anteriores, sólo más rápido. Reinaban el absurdo y las máquinas de fabricación y de destrucción, poderosos artefactos capaces de magníficas explosiones“(p.176). Como vemos, la celeridad de la destrucción constituye una desgarradura en la conciencia y algo que aprieta, para empequeñecernos: precisamente N carga con este andar apagado, con esa gravidez de estar existiendo. Otras imágenes de la guerra son citadas por el personaje y recuerdan nuevamente el daño que el hombre perpetra hacia su semejante, como una bestia desatada: “Se hablaba de la guerra, en Europa, en el Asía. En el periódico salían fotos de barcos que se hundían, de escuadrones aéreos, de ciudades en llamas, pulverizadas por los bombardeos, de flamantes destructores...” (p. 233).

Pero también habrá una fuerte crítica a la civilización entera. La fuerza con que golpea el presente violento, se vuelve motivo para abordar un rechazo a toda la civilización con su “montañas de cadáveres”, tal como apunta el personaje de la novela. La historia de la humanidad es referida como repetición de grandes errores y cegueras:

“N ha oído decir que las cucarachas heredarán el mundo. Pobre, piensa. Sin nuestros desperdicios terminarán por comerse unas a otras, como solíamos hacer nosotros. Después, los sobrevivientes, los más fuertes, podrán formar una civilización triste como la nuestra (p.52)”

El tema de una antropofagia humana está allí. Nos hemos devorado entre nosotros dando muestra de la fuerza destructiva, el egoísmo, el ansia de poder, la falta de compasión. Queda luego una civilización triste que ha desvirtuado el valor de los otros, y que seguirá proponiendo egoísmo, desamor, y los estragos del hedonismo insolidario.

En el cuento “El mal amigo” de su libro Oniromanía (1996) continúa la fustigación. La sentencia se aplica sobre un hombre común bajo el argumento de un castigo general: “Yo mismo le puse las cadenas y lo conduje al calabozo…todo era una venganza urdida por mí, pero no contra él, mi mejor amigo, que nunca me había hecho ningún daño, sino contra todos los hombres. Él era la humanidad. Y yo lo condené a cadena perpetua.”(p.22) Esta humanidad será experimentada desde su inventario de deformidades, desde su crisis moral, desde todo el llanto que ha venido levantando. El hombre que la siente, la declara con un daño irreversible.

2.1.1 Sobre el país de la sangre y del frío

La alusión al fenómeno de la violencia en Colombia es imprescindible para una compresión del sujeto débil, desesperanzado, separado de sí mismo (enajenado). Y no se trata de una violencia simple en singular, sino, más bien, del complejo fenómeno de las violencias: enfrentamiento guerrilla- estado, guerrilla población civil, paramilitares- civiles, guerrilleros- paramilitares, estado - civiles, narcotráfico, delincuencia urbana, etc[10]. Por ello es que puede citarse sin riesgo de ninguna hipérbole el siguiente fragmento de Los cuadernos de N.: “recorramos el país, dice N. Exquisitos cadáveres por todos lados (…)”( voz del narrador, p.81).

La nación se convierte en causa que destruye al protagonista, cielo que cae como martillo. En algunas partes de la obra señalada, el narrador acude a una explicación social para comprender al personaje: “La crisis desde que N recuerda, ha sido el estado crónico del país, la fiebre que lo consume todas las mañanas, la peste del olvido que lo anula todas las noches” (p.150). Este sujeto sufre por una falta de realización existencial que en gran medida depende del absurdo que destila el mal social: “Y llora, conmovido menos por el de su propio destino que por el de tantos otros las incontables víctimas.” (p.134). El personaje languidece con un entorno que desacredita el valor de la vida, y las posibilidades de un mejoramiento se parecen a unas aves alejadas irremisiblemente, cuya condición de figuras sin retorno, despierta desconsuelo.

La violencia del exterior produce la vergüenza de pertenecer a una humanidad que se juzga superior pero que resulta infame: “Mientras iba al colegio de las hermanas, morían miles de niños como el peor de las bestias. Cuando lo supo, tuvo vergüenza de ser hombre”(p.177). Ello es explicable en un país que ha tejido una larga historia de la sangre [11], al tiempo que una triste historia de indiferencia. Como ha dicho Valencia Goerkel (1995: 223), con respecto a Los Cuadernos…, “Suescún hace que mientras más vaporoso parezca N más concreto e inidentificable sea el marco donde transcurren sus acciones y sus ensoñaciones: reconocemos la época, reconocemos el país, nos reconocemos como accidentes en el contexto infeliz donde transcurre el soliloquio de N”.

El estudio sobre homicidios en Colombia realizada por Franco Agudelo (2003) es importante para los propósitos de este ensayo en cuanto dicho período constituye la atmósfera contextual de las obras de Suescún. De acuerdo con Franco, “Justamente en el cuarto de siglo comprendido entre 1975 y el año 2000 los homicidios alcanzan niveles y promedios nunca antes registrados.” [12].

Todo ello hace entender a N cuando dice: que “nada es verdad en la tierra de la muerte”(p.157). “La guerra no termina nunca. Mortíferos juegos de artificio (…) nuestro pan diario” (p.189).

Ligado sustancialmente al tema anterior aparece otro aspecto relevante: el miedo al entorno, el entorno como pesadilla. La sociedad que se observa en la novela de Suescún y en algunos relatos breves habla en varios lugares, del tormento, de la sensación de persecución, del encierro como salvación contra el terror de salir a la calle, y muestra seres debilitados, contraídos por una sociedad brutal y letárgica para el llanto por el otro. Específicamente en Los cuadernos de N hay un caso donde puede presenciarse el terrible sentimiento de turbación causado por la violencia del país:

"Casi llegando a la esquina de su cuadra, había un hombre tirado en el suelo. Pensó que era un borracho o un pordiosero, pero al acercarse se dio cuenta de que no tenía cabeza, y que se cuerpo yacía en medio de un gran charco negro de sangre. Tuvo que dar un rodeo para no mojarse los zapatos, que se empapaban fácilmente(…)contuvo como pudo un grito de terror y, al doblar la esquina echó a correr y siguió corriendo varias cuadras hasta más allá de la estación del metro. (C.N, p.228).

Esta serie de males: desigualdad social, violencia, decaimiento de valores, soledad [13]- ya lo hemos dicho- van dando lugar (en parte) a este sujeto acalambrado, inmóvil, que, partiendo de la crítica a la sociedad presente, obtiene una imagen abrumadora del futuro, como si se tratara de una proyección abyecta, que no es más que una continuidad del presente, de lo que se come todos días:

N entra en un restaurante futurista. Lee la carta:

SOPAS

de sangre inocente

de tuétano de víctima

de riñones de peón

de tripas de desechable

de hígado de indio

de costilla de sicario (p.219)

PLATOS FUERTES

Sesos de tecnócrata

Pechuga de mafioso

Bistec de nuevo rico

Carne de puta a la plancha [14]

Papada de arzobispo

Rabadilla de ejecutivo

Huesos de proleto en salsa de banquero

Otro caso es el de un formulario que sirve de exhibición de la podredumbre axiológica cargada por el país:

N recibe un formulario:

¿ha perdido sus valores morales?

¿Los tuvo alguna vez?

¿Cómo calificaría su grado de descomposición ética?

¿Ha matado por pasión?

¿practica usted la paz?

¿cumple todas las leyes?...

Le preocupa el deterioro espiritual?

¿erradicaría usted la corrupción?

¿cómo? (p93)

Sin dificultad, podemos entender al país como fiebre que consume las noches de N; como derogación de una promesa de sonrisa en la cara; como el regalo de una máscara sin labios, y un montón de vidrios partidos que escriben en la palma de los pies. El espacio nacional perturba y el personaje decide escapar, evadirse:

“Todos los días, en el bus, leía el sangriento tabloide y se decía: tragedias, tragedias, tragedias nada más” Y casi siempre se quedaba dormido y rodeado de gente, con una perronas sentada a su lado, soñaba. Volaba viajaba, estaba en varios sitios a la vez…. Y había aprendido a controlar sus sueños, un libro ilustrado que iba dibujando día tras día, al salir fatigado del trabajo (…)(C.N, p.74).

La realidad colombiana está aquí dibujada como conjunto de problemas que se repiten o como catástrofe que aumenta. La esperanza se disuelve tras la crisis, y queda un horizonte de cosas borradas, como una ofrenda amarga y extensa: “el sabor del país. El amarillo de la prensa, el rojo de la sangre inocente, el azul del cielo. Pero el verde, el color de la esperanza en un país que está cada vez en menos partes.”(p.86)

Tal vez es esto lo que hace decir a N que el pasado es igual al futuro…planteando con ello una identidad funesta en la que todo queda consignado como mismidad: todo será igual de terrible y de incorregible. “N a veces se cree filósofo, y dice que volver al pasado es como marchar hacia el futuro” (C.N, p.115). En cierta ocasión el personaje decide poner un aviso para prestar servicios de adivinación, y allí nuevamente declara la identidad entre los tiempos: “Con el tiempo, N no hizo más predicciones. Nada lo sorprendía. Y eso podía ser demasiado. Que sólo él fuera quién viera el futuro como si ya fuera pasado”(p.46).

Ahora bien, en relación con el fenómeno de la violencia surge el tema de la indiferencia como laceración. De acuerdo con Nicolás Suescún en Colombia “hay una peste del olvido”[15], pero se podría agregar que al lado de ello, una profunda decepción -sufrida por quienes son sensibles al drama real- tras el reconocimiento de la sociedad(es) como espacio pletórico de impasibles. La realidad se constituye en una muestra de la frialdad. El corazón del hombre está hecho menos para el abrazo y el temblor ante el dolor del otro, que para el irrespeto hacia la dignidad humana.

2.2. Laceración: Pobreza, desigualdad, corrupción

Es importante evocar aquel “rasgo fundamental y caracterizador de la modernidad (…) el necesario ligamen y paralelismo entre dos líneas del desarrollo social que en Occidente, hasta años muy recientes, eran consideradas como inseparables: por una parte el progreso científico y tecnológico; por otra, el proyecto histórico-político de la emancipación humana.”(Loyola: 5). [16] Importante para enfrentarlo a La pobreza como contraejemplo.

En una entrevista, Suescún declara que “cuando (…) estaba pequeño, la diferencia de clases era monstruosa. Ahora sigue siendo monstruosa porque los ricos son más ricos y los pobres son muchos más y más pobres, pero hay una clase media que esconde un poco esa abismal diferencia de clases” (Castillo, 2006). También a través de la obra nos aclara su posición crítica con respecto a la desigualdad.

La exposición de estos fenómenos no es sólo descriptiva sino que contiene una carga emotiva de profundo desencanto: “La pobreza, la desigualdad, la injusticia, la repartición inequitativa del amor, el odio, la envidia, la estupidez, sólo el amor bien repartido, pensaba N, ya viejo, y sabio, y más tonto que nunca.” (voz del narrador).

Como hemos venido planteando desde antes, la relación mundo exterior-sujeto es importante-ante todo- para examinar los problemas de este último respecto a su estado enajenado. El predominio, no sólo de la pobreza, sino de lo que es aún peor, el de una miseria creciente, conturba, entumece, acaba: “Por el momento está inmovilizado. No puede moverse (…) está ahí (…) y le duelen los ojos de (…) mirar ese mundo suyo, mezquino” (p. 198) (voz del narrador). Precisamente esto sirve para entender cómo el exterior inmoviliza, afecta las posibilidades de realización personal. El desencanto que produce el sistema social incide sobre la fuerza, sobre el empuje individual necesario para erigirse, en la medida en que desestabiliza fuentes que propician sentido existencial. Ello conduce de alguna manera a la siguiente proposición: Lo que da significado a la existencia no sólo depende de la concreción del proyecto de autorrealización en su forma más individual o personal, sino de la esperanza puesta en transformaciones de carácter colectivo o social (y en la satisfacción de necesidades afectivas, como veremos más adelante). Lo cierto es que en la obra de Suescún, estos aspectos se influyen recíprocamente. En una de sus divagaciones por la ciudad el narrador cuenta que N se convierte en un testigo de la miseria real y advierte un “no- futuro”, una cerradura: “Mientras sigue en su ciudad de tropos, recuerdos y miseria, y va por las calles como quien no viven ella, hasta que encuentra una puerta al futuro clausurada.”(p.). La ventana cerrada es la metáfora del escepticismo. La realidad nacional ha sido concebida como conjunto de problemas sin remedio que manchan al yo, laceraciones que provocan malestar.

El peso de la hipocresía es otro mal que, junto a la constatación de la desigualdad social, afecta indudablemente al personaje:

“Salían de misa, orondas las parejas, detrás de los abuelos, cultos, quitándose el sombrero y haciendo reverencias los señores, las señoras, ufanas, seguidas de sus proles. Eran los dueños del poder y la gloria, recuerda N. Pero tampoco ha olvidado a las proles piojosas malolientes de los pobres que les cedían el paso" (p.203-204).

Por su parte, el tema de la corrupción asociada con la pobreza, la injusticia y la degradación moral están en Los cuadernos de N bajo la forma de una sarcástica historia:

“En ese país el secreto era la moneda. El que más tenía secretos era el más poderoso. Un consejo de gobierno decidía todas las posiciones en la administración, basándose en hojas de vida, que eran listas de secretos fundamentados. De ahí que las hojas fueran en realidad volúmenes enteros, aunque los candidatos tendrían que ser escuetos” (p.204).

En otros libros, se repiten las críticas a un orden social que no logra generar un bienestar colectivo destacable. La desesperanza con respecto a un cambio es tan clara que sólo en el mundo de lo sueños es posible una reconstrucción de las diferencias sociales: “La almas de los ricos / y las almas de los pobres/ de noche se encuentran/ y se abrazan./ Es el mundo de los sueños (…) no el mundo de los hombres” (Para ella, L.V, p.43).

En el poema “Las cosas que he ido escondiendo”, la calle es un museo público donde se expone otra vez el drama de habitar en una sociedad pobre, hipócrita, provista de hombres tristes.

“Vuelven como empujadas por el viento/-este helado silbido paramuno-/ y me llevan de la mano/ de paseo por la calle de siempre,/con la pordiosera, sus trapos y sus perros,/con el niño durmiendo en su caja de whisky (…) con el sacristán masturbándose/ ante la virgen y su lindo niño en brazos,/ con el hombre esperando la muerte en una esquina,/ con el hombre esperando la vida en un camastro,/ con todos los vivos y todos los difuntos,/ y más frío que el que tendré en mi tumba!”(p.62).

Se trata de negaciones, rechazos a un país descompuesto. Estas consideraciones conducen a la reiteración de la siguiente idea: En la obra de Suescún queda desnuda tanto la presencia de una patria huérfana como la innegable experiencia de la vacuidad. [17]

Personajes como la mamá del protagonista de “El retorno a casa”, constituyen un ejemplo de sujeto sumiso e introvertido que, sin embargo, un día decide estallar y revelar la sociedad que la circunda. Y allí está nuevamente la mácula, el país caído:

"Todo silencio anterior, su sumisión, habían desembocado en una furia tremenda contra todo. El gobierno era una asociación para delinquir impunemente; la iglesia un antro de ladrones hipócritas; la gente toda la gente, peor que animales, una inmensa piara de cerdos que se metía por todas partes y no pensaba sino en comer y dormir y acostarse con la primera hembra o el primer macho que se les cruzara en el camino (…) (p.135).

Aún cuando el autor parece referirse al país más que a las sociedades en general, se viene sugiriendo una suerte de fracaso de la idea de mejoramiento humano que prometía la modernidad. En la obra de Suescún aparece el debilitamiento de los mitos modernos, eso que Lyotard ha llamado la decadencia de los grandes relatos [18]: “podemos observar una especie de decadencia o declinación en la confianza que los occidentales de los últimos siglos experimentaban hacia el principio del progreso general de la humanidad [19]. Y ello es entendible después de las dos guerras mundiales, sobre todo después de Auschwitz, del fascismo, de las masacres de Stalin, de la caída del muro de Berlín, pero también del hambre, la violencia, la frivolidad materialista que persiste hasta nuestros días.

Bajo estas consideraciones es fácil comprender dos fragmentos de la novela. En el primero de ellos aparece la voz de un personaje que no puede identificarse fácilmente, pero que podría ser el mismo N: “El traidor: Yo tuve valores. Hasta llegué a defenderlos. Ahora sé que no los hay. No se puede creer en nada, ni en nadie.” (C. N, p.46).

El otro, corresponde a un segmento donde el protagonista de la obra señalada revela su incredulidad respecto de la justicia, y nos deja una suerte de golpe oscilante: “N llora a veces cuando piensa en lo pobre que es. Lo llena entonces de una inconfundible sed de justicia. Y se ríe porque no cree en ella.” (voz del narrador, p.205).

2.3. Laceración: falta de amor y soledad

Muy a pesar de la carencia amorosa que hay en los personajes de Suescún, puede decirse que su lumbre está allí como una nostalgia o necesidad que levanta imágenes dulces, hasta el punto de llegar a suscitar una mirada existencial más esperanzada. Al decir del narrador de la novela “las lenguas son muy diferentes, pero están hechas para decir las mismas cosas, que el amor vence a la muerte, porque la muerte no tiene la palabra. Su reino es el silencio.”(C.N, p. 237). Mientras tanto, al referirse a N apunta que: Era dos o era varios, pero todos querían la misma cosa .Todos deseaban la consumación en el fuego del amor”(C.N, p.239). Sin embargo, lo que predomina en la obra del autor bogotano es la imagen de seres solitarios. La falta de amor afectará el ánimo de los personajes, los dejará tristes, sin deseos de seguir [20].

En cierta ocasión, el protagonista va caminando por la calle esperando encontrar a una persona para entablar comunicación y se encuentra un feto arrojado en un desagüe. De manera que se sale a buscar amistad o calidez humana, pero la calle ofrece la muerte como un regalo que sacude:

"Camina una noche por las calles desiertas. Es absurdo, espera encontrar a alguien con quien cruzar unas palabras, entablar un diálogo. Espera que se abar una ventana, que una puerta esté abierta, que una sombra se materialice al cruzar una esquina. De pronto: un feto, mal envuelto en unos trapos sucios, tirado en un desagüe (C.N, p.187).

El individualismo encerrado de las grandes ciudades es notorio. Cada uno es un extraño ante los otros. Parte de la causa de ello tiene que ver con el fenómeno de la violencia; parte con la rapidez con que se habita entre las urbes. La posibilidad del amor como redención en el mundo contemporáneo… como posibilidad que coadyuve a la aparición del sentido vital se aleja. En cierta medida, la vida propia adquiere valor y fuerza cuando hay otro que la aprecia. Y en consecuencia, toda vez que el amor hace falta las posibilidades de cansancio, de renuncia, son más próximas, más amenazantes.

El poema llamado “Una mujer que quiere ver a sus hermanos” nos habla de esa necesidad del amor en medio de “las muertes diarias” de la existencia: la rutina laboral, la soledad misma, la pobreza:

Piensas que si los llamas /vendrán a consolarte los hermanos, /los muertos y los que deben de estar en el ejército/ o bien establecidos en ciudades extrañas,/que vendrán a decirte que no estás sola (…) y publicas tu soledades /pregonas tu pena en las esquinas… pero nadie viene,/ nadie viene a acariciar tu cara, nadie viene a hablarte de cuando sonreías/ Y envejeces de pensar que te ignoran,/lavando inodoros y orinales/ para extraños que llenan de miedo tu miseria,/que encuentran repelente la curva de tu espalda/ al pasar a tu lado… y se tapan con asco las narices.(V.N, p.16).

Es importante detenerse sobre la idea de un envejecimiento interno cuando no hay afecto: “envejeces de pensar que te ignoran”. Ante la ausencia de amor la mujer pierde las fuerzas para soportar otras tristezas, queda sin estímulos para continuar. Este poema, además de apelar a una situación subjetiva individual remite a unas realidades sociales desgarradoras que tienen que ver con la condición laboral degradante de tantos seres humanos. De modo que Soledad y desigualdad se imbrican en tal ejemplo para denunciar doblemente al mundo.

En el cuento “El especialista en soledad” encontramos la mini-ficción de un hombre dedicado a investigar la incomunicación en la historia de los hombres, y allí, nuevamente figura el hombre desértico que habita en las sociedades postmodernas [21].

“la soledad del hombre postmoderno, la soledad en los primeros tiempos de la humanidad, La soledad en la Edad Media, La soledad en el futuro, eran algunos de sus libros. “Su tema era ese: cómo reaccionaban y reaccionan los hombres solos, quiénes son estos…pero en el otro de sus libros el del futuro, el más importante tal vez, comprueba el aumento constante y geométrico de la soledad y concluye que en el próximo siglo nadie la soportará o podrá huir de ella. …Y no podrá eludirla sino inmolándose en masa, hordas contra hordas que se despedazan, hordas que se suicidan.(O.N,p.91)”.

La cita alude a la importancia del afecto del otro para la supervivencia. Como lo ha dicho el psicólogo Víctor Frankl (1989:72) el amor es una importante fuente de sentido:

Hay por decirlo así, tres pistas principales para encontrar sentido: primero realizando una acción o creando una obra, segundo contactando con algo, sea naturaleza o arte; con algo o con alguien; y tomar contacto con alguien hasta el fondo de su ser único y singular significa amarle. En otros términos: el sentido se puede encontrar tanto por la vía regia activa como por la vía regia contemplativa. Y finalmente, se decide que no sólo podemos encontrar sentido, por decirlo así, en el trabajo y en el amor, sino también cuando somos víctimas impotentes de una situación desesperada, una situación que no podemos cambiar, en la que sólo podemos modificar nuestra propia actitud, cambiándonos a nosotros mismos.

2.4. Laceración: consumo, gregarismo

El frenesí consumista como parte del presente construye un escenario que afecta al individuo: el peso de esos otros obsesionados con el consumo. En relación con el último aspecto hay un cuestionamiento ante el efecto de los medios masivos de comunicación al servicio del capitalismo. Ciertamente en la novela Los cuadernos de N, se advierte un pasaje donde la televisión recibe varias laceraciones críticas: “un pedazo de cielo sucio entre ventanas de vidrios opacos o cortinas corridas, barreras que la gente coloca entre ellos y la naturaleza, para sentirse como reyes entre sus cuatro paredes, ante la pantalla fosforescente que escupe en sus caras el inodoro vómito del capitalismo”(p.161). Y la esperanza de ser, o construirse, se torna un absurdo entre tanta decadencia.

En otro fragmento de la novela, queda expuesta la exaltación de lo fabricado y se sugiere un tipo de hombre desinteresado por la naturaleza: “Sobre el más verde los campos, el menos humano de los hombres canta el gozo de vivir en el plástico, el horror de la hierba genuina (…) y la gloria sin fin de la flores hechizas…” (p.196). Ello permite rastrear una idea de lo humano decadente que estaría asociado a determinados antivalores: Por un lado la pasividad, encarnada en aquellos que se dejan manipular fácilmente por los medios de comunicación y apologizan las mercancías; por otro lado, la falta de conmoción, constituida por un acervo de individuos insensibles respecto al efecto que tienen las transformaciones modernizantes sobre el medio ambiente. Esto no deja de estar conectado con un tipo de felicidad que el personaje reconoce en las sociedades actuales: una felicidad banal, concentrada en la adquisición material, muy individualista, indiferente. Frente a esta vía el protagonista escoge el andar del homo insapiens: “el homo insapiens: no se contentaba con una pacata parodia de felicidad: la moneda falsa que le ofrecían todos los días.”(p.239). No es novedad comentar que con el tiempo, se ha ido fortaleciendo un ethos burgués que se rige por la trinidad: dinero, consumo y status:

"(…)se caracteriza por ser un estilo de vida , de disponer de mayor cantidad de bienes, de lograr más consumo, status, confort, bienestar, tranquilidad personal y social , orden , seguridad, instalación, conformismo y ser propietario de … (cuanto mas, mejor…). Estos valores burgueses, que son la norma de conducta del burgués del siglo XX, están internalizadas en el modo de ser el hombre contemporáneo” (Ander Egg,1998, p.51).

Precisamente este ethos producirá una asfixia junto a los otros aspectos aludidos, erigiendo una suerte de aire que agrieta la piel. Se suponía un sujeto solidario, mayores niveles de bienestar. Sin embargo, el porvenir yace brillando por su ausencia. Mucho ruido afuera, mucha agresión y encogimiento por quien lo recibe. La vida del hombre alienado se parece a una ventana a un lado que aporta una visión hacia la ausencia. La sociedad vista en su generalidad, con estas laceraciones, cose una parte de esa ventana. Pero cada personaje también lo hace con los márgenes de acción y responsabilidad a los que no atiende. Es así como conviene pasar a las desidias del sujeto.

 

3. Sobre las faltas del sujeto: la columna axiológica

Como hemos adelantado, el trabajo de Suescún se halla atravesado (entre otros tantos) de los siguientes valores: la autorrealización individual singularizante, el cuestionamiento crítico y la sensibilidad social. Una exploración de las fuentes de estas cualidades, es decir, una historia de la subjetividad implicaría un largo trabajo [22], pero es posible repetir, de manera muy general, y conforme a un consenso notorio, que al interior de la edad moderna se desarrollará un reconocimiento especial del hombre como centro de la realidad. Primero con el Renacimiento [23] y más adelante tras el movimiento de la Ilustración (en sus versiones inglesa, francesa, alemana) con figuras como Rosseauu, y su libertad autodeterminada, (Taylor, 1994) Diderot y D`Alambert con su enciclopedia, o Kant y su sapere aude, se irá abonando terreno para la idea del hombre como ser racional, con capacidad de cuestionamiento y transformación sobre lo real… responsable de sí y de los otros. El Romanticismo también escribirá sobre la historia un ideario del humano que defiende su individualidad pero ante todo visto desde su dimensión afectiva emocional, de su desbordamiento apasionado; este movimiento liderará una exaltación a la búsqueda de la libertad en y más allá del amor, y en algunos momentos, propugnará por una defensa de los lazos comunitarios (1994). Siguiendo con esta exploración, es preciso decir que a nivel filosófico- político el papel de sujetos como Marx, o Engels… y más adelante pensadores como Nietzsche y los existencialistas será igualmente clave para forjar la imagen del hombre auto-determinable, provisto de libertad para elegir y trastocar, agente.

Precisamente en la obra del escritor bogotano advertimos la presencia de un ethos moribundo, residual, si se quiere,- pero presente de todos modos-, que por un lado, permite (y propulsa) una acusación a la figura del alienado; y por el otro, explica su remordimiento de serlo. De hecho, hay una relación entre tales restos éticos y la irresponsabilidad otorgable al sujeto: este deviene censurable en tanto se considera que debe o puede hospedar unos valores y/o capacidades. Recapitulando un poco, se tiene que la exploración del ethos residual resulta pertinente por varios motivos 1)permite la revisión del sujeto alienado; se constituye en trasfondo axiológico a partir del cual se constata la decadencia , es decir, como marco de referencia para mostrar de qué se va alejando tal sujeto; 2) permite rastrear límites axiológicos en la estética de Suescún, al tiempo que 3) desde la orilla de estos valores, quedan explicados los pequeños envites hechos por el narrador de la novela hacia una vida distinta, aunque esto no trascienda el campo del envite mismo.

Esas fuentes morales que por lo demás, evidencian al escritor como sujeto cultural atravesado por saberes y vivencias, se concretan en la obra partir de la alusión a ciertas formas de actuar o pensar que se conciben como valiosas, y a partir de objeciones que implican la creencia en un modo correcto de hacer las cosas. Dichos restos se encarnan, fundamentalmente en la voz del narrador de Los Cuadernos de N. Usaremos no sólo los cuestionamientos a ciertas actitudes por parte del narrador, sino también aquellas frases de la novela y otras obras, que aunque dichas por compasión, permiten identificar abulia en los personajes suescunianos. A estos errores, a estos descuidos, desidias subjetivas, los llamaremos faltas del sujeto [24].

3.1 Intrascendiendo la esclerosis: o del hombre que no actúa

No todas las explicaciones de la alienación apuntan a la realidad social y sus laceraciones. La condición enajenada, entendida como proceso, ha surgido debido a unas fallas del individuo toda vez que ha dejado de actuar, ya sea dejando de enfrentar el dolor, ya sea acostumbrándose a evadirse, o evitando rebelarse ante una masa de la que hace parte.

Partimos de la proposición de que hay unos márgenes de libertad, unos márgenes de acción en los personajes que les permiten intervenir en el desarrollo de su vida y entorno. Esta capacidad de intervención ha sido reconocida (atribuida) y sugerida en ciertos lugares de la obra suescuniana. En este orden, algunas de las opiniones del narrador de Los cuadernos de N [25] califican al protagonista como un ser capaz de acción que sin embargo no actúa. Comenzaremos aludiendo a una suerte de crítica u objeción que le hace a N a raíz de su cobardía .Esto ocurre cuando el personaje asiste a su propio funeral, escenificando un desdoblamiento, es decir, advirtiendo su propio entierro. Justo en esta escena se despliega el siguiente comentario: “Sobrada razón, cree tener N, para abrir la boca…y levantar la voz…. guarda silencio. Prefiere que velen su cadáver antes de que llegue la hora de su muerte. Pero sabiendo que ignoraba todo de la vida descubre que nos es un sabio, como pensó alguna vez .Apenas un cobarde” (p.87).

Con el desconcierto ante la cobardía del personaje, el narrador realiza otro movimiento implícito: afirma la posibilidad de la escogencia, es decir, confiere cabida a la elección moral. El mismo N es conciente de que en los seres humanos existe la posibilidad de tomar o eludir responsabilidades: “A N le habían dicho que el hombre se define por sus responsabilidades. Él pensaba que también se podía hacer por el ingenioso arte de eludirlas.” (p.130).

Hay otras opiniones del relator que pueden guiarnos en el sentido de lo que considera adecuado y está inscrito nuevamente en el decidirse, separarse de la dejadez y empezar a esculpir la volición. De manera que el poder de cambiar las situaciones que se le presentan está disponible en el personaje mismo: “N tenía vergüenza pero no podía quedarse atrás, tenía que avanzar, vivir, viajar, amar, hacer (…)” (p.238).

En este sentido, la voluntad como fuerza capaz de modificar el estado personal se reviste de un valor tan grande que puede usarse como criterio definitorio del hombre: “N le dice a su hijo recién nacido… no puedo ni siquiera ambicionar hacerte un hombre… ¿Podría yo llamarme hombre? voluntad no tengo…”(p.112), y en otro ocasión cuando el narrador se refiere a N lo señala de este modo: “No es hombre y tal vez ya sea demasiado tarde. ¿O se puede salvar? ¿Podría llegar a caminar en dos patas, con la cabeza erguida?” (p.124). El andar encorvado, o arrastrado viene a sugerir una imagen del humano saliéndose de lo humano. Una deshumanización. De esta forma, la obra no sólo nos revela una falta personal, sino una columna axiológica desde la cual se define al hombre a partir de determinadas cualidades.

En una cita del poeta polaco Angelus Silesius que aparece casi como un epígrafe suelto en la novela, se sugiere (otra vez ) la idea del personaje como causante de su condición: “el mundo no te encierra, tú mismo eres el mundo que adentro de ti te tiene amurallado” (p.140). La asignación de culpabibilidad ya no se orienta al entorno. El mismo individuo se confina, se pierde.

Otra interesante sugerencia ocurre cuando se habla de N como aquel que no ha llegado a la edad de la razón, pues en esta medida el narrador atribuye (de cierta manera) la raíz del fracaso personal a “un algo” que le ha faltado hacer al propio protagonista; ciertamente algo que está o reside en él como potencialidad: “Tiene la edad que tiene. Aún no llega a la edad de la razón.”(p.35).

En el tema de las faltas cometidas por los personajes, de sus errores alienantes, encontramos la presencia del miedo como factor inhibidor. El siguiente fragmento resulta expositivo a la hora de señalar una oscilación de las emociones en el propio N: se halla entre el abrazo a la vida o la renuncia: “quería vivir tenía confianza en la vida, a pesar del miedo que lo paralizaba” pero inmediatamente sigue esto: “La muerte lo acechaba. Y entonces ya no quería persistir… y soñaba con la muerte.” (voz del narrador, p.234). Realmente el hombre que habita allí está debilitado, enfermo. Sin embargo, como se ha dicho antes, no está completamente excusado: se le ha concedido un espacio de responsabilidad. El narrador, nuevamente, revela una indicación que tiene como trasfondo el vencimiento del miedo, y así, reivindica a la voluntad transformadora, al sujeto actuante: “La vida no es sueño para el que vive aún y proclama que es más que la muerte, que desafía la vida a cada recodo del camino (…)” (p.142).

En el poemario La vida es (1986) se advierte un poema que resulta explícito respecto a la falta de voluntad de un hombre que no logra llevar una vida consecuente con lo que piensa:

"Yo sirvo mi condena , vivo solo conmigo/Y si salgo de vez en cuando me da lo mismo,/No me he consagrado largamente a nada/-en un día gris el pájaro sobrevuela el lago/Sin dejar sombra de su alado paso sobre el agua- /Y me acosan antiguos males, /Sedentario siempre de viaje /ya pasé la segunda mitad de mi vida/-la que vino primero-/Sin aplicar en la práctica una sola de mis ideas,/Habitualmente introspectivo y lacrimoso /No puedo revelarle lo que pienso hacer/Ni lo voy a invitar a visitarme.(carta a un desconocido, p.72)

La voz que se expresa en el poema señala esta condición como un proceso fraguado desde un pasado lejano: “pasé la segunda mitad de mi vida/-la que vino primero-/Sin aplicar en la práctica una sola de mis ideas”, y a la vez evidencia la ausencia de praxis agencial para salir de tal condición.

Por otra parte, en el libro Oniromanía(1996) un personaje que habla en primera persona defiende la necesidad de moverse, de salir, de hacer … y considera que todo ello está otra vez en manos del individuo mismo:

"“Es preciso explorar. Uno no se puede quedar así, con los brazos cruzados. Hay quienes piensan que cruzar los brazos o pararse en la cabeza son las mejores formas de sobrevivir en este desierto moral .Pero son personas que se han quedado atrás, que carecen de imaginación (…)” (El protoexplorador, p 42-43).

Sin embargo, luego de este aparente brío vital, se expone lo siguiente: “Es por esto que explorar es más peligroso de lo que parece. Es por esto que no he salido a explorar todavía.” Es por esto que debo salir a explorar". Con ello queda el sinsabor de un espíritu miedoso, vacilante, repetido en la obra de Suescún.

Esto nos lleva a otro problema significativo: el de la dificultad para tomar una decisión con firmeza o seguridad: “Si dilema era querer y no hacer .Y cuando hacía algo, deseaba no hacerlo.” (voz del narrador, p.152)

La tendencia a no hacer, a querer y no actuar, estará señalada en la obra del autor bogotano con insistencia. Es de anotar, en relación con lo anterior, que una de las imágenes más recurrentes en la propuesta del escritor corresponde a la presencia de personajes escleróticos, inmóviles, abandonando con cada porción de su desidia la posibilidad de construirse. Y es este uno de los detalles que más complejiza el análisis: puesto que, como hemos venido repitiendo, en la obra que se ha seleccionado de Suescún, hay tanto censura al hombre como censura al medio; es decir, a un exterior que disloca a dicho hombre (sin que ello signifique que éste último sea exonerado totalmente de su responsabilidad).

3.1.1 Inmovilidades

A pesar de la parálisis que genera la sociedad, y que veíamos en la parte de las laceraciones, hay una inmovilidad que puede asignársele al sujeto en tanto en tanto ser que abdica de su agencia. Veamos los siguientes fragmentos de Los Cuadernos de N:

a) “Su filosofía era el inmovilismo. Un rebelde sin causa, pero también un maestro de la no acción.” (voz del narrador, p.154).

b) “No quiero seguir así, se dice N, se lamenta y desesperanza, se empoltrona y adormece, sin querer seguir así. Pasa mayo, viene junio, luego julio. Largo cuento, largas cuentas, la misma suma de siempre, uno igual a cero, cero igual a uno”

( voz del narrador, p.193).

Este otro ejemplo vuelve sobre el tema de la inmovilidad aún cuando se señalan posibilidades de acción encaminadas a salidas desalienantes. Todo lo contrario ocurre: La elección consiste en quedarse así, congelado. El personaje prefiere que otros actúen por él, renuncia a su propia responsabilidad para cambiar la situación: “en el límite del territorio, N encontró una salida. Pero no se atrevió a salir. Sólo se dijo: “Pude haber salido. Tal vez salgan otros, muchos casi todos, todos. Pero yo prefiero quedarme aquí. De cualquier manera, ellos tendrán que volver. No pueden dejarme solo.”(p.95).

El caso del poema “La joven vieja” ubicado en el poemario La Vida es, resulta explícito y complementario. La inmovilidad, o la dificultad de moverse… la debilidad, están conectadas con la muerte. La sangre en las muñecas nos lleva pensar en un fallecimiento que se va destilando lentamente, con el tiempo, tras la voluntad contraída, tras esa tendencia a la quietud. Se trata de una vida que se ha ido apagando, sin que la mujer lo note:

Una bella mujer sentada/ en medio de la pieza./ No se ha movido en años./El polvo oculta los pomos y las cremas,/las ropas deshechas en el suelo,/ zapatos, peinillas, porcelanas,/ el reloj en las trece, la mesa de noche, las fotos amarillas/ las cartas en el cajón abierto./Todo esto refleja el espejo,/y a ella, su piel fresca como recién bañada . Los ojos no se miran / ni ven las manos entre las piernas… Ni oye la dulcísima canción/ la joven vieja,/ y las cosas acabándose,/como velos finísimos cayendo/ uno después de otro,/ y , menso aun, la sangre en las muñecas.(p.23).

El poema del hombre ensimismado representa un “paralizado” más: “En general prefería permanecer en la misma posición y no dejar de pensar sin decir lo que estaba pensando” (L.V, p.66). Nuevamente se otorga al sujeto la posibilidad de una preferencia para elegir y desde allí se le puede increpar su negación a reconstruirse.

El cuento “El rey de la selva” ubicado en su libro Oniromanía, también deja ver la problemática del quietismo degradante: Devela la misma cobardía señalada antes, a un hombre construyendo su propia celda:

Recorre a trancos su pieza. No puede quedarse sentado ni un minuto. No puede leer. NO oye la radio. No ve televisión. Está a punto de decidirse. Quiere cambiar, radicalmente. Dedicarse a otra cosa. Y, en lo posible, ganar lo suficiente para no repetir esta escena que lo rebaja a diario (…) Está sólo, como un león enjaulado sin compañera. Una sombra de melancolía nubla sus ojos. No conoce la selva porque nació en el zoológico, pero se la imagina, basándose en sus sueños. Las altísimas copas de los árboles apenas dejan penetrar un poco rayos de luz entre sus hojas y las orquídeas y las lianas. Pero en los claros el sol cae en todo su esplendor y él puede echarse y jugar con una bella leona. La misma, la única que aparece en sus sueños.

No podía seguir así. Estaba sudando. Todo lo que pensaba era absurdo. Quería salir a la calle. No estaba atrapado de verdad. Sólo tenía que abrir la puerta y empezar a caminar sin rumbo. Su angustia lo empujaría. Caminaría rápidamente, casi corriendo…Pero no. estaba lloviendo duro [26]. Aunque a mal tiempo, buena cara: recordó a sus padres con sus dichos y proverbios. Pero no podía salir era un prisionero” (p.19-20)

Es importante señalar, a nuestro parecer, dos aspectos de la pequeña ficción citada: La vacilación entre la voluntad de libertad y el temor de salirse de una condición de encierro. Digamos que existe, junto al aprisionamiento, la mano que puede encontrar la salida. Sin embargo, la comodidad que proporciona el estado del cautiverio constituye una cortapisa suficiente que disuade las posibilidades de una ruptura. El personaje sabe que puede salir y se vale de la excusa de la lluvia por miedo. Y preguntaremos junto a Fromm:

"¿Hay algo más evidente…. que el hecho de que los individuos arriesgan sus vidas, renuncian al amor, renuncian a la libertad, sacrifican sus ideas, para sentirse uno más del rebaño e identificado con él, con lo que adquieren un sentimiento de identidad, aunque sea una identidad ilusoria? Al parecer el individuo se siente más identificado precisamente allí donde renuncia a sí mismo (Fromm citado por Hopenhayn, 1983: 152)

3. 2 Al interior del rebaño

Se ha visto que el individuo miedoso suescuniano tiene posibilidades de intervenir, pero en él se aloja la inseguridad… y en últimas, prefiere quedarse donde está, tan dispuesto a un estatismo que lo calma y lo degrada. Esto lo convierte en un sujeto cómodo, en parte de una masa. Bajo este orden de ideas, quizás el cuento titulado “El observado” comporte uno de los mejores ejemplos sobre la vida que se sustenta en la sumisión:

Siempre alguien lo está observando. Alguien más fuerte que él, y ante quien está inerme, pues no puede verlo. Sabe, sin embargo, que espía cada uno de sus actos y que se burla de él. También que, si lo desea, puede destruirlo en un instante. [27]

Este hecho indiscutible-así como inconfesable- lo paraliza, lo destroza poco a poco. Persiste en sus cosas a ciegas, maquinal y mudo. Trata de no ver y de no hablar, por miedo a irritarlo, o irritarlos, porque a veces piensa que no es una sino varias o muchas personas las que lo observan, un público invisible que lo sigue a todas partes, a toda hora (...)Así observado sin misericordia, se siente, confusamente , más cómodo. Es un gran comediante… su cuerpo es un disfraz, sus actos los movimientos obligados de una marioneta que alguien, escondido, manipula con infinita habilidad. Escapa de tal manera a sus espías y se siente de verdad sola, no observada, pero apenas unos instantes, porque el público insiste en que prosiga su actuación, y no puede defraudarlo. (O.M, p.36-37)

El fragmento también (sabe) que, si lo desea, puede destruirlo en un instante revela la conciencia de la libertad y agudiza la objeción planteada ante el hombre del rebaño: el ser unido a la corriente. Otro cuento titulado “Hombre masa” nos muestra un ejemplo de acatamiento y búsqueda de reconocimiento de los demás:

" En la masa encontraba el verdadero, el único sentido de su vida. Era él y era todos. En ella, como un guijarro arrastrado por un río, se unía la corriente de la historia (…)

Por eso odiaba los sitios desiertos, las calles nocturnas y los parques a las cinco de la mañana. Allí o sólo en su casa era un cero a la izquierda.

"En el imprescindible zigzag de la gente, él añadía sus propias puntadas al espeso tejido de la vida. La gran telaraña de la ciudad.

"En ella todos eran insectos atrapados y felices. (p.38-39)

Hay una frase de Nietzsche que puede servir para pensar el tema de la comodidad que se consigue en la aglomeración pasiva, esclava: “es un alivio incluirse a sí entre los demás, tratar de sentir como ellos sienten, adoptar un sentimiento en boga: es algo positivo si lo comparamos con la actividad mantenida y constantemente practicada por el derecho individual a formular juicios de valor (esto último no da tregua)” [28].

Ser como los otros garantiza varias cosas, entre ellas, tranquilidad y aceptación. Los personajes que hemos señalados han escogido este camino. Aún cuando podrían haber realizado elecciones en torno al desarrollo de la vida deseada, resultan inactivos. Un caso muy expresivo de falta de autonomía se revela en el cuento “Idilio a dos voces”. La historia inicia con el encuentro de un hombre y una mujer mirando la vitrina de una agencia de turismo: ambos con ganas de escapar a la rutina y el abandono de sus existencias. Probablemente, una muestra de distintos fragmentos del texto puede servir para volver a pensar cómo el miedo, la cobardía o en general la falta de una voluntad que afirme la “vida esperada o soñada”…no hacen otra cosa que propiciar la alienación. La existencia de los dos personajes expone una esclerosis que se ha ido forjando silenciosamente frente al control familiar:

"(…) en mi casa no hacían sino explotarme, nadie me consolaba, desde que murió mamá me sacaban el jugo, me hacían trabajar como esclava, no podía ahorrar ni para irme en un viaje como ése que era tan barato(…)(voz de la mujer) [29].

"Yo pensaba que mi vida se había acabado (…) (voz del hombre).

"Yo no he tenido nada de contacto con los hombres, mi papá y mis hermanos me controlan mucho (voz de la mujer, p.98).

"Mi madre tuvo que sacrificarse mucho ayudarme a terminar. He vivido con ella, en pago de esto toda mi vida… siempre me ha tenido bajo su dominio (…) ( voz del hombre, p.96).

Desde el ethos que se logra ver en la obra de Suescún, el yo debería defender su proyecto de vida sin necesidad de contentar a los otros. El valor radicaría pues, en la construcción de un “estar existiendo” provisto de reflexión aguda y cargado de actuaciones que pudieran abolir -o ir aboliendo- el sopor de la masa. Pero la resistencia frente al rebaño social es un amago demasiado débil, como para ser creído definitivamente. Se evidencia un miedo terrible a la responsabilidad que entraña la individualidad autónoma, y los personajes luego se quejan de una condena que en parte han ayudado a urdir por sí mismos.

3.3. La costumbre de la huida

El escape es una reacción, una respuesta, como también se convierte en una tendencia frente a la cual no se establece control o crítica. Se torna placentera y cómoda. Los personajes se dejan ir. La evasión ha devenido una costumbre que aleja de la posibilidad de ser de otra manera. Dicha inclinación a huir está registrada de múltiples maneras en la obra de Suescún y es parte explicativa del hombre que no se ha realizado (aunque también pueda ser consecuencia de saberse fracasado). Precisamente, en la novela, la concepción de un individuo degradado está asociada con la falta de voluntad, con el escape de la vida: “El hombre degradado, cada vez menos capaz de sobrevivir en la naturaleza, sin el tejido protector de la sociedad. Pero cada vez desconfía más de los hombres que la componen. No los respeta, como no se respeta a sí mismo. Y vive así en su propia caverna, hecha con sueños inconfensables” (C.N p. 72).

A nuestro parecer otra crítica directa a la inclinación evasiva de los personajes, se da cuando N es asociado al pájaro bobo:

"“Con el animal que más se identificaba N era el pájaro bobo. En un cromo de historia decía: también llamado pingüino antártico. Se cuenta entre las aves que no pueden volar; sus antepasados de hace cien millones de años ya se zambullían en el agua y nadaban a gran velocidad. En tierra tiene que andar erguido. N nadaba en el océano de sus sueños (…)” (p.207).

Las anteriores consideraciones permiten advertir la diferencia entre las formas de comportamiento de personajes suescunianos y la existencia creativa- auténtica que propone Fromm (2007). Al mismo tiempo sugieren una relación entre la inautenticidad y las disposiciones subjetivas alienantes (las faltas del sujeto).

De acuerdo con el psicólogo:

1) En primer lugar se requiere de cierta capacidad de asombro

2) en segunda instancia, concentración.

3) la experiencia de saberse artífice de los propios actos, sentimiento. Este es el significado de ser original. No se trata de descubrir algo nuevo, sino de experimentar de tal modo que la experiencia se origina en mí.

4) La capacidad de aceptar el conflicto y la tensión que surgen de la polaridad, en lugar de eludirlos.

5) Y por último, existe otro modo de expresar la condición de ser auténtico (…) la voluntad de nacer todos los días. Lo más común es morir sin haber nacido plenamente. La creatividad significa nacer antes de morir. [30]

Pueden señalarse como faltas del sujeto: la ausencia de unas estrategias para sobreponerse a situaciones de fracaso, sin necesidad de buscar vías escapatorias. También es cierto que el tipo de individuo que se superpone a la derrota ya no desde el refugio sino desde una afirmación de la vida como espacio para la realización propia; aquel que busca nacer a cada instante, como diría Fromm, se encuentra ausente en la obra de Suescún. Sólo queda el ethos allí pronunciándose tenuemente. Queda un resquicio donde se asoma una voz moral debilitada, y que a ratos, reprende las actitudes de los personajes, pero, ciertamente, una voz cuyos valores no se imponen. En definitiva, vence la alienación. Es necesario decir que la obra de Suescún a pesar de cuestionar al mundo y al sujeto, se concentra en lo primero. A pesar de presentar residuos éticos y un breviario de desencanto, enfatiza sobre el último. Predomina una “ventana al futuro clausurada”, y una soledad muda, el humano convertido en una piedra. Como vemos, los restos de una ética están allí, pequeños, escribiéndose en el gran papel de la desesperanza, pero por ello mismo, funcionando como epígrafes borrosos, pusilánimes. Se trata de un fulgor tenue, a punto de declinar. Las últimas briznas. La mano abierta apagándose para no agarrar más alas. Se está más cerca de la resignación, que de la afirmación vehemente. Una voz extenuada, casi en la que ni se cree, parecida a la actitud de quien juzga a otro de culpable por una serie de errores, pero en el fondo lo justifica. Queda esa brizna moral, pero precisamente en condición de brizna. Y al lado, o mejor, encima, queda un mundo desfigurado que atomiza los ímpetus.

3.4 Miedo, y unas sombras kafkianas: intertextualidad

De entrada, el nombre del personaje de la novela N no hace otra cosa que revelarnos a dos criaturas de Kafka: K, el personaje de El castillo, o Joseph K, el de El proceso. Pero lo que interesa aquí es resaltar unas influencias en cuanto a la presencia de personajes abúlicos, entregados a la voluntad de otros.

La vida como renuncia, como aceptación del “ser para el rebaño” son temas claramente expuestos en la obra de Kafka. “Hay una tensión entre tipificación e individuación”. (Hopenhayn:37). Está el anhelo subterráneo, débil, incipiente, de la libertad, pero es mayor el de la nada: “el hombre kafkiano (…) nos transmite siempre la incómoda sensación (…) de que termina convirtiéndose en una nada prescindible (Constante, 2006).

En Kafka, el cuento de “La condena” (Camargo, 1999: 96), ofrece un ejemplo de profundo miedo al padre; de una ciega aceptación a la autoridad aún cuando ella conduzca hacia la muerte. El personaje principal, Georg Bendermann, le comenta al papá sobre la decisión de notificarle a un amigo su matrimonio próximo. De manera repentina, el viejo comienza un discurso con el que lo hace sentir culpable, y termina por condenarlo a que muera ahogado. Sorpresivamente, el personaje sale corriendo inmediatamente y se suicida:

"Salió del portal de un salto, el agua le atraía por encima de la calzada. Ya se asía firmemente a la baranda como un hambriento a la comida. Saltó por encima como el excelente atleta que, para orgullo de sus padres, había sido en sus años juveniles. Todavía seguía sujeto con las manos, que se iban debilitando poco a poco, divisó entre las barras de la baranda un ómnibus que cubriría con facilidad el ruido de la caída, exclamó en voz baja: “queridos padres, siempre os he querido” y se dejó caer.

Por su parte, La metamorfosis es paradigmáticamente un ejemplo del hombre que ha vivido desvivido, ante todo que ha vivido para otros; tema que como hemos visto, es abundante en la obra suescuniana. Los ejemplos que hemos rastreado en los textos del autor bogotano tales como “El rey de la selva”, “El observado”, coinciden en este delineamiento de la no acción en lo que atañe a la construcción del proyecto personal y la sumersión en el rebaño. Valga recordar extractos de cada uno:

a) Está a punto de decidirse. Quiere cambiar, radicalmente. Dedicarse a otra cosa…. No estaba atrapado de verdad (…) Pero no podía salir era un prisionero (…)querían tenerlo siempre allí para mimarlo” (El rey de la selva, p.19-20).

b) “Trata de no ver y de no hablar, por miedo a irritarlo, o irritarlos, porque a veces piensa que no es una sino varias o muchas personas las que lo observan, un público invisible que lo sigue a todas partes, a toda hora (...)” (El observado p.36).

Estas relaciones llevan implícita un cuestionamiento a la sociedad y al hombre mismo como ya hemos dicho, aunque verdaderamente achacan mayor culpabilidad al entorno, a los otros. La sombra de Kafka no sólo sirve para entender los vasos comunicantes al interior del ámbito literario sino también los “vasos hirientes” que siguen agrediendo tanto a los hombres del siglo XIX como a los del XX. Estas obras se vuelven sobre la realidad para interrogarla y para interrogarnos en medio de ella.

 

Coda

1) La obra seleccionada de Suescún genera agitaciones y condolencias. De entrada, es necesario resaltar que nos plantea una revisión de las relaciones individuos-sociedades. En este orden de ideas, queda expuesta una modernidad inconclusa, como espacio ambiguo preocupante: como “época de los «humanismos», pero también de los «antihumanismos» (…) el pluralismo y el relativismo,pero también(…)el dogmatismo,el totalitarismo, el fascismo.”(Melich:4). Queda una nación de diferencias sociales profundas, una frivolidad consumista, el hosco ritmo del individualismo indiferente. Quedan también las víctimas del hambre y la violencia, de la soledad, y una suma de hombres que se esconden, entristecidos.

A la vez, su obra transciende el flanco de crítica aludido y se dirige más acá(o más allá) de la censura contemporánea: nos recuerda el daño perpetrado por el hombre desde comienzos de la civilización. En consecuencia, una lectura del trabajo literario suescuniano podría constituirse en reflexión de lo destruido, y al mismo tiempo, en nombramiento implícito de valores-derechos pisoteados: el de la vida o la libertad, son tal vez ejemplos suficientes.

2) Igualmente, hay un señalamiento específico al hombre como ser capaz de transformaciones -en especial las que comienzan por sí mismo-, y sin embargo hay una objeción ante el humano como ejemplo de lo inmóvil… tan evasivo, tan inánime. De esta manera, si se toman las dos causas que hemos interrelacionado tendríamos que una de ellas nos lleva a cuestionar el mundo y a romper con la inocencia; la otra, a la reprobación propia, personal. La primera nos conduce a compadecernos del Otro en peores condiciones que uno y a rechazar las laceraciones. La otra nos lleva a un cuestionamiento de lo que hemos sido y a la conciencia de que cada uno puede ser verdugo de los demás y de sí. En últimas, queda una pregunta arrojada sobre el cuerpo, que nos deja inermes, inciertos y desnudos: ¿Quiénes somos, qué queremos, hacemos algo por los otros? La obra de Suescún, así como el arte en general, remite a la experiencia de estar vivos, a la intricada trama de vicisitudes que forman la textura de los días.

3) Y no es justo terminar sin apelar a un último aspecto: como se ha reiterado, el trabajo literario del autor bogotano nos acerca a los estudios de la literatura nacional de la segunda mitad del siglo XX en relación con los procesos sociales económicos y políticos que ocurren tanto al interior del país como en el resto de las sociedades. De manera que el análisis de su universo ficcional podría unirse a otra serie de investigaciones con el objeto de continuar, ampliar y ayudar a comprender el vacío y la caída de las utopías al interior de las letras colombianas [31]. Aún queda mucho por investigar y por investigarnos.

 

NOTAS

[1] De acuerdo con una hoja de vida concedida por el propio autor:

      Nicolás Suescún (Bogotá, 1937), es narrador, poeta, traductor y artista gráfico. Ha publicado los libros de cuentos El retorno a casa, El último escalón, El extraño y otros cuentos y Oniromanía; la antinovela Los cuadernos de N; y los libros de poesía La vida es, 3 A.M., Bag-Bag, Este no es el momento, y Empezar en cero. En la revista Golpe de Dados, publicó Poemas Noh, Sombras nada más y Las yeguas de la noche.

[2] Decidimos delimitar el concepto de alienación sin olvidar su multiplicidad semántica y la diversidad de campos del saber en la que ha sido usado. Cabe aclarar que en la obra de Schaff hay distintas acepciones de alienación y que no todas se suscriben a los campos del saber señalados; básicamente su análisis se concentra en el concepto marxista de alienación objetiva que difiere profundamente del significado que hemos usado. Ver: Schaff, Adam. (1987). La alienación como fenómeno social. Barcelona: Crítica. Para una revisión histórica de este constructo teórico ver: OLEA, Manuel. Alienación.(1974). Historia de una palabra. Madrid: Instituto de estudios políticos.

[3] En algunos casos usaremos abreviaciones de los títulos de las 5 obras seleccionadas para el estudio: C.N (los cuadernos de N); L.V (La vida es); O.M (Oniromanía); V.N (La voz de nadie ) y R.C (Retorno a casa ).

[4] El nombre del personaje que declara una pista del carácter autobiográfico de la novela, en cuanto funciona como letra inicial del nombre del autor, así como una intertextualidad con la obra de Kafka y una alusión a la degradación, a una especie de figura minúscula.

[5] Usaremos la cursiva para resaltar fragmentos que consideramos pertinentes

[6] Por el carácter inconexo, fragmentario de la novela, en la que se que superpone la voz del narrador y el sujeto, será necesario usar paréntesis con el ánimo de distinguir la voz del narrador.

[7] Usaremos enajenación como sinónimo de alienación.

[8] Entrevista personal.

[9] La palabra culpa la usamos en su forma “el que tiene la culpa”.

[10] Otras clases de violencias no son atendidas por Suescún en su especificidad (de género, de raza); se habla de violencia bajo la acepción general de agresiones físicas.

[11]“Luego de las numerosas y cruentas guerras civiles del siglo XIX, y después de un respiro de casi 40 años, el país se ve abocado otra vez al proceso de violencia que comienza dos años antes del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. Desde ese entonces hasta nuestros días -exceptuando un breve descenso durante la segunda mitad de los años sesenta -, la guerra no deja de invadir la escena pública. Los actores y sus determinaciones sociales han cambiado de manera notable; saltan del soldado partidista del XIX, al guerrillero y al paramilitar del XXI, pero a todos los anuda una similar conciencia del vínculo entre política y guerra: tomar las armas es un procedimiento legitimado. “La guerra no era un recurso excepcional […] era uno de los lugares del poder, al lado de otros como el parlamento, los partidos y las asociaciones”, nos dice a propósito de la guerra civil en general, pero como afirmación válida para el decurso colombiano. Perea, Carlos Mario.(2006).

[12[ En el año 1991 por ejemplo, “se registró…el más alto número anual de homicidios”: 28 284, cifra que aún no se ha repetido. En la última década se registran descenso inicial y luego, a partir de 1998, un nuevo incremento hasta la actualidad, con un promedio anual muy próximo a los 26.000 homicidios. El último dato registrado corresponde al año de 2001: un total de 27. 685 homicidios” (p.2).

[13] Toda esta serie de factores interactúan complejamente entre sí, convirtiéndose en causas y efectos.

[14] Llama la atención la inserción de una puta cuando debería estar en el primer menú por su condición marginal.

[15] Entrevista personal. Realizada 16 de julio de 2007. El autor cita unas palabras Gabriel García Márquez.

[16]Como lo ha planteado Urdanibia, Iñaki(1990) , se trata de una edad histórica donde surge: “la idea del sujeto autónomo, con la fuerza de la razón y con la idea del progreso histórico hacia un brillante final en la tierra”.

[17] “Cómo no identificar esas patrias huérfanas en la virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo; en los relatos descarnados de En tierra de paganos; en algunos de los cuentos de Morir con papá (1997) de oscar Collazos, o en El resto es silencio(1993) de Carlos Perozzo. Cómo no reconocer la experiencia del vacío en las páginas de Un espejo después(1994), de Luis Fayad, o en los escenarios absurdos y pesadillescos de Oniromanía (1996), el libro más reciente de cuentos de Nicolás Suescún, o en las versiones erótico-metaficcionales de Los estragos de la lujuria(1996), libro de Philip Potdevin. Ver: GIRALDO, Luz Mary. Fin de siglo XX: por un nuevo lenguaje (1960-1996). En: JARAMILLO, María Mercedes; OSORIO, Betty; ROBLEDO, Ángela.(2000).Literatura y cultura. Narrativa colombiana del siglo XX. Bogotá: Ministerio de cultura.

[18] “Los megarrelatos …son aquellos que han marcado la modernidad: emancipación progresiva de la razón y de la libertad, emancipación progresiva o catastrófica del trabajo.. enriquecimiento de toda la humanidad a través del progreso de la tecnociencia capitalista, e incluso, si se cuenta al cristianismo dentro de la modernidad (opuesto, por lo tanto al clasicismo antiguo) salvación vía el relato crístico del amor mártir”. LYOTARD, Francois.La postmodernidad:(explicada a los niños). (1986) .Madrid : Gedisa.

[19] Esta idea de un progreso posible probable o necesario, se arraigaba en la certeza de que el desarrollo de las artes, de las tecnologías, del conocimiento y de las libertades sería beneficioso para el conjunto de la humanidad. Seguramente, la cuestión de saber quién era el sujeto que en verdad era víctima de la falta de desarrollo, el pobre, o el trabajador, o el analfabeto, ha seguido planteada durante los siglos XIX y XX. Hubo como tú sabes, controversias e incluso guerras, entre liberales, conservadores e “izquierdistas”, respecto del verdadero nombre que podía asignársele al sujeto al que se trataba de ayudar a emanciparse. no obstante lo cual, todas las tendencias coincidían en un punto, la misma creencia en que las iniciativas, los descubrimientos, las instituciones sólo gozaban de cierta legitimidad en la medida en que contribuían a la emancipación de la humanidad. En: LYOTARD. Francois. Op,cit.p 91.

[20] Pero esta influencia no es simple, ni única; pues todas las laceraciones actúan sobre los personajes de alguna u otra manera, se imbrican, se vuelven causas las unas de las otras y a la vez efectos.

[21] Esta sociedad que muestra Suescún ha sido clasificada por él mismo como postmoderna en el subtítulo de los cuadernos de N: antinovela respetuosa y tierna sobre la soledad del hombre postmoderno. Pero si nos guiamos por la novela y sus acusaciones(emparentadas en gran medida con las imputaciones urdidas por los modernos ), a la postmodernidad presentada por el autor bogotano será mejor entenderla como fase de la modernidad: De cierta manera continuidad y aumento de problemáticas modernas y no como época radicalmente distinta; de hecho, creemos que puede ser analizada como agudización de ciertos fenómenos: destrucción ecológica, el uso del hombre por el hombre(visión instrumentalizada del otro), frivolidad y exaltación materialista junto al descuido de otros factores o dimensiones, que ya han sido atendidos como enfermedades modernas -y que se ha dicho- se constituyen en una formación equívoca (peligrosa ) de un proyecto más completo. Ahora bien, el autor también destacará aspectos diferenciales (no sólo continuidades) que han sido definidos como parte de la llamada postmodernidad: 1) el capitalismo altamente consumista que, de acuerdo con Ander Egg, surge en la segunda mitad del silgo XX. Y ello se entrecruza de inmediato con el siguiente rasgo: 2) el impacto de los medios masivos de comunicación en su estrecho vínculo con la economía de consumo. Ver: Ander, Egg.(1987).

      Por otro lado, es necesario decir que hasta el momento la única persona concentrada en un estudio de la obra de Suescún desde el título de postmoderna es Jaime Rodríguez con su texto Postmodernidad, literatura, y otras hierbas. En: Postmodernidad, literatura y otras hierbas..Centro Editorial Javeriano. Bogotá.

[22] El trabajo de Michel Foucault hermenéutica del sujeto.(2002).México: Fondo de cultura económica., y el del filósofo canadiense Charles Taylor: las fuentes del yo.(2006).Argentina: Paidós, constituyen loables muestras de una indagación de las fuentes de la identidad moderna.

[23] Es importante no olvidar los nexos entre edad moderna y filosofía griega. Justo aquí cabe la tesis de Foucault consistente en que la responsabilidad sobre uno mismo, la tendencia a rememorizar el pasado, examen de conciencia, etc., son provenientes de Grecia a partir de la noción de cuidado de sí mismo.

[24] Es necesario tener en cuenta que la identificación de dichas fallas subjetivas no implica la existencia de un mensaje moralizante o esperanzador en la obra de Suescún .Tampoco insinúa que el fenómeno de la alienación esté rotundamente condenado, pues claramente, más que objetado (…) está justificado, comprendido, en cuanto sus textos tienden temáticamente a la condenación del exterior y la victimización del individuo.

[25] Quien enuncia las reflexiones citadas es un relator que deja siempre un juego abierto: bien podría ser otra persona o quizás el mismo protagonista. Esta ambigüedad surge porque al final de la novela, aparece un editor que dice lo siguiente: “Debo anotar que N habla por lo general de sí mismo en tercera persona, designándola por su inicial…” Más adelante esta voz anota que: “el uso de la tercera persona implica que pudo ser alguien que N conocía, y cuyo nombre escondió por razones que nunca sabremos” (p.243). Esto nos lleva a pensar en dos opciones: si por un lado se atiende a la existencia de un narrador y un personaje comos seres distintos, podría plantearse que la dimensión moral de la novela, se reparte entre la voz encarnada en el narrador que se compadece, que cuestiona; y el personaje, quien a pesar de representar la enfermedad, la alienación, también se juzga así mismo. Por otro lado, si se atiende a la idea de que las dos voces son parte del mismo N, entonces es válido sugerir que hay una lucha interior (igualmente moral) entre el personaje degradado, decadente y una parte de él que se desdobla para reflexionar sobre eso en lo que se ha convertido.

[26] El subrayado es nuestro.

[27] El subrayado es nuestro.

[28] Nietzsche, Friederich. The Hill to power, trad. al inglés de W. Kaufmann y R.J Hollingdale, Nueva York, Vintage Books. En : HOPENHAYN, Martín.(1983).¿Por qué Kafka? Poder, mala conciencia y literatura. Buenos Aires: Barcelona: Paidós.

[29] El uso de paréntesis para señalar la voz de quien habla es un recurso nuestro, no de los cuentos.

[30] FROMM, Erich (2007).Vida auténtica. Paidós, Barcelona.

[31] Este trabajo ya se ha ido adelantando en seminarios o congresos. Un ejemplo de lo anterior es el ensayo citado de Luz Mary Giraldo.

 

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© Jaime Morales Quant 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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